Este libro y el que le sigue llevan en el título el nombre de Samuel, no porque los escribiera él, sino porque el primero de ellos comienza con una amplia referencia a su persona, a su nacimiento e infancia, a su vida y gobierno; y el segundo de los volúmenes contiene la historia de los reinados de Saúl y de David, que fueron ambos ungidos por él. Y, por cuanto la historia de estos dos reyes ocupa la mayor parte de estos libros, la Vulgata Latina los llama Primero y Segundo Libros de los Reyes, y a los otros dos que les siguen los llama Tercero y Cuarto de los Reyes. Los LXX llaman al 1 y 2 de Samuel Primero y Segundo de los Reinos. Estos libros contienen la historia de los dos últimos jueces, Elí y Samuel, que no fueron, al contrario que los anteriores, hombres de guerra, sino sacerdotes (con lo que resultan, en parte, como un apéndice al libro de los Jueces), así como la historia de los dos primeros reyes, Saúl y David (por lo que, en gran parte, son como una introducción a la historia de los reyes). Este primer libro nos ofrece un informe de la caída de Elí y de la elevación y buen gobierno de Samuel (caps. 1–8); de la dimisión de Samuel (no como profeta, sino como gobernador) y del nombramiento y la mala administración de Saúl (caps. 9–15); finalmente, de la elección de David, sus conflictos con Saúl, de la ruina final de Saúl y de la plena apertura del camino al trono para David (caps. 16–31).
La historia de Samuel comienza aquí antes de nacer. El relato mismo nos lo presenta como un hijo de oración. El nacimiento de Sansón fue anunciado a su madre por medio de un ángel, mientras que Samuel fue pedido a Dios por su madre. La madre de Samuel fue Ana, que es el personaje principal en el relato de este capítulo. Aquí tenemos: 1. La aflicción de Ana—no tenía hijos—, y esta aflicción aumentaba con la insolencia de su rival, aun cuando, en cierta medida, era contrapesada por el amor de su marido (vv. 1–8).
2. La oración y el voto que Ana hizo a Dios bajo el peso de su aflicción, en lo que el sumo sacerdote Elí la censuró al principio, pero la animó después (vv. 9–19). 3. El nacimiento y crianza de Samuel (vv. 19– 23). 4. Su presentación al Señor (vv. 24–28).
Versículos 1–8
Nos declara el estado de la familia en la que nació el profeta Samuel. Su padre se llamaba Elcaná, de la tribu de Leví y del clan de los coatitas (el más honorable de dicha tribu) como vemos por 1 Crónicas 6:33, 34. Su antepasado Suf era efratita, esto es, de Belén de Judá, la cual es llamada Efratá («efrateos») en Rut 1:2. Aquí se estableció primeramente este clan de los levitas, pero, al correr del tiempo, una rama del clan se trasladó al monte Efraín, de donde procedía Elcaná. Este Elcaná vivía en Ramá (que significa
«altura»), llamada más tarde Ramatáyim («dos alturas») y coincide con la Arimatea del Nuevo Testamento.
I. Se trata de una familia piadosa. Todas las familias de Israel debían serlo, pero, en especial, las de los levitas. Los ministros de Dios deberían ser promotores de piedad en sus familias. Elcaná subía en las fiestas solemnes al tabernáculo de Siló para adorar y ofrecer sacrificios a Jehová de los ejércitos. Probablemente fue el profeta Samuel el primero en usar este título de Dios para consuelo de Israel, cuando las huestes de Israel, en su tiempo, eran poco numerosas y débiles, mientras que las de sus enemigos eran numerosas y poderosas, es entonces cuando les animaría pensar que el Dios a quien servían era Jehová de las huestes, de todas las huestes, tanto del cielo como de la tierra. Elcaná era un levita de la campiña y, por lo que parece, no tenía un oficio que requiriese su presencia en el tabernáculo, sino que subía allí como un israelita cualquiera, con sus sacrificios, para animar a sus vecinos y dar buen ejemplo. Y lo que hacía su ejemplo más recomendable era: 1. Que era una época de decadencia religiosa en la nación. 2. Que Ofní y Fineés, los hijos de Elí, eran quienes ocupaban los principales cargos en el servicio de la casa de Dios, y eran hombres que se comportaban muy mal; con todo, Elcaná subía a ofrecer sus sacrificios. Aun cuando los sacerdotes no cumpliesen con su deber, Elcaná quería cumplir con el suyo.
II. Sin embargo, era una familia dividida, y esta división llevaba consigo pecados y pesares.
1. La causa original de esta división era el haberse casado Elcaná con dos mujeres, lo cual iba contra la institución original del matrimonio, como lo declaró nuestro Salvador (Mt. 19:5, 8—«no fue así desde el principio»), aunque la poligamia estaba tolerada en la ley de Moisés. Lo mismo que trajo problemas en las familias de Abraham y de Jacob, también los trajo en la de Elcaná.
2. Lo que resultó de este error fue que las dos mujeres estaban en malas relaciones. Diferían en sus bendiciones: Peniná, como Lea, era fértil y tenía varios hijos, por lo que debería haber sido amable y agradecida, aun cuando era como una segunda esposa y menos estimada; Ana, como Raquel, era estéril, pero era muy estimada de su marido. Diferían igualmente en temperamento: Peniná no se contentaba con la bendición de su fertilidad, sino que se volvió altiva e insolente; Ana no podía soportar la aflicción de su esterilidad, sino que se volvió melancólica y descontentadiza. Así que a Elcaná le resultaba difícil mantener la paz entre ambas.
(A) A pesar de estas desventuradas diferencias dentro de la familia, Elcaná continuó asistiendo al altar de Dios, y llevaba consigo a sus esposas e hijos para que, ya que no podían estar de acuerdo en otras cosas, al menos lo estuvieran en el culto al Señor, yendo juntas al santuario. Si las devociones de una familia no tienen fuerza bastante para poner fin a las divisiones, que, al menos, las divisiones no tengan vía libre para impedir las devociones.
(B) Hizo también cuanto estuvo en su mano para animar a Ana y procurar que no se desalentase bajo su aflicción (vv. 4, 5). Durante la festividad ofrecía sacrificios de paz, y pedía a Dios paz para su familia.
(a) Mostraba hacia Ana tanto mayor amor cuanto más afligida, insultada y desanimada la veía. (b) Le manifestaba su gran amor dándole la porción más escogida de sus sacrificios de paz. Así habríamos de mostrar nosotros nuestro afecto a nuestros familiares y amigos, recordándoles siempre en nuestras oraciones y haciéndoles todo el bien que esté en nuestras manos.
(C) Peniná era muy rencillosa y provocadora. (a) Afrentaba a Ana en su aflicción, la despreciaba por ser estéril y la irritaba con malas palabras, como a quien no era favorecida por el Cielo. (b) Le tenía envidia por el afecto que Elcaná le mostraba. (c) Todo esto lo hacía principalmente cuando subía a la casa de Jehová (v. 7), quizá porque entonces estaban juntas más que en otras ocasiones, o porque era precisamente entonces cuando Elcaná mostraba más ostensiblemente su afecto hacia Ana. Lo que Peniná procuraba era poner a Ana de mal humor, quizá con la esperanza de amilanarla completamente, a fin de poseer en solitario el corazón de su marido.
(D) Ana, la pobre, no podía soportar la provocación: lloraba y no comía (v. 7). Con todo, era una debilidad inexcusable entregarse a la tristeza según el mundo, hasta el punto de hacerse a sí misma incapaz de gozarse santamente en Dios. Los que son de espíritu mohíno y toman muy a pecho los insultos que reciben, son enemigos de sí mismos y se privan a sí mismos de las alegrías que brindan tanto la vida como la piedad.
(E) Elcaná trató de consolarla: Ana, ¿por qué lloras? (v. 8). Los que por el matrimonio llegan a ser una sola carne deben ser también de un solo espíritu y ánimo, a fin de compartir las aflicciones y los problemas del cónyuge, de forma que el uno no se encuentre a sus anchas mientras el otro se halla en apuros. Elcaná da a entender que, por su parte, está dispuesto a compensarla de su pesar: «¿No te soy yo mejor que diez hijos?» Como si dijese: «Tú sabes que tienes todo mi afecto, y eso debe bastar para consolarte». Nótese que debemos tomar nota de nuestras bendiciones, a fin de no apesadumbrarnos demasiado por nuestras cruces, puesto que las cruces las tenemos merecidas, mientras que no tenemos ningún derecho a reclamar las bendiciones. Si queremos mantenernos en equilibrio, hemos de mirar a lo que está a nuestro favor lo mismo que a lo que está en contra nuestra; de no hacerlo así, seremos injustos y desagradecidos con la Providencia y nos haremos daño a nosotros mismos.
Versículos 9–18
Vemos el buen efecto que produjo en Ana el reproche que le dirigió su marido por el excesivo pesar que mostraba ella.
I. Por fin, hizo que comiera: «comió y bebió» (v. 9). No se puso terca en su aflicción, ni se enojó al ser reprendida. Controlar las emociones es una muestra de negación de sí mismo, tan buena como lo pueda ser controlar nuestras aficiones.
II. Hizo que, en vez de querellarse inútilmente, recurriera a la oración. En lugar de atar más y más apretadamente la carga al hombro, ¿por qué no descargarla sobre el Señor en oración? Ninguna ocasión mejor que ésta para dirigir al trono de la gracia una petición solemne y urgente. Se hallan en Siló, a la puerta del tabernáculo en que Dios ha prometido salir al encuentro de su pueblo pues es casa de oración. Ya han ofrecido sus ofrendas de paz. En cuanto a la oración de Ana:
1. La ferviente y viva devoción que aparece en ella: (A) Como el justo medio de desahogar la aflicción de su espíritu y de avivar sus piadosos afectos: con amargura de alma oró … (v. 10). De este medio deberíamos echar mano en nuestras aflicciones, con lo que nos servirían para sacudir nuestra apatía y nuestra rutina cuando nos dirigimos a Dios. Nuestro bendito Salvador, estando en agonía, oraba más intensamente (Lc. 22:44). (B) Ana mezcló con lágrimas sus oraciones. No fue una oración seca: lloró abundantemente. (C) Su petición fue muy especial sin dejar de ser modesta. Pidió al Señor un hijo varón para dedicarlo al servicio del santuario. (D) Hizo un voto solemne de que, si Dios le concedía un hijo, lo dedicaría a Jehová (v. 11). Ya por nacimiento iba a ser levita, pero por el voto de su madre sería nazareo, con lo que su infancia misma sería sagrada. Nótese que está muy puesto en razón, cuando esperamos de Dios alguna merced, que nos atemos con una promesa, no porque podamos pretender con ella merecer el don, sino por estar así mejor preparados para recibirlo y disfrutar de su bendición. Al esperar favor, he de sentirme deudor y prometer obligación en lo que parece únicamente devoción. (E) Oró tan quedamente que nadie la oyó: Se movían sus labios, y su voz no se oía (v. 13). Sabía que Dios conoce el corazón.
Nuestros pensamientos son palabras para Él.
2. Recibió por ello áspera reprimenda. Elí era ahora el sumo sacerdote y juez en Israel. Estaba sentado en el templo para supervisar lo que allí se hacía (v. 9). El tabernáculo es llamado aquí templo, por estar ahora en lugar fijo y servir para todos los objetivos del templo. Allí estaba sentado Elí para estar a disposición de cuantos necesitasen su consejo como sacerdote y como juez. Desde allí pudo espiar a Ana y, por el modo desacostumbrado en que ella oraba, se imaginó que estaba borracha y por eso se dirigió a ella de aquel modo: ¿Hasta cuándo estarás ebria? (v. 14)—la misma imputación que hicieron a Pedro y a los demás Apóstoles cuando el Espíritu Santo les dio que se expresasen con todo denuedo (v. Hch. 2:13)—. Quizás en aquel lamentable estado de cosas no era infrecuente ver mujeres ebrias a la entrada del santuario. Cuando una enfermedad se convierte en epidemia de cualquiera se sospecha que esté infectado. Ana había sido reprendida por su marido por no querer comer ni beber; ahora la reprendía Elí como si hubiese comido y bebido demasiado.
3. La humilde vindicación que Ana hizo del delito que se le imputaba. (A) Niega justa y rotundamente el cargo que se le hace: «No, señor mío, no es lo que tú sospechas, no he bebido vino ni licor … No tengas a tu sierva por una mujer impía» (lit. «por una hija de Belial»). Nótese que el modo mismo de hablar en defensa propia era suficiente para mostrar que no estaba ebria. (B) Para dar a Elí una respuesta satisfactoria le declara cuál es el motivo de su actual comportamiento: A causa de su aflicción y de la magnitud de su congoja, el fervor de su oración había sido desacostumbrado y ésa era la única razón de que su comportamiento pudiese parecer impropio y desordenado.
4. Las excusas que Elí presentó implícitamente por la censura tan áspera que antes le había propinado, ya que, tras la aclaración de Ana, Elí la bendijo afectuosa y paternalmente (v. 17). Ahora animó a Ana en su devoción, tanto como antes la había desaprobado, y dio a entender que estaba satisfecho de su inocencia, pues le dijo: Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho.
5. La gran satisfacción y la tranquilidad mental con que Ana se fue de allí (v. 18): Y se fue la mujer por su camino, y comió y no estuvo más triste. ¿De dónde este súbito cambio? Tan pronto como ella dejó su caso en las manos de Dios, ya se acabaron sus congojas. Había orado por sí misma, y también Elí había orado por ella. Así que ella quedó convencida de que Dios le concedería el favor que le había pedido o le compensaría de algún otro modo por lo que echaba en falta. La oración es como un bálsamo para el corazón de una persona piadosa.
Versículos 19–28
I. Regreso de Elcaná y su familia a su hogar cuando se cumplieron los días de la festividad (v. 19). Tenían ante sí un viaje y un cierto número de hijos que llevaban consigo, pero no se pusieron en camino hasta que se acabó la solemnidad en que dieron culto juntos al Dios de Israel. Oración y forraje no estorban el viaje.
II. Nacimiento del hijo deseado y el nombre que se le puso. Por fin, Jehová se acordó de Ana, pues concibió y dio a luz un hijo, al que la madre puso el nombre de Samuel (v. 20). Hay quienes opinan que la etimología de este nombre es la misma que la de Ismael («escuchado por Dios»), porque la oración de su madre fue escuchada de un modo notable, y el niño fue la respuesta misma a tal oración. Otros, por el motivo que ella misma señala, opinan que significa pedido a Dios. Los favores recibidos en respuesta a las oraciones deben ser recordados con alguna expresión especial de agradecimiento, como en Salmos 96:1, 2. ¡Cuántos favores y cuántas liberaciones podrían llamarse Samueles, pedidos a Él! Este niño fue pedido a Dios e inmediatamente, dedicado a Dios. (Téngase en cuenta—nota del traductor—que estamos ante una etimología de corte «popular», sin pretensiones científicas, ya que «pedido», en hebreo, no es Samuel, sino Saúl.)
III. La exquisita diligencia que Ana puso en la crianza del niño, no sólo por serle a ella muy querido, sino también por estar dedicado a Dios. Aunque sentía respeto sumo (y más, ahora) por los atrios de la casa de Jehová, Ana pidió permiso a su marido para quedarse en casa, ya que las mujeres no tenían obligación de subir a las tres fiestas anuales, como la tenían los hombres. Aunque Ana estaba acostumbrada a subir también, ahora deseaba que se la excusara: 1. Porque no quería ausentarse de su casa mientras estaba criando. Dios prefiere la misericordia al sacrificio. Quienes no pueden asistir a los cultos y a las ordenanzas de la congregación por impedírselo el cuidado de sus pequeñuelos, pueden consolarse con este ejemplo, en la confianza segura de que, si lo hacen con recta intención y con la vista puesta en el Señor, Él las aceptará en su gracia en el lugar donde están. 2. Porque no quería subir a Siló hasta que su niño fuese de suficiente edad, no sólo para ser llevado allí, sino para ser dejado allí; pues, una vez que lo llevase allá, pensaría que le iba a ser muy difícil decidirse a traerlo a casa de nuevo.
IV. La solemne entrada de este niño en el servicio del santuario. La opinión corriente es que fue llevado tan pronto como su madre lo destetó, esto es, a la edad de tres años, según costumbre de los judíos. No faltan quienes opinan, con menos razón, que la frase significa ser destetado de las cosas infantiles, a la edad de ocho o diez años. El texto nos dice que el niño era pequeño (v. 24). Obsérvese cómo presentó al niño:
1. Con un sacrificio, no menos de tres becerros, con sus respectivas ofrendas de grano (v. 24), quizás un becerro por cada año del niño. O uno como holocausto, otro como ofrenda por el pecado, y un tercero en ofrenda de paz. Sin embargo los LXX dicen un becerro de tres años, y es muy probable que ése sea el sentido correcto.
2. Muy agradecida a la bondad de Dios por haber dado a su oración respuesta favorable. Esto es lo que ella declara a Elí, ya que él la había animado a esperar una respuesta de paz (vv. 26, 27): «Por este niño oraba».
3. Dedicó a Jehová todo el interés que ponía en el niño: «Todos los días que viva, será de Jehová» (v. 28). (A) Todo cuanto damos a Dios, lo hemos recibido previamente de Él: «De lo recibido de tu mano te damos» (1 Cr. 29:14, 16). (B) Cuanto damos a Dios puede decirse, sobre esta base, que lo prestamos a Él. Cuando dedicamos al Señor los hijos, recordemos que son ya suyos por derecho divino, soberano, sin dejar de ser así mucho más nuestros para consuelo y responsabilidad.
Finalmente, el niño Samuel hizo de su parte más de lo que cabía esperar de un niño de su edad, pues de él se dice en el texto hebreo que adoró allí a Jehová, esto es, desde entonces comenzó a decir sus oraciones en el santuario. A los niños se les ha de enseñar, desde muy pequeños, a rendir culto a Dios. Sus padres deben instruirles en la oración y en la adoración y traerlos al lugar del culto, y hacer que se acostumbren, en la medida de su edad, a orar al Señor; y Dios aceptará gustoso sus oraciones y les enseñará a orar cada vez mejor.
Tenemos aquí: I. El cántico de gratitud de Ana (vv. 1–10). II. El regreso de la familia a casa, con la bendición de Elí (vv. 11, 20). El aumento de la familia (v. 21); el crecimiento y aprovechamiento de Samuel (vv. 11, 18, 21, 26); y el cuidado que puso Ana en vestir al niño convenientemente (v. 19). III. La gran perversidad de los hijos de Elí (vv. 12–17, 22). IV. La reprensión demasiado suave que les dio Elí (vv. 23–25). V. El terrible y justo mensaje que le envió Dios por medio de un profeta (vv. 27–36).
Versículos 1–10
Acción de gracias de Ana, dictada, no sólo por el espíritu de oración, sino por el espíritu de profecía.
Obsérvese en general: 1. Reconoció el favor que había recibido de Dios y le tributó alabanzas con gratitud. La alabanza es como la renta o tributo del capital de favores que Dios nos otorga. Somos injustos si no le pagamos ese tributo. 2. El favor que había recibido era una respuesta a la oración y, por consiguiente, se sintió especialmente obligada a dar las gracias por él. 3. Su acción de gracias es llamada aquí oración: Y Ana oró y dijo (v. 1), ya que la acción de gracias es una parte esencial de la oración.
Anteriormente (1:13) Su voz no se oía, pero en su acción de gracias habló para que todos pudieran oírla. Anteriormente había proferido su súplica con gemidos indecibles (Ro. 8:26), pero ahora se abrían sus labios para proclamar las alabanzas de Dios. Tres cosas podemos observar en esta oración de acción de gracias:
I. El regocijo de Ana en Dios, en sus gloriosas perfecciones y en las grandes cosas que ha hecho por ella (vv. 1–3).
1. Cuán grandes cosas dice de Dios. Muy poco se detiene en la merced particular que era la causa de su regocijo. Casi pasa por alto el don, para mejor alabar al donante, mientras la mayoría de los hombres se olvidan del dador para adherirse únicamente al regalo. Cuatro son los atributos gloriosos de Dios que Ana celebra aquí: (A) Su santidad absoluta: No hay santo como Jehová (v. 2). (B) Su poder omnímodo: Y no hay refugio (lit. roca) como el Dios nuestro (v. 2). (C) Su inescrutable sabiduría: Porque el Dios de todo saber es Jehová (v. 3). (D) Su justicia infalible: Y a Él toca el pesar las acciones (v. 3).
2. Cómo se solaza en estas cosas. La gloria que a Dios damos es, a la vez, nuestro consuelo y ánimo. Ana glorifica a Dios: (A) Con santo gozo: Mi corazón se regocija en Jehová (v. 1); no tanto en su hijo como en su Dios. (B) En tono triunfal: Jehová ha levantado mi frente (lit. mi cuerno. V. 1); no sólo se ha salvado mi reputación al tener un hijo, sino que se ha puesto muy en alto al tener tal hijo. El cuerno de los animales es el símbolo de su fuerza, de su poder; cuando es levantado el cuerno de un ser humano, simboliza su posición fuerte, segura y confiada. Mi boca se ensancha sobre mis enemigos. Como si dijese: Ahora puedo contestar cumplidamente a los que me echaban en cara el oprobio.
3. Cómo cierra la boca a los que se exaltaban en rivalidad y rebelión contra Dios: No multipliquéis palabras de grandeza y altanería; cesen las palabras arrogantes de vuestra boca (v. 3).
II. La percepción que tiene de la sabiduría y de la soberanía de la divina Providencia en la manera de disponer los asuntos de la humanidad.
1. Los fuertes son debilitados, y los débiles son fortalecidos cuando Dios lo tiene a bien (v. 4). Por una parte, al mandato de Dios, se quiebran los arcos de los fuertes; se quedan desarmados, impotentes para llevar a cabo lo que hacían antes y lo que planeaban hacer después. Por otra parte, al mandato de Dios, los que antes tropezaban de pura debilidad y ni aun se podían tener en pie, se ciñen de poder en cuerpo y alma y se sienten capaces de llevar a cabo grandes cosas.
2. Los ricos se empobrecen rápidamente, mientras que, cosa extraña, los pobres se enriquecen de repente (v. 5). Las riquezas son fugaces (Pr. 23:5) y, al huir, dejan en la miseria a quienes habían puesto en ellas su felicidad. Para quienes han estado hartos y se han movido a sus anchas, la pobreza y la esclavitud por fuerza han de ser doblemente gravosas. Pero, por otra parte, la Providencia dispone que los hambrientos dejen de tener hambre, esto es, que tengan que alquilarse por pan como lo habían hecho antes. A veces, estos cambios ocurren en una misma persona, como en Job, quien fue primero rico; después, pobre; y, al final, rico de nuevo; Dios le dio, le quitó y le volvió a dar. Que los ricos no se vuelvan orgullosos y confiados, porque Dios los puede empobrecer rápidamente; y que los pobres no sean desconfiados ni se desesperen, porque Dios los puede enriquecer a su debido tiempo.
3. Hogares vacíos quedan llenos, y familias numerosas disminuyen hasta casi desaparecer. Mientras la estéril da a luz siete hijos (v. 5), siendo siete número simbólico de una bendición completa de Dios a una madre judía (v. Rut 4:15), la que tenía muchos hijos, languidece. Aquí se ve Ana a sí misma, pues, aun cuando al presente sólo tenía un hijo, como este hijo estaba completamente dedicado al Señor era para ella tan bueno como siete. También puede verse aquí el lenguaje de la fe, ya que, al haber tenido uno, cobró esperanzas de tener más, y no quedó defraudada (v. 21).
4. Dios es el Dueño soberano de la vida y de la muerte (v. 6): Jehová mata, y Él da vida. Para Dios no hay nada demasiado difícil, ni siquiera resucitar a los muertos y poner vida en huesos secos y dispersos (Ez. 37).
5. Subir y bajar en la vida, a Dios se deben también. A unos los hace descender y a otros los levanta: Abate y enaltece (v. 7); humilla al orgulloso, y da gracia y honor al humilde. Sólo Dios tiene poder suficiente para abatir a los orgullosos y quebrantar a los impíos (Job 40:11–14). También es Él quien levanta con su salvación a los que se humillan delante de Él (Stg. 4:10). De esta forma tan extraña fueron elevados José y Daniel de una prisión a un palacio, y Moisés y David lo fueron de un cayado de pastor a un cetro de gobernante.
6. La razón última de todas estas disposiciones divinas, que nos obligan a someternos a ellas, es que de Jehová son las columnas de la tierra, y Él afirmó (esto es, estableció, aseguró) sobre ellas el mundo (v. 8). (A) Si entendemos esto al pie de la letra, indica el poder omnipotente de Dios, que no puede ser resistido ni manipulado. Él sostiene la creación entera con su palabra poderosa (comp. He. 1:3). ¿Qué no
podrá hacer en los asuntos de las familias y en las vicisitudes de las naciones el que cuelga la tierra sobre la nada? (Job 26:7) (B) Pero si lo entendemos en sentido figurado, nos muestra su soberanía indiscutible. Los príncipes y los magnates de la tierra, los jefes de Estado y de gobierno, son como columnas y quicios en torno a los cuales parecen girar los avatares del mundo, pero todos ellos están bajo el control de Dios. De Él han recibido su poder y autoridad y, por eso, Él puede elevar o abatir a quien le plazca.
III. Una predicción de la preservación y del bienestar de los fieles amigos de Dios, y de la destrucción de todos los enemigos de Dios y de ellos. Después de haber expresado su júbilo triunfal por lo que Dios ha hecho y está haciendo, concluye con la alegre esperanza de lo que Dios ha de hacer en lo futuro (vv. 9– 10). En aquellos días, los afectos piadosos se elevaban muchas veces hasta las alturas de la profecía. Esta profecía puede referirse:
1. En una perspectiva cercana, al gobierno que Samuel había de ejercer en Israel y, después, David, quien había de ser ungido por Samuel. Israel (que en el tiempo de los Jueces había llegado tan a menos y a duras penas podía subsistir como nación) iba a convertirse en breve en una nación grande e importante, que impondría su ley a las naciones vecinas. Éste iba a ser un cambio extraordinario y el nacimiento de Samuel venía a ser como el alborear de ese día.
2. Pero tenemos razones para pensar que esta profecía era de más largo alcance, que apuntaba al reino de Cristo y a la administración de ese reino de gracia del que ahora va a hablar, después de haber hablado profusamente del reino de la providencia. Por vez primera en la Biblia aparece aquí el vocablo Mesías (el
«Ungido») del versículo 10. Los expositores antiguos, tanto judíos como cristianos, veían en este Mesías al «Hijo de David», más bien que a David mismo. De este reino del gran Mediador se nos dicen aquí cosas gloriosas, pues se nos asegura:
(A) Que todos sus súbditos leales serán protegidos con todo cuidado y toda seguridad (v. 9): Él guarda los pies de sus santos. Y si guarda los pies, mucho mejor guardará el corazón y la cabeza. Guardará sus pies al establecerlos en terreno firme del que no resbalen ni caigan; su caminar será seguro y confiado, sin peligro de desvíos ni frustraciones. Él les pondrá en guardia de gracia en sus afectos y acciones, a fin de que no tropiecen.
(B) Que todos los poderes empeñados en la destrucción de ese reino no serán capaces de llevar a cabo su ruina. Al contrario, los enemigos de ese reino serán quebrantados y abatidos: Delante de Jehová serán quebrantados sus adversarios, y sobre ellos tronará desde los cielos (v. 10). Al contrario que los súbditos leales, quienes caminarán seguros a la luz de la Palabra de Dios (v. Sal. 119:105), los impíos perecen en tinieblas (v. 9).
(C) Que las conquistas de este reino se extenderán a lejanos confines: Jehová juzgará los confines de la tierra. Las conquistas de David se extendieron mucho, pero los confines de la tierra le son prometidos al Mesías como posesión suya (Sal. 2:8).
(D) Que el poder y el honor del Mesías Rey aumentarán más y más: Dará poder a su Rey, para que pueda llevar a cabo su gran empresa (Sal. 89:21; comp. con Lc. 22:43), le fortalecerá en medio de las dificultades de su humillación y hará que levante la cabeza (Sal. 110:7) porque Jehová exaltará el poderío (lit. cuerno), la fuerza y el honor, de su Ungido, y hará que sea el más excelso de los reyes de la tierra (Sal. 89:27).
Versículos 11–26
En estos versículos tenemos el buen carácter de la familia de Elcaná, y el mal carácter de la familia de Elí.
I. Veamos qué bien marcharon las cosas en la familia de Elcaná y cuánto mejor que antes:
1. Después que dejaron a su pequeñuelo en la casa de Jehová, Elí los despidió con una bendición (v.
20). Si Ana hubiese tenido entonces muchos hijos no habría mostrado tanta generosidad y devoción al desprenderse de un hijo entre tantos, para dedicarlo al servicio del tabernáculo; pero al tener ahora sólo uno, dedicarlo al Señor suponía un acto heroico de piedad, el cual no iba a quedar sin recompensa. Así como cuando Abraham ofreció a Isaac recibió la promesa de una descendencia numerosa (Gn. 22:16, 17), así le pasó a Ana después que presentó a Jehová su hijo Samuel como un sacrificio vivo.
2. Después de regresar a su casa (lo cual se menciona dos veces, vv. 11 y 20), tanto Ana como su marido asistían cada año a la casa de Dios para ofrecer el sacrificio acostumbrado (v. 19). No pensaban que el ministerio de su hijo les excusase a ellos de subir a la casa de Dios. Podemos suponer que subirían allá a ver al niño más de una vez al año, ya que el santuario no distaba de Ramá más de quince kilómetros; pero se nos declara la visita anual al tabernáculo por razón del sacrificio anual que ofrecían y del pequeño manto (lit.) que Ana le llevaba al niño cada año (v. 19), no faltan quienes opinan que le llevaba ropa más de una vez al año.
3. El niño Samuel se comportaba muy bien. Cuatro veces es mencionado en estos versículos, y se nos dicen de él dos cosas: (A) El servicio que ejercía: y el niño ministraba a Jehová (vv. 11, 18) delante del sacerdote Elí. El término hebreo seret designa ministerios sagrados, no precisamente servir a Elí, sino servicios acomodados a su edad, como encender las luces, sostener un plato del templo, etc. No cabe duda de que todo esto lo cumplía de la mejor manera en que un niño puede hacerlo. (B) La bendición que por ello recibió de Jehová: Crecía delante de Jehová (vv. 21, 26), como una tierna planta, en fuerza y en estatura, pero, sobre todo, en sabiduría y entendimiento: era acepto delante de Dios y delante de los hombres (v. 26). Lo que aquí se dice de Samuel, se dice de nuestro bendito Salvador, el gran modelo, en Lucas 2:52.
II. Veamos ahora qué mal iban las cosas en la familia de Elí, aun cuando él estaba sentado a la puerta misma del tabernáculo. A veces, cuanto más cerca de la iglesia, tanto más lejos de Dios.
1. La abominable perversidad de los hijos de Elí (v. 12): Los hijos de Elí eran hijos de Belial (v. 12, lit.). Se nos añade enfáticamente que no tenían conocimiento de Jehová. Residían en el centro mismo del magisterio y del ministerio y, no obstante, eran hijos de Belial, tanto peores cuanto mayor era el honor, el poder y el saber que poseían. Es difícil determinar qué es lo que más deshonra a Dios, si la idolatría o la profanación, especialmente la profanación llevada a cabo por los sacerdotes.
(A) Profanaban las ofrendas de Jehová, y hacían de ellas negocio, o más bien satisfacción de su glotonería. (a) Robaban a los que iban con las ofrendas, haciéndose con parte de los sacrificios de paz, aun antes de ser ofrecidos. Según Levítico 7:34, la porción de los sacerdotes era el pecho mecido y la pierna levantada (no la «espaldilla»), pero ellos no se contentaban con estas porciones. (b) Al demandar la carne antes de ser ofrecida, se adelantaban al Señor y usurpaban sus derechos. Podía decirles como a Acaz le dijo Isaías: ¿Os es poco el ser molestos a los hombres, para que también lo seáis a mi Dios? (Is. 7:13). El resultado fue: Primero, que Dios se disgustó: Era, pues, muy grande delante de Jehová el pecado de los jóvenes (v. 17). Segundo, que con eso sufría la verdadera religión: los hombres trataban con desprecio las ofrendas de Jehová. (La versión de los LXX omite los hombres, con lo que se da a entender que eran los mismos hijos de Elí quienes trataban con desprecio las ofrendas. Nota del traductor.) En medio de este triste relato, surge la repetida mención del ministerio de Samuel (v. 18) como un ejemplo del poder de la gracia de Dios, al preservarle puro y piadoso en medio de estos malvados; esto ayudó a que no se derrumbara del todo el crédito del santuario en la mente del pueblo.
(B) Profanaban a las mujeres que venían a rendir culto a las puertas del santuario (v. 22), abusando sexualmente de ellas.
2. El reproche que dirigió Elí a sus hijos por su conducta perversa: Elí era muy viejo (v. 22) y no podía inspeccionar por sí mismo el servicio del tabernáculo como lo había hecho con anterioridad; dejaba así todo en manos de sus hijos, quienes, aprovechándose de la debilidad de su padre, no le hacían caso, sino que obraban como les venía en gana. Parece ser que no les reprendió hasta que se enteró de lo que hacían con las mujeres. Fue entonces cuando creyó conveniente darles una reprimenda. Dos cosas son de observar en esta reprensión:
(A) Que estaba muy puesta en razón. Lo que les dijo era muy justo. (a) Les dice que los hechos eran demasiado claros para ser negados, y demasiado notorios para ser encubiertos: «yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procederes» (v. 23). (b) Les muestra las malas consecuencias de todo ello, pues no sólo pecaban, sino que también hacían pecar a Israel, con lo que tendrían que dar cuenta de los pecados del pueblo además de los suyos propios. (c) Les advierte del peligro que corren por ello (v. 25). Les da a entender lo que Dios mismo le dijo a él posteriormente, que su iniquidad no sería expiada jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas (3:14).
(B) Que fue demasiado suave y débil. Tenía que haberlos reprendido más duramente. Sus crímenes merecían trato duro. La suavidad con que los reprendía sólo iba a servir para que ellos se endurecieran más. Lo que dijo estaba bien, pero no era suficiente.
3. La obstinación de ellos después de la reprensión de su padre: Mas ellos no hicieron caso a su padre (lit. no oyeron la voz de su padre), a pesar de que era también el juez del pueblo. Por contraste, se nos refiere otra vez la buena conducta de Samuel (v. 26), para poner de relieve la obstinación de ellos, y añadirles mayor vergüenza: Y el joven Samuel iba creciendo, etc. La gracia de Dios es soberana; la negó a los hijos del sumo sacerdote, y la otorgó al hijo de un oscuro levita de la campiña.
Versículos 27–36
Como Elí reprendió a sus hijos de una forma demasiado suave, sin corregirles, como era su obligación, Dios envió un profeta que le reprendiera a él duramente. El mensaje es enviado al propio Elí, porque Dios quería traerlo al arrepentimiento y salvarlo; no a sus hijos, porque Jehová había resuelto hacerlos morir (v. 25).
I. Le trae a la memoria las grandes cosas que había hecho Dios por la casa de sus padres y por su familia. Se apareció a Aarón en Egipto (Éx. 4:27), en la casa de esclavitud, como señal de un favor ulterior que había determinado otorgarle (v. 27). Le escogió para el sacerdocio, asignó el ministerio sacerdotal a sus descendientes y, con ello, le confirió una dignidad muy por encima de cualquier otra familia de Israel.
II. Presenta luego un cargo muy grave contra él y su familia. Sus hijos han obrado con perversidad y él ha hecho la vista gorda, con lo que se había implicado a sí mismo en la culpa; por tanto, la sentencia se pronuncia contra todos ellos (v. 29). 1. Sus hijos han profanado impíamente las cosas santas de Dios:
¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas que yo mandé ofrecer en el tabernáculo …? 2. Elí les había apoyado en ello al no castigar su insolencia e impiedad: Has honrado a tus hijos más que a mí (v. 29). 3. Todos ellos se habían repartido las ganancias del sacrilegio. Es de temer que el propio Elí, aun cuando desaprobaba los abusos que ellos cometían, comiese también de la carne que ellos asaban después de haberla conseguido de forma sacrílega (v. 15).
III. Le declara que el sumo sacerdocio va a ser cortado de su familia (v. 30): Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre (esto es, de Itamar, de quien Elí era descendiente) andarían delante de mí perpetuamente. No se nos dice cuándo y por qué pasó la dignidad de sumo sacerdote de la familia de Eleazar a la de Itamar pero el hecho es cierto y, de haberse comportado como debía, este honor conferido a Elí se hubiese perpetuado en su posteridad. Pero obsérvese que la promesa comportaba una condición: andar en la presencia de Dios (v. 30); es decir, tendrían el honor mientras cumpliesen los deberes de su ministerio. «Andar en la presencia de Dios» es la gran condición del pacto (Gn. 17:1; 48:15). Mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga. Como si dijese: «Ahora que tú me desprecias y deshonras, no puedes esperar otra cosa que yo también te quite a ti el honor; como no has andado delante de mí como debías, en lo futuro no estarás delante de mí».
IV. Le da una buena razón de esta decisión divina tomada en conformidad con una regla fija del gobierno de Dios, según la cual todos deben esperar ser tratados (como la que puso a prueba a Caín, Gn. 4:7): Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco. La forma de llegar a ser verdaderamente grande es siendo verdaderamente bueno. Si nos humillamos y nos negamos a nosotros mismos en algo para honrar a Dios, y tenemos el ojo de la intención puesto únicamente en Él, podemos estar seguros de su promesa de que nos honrará espléndidamente (v. Jn. 12:26).
V. Predice los juicios que van a caer sobre su familia para su perpetua ignominia.
1. Que va a ser quebrantado su poder (v. 31): Cortaré tu brazo y el brazo de la casa de tu padre. Tenían que ser despojados de toda su autoridad, depuestos de su cargo y privados de toda la influencia que habían tenido sobre el pueblo.
2. Que van a ser acortadas sus vidas. Tres veces se declara esto: «de modo que no haya anciano en tu casa» (v. 31 y 32); y, de nuevo (v. 33): «todos los nacidos en tu casa, de generación en generación, morirán en la edad viril».
3. Que todos sus consuelos quedarán amargados. (A) La posición que ocupaban en el santuario, rodeada de riqueza y prosperidad: «Verás un enemigo en mi morada» (v. 32 lit.). Esto se cumplió en las invasiones de los filisteos (por ej. 4:11) y en todos los perjuicios que ocasionaron a Israel (13:19). (B) El consuelo de los hijos: «El varón de los tuyos que yo no corte de mi altar, será para consumir tus ojos y llenar tu alma de dolor» (v. 33), es decir, sólo servirá de carga y miseria para la familia. El pesar por un hijo muerto es grande, pero por un hijo malo es, a menudo, mayor.
4. Que sus posesiones vendrán a menos hasta quedar reducidos a extrema pobreza (v. 26): «El que haya quedado en tu casa tendrá poco de qué disfrutar en esta vida por falta de subsistencias, pues vendrá a postrarse delante de él (el sumo sacerdote): (A) por una moneda de plata (y el original indica la menor de las monedas) y un bocado de pan». La indigencia es el justo castigo de la lascivia y la glotonería. Quienes no se contentan con lo necesario, sino que derrochan en golosinas y diversiones, llegarán un día (ellos o sus hijos) a carecer de lo necesario; (B) por el puesto más humilde en el servicio del santuario:
«Te ruego que me agregues a alguno de los ministerios, para que pueda comer un bocado de pan». Suplica que le admitan como jornalero, el oficio más apropiado para un hijo pródigo. Cuando se abusa del dinero y del poder, se pierde el derecho a usarlos. Probablemente, esto tuvo su pleno cumplimiento cuando Abiatar, descendiente de Elí, fue depuesto por Salomón bajo cargo de traición, y tanto él como los suyos fueron privados de su oficio en el templo (1 R. 2:26, 27).
5. Que Dios iba a ejecutar en breve estos juicios en la muerte de Ofní y Fineés. Elí mismo iba a vivir lo suficiente para oír esta mala noticia (v. 34): «Y te será por señal esto …»
En medio de todas estas amenazas contra la casa de Elí Dios promete misericordia a Israel (v. 35): Y yo me suscitaré un sacerdote fiel. 1. Esto se cumplió en Sadoc, de la familia de Eleazar que fue puesto en lugar de Abiatar al comienzo del reinado de Salomón, y fue fiel a su cargo. Si hay quienes hacen traición a su ministerio, Dios suscita otros que sean fieles a Él. La obra del Señor nunca se derrumba por falta de manos que la sostengan. 2. Tuvo su pleno cumplimiento en el sacerdocio de Jesucristo.
En el capítulo anterior pudimos contemplar en Samuel al joven sacerdote (aun cuando, por nacimiento, era sólo levita), puesto que ministraba delante de Jehová con un efod de lino (2:18). En el presente capítulo le contemplamos como joven profeta, pues Dios se reveló a él de forma que, por medio de él, reviviese en Israel la profecía. Vemos aquí: I. La primera manifestación de Dios a Samuel en una forma extraordinaria (vv. 1–10). II. El mensaje que, por medio de Samuel, envió Dios a Elí (vv. 11–14).
I. La fiel comunicación de dicho mensaje a Elí, y la sumisión de éste a la justa voluntad de Dios (vv. 15–18). IV. El establecimiento de Samuel como profeta en Israel (vv. 19–21).
Versículos 1–10
1. Cuán diligente era Samuel en el servicio de Dios. Una de las circunstancias agravantes de la mala conducta de los hijos de Elí era la buena conducta de Samuel, pues con ella les avergonzaba. Ellos se rebelaban contra Jehová, pero Samuel ministraba a Jehová (v. 1); ellos menospreciaban las advertencias de su padre, mientras que Samuel era obediente a las instrucciones de Elí; ministraba en presencia de Elí, esto es, bajo su supervisión y obedeciendo sus órdenes. Los más aptos para gobernar son los que han aprendido a obedecer. 2. Cuán escasa era la profecía entonces, lo cual hizo que la llamada a Samuel fuese una sorpresa tanto mayor para él, y un favor tanto mayor para Israel: La palabra de Jehová escaseaba en aquellos días (v. 1). Era muy de apreciar, porque si había alguna indicación de parte de Dios, parece ser que no era notoria: no había visión con frecuencia. Quizá la impiedad y la impureza que prevalecían en el tabernáculo y que, a no dudar, habían corrompido a toda la nación, obligaron a Dios a retirar, en señal de desagrado, el Espíritu de profecía.
La manera en que se manifestó Dios a Samuel se nos refiere aquí con todo detalle, precisamente porque no era corriente. Veámoslo:
I. Elí se había retirado a descansar (v. 2) y también Samuel estaba ya durmiendo (v. 3), en algún aposento cercano a la habitación de Elí, presto para cualquier llamada que el anciano sacerdote pudiese hacerle durante la noche. Mientras sus propios hijos le causaban pesadumbre, este pequeño asistente le servía de gozo.
II. Dios llamó a Samuel por su nombre, y él lo tomó por llamada de Elí y corrió al lado de éste (vv. 4, 5). Aquí tenemos un ejemplo: 1. De la diligencia de Samuel y de su prontitud para obedecer a Elí. «Heme aqui», le dice—buen ejemplo para los criados, para que acudan pronto cuando se les llama; y para los jóvenes, no sólo para que se sometan a los de más edad, sino también para que sean atentos con ellos—.
2. De su ignorancia con respecto a las visiones del Señor, al tomar por llamada de Elí lo que era realmente un llamamiento de Dios. También nosotros sufrimos esta clase de equivocación con mayor frecuencia de lo que nos imaginamos. Nos llama Dios por medio de su Palabra y la tomamos sólo como palabra de su ministro, y reaccionamos conforme a nuestro error. Dios nos llama también por medio de su providencia, y nosotros nos fijamos únicamente en los instrumentos por medio de los que Dios obra. Elí le aseguró que no le había llamado y le rogó que volviera a acostarse. Así que Samuel se volvió y se acostó.
III. La misma llamada se repitió, con la misma equivocación de Samuel, por segunda y tercera vez (vv. 6–9). 1. Dios continuó llamando al niño otra vez (v. 6) y por tercera vez (v. 8). 2. Samuel ignoraba todavía que era Dios quien le llamaba (v. 7): Samuel no había conocido aún a Jehová. El testimonio del Espíritu en el corazón de los creyentes pasa a veces desapercibido, con lo que pierden el consuelo del que hubiesen podido disfrutar; como también pasan desapercibidas las mociones del Espíritu en la conciencia de los pecadores, con lo que se pierde el beneficio de la convicción. Samuel se fue hacia Elí por segunda y tercera vez, diciéndole con toda seguridad: «¿para qué me has llamado?» (vv. 6–8). ¡No podía ser otro!, pensaría él. Pero fue una providencia especial el que fuese a Elí tan repetidamente, pues de este modo, por fin, entendió Eli que Jehová llamaba al joven (v. 8). Esto le serviría de mortificación y pudo darse cuenta de que ello significaba un paso hacia la degradación de su familia, puesto que, cuando Dios tenía que decir algo había decidido decirlo por medio de su asistente, el niño Samuel en vez de dirigirse a él personalmente.
IV. Por fin, Samuel quedó en disposición de recibir un mensaje de Dios. 1. Al apercibirse de que la voz que Samuel había oído era la voz de Dios, Elí le dio instrucciones sobre lo que había de decir (v. 9). Las instrucciones eran que, si Dios le llamaba otra vez, dijese: Habla, Jehová, porque tu siervo escucha. Podemos esperar que Dios nos hable si nos disponemos a escuchar lo que nos diga (Sal. 85:8; Hab. 2:1). Cuando nos ponemos a leer la Palabra de Dios o a escuchar el mensaje del predicador, debemos llegarnos con esta disposición, sometiéndonos a la luz y al poder imperiosos de dicha palabra, y decir: Habla, Señor, que tu siervo escucha. 2. Al parecer, Dios habló la cuarta vez de modo diferente a las otras, pues se nos dice que se paró y llamó, lo cual insinúa que Samuel percibió alguna manifestación visible, objetiva, de la gloria de Dios. Para satisfacción suya, no era ahora Elí quien le llamaba. Esta cuarta vez, la llamada de Dios fue doble: ¡Samuel, Samuel! Como si Dios se deleitase en la repetición de su nombre y, especialmente, como ocurre en los otros seis casos en que Dios (o Jesús) se dirige a una persona en la Biblia, para dar a entender que se trataba de algo muy importante. 3. Samuel contestó como se le había ordenado: Habla, porque tu siervo escucha. Samuel no tuvo ahora que levantarse y echar a correr como antes cuando pensó que le llamaba Elí, sino que se quedó quieto y atento. Cuanto más tranquilo y sereno nuestro ánimo, tanto mejor dispuestos estamos para descubrir las cosas de Dios. Todo debe estar en silencio cuando Dios habla. Pero obsérvese que Samuel omitió una palabra; no dijo: Habla, Jehová, sino sólo: Habla. El obispo Patrick sugiere que ello se debió a la incertidumbre de si el que le hablaba era Dios o no.
Versículos 11–18
I. Tenemos ya el mensaje que, después de toda esta introducción, entregó Dios a Samuel con respecto a la casa de Elí. El mensaje es breve, más corto que el que había traído el varón de Dios (2:27–36). Pero
es un mensaje amargo, que ratifica el mensaje del capítulo anterior y confirma la sentencia allí pronunciada.
1. En cuanto al pecado: Es una iniquidad que él (Elí) sabe (v. 13). El varón de Dios se lo había dicho, y él mismo lo había oído de boca de todo el pueblo (2:23), por lo que más de una vez se lo repetiría también su propia conciencia. Como dice literalmente el hebreo (v. 13): porque sus hijos se han envilecido y él no les ha puesto mala cara.
2. En cuanto al castigo: todas las cosas que he dicho sobre su casa (v. 12); yo juzgaré su casa (v. 13). Cuando comience a ejecutarse la sentencia, llenará de asombro y pavor a todo Israel (v. 11): haré yo una cosa en Israel que, quien la oyere, le retiñirán ambos oídos. Es una metáfora que se usa para anunciar calamidades repentinas (v. 2 R. 21:12; Jer. 19:3). Todo israelita quedará lleno de terror y asombro al oír de la muerte de los hijos de Elí, de la rotura del cuello de Elí y de la dispersión de su familia: la iniquidad de la casa de Elí no será expiada jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas (v. 14). ¡No habrá expiación por este pecado, ni rebaja del castigo! Era debido a la imperfección de los sacrificios legales el que no alcanzasen a expiar ciertos pecados, pero la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado (1 Jn. 1:7) y a todos los que, por fe, le reciben, les preserva de la muerte eterna que es el salario del pecado (Ro. 6:23).
II. La entrega del mensaje a Elí.
1. Samuel lo oculta modestamente (v. 15). (A) Estuvo acostado hasta la mañana, y podemos suponer que se mantendría despierto ponderando lo que había oído. (B) Ya de mañana abrió las puertas de la casa de Jehová, como solía hacerlo, siendo el primero en ejercer su ministerio en el tabernáculo. Que lo hiciese otras veces, es un ejemplo de extraordinaria disposición en un niño, pero que lo hiciera así esta mañana es un ejemplo de extraordinaria humildad. Dios le había honrado muchísimo más que a todos los demás niños de su pueblo; con todo, no estaba orgulloso de este honor, sino que, con la misma compostura de siempre se levantó a abrir las puertas del tabernáculo. (C) Temía descubrir la visión a Elí; temía llenar de pesadumbre y de aflicción al pobre viejo.
2. Elí tiene gran interés en conocer el mensaje (vv. 16–17). Tan pronto como se apercibió de los movimientos de Samuel, le llamó. Tenía buenas razones para suponer y temer que el mensaje no le traía profecía de bendición, sino de maldición; con todo, puesto que era un mensaje de parte de Dios no se iba a contentar con desconocerlo. Toda persona buena desea conocer la voluntad de Dios, ya le procure dulzuras o amarguras.
3. Samuel le comunicó fielmente el mensaje que había recibido (v. 18): Samuel se lo manifestó todo, sin encubrirle nada.
4. Elí se sometió piadosamente a la voluntad de Dios. No puso en duda la integridad de Samuel, no se enfadó con él ni puso objeción alguna contra la equidad de la sentencia: Jehová es, haga lo que bien le parezca. Jehová es; como si dijese: En Él no cabe injusticia y nunca hace daño a ninguna de sus criaturas ni impone mayor castigo del que la iniquidad merece. «Haga lo que bien le parezca. No tengo nada que oponer a sus procedimientos.»
Versículos 19–21
Así comenzó Samuel a familiarizarse con las visiones de Dios pues:
I. Dios continuó honrándolo. Al haber comenzado a otorgarle su favor, continuó favoreciéndole y coronó en él su obra: Samuel creció, y Jehová estaba con él (v. 19). Dios honró a Samuel: l. Manifestándose a él: Jehová volvió a aparecérsele en Siló (v. 21). 2. Cumpliendo todo lo que hablaba por medio de él: Y no dejó (Dios) que cayera a tierra (esto es, que dejara de cumplirse) ninguna de sus palabras (v. 19). Cuanto decía Samuel en calidad de profeta, resultaba cierto y se cumplía a su debido tiempo.
II. También Israel le honró. Todos reconocieron que Samuel era fiel profeta (lit. estaba acreditado como profeta—verdadero—) de Jehová (v. 20). 1. Se hizo, pues famoso en Israel. 2. Se hizo cada vez más provechoso y servicial para su generación. El que comienza siendo bueno, pronto comienza a hacer lo que es bueno.
Las predicciones concernientes a la ruina de la casa de Elí comienzan a cumplirse. Leemos aquí: I. La desgracia que sobrevino a Israel en un encuentro con los filisteos (vv. 1, 2). II. El necio proyecto de los israelitas de hacerse fuertes mediante la presencia del Arca de Dios en el campamento, llevada allí a hombros de Ofní y Fineés (vv. 3, 4), lo cual les dio falsas seguridades (v. 5) y asustó en un principio a los filisteos, pero se envalentonaron luego (vv. 6–9). III. Las fatales consecuencias: Israel fue derrotado, y el Arca fue llevada en cautiverio (vv. 10, 11). IV. Llegada de las noticias a Siló, las cuales fueron recibidas con amargura. 1. La ciudad fue presa del pánico (vv. 12, 13). 2. Elí se cayó de espaldas y se desnucó (vv. 14–18). 3. Al enterarse de lo ocurrido, su nuera sintió los dolores de parto y, tras dar a luz un hijo, murió inmediatamente (vv. 19–22).
Versículos 1–9
I. Israel tuvo un encuentro con los filisteos (v. 1). Fue un intento de sacudirse la opresión de éstos, y habría tenido éxito si primero se hubiesen arrepentido y reformado, comenzando así la empresa por el extremo correcto.
II. La derrota de Israel en dicho encuentro (v. 2). Israel, que era el agresor, fue derrotado, y quedaron muertos en la batalla cuatro mil hombres. El pecado, el anatema, estaba en el campamento y les dio a los enemigos todas las ventajas que podían desear para vencer a Israel.
III. Las medidas que tomaron para tener éxito en otro encuentro. 1. Se quejaron de ponerse Dios en contra de ellos (v. 3): ¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos? Le piden descaradamente cuentas a Dios, se disgustan por lo que Dios ha hecho y se ponen a discutir con Él. 2. Se imaginan que pueden ponerle de parte de ellos la próxima vez si traen al campamento el Arca. Enviaron a Siló por el Arca, y Elí no tuvo el valor de frenarles, sino que envió a sus dos malvados hijos, Ofní y Fineés, con el Arca; o, al menos, no impidió que se la llevasen. Véase aquí: (A) La profunda veneración en que el pueblo tenía al Arca: «Traigamos el Arca» (v. 3). Como si dijesen: «Si tenemos el Arca con nosotros, vamos a hacer maravillas». El Arca era, por su misma institución, una señal visible de la presencia de Dios. Pensaban, por tanto, que al prestar gran respeto a este sagrado cofre, demostrarían que eran israelitas de veras y empeñarían al Omnipotente a que actuara en favor de ellos. Es cosa corriente entre quienes se han alejado de los fundamentos vitales de la piedad el mostrar un ostentoso afecto a los ritos y a las ceremonias exteriores. En realidad los israelitas estaban haciendo del Arca un ídolo, como si fuese tan imagen del Dios de Israel como lo eran sus dioses los ídolos que las otras naciones veneraban.
(B) Su enorme necedad al pensar que, si tenían el Arca en el campamento, ciertamente les salvaría de la mano de sus enemigos y les aseguraría una completa victoria. ¿De qué les podía salvar el Arca, la cáscara sin la fruta? En lugar de honrar a Dios con esta medida no hicieron otra cosa que afrentarle todavía más. Si no hubiese habido ninguna otra cosa para anular las esperanzas que tenían puestas en el Arca, el mero hecho de venir a hombros de Ofní y de Fineés era suficiente para que desesperaran de obtener de ella ninguna bendición.
IV. El júbilo que se extendió por el campamento de Israel cuando entró en él el Arca (v. 5): Todo Israel gritó con tan gran júbilo que la tierra tembló. Ahora pensaron que estaban seguros de la victoria.
V. La consternación que experimentaron los filisteos al saber que había sido traída el Arca al campamento de Israel. Los dos ejércitos estaban acampados tan cerca el uno del otro, que los filisteos pudieron oír los gritos de júbilo de los israelitas en esta ocasión. Pronto se dieron cuenta del motivo de tanto júbilo (v. 6) y se asustaron de las consecuencias. Porque: 1. Nunca había ocurrido tal cosa en aquellos días: Ha venido Dios al campamento. ¡Ay de nosotros!, pues antes de ahora no fue así (v. 7). De nuevo (v. 8) repiten: ¡Ay de nosotros! Véase qué idea tan falsa tenían de la presencia divina, como si el Dios de Israel no hubiese estado en el campamento antes de venir el Arca; pero se les puede excusar esta ignorancia, ya que no era mejor la idea que los israelitas mismos tenían de la presencia de Dios. 2. Cuando esto había sucedido antaño, se habían producido portentos: Éstos son los dioses que hirieron a Egipto con toda plaga en el desierto (v. 8). En esto eran tan ignorantes con respecto a la historia de Israel como lo eran con respecto a la naturaleza del Dios de Israel, puesto que las plagas de Egipto ocurrieron antes de que se confeccionase el Arca y antes de que Israel echase a caminar por el desierto. Además, se puede poner en duda la sinceridad de sus exclamaciones sobre aquellos dioses poderosos, puesto que se animaron y esforzaron a luchar con toda valentía (v. 9).
Versículos 10–11
Breve relato del resultado de esta batalla.
I. Israel fue vencido, su ejército se dispersó vergonzosamente y con gran mortandad. 1. Aunque defendían una causa mejor y eran el pueblo de Dios, no pudieron triunfar porque su roca los había vendido. A menudo, una causa buena sufre por culpa de los malos hombres que la defienden. 2. A pesar de su mayor confianza y de sentirse tan fuertes, fueron vencidos. Poca fuerza puede suministrar el Arca al campamento cuando hay en él un Acán.
II. El Arca misma cayó en manos de los filisteos, y fueron muertos los dos hijos de Elí (v. 11). 1. La muerte de los sacerdotes, dada su impiedad, no fue gran pérdida para Israel, pero fue un terrible juicio sobre la casa de Elí. Se cumplió así la palabra que Dios había hablado (2:34). Pero: 2. La captura del Arca fue un tremendo juicio sobre Israel, y una segura señal del ardiente furor de Dios contra ellos. Ahora podían ver su insensatez en confiar en sus privilegios externos, cuando habían perdido el derecho a disfrutar de ellos por su perversidad, y en imaginarse que podía salvarlos el Arca, cuando se había apartado de ellos el Dios del Arca.
Versículos 12–18
Llegan ahora a Siló noticias del fatal resultado de la batalla con los filisteos. Las malas noticias vuelan ligeras. Inmediatamente llega un correo improvisado; era un hombre de la tribu de Benjamín; en la opinión infundada de algunos judíos, este hombre era el propio Saúl. Llegó con los vestidos rotos y la cabeza cubierta de tierra (v. 12) indicaba con estas señales; el trágico suceso. En esta forma llegó el mismo día, derechamente, a Siló. Veamos:
I. Cómo le recibió la ciudad. Elí estaba sentado en una silla al lado de la puerta (vv. 13, 18), pero el mensajero pasó de largo junto a él, y contó en la ciudad lo sucedido, con todas las circunstancias agravantes, y ahora es cuando retiñeron los oídos de todos, como estaba predicho (3:11). A todos se les desfallecía el corazón y se les oscurecía el rostro: toda la ciudad gritó (v. 13). Bien podían gritar, pues era una pérdida especial para Siló; la ruina de tal lugar, pues, aun cuando el Arca fue rescatada pronto de las manos de los filisteos, ya no regresó más a Siló. De esto se le hace memoria a Jerusalén mucho tiempo después como una seria advertencia: Andad ahora a mi lugar en Siló, donde hice morar mi nombre al principio, y ved lo que le hice por la maldad de mi pueblo Israel (Jer. 7:12).
II. Qué golpe tan tremendo fue para el anciano Elí.
1. Con qué temor esperaba las noticias. Aunque era muy viejo y estaba ciego y pesado, no quiso quedarse en su habitación, pues se percataba de que entraba en juego la gloria de Dios, así que se situó junto al camino para poder recibir así el primer comunicado: porque su corazón estaba temblando por causa del Arca de Dios (v. 13). También se daba cuenta del inminente peligro. Israel había perdido el derecho a tener el Arca (especialmente, sus hijos) y venía a su mente aquella terrible amenaza de que iba a ver un adversario en la morada de Dios (2:32); quizá le reprochaba su corazón por no haber hecho uso de su autoridad para impedir que se transportase el Arca al campamento. Todo hombre bueno coloca los intereses de la iglesia de Dios por encima de todo interés personal o secular. ¿Cómo estar a sus anchas cuando el Arca de Dios corría peligro?
2. Con qué pesar recibió las noticias. Aunque no podía ver pudo oír el estruendo de la gritería del pueblo, y percibir que era un griterío de lamentación. Le dicen que ha venido un hombre del campo de batalla, quien le refiere con todo detalle lo sucedido (vv. 16, 17), y que ha sido testigo de vista de lo ocurrido. El relato de la derrota del ejército y la mortandad de gran número de los soldados era muy penoso para él, pues era el juez de Israel; la noticia de la muerte de sus dos hijos, de quienes tenía motivo para pensar que habían muerto impenitentes, era un golpe muy severo para su corazón de padre. Con todo, no interrumpe al narrador con apasionada lamentación por sus hijos, como haría después David con respecto a Absalón, sino que está impaciente por escuchar el final del relato, y no duda de que el hombre, al ser israelita, diría también algo sobre el Arca; y si hubiese podido decir: «Sin embargo, el Arca de Dios está a buen seguro y la traen ahora a su lugar», su gozo por esta noticia habría podido contrapesar su pesadumbre por los demás desastres. Pero, al concluir el mensajero su relato con lo de: y el Arca ha sido tomada (v. 17), su corazón sufrió un durísimo golpe y cayó de espaldas, rompiéndose la nuca. De esta forma murió, aunque no carezca de probabilidad la opinión de que murió de ataque al corazón. En todo caso, podemos afirmar que se le rompió el corazón antes que el cuello. Así, fueron su ruina final la insensatez y la perversidad de aquellos hijos suyos, a quienes no reprendió con la severidad que se merecían. Con todo, hemos de tener presente, para encomio de Elí, que no fue la muerte de sus hijos lo que le produjo la muerte, sino la pérdida del Arca.
Versículos 19–22
Otro relato melancólico, que añade un nuevo tinte de tristeza a las desolaciones de la casa de Elí y a los sentimientos de pesadumbre que había suscitado la noticia de la pérdida del Arca, es el concerniente a la muerte de la mujer de Fineés, uno de los malvados hijos de Elí, que tanto mal habían traído sobre Israel.
I. Era una mujer de corazón muy sensible y estaba próxima a dar a luz. Cuando oyó la noticia de la muerte de su suegro, a quien respetaba, la de la muerte de su marido, a quien amaba a pesar de ser un malvado, pero especialmente la de la pérdida del Arca, se inclinó y dio a luz, porque le sobrevinieron sus dolores de repente (v. 19), y aunque tuvo fuerzas suficientes para dar a luz al hijo desfalleció poco después y murió, no importándole morir una vez que había perdido los mayores consuelos de su vida.
II. También era una mujer de espíritu piadoso. Su pesar por la muerte de su marido y de su suegro era señal de su afecto natural, pero su pesar, mucho mayor, por la pérdida del Arca, era evidencia de su piedad y devoción hacia Dios y las cosas sagradas. Por eso dijo: ¡Traspasada es la gloria de Israel!
1. Las mujeres que la asistían, le dijeron: No tengas temor (como diciendo: «lo peor ya ha pasado»), porque has dado a luz un hijo (que, quizás, era el primogénito; al menos, el primer varón). Mas ella no respondió ni se dio por enterada. ¿Qué suponía aquello para quien se estaba lamentando de la pérdida del Arca? Mal consuelo podía ella tener por un hijo nacido en Israel, en Siló, cuando el Arca se había perdido y estaba en poder de los filisteos.
Esto hizo que le pusiera al niño un nombre que perpetuara el recuerdo de la calamidad y del impacto que había producido en ella. Ordenó que le llamaran Icabod, que significa: ¿Dónde está la gloria? Lo cual ella misma explica así con sus labios moribundos: ¡Traspasada es la gloria de Israel! Puesto que había sido tomada el Arca de Dios (v. 21—frases que se repiten en el v. 22—), signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Si se marcha Dios, se marcha su gloria y, con ella, la fuente de todo bien.
Es ya tiempo de preguntarnos qué se ha hecho del Arca de Dios; pero no hallamos en el texto que se hiciese nada para rescatarla. ¡Tan pequeño era el interés, o el valor, que les había quedado! Como si dijeran: «Se marchó; que se marche, pues». Indignos eran del nombre de israelitas quienes tan mansamente se dejaban arrebatar la gloria de Israel. Pero Dios iba a tomar la obra en sus propias manos.
I. Los filisteos triunfaron sobre el Arca (vv. 1, 2), pero muy pronto: II. El Arca triunfó sobre los filisteos:
1. Sobre su dios Dagón (vv. 3–5). 2. Sobre los filisteos mismos, quienes sufrieron una terrible plaga, primero los de Asdod (vv. 6, 7); después, los de Gat (vv. 8, 9); y, finalmente, los de Ecrón, lo cual les forzó a tomar la resolución de devolver el Arca al país de Israel.
Versículos 1–5
I. Los filisteos el capturaron el Arca y se la llevaron, tanto más gozosos de haberse hecho con ella, cuanto que, antes de la batalla, temblaron de miedo al oír que la habían traído los israelitas al campamento (4:7). Pero, cuando la tuvieron en sus manos, no les permitió Dios que le hiciesen ninguna violencia, sino que la llevaron con todo cuidado a un lugar seguro. La transportaron a Asdod, una de sus cinco ciudades, en la que estaba el templo de Dagón, allí colocaron el Arca de Dios, junto a Dagón (v. 2). Esto lo hicieron:
1. Quizá por ser una cosa sagrada, a la que pensaban pagar sus respetos religiosos, junto con Dagón; ya que los dioses de los paganos no eran considerados como contrarios a compartir el lugar con otros dioses. Aunque las naciones paganas no cambiaban sus dioses, no tenían, sin embargo, empacho en multiplicarlos añadiendo nuevos dioses. Pero se equivocaban si intentaban honrar al Dios de Israel al poner su Arca junto a la imagen de Dagón; porque al verdadero Dios no se le honra en modo alguno si no se le rinde culto únicamente a Él.
2. Más bien podemos pensar que colocaron el Arca en el templo de Dagón como un trofeo de victoria en honor de su dios. (A) Dios mostrará de qué poco sirve el Arca del pacto cuando el pacto mismo es descuidado y quebrantado; incluso las señales sagradas no son cosas a las que Dios se vincula sin más, ni en las que podemos poner una confianza absoluta. (B) Por algún tiempo, Dios puede obtener tanto mayor gloria al ajustar las cuentas a los que de esta manera le afrentan, cuanto más piensan ellos que van a recibir de Él honor y beneficio. Después de castigar a Israel, que había traicionado al Arca, y de permitir que ésta cayese en manos de los filisteos, pronto castigará a los que la retienen y la rescatará de sus manos de nuevo.
II. Pero el Arca triunfó sobre Dagón. Una y otra vez, Dagón cayó delante de ella. A la mañana siguiente, cuando los adoradores de Dagón acudieron a rendir culto a su imagen, se encontraron con lo efímero de su triunfo (v. Job 20:5).
1. Dagón estaba postrado en tierra delante del Arca de Jehová (v. 3). Se tomaban grandes precauciones al erigir las imágenes de sus dioses para que quedasen firmes en su lugar. El profeta toma buena nota de esto cuando dice: Lo sujetó con clavos para que no se moviese (Is. 41:7); y de nuevo: Lo colocan en su lugar; allí se está y no se mueve de su sitio (Is. 46:7). Pero a Dagón poco le valió que le sujetaran. El reino de Satanás ha de caer de cierto delante del reino de Cristo; el error, delante de la verdad; la profanidad, delante de la piedad; y la corrupción, delante de la gracia en el corazón de los fieles. Cuando los intereses de la religión parecen estar en decadencia y próximos a hundirse, aun entonces podemos estar seguros de que llegará el día en que triunfen.
2. Los sacerdotes, al hallar en el suelo a su ídolo, se apresuraron a colocarlo de nuevo en su lugar, antes de que se supiese lo ocurrido. Triste y necia cosa es hacer un dios que, si se cae, necesita de ayuda ajena para levantarse; y cuán miserables y desgraciados son los que llegan a suplicar la ayuda de un dios que necesita, en todo, la ayuda de ellos mismos. ¿Cómo podían atribuir su victoria al poder de Dagón, cuando el propio Dagón no pudo tenerse en pie delante del Arca? Pero estaban resueltos a que Dagón continuase siendo su dios y, por tanto, lo colocaron de nuevo en su lugar.
3. A la noche siguiente, Dagón se cayó por segunda vez: (v. 4): Y la cabeza de Dagón y las dos palmas de sus manos estaban cortadas sobre el umbral; de forma que le quedaba el tronco solamente; o, como dice el margen de la AV inglesa, sólo lo que Dagón tenía de pez (hebreo, dag = pez), porque, según conjetura de muchos expertos, la parte superior de su imagen tenía figura de hombre, pero la parte baja tenía figura de pez. Con esta caída, el desventurado monstruo se muestra: (A) Muy ridículo y digno de desprecio. ¡Vaya figura la que ahora presenta Dagón, ahora que la caída ha puesto al desnudo su anatomía, y muestra que la parte de hombre y la parte de pez estaban unidas por el artificio! (B) Muy impotente e indigno de que se le orase o se pusiese en él ninguna confianza, porque al perder la cabeza y las manos, demostraba estar completamente destituido de sabiduría y de poder, e incapacitado por siempre, tanto para aconsejar como para actuar en favor de sus adoradores.
4. El umbral del templo de Dagón era considerado siempre sagrado y en el que no se debía poner el pie (v. 5). Algunos opinan que hay aquí una referencia a la superstición que parece aludida en Sofonías 1:9, donde Dios amenaza con castigos a los que saltan por encima del umbral (lit.). En este caso, tendríamos una transferencia de respeto supersticioso. En lugar de despreciar a Dagón por haber sido descabezado por el umbral de la puerta, estaban casi dispuestos a venerar el umbral, por ser el saliente en el que había sido descabezado. La razón más probable, como afirma F. Buck (nota del traductor), es que en las religiones antiguas existía cierto miedo a los espíritus que creían instalados en el umbral mismo.
Versículos 6–12
Si los filisteos de Asdod hubiesen tomado buena nota de esta caída de Dagón y, por ella, se hubiesen arrepentido de su idolatría y se hubiesen humillado ante el Dios de Israel y buscado su rostro, habrían podido preservarse de la venganza que Dios va a tomar contra ellos por la indignidad con que han tratado el Arca. Pero, al no servirles de aviso, los destruyó Jehová (v. 6). Con respecto a los de Gat, se nos habla de gran quebrantamiento (v. 9). Expresamente se dice (v. 12) que los que no morían, eran heridos de tumores. Estos tumores, ya citados en el versículo 6, pueden traducirse al final del versículo 9 por hemorroides, aun cuando la plaga ofrece más bien cierto parecido con la peste bubónica. Lo cierto es que la plaga era tan tremenda que el clamor de la ciudad subía al cielo, lo cual insinúa que, en el extremo de su dolor y de su miseria, gritaban, no a Dagón, sino, quizás, al Dios del cielo.
No cabe duda que aquellos tumores eran dolorosos y vergonzosos. Con ellos quería Dios humillar su orgullo y exponerlos a la pública vergüenza, según el desprecio que ellos habían mostrado al Arca de Dios. Era una epidemia, y de una enfermedad que, por lo que parece, era nueva entre ellos. La epidemia se declaró primero no sólo en la misma Asdod, sino también en todo su territorio (v. 6). Pronto se percataron los de Asdod de que era la mano del Dios de Israel (v. 7) la que pesaba sobre ellos y sobre su dios Dagón. Así se vieron constreñidos a reconocer su poder y dominio y a confesar que estaban bajo su jurisdicción; con todo, no querían renunciar a Dagón y someterse a Jehová, sino, más bien, ahora que les había asentado la mano en la carne y en los huesos, estaban dispuestos a maldecirle y blasfemar de Él y, en lugar de hacer las paces con Él y prestar reverencia al Arca, lo único que desearon fue deshacerse de ella cuanto antes. Los corazones carnales, cuando se sienten bajo el juicio de Dios, prefieren que, si fuera posible, se marchase bien lejos de ellos, en vez de entrar en pacto y comunión con Él, haciendo de Él un amigo en lugar de un duro enemigo.
Así es como los hombres de Asdod resolvieron: No quede con nosotros el Arca del Dios de Israel (v.7). Igualmente decidieron que fuese trasladada a Gat (v. 8). Quizá les entró un miedo supersticioso al lugar mismo, y pensaron que sería mejor para ellos si llevaban el Arca a otro lugar, lejos del templo de Dagón; por consiguiente, en lugar de devolverla a su propio lugar, como debían, tratan de llevarla a otro lugar y escogen Gat, lugar famoso por una raza de gigantes, pero su fuerza y estatura no resultaron ser barrera suficiente contra los tumores, pues la plaga afligió a los hombres de aquella ciudad desde el chico hasta el grande (v. 9); enanos y gigantes son lo mismo para los juicios de Dios.
Por fin, se cansaron de tener el Arca y se dispusieron de buena gana a deshacerse de ella. De Gat fue trasladada a Ecrón. Como venía por orden del concejo, los ecronitas no pudieron rehusar recibirla, pero se exasperaron en seguida contra los que les habían enviado un regalo tan indeseable: Han pasado a nosotros el Arca del Dios de Israel para matarnos a nosotros y a nuestro pueblo (v. 10). Inmediatamente convocaron asamblea general de todos los príncipes de los filisteos (v. 11) para tomar el acuerdo de volver a su lugar el Arca del Dios de Israel. Mientras tomaban el acuerdo, la mano de Dios estaba dando ejecución a su juicio, y todos los medios que ellos emplearon para escapar del castigo sirvieron solamente para extenderlo, ya que fueron muchos los que murieron; y los que no morían, eran heridos de tumores (v. 12).
Regreso del Arca al país de Israel. I. Los filisteos la enviaron a su lugar, acompañada, por consejo de sus sacerdotes (vv. 1–11), de ricos presentes al Dios de Israel, para hacer expiación por su pecado (vv. 3– 5); con todo, proyectaban poseerla de nuevo, a no ser que la Providencia hiciese que las vacas en contra de su natural inclinación, fuesen al país de Israel (vv. 8, 9). II. Los israelitas la recibieron: 1. Con gran regocijo y sacrificios de alabanza (vv. 12–18). 2. Con una insana curiosidad de mirar el interior del Arca, por lo que una gran multitud de ellos cayeron muertos (vv. 19–21).
Versículos 1–9
Estuvo el Arca de Jehová en la tierra de los filisteos siete meses (v. 1). Durante el tiempo que la tuvieron en cautiverio, hallaron que era para ellos una maldición. 1. Durante siete meses fue castigado Israel con la ausencia del Arca, que era la señal especial de la presencia de Dios. Sin duda fue un tiempo de melancolía, pero tenían el consuelo de que, dondequiera está el Arca, Jehová está en su santo templo; por fe y con oración, tenemos allí acceso a Él con toda libertad (v. He. 4:15–16). Podemos tener a Dios cercano a nosotros aun cuando el Arca esté lejos. 2. Durante siete meses fueron castigados los filisteos con la presencia del Arca; la plaga duró todo ese tiempo, porque no quisieron enviarla antes a su lugar. Los pecadores alargan sus miserias por rehusar obstinadamente alejarse de sus pecados.
I. Por fin, los filisteos decidieron devolver el Arca, y consultaron a sus sacerdotes y adivinos acerca de ello (v. 2). Se les suponía ser los mejor informados acerca de las normas de la sabiduría, así como acerca de los ritos de adoración y expiación; por eso, les preguntaron: ¿Qué haremos del Arca de Jehová?
II. Los sacerdotes y los adivinos les aconsejaron con todo detalle, y parece ser que dieron su consejo por decisión unánime.
1. Hicieron ver a los filisteos que era absolutamente necesario devolver el Arca, poniéndoles el ejemplo de lo que les pasó a Faraón y a los egipcios (v. 6).
2. Les aconsejaron que, al devolver el Arca, la enviasen con una ofrenda de expiación (v. 3). Sabían que el Dios de Israel era un Dios celoso; así que aquellos con quienes Él estaba enojado, debían pagar la expiación, y no podían esperar ser sanados por cualquier otro medio. Pero cuando comenzaron a tratar de fijar la satisfacción que habían de pagar, se hicieron miserablemente vanos en sus necias imaginaciones.
Entonces les dijeron que su ofrenda de expiación había de ser un reconocimiento del castigo que habían sufrido por su iniquidad. Tenían que hacer imágenes de los tumores con que habían sido afligidos, y hacer así un memorial perpetuo del castigo que habían sufrido con aquella plaga vergonzosa (v. Sal. 78:66). También debían hacer imágenes de los ratones que habían infestado el país para reconocer así el poder omnímodo del Dios de Israel, que tenía tal dominio sobre todos los reinos de la naturaleza como para castigarles y humillarles, incluso en sus días de aparente triunfo, por medio de tan pequeños y despreciables animales. Estas imágenes habían de fabricarse con oro, el metal más precioso, para insinuar que habían de estar dispuestos a comprar alegremente, y a cualquier precio, su paz con el Dios de Israel. Los tumores de oro habían de ser cinco conforme al número de los príncipes de los filisteos (v. 4), que habían sido castigados todos ellos, según parece, con dichos tumores también los ratones de oro habían de ser cinco, conforme a los territorios respectivos sobre los que dichos príncipes tenían dominio.
4. Les animan a esperar que, de esta forma, habrán puesto los medios necesarios para librarse de la plaga: entonces seréis sanos (v. 3). Y sabrán también por qué no se apartó de ellos la mano de Jehová; es decir, con eso se mostraría si la plaga se debía a la retención del Arca; porque, si era así, la plaga cesaría tan pronto como devolviesen el Arca.
5. Pero todavía quieren hacer otra prueba para ver si era o no la mano del Dios de Israel la que les había herido con aquellas plagas. En honor del Arca, deben ponerla sobre un carro nuevo (v. 7), que sea tirado por un par de vacas no acostumbradas al yugo e inclinadas a marchar a su propia casa. No ha de haber quien las guíe, sino que ellas mismas han de escoger la dirección en que han de marchar, la cual era de suponer, con toda razón, que sería la de su propia casa; así que, a no ser que el Dios de Israel, después de todos los milagros que ha obrado, lleve a cabo uno más y, por medio de un poder invisible, guíe estas vacas, en contra de su instinto e inclinación, hacia el país de Israel y, en especial, a Bet-semes, todavía retractarán su anterior opinión y creerán que no fue la mano de Dios la que los hirió, sino que les sucedió por pura casualidad (vv. 8, 9).
Versículos 10–18
I. Vemos ahora cómo despidieron los filisteos el Arca (vv. 10, 11). Estaban tan contentos de verla marchar como lo habían estado al hacerse con ella. 1. No recibieron por su rescate dinero o cualquier otro precio, como esperaban sin duda; habrían exigido un rescate más que regio. 2. Por el contrario, fueron ellos los que, para verse libres del Arca, dieron joyas de oro, como las habían dado los egipcios a los israelitas.
II. Cómo llevaron las vacas el Arca al país de Israel (v. 12): Y las vacas se encaminaron por el camino de Bet-semes, la ciudad más próxima del país de Israel, ciudad sacerdotal, y anduvieron por el camino sin apartarse ni a derecha ni a izquierda. Fue éste un ejemplo maravilloso del poder de Dios sobre los brutos animales, al hacer que unas vacas no acostumbradas al yugo fueran derechamente por el camino de Bet-semes, ciudad distante unos quince kilómetros sin apartarse ni a derecha ni a izquierda hacia los campos para apacentarse a sí mismas, ni volviéndose a casa para alimentar a sus terneros.
III. Cómo se le dio al Arca la bienvenida en el país de Israel: Los de Bet-semes segaban el trigo en el valle (v. 13). Seguían con sus quehaceres seculares, sin preocuparse por el Arca. De modo semejante, Dios efectuará a su debido tiempo la liberación de su Iglesia, no sólo de las garras de sus enemigos, sino también de la negligencia de sus amigos. La misma mano invisible que dirigió las vacas al país de Israel, las llevó al campo de Josué por la gran piedra que había en aquel campo y que tan conveniente era para poner encima de ella el Arca, como se nos refiere en los vv. 14, 15 y 18.
1. Cuando los segadores vieron el Arca, se regocijaron (v. 13). Aunque no poseían el celo ni el valor suficientes para intentar rescatarla, cuando llegó allí, sin embargo, le dispensaron la más cordial bienvenida.
2. Ofrecieron las vacas en holocausto, para honrar a Dios, y usaron como combustible para el sacrificio la madera del carro (v. 14). Es probable que los filisteos tuviesen la intención de que tanto las vacas como el carro sirvieran para una ofrenda por el pecado, a fin de hacer expiación (vv. 3, 7).
3. Depositaron el Arca, junto con el cofre de joyas que los filisteos habían traído sobre la gran piedra a campo abierto, frío hospedaje para el Arca de Jehová y demasiado modesto; con todo, estaba mejor allí que en el templo de Dagón o en manos de los filisteos. Así como el quemar el carro y las vacas que llevaron allá el Arca podía tomarse como signo de la esperanza que tenían de que nunca más habría de ser arrebatada de nuevo del país de Israel, así también el asentarla sobre una gran piedra podía ser signo de la esperanza que tenían de que había de ser colocada de nuevo sobre firme fundamento. La Iglesia está edificada sobre una Roca.
4. Ofrecieron los sacrificios de alabanza a Dios sobre la gran piedra (v. 15). Hay quienes opinan que los ofrecieron sobre un altar de tierra, construido para ello, pero el texto mismo no da ningún pie para esta opinión. No fue por casualidad el que las vacas trajeran el Arca a este lugar, sino una indicación divina de que allí había de estar, andando el tiempo, su residencia. Bet-semes era una de las ciudades asignadas, de entre la heredad de Judá, a los hijos de Aarón (Jos. 21:16). ¿Adónde mejor podía ir el Arca que a una ciudad de sacerdotes? Además, era muy conveniente tener allí las personas consagradas a Dios para bajar del carro el Arca y ofrecer los sacrificios.
5. Los príncipes de los filisteos regresaron a Ecrón y podemos suponer que les habría impresionado lo que habían visto de la gloria de Dios y del celo de los israelitas, sin embargo, no renunciaron al culto de Dagón.
Versículos 19–21
1. El pecado de los hombres de Bet-semes: Miraron dentro del Arca de Jehová (v. 19). La ruina de la humanidad se debió a la ambición de un conocimiento prohibido. Lo que constituyó un gran pecado en este mirar dentro del Arca fue que procedía de una opinión menospreciadora del Arca. Quizás influyó en esto el ver las humillantes circunstancias en que se hallaba el Arca, como recién llegada del cautiverio y sin estar decentemente instalada. Cometemos una ofensa contra Dios si tenemos en poco sus ordenanzas a causa de su sencillez y de la modesta manera de su administración. Si hubiesen discernido el alto significado del Arca y no hubiesen juzgado meramente por las apariencias exteriores, se habrían percatado de que nunca había brillado el Arca con tanta majestad como ahora.
2. El castigo que sufrieron por su pecado: Dios hizo morir a hombres de Bet-semes; los castigó con gran mortandad. El texto hebreo actual dice que Dios hizo morir setenta hombres y cincuenta mil hombres. El escritor judío del primer siglo de nuestra era, Flavio Josefo, dice que fueron setenta, y ésta parece ser la cifra correcta. (El Dr. C. C. Ryrie, en su Biblia Anotada, dice: «La cifra de 50.070 es puesta en duda por expertos conservadores y es probablemente error de un copista». No sólo es probable, sino seguro, ya que el texto no dice 50.070, sino 70 hombres y 50.000 hombres, construcción gramatical a todas luces forzada. Bet-semes era una ciudad modesta que no llegaba, ni con mucho, a tal cifra de habitantes. Nota del traductor.)
3. El terror que se apoderó de los habitantes por tan severo golpe. Dijeron, y con toda razón: ¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo? (v. 20) ¡Bendito sea su nombre, que no es imposible estar delante de Dios para rendirle adoración! Por medio de Cristo, se nos invita, anima y capacita para ello; pero estar delante de Dios para contender con Él no nos es posible (v. Ro. 9:20; 1 Co. 10:22).
Como consecuencia del miedo que les entró, desearon desprenderse cuanto antes del Arca. Preguntaban: ¿A quién considerará digno después de nosotros? (v. 20). Enviaron, pues, mensajeros a los ancianos de Quiryat Yearim, ciudad fuerte, situada más al norte en el país, y les pidieron que vinieran a llevársela (v. 21). Dicha ciudad cae en el camino que lleva de Bet-semes a Siló, y es la más meridional de las de los gabaonitas, quienes, como sabemos (v. Jos. 9:27), habían sido destinados al servicio del tabernáculo. ¿Por qué no fue llevada a Siló? Quizá porque Siló fue ocupada por los filisteos después del desastre referido en el cap. 4. Más tarde, los sacerdotes aparecen en Nob (cap. 21). Resulta, con todo, un misterio el que Samuel convoque luego al pueblo en Mizpá (7:5), no en Nob ni en Quiryat Yearim. En cualquier caso, una cosa parece clara: el Arca es llevada de ciudad en ciudad sin que el pueblo se interese por ella, una señal de que no había rey en Israel (Jue. 21:25).
En este capítulo vemos: I. El eclipse de la gloria del Arca, por la prolongada, y privada, estancia en Quiryat Yearim (vv. 1, 2). II. La manifestación de la gloria de Samuel en sus servicios públicos para el bien de Israel, donde ejerció como el último de los Jueces-Jefes del pueblo. Aquí le vemos activo: 1. En la reforma de Israel que había caído en la idolatría (vv. 3, 4). 2. En el reavivamiento religioso (vv. 5, 6). 3.
En su oración por el pueblo, para que Dios les protegiese contra la invasión de los filisteos (vv. 7–9); en respuesta a dicha oración, Dios les concedió una gloriosa victoria (vv. 10, 11). 4. En la erección de un memorial de gratitud por tal victoria (v. 12). 5. En el aprovechamiento de la victoria (vv. 13, 14). 6. En la administración de justicia (vv. 15–17).
Versículos 1–2
En estos dos versículos vemos mencionada el Arca, para no volver a oír una sola palabra acerca de ella, con una sola excepción (14:18), hasta que, cuarenta años más tarde (1 Cr. 13:6), la trajo David de allí y, finalmente, fue llevada a Jerusalén (1 Cr. cap. 15). Vemos que:
I. Los hombres de Bet-semes, por su insensatez, hicieron del Arca de Dios una carga, cuando les debería haber servido de gran bendición.
1. Los de Quiryat Yearim se la llevaron alegremente consigo (v. 1). Sus vecinos los betsemitas no estaban tan deseosos de desprenderse de ella, como ellos lo estaban de recibirla, ya que sabían muy bien que la mortandad que el Arca había ocasionado en Bet-semes no era un acto de poder arbitrario, sino de necesaria justicia, y que los que habían sufrido por ello debían echarse la culpa a sí mismos, no al Arca.
2. Pusieron toda diligencia en procurar al Arca decente acomodación en Israel, con verdadero afecto y con todo respeto y reverencia, pues:
(A) Buscaron para recibirla el sitio apropiado, la casa de Abinadab, situada en lo alto y que, probablemente, era la mejor casa del lugar. Los de Bet-semes la habían dejado expuesta al público sobre una gran piedra a campo abierto, pero los de Quiryat Yearim le procuraron una acomodación digna en una buena habitación de una buena casa. Dios ha de hallar para su Arca un digno lugar de reposo; si hay quienes la quieren echar de sí, habrá otros corazones inclinados a recibirla. No es cosa nueva para el Arca de Dios ser alojada en una casa particular.
(B) Buscaron para cuidarla la persona apropiada: Santificaron a Eleazar su hijo para que guardase el Arca de Jehová, no a su padre, porque era viejo y estaba enfermo. Quedaba, pues, encargado de guardar el Arca, no sólo para que no fuese capturada por los malvados filisteos, sino también para que no fuese profanada por curiosos israelitas. Debía también guardar limpia y decente la habitación en la que estaba el Arca, para que no pareciese un objeto descuidado. Aunque nada dice el texto sagrado, es de suponer que ésta fuese una familia levita, aunque no de la casa de Aarón. Podemos suponer que algunos piadosos israelitas acudirían allí a orar delante del Arca y serían bien atendidos por Eleazar. Con este objeto le santificaron, esto es, le pusieron aparte para que ejerciera este ministerio en nombre de todos los ciudadanos. No era lo normal, pero era excusable en las presentes circunstancias.
II. Es cierto que nos da lástima ver el Arca allí pues nos gustaría verla en Siló de nuevo, pero Siló estaba desolada (Jer. 7:14), así que debía quedarse a medio camino, quizá por falta de hombres lo bastante valientes para llevarla a su propio lugar.
1. Su estancia en Quiryat Yearim fue prolongada. Por más de cuarenta años quedó en un lugar remoto, oscuro, particular, poco frecuentado y casi descuidado (v. 2). Resulta muy extraño que, durante todo el tiempo en que gobernó Samuel, nunca fuese llevada el Arca a su sitio en el Lugar Santísimo, una evidencia de la decadencia de santo celo entre los israelitas. Dios lo permitió así, para castigarles por su descuido del Arca cuando ésta se hallaba en su propio lugar.
2. Pasaron veinte años antes que el pueblo de Israel echase en falta la presencia del Arca. La versión de los LXX nos lo traduce así para mayor claridad: Y fueron veinte años, y (esto es, cuando) toda la casa de Israel alzó la vista en pos de Jehová. Mientras estuvo ausente del tabernáculo, se echaba en falta la señal de la presencia especial de Dios y no podían observar el Día de la Expiación como debía ser observado. Se contentaban con los altares sin el Arca; con tanta facilidad pueden quedar satisfechos los creyentes nominales y aun carnales, con una serie de ritos exteriores sin señal alguna de la presencia y de la aceptación de Dios. Pero, al fin, volvieron en sí y comenzaron a lamentarse en pos de Jehová, avivados, como es muy probable, por la predicación de Samuel, acompañada de una extraordinaria operación del Espíritu de Dios. Ahora comienza a notarse por todo Israel una disposición general al arrepentimiento y a la reforma de vida. La verdadera conversión comienza con un lamento hacia Dios, a causa de la convicción de pecado. Les fue mejor a los israelitas cuando echaron en falta el Arca y se lamentaron delante de Dios, que cuando tenían el Arca, pero no se cuidaban de ella o se sentían orgullosos de tenerla, no por piedad, sino por soberbia.
Versículos 3–6
Podemos ya preguntarnos dónde estaba Samuel y qué estaba haciendo durante todo este tiempo, pero su labor entre el pueblo no se menciona hasta que aparecen sus frutos. Cuando se dio cuenta de que el pueblo había comenzado a lamentarse en pos de Jehová, decidió batir de repente mientras el hierro estaba candente, como suele decirse. Dos cosas procuró hacer por ellos.
I. Procuró apartar al pueblo de sus ídolos, pues por ahí debe comenzar toda reforma seria. Habló Samuel a toda la casa de Israel (v. 3), y fué, al parecer, de un lugar a otro, como predicador itinerante (pues no hallamos que se reunieran en asamblea hasta el v. 5) y, a dondequiera que iba, ésta era su exhortación: «Si de todo vuestro corazón os volvéis a Jehová, sabed:
1. Que debéis renunciar a vuestros ídolos y abandonarlos. Quitad los dioses ajenos, los baales, y a Astarot, esa diosa extranjera, de entre vosotros», pues hasta esos dioses tenían. Se nombra en especial a Astarot por ser el ídolo más amado. El genuino arrepentimiento golpea con la mayor fuerza al pecado preferido y quita de en medio, con especial celo y resolución, el pecado que más nos asedia (He. 12:1).
2. Que debéis tomar muy a pecho el volver a Dios, y hacerlo así con seria dedicación y firme resolución, pues ambas cosas se incluyen en preparar el corazón (v. 3), esto es, en dirigir, disponer y establecer el corazón hacia Dios.
3. Que debéis ser enteramente para Dios y solamente para Él: y sólo a Él servid; de lo contrario, no le serviréis en modo alguno como a Él le agrada. Hacedlo así, y os librará de la mano de los filisteos. Éste era el objetivo de la predicación de Samuel y tuvo un efecto maravilloso (v. 4): Entonces los hijos de Israel quitaron a los baales y a Astarot. No sólo dejaron de adorarlos, sino que también destruyeron sus imágenes, demolieron sus altares y los abandonaron completamente.
II. Procuró que se dedicasen para siempre a Dios y a su servicio.
1. Samuel convoca a todo Israel o, al menos, a sus ancianos como representantes del pueblo, a que se encuentren con él en Mizpá (v. 5), y allí promete orar por ellos. Cuando nos reunimos en asamblea, hemos de recordar que es nuestra obligación unir en público nuestras oraciones tanto como oír el mensaje.
2. Ellos secundaron la convocatoria de Samuel y, no sólo acudieron a la reunión, sino que se mostraron de acuerdo con los objetivos de la convocatoria y en muy buena disposición (v. 6). En efecto:
(A) Sacaron agua y la derramaron delante de Jehová y dieron a entender con esto: (a) Su humillación y arrepentimiento por el pecado, ya que así se reconocían como agua derramada en el suelo, que no puede volver a recogerse (2 S. 14:14). La versión caldea dice: Derramaron sus corazones en arrepentimiento delante de Jehová, y salieron así del corazón mismo las lágrimas que derramaban en la presencia de Dios (comp. con Lam. 2:19). (b) Sus fervientes súplicas a Dios para obtener misericordia. (c) Su reforma general y total, lo que expresaba así su disposición a abandonar todos sus pecados y a no retener de ellos más resabio que el que deja el agua en la vasija después de ser derramada. (d) Hay quienes opinan que significa también su gozo en la esperanza de la misericordia de Dios, de la que Samuel les había dado seguridades.
(B) Ayunaron aquel día; al abstenerse del alimento, afligieron sus almas, y añadieron así nueva expresión de sincero arrepentimiento.
(C) Hicieron pública confesión: Y dijeron allí: Contra Jehová hemos pecado. Así daban gloria a Dios y se reprochaban a sí mismos.
3. En esa ocasión, Samuel los juzgó en Mizpá (v. 6); es decir, les aseguró, en nombre de Dios, que, una vez arrepentidos, les eran perdonados sus pecados y, con ello, Dios quedaba reconciliado con ellos. Fue, pues, un juicio de absolución. Mientras que, hasta el momento, había actuado entre ellos sólo como profeta, ahora comenzaba a actuar como magistrado, para impedir que recayesen en los pecados a los que ahora habían renunciado.
Versículos 7–12
I. Aprovechando la ocasión de la convocatoria de Israel para arrepentimiento y oración, los filisteos invadieron el país (v. 7); juzgaron que era ésta una oportunidad propicia para caer sobre los israelitas por sorpresa. 1. ¡Cuán cierto es que, a veces, el bien sirve de ocasión para el mal! La convocatoria de los israelitas en Mizpá les trajo molestias de parte de los filisteos. Cuando los pecadores comienzan a arrepentirse y reformarse, han de esperar que Satanás reúna contra ellos todas sus fuerzas y ponga a trabajar a sus mensajeros, a fin de que procuren por todos los medios desanimarles y hacerles desistir de sus buenos propósitos. Pero: 2. En fin de cuentas, hasta de ese mal ha de salir algún bien. Nunca pudo ser amenazado Israel en mejor oportunidad que ahora, cuando estaban orando arrepentidos, y nunca mejor preparados para recibir al enemigo que ahora.
II. En este apuro, Israel se adhiere decididamente a Samuel como a su mejor amigo después de Dios; aunque no era hombre de guerra ni es mencionado jamás como persona de extraordinaria valentía, le piden, sin embargo, que ore insistentemente por ellos: No ceses de clamar por nosotros a Jehová nuestro Dios (v. 8). Se encontraban aquí sin armas ni preparación para la guerra, pues se habían reunido a orar y ayunar, no a luchar. Recurren, pues, a las mejores armas que poseen, como son las oraciones y las lágrimas delante de Dios.
III. Samuel intercede por ellos delante de Dios, y lo hace mediante un sacrificio (v. 9). El sacrificio de Samuel sin la oración, habría sido una sombra vacía; su oración, sin el sacrificio, habría carecido de la fuerza necesaria en esta ocasión, pero unidas ambas cosas nos enseñan cuán grandes beneficios podemos esperar de Dios en respuesta a las oraciones que elevemos con fe en el sacrificio de Cristo. Fue un sacrificio de holocausto, ofrecido únicamente para la gloria de Dios. Ofreció solamente un cordero de leche, el cual debía tener, al menos, siete días (Lv. 22:27). Lo que Dios mira es la integridad y la intención del corazón, más que el volumen o el número de las víctimas. Samuel no era sacerdote, sino levita y profeta, pero el caso era extraordinario y su sacrificio fue aceptado por Dios, por cuanto lo ofreció por especial indicación divina.
IV. Dios otorgó respuesta favorable a la oración de Samuel (v. 9): Y Jehová le oyó. Dios honró la oración de Samuel, pues en el mismo momento en que Samuel sacrificaba el holocausto y se elevaba su oración, comenzó la batalla, que terminó con una completa derrota de los filisteos, Dios mismo luchó por los israelitas con gran estruendo de truenos, lo que parece indicar una tormenta semejante a la de Jos. 10:10 y ss. Así como en el encuentro anterior con los filisteos Dios castigó la presuntuosa confianza de los israelitas en la presencia del Arca, llevada a hombros de dos perversos sacerdotes, así ahora aceptó favorablemente la humilde dependencia que mostraron en la oración de fe, salida de los labios y del corazón de un piadoso profeta.
V. Samuel erigió un memorial de gratitud por esta victoria, para gloria de Dios y aliento de Israel (v. 12). El memorial consistió en una piedra que levantó y le puso por nombre Eben-ha-Ézer, que significa Piedra de la ayuda. A pesar del parecido, este lugar es distinto del mencionado en 4:1, donde el nombre resultó en fracaso. La razón que Samuel da para la imposición del nombre es que «Hasta aquí nos ayudó Jehová», con lo que, junto al agradecimiento por la victoria obtenida, parecen expresarse ciertas reservas acerca del futuro, como diciendo: «Hasta aquí las cosas han marchado bien, pero no sabemos aún lo que Dios hará con nosotros; dejémoslo a Él y alabémosle por lo que ha hecho hasta ahora». Como dice Pablo en Hechos 26:22, «habiendo obtenido auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy».
Versículos 13–17
Parece ser (v. 2 Cr. 35:18) que, en los días del profeta Samuel, los israelitas observaron la ordenanza de la Pascua con gran devoción, a pesar de la distancia del Arca y de la desolación de Siló. Aquí se nos dice solamente cuán importante fue el ministerio de Samuel; 1. En asegurar la paz pública (v. 13): Los filisteos no volvieron a entrar en el territorio de Israel … todos los días de Samuel. Samuel fue un protector y libertador de Israel, no a filo de espada como Gedeón, ni por la fuerza de su brazo como Sansón, sino por el poder de la oración ante Dios y por la obra de reforma que llevó a cabo entre el pueblo. La piedad genuina es la mejor seguridad. 2. En recuperar los derechos públicos (v. 14). Por su influjo, tuvo Israel la valentía de reclamar las ciudades que los filisteos les habían arrrebatado. Se añade: Y hubo paz entre Israel y el amorreo, es decir, el remanente de los nativos de Canaán. 3. En administrar pública justicia (vv. 15, 16): Y juzgó a Israel todo el tiempo que vivió. Incluso después del nombramiento de Saúl como rey, les prometió (12:23): Os instruiré en el camino bueno y recto. Vemos que celebraba juicio en Betel, Guilgal y Mizpá, ciudades todas en la tribu de Benjamín, pero su residencia estaba en Ramá, la ciudad de su padre, Y allí juzgaba a Israel (v. 17). 4. En procurar la observancia pública de la religión, pues edificó allí (en Ramá, donde vivía) un altar a Jehová, no por menosprecio del altar que había en Nob o en Gabaón. Hizo como los patriarcas, erigió un altar donde vivía, tanto para uso de su familia como para bien de los que acudirían allí.
Los días buenos de Israel rara vez duraban mucho. Vemos aquí: I. A Samuel envejecido (v. 1). II. A sus hijos, degenerados (vv. 2, 3). III. A Israel descontento con el actual régimen y deseoso de cambio. 1. Piden a Samuel que les instituya la monarquía (vv. 4, 5). 2. Samuel presenta el asunto a Dios (v. 6). 3.
Dios le dice lo que les ha de responder, en forma de reproche (vv. 7, 8), haciéndoles ver las consecuencias de tal cambio de régimen, y cuán duras les habían de resultar bien pronto las condiciones de la monarquía (vv. 9–18). 4. Ellos insisten en su petición (vv. 19–20). 5. Samuel les promete, de parte de Dios, que pronto verán satisfechos sus deseos (vv. 21, 22).
Versículos 1–3
Hallamos dos cosas tristes, aunque no nos son extrañas:
I. Un hombre bueno y provechoso que se vuelve viejo e inhábil para el ministerio (v. 1): Habiendo Samuel envejecido. Ya no podía juzgar a Israel, como lo venía haciendo. No tenía todavía sesenta años; es muy probable que no pasase de los cincuenta y cuatro, pero parece ser que las dificultades que hubo de arrostrar y las preocupaciones que, ya desde niño, experimentó, le hicieron envejecer prematuramente. Los frutos primeros en madurar suelen ser los más expuestos a echarse a perder. Había gastado sus fuerzas y sus ánimos en el servicio a la comunidad y ahora se siente demasiado fatigado para seguir adelante. Quienes están en la flor de la vida deben aprovechar bien el tiempo, pues no saben por cuánto tiempo gozarán de salud y de fuerza suficiente.
II. Los hijos de un hombre bueno que se desvían y no siguen las huellas de su padre. Tenemos razones para suponer que Samuel les comisionó para el oficio, no porque fuesen hijos suyos, sino porque, por lo que parecía, eran lo suficientemente aptos para desempeñarlo. Pero, ¡ay!, no anduvieron los hijos por los caminos de su padre (v. 3), y al ser el carácter de ellos tan diferente del de su padre, el ser hijos suyos, lo que de otro modo les habría servido de honor fue para ellos, en realidad, una desgracia. Al ser constituidos jueces y residir lejos de la familia, se descubrió lo que eran. Muchos que se han portado bien en un estado de sujeción, se han echado a perder con el ejercicio del poder, pues los honores cambian la mentalidad de los hombres y, con mucha frecuencia, la cambian en peor. No parece ser que los hijos de Samuel fuesen tan malvados y viciosos como los hijos de Elí, pero, fuesen como fuesen en otros aspectos, eran jueces corruptos que se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho. La versión caldea dice que se volvieron tras el mammón de injusticia. Aun cuando el sagrado texto no reprocha a Samuel por la mala conducta de sus hijos, es muy fácil que, en su afán por servir los intereses de la comunidad, descuidase la educación de los mismos, lo cual, después de su experiencia de primera mano sobre lo sucedido a los hijos de Elí, no deja de ser una circunstancia agravante.
Versículos 4–22
Comienzo de un asunto totalmente nuevo y sorprendente cual fue el establecimiento de la monarquía en Israel.
I. La petición de los ancianos a Samuel (vv. 4, 5). Acudieron a su casa en Ramá con un comunicado que contenía:
1. Un cargo de agravios; bien breve: Tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos. (A) Era cierto que Samuel había envejecido, pero esto le daba prudencia y experiencia y por tanto, competencia para seguir gobernando. (B) Era cierto que sus hijos no andaban en los caminos de su padre, lo cual no dejaría de apenarle, pero no se nos dice que estuviese enterado de la conducta de sus hijos como lo estaba Elí de la conducta de los suyos. Si hubo alguna negligencia previa por su parte, no hubo indulgencia como en el caso de Elí.
2. Una petición para resarcir los sobredichos agravios mediante la constitución de un rey sobre ellos: Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Es cierto que no se sublevaron en rebelión contra Samuel ni intentaron nombrar ellos mismos al rey. Pero, por lo que sigue, se muestra que fue una malvada propuesta, y arrogantemente presentada, que no agradó a Dios. Quieren tener un rey que los juzgue con pompa exterior y poder ostentoso, como todas las naciones. Un modesto profeta con su manto, aun cuando era favorecido con la comunión y las visiones del Omnipotente, resultaba despreciable a los ojos de los que juzgaban por las apariencias externas; pero un rey vestido de púrpura, con su guardia y sus ministros de Estado, les parecía algo muy grande; y eso es lo que apetecían y pedían.
II. El resentimiento de Samuel ante esta petición (v. 6). 1. Fue algo que le llegó a lo profundo del corazón. Probablemente fue una sorpresa para él. No agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue, porque, al menos indirectamente, era una queja contra el gobierno y el honor de
Dios. 2. Le incitó a orar. No les dio respuesta de momento, sino que se tomó tiempo para considerar la propuesta y orar al Señor para que le instruyese sobre lo que debía hacer.
III. Las instrucciones que Dios le dio con respecto a este asunto. Le dijo:
1. Algo que podía servirle de alivio a su resentimiento. Samuel estaba muy disgustado con la propuesta, pero Dios le dice que no debe considerarla dura ni extraña. (A) No ha de pensar que sea cosa dura el que le hayan menospreciado de esta manera, pues a quien en realidad han menospreciado es a Dios mismo. Si Dios mismo se preocupa de las indignidades que se cometen contra nosotros, bueno será que nos dispongamos a soportarlas con paciencia. Samuel no debe quejarse de que estén cansados de su gobierno, porque realmente estaban cansados del gobierno de Dios. El régimen de Israel había sido hasta entonces una teocracia, esto es, un gobierno divino; los jueces recibían directamente de Dios su llamamiento y su comisión, y los asuntos de la nación estaban bajo la dirección especial de Dios. (B) Tampoco ha de parecerle extraña la propuesta, pues se comportan ahora como siempre se han comportado. Siempre habían sido rudos con sus gobernadores, cosa que experimentaron Moisés y Aarón en su propia carne.
2. Le dice también cómo ha de responder a las demandas de ellos. Samuel no habría sabido qué decirles si Dios no le hubiese dado instrucciones, pero ahora puede comunicarles con toda seguridad la respuesta que Dios les daba.
(A) Debe decirles que tendrán rey: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan (v. 7; y, de nuevo, en el v. 9). Dios mandó a Samuel que les diera gusto en esto: (a) A fin de que fuesen golpeados con su propio bastón y sintiesen, a costa suya la diferencia entre el gobierno de Dios y el de un rey. (b) A fin de prevenir algo peor. Si no se les daba gusto en esto, podían sublevarse en rebelión contra Samuel, o desertar en masa de su religión y adherirse a los dioses de las naciones para poder tener reyes como ellas.
(B) Pero ha de decirles también que, cuando hayan tenido un rey, pronto se cansarán de él y se arrepentirán, cuando sea demasiado tarde, de la decisión que han tomado.
IV. Samuel les transmitió fielmente lo que Dios pensaba sobre el asunto (v. 10): Y refirió Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo; cómo se había resentido de la propuesta, tomándola como si le rechazasen a Él mismo, lo que equivalía a servir a dioses ajenos (v. 8). Y les expone con todo detalle cuáles habían de ser, no los derechos de un rey en general, sino la forma en que había de reinar el rey que iban a tener, conforme al modelo de los reyes de las otras naciones (v. 11).
1. Si desean tener un rey como lo tienen las naciones, que tengan en cuenta: (A) Que un rey ha de tener una guardia numerosa y una multitud de ayudantes. ¿Y de dónde los va a sacar? Por supuesto, «tomará vuestros hijos» (v. 11) y los pondrá a que aren sus campos y sieguen sus mieses (v. 12), y tenerlo además como un privilegio (v. 16). (B) Ha de disfrutar de buena mesa. (C) Necesitará un gran ejército para guardias y guarniciones. (D) «Habéis de esperar también que tenga un gran número de favoritas y cortesanas, a las que, después de haberlas ennoblecido con títulos, las enriquecerá a costa de vuestras heredades (vv. 13, 14). ¿Os gustará eso?» (E) «Necesitará también copiosos ingresos para mantener su pompa y su poder. Tomará el diezmo de los frutos de vuestras tierras (v. 15) y de vuestro ganado (v. 17)».
2. No tardarán en percatarse de lo gravoso de las cargas que ellos mismos se han echado encima. Pero, cuando se quejen a Dios a causa de ello, Dios no les hará caso (v. 18).
V. El pueblo se obstinó en su demanda (vv. 19, 20): «Tendremos un rey sobre nosotros, digan lo que digan en contra tanto Dios como Samuel; lo tendremos a toda costa y por muchos que sean los inconvenientes que nos sobrevengan a nosotros y a nuestra posteridad por ello». Se hicieron el sordo a las razones, y el ciego a sus propios intereses. No pudieron atenerse al tiempo fijado por Dios, pues Dios había dado a entender en la Ley (Dt. 17:14, 15) que Israel habría de tener rey a su debido tiempo. Si hubiesen aguardado unos diez o doce años más, habrían tenido por rey a David, un «rey según el corazón de Dios», es decir, elegido por Dios y se habrían visto libres de todas las calamidades que sufrieron con el nombramiento de Saúl.
VI. Samuel los despidió con una insinuación de que pronto tendrían lo que deseaban. l. Samuel refirió todas las palabras del pueblo en oídos de Jehová (v. 21). Esto nos habla de una santa familiaridad, a la que Dios admite benévolamente a su pueblo: los creyentes hablan en los oídos de Dios, como cuando alguien susurra algo al oído de un amigo. 2. Dios dio orden de que tuvieran rey, ya que tan empeñados estaban en tenerlo (v. 22): «Pon rey sobre ellos, y que saquen de él las mayores ventajas que puedan». Así los entregó Dios a las concupiscencias de sus corazones (Ro. 1:24). De momento, Samuel los envió a sus casas: «cada uno a vuestra ciudad», porque el modo de designar a la persona se había de dejar en manos de Dios; ellos no tenían nada que hacer por ahora.
La mayoría de los gobiernos comienzan por la ambición de un príncipe que codicia gobernar, pero la monarquía de Israel comenzó por la ambición de un pueblo que codició ser gobernado. Dios no se dejó tomar por sorpresa en la elección de Saúl como rey sino que, en su misteriosa Providencia, le llevó a Samuel para que éste le ungiera en privado, antes de echar suertes delante del pueblo, lo que veremos en el próximo capítulo. Aquí tenemos: I. Un breve relato del linaje y de la persona de Saúl (vv. 1, 2). II. Un amplio relato de cómo fue llevado hasta Samuel, para quien hasta ahora había sido un desconocido. 1.
Dios, mediante revelación, le había dicho a Samuel que lo esperase (vv. 15, 16). 2. Dios, por su providencia, le llevó a Samuel: (A) Enviado a buscar las asnas de su padre, no logró encontrarlas (vv. 3– 5). (B) Por consejo de su criado, decidió consultar a Samuel (vv. 6–10). (C) Mediante las instrucciones que le dieron unas jóvenes, le halló (vv. 11–14). (D) Samuel, informado por Dios acerca de él (v. 17), le trató con respeto (v. 17).
1. Que Saúl era de buena familia (v. 1). Era de la tribu de Benjamín, como el Saúl del Nuevo Testamento, que también fue llamado Pablo (su nombre romano) y menciona con honor el pertenecer a dicha tribu, pues Benjamín era un hijo favorito de Jacob (Ro. 11:1; Fil. 3:5). Dicha tribu, aunque era la menos numerosa, era muy grande en dignidad. Su padre era Cis (hebreo, Qish), hombre valeroso, aunque el vocablo hebreo puede traducirse también por «rico» (v. Rut 2:1). Flavio Josefo dice que Cis «era de buena familia y de honestas costumbres». 2. Que Saúl era joven, apuesto, gallardo y de gran estatura (v. 2), cosa que siempre impresiona, especialmente a los pueblos antiguos; de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo. No se mencionan ni su sabiduría, ni su erudición, ni su virtud, ni su piedad, sino sólo sus cualidades físicas. Cuando Dios escogió un rey «según su corazón», no eligió a alguien muy notable por su estatura ni por otras cualidades físicas, excepto la dulzura y la inocencia que se transparentaban en su rostro (16:7, 12). Pero cuando escogió un rey «según el corazón del pueblo», el cual sólo ambicionaba presencia física imponente, buscó un mozo muy alto que, aun cuando no tuviera otras cualidades buenas, al menos pareciera grande.
I. Un hombre grande que surge de pequeños comienzos. No parece ser que Saúl hubiese ocupado ningún cargo de importancia hasta que fue elegido rey de Israel.
II. También vemos un gran acontecimiento que surge de pequeñas circunstancias. No puede ser más insignificante el comienzo de esta historia. Si seguimos las huellas de Saúl hasta el trono, le vemos primeramente ocupado en algo tan bajo, que nadie podría pensar que de eso pudiera salir una promoción a tan alto cargo como el de rey.
1. Su padre le envía, con uno de los criados, a buscar unas asnas que se habían perdido. Saúl y su criado anduvieron por largo tiempo en busca de las asnas, pero en vano, no las pudieron hallar. No halló lo que buscaba, pero se encontró con lo que jamás pudo soñar: un trono.
2. Al no poder hallar las asnas, decidió regresar a su padre (v. 5), ya que consideró la preocupación que su padre tendría ahora por él, más que por las asnas.
3. Pero el criado le propuso que, puesto que estaban ahora cerca de Ramá, fuesen a consultar a Samuel sobre el importante asunto de las asnas (v. 6): Hay en esta ciudad un varón de Dios, que es hombre insigne. Era, en efecto, un honor para Samuel, como varón de Dios, que «todo lo que dice, acontece sin falta». Acuerdan, pues consultarle: «Quizá nos dará algún indicio acerca del objeto por el cual emprendimos nuestro camino». La mayoría de la gente prefiere que les adivinen la suerte, más bien que el deber; cómo hacerse rico, más bien que cómo ser salvo. Si el oficio de los ministros de Dios fuese instruir a los hombres a recobrar unas asnas perdidas, o cosa por el estilo, de seguro que les consultarían mucho más de lo que les consultan en su propio oficio de instruirles en la recuperación de las almas perdidas.
Saúl consideraba qué presente podían llevar al varón de Dios. No podían ofrecerle panes y tortas (1 R. 14:3), porque se les había acabado el pan, pero el criado observó que llevaba en el bolsillo una moneda de cuarto de siclo y se la podían dar al vidente. «Dices bien», le respondió Saúl, «anda, vamos» (v. 10).
Fueron a Samuel como a un adivino, más bien que a un profeta y pensaron así que era bastante darle un cuarto de siclo. A la mayoría de la gente le gusta una religión barata; sobre todo, cuando consiguen que alguna otra persona les pague los gastos. El historiador hace aquí un paréntesis para explicarnos que, en la antigüedad, llamaban videntes a los profetas (v. 9). No quiere decir que no se usase antes el nombre de profeta (hebreo, nabí), con el que se expresa primordialmente el hecho de recibir mensajes de Dios y proclamarlos en su nombre (Abraham, Moisés y otros son llamados ya «profetas»—Gn. 20:7; Nm. 12:6; Dt. 18:15, 18—), pero el vocablo hebreo roeh = vidente, se aplica especialmente a Samuel (9:9, 11, 18, 19; 1 Cr. 9:22; 26:28; 29:29). También se usó después, para «vidente», el hebreo jozeh, que implica el matiz de «tener visiones», más bien que conocer lo oculto o el futuro.
Versículos 11–17
I. Saúl, mediante una investigación ordinaria, es dirigido a Samuel (vv. 11–14). Guibeá de Saúl distaba menos de 30 kilómetros de Ramá, donde vivía Samuel, y estaba cerca de Mizpá, donde Samuel juzgó con frecuencia a Israel.
1. Las jóvenes de Ramá, a las que hallaron cerca de los abrevaderos, les pudieron dar a Saúl y a su criado la dirección de Samuel, pues: (A) les dijeron que se celebraba aquel día un sacrificio en el lugar alto. Samuel había erigido un altar en Ramá (7:17), y aquí le tenemos haciendo uso de tal altar. (B) También les dijeron que Samuel había llegado aquel día a la ciudad. (C) Que aquella era la hora en que se iba a celebrar la reunión para hacer fiesta delante de Dios con el banquete del sacrificio, y (D) Que la gente no comenzaría a comer hasta que llegara Samuel, por cuanto él era quien había de bendecir el sacrificio: (a) no sólo como banquete común, (b) sino también como reunión religiosa. Cuando se ofrecía el sacrificio, se requería que se pronunciase sobre él una bendición especial, como ocurre ahora en la Cena del Señor.
2. Saúl y su criado siguieron las instrucciones de las jóvenes, y se encontraron con Samuel cuando venía hacia ellos, saliendo para subir al lugar alto (v. 14).
II. Samuel, mediante una revelación extraordinaria, fue informado por Dios acerca de Saúl. Samuel era un vidente y, por consiguiente, había de ver esto de una manera especial, propia de un vidente.
1. Dios le había dicho el día anterior que, en este día y a esta hora, le había de enviar el hombre que serviría como rey a Israel, pues ésta era la clase de rey que el pueblo deseaba. Se lo había revelado al oído (v. 15), esto es, en secreto, como un susurro a su mente o, quizá, como una voz queda. El hebreo dice literalmente que Dios descubrió el oído de Samuel. Cuando Dios se manifiesta a una persona, le descubre el oído, diciendo: Efatá, es decir, ábrete (Mr. 7:34), y entonces quita el velo del corazón (2 Co. 3:15–16). Aunque les había otorgado con desagrado lo que le pedían, Dios habla, sin embargo, con ternura acerca de Israel. (A) Una y otra vez lo llama «mi pueblo» (cuatro veces en dos versículos: 16, 17);
«a pesar de ser un pueblo rebelde y provocador, es mi pueblo». (B) Les envía el hombre que había de ser el rey de ellos. (C) Lo hace interesado por el pueblo y por su clamor: He mirado a mi pueblo, por cuanto su clamor ha llegado hasta mí.
2. Cuando Saúl subió por la calle en dirección a Samuel, de nuevo le susurró Dios al oído de Samuel:
Éste es el varón del cual te hablé (v. 17). Y para que no le cupieran a Samuel dudas sobre la identidad del futuro rey, añadió: Este gobernará a mi pueblo. Es curioso que el vocablo hebreo para «gobernar» sea aquí atsar, que significa «frenar» o «contener», lo que indica cuál es la principal función del magistrado.
Versículos 18–27
Una vez que la Providencia ha llevado a cabo el encuentro entre Samuel y Saúl, tenemos aquí un relato de lo que pasó entre ellos en la puerta, en la fiesta y en privado.
I. En la puerta de la ciudad. Al pasar por ella, encontró Saúl a Samuel (v. 18) y le preguntó la dirección del vidente. A lo que Samuel contestó: «Yo soy el vidente; yo soy la persona por la que preguntas» (v. 19). Samuel le conoció antes que él conociese a Samuel.
1. Samuel le hizo quedarse con él hasta el día siguiente. Saúl no tenía en el pensamiento otra cosa que el hallar las asnas, pero Samuel le quita esta preocupación y le dispone para los ejercicios de piedad; por eso le dice: sube delante de mí al lugar alto.
2. Le da satisfacción en cuanto a las asnas, para que no se moleste más en buscarlas (v. 20): Y de las asnas que se te perdieron hace ya tres días, pierde cuidado de ellas, porque se han hallado. Con esto podía darse cuenta Saúl de que Samuel era profeta.
3. A continuación le depara una tremenda sorpresa, dándole a entender que tenía delante de sí la promoción más alta que pudiera codiciar: ¿Para quién es todo lo que hay de codiciable en Israel, sino para ti? Como si dijese: «¿No se está tratando de buscar un rey, y ningún otro hay en Israel que sea tan apropiado para ello como tú?»
4. A esta extraña insinuación contestó Saúl con palabras de una modestia que rayaba en molestia (v. 21), pues pensó que Samuel se burlaba de él en razón de su extraordinaria estatura, pero muy poco apto para ser rey: ¿No soy yo hijo de Benjamín, de la más pequeña de las tribus de Israel?—le dijo—. ¿Y no es mi familia la más pequeña de todas las familias de la tribu de Benjamín? Recuérdese que la tribu de Benjamín había sufrido un exterminio casi completo en tiempos de los Jueces (Jue. 20:46; 21:6) y ocupaba el territorio más pequeño de Israel. Por otra parte, las palabras de Saúl dan a entender que su familia era la más pequeña, probablemente, por ser la más reciente o por no hallarse en ningún lugar distinguido.
II. En la fiesta pública. Samuel llevó a la fiesta a Saúl y a su criado. Samuel le trata ya, no como a una persona cualquiera, sino como a persona de distinción y rango, para prepararle a él y al pueblo con vistas a lo que había de seguirse. Le otorgó dos señales de honor: 1. Le colocó a la cabecera de los convidados; es decir, en el lugar de mayor honor. 2. Le reservó el mejor bocado. ¿Y cuál había de ser este bocado para un rey electo? Nada menos que la pierna del carnero (vv. 23, 24). La pierna derecha (no la espaldilla) de las ofrendas de paz correspondía a los sacerdotes como recipiendarios de Dios (Lv. 7:32). La segunda porción, en cuanto al honor, era la pierna izquierda, la que probablemente se asignaba a quienes ocupaban la cabecera de la mesa, y ésa sería la porción de Samuel en otras ocasiones; así que, al darla ahora a Saúl, era un símbolo de que también le entregaba el gobierno de la nación.
III. Lo que pasó entre ellos en privado. Terminada la fiesta descendieron a la casa de Samuel. Ambos, Saúl y Samuel, se quedaron aquella noche en el terrado de la casa (vv. 25, 26). Podemos suponer que entonces le contaría Samuel a Saúl toda la historia del deseo del pueblo de tener un Rey, de los motivos de ese deseo y de cómo les había otorgado Dios lo que pedían. De madrugada, le despidió Samuel, no sin acompañarle en una parte del camino y pedirle que se adelantase el criado para poder decirle a solas (v. 27) lo que veremos al comienzo del capítulo siguiente.
I. La unción de Saúl (v. 1). Las señales que Samuel le dio (vv. 2–6), así como ciertas instrucciones (vv. 7, 8). II. El cumplimiento de dichas señales, para satisfacción de Saúl (vv. 9–13). III. Su regreso a la casa de su padre (vv. 14–16). IV. Su pública elección por suertes, y su solemne inauguración (vv. 17–25).
V. Su retorno a su ciudad (vv. 26–27).
Versículos 1–8
Samuel ejerce ahora el oficio de profeta, y da a Saúl plena seguridad, de parte de Dios, de que iba a ser rey.
I. Le ungió y le besó (v. 1). Esto no ocurrió en pública asamblea, pero se hizo por designación divina, con la que se suplían todas las formalidades exteriores. 1. Al ungir a Saúl, Samuel le aseguró de que era Jehová quien le había ungido por príncipe sobre su pueblo Israel. 2. Al besarle, le aseguraba su afecto y su aprobación, aunque con eso disminuía su propio poder y eclipsaba su gloria y la de su familia. Fue también un beso de respeto y homenaje, pues así manifestaba ser súbdito suyo; en este sentido se nos manda besar al Hijo (Sal. 2:12, lit.). Le trae a la memoria: (A) La naturaleza del gobierno al que es llamado. Era ungido para ser «Príncipe», es decir jefe en la lucha contra los enemigos de Israel, lo que implica diligencia, esfuerzo y peligros. (B) El fundamento de su autoridad: Jehová te ha ungido. Por Dios iba a gobernar y, por tanto, para Él había de gobernar, y depender de Él y para su gloria. (C) El objetivo de tal gobierno. Iba a gobernar sobre la heredad de Jehová, para cuidarla, protegerla y ordenar todos sus asuntos del mejor modo posible, como un buen administrador a quien un magnate pone al frente de su hacienda.
II. Para su mayor satisfacción, le da ciertas señales que habían de verificarse aquel mismo día.
1. Iba a hallar ciertos hombres que le darían noticias sobre el hallazgo de las asnas y la preocupación que su padre tenía ahora por él (v. 2). Los iba a hallar junto al sepulcro de Raquel.
2. Después se iba a encontrar con otros que subían a Betel donde parece ser que había un lugar alto para dar culto a Dios, y estos hombres llevaban allá sus sacrificios y ofrendas (vv. 3, 4), como se da a entender por los cabritos, las tortas de pan y la vasija de vino que llevaban consigo. Estos hombres le darían a Saúl dos panes. Saúl los había de recibir como primer presente ofrecido al nuevo rey, de manos de unos hombres que le eran desconocidos, pero a los que Dios, sin saber ellos mismos por qué lo hacían, les había puesto en el corazón que lo hiciesen, con lo que la señal era tanto más convincente para Saúl, por ser un caso tan extraordinario.
3. La más notable de las señales iba a ser el unirse a una compañía de profetas que, descendiendo del lugar alto, vendrían a su encuentro profetizando, y también sobre él mismo vendría el Espíritu de profecía. Lo que Dios obra en nosotros por medio de su Espíritu sirve para robustecer nuestra fe mucho más que cualquier otra cosa que obre por nosotros por medio de su Providencia. Aquí (vv. 5, 6) le dice:
(A) Dónde había de suceder esto: En el collado de Dios, donde está la guarnición de los filisteos. Después de haber sido sometidos con anterioridad, ahora habían ganado terreno de nuevo, hasta el punto de establecer allí una guarnición, y de allí suscitó Dios el hombre que había de castigarlos. Había un lugar llamado collado de Dios a causa de una de las escuelas de profetas que había sido edificada allí. Y tal respeto mereció de parte de los mismos filisteos que una guarnición de soldados suyos pudo vivir pacíficamente junto a una escuela de profetas de Dios sin perturbar el ejercicio público de sus devociones.
(B) En qué circunstancias. Encontraría una compañía de profetas que llevaban instrumentos musicales e irían profetizando, a los cuales había de juntarse él, para profetizar con ellos. Estos profetas se dedicaban al estudio de la ley, a instruir a sus vecinos y a varios actos de devoción, especialmente a alabar a Dios. ¡Qué lástima fue que Israel se cansase del gobierno de un hombre tal que como varón de Dios, había instituido las escuelas de profetas! Estos profetas habían estado en un lugar alto, probablemente ofreciendo sacrificio, y ahora regresaban cantando salmos. Saúl se había de sentir movido interiormente a unirse a ellos y sería cambiado en otro hombre, esto es, diferente de como había sido cuando vivía como un israelita cualquiera.
III. Finalmente, Samuel le da instrucciones sobre la forma en que ha de proceder en la administración de su gobierno según la Providencia le dirija y según le aconseje Samuel. 1. En los casos ordinarios, ha de seguir la dirección de la Providencia (v. 7): Haz lo que te venga a mano, porque Dios está contigo; es decir, toma las medidas que tu prudencia te dicte como más convenientes. Pero: 2. En los casos extraordinarios, como ocurriría luego en Guilgal, donde necesitaría de un modo especial la ayuda divina, habría de esperar siete días hasta que viniese a él Samuel y le enseñara lo que tenía que hacer (v. 8). Más tarde, su falta de obediencia en una ocasión semejante (13:11) provocó su caída.
Versículos 9–16
Lleno de asombro, se separa ahora Saúl de Samuel.
I. Lo que le ocurrió en el camino (v. 9). Las señales que Samuel le había dado se cumplieron con toda puntualidad; pero lo que mayor satisfacción le produjo fue hallar inmediatamente que Dios le había dado otro corazón. Un nuevo fuego se enciende en su pecho y siente el corazón lleno de valentía. Ya se le ha olvidado lo de las asnas, y sólo piensa en luchar contra los filisteos, quitar el oprobio de Israel, promulgar decretos, administrar justicia y procurar el bienestar y la seguridad del pueblo; éstas son las cosas que llenan ahora su cabeza. Ya no tiene el corazón de un labriego, bajo, estrecho, ocupado en el trigo y en el ganado, y hasta acomplejado, si no de su estatura, al menos de su origen (9:21), sino el corazón de un hombre de Estado, de un general, de un príncipe. A quien Dios llama para algún servicio, también le capacita para él.
II. Lo que le ocurrió cerca de casa. Llegaron al collado (v. 10), es decir, a Guibeá, que, por cierto, significa «altura». Allí se encontró con los profetas de que le había hablado Samuel, y vino sobre él súbita y fuertemente, como indica el hebreo, el Espíritu de Dios, aunque no para establecer en él su morada. No obstante, de momento, produjo en él un extraño efecto, pues profetizó entre los profetas a los que se había juntado.
1. Esta extraña conducta de Saúl fue pronto del dominio público (vv. 11, 12). Se hallaba ahora entre sus conocidos, los cuales cuando le vieron entre los profetas, llamaron unos a otros para que salieran a ver este extraño fenómeno. Esto podía prepararlos a recibirle por rey. (A) Todos ellos se asombraron de ver a Saúl entre los profetas: ¿Qué le ha sucedido al hijo de Cis? Aunque esta escuela de profetas estaba cerca de la casa de su padre nunca había estado él asociado con ellos. Así que, al verle entre ellos, y profetizando, se llevaron una gran sorpresa, semejante a la que tuvieron los creyentes en el Nuevo Testamento al ver a otro Saúl predicar el Evangelio que anteriormente había perseguido con tanta saña (Hch. 9:21). Cuando Dios da otro corazón, pronto se echa de ver. (B) Alguno de allí, más listo que los demás, preguntó: «¿Quién es el padre de ellos?» Como si dijese: «¿De dónde les viene este don?» A lo que podía contestarse: «No se sabe, porque el don de la profecía no se transmite de padres a hijos, sino que Dios distribuye sus dones como le place, y al no tener limitaciones, ¿no podía otorgar también a Saúl el don de profecía, si era ésa su voluntad?» (C) Ante suceso tan extraño, surgió en Israel un proverbio o refrán, que se aplicaba para expresar el asombro ante el hecho de ver a una persona mala obrar bien o, al menos, encontrarse en buena compañía: ¿También Saúl entre los profetas?
2. La unción que había recibido se guardó en secreto. Después de profetizar: (A) Se fue derechamente al lugar alto (v. 13), para dar gracias a Dios por los favores que le concedía y para orar por la continuación de dichos favores. Pero: (B) Ocultó prudentemente a sus parientes lo de la unción. Su tío, que se lo encontró, ya fuese cuando iba al lugar alto o cuando volvía a casa, le interrogó lleno de interés y de curiosidad (vv. 14, 15). Saúl confesó, puesto que su criado había estado con él, que habían ido a ver a Samuel, y que éste les había dicho que se habían hallado las asnas, pero no le dijo nada de lo del reino, de lo que su criado no estaba enterado. Esto fue un ejemplo, por parte de Saúl: (a) De su humildad. (b) De su prudencia. Si se hubiese adelantado a proclamar lo de la unción, le habrían tenido envidia y no sabía cuántas dificultades podían crearle.
Versículos 17–27
Se hace público el nombramiento de Saúl para el trono, en una asamblea general de los ancianos de Israel, los representantes de las tribus respectivas en Mizpá. Reunido el pueblo en solemne asamblea, en la que Dios estaba presente de una manera especial (y por eso se dice que Samuel convocó al pueblo delante de Jehová—v. 17—), Samuel actúa en medio de ellos como representante de Dios.
I. Les reprende por haber desechado el gobierno de un profeta y desear el de un capitán. 1. Les muestra (v. 18) cuán felices habían sido bajo el gobierno de Dios; cuando Dios les gobernaba, les libró de mano de todos los reinos que les afligieron. ¿Qué más podían desear? 2. Igualmente les muestra (v. 19) cuán grande es la afrenta que han hecho a Dios: Pero vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios. Nada menos que eso es lo que han hecho al pedir un rey como las otras naciones.
II. Les invita a acercarse para que escojan por suertes a su rey. Cae la suerte sobre la tribu de Benjamín (v. 20) y, de esa tribu, cae la suerte sobre Saúl hijo de Cis (v. 21). De esta forma se percatará el pueblo, como ya lo sabía Samuel, de que Saúl es el designado por Dios para ser rey: Las suertes se echan en el regazo, mas de Jehová es la decisión de ellas (Pr. 16:33).
III. Solamente después de consultar una vez más a Dios, fue hallado Saúl. Cuando la suerte cayó en él, todos esperarían que contestase a la primera al mencionarse su nombre, pero, en lugar de eso, ni aun buscándolo, fue encontrado (v. 21); estaba escondido entre el bagaje (v. 22). 1. Se escondió, esperando que, al no presentarse, procederían a escoger a otro. Podemos suponer que, por este tiempo, sentía aversión a tomar sobre sí el gobierno de la nación: (A) Porque era consciente de su incapacidad natural para un cargo de tanta responsabilidad. (B) Porque quedaría expuesto a la envidia de sus vecinos. (C) Porque entendió, por lo que había dicho Samuel unos momentos antes, que el pueblo había pecado al pedir rey. (D) Porque los asuntos de Israel estaban a la sazón malparados; los filisteos se habían hecho fuertes, y los amonitas amenazadores: y hace falta ser muy atrevido para hacerse a la mar en medio de una tempestad. 2. Pero la asamblea, segura de que la suerte echada por Dios estaba bien echada, no dejó de buscar por todos los medios al que había sido favorecido por la suerte.
IV. Samuel lo presentó al pueblo, y ellos lo aceptaron. No necesitó subirse a una plataforma para ser visto, pues desde los hombros arriba era más alto que todo el pueblo (v. 23). Así que dijo Samuel:
«¿Habéis visto al que ha elegido Jehová, que no hay semejante a él en todo el pueblo?» (v. 24). Como si dijese: «¿No es como vosotros lo queríais, lleno de majestad en su semblante y de tanta gallardía en todo su porte? ¿No es como un cedro en medio de arbustos?» El pueblo mostró su aprobación y clamó con alegría, diciendo: ¡Viva el rey! Como si dijese: «¡Que viva mucho tiempo reinando sobre nosotros con salud y prosperidad!»
V. Samuel entonces establece el contrato original entre ellos y lo pone por escrito (v. 25). Fija los derechos y deberes de rey y súbditos, para que nadie se aproveche de los demás. Que cada uno sepa a qué atenerse con respecto a la otra parte, y que el acuerdo quede bien claro en blanco y negro, sin medias tintas; así se preservará un buen entendimiento, para siempre, entre ambas partes.
VI. Terminada la solemnidad, se disolvió la convención: Y envió Samuel a todo el pueblo, cada uno a su casa. Saúl también se fue a su casa en Guibeá (v. 26), esto es, a casa de su padre sin hincharse por la dignidad que le había sido conferida. En Guibeá no tenía palacio, ni trono, ni corte; sin embargo, allá se va. Si ha de ser rey, sin perder de vista la roca de la que ha sido cortado, hará de su propia ciudad la ciudad regia, ni se avergonzará de sus modestos parientes, al revés de lo que hacen muchos cuando son promovidos a un alto cargo. Vemos ahora:
1. Cómo mostró el pueblo sus sentimientos hacia el nuevo rey. Parece ser que la mayoría no mostró mucho interés en él, sino que se fue cada uno a su casa. Pero: (A) Hubo algunos que le mostraron su lealtad yéndose con él: Fueron con él los hombres de guerra cuyos corazones Dios había tocado (v. 26). Fue con él hasta Guibeá una pequeña compañía haciéndole guardia; los que se habían sentido movidos por Dios para cumplir con este deber. (B) En cambio, hubo otros que le menospreciaron hasta afrentarle;
«perversos» (v. 27—lit. hijos de Belial), que no querían someterse al yugo del gobernante. También se observan estas diferencias en los hombres con respecto a nuestro bendito Salvador, a quien Dios ha entronizado sobre el santo monte de Sion. Hay un remanente cuyos corazones Dios ha tocado, disponiéndoles a someterse a Él en el día de su poder. Pero hay otros que le desprecian, y dicen: ¿Cómo nos ha de salvar éste?
2. Cómo reaccionó Saúl ante la mala conducta de los que se mostraban desafectos a su gobierno: Mas él disimuló (lit. se hizo como el que no oye).
I. El gran aprieto en que se halló la ciudad de Jabés de Galaad, al otro lado del Jordán, por el asedio al que la sometieron los amonitas (vv. 1–3). II. La prontitud con que acudió Saúl a socorrer a Jabés (vv. 4– 10). III. La gran victoria que Dios le concedió (v. 11). IV. La mansedumbre de Saúl hacia los que se habían opuesto a él anteriormente. (vv. 12, 13). V. La pública confirmación y el general reconocimiento de su elección para el gobierno de la nación (vv. 14, 15).
Versículos 1–4
Los amonitas eran malos vecinos de las tribus de Israel que estaban cerca de ellos, aun cuando eran descendientes de Lot, por lo que eran bien tratados por los israelitas (v. Dt. 2:19). La ciudad de Jabés de Galaad había sido destruida, tiempo atrás, por la espada justiciera de Israel, por no haber comparecido para castigar la perversidad de Guibeá (Jue. 21:10); y al haber sido habitada de nuevo, probablemente por los descendientes de los que habían escapado de la espada, está ahora en peligro de ser destruida por los amonitas, como si una mala estrella se cerniera sobre el lugar. Nahás, rey de Amón, puso asedio a la ciudad. Flavio Josefo dice que Nahás murió en la batalla. Si esto fuera cierto, el Nahás de 1 Crónicas 19:1 sería hijo o nieto de éste.
I. Los sitiados suplican parlamento (v. 1): «Haz alianza con nosotros y te serviremos». Esto significaba la rendición sin condiciones. Sin duda, habían perdido la virtud de israelitas, de lo contrario, no habrían perdido el valor de los israelitas ni se habrían sometido tan mansamente a un amonita.
II. Los sitiadores les imponen una condición bárbara y degradante. Les conservarán la vida y los aceptarán por siervos bajo condición de que se saquen el ojo derecho (v. 2). Los galaaditas se resignaban a perder su libertad y su hacienda. Pero tan abyecta sujeción hizo que los amonitas se volvieran más insolentes en sus demandas. 1. Debían imponerse la tremenda tortura de sacarse todos el ojo derecho. 2. Con eso se incapacitaban para la guerra, ya que, en aquellos tiempos, luchaban con el escudo en la mano izquierda, con lo que cubrían el ojo izquierdo; de forma que un soldado sin el ojo derecho era prácticamente ciego.
III. Los sitiados piden, y obtienen, una prórroga de siete días a fin de considerar la propuesta (v. 3). Nahás, no imaginándose que, durante ese plazo, pudiesen obtener ningún socorro, y sintiéndose seguro de la posición ventajosa que pensaba tener contra ellos, les concedió jactancioso los siete días, a fin de que la ignominia de Israel resultase más vergonzosa, al no conseguir ayuda, y su propio triunfo resultase más glorioso.
IV. Entretanto, los sitiados envían recado a Guibeá. Dijeron que enviarían mensajeros por todo el territorio de Israel (v. 3), lo que aumentaría la confianza de Nahás, pues pensaría que eso se había de llevar demasiado tiempo. Pero los mensajeros, ya fuese por orden de los ancianos, ya fuese por su propia cuenta, se fueron derechamente a Guibeá y, al no hallar allí a Saúl, dieron la noticia al pueblo, y todo el pueblo, al oír las noticias, alzó la voz y lloró (v. 4).
Versículos 5–11
Lo que se nos refiere aquí dice mucho a favor de Saúl y muestra los espléndidos frutos de ese otro espíritu con el que había sido investido.
I. Su humildad. Aunque había sido ungido rey y aceptado como tal por el pueblo, no pensó que se rebajase por ir al campo a ver el estado de su ganado, sino que fue allá, y volvió por la tarde, con sus criados, del campo, tras los bueyes (v. 5). Como Pablo, el otro Saúl, trabajaba con sus manos, pues si, de momento, descuidaba sus quehaceres domésticos, ¿con qué iba a mantenerse él mismo y su familia?
II. Su preocupación por sus vecinos. Cuando se dio cuenta de sus lágrimas, preguntó «¿Qué tiene el pueblo, que llora?» Como si dijese: «Decídmelo, para que, si es un apuro que tiene remedio, pueda ayudarles; y, si no, para llorar con ellos».
III. Su celo por el bienestar y el honor de Israel. Cuando se enteró de la insolencia de los amonitas, y del aprieto en que se hallaba la ciudad, una de las metrópolis de Israel, el Espíritu de Dios vino sobre él, y le puso grandes pensamientos en la mente, y él se encendió en ira en gran manera (v. 6). Se encolerizó de la insolencia de los amonitas, enojado también de la bajeza y de la cobardía de los hombres de Jabés de Galaad, y hasta del llanto de sus vecinos, quienes debían estar preparados para la guerra, en lugar de lamentarse.
IV. La autoridad y el poder que mostró en esta importante ocasión. Pronto hizo saber a Israel que estaba preocupado por el bien público y que sabía cómo llevar los hombres al campo de batalla lo mismo que sabía traer los bueyes del campo de labranza (vv. 5, 7). Convocó a los israelitas de todo el país y ordenó que todos los hombres de guerra compareciesen armados para pasarles revista en Bézec. Obsérvese: 1. Su modestia, al requerir a Samuel para compartir con él el mando de la expedición. No quería ejercer el oficio de rey sin la debida consideración al oficio del profeta. 2. Su suavidad en el castigo con que amenaza a los que desobedezcan sus órdenes. Corta en trozos una yunta de bueyes y envía los trozos por todo Israel, y dice de todo aquel que no salga en pos de él y de Samuel, no «Así se hará con él», sino «Así se hará con sus bueyes». El efecto de esta convocatoria fue que todo el pueblo, es decir, todos los hombres de armas de la nación, salieron como un solo hombre; y la razón que se nos da es que «cayó temor de Jehová sobre el pueblo». Quienes tienen temor de Dios es de suponer que tengan también conciencia de su deber hacia los demás hombres, especialmente hacia los gobernantes.
V. La prudencia de sus procedimientos en este grave asunto (v. 8). Pasó revista a los que vinieron a él, para saber con qué fuerzas contaba y cómo había de distribuirlas de la mejor manera para la batalla. En esta revista la tribu de Judá no aportó la cifra de hombres que cabía esperar, pues fueron 30.000, es decir, la onceava parte del total de 330.000, a pesar de que la revista se pasó en Bézec, que pertenecía a la tribu de Judá.
VI. Su fe, confianza, valentía y resolución en esta empresa. Envió mensajeros con esta seguridad (en lo que es probable que Samuel le animará): «Mañana, a tal hora, antes de que el enemigo pueda alegar que han pasado ya los siete días, seréis librados (v. 9). Estad listos para desempeñar vuestro cometido, que nosotros no dejaremos de hacer lo que nos pertenece. Haced una salida contra los sitiadores, mientras nosotros los cercamos». Saúl sabía que peleaba por una causa justa, que había recibido un claro llamamiento y que Dios estaba de su parte; por ello, no dudó del éxito. Éstas fueron buenas noticias para los sitiados galaaditas. Cuando las oyeron se alegraron mucho, apoyados en las seguridades que les habían sido prometidas. Y enviaron recado al campamento enemigo (v. 10), para decirles que al día siguiente estarían prestos para salir a su encuentro, lo cual fue entendido por los enemigos como una insinuación de que desesperaban de ser socorridos, con lo que ellos se sintieron todavía más confiados.
VII. Su estrategia en llevar a cabo la empresa. Cuando el Espíritu del Señor viene sobre alguien, le hace experto, incluso sin previas experiencias. Saúl tenía ahora a sus pies un gran ejército, y una larga marcha ante sí, unos noventa kilómetros; además, había de pasar el Jordán. En su ejército no había gente de a caballo, sino sólo infantería, que dividió en tres batallones (v. 11). Se fue hacia el enemigo con increíble rapidez, mejorando su promesa, pues había asegurado que les socorrería al día siguiente «al calentar el sol» (v. 9), pero llegó «a la vigilia de la mañana» (v. 11). Atacó al enemigo con increíble valentía. De madrugada, antes de salir el sol, ya estaba en medio de los enemigos; y sus hombres, al marchar en tres columnas, rodearon al enemigo por todos los lados, sin dejarle respiro ni tiempo para hacerles frente.
VIII. Finalmente, para completar su honor, Dios coronó todas estas virtudes con el éxito más completo. Jabés de Galaad fue rescatada, y los amonitas fueron completamente derrotados.
Versículos 12–15
Aprovechamiento de la victoria que había obtenido Saúl.
I. El pueblo aprovechó entonces la ocasión para mostrar su celo por el honor de Saúl y su resentimiento por las indignidades que se habían cometido contra él; pidieron que se diese muerte a los malvados que no querían que Saúl reinase sobre ellos (v. 12). Cuando Saúl parecía aún demasiado modesto para ocupar el trono, estos hombres no habían tenido la valentía necesaria para cerrar la boca a los «hijos de Belial» (lit.) que habían dicho: «¿Cómo nos ha de salvar éste?» (10:27); pero, ahora que la victoria había engrandecido a Saúl, querían ejecutar a sus opositores.
II. Saúl aprovechó esta ocasión para mostrar su clemencia, ya que, sin esperar a la respuesta de Samuel, rehusó secundar la moción (v. 13): No morirá hoy ninguno. 1. Porque era día de gozo y triunfo: Porque hoy Jehová ha dado salvación en Israel. Como si dijese: «Puesto que Dios ha sido tan bueno para todos nosotros, no seamos duros para nadie del pueblo». 2. Porque esperaba que, con el éxito de este día, aquellos hombres habrían cambiado de parecer y estarían convencidos de que, con la ayuda de Dios, este hombre podía salvarlos, y así estarían dispuestos a honrar al que antes habían despreciado. Mayor provecho se saca haciendo de un enemigo un amigo que matándole.
III. Samuel aprovechó la ocasión para convocar al pueblo delante de Jehová en Guilgal (vv. 14, 15).
1. Para dar públicamente gracias a Dios por la reciente victoria. 2. Para confirmar a Saúl en el gobierno con mayor solemnidad que la de antes, a fin de que no volviera a retirarse a su vida oscura de labriego.
Tenemos aquí el discurso de Samuel para poner el gobierno en manos de Saúl. I. Se descarga a sí mismo de cualquier sospecha o imputación de mal gobierno mientras la administración del país estaba en su mano (vv. 1–5). II. Les trae a la memoria las grandes cosas que ha hecho Dios por ellos y por sus padres (vv. 6–13). III. Pone ante los ojos de ellos el bien y el mal, la bendición y la maldición (vv. 14 15).
I. Les despierta y asusta con respecto a lo que acaba de decirles mediante la petición a Dios de truenos y lluvias (vv. 16–19). V. Les anima con la esperanza de que todo vaya a marchar bien (vv. 20–25). Este discurso de Samuel es su sermón de despedida ante esta augusta asamblea, y su sermón de la coronación de Saúl.
Versículos 1–5
I. Samuel les hace un breve relato de la pasada revuelta y de la presente situación de gobierno, como prefacio de lo que después va a decirles (vv. 1–2). 1. Por su parte, ha empleado sus días al servicio del pueblo: «Yo he andado delante de vosotros, para guiaros y dirigiros, como un pastor delante de su rebaño (Sal. 80:1), desde mi juventud hasta este día» (v. 2). «Ahora, mis mejores días se pasaron ya. Yo soy ya viejo y lleno de canas»; él estaba dispuesto a dimitir, tanto mejor inclinado a hacerlo cuanto peor se habían portado ellos con él al pedir que les diera rey y se retirara del gobierno. 2. En cuanto a sus hijos, les dice: «Mis hijos están con vosotros» (v. 2), como dando a entender que podían pedirles cuentas por cualquier delito que hubiesen cometido. 3. En cuanto al nuevo rey, les había dado gusto al ponerle sobre ellos, conforme ellos mismos habían pedido (v. 1). «Ahora que os habéis hecho como las demás naciones en cuanto al régimen civil, político y militar, y habéis renunciado así a la directa administración de Dios, tened sumo cuidado, no sea que os hagáis como las demás naciones en cuanto a la religión y renunciéis al culto del verdadero Dios.»
II. Apela solemnemente al pueblo en cuanto a su propia integridad en la administración del gobierno (v. 3): «Atestiguad contra mí … si he tomado el buey de alguno, etc.».
1. Objeto de esta apelación. Con ella procuraba: (A) Convencerles de la injuria que le habían inferido al pedir su retiro. (B) Preservar su propia reputación. Quienes se enterasen de la forma en que Samuel había sido rechazado, podrían sospechar que había hecho alguna cosa mala, ya que, de no ser así, no le habrían tratado tan mal. (C) Así como, de este modo, quería dejar tras de sí un buen nombre, también quería dejar a su sucesor un buen ejemplo; que obre según el modelo, y obrará bien.
2. Contenido de la apelación. En ella es de notar:
(A) De qué se descarga aquí Samuel: (a) Nunca había tomado lo que no era suyo, fuese buey, asno u otra cosa, con pretexto de tributación; ni había usado los servicios de nadie sin pagar por ello. (b) A nadie había perjudicado mediante fraude, etc., ni había oprimido a los que estaban bajo su mando. (c) Nunca había aceptado soborno para cometer una injusticia.
(B) Cómo invita a quienes le han menospreciado a que den testimonio con respecto a su conducta:
«Aquí estoy; atestiguad contra mí».
III. En respuesta a esta apelación, sale absuelto con todos los honores. Todo lo que deseaba era que le hiciesen justicia, y se la hicieron cumplidamente (v. 4).
IV. Este honorable testimonio prestado a la integridad de Samuel queda registrado para honor suyo (v. 5): «Jehová, que escudriña el corazón, es testigo contra vosotros, y su ungido, a quien compete juzgar las causas, también es testigo en este día». Y el pueblo, de acuerdo con ello, respondió: «Es testigo».
Versículos 6–15
Después de haber puesto a salvo su propia reputación, Samuel en lugar de extenderse en reproches al pueblo por la indignidad que habían cometido con él, pasa a instruirles en los caminos del deber.
I. Les trae a la memoria la gran bondad de Dios con ellos y con sus padres, les presenta un compendio de la historia de la nación, a fin de que, mediante la consideración de las grandes cosas que Dios había hecho con ellos, se sintieran inclinados a amarle y servirle. No sólo les pone delante lo que Dios había hecho por ellos recientemente, sino también lo que había hecho antiguamente, en los días de sus antepasados, ya que la época presente disfrutaba de los beneficios que los anteriores favores de Dios le habían proporcionado.
1. Les recuerda la gran liberación de Egipto, llevada a cabo por Dios a favor de sus antepasados.
2. Les recuerda las miserias y calamidades que sus padres atrajeron sobre sí mismos por olvidar a Jehová y servir a dioses ajenos (v. 9).
3. Les recuerda el arrepentimiento y la humillación de sus padres en la presencia de Dios a causa de sus idolatrías: Y ellos clamaron a Jehová, y dijeron: Hemos pecado (v. 10).
4. Les recuerda las gloriosas liberaciones que Dios había llevado a cabo por ellos, las victorias con que les había bendecido y las muchas veces que, tras días de aprieto y apuro, les había concedido habitar seguros (v. 11). Les menciona, en particular, varios de los jueces, Barac, Jefté y Gedeón, grandes conquistadores en su tiempo.
5. Finalmente, les recuerda el reciente favor de Dios a la actual generación al otorgarles un rey, pues le habían pedido que con un rey serían salvos de la mano de Nahás rey de Amón (vv. 12, 13). Parece ser que ésta fue la razón inmediata por la que ellos deseaban rey: Nahás les amenazaba, ellos desearon que Samuel nombrase un general; él les respondió que Dios era el comandante en jefe en todas las guerras que ellos libraban y que no necesitaban otro, ya que su poder era suficiente para sacarles de este aprieto como siempre: Jehová vuestro Dios era vuestro rey. Pero ellos insistieron: «No, sino que ha de reinar sobre nosotros un rey». «Ahora, pues—les responde Samuel—, ahí tenéis el rey que habéis elegido, el cual pedisteis—dicho sea para vergüenza vuestra—, pero que Dios ha hecho—dicho sea para su honor y para la gloria de su gracia.»
II. Les muestra que ahora dependen, ellos y su rey, de su buena conducta. Que no piensen que, por tener rey, ya se han cortado de toda dependencia con respecto a Dios.
1. Si obedecen a Dios, de seguro que serán dichosos (v. 14). Si no se rebelan contra Dios para marcharse tras los ídolos, sino que le son leales, entonces, tanto ellos como su rey, serán felices. (A) «Os irá bien, frase que falta en el original, quizá porque, como en otros casos, Samuel no sabe cómo describir la dicha y prosperidad de Israel si se deja llevar de la mano de Dios (comp. con Lc. 13:9, donde detrás de: Y si da fruto, no hay nada, pero nuestras versiones lo suplen con «bien»). (B) Por contraste con el v. siguiente (comp. con Dt. 28), puede añadirse: «la mano de Jehová estará con vosotros como estuvo con vuestros padres».
2. Pero si desobedecen, atraerán sobre sí mismos la ruina (v. 15).
Versículos 16–25
Dos cosas se propone Samuel en estos versículos:
I. Convencer al pueblo de su pecado al desear rey. Estaban ahora regocijándose delante de Dios por, y con su rey (11:15); y al ofrecer a Dios sacrificios de alabanza, esperan que le serían aceptos; y esto fue quizá lo que les hizo pensar que no hacían nada malo al pedir rey. Pero tenemos:
1. La expresión del desagrado de Dios contra ellos por pedirle rey. A una palabra de Samuel, Dios envió sobre ellos una tormenta milagrosa de truenos y lluvia en un tiempo del año en que, en aquel país, nunca se había visto ni oído cosa semejante (vv. 16–18). El trueno y la lluvia tienen causas naturales y producen a menudo terribles efectos. Pero Samuel hizo que esto se mostrase como algo destinado por el poder omnímodo de Dios a convencerles de que habían obrado perversamente al pedir rey (vv. 16, 17).
«Quedaos para ver el gran prodigio», les dijo. Si lo que les había dicho en voz queda no les había hecho ningún efecto, ni su enseñanza que caía como el rocío, van a oír a Dios hablándoles en el tremendo estrépito de los truenos y en el gran poder de su lluvia. Samuel, aquel hijo de oración, era todavía famoso por su éxito en la oración. Venía con esto a insinuar que, por muy serena y próspera que pareciese su condición ahora que tenían rey, como el buen tiempo en la época de la cosecha del trigo, sin embargo, si a Dios le parecía bien, pronto podía cambiar la faz del cielo.
2. La impresión que esto hizo en el pueblo. Les asustó muchísimo, como era de suponer. (A) «Todo el pueblo tuvo gran temor de Jehová y de Samuel» (v. 18). (B) Confesaron su pecado y su insensatez al pedir rey: «A todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros» (v. 19). (C) Pidieron a Samuel con vehemencia que orase por ellos: «Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, para que no muramos» (v. 19). Estaban asustados ante el peligro de incurrir en la cólera divina y no podían esperar que Dios escuchara las oraciones de ellos; por eso le piden a Samuel que ore por ellos. Ahora reconocen la necesidad que tienen de uno a quien hacía poco habían menospreciado.
II. Asegurar al pueblo en su religión y comprometerle a adherirse para siempre a Jehová. El propósito de este discurso es muy semejante al de Josué (Jos. caps. 23 y 24).
1. No quiere que el miedo les aparte de Jehová, pues el portento estaba destinado a persuadirles a adherirse más fuertemente a Jehová (v. 20): «No temáis; vosotros habéis hecho todo este mal; aun cuando Dios está enojado por ello con vosotros, no os apartéis de en pos de Jehová». No temáis. Como si dijese:
«No desesperéis de hallar misericordia y alivio; tras la tempestad, vendrá la calma. No temáis, porque, aun cuando Dios se enoje con su pueblo, no lo desamparará, por su gran nombre (v. 22). No le abandonéis, pues, a Él vosotros».
2. Les advierte contra la idolatría: «No os apartéis de Dios y de su culto» (vv. 20, 21), «porque si os apartáis de Dios, a cualquier cosa que os apartéis, hallaréis que es una cosa vana, que nunca podrá satisfacer vuestras esperanzas, sino que de cierto os engañará si ponéis en ella vuestra confianza; es una caña quebrada y una cisterna rota».
3. Les consuela con la seguridad de que él mismo continuará orando por ellos e instruyéndoles en el buen camino (v. 23). Ellos le habían suplicado únicamente que orase por ellos, pero él les promete hacer más que eso: no sólo orar por ellos, sino también instruirles; aunque no deseaban estar bajo su gobierno como juez, no les negaría él sus instrucciones como profeta.
4. Concluye con una vehemente exhortación a la práctica sincera de la religión y a una genuina piedad (vv. 24, 25).
Mientras Samuel acompañó a Saúl en el gobierno del pueblo, las cosas marcharon bien (11:7). Pero, ahora que Saúl comenzó a reinar solo, todo comenzó a decaer y se empezaban a cumplir aquellas palabras de Samuel: «Vosotros y vuestro rey pereceréis» (12:25). I. Saúl muestra aquí su insensatez: 1. Infatuado con sus propios planes (vv. 1–3). 2. Invadido por sus vecinos (vv. 4, 5). 3. Abandonado de sus soldados (vv. 6, 7). 4. Desordenado en su propio espíritu y ofreciendo sacrificio en desobediencia (vv. 8–10). 5.
Regañado por Samuel (vv. 11–13). 6. Repudiado, como rey, por Dios (v. 14). II. El pueblo muestra aquí su estado miserable: 1. Descorazonado y disperso (vv. 6, 7). 2. Disminuido en su fuerza militar (vv. 15, 16). 3. Saqueado (vv. 17–18). 4. Desarmado (vv. 19–23).
Versículos 1–7
El pueblo de Israel ofendió a Dios; de lo contrario, no les habría dejado Él de su mano, como se muestra aquí que lo hizo, ya que:
I. Saúl carecía ahora de valor y de tacto político, así como de discreción en el modo de ordenar sus asuntos. La versión de los LXX omite el v. 1, excepto en unos pocos MSS, en los que se dice que Saúl tenía treinta años cuando comenzó a reinar, lo cual es probable. Según Hechos 13:21, Saúl reinó 40 años (probablemente, un número redondo—una generación—, como en otras ocasiones). La cifra de treinta y dos años es probable respecto a la duración del reinado de Saúl. No cabe duda de que entre el capítulo 12 y el 13 ha pasado un lapso de tiempo de varios años, pues aquí tenemos ya a Jonatán, hijo de Saúl, al frente de un regimiento. Es muy posible que los años de paz causasen notable deterioro en el carácter de Saúl, algo parecido a lo que le pasó a David (2 S. cap. 11). En los versículos 2–4 vemos que:
1. Saúl escogió un contingente de 3.000 soldados, y puso 1.000 bajo el mando de su hijo Jonatán y quedando él mismo al mando de los 2.000 restantes (v. 2). «Y envió al resto del pueblo cada uno a sus tiendas». Si fue su intención tener a estos 2.000 hombres como sus guardaespaldas y asistentes, fue una falta de tacto político tener tantos. Y si fue su intención formar un ejército suficiente para resistir el ataque de los filisteos, fue igualmente una falta de tacto político tener tan pocos. Y quizá la confianza que puso en este cuerpo militar selecto, al enviar a sus casas el resto de aquel bravo ejército con que anteriormente había derrotado a los amonitas (11:8–11), fue considerada como una afrenta al reino, y suscitó el disgusto general, y fue la razón principal por la que fueron tan pocos los que acudieron a su llamamiento cuando tuvo necesidad de ellos.
2. Ordenó a su hijo Jonatán que cayese por sorpresa sobre los filisteos y destruyese la guarnición que éstos tenían en el collado de Guibeá de Benjamín (vv. 2, 3).
3. Después que exasperó de esta manera a los filisteos, comenzó a reunir más fuerzas, cosa que debió hacer antes si hubiese tenido la prudencia necesaria. Todos los que estaban prestos para luchar se juntaron en pos de Saúl en Guilgal (v. 4). Pero podemos suponer que la mayor parte se retiró, ya fuese por estar disgustados con la política de Saúl, o por miedo al poder de los filisteos.
II. Nunca se habían presentado los filisteos con un ejército tan formidable como ahora, debido a la provocación de Saúl. Si Saúl hubiese consultado a Dios antes de provocar a los filisteos, tanto él como el pueblo habrían estado mejor dispuestos para esta amenaza que había provocado con su propia insensatez.
III. Nunca se había sentido el pueblo de Israel tan cobarde como ahora. Es posible que fuera muy considerable el número de los que acudieron en pos de Saúl a Guilgal; pero al enterarse de la preparación y del número de los filisteos, se les acobardó el ánimo y se les hundió la moral, quizá—según opinan algunos—porque no hallaron a Samuel junto a Saúl. Ahora que veían a los filisteos decididos para la guerra, y que Samuel no venía en ayuda del pueblo, no sabían qué hacer: «Se vieron en gran aprieto» (v. 6). 1. Algunos se escondieron. Miles de desmoralizados israelitas temblaban ante el avance de tan numeroso ejército de los filisteos. El pecado hace cobardes a los hombres. 2. Otros huyeron (v. 7):
«Pasaron el Jordán», hacia Galaad, tan lejos como pudieron del peligro, y a un lugar donde anteriormente habían salido victoriosos de los amonitas. 3. Los que se quedaron con Saúl, iban tras él temblando, no esperaban otra cosa que la derrota, ya que tenían las manos y el corazón completamente debilitados por la deserción de tantos soldados en sus tropas.
Versículos 8–14
I. Pecado de Saúl por ofrecer sacrificio antes que Samuel llegase. Cuando Samuel le ungió, le ordenó que le esperase en Guilgal durante siete días (10:8). En aquella ocasión Saúl obedeció. Por lo que se deduce del texto, Samuel le dio en está ocasión una orden semejante. Esta vez, Saúl la quebrantó. 1. Se atrevió a ofrecer el sacrificio sin estar Samuel presente. 2. Resolvió comenzar el ataque contra los filisteos sin recibir instrucciones de Samuel. Tanta confianza tenía Saúl en sí mismo, que pensó que no merecía la pena esperar a que llegase el profeta de Jehová para orar por él y aconsejarle. (A) No envió ningún mensajero a Samuel para conocer su parecer. (B) Cuando llegó Samuel, más bien que arrepentirse de lo que había hecho, Saúl se jactó de ello como si hubiese cumplido con su deber pues salió a recibirle, para saludarle como a un camarada en el oficio sacerdotal. (C) Acusó a Samuel de no haber guardado su palabra (v. 11): «Vi … que tú no venías dentro del plazo señalado». (D) Al ser acusado él mismo de desobediencia, pretendió justificarse en lo que había hecho, sin mostrar en absoluto ningún arrepentimiento. Véanse las excusas que da (vv. 11, 12); hace pasar por acto de gran prudencia y de piedad este acto de desobediencia. Quería ser considerado como muy piadoso y prudente al no comenzar el ataque contra los filisteos sin tener a Dios de su parte por medio de la oración y el sacrificio: «Me dije: Ahora descenderán los filisteos contra mí a Guilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová. Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto» (v. 12).
II. Sentencia pronunciada contra Saúl por este pecado. 1. Samuel le muestra las circunstancias agravantes de su crimen y le acusa de haber sido un enemigo de su misma persona y de su propio interés—«locamente has hecho»—y de haber sido un rebelde contra Dios y su gobierno—«no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios»—, mandamiento con que Dios quería poner a prueba la obediencia de Saúl. El pecado es una locura, y los pecadores son los mayores insensatos. 2. Samuel le lee la sentencia (v. 14): Le muestra que no hay pecado pequeño, pues no es pequeño el Dios contra quien se peca, sino que todo pecado es, de suyo, una renuncia a los derechos de herencia del reino de Dios. Saúl perdió su corona por falta de paciencia en esperar dos o tres horas. Como dice McKay: «Saúl, en un momento crítico, prefirió obrar autocráticamente, no teocráticamente. Fue esta debilidad interior lo que le llevó a la gran tragedia de su vida».
Versículos 15–23
I. Samuel se marcha disgustado. Saúl se ha propuesto obrar por sí y ante sí, y ahora es dejado para sí (v. 15): Y levantándose Samuel, subió de Guilgal a Guibeá de Benjamín.
II. Al marchar a Guibeá, ciudad de Saúl, Samuel daba a entender que no había abandonado por completo a Saúl. Así que Saúl subió tras él a Guibeá y pasó revista a los hombres que le quedaban, los cuales no pasaban de 600 (vv. 15, 16).
III. Los filisteos se dedicaban al pillaje. El cuerpo principal de su ejército acampaba en el estratégico punto de Micmás, pero desde allí enviaron tres escuadrones de merodeadores, en diferentes direcciones, para saquear el país. Con esto el país de Israel se vio aterrorizado y empobrecido, y los filisteos se sintieron animados y enriquecidos.
IV. Los israelitas que seguían a Saúl iban desarmados, puesto que sólo disponían de hondas y estacas; no tenían más espadas o lanzas que las que llevaban Saúl y Jonatán (v. 22). 1. Qué astutos eran los filisteos. Habían acabado con todo el negocio de herrería que había en Israel, y al ser ellos mismos expertos en la fabricación de objetos de hierro habían logrado impedir que hubiese forjadores en Israel, por lo que todo el que tenía que afilar reja de arado, azadón, hacha u hoz, tenía que acudir a los filisteos y pagar un alto precio por el trabajo (vv. 20, 21). 2. Qué insensato fue Saúl por no preocuparse al principio de su reinado de arreglar este asunto. 3. Qué holgazanes y cobardes eran los israelitas por consentir que los filisteos les impusieran tales condiciones sin hacer nada por sacudirse este yugo. Si hubiesen tenido ánimos, habrían tenido también armas, pero fue el pecado lo que los desarmó para su propia vergüenza.
I. Jonatán, con su paje de armas solamente (vv. 1–3), emprendió un atrevido ataque al campamento de los filisteos, esforzándose en Jehová su Dios (vv. 4–7). Los retó (vv. 8–12) y, al aceptar ellos el reto, cargó contra ellos con tal furia o, mejor dicho, con tal fe, que los puso en fuga y en tal desorden que cundió el pánico entre ellos (vv. 13–15), lo que dio a Saúl y sus fuerzas la oportunidad de perseguir al enemigo y ganar una completa victoria (vv. 16–23). II. El ejército de Israel se halla luego en aprieto y perplejidad a causa de la precipitación e insensatez de Saúl, quien conjuró al pueblo a no probar bocado hasta la noche, lo cual: 1. Condujo a Jonatán a una situación desesperada (vv. 24–30). 2. Condujo al pueblo a sucumbir a la tentación de comer carne con sangre, una vez que expiró el plazo del ayuno (vv. 31–35). 3. El error de Jonatán, debido a la ignorancia, pudo costarle la vida, pero el pueblo le consiguió el indulto (vv. 36–46). III. Al final del capítulo tenemos un resumen general de los hechos de guerra de Saúl (vv. 47, 48) y de sus familiares (vv. 49–52).
Versículos 1–15
Tenemos aquí un testimonio:
I. De la bondad de Dios en frenar a los filisteos, que poseían un ejército numeroso y bien equipado, a fin de que no cayeran sobre un pequeño puñado de temblorosos israelitas que tenía Saúl consigo.
II. De la debilidad de Saúl, quien parece aquí hallarse totalmente incapaz de hacer nada por aliviar su situación y la de Israel. 1. Puso su tienda debajo de un árbol, y sólo tenía consigo 600 hombres (v. 2). No se atrevió a quedarse en Guibeá, sino que se fue a un extremo de la ciudad, cerca de Migrón o, con mayor probabilidad, a una era (hebreo migrán), situándose debajo de un granado. 2. Desde allí envió a traer un sacerdote y el Arca; el sacerdote, de Siló; el Arca, de Quiryat Yearim (vv. 3, 18). Samuel, el profeta de Jehová, le había abandonado, pero Saúl pensó que podía compensar esta pérdida llamando al sacerdote Ahías, bisnieto de Elí, para que le asistiese con el efod. También quiso tener cerca de sí el Arca, para compensar la pequeñez de su ejército. Podríamos suponer que nunca se habían atrevido a traer de nuevo el Arca al campamento, puesto que la última vez que la habían traído, no sólo no les había salvado, sino que había caído en manos de los filisteos; pero es corriente entre los que han perdido la sustancia de la religión tener gran afición a las sombras de la religión, así como tenemos aquí a un abandonado príncipe que busca el apoyo de un abandonado sacerdote.
III. De la bravura y piedad de Jonatán, el hijo de Saúl, mucho más apto que su padre para llevar la corona. Como dice el obispo Hall, aquí tenemos «un racimo dulce de una cepa agria».
1. Resolvió pasar de incógnito al campamento de los filisteos. Se nos describe el acceso al campamento de los filisteos (vv. 4, 5) como especialmente difícil e inexpugnable, pero esto no le desanima; la solidez y aspereza de las rocas sólo sirven para endurecer su resolución y excitar su bravura. Las almas generosas se crecen ante la oposición y sienten placer en quebrantarla.
2. Animó a su escudero o paje de armas a que le acompañara en esta arriesgada empresa (v. 6): Ven, pasemos a la guarnición de estos incircuncisos. Como si dijese: Con la ayuda de Dios, veamos lo que podemos hacer contra los enemigos de Israel y de Dios. En efecto: (A) «Son incircuncisos. No son de temer, porque no están bajo la protección del pacto de Dios, como estamos nosotros». Si los que son enemigos nuestros son extraños para Dios, no tenemos por qué temerles. (B) «Dios puede darnos la victoria sobre regimientos numerosos, pues no es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos». Ésta es una verdad que, en general, todos reconocen; sin embargo, no es fácil aplicarla a un caso particular. Cuando somos pocos, el creer que Dios puede, no sólo salvarnos, sino capacitarnos para hacer que otros se salven, es un ejemplo de fe que, dondequiera se halla, obtiene buen testimonio y éxito seguro. (C) «¿Quién sabe si el que puede usarnos para su gloria lo va a hacer? Quizás haga algo Jehová por nosotros» Una fe activa puede aventurarse a mucho en la causa de Dios sobre un «quizá». El paje de armas o escudero, de Jonatán, como si hubiese aprendido a llevar, no sólo sus armas, sino también su corazón, promete acompañarle a cualquier parte a donde él vaya (v. 7).
3. Aun cuando su resolución era atrevida, determinó seguir a la providencia de Dios en la ejecución de su empeño. «Ven», le dice a su confidente «nos mostraremos al enemigo como quienes no temen mirarle a la cara» (v. 8), y entonces, si son lo suficientemente cautos como para pedirnos que nos paremos, no avanzaremos más tomándolo como una insinuación de la Providencia de que Dios quiere que actuemos a la defensiva (v. 9); pero si nos retan, y el primer centinela que nos aviste nos pide que subamos, marcharemos adelante con un ataque rápido; deduciremos de ahí con seguridad que es la voluntad de Dios que actuemos a la ofensiva, y no dudaremos de que Él los ha entregado en nuestras manos (v. 10) Y así deja la cosa, creyendo firmemente: (A) Que Dios rige y controla el uso del corazón y de la lengua de todos los hombres. Jonatán sabía que Dios podía descubrirle su mente por boca de un filisteo con la misma seguridad que por boca de un sacerdote. (B) Que Dios ha de dirigir, de una manera o de otra, los pasos de quienes le reconocen en todos sus caminos.
4. La Providencia le dio la señal que buscaba, y él respondió a la señal. Él y su escudero no cayeron por sorpresa sobre los filisteos cuando éstos estaban durmiendo, sino que se mostraron a ellos a la luz del día (v. 11). Entonces los centinelas de los filisteos: (A) Mostraron desdén hacia ellos: Mirad los hebreos, que salen de las cavernas donde se habían escondido. (B) Los desafiaron (v. 12): Subid a nosotros, y os haremos saber una cosa. Así se burlaban de ellos, pero con esto animaron todavía más a Jonatán y a su paje de armas; antes, había dicho Jonatán con alguna perplejidad (v. 6): Quizás haga algo Jehová por nosotros; pero ahora habla con toda seguridad (v. 12): Jehová los ha entregado en manos de Israel. Fortalecida así su fe, ninguna dificultad podía resistirle; sube a la roca; trepa con pies y manos (v. 13), aunque no tiene nada con que cubrirse, sin que nadie le acompañe, excepto su escudero, y sin probabilidad humana de ninguna otra cosa, excepto la muerte ante él.
5. El éxito maravilloso de tan atrevida empresa. Los filisteos, en lugar de caer sobre Jonatán para matarle o hacerle prisionero caen delante de él (v. 13), inexplicablemente, al primer golpe que les sacude. Cayeron, es decir: (A) Muchos de ellos fueron muertos por él y por su escudero (v. 14). La mano derecha y el brazo de Dios le proporcionaron esta victoria. (B) Los demás fueron puestos en fuga y cayeron unos sobre otros (v. 15): Hubo pánico en el campamento. El hebreo dice que fue un espanto de Dios, para expresar que fue un miedo producido por Dios o, con mayor probabilidad, para expresar que fue un espanto extraordinario. Quien hizo el corazón sabe perfectamente cómo hacerle temblar. Para completar la confusión del enemigo, también la tierra tembló, Dios produjo un terremoto que incrementó el terror de los filisteos ante la posibilidad de que la tierra se los tragara.
Versículos 16–23
I. El poder de Dios sembró tal confusión entre los filisteos que iban de un lado a otro, deshaciéndose unos a otros. Se derretían como la nieve ante el sol, hasta el punto de que la espada de cada uno estaba vuelta contra su compañero (vv. 16, 20). Ahora Dios les mostraba su insensatez en confiar en las armas, y hacía de sus espadas y lanzas los instrumentos de su destrucción, pues resultaron más fatales en sus propias manos que si hubiesen estado en manos de los israelitas.
II. Con esto se animaron los israelitas a pelear contra ellos.
1. De ello se dieron pronto cuenta los centinelas de Saúl, que estaban en Guibeá haciendo guardia desde el collado (v. 16).
2. Saúl comenzó entonces a inquirir respuesta de Dios, pero desistió pronto. Mandó traer el Arca (v. 18), y deseó saber si sería prudente atacar a los filisteos, a la vista del desorden en que percibieron que se hallaban. Hay muchos que desean consultar a Dios acerca de su seguridad, pero no le consultan acerca de su deber. Pero al darse cuenta, por noticia de sus exploradores, de que crecía el alboroto en el campamento del enemigo, mandó al sacerdote oficiante: «Detén tu mano» (v. 19), es decir, no consultes, porque no necesitamos ya de ninguna respuesta. Le prohibió tirar las suertes: (A) O porque pensó que ya no necesitaba respuesta, pues el caso estaba claro, (B) o porque estaba tan impaciente en caer sobre un enemigo ya caído, que no quería detenerse a terminar la consulta.
3. Con todas las fuerzas de que disponía, Saúl lanzó ahora un vigoroso ataque contra el enemigo. Juntando Saúl a todo el pueblo que con él estaba, o, como dice el hebreo, fueron gritados juntamente (v. 20), llegaron al lugar de la batalla. El texto hebreo da a entender que ese grito general se debió a la ausencia de las trompetas de plata con las que, según mandato de Dios, había de tocarse alarma en días de batalla (Nm. 10:9). Fueron convocados a gritos para que pudieran reunirse cuanto antes, aun cuando su número no era grande.
4. Todos los israelitas, incluso aquellos de los que menos podía esperarse, se lanzaron ahora contra los filisteos. (A) Los que habían desertado tiempo atrás pasándose al enemigo, y que se encontraban ahora entre los filisteos, lucharon contra ellos (v. 21). Algunos serían cautivos de los filisteos y ahora les resultaban como aguijones en los costados. (B) Los que habían huido a esconderse en el monte, regresaron a sus puestos y se unieron a los perseguidores (v. 22). No era muy de alabar que apareciesen tan tarde, pero su reproche habría sido mayor si no hubiesen aparecido nunca. Así que todas las manos de Israel se pusieron a trabajar contra los filisteos; no obstante, se nos dice (v. 23) que fue Jehová quien salvó a Israel aquel día. Lo hizo también por medio de ellos, pero ellos no habrían podido hacer nada sin Él.
Versículos 24–35
Relato de un aprieto en que se hallaron los hijos de Israel, incluso en el día de su triunfo.
I. Saúl prohibió, bajo pena de muerte, gustar aquel día cualquier alimento («pan», término genérico para cualquier alimento sólido—v. 24). Lo hizo con buena intención, a fin de que el pueblo, que por algún tiempo había tenido poco que comer, al encontrar abundancia de víveres en el abandonado campamento de los filisteos, no se sintiera tentado a atiborrarse de comida, y perdiese así tiempo en la persecución del enemigo. Con todo, esta severa orden fue imprudente, pues aunque así ganase tiempo, iba a perder fuerzas para continuar la marcha. Fue además impío al reforzar la prohibición juramentando al pueblo bajo maldición. ¿No disponía de otra medida disciplinaria que el riguroso anatema?
II. El pueblo obedeció la orden, por muy dura que les resultase.
1. Los soldados tuvieron que vencer una grave tentación, pues, al perseguir al enemigo, pasaron por un bosque tan lleno de miel silvestre que fluía de los árboles hasta el suelo, pero por miedo a la maldición no se atrevieron a gustarla (vv. 25, 26).
2. Jonatán, por ignorancia, cayó bajo la maldición. Él no había oído la orden que había dado su padre, ya que, después de abrir brecha en las fuerzas enemigas, había continuado dándoles caza. Así que, al ignorar el peligro, tomó un poco de miel con la punta de la vara que llevaba en la mano y la llevó a la boca (v. 27), obteniendo así un refrigerio notable. No pensó haber hecho nada malo, ni temió daño alguno, hasta que uno del pueblo le enteró de la orden y entonces se encontró metido en una trampa. Más de un buen hijo se ha visto en apuros por la precipitación de un padre irreflexivo; Jonatán, por su parte, perdió, por la necedad de su padre, la corona que le pertenecía por herencia.
3. El pueblo desfallecía (v. 28). Los soldados de Israel se iban debilitando más y más mientras perseguían al enemigo, por falta de la necesaria alimentación; con las fuerzas corporales se les iban también los ánimos. Esto es lo que Jonatán había previsto.
4. Lo peor de todo fue que, al anochecer, cuando fue levantada la prohibición y pudieron comer de nuevo, estaban tan hambrientos que comieron carne con sangre, lo cual era expresamente contrario a la Ley de Dios (v. 32). «Hambre y esperar hacen rabiar», dice nuestro refrán castellano; y así pasó aquí. Cuando Saúl fue informado de ello, les reprendió por su pecado (v. 33). Y para poner punto final a tal irregularidad, ordenó Saúl que levantaran delante de él una piedra grande y que todos los que tuvieran ganado para matarlo en esta ocasión, lo trajeran allí y lo mataran ante sus ojos sobre la piedra (v. 34); y así lo hizo el pueblo (v. 34). De este modo tan sencillo fueron refrenados y reformados cuando su príncipe puso diligencia en cumplir con lo que a él le competía.
III. En esa misma ocasión Saúl edificó un altar (v. 35) para ofrecer sacrificio, ya fuese como reconocimiento por la victoria, lo cual es lo más probable, o en expiación por el pecado, como opinan otros. Este fue el primer altar que edificó a Jehová. Saúl se estaba apartando de Dios y, sin embargo, comenzó ahora a edificar altares, con tanto mayor celo (como les pasa a muchos) por la forma de la piedad cuanto más negaba el poder de la piedad. Véase Oseas 8:14: «Israel olvidó a su Hacedor y edificó templos».
Versículos 36–46
I. Jactancia de Saúl en contra de los filisteos. Propuso perseguirlos durante toda la noche hasta no dejar de ellos ninguno (v. 36). En esto mostró mucho celo, pero poca discreción, ya que su ejército, fatigado como estaba, difícilmente podía pasar una noche sin dormir, así como difícilmente había pasado un día sin comer. Solamente el sacerdote creyó conveniente seguir adelante con las devociones que habían sido interrumpidas de súbito con anterioridad (v. 19), y consultar a Dios: Acerquémonos aquí a Dios. Los príncipes y los magnates necesitan tener junto a sí personas que les hagan a la memoria llevar a Dios consigo adondequiera que vayan. Cuando el sacerdote lo propuso, Saúl no pudo (al menos, por vergüenza) rechazar la propuesta, sino que consultó a Dios (v. 37).
II. Su necedad en entablar proceso a su hijo Jonatán; pues, mientras llevaba a cabo el proceso, escaparon los filisteos.
1. Al mostrar Dios su desagrado, Saúl se puso a investigar el anatema y juró por Jehová que salva a Israel que, quienquiera fuese el Acán que había atraído sobre el campamento esta desgracia, comiendo del fruto prohibido, de cierto había de morir, aunque se tratase de su propio hijo Jonatán (v. 39).
2. Las suertes descubrieron que Jonatán era el ofensor. Al principio, propuso que él y Jonatán estuviesen en un lado, y el pueblo en otro, quizá porque confiaba en la inocencia de Jonatán en este asunto tanto como en la suya propia. Pero, al fin, la suerte señaló a Jonatán (v. 42); aquí el designio de la Providencia respaldó el derecho de la autoridad legalmente constituida; y se reservó, por otro camino, el medio de preservar la vida de quien no había hecho nada digno de muerte.
3. Jonatán confiesa sinceramente el hecho; y Saúl, con airada maldición, decreta contra él la sentencia. Jonatán no niega el hecho, pero piensa que es demasiado fuerte que tenga que morir por eso (v. 43). Bien pudo haber apelado a su ignorancia de la orden de su padre, pero se sometió con mente noble y corazón generoso, como si dijese: «Que se haga la voluntad de Dios y la de mi padre». Se muestra tan bravo para someterse en unas ocasiones como para pelear en otras. Pero Saúl no se ablanda ni por la filial sumisión de Jonatán ni por lo duro de la sentencia, sino que, con otra imprecación, pronuncia sentencia de muerte contra Jonatán: «Así me haga Dios y aun me añada, si no ejecutó la sentencia contra ti, que sin duda morirás, Jonatán» (v. 44).
(A) Que Saúl pronunció esta sentencia con demasiada precipitación, sin consultar el oráculo. Jonatán tenía muy buenas razones que alegar en su favor, pues lo que había hecho no era algo intrínsecamente malo; además, ignoraba la prohibición; de forma que no podía ser acusado de rebelión ni desobediencia.
(B) Que la pronunció llevado de un furor insano. Si Jonatán hubiese sido reo de muerte, la manera apropiada de pronunciar una sentencia por parte de un juez, y mucho más por parte de un padre, era hacerlo con delicadeza y compasión. Cuando la justicia es administrada con enojo y amargura, resulta envilecida.
(C) La reforzó con una imprecación sobre sí mismo si dejaba de ejecutar la sentencia; y esta imprecación recayó sobre su misma cabeza. Jonatán escapó de la muerte, pero Dios le hizo a Saúl y le añadió, pues cayó él mismo bajo el anatema y fue rechazado por Dios. Que nadie se atreva, en ninguna ocasión, a lanzar imprecaciones como ésta, no sea que Dios diga Amén a ellas y disponga que sus propias lenguas les hagan caer (Sal. 64:8). Con todo, tenemos motivos para pensar que las entrañas de Saúl se conmovían a favor de Jonatán; así que, en realidad, se castigó a sí mismo, y con toda justicia, mientras actuaba con tanta severidad contra su hijo. Por medio de todos estos accidentes molestos, parece como si Dios le aplicase correctivos por su anterior presunción en ofrecer sacrificio sin Samuel.
4. El pueblo rescató a Jonatán de las manos de su padre (v. 45). Hasta ahora se habían mostrado respetuosos y obedientes con Saúl, y se habían sometido a él en todo lo que parecía ser cosa buena (vv. 36, 40). Pero, al estar Jonatán en peligro, la palabra de Saúl ya no es para ellos ley, sino que se oponen con la mayor energía a la ejecución de la sentencia: «¿Ha de morir Jonatán, el instrumento de salvación de su país? ¿Va a ser sacrificada a las rígidas exigencias de un insensato decreto y de un honor puntilloso una vida que tan bravamente se ha expuesto por el bien público, y a la que debemos nuestra vida y el triunfo conseguido? ¡No! ¡De ningún modo consentiremos que sea tratado de esa manera aquel a quien Dios se ha complacido en honrar!» Es una bendición ver a los israelitas inflamados de ese celo por la protección de quienes han sido usados por Dios como instrumentos de salvación: «Vive Jehová que no ha de caer, no sólo su cabeza, sino ni siquiera un cabello de su cabeza en tierra». No le rescatan por la
fuerza, sino por la razón y la resolución. Añade Flavio Josefo que oraron a Dios para que le indultase del anatema. Apelaron a su favor diciendo: «Ha actuado hoy con Dios» (lit.); es decir: «Él ha defendido la causa de Dios, y Dios ha bendecido el ánimo que Jonatán ha mostrado, por tanto, su vida es demasiado preciosa como para destruirla por una minucia».
5. La persecución del enemigo es detenida con este incidente (v. 46): Saúl dejó de seguir a los filisteos; así, se perdió la oportunidad de conseguir una completa victoria.
Versículos 47–52
Tenemos ahora un sumario de las actividades de Saúl y de las personas de su corte. 1. En cuanto a su familia y las personas de su corte, se nos dan los nombres de sus hijos, de sus hijas y de su mujer, así como el del general en jefe del ejército, quien era primo hermano suyo (vv. 49, 50). En 2 Samuel 21:8 se menciona otra mujer de Saúl, Rizpá, así como los hijos habidos de ella. Sin duda, Saúl tuvo alguna otra (u otras) mujer (v. 2 S. 12:8), pues en 1 Samuel 31:2; 1 Crónicas 8:33; 9:39 se menciona a Abinadab, el cual no es identificable con ninguno de los mencionados en los otros lugares. 2. En cuanto a los hechos de armas de Saúl, se nos dice: (A) La forma en que escogía sus soldados: A todo el que veía que era hombre esforzado y apto para combatir, lo juntaba consigo (v. 52), conforme a lo que Samuel había predicho al pueblo cuando pidieron rey (8:11). (B) La forma en que empleó su ejército. Guardó al país de los ataques de todos sus enemigos e impidió las incursiones enemigas (vv. 47, 48). Pero los enemigos contra los que más tuvo que combatir fueron los filisteos, pues hubo guerra encarnizada contra los filisteos todo el tiempo de Saúl (v. 52).
Saúl es finalmente rechazado como rey. I. Encargo que le encomendó Dios de destruir completamente a los amalecitas (vv. 1–3). II. Saúl se prepara para esta expedición (vv. 4–6). III. Su éxito y la parcial ejecución del encargo que Dios le dio (vv. 7–9). IV. El interrogatorio que le hizo Samuel y la sentencia que pronunció contra él, a pesar de las muchas frívolas excusas que Saúl presentó (vv. 10–31). V. Muerte de Agag, rey de los amalecitas (vv. 32–33). VI. Despedida final de Samuel a Saúl (vv. 34–35).
Versículos 1–9
I. Samuel, en nombre de Dios, exige solemnemente a Saúl obediencia a las órdenes de Dios, y le da a entender claramente que es ahora cuando le va a poner a prueba, en un caso particular, para ver si es obediente o no (v. 1). 1. Le trae a la memoria lo que ha hecho Dios por él: «Jehová me envió a que te ungiese por rey». Como si dijese: Dios te dio poder y autoridad y, por consiguiente, espera de ti que los uses para Él. Cualquier promoción, en lugar de relevar a los hombres de la obediencia que deben a Dios, les obliga a ello con tanta mayor razón. 2. Le dice, en general, que, en atención a esto, debe estar presto a cumplir todo cuanto Dios le mande hacer: Ahora, pues, está atento a las palabras de Jehová.
II. Le encomienda un servicio especial, en el que tiene que mostrar su obediencia a Dios más que en cualquier otra ocasión del pasado. Le explica también el motivo de esta orden, a fin de que no le parezca dura la severidad con que debe actuar: He decidido castigar lo que hizo Amalec a Israel (v. 2). Dios estaba resentido contra los amalecitas por las injurias que habían inferido a su pueblo Israel (Éx. 17:8 y ss.) y esta actitud criminal se había agravado posteriormente (Dt. 25:18). Esta es la tarea que Saúl debía llevar a cabo ahora (v. 3): «Ve, pues, y hiere a Amalec. Israel es ahora fuerte; ve, pues, y deshazte de esa criminal nación».
III. Entonces Saúl pasa revista a sus fuerzas y desciende al país de Amalec. Saúl … les pasó revista en Telaím (probablemente el Télem de Jos. 15:24). Telaím significa corderos. Según la Vulgata, los contó como corderos. Según la versión caldea, los contó por corderos de Pascua; diez por cada cordero, que era un modo de contar usado por los judíos en los últimos días de su nación. Saúl condujo todas estas fuerzas a la ciudad de Amalec (v. 5).
IV. Aconsejó amistosamente a los ceneos (o quenitas) que se apartasen de los amalecitas entre los cuales vivían. Los ceneos eran del clan de Jetró, suegro de Moisés, y vivían en tiendas, lo que les facilitaba, en cualquier contingencia, trasladarse fácilmente a otro lugar. Muchos de ellos vivían, por ahora, en medio de los amalecitas, y tenían por fortificación la que les ofrecía la naturaleza, pues
«pusieron en la roca su nido» (Nm. 24:21). Saúl no debía acabar con ellos: 1. Reconoce la misericordia que antaño mostraron hacia los israelitas, cuando éstos salían de Egipto. Jetró y su familia les habían prestado valiosos servicios en su marcha a través del desierto pues les sirvieron de ojos (Nm. 10:31), y esto ha quedado en la memoria de Israel durante muchas generaciones. Así es como un hombre bondadoso deja las bendiciones divinas por herencia a los hijos de sus hijos; los que nos han de suceder pueden recoger el beneficio de nuestras buenas obras cuando nosotros estemos ya en el sepulcro. 2. Desea que retiren sus tiendas de en medio de los amalecitas.
V. Saúl prevaleció contra los amalecitas, porque aquello fue una ejecución de criminales condenados a muerte, más bien que una guerra entre enemigos contendientes. Eran idólatras y reos de muchos otros pecados, por los que merecían caer bajo la ira de Dios.
VI. Pero Saúl cumplió el encargo a medias (v. 9). 1. Conservó la vida a Agag (v. 8) porque era rey como él, o quizá porque esperaba obtener por él un subido rescate. 2. También reservó lo mejor del ganado, y destruyó sólo lo inútil y despreciable (v. 9). Podemos suponer que muchos amalecitas pudieron escapar y llevarse consigo sus efectos a otros países, pues más adelante se vuelve a hablar de los amalecitas.
Versículos 10–23
Samuel llama ahora a Saúl para que rinda cuentas sobre el encargo que le fue encomendado con respecto a los amalecitas.
I. Lo que pasó entre Dios y Samuel, en secreto, en esta ocasión (vv. 10, 11). 1. Dios determina rechazar a Saúl y comunica su decisión a Samuel: Me pesa haber puesto por rey a Saúl. El arrepentimiento de Dios no significa, como sucede con nosotros, un cambio de mentalidad, sino un cambio de método en sus procedimientos. No altera su querer, sino que quiere una alteración. El cambio se había efectuado en Saúl: Porque se ha vuelto de en pos de mi; así es como expresa Dios la falta de obediencia de Saúl y la sobra de su codicia. De esta forma hizo que Dios se convirtiese en enemigo suyo.
2. Samuel se lamenta de esto: Se apesadumbró Samuel de que Saúl hubiese perdido el favor de Dios y de que Dios hubiese resuelto rechazarle; y clamó a Jehová toda aquella noche. La condenación de los malos debe causar pesar a los buenos, pues si Dios no se complace en la muerte del impío, tampoco debemos complacernos nosotros.
II. Lo que pasó entre Samuel y Saúl en público. Dios envió a Samuel para que llevase a Saúl estas malas noticias, y Samuel fue al encuentro de Saúl, como Ezequiel, con amargura de alma. Pero Samuel fue informado de que Saúl estaba erigiendo un monumento de su victoria en Carmel, una ciudad en la región montañosa de Judá, a unos 11 kilómetros al sur de Hebrón. Buscaba así su honor más que el honor de Dios. También había marchado a Guilgal con gran pompa, pues eso es lo que da a entender la expresión hebrea: Ha dado la vuelta, ha pasado adelante y ha descendido a Guilgal (v. 12). Allí es donde le salió al encuentro Samuel.
1. Saúl se jacta ante Samuel de su obediencia: «Bendito seas tú de Jehová, porque me diste un estupendo encargo, en el cual he obtenido un éxito completo y he cumplido la palabra de Jehová». Es muy probable que, si su conciencia no le hubiese acusado de desobediencia, no se habría extendido tanto en proclamar su obediencia, pues esperaba de este modo impedir que Samuel le reprendiera. Así es como piensan los pecadores que, si se justifican a sí mismos, van a escapar de ser juzgados por el Señor, mientras que el único modo de escapar de ese juicio es juzgándonos a nosotros mismos (v. 1 Co. 11:31, 32).
2. Samuel le deja convicto de pecado mediante una plena demostración de su desobediencia: «¿Que has cumplido la palabra de Jehová? ¿Pues qué balido de ovejas y mugido de vacas es éste que yo oigo con mis oídos?» (v. 14). Samuel apela a ello como testimonio en contra de Saúl. El ruido que hacía el ganado era testigo contra él.
3. Saúl insiste en justificarse de este cargo (v. 15). No puede negar el hecho; las ovejas y las vacas fueron tomadas a los amalecitas, pero: (A) No fue falta suya, porque el pueblo fue quien lo hizo; como si se hubieran atrevido a hacerlo sin la orden expresa de Saúl, cuando sabían que era contra la expresa orden de Samuel. El pecado es como un niño abandonado que nadie desea reconocer como echado a su puerta (comp. con Gn. 4:7). El corazón impenitente que no quiere confesar su culpa, acude al socorrido subterfugio de echar esa culpa a quienes son simplemente cómplices o seguidores. (B) Apela a su buena intención: «Fue para sacrificarlas a Jehová tu Dios» (nótese ese «tu»). Pero ésta era una falsa excusa, puesto que tanto Saúl como el pueblo pensaban en su propio provecho al perdonar la vida al ganado. Además, aun cuando hubiese sido verdad, habría sido todavía frívolo y pecaminoso, porque Dios aborrece el holocausto que proviene del hurto.
4. Samuel no tiene en cuenta esta excusa y procede, en nombre de Dios, a dictar sentencia contra él.
(A) Le trae a la memoria el honor que Dios le confirió al hacerlo rey (v. 17), cuando él era pequeño en sus propios ojos (donde se insinúa el inicial complejo de inferioridad de Saúl). Quienes prosperan en honor y riquezas deberían recordar a menudo sus humildes orígenes, para no pensar nunca altamente de sí mismos, sino tratar siempre de hacer grandes cosas por el Dios que les ha engrandecido. (B) Pone ante sus ojos la claridad de las órdenes que tenía que poner por obra (v. 18): Jehová te envió por el camino. Daba así a entender que la expedición era tan fácil, y tan seguro el éxito, que no merecía el nombre de guerra, sino de viaje. Si se hubiese negado a sí mismo y hubiese apartado de sí la codicia del botín y hubiese destruido todas las pertenencias de Amalec no habría salido perdiendo en modo alguno, ni habría librado la batalla a sus propias expensas. Por consiguiente: (C) Le muestra cuán inexcusable era en su deseo de sacar provecho de esta expedición y enriquecerse con ella (v. 19): «¿Por qué, pues, no has oído la voz de Jehová, sino que lanzándote al botín has hecho lo malo ante los ojos de Jehová? Has convertido en algo útil para tu provecho lo que debiste haber destruido para honor de Dios».
5. Saúl repite una vez más su propia vindicación como algo a lo que había resuelto aferrarse en desafío a toda convicción (vv. 20, 21). Niega la acusación (v. 20): «Antes bien he obedecido la voz de Jehová; he hecho lo que debía». Había hecho, en efecto, todo lo que pensó que necesitaba hacer, teniéndose por más sabio a sus propios ojos que Dios mismo. En cuanto a los despojos, reconoce que debían haber sido destruidos, pero pensó que eso era un necio derroche; el ganado de los madianitas fue tomado como botín en tiempo de Moisés (Nm. 31:32 y ss.); ¿por qué no se había de hacer lo mismo ahora con el ganado de los amalecitas? Mejor era que se aprovechasen de él los israelitas antes que dejarlo a las aves de presa y a las alimañas del campo; por consiguiente, consintió en que el pueblo lo tomara para ofrecer sacrificios en Guilgal, adonde lo traían ahora.
6. Samuel responde con todo pormenor a esta excusa, ya que Saúl se empeña en vindicarse con ella (vv. 22, 23), y apela a su conciencia: «¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová?» Aquí se nos dice lisa y llanamente: (A) Que la humilde, sencilla y concienzuda obediencia a la voluntad de Dios le es más agradable y aceptable que todos los holocaustos y sacrificios. Una conformidad diligente con los preceptos morales nos recomienda ante Dios más que todas las observancias ceremoniales (Os. 6:6; Mi. 6:6–8). La obediencia era la ley de la inocencia (v. Gn. 2:16, 17), pero el sacrificio supone la entrada del pecado en el mundo y es sólo un débil intento por retirar lo que la obediencia habría podido prevenir. Es mucho más fácil traer un buey o un cordero para que sea quemado sobre el altar, que traer todo alto pensamiento a la obediencia de Dios, y toda voluntad a la sujeción de la voluntad de Dios. (B) Que ninguna cosa provoca a Dios tanto como la desobediencia, al poner nuestra voluntad en oposición a la suya. Por eso se la llama aquí rebelión y obstinación, y es tenida, respectivamente, por tan mala como la brujería y la idolatría (v. 23). Vivir en desobediencia al verdadero Dios es equivalente a servir a otros dioses. Fue la desobediencia lo que nos constituyó pecadores a todos (Ro. 5:19); y ésta es la malignidad del pecado, que es la transgresión de la ley y, por tanto, es enemistad contra Dios (Ro. 8:7).
7. Finalmente, Samuel le lee la sentencia: «Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová (la despreciaste como dice la versión caldea; o la tuviste en nada, como traducen los LXX), Él también te ha desechado (despreciado y tenido en nada) para que no seas rey» (v. 23). Los que no están dispuestos a ser gobernados por Dios, son ineptos e indignos de gobernar a los hombres.
Versículos 24–31
Por fin, Saúl se ve obligado a ponerse el traje de penitente, aun cuando es demasiado evidente que está haciendo el papel de penitente, pues no está arrepentido de verdad.
I. Cuán pobremente expresó su arrepentimiento. Costó mucho costó hacerle confesar que había pecado, y aun eso, sólo cuando escuchó la amenaza de ser depuesto del trono. Esto le tocó en lo más vivo y comenzó a ceder. 1. Hizo su confesión a Samuel en privado y se mostró solícito en conservar la buena opinión de Samuel únicamente para preservar su propia reputación ante el pueblo, ya que todos sabían que Samuel era profeta y el hombre mediante el cual había llegado Saúl al puesto que ocupaba. Al pensar agradar así a Samuel, y como en una especie de soborno, le hace su confesión: Yo he pecado, pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras (v. 24). Habla como si Samuel estuviese en lugar de Dios. También apela a Samuel en súplica de perdón: Perdona, pues, ahora mi pecado. Como si alguien pudiese perdonar los pecados, excepto Dios únicamente. La más caritativa suposición que podemos hacer con respecto a estas frases de Saúl es que veía en Samuel una especie de mediador entre él y Dios e intentaba dirigirse a Dios mientras hablaba con Samuel. 2. Puso excusas incluso en la confesión de su culpa, lo cual no es jamás señal de verdadero arrepentimiento (v. 24): «Lo hice porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos». 3. Toda su preocupación era salvar su prestigio y preservar su interés en el pueblo, no fuera que se rebelaran contra él o, al menos, le despreciaran. Por eso requiere con tanto empeño que Samuel le acompañe (v. 25); tenía miedo de que, si Samuel le dejaba solo, también el pueblo le abandonaría.
II. Cuán poco consiguió con estas pobres muestras de arrepentimiento. 1. Samuel le repitió la sentencia pronunciada contra él; tan lejos estaba de darle esperanzas de que fuese revocada (v. 26—lo mismo que en el v. 23). 2. Para hacer más expresiva la sentencia la ilustra por medio de una señal. Cuando Samuel se dio la vuelta para apartarse de Saúl, éste rasgó el manto de Samuel en su intento por impedir que se separara de él (v. 27). Samuel le interpretó este accidente en una forma que sólo un profeta podía hacerlo, pues le dio la significación de rasgarse de igual manera el reino de Israel de las manos de Saúl (v. 28): «Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de lsrael y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú». Este prójimo era David, quien posteriormente, en diferentes circunstancias, cortó la orla del manto de Saúl (24:4); en esa ocasión dijo Saúl (24:20): Yo me doy cuenta de que tú has de reinar, y recordó, quizá, la presente señal, esto es, cuando se rasgó el manto de Samuel. 3. Samuel ratificó la sentencia mediante una solemne declaración de su irreversibilidad (v. 29): El que es la Gloria de Israel no mentirá. El vocablo hebreo nesaj tiene dos significados: «gloria» y «duración». Por ello, la frase tiene doble sentido: Jehová es la Gloria de Israel por las obras maravillosas que hace a favor de su pueblo, y, por otra parte, es la Duración eterna de Israel, porque Dios no cambia sus designios (v. el contexto posterior y comp. con Ro. 11:29).
Versículos 32–35
Samuel, como profeta de Jehová, es puesto aquí sobre reyes (comp. Jer. 1:10), puesto que:
I. Destruye al rey Agag. 1. Cómo se frustran las vanas esperanzas de Agag. Agag vino a él (Samuel) alegremente, como si su dignidad regia o su vida no estuviesen en peligro. Y dijo Agag (sin duda, para sus adentros): Ciertamente ya pasó la amargura de la muerte. Al haber escapado de la espada de Saúl, que era hombre de guerra, pensó que no le esperaba ningún peligro de parte de Samuel, anciano profeta, que era hombre de paz. Sin embargo, el versículo 32 admite otra, más probable traducción: «… Y Agag vino a él temblando (o encadenado). Y dijo Agag: Ciertamente ya está a la mano la amargura de la muerte». 2. Cómo son castigadas ahora sus anteriores prácticas perversas. Samuel le toma cuentas no sólo de los pecados de sus antepasados, sino de sus propios pecados: Tu espada dejó a las mujeres sin hijos … (v. 33).
Después de ejecutar esta sentencia, Samuel se aparta de Saúl (v. 34). Y nunca después vio Samuel a Saúl hasta el día de su muerte (v. 35, lit.). Le tuvo por rechazado de Dios y, por tanto, le abandonó. Sin embargo, Samuel lloraba a Saúl, y pensó que era cosa muy de lamentar el que un hombre que tan bien se había portado en grandes empresas, se arruinase tan neciamente.
En este capítulo comienza la historia de David. Aquí: I. Samuel es comisionado para ungir rey a uno de los hijos de Isaí en Belén (vv. 1–5). II. Pasan delante de Samuel todos los hijos mayores, pero es elegido y ungido el más joven (vv. 6–13). III. Saúl se está volviendo melancólico y es llamado David para que le alivie del mal mediante la música (vv. 14–23).
Versículos 1–5
Samuel se había retirado a su casa en Ramá, resuelto a no meterse más en asuntos públicos, sino a dedicarse por completo a instruir a «los hijos de los profetas», cuya escuela había él, sin duda, fundado y al frente de la cual estaba, como vemos en 19:20.
I. Dios le reprende por continuar haciendo duelo por la deposición de Saúl: «No hagas más duelo por Saúl, porque … me he provisto de rey» (v. 1). El pueblo se había provisto de rey por sí mismo y le había salido malo, pero ahora Dios se iba a proveer él mismo de rey: «según su corazón» (13:14) es decir según elección del mismo Dios (no quiere decir «de corazón semejante al de Dios», como vulgarmente se interpreta).
II. Le envía a Belén para ungir a uno de los hijos de Isaí, a una persona probablemente desconocida para Samuel. Llena tu cuerno de aceite.
III. Samuel expresa el peligro que supone el cumplimiento de este encargo (v. 2): Si se entera Saúl, me matará. Por aquí se deduce: 1. Que Saúl se había vuelto muy malvado y violento desde su deposición; de lo contrario, Samuel no se habría expresado de esta manera. ¿Y de qué impiedad no sería reo el que se atreviese a matar a Samuel? 2. Que la fe de Samuel no era tan fuerte como podía esperarse; de lo contrario, no habría temido el furor de Saúl.
IV. Dios le ordena que encubra su objetivo con un sacrificio (v. 3): Di: A ofrecer sacrificio a Jehová he venido. Y así fue, en verdad, pues era cosa muy apropiada que lo hiciera cuando venía a ungir a un rey (11:15). Debe dar noticia de ello, especialmente al invitar a Isaí al sacrificio (es probable que Isaí fuese el hombre principal de la ciudad), así como a su familia. Y añade Dios: Y yo te enseñaré lo que has de hacer. Los que van haciendo la obra de Dios en el camino de Dios, serán dirigidos paso a paso.
V. Fue, pues, Samuel a Belén, no con pompa ni con escolta, sino sólo con un criado que trajera la becerra para el sacrificio. Los ancianos de la ciudad salieron a recibirle con miedo (v. 4) ya que temían que tal viaje fuese indicio del desagrado de Dios contra ellos, y que Samuel viniese para anunciar el juicio de Dios por alguna iniquidad del lugar. Por eso le preguntaron: «¿Es pacífica tu venida?» Él respondió:
«Sí, es pacífica, pues vengo a ofrecer sacrificio a Jehová; no con un mensaje de ira contra vosotros, sino con métodos de paz y reconciliación; por tanto, podéis darme la bienvenida sin temor alguno; santificaos y venid conmigo al sacrificio, para que podáis participar de sus beneficios» (v. 5).
VI. Tuvo una invitación especial para Isaí y sus hijos, pues a ellos concernía el objetivo especial de su viaje, de lo que es de suponer enteraría a Isaí inmediatamente después de su llegada, y en su casa se hospedaría. Samuel les ayudó en la preparación de la familia para el sacrificio público y es probable que ungiese a David durante la fiesta familiar, antes de ofrecer el sacrificio o antes de comenzar las solemnidades públicas de la festividad sagrada. Quizás ofreció algunos sacrificios en privado, como Job, conforme al número de todos ellos (Job 1:5), lo cual le serviría de excusa para hacer pasar a todos los hijos de Isaí delante de él.
Versículos 6–13
I. Vemos cómo todos los hijos mayores, que parecían los favoritos, fueron pasados por alto.
1. Eliab, el mayor, fue presentado el primero a Samuel en privado; estaba presente, probablemente, sólo Isaí. Samuel pensó que éste era el designado (v. 6): De cierto delante de Jehová está su ungido. Cuando Dios resolvió complacer al pueblo concediéndoles rey, hizo que saliera elegido un mozo alto y gallardo; pero cuando decidió elegirlo Él mismo, no quiso que fuese escogido por las apariencias exteriores. Jehová mira el corazón (v. 7); es decir: (A) Conoce el corazón de cada uno. Nosotros podemos decir cómo parecen los hombres, pero Dios puede decir cómo son en realidad. Dios mira el corazón, y ve allí los pensamientos y las intenciones. (B) Juzga a los hombres por el corazón. Reconozcamos que la verdadera belleza es la interior (Pr. 31:30; 1 P. 3:3–4) y juzguemos a las personas, en cuanto seamos capaces, por su mente, no por su porte.
2. Una vez eliminado Eliab, le fueron presentados, a Samuel, Abinadab y Samá y, tras éstos, otros cuatro hijos de Isaí, siete en total, para ver cuál era el designado por Dios; pero Samuel, que ahora estuvo más atento a la dirección de Dios que primeramente, los rechazó a todos ellos: Jehová no ha elegido a éstos (vv. 8, 10).
II. Vemos después cómo, al fin, fue David el designado. Era el más joven de todos los hijos de Isaí. Su nombre significa, según unos, «jefe militar», conforme al acádico dawidum (etimología más probable); según otros, es un vocablo parecido a Dodavá (2 Cr. 20:37), que significa predilecto, con lo que resulta tipo del «Predilecto Hijo de Dios».
1. David estaba en el campo apacentando las ovejas (v. 11) y allí fue dejado, a pesar de que se estaba celebrando en casa de su padre una solemnidad con sacrificio. David fue tomado de detrás de las ovejas, para que apacentase a Jacob (Sal. 78:71), como había sido tomado Moisés de apacentar el rebaño de su suegro. Nosotros pensaríamos que la mejor preparación para el oficio de rey es una vida de soldado, pero Dios pensó que la mejor preparación era una vida de pastor (la cual ofrece mayores ventajas para la contemplación y la comunión con el Cielo), pues los reyes son, como ya advertía Homero, «pastores de pueblos» y, para ello, necesitan de los dones espirituales que capacitan para el desempeño de un oficio tan delicado y de tanta responsabilidad.
2. Samuel pidió que enviaran por él inmediatamente: «Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí; porque si los demás han de ser rechazados, él ha de ser el elegido».
3. La impresión que causó cuando llegó. Nada se nos dice de la ropa que llevaba, pero no cabe duda de que iba vestido como lo que era; zamarra y calzón de paño basto y ordinario, como cumple a los pastores; pero tenía rostro muy agradable, no de la gallardía del de Saúl, sino suave, dulce y atractivo (v. 12): Era rubio (o, mejor, sonrosado), hermoso de ojos y de buena presencia. Aun cuando no usaba afeites ni otros artificios para realzar su hermosura, ya que por su empleo estaba expuesto al sol y al viento, tenía la tez sonrosada, e incluso cierto sonrojo de modestia, al ser presentado a Samuel, lo cual le haría parecer todavía más hermoso.
4. La unción de David. El Señor le había dicho a Samuel al oído, como lo había hecho antes (9:15), que éste era al que había de ungir; con esto daba a entender: (A) Una designación divina del gobierno que había de ejercitar a su debido tiempo. (B) Una comunicación divina de gracias y dones, a fin de capacitarlo para el gobierno y hacerle tipo del que había de ser el Mesías, esto es, el Ungido, quien recibió el Espíritu, no con medida, sino sin medida (Jn. 3:34). Se nos dice (v. 13) que Samuel lo ungió en medio de sus hermanos, es decir, en presencia de sus hermanos. Hasta qué punto comprendieron sus hermanos, y aun él mismo, lo que esta unción significaba, es muy difícil averiguarlo. Por lo menos Eliab (17:28) ciertamente no lo entendió. El Dr. Lightfoot deduce que David tenía entonces unos veinticinco años y que sus apuros, a causa de los celos de Saúl, duraron unos cinco años.
5. El feliz resultado de esta unión (v. 13): Y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David. La unción de David no fue una ceremonia meramente exterior, vacía de contenido, sino que con el símbolo instituido vino sobre él el poder de Dios y se halló a sí mismo creciendo interiormente en sabiduría, bravura e interés por el pueblo, aun cuando las circunstancias exteriores le fueran por algún tiempo adversas. Hay quienes opinan que su valentía en matar al león y al oso, y su extraordinaria destreza en el arte musical, fueron efectos y evidencias de que el Espíritu había venido sobre él con poder.
6. Una vez realizada la unción de David, Samuel se fue a Ramá sin novedad y, desde entonces, sólo una vez (19:18) volvemos a oír de él hasta que se nos entera de su muerte; se retira ahora para morir en paz, pues sus ojos han visto el cetro llevado ya a la tribu de Judá.
Versículos 14–23
Ahora vemos a Saúl que cae y a David se eleva.
I. Saúl comienza a ser atormentado en su interior (v. 14): El Espíritu de Jehová se había apartado de Saúl. Perdió todas sus buenas cualidades. Ello fue efecto de haber rechazado a Dios y evidencia de haber sido rechazado por Dios. La consecuencia inmediata de esto fue que le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová. Quienes, por su maldad, echan de sí al buen Espíritu se convierten, por supuesto, en fácil presa del mal espíritu. Se tornó melancólico, asustado, descontento, temeroso, suspicaz y tembloroso.
II. David viene ahora a ser una especie de médico que le ayudó contra la peor de las enfermedades, lo cual ninguna otra persona podía hacer.
1. Los criados de la corte recomendaron a Saúl (v. 16) como remedio para su mal el empleo de la música: «Busquen a alguno que sepa tocar el arpa» (mejor, la cítara, de donde procede «guitarra», aunque el hebreo kinur significa hoy «violín»). Los criados de Saúl no hicieron mal en recomendarle un músico para levantarle el ánimo, aunque mejor habría sido recomendarle un profeta que le diera buen consejo junto con la música.
2. Uno de los criados le recomendó a David como persona diestra en el uso de instrumentos musicales, no imaginándose ni de lejos que éste era el hombre al que se refería Samuel cuando le dijo a Saúl que un prójimo suyo, mejor que él, había de recibir el reino (15:28). Aunque David regresó, después de su unción, a su oficio de pastor, la obra del Espíritu, significada por el aceite, no pudo quedar escondida, sino que le hizo brillar en medio de la oscuridad, de forma que sus vecinos observaron con asombro los grandes progresos que su talento mostraba de repente. David, incluso con su zamarra de pastor, se ha convertido en un oráculo, en un campeón y en todo cuanto hace grande a una persona. Su fama llegó pronto a la corte, pues Saúl buscaba con empeño a jóvenes que tuviesen tales cualidades (14:52). Cuando el Espíritu de Dios viene sobre un hombre, hace que le brille el rostro.
Así que David fue enviado a la corte. (A) Su padre le dio permiso de muy buena gana para que marchase y le dejó partir en seguida, dándole un presente para Saúl (v. 20). El presente fue, conforme a la costumbre de aquel tiempo, pan y vino (comp. 10:3, 4), dignos de ser aceptados por ser expresión de homenaje y pleitesía de parte del que los enviaba. (B) Saúl le cobró mucho afecto, y le hizo paje de armas (v. 21). Luego envió a decir a su padre que le dejase continuar a su servicio (v. 22): Yo te ruego que esté David conmigo. La música de David era el remedio de Saúl. La música tiene la virtud especial de aquietar y alegrar la mente perturbada y entristecida. En algunas personas hace mayor efecto que en otras, y probablemente Saúl era de las que reciben gran beneficio de la música. Era un sedante para su espíritu y un alivio para los ataques con que el mal espíritu le atormentaba. No es que la música tenga un poder directo contra el diablo, pero sirve, muchas veces, para cerrar las puertas por las que el diablo tiene acceso a la mente humana. Incluso después de haberle entrado aquellos celos tan tremendos contra David, hallamos que ninguna otra persona podía prestarle este servicio sino él (19:9, 10).
David era el hombre a quien Dios se deleita en honrar, pues es el hombre a quien ha escogido. En la corte era el médico de Saúl, pero en el campamento de Israel fue el campeón, pues allí luchó bravamente y acabó con el gigante Goliat de Gat I. Qué aterradora figura presenta Goliat y con qué atrevimiento reta a las tropas de Israel (vv. 1–11). II. Qué humilde figura presenta David cuando la Providencia lo trae al campamento (vv. 12–30). III. La bravura sin par con la que tomó a pechos David salir al encuentro de este filisteo (vv. 31–39). IV. La piadosa resolución con que le atacó (vv. 40–47). V. La gloriosa victoria que obtuvo sobre él con una honda y una piedra y el triunfo que alcanzaron con ello los israelitas contra los filisteos (vv. 48–54). VI. La noticia de tal hazaña llega a la corte de Saúl (vv. 55–58).
Versículos 1–11
No hacía mucho que los filisteos habían sido derrotados en toda la línea, pero aquí les vemos de nuevo empeñados en presentar batalla.
I. Vemos cómo desafiaron con sus tropas a Israel (v. 1). Descendieron hasta el país de Israel y se apoderaron, al parecer, de alguna parte del territorio pues acamparon en un lugar que es de Judá. Es probable que los filisteos se hubiesen enterado de que Saúl había caído del favor de Samuel y había sido abandonado por él, y, quizá, de que Saúl se había vuelto melancólico e incapaz de presentar batalla. Pero Saúl reunió a sus hombres y se dispuso a luchar contra los filisteos (vv. 2, 3). El espíritu malo se había apartado, de momento, de él (16:23). El arpa de David le había proporcionado gran alivio, y hasta es posible que la noticia del ataque del enemigo y los preparativos para la batalla impidiesen que le volviese la melancolía, contra la cual es buen antídoto la ocupación. David había regresado a Belén a cuidar el rebaño de su padre, esto fue un raro ejemplo de humildad y afecto a sus padres en un joven que disfrutaba del favor del rey.
II. Vemos también cómo desafiaron los filisteos a Israel y usaron para ello a su gran campeón, el gigante Goliat; con él esperaban recobrar la reputación y el dominio que anteriormente habían perdido. Es probable que el ejército de Israel fuese superior en número y fuerza al de los filisteos y que, por eso, desistieran de presentar batalla formal y propusieran el combate singular (como ha sucedido en muchas ocasiones históricas) de una persona de cada uno de los dos ejércitos, con ello esperaban obtener la victoria, ya que poseían un campeón excepcional. Respecto de este campeón se nos dicen:
1. Su extraordinaria estatura. Era uno de los hijos de Anac quienes ocupaban Gat en tiempos de Josué (Jos. 11:22). Su altura se indica en codos y palmos: tenía seis codos y un palmo (v. 4). El codo tenía unos 45 centímetros, el palmo, unos 22. Así que Goliat medía unos 2, 92 metros de altura. Era una estatura extraordinaria, pero no monstruosa.
2. Las medidas de su armadura (vv. 5–7): Traía un casco de bronce en su cabeza y llevaba una cota de malla, hecha de láminas de bronce, unas sobre otras como las escamas de un pez; comoquiera que sus piernas alcanzarían la altura equivalente a la estatura de un hombre normal, las llevaba cubiertas con grebas de bronce. También llevaba una jabalina de bronce entre sus hombros, es decir, colgada a la espalda. Se nos dice que la cota pesaba cinco mil siclos de bronce, es decir, unos 57 kilogramos. Sus armas ofensivas eran igualmente extraordinarias, de las que sólo la lanza se describe aquí (v. 7): El asta de su lanza era como un rodillo de telar. Solamente el hierro de su lanza pesaba 600 siclos, esto es, unos siete kilogramos. Así que podía manejar con el brazo un arma que cualquier otro hombre escasamente podía alzar del suelo. El escudo lo llevaba, delante de él, su escudero, no porque él lo necesitase para defenderse, puesto que iba prácticamente vestido de bronce, sino, probablemente, para infundir más respeto.
3. El reto que lanzó. Habiéndole escogido los filisteos por campeón, a fin de salvarse del albur de una lucha desigual, arroja él el guante y desafía a las tropas de Israel (vv. 8–10). Descendió al valle que había entre los dos campamentos y, como su voz sería mucho más fuerte que la de otros, como lo era su brazo, gritó de forma que todos le oyeran (v. 8): «Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí». Al mirar con desdén al ejército de Israel, les desafía a que hallen entre ellos un hombre lo suficientemente valiente para entrar en liza con él. (A) Les increpa como si fuese una insensatez el haber reunido todo un ejército. (B) Propone jugar la guerra a la carta del duelo singular de un hombre contra otro (v. 9): «Si vuestro campeón me mata, seremos vuestros siervos; si yo le mato a él, seréis nuestros siervos». Como dice el obispo Patrick, esto era, en el fondo, una fanfarronada. La paráfrasis caldea le describe jactándose de ser el que había matado a Ofní y Fineés y se había llevado cautiva el Arca.
4. El terror que este reto infundió a las tropas de Israel (v. 11): Oyendo Saúl y todo Israel estas palabras del filisteo, se turbaron y tuvieron gran miedo. Quizás el pueblo no habría desmayado tanto si no hubiese observado que a Saúl le faltaba el valor. No es de esperar que los soldados sean valientes cuando el general que los manda es cobarde. Jonatán debe permanecer quieto, porque el honor de enfrentarse con Goliat está reservado a David.
Versículos 12–30
Durante cuarenta días acamparon los dos ejércitos, el uno enfrente del otro, aunque no se puede descartar que hubiese escaramuzas entre algunas partidas sueltas. Mientras tanto (v. 16), el filisteo repetía su reto por la mañana y por la tarde. También durante todo este tiempo continuaba David al cuidado de las ovejas de su padre, pero al término de esos días la Providencia lo trae al campo de batalla para ganar y llevarse el laurel que ningún otro israelita se aventura a ganar.
I. La situación de su familia. Su padre era anciano (v. 12). Sus tres hermanos mayores, quienes estaban posiblemente envidiosos del lugar que ocupaba él en la corte, consiguieron que su padre lo dejase en casa, mientras salían ellos con las tropas al campo de batalla, donde esperaban señalarse y eclipsarle a él (vv. 13, 14), mientras David regresa a las fatigas y, por lo que se ve (v. 34), a los peligros de cuidar las ovejas de su padre. El texto silencia misteriosamente dónde se hallaban los restantes tres hermanos.
II. El recado que su padre le dio de ir a visitar a sus hermanos en el campamento. Debía llevarles pan y queso; diez panes con un efá de trigo tostado para sus hermanos (v. 17) y diez quesos para el coronel («jefe de mil») del regimiento (v. 18). David tiene que ser todavía el ganapán de la familia, a pesar de ser el miembro más distinguido de ella. No tenía bajo su mando ni un asno que le llevase la carga, sino que había de llevarla a la espalda y marchar deprisa con ella al campamento (v. 20). Debía observar cómo estaban de salud sus hermanos y «tomar prendas de ellos», es decir, respuesta o señal de recibo de parte de ellos.
III. Obediencia concienzuda de David; había aprendido muy bien a obedecer, antes de ser promovido a mandar. La providencia de Dios le trajo al campamento muy oportunamente, precisamente cuando se pusieron en orden de batalla Israel y los filisteos (v. 21). Ambos lados se disponían ahora a luchar. Vemos ahora:
1. Qué vivo y activo era David (v. 22). Aunque había hecho un largo viaje con una pesada carga,
corrió al ejército para ver lo que pasaba y cómo estaban sus hermanos.
2. Cuán osado y atrevido era el filisteo (v. 23). Ahora que los dos ejércitos estaban ya en orden de batalla, aparecía una vez más para repetir su reto.
3. Qué miedosos y acobardados estaban los hombres de Israel. Cuando se acercó Goliat todos los varones de Israel que veían aquel hombre huían de su presencia y tenían gran temor (v. 24).
4. Cuán alto ponía Saúl el premio para un campeón. Quien venza al filisteo será favorecido por el rey en la forma más espléndida de que el rey es capaz (v. 25).
5. Cuán interesado estaba David en afirmar el honor de Dios y de Israel contra el desvergonzado reto de este gigante. Parece ser que fueron dos consideraciones las que hicieron hervir la santa indignación de David: (A) Que el retador era un incircunciso, extraño al verdadero Dios y a su pacto. (B) Que los retados eran los ejércitos del Dios vivo, dedicados a Él, empleados por Él y para Él, de forma que la afrenta hecha a ellos afectaba de rechazo a Dios mismo, y esto no lo podía soportar David. Por eso, cuando le notificaron la recompensa ofrecida por matar al filisteo (v. 27), preguntó a otros (v. 30) con el mismo interés, y a la espera de que sus palabras llegaran finalmente a los oídos de Saúl.
6. Cómo trató su hermano mayor Eliab de desanimarle dirigiéndole injustos reproches (v. 28). En ello vemos: (A) Un fruto de los celos de Eliab, quien era el hermano mayor, mientras que David era el más joven de todos. Le dolía a Eliab escuchar de labios de su hermano menor unas frases tan atrevidas que él mismo no se había arriesgado a pronunciar contra el filisteo. Sus celos eran tan grandes, que parecía como si prefiriese que Goliat triunfase sobre Israel antes que fuese su hermano David quien triunfase sobre el filisteo. Por lo que dijo, Eliab quería que los que estaban con él considerasen a David como un joven perezoso y orgulloso. Le da a entender que su obligación es cuidar las ovejas, e insinúa falsamente que era un pastor infiel y despreocupado. (B) Una prueba para la mansedumbre, la paciencia y la constancia de David. Fue una prueba de breve duración, y en ella se mostró él digno de completa aprobación, puesto
que: (a) Soportó la provocación con ánimo admirable (v. 29): «¿Qué he hecho yo ahora?» Tenía de su parte la razón y el derecho, lo sabía bien y, por eso, con una respuesta suave aplacó la ira de su hermano. Este dominio de sí mismo fue, en muchos aspectos, más honroso que el dominio que ejercitó sobre Goliat. (b) Siguió adelante en su propósito con admirable resolución. La mala voluntad de su hermano no había de quitarle la idea de aceptar el reto del filisteo.
Versículos 31–39
Por fin, David es presentado a Saúl como campeón de Israel (v. 31) y él acepta bravamente la empresa de luchar con el filisteo (v. 32). Un modesto pastor, llegado aquella misma mañana de guardar las ovejas, resulta más valiente que todos los hombres de guerra de Israel y les da ánimos. Dos cosas tenía que hacer David en su encuentro con Saúl:
I. Deshacerse de la objeción que Saúl le hizo en contra de esta empresa. «¡Ay!—viene a decir Saúl—, tienes grandes ánimos, pero en modo alguno puedes enfrentarte con ese filisteo.» Para responder a esta objeción, David recurre a la experiencia; aunque es cierto que era un muchacho y no estaba avezado a la guerra, quizás había hecho algo más difícil que matar a Goliat, puesto que, con la ayuda de Dios, había tenido valor y fuerza suficientes para dominar y matar, en varias ocasiones, a un león y a un oso, arrebatándoles la presa que habían tomado del rebaño (vv. 34–36). Compara al filisteo con esas fieras, teniéndole por una bestia semejante al león y al oso y, por consiguiente, no duda de que saldrá igualmente victorioso de él; con ello le da a entender a Saúl que no era un muchacho tan inexperto como suponía Saúl.
1. Le refiere unos episodios que le muestran como hombre animoso y concienzudo. Cuando David guardaba el rebaño: (A) Se mostraba muy diligente y con mucho interés por el bien de su rebaño. No podía ver a un cordero en apuros sin que se lanzase a arriesgar su propia vida para rescatarle de las fieras. Estas cualidades le equipaban de modo estupendo para el oficio de rey, para quien las vidas de sus súbditos deben ser preciosas (Sal. 72:14); así resultaba un espléndido tipo de Cristo, el Buen Pastor (Jn. 10), que recoge en su brazo los corderos y los lleva en su seno (Is. 40:11), y que no sólo arriesgó, sino que dio su vida por sus ovejas. (B) Se mostraba muy valiente en la defensa de su rebaño (v. 36): «Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba».
2. Le refiere unos episodios que le muestran como hombre de fe. Reconoce (v. 37) que Jehová le había librado de las garras del león y de las garras del oso; a Él le da la gloria y la alabanza por tan grandes logros; y de ahí infiere: «Él también me librará de la mano de este filisteo».
3. Con estas razones, apoyadas en la propia experiencia, deshace la objeción de Saúl y gana su consentimiento para luchar contra el filisteo (v. 37): «Y dijo Saúl a David. Ve, y Jehová esté contigo».
II. Deshacerse de la armadura con la que Saúl quería, a todo trance, que se vistiera para llevar a cabo tan difícil empresa (v. 38). Al no estar todavía seguro de los medios que había de emplear para atacar a su enemigo, David se ciñó la espada (v. 39) después de estar vestido con todas las armas defensivas, pero se dio cuenta de que no podía ni andar con tales impedimentos, que le iban a servir de carga más que de defensa. Así que echó de sí aquellas cosas, y dijo: «Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué».
Versículos 40–47
I. Preparaciones hechas por ambas partes para el encuentro. Goliat estaba ya preparado, como lo había estado cotidianamente durante cuarenta días. Bien podía andar con su armadura, pues lo había probado suficientemente. Pero, ¿cuáles eran las armas y municiones de que iba provisto David? Ciertamente ningunas otras, sino las que había llevado como pastor; no coraza, sino zamarra; no lanza, sino cayado; no espada ni arco, sino su honda; no flechas, sino cinco piedras lisas del arroyo (v. 40). Con esto demostraba que toda su confianza estaba puesta puramente en el poder de Dios.
II. La conversación que precedió al encuentro:
1. Goliat se mostró orgulloso, despectivo y fanfarrón. Obsérvese: (A) Con qué desprecio miró a su adversario (v. 42). Observó que era un muchacho, y rubio y de hermoso aspecto, más apropiado para acompañar a las doncellas de Israel en sus danzas que para conducir a los varones de Israel en sus batallas. También observó sus arreos con gran enojo (v. 43): «¿Acaso soy un perro para que vengas a mí con palos?» (B) Con qué confianza presumió de salir victorioso. Maldijo a David por sus dioses y añadió (v. 44): «Ven a mí y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo; esa carne tan tierna va a ser para ellas un delicioso banquete».
2. Cuán piadosa fue la contestación de David. Su respuesta no sabe a ostentación de ninguna forma, sino que Dios es todo en todo en ella (vv. 45–47). (A) Hace derivar su autoridad de la de Dios: «Yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, por la gracia especial de su pacto, el Dios de los escuadrones de Israel». Mientras Goliat confiaba en su espada y en su lanza, David confiaba solamente en el nombre de Dios. (B) Hace depender de Dios el éxito (v. 46). David habla con la misma seguridad que Goliat, pero sobre base más firme; es su fe la que le hace decir: «Jehová te entregará hoy en mi mano, y no sólo tu carne, sino también los cuerpos de los filisteos daré a las aves del cielo y a las bestias de la tierra». (C) Dedica a Dios la alabanza y la gloria de esta empresa: (a) Todo el mundo sabrá que hay un Dios y que el Dios de Israel es el único Dios vivo y verdadero, y que todas las demás supuestas deidades no son sino vanidad y mentira. (b) Todo Israel sabrá que Jehová no salva con espada y con lanza (v. 47), sino que puede salvar, cuando le place, con ellas o contra ellas (Sal. 46:9). David se apresta a este combate más como un sacerdote que va a ofrecer un sacrificio a la justicia de Dios, que como un soldado que va a enfrentarse con un enemigo de su país.
Versículos 48–58
I. El encuentro entre los dos adalides (v. 48). El filisteo avanzó con gran pompa y majestad; aunque, para él, David es un pigmeo, echó a andar hacia él cubierto materialmente de bronce y hierro como una montaña de metal. David avanzó con no menos ánimo y actividad, como quien está más interesado en la ejecución del enemigo que en lanzar bravatas y poner gesto solemne: «David se dio prisa y corrió a la línea de batalla contra el filisteo». Como iba vestido más ligero, podía ir más deprisa. Podemos imaginarnos con cuánta compasión verían los israelitas a un muchacho tan tierno metiéndose, como suele decirse, en la boca del lobo, pero él sabía en quién creía y por quién actuaba.
II. La caída de Goliat en este encuentro. No tenía prisa, pues no tenía miedo, sino que confiaba en rebañarle la cabeza a David al primer golpe de su espada; pero, mientras Goliat se preparaba despacio y con solemnidad, David actuó rápidamente y sin aspavientos: le lanzó con la honda una piedra a la frente, la cual, en un abrir y cerrar de ojos, dio con Goliat en tierra (v. 49). Goliat sabía que había buenos honderos en Israel (Jue. 20:16); no obstante, fue tan olvidadizo o tan presuntuoso que dejó abierta la visera de su yelmo. Para completar su ejecución, sacó David la espada del filisteo y, con ambas manos, le cortó con ella la cabeza (v. 51). La victoria de David sobre Goliat fue tipo de los triunfos del Hijo de David sobre Satanás y los poderes de las tinieblas, a los que despojó y los exhibió públicamente (Col. 2:15); también nosotros triunfaremos enteramente (Ro. 8:37, lit.) por medio de aquel que nos amó.
III. La derrota de los filisteos como consecuencia de la muerte de su adalid. Como dependían enteramente de la fuerza de su paladín, al verle muerto, no pensaron siquiera en tirar las armas y entregarse por siervos (v. 9), como el propio Goliat había prometido, sino que pusieron pies en polvorosa, completamente desanimados y pensando que mal podían oponerse a un hombre ante quien su gran campeón había caído: «Cuando los filisteos vieron a su paladín muerto, huyeron» (v. 51). Esto animó a los israelitas, quienes gritaron y siguieron a los filisteos (v. 52). Después de derrotarlos, saquearon su campamento (v. 53), y se enriquecieron con el botín.
IV. Uso que de los trofeos hizo David (v. 54). Trajo a Jerusalén la cabeza del filisteo, a fin de infundir terror a los yebuseos, en cuyas manos estaba todavía la fortaleza de Sion, pero las armas de Goliat las puso en su tienda; solamente la espada fue conservada detrás del efod en el tabernáculo, como dedicada a Dios (21:9).
V. La fama que cobró David. Saúl se había olvidado de él, debido a su enfermedad mental (pues sólo a pérdida de la memoria puede achacarse la ignorancia que aparece en Él v. 58), sin imaginarse que su músico hubiese tenido bravura suficiente para enfrentarse a Goliat. Abner era anteriormente un desconocido para David, pero le tomó y lo presentó a Saúl (v. 57), y él se identificó modestamente ante el rey (v. 58): Yo soy hijo de tu siervo Isaí de Belén. Así fue presentado a la corte con mucho mayor prestigio que antes, en lo cual pudo él reconocer la mano de Dios que llevaba a cabo todas las cosas en su favor.
I. El provecho que sus triunfos le reportaron a David, pues pronto se convirtió en: 1. Siervo permanente de Saúl (v. 2). 2. Amigo íntimo y pactado de Jonatán (vv. 1, 3, 4). 3. El hombre más apreciado del país (vv. 5, 7, 16). II. Las dificultades que le ocasionaron sus triunfos: 1. Saúl le aborreció y trató de matarle (vv. 8–11). 2. Pero le tuvo miedo y procuró acabar por otros medios (vv. 12–17). Le propuso darle su hija por esposa, pero: (A) Le engañó, y no le dio la mayor para provocarle (v. 19); y (B) Le dio la menor bajo condiciones que habían de poner en peligro su vida (vv. 20–25). III. Sin embargo, David cumplió bravamente las condiciones impuestas (vv. 26–27) y se hizo de estimar más y más (vv. 28–30).
Versículos 1–5
David había sido ungido para tomar la corona de la mano de Saúl y de sobre la cabeza de Jonatán; sin embargo, tenemos:
I. Que Saúl, quien estaba ahora en posesión de la corona, puso en él su confianza, lo cual ordenó así el Señor a fin de que, mediante su promoción a la corte, pudiera prepararse para su futuro servicio. Saúl le retuvo y no le permitió volver a casa de su padre (v. 2). También le puso sobre gente de guerra (v. 5). No es que le hiciera general del ejército (este cargo lo ocupaba Abner), sino, quizá, capitán de su guardia. Le empleó en asuntos del gobierno: Y salía David adondequiera que Saúl le enviaba. Buen siervo, para llegar a ser buen amo.
II. Que Jonatán, el heredero de la corona, entró en pacto con él, lo cual ordenó Dios así, para que el camino de David quedase expedito, al ser amigo suyo su rival.
1. Jonatán concibió hacia él un afecto extraordinario y duradero (v. 1): El alma de Jonatán quedó ligada (lit. se apegó a) con la de David. En un episodio anterior, Jonatán se había lanzado contra el ejército filisteo con la misma fe y la misma valentía con que David había atacado ahora a un gigante filisteo; de forma que había entre los dos una gran semejanza. Nadie tenía mayor motivo para aborrecer a David que Jonatán, ya que, por causa de David, iba a ser privado él de la corona; no obstante, lo amó como a sí mismo.
2. Mostró el amor que le tenía haciéndole un regalo extraordinario (v. 4). Procuró que se acostumbrase rápidamente a las funciones de un príncipe de la corte, pues le dio un manto, y a las de soldado, pues le dio su espada, su arco y su talabarte, para sustituir así a la honda y al cayado de pastor. La armadura de Saúl no le iba bien a David, pero sí la de Jonatán. Parece ser que sus cuerpos eran aproximadamente de la misma estatura, circunstancia que estaba bien de acuerdo con la semejanza de sus mentes. David aparece, así, con las ropas de Jonatán, para que todos se den cuenta de que es como un doble de Jonatán. En el oriente, entregar a otro los propios vestidos es una acción simbólica que expresa la donación de la propia persona. Así también, nuestro Señor Jesucristo, por el amor que nos tuvo, se despojó a sí mismo y se vació (Fil. 2:6–7) a fin de enriquecernos (2 Co. 8:9); pero hizo más que Jonatán, pues se vistió de nuestros harapos (v. 2 Co. 5:21), mientras que Jonatán no se puso las ropas de David.
3. A fin de perpetuar el afecto que sentía hacia David, quiso confirmar con un pacto esta amistad (v. 3).
III. Que tanto la corte como el país acordaron bendecirle de consuno. Y ciertamente es un ejemplo maravilloso del poder de la gracia de Dios el que David se viese colmado de repente de respeto y honor sin que se ensoberbeciera. Los que ascienden muy deprisa necesitan buena cabeza para evitar el vértigo, y buen corazón para no despreciar la escalera.
Versículos 6–11
Ahora empiezan las dificultades de David, no sólo pisándoles los talones a los triunfos, sino precisamente al surgir a causa de ellos.
I. Fue engrandecido extraordinariamente por el pueblo llano. Algún tiempo después de su triunfo, salió también Saúl en marcha triunfal por las ciudades de Israel. Y cuando entraba en algún lugar, cantaban las mujeres un cántico que decía así: Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles (v. 7).
II. Esto desagradó enormemente a Saúl y le hizo envidiar a David (vv. 8, 9). Aunque la susceptibilidad de Saúl le hizo reaccionar en una medida desproporcionada, no se puede ocultar que estas mujeres cometieron una gran indiscreción al exaltar así al súbdito a costa del soberano. Al matar a Goliat, David había matado a decenas de millares de filisteos el mismo día y causó la derrota de todo el ejército enemigo. Saúl expresó su desagrado de la manera siguiente (v. 8): «A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino».
III. En su furia, Saúl intenta dar muerte a David (vv. 10, 11).
1. Volvieron sobre él los ataques de frenesí. Quienes ceden a la envidia y al odio dan lugar al diablo y preparan la casa para la entrada de los malos espíritus, los siete que son peores que el anterior que se marchó y después vuelve con ellos. Saúl parecía profetizar pero, en realidad, deliraba en medio de la casa (v. 10). Por sus gestos y expresiones, parecía estar en éxtasis, lo que podía engañar a David y hacer que bajara la guardia; quizá tenía el propósito de achacar a impulsos divinos el ataque a David, cuando la verdad era que sus impulsos furiosos procedían del Infierno, pues actuaba en él un espíritu malo.
2. Mientras tanto, David tañía con su mano como los otros días. En anteriores ocasiones la música de David había sido un sedante para la enfermedad de Saúl, pero ahora que Saúl le aborrecía con toda el alma, aquella música no producía en Saúl ningún efecto favorable.
3. Saúl aprovechó la oportunidad para intentar la muerte de David. Tenía en su mano la lanza y se la arrojó con el propósito de clavarlo con ella en la pared. Habría de esperarse, puesto que obraba con toda deliberación, que se hubiese permitido a sí mismo considerar el servicio que ahora mismo le prestaba David, ya que trataba, como ninguna otra persona podía hacerlo, de aliviarle de su mal. Compárese a David, con la cítara en la mano, con la que procura aliviar a Saúl, y a Saúl, con la lanza en la mano, con la que procura matar a David, y obsérvese, así, la mansedumbre y la servicialidad del perseguido pueblo de Dios, frente a la brutalidad bárbara de sus perseguidores.
4. David pudo escapar felizmente, por dos veces, del ataque de Saúl. No le devolvió el golpe arrojándole la lanza, aunque tenía valentía, fuerza suficiente y hasta razón para ofrecerle resistencia, pero no hizo otra cosa que esquivar el golpe.
Versículos 12–30
Saúl comienza las hostilidades contra David al arrojarle la lanza. Su enemistad prosigue, y David soporta sus ataques.
I. Cómo expresó Saúl su animosidad contra David.
1. Saúl estaba temeroso de David (v. 12). Tenía temor de David, como Herodes lo tenía del Bautista (Mr. 6:20). Se daba cuenta de que había perdido el favor de Dios hacia él, mientras que David había ganado ese favor; por esta razón le temía. El medio para ser temido y amado a un mismo tiempo; temido de aquellos a quienes desearíamos aterrorizar, y amado de aquellos a quienes desearíamos deleitar, es conducirse con prudencia en todo (vv. 5, 14).
2. Le apartó de la corte y le dio un empleo militar, nombrándole jefe de mil (v. 13), algo así como coronel, a fin de que no suscitara el interés de los cortesanos. Pero fue una medida impolítica, porque le dio a David la oportunidad de congraciarse con el pueblo, que le amaba, porque él salía y entraba delante de ellos (v. 13).
3. Le incitó a que aprovechase todas las oportunidades de pelear con los filisteos (v. 17), dándole a entender que prestaría así grandes servicios a su príncipe y a su Dios además ése era el medio de ganarse la mano de la hija mayor de Saúl, como había prometido el rey.
4. Hizo cuanto pudo para provocarle, pues quebrantó la promesa que había hecho ya que dio a otro la hija mayor.
5. Al quedar David decepcionado por el quebrantamiento de la promesa, Saúl le ofreció la hija menor.
(A) Quizás esperaba que, incluso después de estar casada con David, se pusiera ella de parte de su padre y contra su marido. (B) La condición para este matrimonio con la hija menor era que había de matar cien filisteos y, como prueba de que los muertos eran incircuncisos, había de presentar sus prepucios. De esta manera esperaba Saúl que, aun cuando David tuviese éxito en dicha acción, atraería sobre sí la ira vengativa de los filisteos (v. 25): Saúl pensaba hacer caer a David en manos de los filisteos. Según el texto hebreo, David mató 200 filisteos (v. 27), pero la versión griega dice 100; en todo caso, 2 S. 3:14 dice expresamente que el número de prepucios presentados por David fue 100. (a) Por los versículos 17 y 21 vemos que Saúl no se atrevía a poner su mano de nuevo contra David (por miedo—v. 12—más que por conciencia); por eso, dejaba en manos de los filisteos acabar con él (v. 17): No será mi mano contra él, sino que será contra él la mano de los filisteos. (b) Incluso cuando planeaba la ruina de David, Saúl pretendía aparecer como que le estaba dando muestras de extraordinaria amabilidad, pues le dice (v. 21): Tú serás mi yerno hoy.
II. Cómo se condujo David cuando la marea del desagrado de Saúl hacia él alcanzaba proporciones tan gigantescas.
1. David se conducía prudentemente en todos sus asuntos (v. 14).
No se quejó de la dureza de las condiciones impuestas, ni se convirtió en jefe de un partido antigubernamental, sino que desempeñó todos los cargos que le fueron encomendados como quien tiene el mayor interés en servir a su rey y a su nación. Y Jehová estaba con él para darle éxito en todas sus empresas.
2. Cuando se le propuso ser yerno del rey, una y otra vez recibió la propuesta con la mayor modestia y humildad posible. (A) Qué alto habla del honor que se le ofrece (v. 21): «¿Os parece a vosotros que es poco ser yerno del rey?», les dice a los criados de Saúl. El verdadero creyente, lejos de ser rudo y de malas maneras, debe ser considerado y respetuoso, pagando honor al que se le debe honor (Ro. 13:7). (B) Qué bajo habla de sí: «Yo soy un hombre pobre y de ninguna estima». Por mucho que Dios nos engrandezca, no es conveniente tener baja opinión de nosotros mismos.
3. Cuando David cumplió la condición de presentar 100 prepucios de filisteos, para llegar a ser yerno del rey (v. 26), no sospechaba que el rey buscase su mal en dicha empresa. Sabía que Dios estaba con el y, por eso, fuesen cuales fuesen los propósitos y las esperanzas de Saúl David no tuvo miedo de caer en manos de los filisteos a pesar de lo mucho que se exponía al llevar a cabo tal empresa.
4. Incluso después de estar casado con la hija del rey, David continuó prestando sus buenos servicios a Israel. Cuando los príncipes de los filisteos salieron a campaña una y otra vez, David estuvo siempre presto a hacerles frente y tenía más éxito que todos los siervos de Saúl (v. 30). La ley dispensaba de ir a la guerra durante el primer año del matrimonio (Dt. 24:5), pero David amaba a su país demasiado como para hacer uso de tal dispensa.
III. Cómo sacó Dios bienes para David aun de los malos planes de Saúl contra él. 1. Saúl le dio su hija para que le sirviera de lazo y de trampa. Pero en este punto le salieron mal a Saúl sus planes. 2. Saúl pensaba que, encargándole servicios peligrosos, se desharía de él, pero cuantas más batallas libraba contra los filisteos, más famoso se hacía su nombre (v. 30), con lo que el futuro acceso al trono se le hacía más fácil.
Inmediatamente después de su matrimonio, la muerte de David estaba jurada. Cuatro veces escapó de la espada de Saúl: la primera, por la prudente mediación de Jonatán (vv. 1–7); la segunda, por su propia calma (vv. 8–10); la tercera, por la fidelidad de su esposa Mical (vv. 11–17); la cuarta, por la protección de Samuel, con un cambio que Saúl experimentó momentáneamente (vv. 18–24).
Versículos 1–7
Saúl y Jonatán presentan aquí caracteres contrapuestos con referencia a David.
I. Nunca hubo un enemigo tan sin razón cruel como Saúl. Sus planes para deshacerse de David le fracasaban, pero eso le enfurecía más aún y llegó a apelar a la lealtad que le debían a la corona sus hijos y sus siervos, a fin de que le ayudasen a acabar con David a la primera oportunidad que tuviesen. Es extraño que, al saber bien cuánto amaba Jonatán a David, esperase de él que matase a su mejor amigo; pensaba, sin duda, que, al ser Jonatán el heredero del trono, debía tenerle a David la misma envidia que él le tenía.
II. Nunca hubo un amigo tan sorprendentemente fiel como Jonatán. No sólo continuó estimando a David como al principio, aun cuando la gloria de David eclipsaba a la suya propia, sino que tomó partido bravamente a favor de él ahora que la corriente iba tan fuertemente en contra suya.
1. La primera medida que tomó en pro de la seguridad de David fue notificarle el peligro que corría (v. 2).
2. Tomó a pecho aplacar a su padre y tratar de reconciliarle con David, para lo cual se aventuró a hablarle acerca de David a la mañana siguiente (v. 3).
(A) Su intercesión a favor de David fue muy prudente. Apeló: (a) A los buenos servicios que David había prestado al pueblo y especialmente, a Saúl, como lo demostraban el alivio que le había proporcionado, por medio de la música, en su enfermedad, y su valiente encuentro con Goliat en aquella memorable acción, con la que, en realidad, salvó la vida y el reino de Saúl. (b) También apeló a la inocencia de David. Si se le daba muerte, era sin causa alguna. Jonatán no quería implicar a su familia en un hecho tan criminal y vergonzoso como el derramamiento de sangre inocente.
(B) Su intercesión, a fuerza de su misma prudencia, surtió de momento su efecto. Dios inclinó el corazón de Saúl para que prestase atención a las palabras de Jonatán. (a) Revocó la cruenta orden de su ejecución (v. 6): Vive Jehová, que no morirá. Podemos suponer que habló así llevado de la impresión que le causaron de momento las palabras de Jonatán, pero pronto prevaleció su corrupción sobre su convicción. (b) También le otorgó de nuevo su puesto en la corte. Jonatán le llevó a Saúl, y estuvo delante de él como antes (v. 7), y en la confianza de que la tormenta hubiese amainado definitivamente.
Versículos 8–10
I. David continúa prestando sus buenos servicios a su rey y a su país. 1. Usa su espada con la misma valentía de siempre en servicio de su nación (v. 8). De nuevo estalló la guerra contra los filisteos, lo que dio a David otra oportunidad de señalarse. 2. Usa su arpa con la misma alegre maestría de siempre en servicio de su príncipe. Cuando Saúl sufría sus ataques de melancolía, David tocaba el arpa para aliviarle (v. 9). Había aprendido a devolver bien por mal y a confiar en Dios, en cuanto a su seguridad personal, mientras cumplía con su deber.
II. Saúl continúa albergando malos sentimientos contra David. El mismo que había jurado por Jehová, hacía poco, que David no moriría, ahora se empeña de nuevo en matarle él mismo. El miedo y la envidia eran para Saúl un tormento tan tremendo que no podía estar con una lanza en la mano, supuestamente para su protección sin que la empleara para intentar la destrucción de David; pues de nuevo trató de clavarlo con ella en la pared, arrojándosela con tanta fuerza que la clavó efectivamente en la pared, pero no a David (v. 10).
III. Dios continúa protegiendo a David y saca bienes de males a favor de él. Saúl erró el golpe porque David era demasiado rápido para él y escapó a tiempo aquella noche. A estas preservaciones de Dios, entre otras, se refiere David frecuentemente en sus salmos, cuando dice que Dios era su escudo y adarga, su roca y su fortaleza, que libraba de la muerte su alma.
Versículos 11–17
I. Nuevo intento de Saúl de acabar con David. Después que David escapó del golpe de la lanza, Saúl envió algunos de sus guardias para que vigilasen a las puertas de la casa de David y le asesinasen por la mañana tan pronto como él se levantase (v. 11).
II. Maravillosa liberación de David del peligro que se cernía contra él. Su esposa Mical, que Saúl le había dado con la intención de que fuese para David una trampa en que cayera su vida, demostró ser su protectora y ayudadora, pues fue el instrumento para que escapara de la muerte. Al conocer el odio que su padre había concebido contra David, pronto sospechó lo que se tramaba y se dispuso a tomar las medidas para poner a salvo a su marido.
1. Sacó a David del peligro, avisándole de su inminencia (v. 11): si no salvas tu vida esta noche, mañana estarás muerto. David estaba mejor versado en el arte de luchar que en el de huir, pero Mical lo descolgó por una ventana (v. 12), y así pudo huir y escapar.
2. Para salvar la vida de David, Mical practicó una estrategia especial para engañar a Saúl y a quienes él usaba como instrumento de su crueldad. Cuando se abrieron por la mañana las puertas de la casa y no apareció David, los mensajeros registraron la casa, pero Mical se adelantó a decirles que David estaba en cama enfermo (v. 14), y si así lo deseaban, podían verle (v. 13), pues ella había puesto en la cama una imagen de madera y la había acomodado de tal manera que pareciera como que David estaba en cama necesitado de calor y abrigo y en condiciones que aconsejaban que no se le hablase; el pelo de cabra sobre la almohada era para simular el pelo de David, a fin de mejorar el engaño. Cuando Saúl se enteró, dio una orden tajante (v. 15): Traédmelo en la cama para que lo mate. Pero cuando volvieron de nuevo los mensajeros, se descubrió el engaño (v. 16). Mas para entonces se hallaba David a salvo y Mical inventó ahora una mentira para justificarse de la huida de David (v. 17).
Versículos 18–24
I. Lugar de refugio de David. Cuando hubo escapado de su casa por la noche, no huyó a Belén, sino que se fue derechamente a Samuel en Ramá y le dijo todo lo que Saúl había hecho con él (v. 18). 1. Así lo hizo porque Samuel era el hombre que le había asegurado que para él sería la corona. Al huir adonde Samuel, David puso a Dios por refugio, pues se amparó en la sombra de sus alas; ¿en qué otro lugar podía una buena persona considerarse a salvo? 2. Al ser profeta, Samuel era el más apropiado para aconsejar a David lo que tenía que hacer en estos días de apuro. 3. Además, Samuel tenía allí un colegio de profetas a los que podría unirse David en las alabanzas a Dios, y éste podría ser para David el mayor alivio imaginable en la presente aflicción. En la corte de Saúl no podía hallar reposo ni satisfacción; por eso acudía a buscarlos en el santuario de Samuel.
II. Protección que halló David en este lugar (v. 18): Y él y Samuel se fueron y moraron en Nayot cerca de Ramá pues allí estaba la escuela de los profetas (Nayot significa habitaciones). Pero Saúl, enterándose de ello por medio de unos espías (v. 19), envió mensajeros para que trajeran a David (v. 20). Como éstos no le trajeron, envió otros; pero como tampoco éstos regresaron, envió otros por tercera vez (v. 21), y al no recibir tampoco noticias de éstos, fue él mismo en persona (v. 22). ¿Cómo iba a ser librado David ahora que estaba a punto de caer (como antaño su cordero) en la boca de los leones? No como libró él a su cordero, al matar al león, ni, como después fue librado Elías, mediante fuego del Cielo que consumió a los mensajeros, sino al convertir de momento los leones en corderos. En efecto:
1. Cuando llegaron los mensajeros al lugar donde se hallaba David entre los profetas, vino el Espíritu de Dios sobre los mensajeros de Saúl, y se unieron a Samuel y a quienes le acompañaban en las alabanzas de Dios. En lugar de asir a David, ellos mismos fueron asidos. Y así: (A) Dios puso a salvo a David, puesto que en el estado de exaltación en que los mensajeros se hallaban, no pudieron pensar en otra cosa y olvidaron por completo el encargo que habían recibido. (B) Dios honró a los «hijos de los profetas» y la comunión de los santos, y mostró cuán fácil le resulta poner en trance a los peores hombres por medio de las señales de su presencia en las asambleas. Véase también en esto el beneficio de las sociedades religiosas. (C) Dios engrandeció así su poder sobre el espíritu de los hombres.
2. El propio Saúl fue asido por el espíritu de profecía. Nadie podía imaginarse que un hombre tan malo fuese presa de la exaltación profética; sin embargo, lo fue igual que sus mensajeros. Pero es de advertir que su exaltación profética no tiene ahora el mismo sentido y objetivo que tuvo en el episodio narrado en 10:10–13, pues allí era para su bien con el objeto de que perdiera su timidez y quedase equipado con las cualidades que deben adornar a un príncipe y jefe militar, mientras que en este episodio que comentamos, su exaltación tenía por objeto proteger la vida de David (v. 23). En dicho estado probablemente exhausto por el trance y los movimientos, Saúl se despojó de sus vestidos (v. 24), y quedó desnudo (es decir, «en paños menores») en tierra, completamente impotente para hacer daño a David. Se repite en este versículo el proverbio ya citado en 10:12: «¿Conque también Saúl entre los profetas?» Aunque en 15:35 leímos que «nunca después vio Samuel a Saúl», puede explicarse, más bien que como una excepción, en el sentido de que, hallándose Saúl en el estado en que se nos muestra aquí, el encuentro entre ambos no tuvo importancia, puesto que ni se hablaron ni se trataron en forma alguna.
Después de haber escapado varias veces «por las justas» de la furia de Saúl, David comienza a considerar, por fin, si no le será mejor retirarse al interior del país y tomar las armas en defensa propia. Pero no se atreve a tomar esta resolución sin consultar antes a su amigo Jonatán. I. David se queja ante Jonatán de las dificultades por las que está pasando y apela al afecto que Jonatán le tiene para que venga en su ayuda (vv. 1–8). II. Jonatán, por su parte, le promete tenerle enterado de la disposición en que se halle su padre con respecto a él y renueva con él su pacto de amistad (vv. 9–23). III. Después de hacer la prueba, Jonatán halla, con gran disgusto por su parte, que su padre está implacablemente enfurecido contra David (vv. 24–34). IV. Así se lo hace saber a David, según la señal convenida entre ambos (vv.
35–42).
Versículos 1–8
I. Mientras Saúl quedaba en trance, tendido en el suelo, en Nayot, David escapa a la corte y consigue hablar con Jonatán. Fue para él una gran bendición tener en la corte tal amigo, cuando tenía en el trono tal enemigo. Si hay quien nos odie y nos desprecie, no perdamos ánimos por ello, pues también habrá quien nos ame y nos respete. 1. David apela a su inocencia delante de Jonatán (v. 1): ¿Qué he hecho yo? 2. Trata de convencerle de que, a pesar de su inocencia, Saúl intenta matarle. Jonatán, como es propio de un buen hijo, procura cubrir la vergüenza de su padre en la medida en que es posible sin traicionar su lealtad hacia David ni los valores de la justicia y de la verdad. Ante esto, David le asegura con juramento el peligro en que se halla su vida (v. 3): «Y ciertamente, vive Jehová y vive tu alma, que apenas hay un paso entre mí y la muerte».
II. Jonatán se ofrece generosamente a servir a David en lo que pueda (v. 4): «Lo que desee tu alma, haré por ti».
III. David le pide únicamente que le entere de los propósitos de su padre, de si realmente Saúl está empeñado en matarle o no.
1. La forma en que Jonatán propuso hacer la prueba fue muy sencilla. Los dos días siguientes Saúl iba a comer en público para celebrar la solemnidad de la luna nueva cuando se ofrecían especiales sacrificios y se celebraban banquetes con ocasión de los sacrificios. En estas fiestas Saúl sentaba a su mesa a todos sus hijos y a David, su yerno, con ellos, o a todos sus oficiales de alto rango, entre los que también se contaba David. Pero, fuese como fuese, David había resuelto que su asiento quedase vacío. Si Saúl admitía alguna excusa por tal ausencia, podía concluir que había cambiado de opinión y se había reconciliado con él; pero si se resentía y se enojaba por ello, era fácil concluir que tramaba algún mal contra él.
2. La excusa que David propuso a Jonatán para que la presentara a su padre era que había sido invitado por su hermano mayor para celebrar en Belén, su ciudad, el sacrificio anual junto con los demás familiares (v. 6). Parece ser que celebraban voluntariamente este sacrificio conforme a Deuteronomio 12:5–7. Es posible que esto fuese cierto, pero lo que no fue cierto es que David asistiese a tal sacrificio. Por consiguiente, la explicación que después dará Jonatán a su padre (v. 29) es una pura mentira, explicable en la situación de David, pero no justificable.
3. Los argumentos que usó para persuadir a Jonatán de que le hiciera este favor eran muy fuertes (v. 8): (A) Le recuerda el pacto de amistad que el mismo Jonatán propuso en un principio. (B) Le dice que no le urgiría a secundar su causa si no estuviese seguro de que era una causa justa. Ninguna pesona honesta urgirá a un amigo a que cometa una acción deshonesta a su favor.
Versículos 9–23
I. Jonatán confirma su lealtad hacia David en estos momentos de gran apuro para su amigo y cuñado. Le promete fielmente enterarle del estado de ánimo en que se halle su padre con respecto a él, ya sean buenas las noticias que pueda darle (v. 12), o malas (v. 13). De todos modos, le ayudará a ponerse a salvo. Jonatán añade una oración a Dios a favor de David: «Y esté Jehová contigo, como estuvo (aunque desgraciadamente ya no está) con mi padre».
II. Pide a David que, por efecto del pacto entre ambos, cuando le llegue a David la hora del triunfo, tenga misericordia de Jonatán, y de su posteridad cuando él falte (vv. 14–16). La casa de David debe igualmente quedar ligada a la casa de Jonatán de generación en generación: Hizo Jonatán pacto con la casa de David (v. 16). A este favor que le pide a David: 1. Lo llama Jonatán (v. 14) misericordia de Jehová para enfatizar su grandeza, una misericordia semejante a la que muestra Jehová. 2. Lo asegura por medio de una imprecación (v. 16): Requiéralo Jehová de la mano de los enemigos de David, si llegan éstos a mostrarse tan enemigos de David como para tratar desconsideradamente a la posteridad de Jonatán, el gran amigo de David. Al haber jurado él mismo fidelidad a David, le exige a David que le jure asimismo fidelidad a él, lo cual hizo David de muy buena gana por el afecto que le tenía y que para David era cosa sagrada. Jonatán sentía tal preocupación por este asunto que, cuando hubieron de despedirse concluyó con una solemne apelación a Dios (v. 23): «En cuanto al asunto de que tú y yo hemos hablado, esté Jehová entre nosotros dos para siempre». Fue en cumplimiento de este pacto por lo que David se mostró amable con Mefi-bóset, hijo de Jonatán (2 S. 9:7; 21:7).
III. Le dio la contraseña mediante la cual le notificaría cuál era la disposición de su padre con respecto a él. Saúl echaría en falta a David y preguntaría por qué no se hallaba presente (v. 18). Al tercer día, cuando se supondría que había regresado de Belén, había de estar en un determinado lugar (v. 19), y Jonatán vendría a ese lugar con arco y flechas, como quien viene a practicar el tiro al arco (v. 20), enviaría al criado a recoger las flechas, y si éstas no llegaban hasta donde se encontraba el criado, David tenía que tomarlo como señal de seguridad y podía aparecer sin temor (v. 21); pero si caían más allá de donde estaba el criado, era señal de peligro y debía escapar por su vida (v. 22).
Versículos 24–34
Jonatán se convence ahora de veras de lo que tanto le costaba creer: que su padre abrigaba una implacable enemistad contra David y ciertamente procuraría su muerte si estaba en su mano matarle.
I. David es echado en falta el primer día de la fiesta, pero nada se comenta sobre ello (v. 25): Se sentó el rey en su asiento, como de costumbre en el asiento junto a la pared. El asiento izquierdo junto a la pared es todavía el lugar de honor entre los orientales, pues aunque la mano izquierda se halla restringida, la derecha se halla libre del todo. Cuando llegó el rey, Jonatán se levantó en señal de reverencia no sólo al padre, sino también al soberano; cada uno conocía su puesto, pero el asiento de David estaba vacío. No obstante, aquel día Saúl no dijo nada, sino que se limitó a pensar en su interior: «De seguro que no está purificado (v. 26). Habrá sufrido alguna contaminación ceremonial».
II. Al segundo día se pregunta por él. Saúl interroga a Jonatán de quien sabía que era confidente de David, y dice: «¿Por qué no ha venido a comer el hijo de Isaí hoy ni ayer?» (v. 27).
III. Jonatán presenta la excusa convenida (vv. 28, 29). 1. Que estaba observando la fiesta en otro lugar y que había ido a presentar sus respetos a sus parientes. 2. Alega que no se marchó sin haber pedido y obtenido el permiso suyo, de Jonatán, como oficial de más alto rango que David.
IV. Entonces se encendió la ira de Saúl contra Jonatán, su furor era como el de un león al que le han arrebatado la presa. David no estaba al alcance de su mano pero su furia cayó sobre Jonatán al considerarle cómplice de David (vv. 30, 31). Llama, en efecto, a su propio hijo: 1. Bastardo: «Hijo de mujer perversa y rebelde» (lit. Hijo de perversa rebelión). No insulta con esto a su esposa, sino que quiere decir que Jonatán se muestra tan degenerado y perverso como si hubiera nacido de la mujer más perversa.
2. Traidor, puesto que el texto dice literalmente, como ya hemos indicado: «Hijo de perversa rebelión» lo cual equivale también a decir: «Eres el rebelde más perverso que puede darse». 3. Loco: «¿Acaso no sé yo que tú has elegido al hijo de Isaí para confusión tuya, y para confusión y vergüenza de tu madre? Porque todo el tiempo que el hijo de Isaí viva sobre la tierra, ni tú estarás firme, ni tu reino» (vv. 30, 31). Como si dijese: «No sólo es una vergüenza para ti haber escogido como confidente a quien ha de ser tu rival en cuanto al trono, sino que tu propia madre se avergonzará de haberte traído al mundo».
V. Jonatán se disgustó muchísimo y tomó muy a mal las palabras de su padre; tanto más cuanto que esperaba mejores cosas (v. 2). Con todo, habló con calma a su padre, a pesar de los terribles insultos que éste le había dirigido. Al yunque le corresponde permanecer quieto. Pero lo que no pudo soportar fue la enemiga de su padre contra David; a eso replicó apasionadamente (v. 32): «¿Por qué ha de morir? ¿Qué ha hecho?» Los corazones generosos sufren mejor las injurias que van dirigidas a ellos mismos que las que van dirigidas a sus amigos. Pero Saúl estaba tan enfurecido que le arrojó la lanza a Jonatán (v. 33), por lo que éste se levantó de la mesa con exaltada ira y no comió (v. 34), pues le dolía la afrenta que su padre había hecho a David más que la lanza que su padre le arrojó a él mismo.
Versículos 35–42
1. Después de dicha escena, Jonatán marchó al lugar convenido (v. 35), a la vista del lugar en que sabía que David estaba escondido, envió a su paje a recoger las flechas que él tirase y dio a David la fatal contraseña al arrojar una flecha más allá de donde se hallaba el muchacho (v. 37). Aunque la señal indicaba que David tenía que escapar por su vida, se entretuvo un par de minutos en conversación personal con él, ya que consideró que no había peligro de ser descubiertos.
2. Tenemos a continuación la triste separación de los dos amigos, quienes, por lo que se ve, sólo volvieron a verse una vez furtivamente (23:16). Se despidieron con el mayor dolor y con el mayor afecto que se puede imaginar, entre besos y lágrimas. Entre los semitas (hebreos, árabes, etc.) es costumbre saludarse y despedirse con besos en la mejilla entre personas del mismo sexo, lo que aclara textos como Romanos 16:16; 1 Corintios 16:20; 2 Corintios 13:12 y 1 Tesalonicences 5:26. (¡Nada de promiscuidad en la exhortación de Pablo ni en la costumbre de la primitiva Iglesia!) La separación de tan fieles amigos fue igualmente gravosa para ambos, pero el caso de David era más deplorable que el de Jonatán, porque mientras Jonatán regresaba a su familia y a sus amigos, David dejaba tras sí todos los consuelos, incluidos los del santuario de Dios. Por eso, dice el texto hebreo que David «se excedió», es decir, lloró mucho más.
David desaparece ahora completamente de la corte de Saúl, y desde aquí hasta el final de este libro es considerado y tratado como un proscrito, y denunciado como un traidor. Sus grandes dificultades durante este período de su vida pueden leerse abiertamente o entre líneas en algunos de los salmos. Vemos a David en su huida: I. Engaña al sacerdote Ahimélec, para conseguir de él víveres y armas (vv. 1–9). II. Engaña al rey de Gat, Aquís, al fingirse loco (vv. 10–15). Con razón se llama «tentaciones» a los apuros en que una persona se ve, pues muchos caen, a causa de ello, en diversos pecados.
Versículos 1–9
I. David, en su apuro, huye al tabernáculo de Dios, que estaba ahora en Nob, ciudad sacerdotal de la tribu de Benjamín, entre Jerusalén y Guibeá. Desde que Siló quedó abandonada, el tabernáculo fue trasladado con frecuencia, aunque el Arca permanecía aún en Quiryat Yearim. Allá llegó David huyendo de la furia de Saúl (v. 1) y se dirigió al sacerdote Ahimélec. Ni el profeta Samuel ni el príncipe Jonatán podían protegerle, así que tuvo que recurrir al sacerdote. Prevé que va a ser luego un desterrado y, por eso, viene ahora al tabernáculo: 1. Para despedirse afectuosamente de él, pues no sabe cuándo lo volverá a ver. 2. Para averiguar allí, en consulta a Jehová, qué dirección había de tomar, tanto en el camino del deber, como en el de su propia seguridad.
II. El sacerdote Ahimélec, según el texto hebreo, «salió temblando al encuentro de David» (v. 1, comp. con 16:4), quizá por estar enterado de que David había caído en desgracia en la corte y temer incurrir en el desagrado de Saúl si obsequiaba de alguna manera a David. Esto es lo que la mayoría de la gente hace con sus amigos cuando éstos se hallan perseguidos o despreciados por el mundo. «¿Cómo vienes tú solo, y nadie contigo?», le pregunta. El que tan de repente había subido de la soledad propia de la vida pastoril a los honores de la corte y a las multitudes de los campamentos militares, se ve ahora reducido a la triste y desolada condición de un exiliado.
III. David, bajo pretensión de ser enviado por el rey a un servicio público solicita de Ahimélec que le suministre víveres para aliviar su presente necesidad (vv. 2, 3).
1. David no se comportó en esto como solía. Fue una gran mentira la que David contó a Ahimélec: Que el rey le había encomendado un asunto, que nadie supiera de qué se trataba y que había señalado a los criados un cierto lugar donde encontrarse con ellos. Además de ser todo esto falso tuvo terribles consecuencias pues ocasionó la muerte de los sacerdotes de Jehová, como reconoció después David con remordimiento (22:22). David era hombre de gran fe y valentía; sin embargo, ambas cosas le faltaron ahora, por lo que cayó neciamente por miedo y cobardía, precisamente por falta de fe en el Señor, que siempre le había protegido y sacado de todos los apuros.
2. Dos cosas le pidió David a Ahimélec: pan y espada.
(A) Quería pan: Cinco panes (v. 3). El sacerdote objetó que sólo tenía a mano pan sagrado, el pan de la presencia (lit.), que había estado durante una semana sobre la mesa de oro del santuario, de donde se sacaba para uso de los sacerdotes y de sus familiares (v. 4). Sin embargo, al ser un caso de necesidad (al cual apelará más tarde el Hijo de David en un caso semejante—Mt. 12:3, 4), el sacerdote le pregunta únicamente si los criados se habían abstenido de relaciones sexuales, a lo que David responde que «los vasos (lit.) de los jóvenes eran puros» (en ese sentido) desde hacía tres días; «aunque el viaje es profano» (v. 5), dice David, esto es, no se trata de una expedición militar en la que la abstinencia de relaciones sexuales estaba mandada por la ley (Dt. 23:10). El sacerdote obró aquí con misericordia, que es preferible al sacrificio, y con generosidad, pues de doce panes le dio a David cinco, pues confiaba en la Providencia.
(B) Quería también lanza o espada (v. 8). Resulta que no llevaba consigo armas; pone por excusa otra mentira: «Por cuanto la orden del rey era apremiante». En el tabernáculo no había otra arma que la espada de Goliat, envuelta en un velo detrás del efod. Es probable que David lo tuviese en cuenta cuando preguntó a Ahimélec si tenía a mano lanza o espada, pues al decirle el sacerdote (v. 9) que estaba allí la espada de Goliat el filisteo, David se apresuró a decir: «Ninguna como ella; dámela». Dos cosas podemos observar acerca de esta espada: (a) Siempre que la mirase, suscitaría en él la fe, trayéndole a la memoria aquel memorable caso en que la providencia de Dios cuidó de él y le dio fuerza, valor y acierto para vencer a Goliat. (b) Las buenas experiencias sirven de gran ánimo para ocasiones posteriores. David la había dedicado agradecido a Dios, y ahora, en su apuro, estaba allí a su disposición.
3. De este modo quedó David abastecido de víveres y de armas; pero fue gran infortunio el que estuviese allí presente uno de los siervos de Saúl, por nombre Doeg, que resultó ser un traidor, tanto contra David como contra Ahimélec. Era edomita de nacimiento (v. 7) y prosélito de la religión judía bajo Saúl, pero llevaba en la sangre la enemistad hereditaria de Edom (Esaú) contra Israel. Era el principal de los pastores de Saúl y estaba allí «detenido delante de Jehová», ya fuese por un voto, o a la espera de un oráculo, o necesitado de purificación ritual o por sospechoso de lepra (Lv. 13:4). Mejor habría sido que se hubiese encontrado en cualquier otro lugar que delante de Jehová, pues es probable que reconociese a David y hasta que escuchase su conversación con Ahimélec. A ambos iba a causar tremendo daño.
Versículos 10–15
David en el exilio a pesar de ser el rey electo de Israel. Así es como muchas veces las providencias de Dios parecen ir en contra de sus promesas.
1. Huida de David al país de los filisteos, donde esperaba permanecer de incógnito en el campamento de Aquís, rey de Gat (v. 10). A él se fue David directamente, como a alguien en quien podía confiar ahora, así como después (27:2, 3). El pueblo de Dios, al estar perseguido, encuentra a menudo mejor acogida entre filisteos que entre los israelitas; en los teatros de los gentiles, que en las sinagogas de los creyentes. El rey de Judá encarceló a Jeremías, y el rey de Babilonia le puso en libertad.
2. El descontento de los siervos de Aquís ante la presencia de David entre ellos, y la queja con que fueron al rey (v. 11): «¿No es éste David, el rey de la tierra? ¿No es éste el que derrotó a los filisteos?» Como si dijesen: «Si es así, por fuerza ha de ser enemigo de nuestro país, y ¿será honroso y seguro para nosotros admitir o proteger a tal persona?» Es probable que Aquís les diese a entender que era una medida de buena política admitir y proteger a David, puesto que ahora era enemigo de Saúl y, por tanto, podía ser para ellos un amigo útil en lo futuro. Es cosa corriente que los proscritos de una nación sean protegidos por los enemigos de esa nación.
3. El susto que se llevó David al oír lo que de él se decía. Aunque tenía ciertas razones para poner su confianza en Aquís, cuando, por otro lado, se dio cuenta de que los siervos de Aquís sospechaban de él y hasta le tendrían envidia, comenzó a temer que Aquís se sintiese obligado a entregarle a ellos (v. 12).
4. La medida que tomó para salvarse de este peligro (v. 13): se fingió loco. su actitud en esto puede excusarse hasta cierto punto, pues era semejante a una estratagema en tiempo de guerra, con la que engañaba a sus enemigos para salvar su propia vida.
5. Su escape por este medio (vv. 14, 15). Es posible que Aquís llegase a sospechar que la locura de David era fingida, pero, ya que estaba deseoso de protegerle (como lo demostró después—28:1, 2; 29:6—), hizo como que se lo creía, y pensaba para sí: «Yo no voy a protegerle, pero ellos no le harán ningún daño, porque, si realmente está loco, merece compasión». Que Aquís lo echó de sí se colige por el título del Sal. 34, aunque en el Salmo no se halla ninguna alusión a este incidente. También el Salmo 56 alude a esto, pues en el título se habla de que los filisteos le tenían preso en Gat.
Echado de Gat, David regresa a Israel para ser perseguido por Saúl. I. Fija su morada en la cueva de Adulam, donde recibe a sus parientes (v. 1), alista soldados (v. 2) y consigue que sus ancianos padres tengan una residencia menos incómoda y más segura (vv. 3, 4); y tiene por consejero al profeta Gad (v. 5). II. Saúl decide perseguirle y ver de hallarle, se queja de la deslealtad de sus siervos y de Jonatán (vv. 6–8) y enterado por la información que le suministró Doeg de que Ahimélec se había portado amablemente con David, ordena que se de muerte a Ahimélec y a todos los sacerdotes que estaban con él, 85 en total, y que se destruyesen todas sus pertenencias (vv. 9–19). De la bárbara masacre que se ejecutó por orden de Saúl, escapó Abiatar al lugar donde estaba David (vv. 20–23).
Versículos 1–5
I. David se refugia en la cueva de Adulam (v. 1). No se dice si esta caverna era una fortaleza natural o si había sido excavada por mano de hombre; lo cierto es que su acceso era lo suficientemente difícil como para que David se sintiese seguro y capaz de defender la entrada, con la espada de Goliat, contra las fuerzas de Saúl, mientras aguardaba a ver (como dice él en el v. 3) lo que Dios quería hacer con él. La promesa del reino implicaba la promesa de preservarle para el reino, por lo que las anteriores mentiras de David no tenían excusa, pero la medida que toma ahora para preservar su vida es legítima, pues exponerse, sin más, ante Saúl equivaldría a tentar a Dios. Por otra parte, no hizo nada para matar a Saúl, sino solamente para proteger su propia vida. Fue entonces cuando escribió el Salmo 142, cuyo título dice:
«Masquil de David. Oración que hizo cuando estaba en la cueva».
II. Allí fueron a verle sus parientes: Sus hermanos y toda la casa de su padre. Fueron a asistirle, a ser protegidos por él, a compartir con él su condición de proscrito. Con sus hermanos vendrían también sus sobrinos Joab, Abisay, etc.
III. Allí comenzó a reunir fuerzas para su propia defensa (v. 2). Por las pasadas experiencias aprendió que no podía salvarse por la huida; necesitaba, por tanto, defenderse por la fuerza, en lo que no actuó a la ofensiva, ni atacó a su príncipe, ni produjo ninguna sedición ni perturbación del orden o de la paz del reino, sino que usó sus tropas únicamente como guardia personal. Su regimiento no estaba formado por hombres grandes, ricos o de alta posición social, ni aun siquiera de buena conducta, sino de oprimidos, endeudados y amargados; hombres en quiebra de finanzas o de ánimos, los cuales se veían en tal aprieto que no sabían qué hacer de sí mismos. Allí en su cuartel general de la cueva de Adulam llegó a tener a sus órdenes unos cuatrocientos hombres.
IV. Se preocupó de establecer a sus padres en un lugar seguro. No pudo hallar tal lugar en todo el territorio de Israel mientras Saúl continuó tan tremendamente enfurecido contra él y contra todos los suyos; así que fue con ellos al rey de Moab y los puso bajo su protección (vv. 3, 4). Lo primero que hace es tratar de hallarles una morada cómoda y tranquila, pase lo que pase a él y a sus seguidores. Con qué fe y humildad espera el resultado de los presentes apuros (v. 3): «Hasta que sepa lo que Dios hará de mí».
V. Allí tuvo el consejo y la ayuda del profeta Gad, que probablemente era uno de «los hijos de los profetas» (estudiantes de profetas) que habían sido educados por Samuel. Más tarde (2 S. 24:11; 1 Cr. 21:9) es llamado «vidente de David». También fue uno de los cronistas del reino de David (1 Cr. 29:29), y, junto con Natán, tuvo a su cargo dirigir los servicios musicales del templo (v. 2 Cr. 29:25). Es probable que el propio Samuel le recomendara a David para ser su consejero espiritual. Gad (v. 5) le aconsejó a David irse a tierra de Judá, ya que Adulam era una ciudad cananea (Jos. 12:15) y estaba situada en la vecindad del territorio de los filisteos. Vino, pues, al bosque de Haret, y confió en su propia inocencia y en la protección divina, y también deseoso, aun en las presentes difíciles circunstancias, de poder ser útil a su país y a su propia tribu.
Versículos 6–19
El aumento de la perversidad de Saúl. Parece ser que se despreocupó totalmente de los demás asuntos y se dedicó únicamente a perseguir a David. Se enteró, por fin, por noticias que habían corrido de boca en boca por todo el país, de que David había sido descubierto. Llamó, pues, a todos sus servidores y se sentó en medio de ellos debajo de un tamarisco sobre un alto en Guibeá, con su lanza en la mano en lugar de cetro, con lo que daba así a entender cuál era el estado de su ánimo, que no era otro que la determinación de matar a todo el que se le pusiera por delante. En esta corte sangrienta de inquisición:
I. Saúl busca información contra David y contra Jonatán (vv. 7, 8). Dos cosas sospechaba: 1. Que su siervo David estaba acechándole para quitarle la vida, lo cual era completamente falso pues era precisamente Saúl el que acechaba a David para matarle. 2. Que su hijo Jonatán no sólo era cómplice de David en ese intento, sino que había incitado a David a planear el complot para matar al rey. También esto era totalmente falso. Saúl daba por seguro que Jonatán y David conspiraban contra él, contra su trono y su corona y estaba disgustado con sus siervos porque no le informaban de ello; así que les dijo: (A) Que eran muy insensatos, pues David nunca estaría en condiciones de darles tales recompensas como las que él les tenía reservadas. (B) Que eran muy desleales: Todos vosotros habéis conspirado contra mi (v. 8).
(C) Que eran muy duros con él. Pensaba que, hablándoles así, les movería el corazón: «Ni haya entre vosotros quien se duela de mí y me descubra, etc.».
II. Aunque no pudo sonsacar de sus siervos nada contra David ni contra Jonatán, obtuvo de Doeg información contra el sacerdote Ahimélec.
1. Doeg presenta evidencia contra Ahimélec (vv. 9, 10) y le declara a Saúl la ayuda que Ahimélec prestó a David, de lo cual él mismo era testigo. «Él (Ahimélec) consultó por él a Jehová (cosa que el sacerdote hacía únicamente por personas en el gobierno y acerca de asuntos del bien común) y le dio provisiones, y también le dio la espada de Goliat el filisteo». Todo esto era verdad, pero no era toda la verdad, pues Doeg tenía la obligación de haberle dicho también a Saúl que David le hizo creer a Ahimélec que iba encargado por el rey; de forma que el servicio que prestó a David, fuese cual fuese, redundaba en honor de Saúl, con lo que Ahimélec habría quedado descargado de toda culpabilidad.
2. Ahimélec es llamado a comparecer ante el rey. Saúl manda traerle, así como a todos los sacerdotes que a la sazón estaban en funciones en el santuario, de los cuales sospechaba que habían sido cómplices en ocultar y ayudar a David. Saúl se dirige a Ahimélec con desdén e indignación (v. 12): Oye ahora, hijo de Ahitub. No lo llama por su nombre ni, mucho menos, por su título de distinción. Ahimélec responde con toda modestia: «Heme aquí, señor mío, dispuesto a oír el cargo que se me impute y sabedor de que no he cometido ningún delito».
3. El cargo que se le hace (v. 13) es que ha cometido alta traición al conspirar con el hijo de Isaí (tampoco llama a David por su nombre) para deponer y matar al rey. «Su designio», dice Saúl «era levantarse contra mí y acecharme, y a eso le ayudaste tú, dándole pan y espada y consultando por él a Dios». Véase cuán torcidamente pueden interpretarse las más inocentes acciones; cuán inseguros están los que viven bajo un gobierno tiránico y cuán agradecidos debemos estar por la libertad y seguridad de que disfrutamos bajo los buenos gobiernos.
4. Contra este cargo responde el acusado: (A) Que no es culpable (vv. 14, 15). Confiesa el hecho, pero niega haber obrado con traición o maliciosamente, o con el propósito de perjudicar al rey. Insiste en la bien ganada reputación de David y en el honor que como al más fiel de sus siervos, le había conferido el propio Saúl al darle su hija por mujer, así como en los servicios que frecuentemente le había prestado David al rey y en la confianza que el rey había puesto en él. Apela igualmente a la costumbre de consultar por él a Dios siempre que el rey le había enviado con algún cometido y que lo hizo esta vez con toda inocencia, como siempre lo había hecho.
5. Sin atender a ninguna de las razones, Saúl pronuncia sentencia contra él (v. 16): Sin duda morirás, Ahimélec, tú y toda la casa de tu padre. ¿Puede darse cosa más injusta? (A) Era injusto que el propio Saúl, y él solo, pronunciase sentencia en su propia causa. (B) Que los descargos tan modesta y honestamente presentados por Ahimélec fuesen rechazados sin dar ninguna razón. (C) Que se dictase sentencia, no sólo contra Ahimélec la única persona acusada por Doeg, sino contra toda la casa de su padre, contra personas a quienes nadie había acusado de ningún delito. (E) Que la sentencia se pronunciase no en favor de la justicia, sino para satisfacer el brutal enojo de Saúl.
6. Saúl ordena de inmediato la ejecución sumarísima de su cruel sentencia.
(A) Ordena a la gente de su guardia que ejecute la sentencia, pero ellos se niegan (v. 17). (a) Nunca jamás emanó de un príncipe una orden tan bárbara: Volveos y matad a los sacerdotes de Jehová. Parece complacerse en la oportunidad de vengarse de los sacerdotes de Jehová, puesto que Dios mismo está fuera del alcance de su ira. (b) Nunca fue más honorablemente desobedecida la orden de un príncipe. Los hombres de la guardia de Saúl tenían más sensatez y más gracia que su señor. No se prestaron a poner las manos sobre los sacerdotes de Jehová, por la reverencia en que tenían su oficio y por la convicción que tenían de su inocencia.
(B) Entonces ordena a Doeg (el acusador) que ejecute la sentencia; y él obedeció. Los más crueles tiranos han hallado siempre instrumentos de su crueldad tan bárbaros como ellos mismos. Tan pronto como se le ordena a Doeg caer sobre los sacerdotes, lo hace él de buen grado y, no ofreciendo ellos resistencia alguna, mata con su propia mano (por lo que se ve) en aquel mismo día a ochenta y cinco sacerdotes en edad de ministrar ante el Señor, esto es, entre los treinta y los cincuenta años de edad, pues vestían el efod de lino (v. 18) y es probable que compareciesen ante Saúl con sus vestiduras sacerdotales, con las que hallaron con ellas la muerte.
(C) Tras matar a los sacerdotes y, sin duda, por orden del propio Saúl, marchó Doeg a Nob, ciudad de los sacerdotes, y mató allí a filo de espada (v. 19) hombres, mujeres, niños hasta los de pecho, bueyes, asnos y ovejas. ¡Cuán deplorable era el estado de la religión en ese tiempo en Israel! Ver a los sacerdotes bañados en su propia sangre, y a los herederos de los sacerdotes también, y la ciudad de los sacerdotes en completa desolación, de forma que el altar quedaba sin servicios por falta de ministros, y todo esto por orden injusta y cruel de su propio rey para satisfacer su furia brutal—esto no pudo menos de llegarles al corazón a todos los israelitas piadosos y hacerles desear mil veces no haber pedido rey, sino haberse contentado con el gobierno de Samuel y de sus hijos.
Versículos 20–23
1. De entre la desolación de la ciudad de los sacerdotes escapa Abiatar, hijo de Ahimélec. Es probable que, cuando fue llamado su padre a comparecer ante Saúl, quedase él para hacer guardia en el tabernáculo aquel día, por lo que pudo escapar de la primera ejecución y, antes de que llegase Doeg a Nob para matar a todo ser vivo que en ella se hallaba, estuviese avisado del peligro y tuviese tiempo para escapar rápidamente, llevándose el efod. ¿Y adónde iba a huir, sino al lugar en que se hallaba David? (v. 20).
2. Allí notificó Abiatar a David la matanza de los sacerdotes, ordenada por Saúl, suceso que apesadumbró enormemente a David, quien se lamentó del hecho en sí, pero especialmente por haber dado él mismo ocasión, aunque involuntaria, para ello: Yo he ocasionado la muerte a todas las personas de la casa de tu padre (v. 22).
3. David ofreció a Abiatar su protección (v. 23): Conmigo estarás a salvo. Con tiempo suficiente para recobrarse y reflexionar, David habla ahora confiadamente de su propia seguridad y promete a Abiatar el beneficio cierto y pleno de la protección que le va a prestar. Tenía ahora David, no sólo un profeta, sino también un sacerdote consigo, un sumo sacerdote, para quienes él era una bendición, así como lo eran ellos para él, y ambos eran feliz presagio de sus futuros éxitos. Por lo que leemos en 28:6, se deduce que Saúl tenía también su sacerdote, pues promovió a Ahitub, el padre de Sadoc de la familia de Eleazar (1 Cr. 6:8); por donde se ve que incluso los que aborrecen la eficacia de la piedad no quieren pasar sin la forma de ella.
Ebrio con la sangre de los sacerdotes de Jehová, Saúl continúa en persecución de David para darle muerte. David aparece en este capítulo haciendo el bien, mientras sufre el mal. I. El buen servicio que hizo a su rey y a su país al rescatar de manos de los filisteos la ciudad de Queilá (o Keilá) (vv. 1–6). II. El peligro en que se metió por ello y su liberación de tal peligro por la dirección divina (vv. 7–13). III. David recibe en un bosque la visita de Jonatán, quien le visita para darle ánimos (vv. 14–18). IV. Información que pasaron a Saúl los zifeos acerca del paradero de David, y la expedición que emprendió Saúl por ver de darle alcance (vv. 19–25). V. David escapa por las justas de caer en sus manos (vv. 26–29).
Versículos 1–6
El profeta Gad había ordenado a David que huyese a tierra de Judá (22:5). Puesto que Saúl descuidaba los intereses del país, David podía hacerse cargo de ellos a pesar del mal trato que estaba recibiendo.
I. Le llegan noticias a David de que los filisteos han hecho una incursión contra la ciudad de Queilá y habían saqueado las eras, y robado la cosecha a quienes estaban ocupados en las faenas propias del tiempo (v. 1). El único medio para que un país conserve la paz es que la Iglesia de Dios cumpla en paz su obligación en el país. Si Saúl lucha contra David, es seguro que los filisteos lucharán contra Israel.
II. David acude rápidamente en ayuda de la ciudad. 1. La generosidad de David y su interés por los asuntos del bien común de Israel; no se queda de brazos cruzados, sino que acude a salvar la situación a pesar de que Saúl, cuya obligación era defender las fronteras de su nación, odiaba a David y lo buscaba para matarle. 2. La piedad de David y su respeto a Dios. Antes de lanzarse a la empresa, consulta a Dios por medio del profeta Gad (v. 2): ¿Iré a atacar a esos filisteos?
III. Dios le respondió una y otra vez aprobando su decisión de ir contra los filisteos y le prometió el éxito: Ve, ataca a los filisteos (v. 2). Sus hombres tratan de hacerle desistir de la empresa (v. 3). Para convencerles, consulta de nuevo a Jehová (v. 4) y recibe ahora no sólo completa aprobación que le permite ir a luchar, aun cuando no tiene orden de Saúl («Levántate, desciende a Queilá»), sino también plena seguridad de la victoria: Pues yo entregaré en tus manos a los filisteos.
IV. Fue, pues, contra los filisteos, los derrotó y rescató a Queilá (v. 5); por lo que se ve, hizo también una incursión en el país de los filisteos, pues les arrebató el ganado en represalia por el daño que los filisteos habían causado a los de Queilá al saquearles las eras. En cuanto a la identidad de dichos
«ganados», lo más probable es que se trate del ganado que los filisteos habían robado a los habitantes de Queilá, aun cuando hay autores que opinan que eran los animales de carga que los filisteos habían llevado a Queilá para transportar a su país el grano y otras cosas robadas a los queilitas.
Versículos 7–13
I. Aquí vemos a Saúl planeando constantemente la destrucción de David (vv. 7, 8). ¿No le dijo nadie que David había recuperado bravamente la ciudad de Queilá de manos de los filisteos? Esto debería haber inducido a Saúl a considerar que David merecía ser honrado, no matado. Pero, en lugar de ello, piensa que dicha acción de David le sirve a él de oportunidad para echarle mano. 1. De qué forma abusa Saúl del nombre de Dios (v. 7): Dios lo ha entregado en mi mano; como si el que había sido rechazado por Dios pudiese obtener el favor de Dios en esta ocasión. Con toda impiedad une su causa a la de Dios, y piensa que Dios le permitía aprovecharse de las circunstancias. 2. De qué forma abusa Saúl de Israel al convocar al pueblo para ir en contra de David y marcha hacia Queilá con la excusa de atacar a los filisteos, cuando en realidad lo hace con la intención de atrapar a David y a sus hombres.
II. David consulta a Dios acerca de su propia seguridad. Tan pronto como tiene el efod a mano hace uso de él (v. 9): Trae el efod, le dice al sacerdote Abiatar. Nosotros tenemos las Escrituras a mano, el oráculo para los casos dudosos, en los que hemos de decir: «Trae acá la Biblia».
1. La consulta de David a Dios en esta ocasión es: (A) Solemne y reverente. Dos veces llama a Dios Jehová Dios de Israel, y tres veces se llama a sí mismo tu siervo (vv. 10, 11). Viene a decirle: «Señor, ven en mi ayuda en este asunto, en el cual me siento ahora perdido». Si hubiese preguntado a los magistrados o a los ancianos de Queilá, no le habrían podido responder, no sólo porque desconocían lo que Saúl planeaba, sino también porque ellos mismos le habrían hecho traición, aunque previamente le hubieran asegurado que le protegerían. Pero Dios pudo decirle infaliblemente que Saúl tenía la intención de descender a Queilá y que en tal caso, los queilitas le entregarían en manos de Saúl, antes que resistir el embate de la furia de Saúl. Advirtamos de paso que este pasaje es el texto bíblico más claro para demostrar que Dios conoce las acciones libres de los hombres incluso en los casos en que no se realizan las condiciones que provocan las decisiones humanas; es decir, conoce perfectamente, no sólo lo que cada ser humano ha hecho, hace y hará, sino también lo que haría si se diesen unas determinadas circunstancias que no se dan ni se darán. Esto es lo que técnicamente se llama en teología «futuribles», para distinguirlos tanto de los meros «posibles» (independientes de toda circunstancia) como de los «futuros» (que de hecho sucederán y, por tanto, ya están «presentes» ante la mente eterna de Dios).
2. Enterado así David del peligro que corría, se marchó de Queilá (v. 13). Sus seguidores habían aumentado, y llegaban ahora a la cifra de 600; con ellos se fue, no sabía adónde, pero resuelto a seguir las indicaciones de la Providencia. Esto frustró los planes de Saúl, quien pensaba que Dios había entregado a David en su mano (v. 7), pero resultó que Dios le había librado de su mano como a un pájaro del lazo del cazador.
Versículos 14–18
I. David estableció su morada en el desierto … en un monte, en Hores (que significa bosque), en el desierto de Zif (vv. 14, 15). No reunió sus tropas para ir contra Saúl, sorprenderle con una estratagema u otra y poner así punto final a su propia peligrosa situación y a las calamidades del país bajo el tiránico gobierno de Saúl. Va por el camino de Dios, espera el tiempo de Dios y se contenta con resguardarse en bosques y desiertos. ¿Qué diremos a esto? Que sirva de lección incluso a hombres grandes y activos, a fin de que se refrenen y se limiten a la vida privada cuando las circunstancias lo demanden, y a todos nosotros nos estimule a sentir anhelo por aquel reino en el que la bondad estará por siempre en gloria y la santidad tendrá su honor.
II. Saúl continúa persiguiendo a David como su más implacable enemigo (v. 14): lo buscaba todos los días. Tan incansable era su perversidad.
III. Dios continúa defendiéndole como su más poderoso protector. No le entrega en manos de Saúl, como éste esperaba (v. 7).
IV. Jonatán continúa consolándole como su más fiel y constante amigo. La verdadera amistad no se escabulle ante el peligro, sino que se aventura osadamente; ni rehúye condescender, sino que fácilmente se agacha y cambia las comodidades de un palacio por las molestias de un bosque, para ayudar a un amigo. Solamente volver a ver a Jonatán fue bastante para hacer revivir a David. 1. Como amigo piadoso, fortaleció su mano en Dios (v. 16). Aunque David era un buen creyente, necesitaba la ayuda de sus amigos para perfeccionar lo que le faltaba a su fe; y en esto le ayudó Jonatán grandemente, trayéndole a la memoria la promesa de Dios. Jonatán no estaba en condiciones de hacer nada para fortalecer a David, pero le aseguró que Dios sí podía hacerlo. 2. Como amigo generoso, tomó contentamiento en la perspectiva de la promoción de David a un honor que pertenecía por nacimiento al propio Jonatán (v. 17):
«Tú reinarás sobre Israel, y yo seré segundo después de ti; nunca seré para ti un rival». 3. Como amigo constante, renovó el pacto de amistad con él (v. 18). El verdadero amor se goza en repetir sus compromisos. Nuestro pacto con Dios debería ser renovado con frecuencia, y con ello se conservaría mejor nuestra comunión con Él. A continuación, Jonatán y David se separaron el uno del otro y nunca más volvieron a encontrarse en este mundo.
Versículos 19–29
1. Los zifeos ofrecen sus servicios a Saúl para entregarle a David en sus manos (vv. 19, 20). David estaba refugiado en el desierto de Zif (vv. 14, 15), y había puesto cierta confianza en la gente del lugar, pues eran de su misma tribu. Pero, para congraciarse con Saúl, fueron a él y no sólo le informaron de su paradero (v. 19), sino que le invitaron a venir a la región de ellos y le prometieron entregárselo (v. 20).
2. Saúl recibió agradecido la información y se alegró de que le dieran la oportunidad de cazar a David en el desierto de Zif. Les insinúa el poco interés que la generalidad del pueblo sentía por él (v. 21): Benditos seáis de Jehová vosotros, que habéis tenido compasión de mí. Es extraño que Saúl no descendiera inmediatamente con ellos, pero los zifeos pusieron espías en todos los lugares en que era probable que David fuera descubierto y, por tanto, Saúl se consideró seguro de su presa.
3. El inminente peligro que, de este modo, se cernió sobre David. Al enterarse de la traición que tramaban los zifeos contra él, se fue de Haquilá al desierto de Maón (v. 24) y, por este tiempo, escribió el Salmo 54, como se ve por el título; y luego, en el v. 3, les llama «extranjeros», pues, aun cuando eran israelitas, se portaron con él como los más bárbaros enemigos de David y de Israel. Pero en seguida añade (v. 4): «He aquí, Dios es el que me ayuda», por lo que conservaba la calma de ánimo. Saúl le persiguió muy de cerca (v. 25), hasta llegar tan cerca de él que sólo un monte los separaba (v. 26). David y sus hombres iban huyendo por un lado del monte, y Saúl y los suyos les iban persiguiendo por el otro lado. Pero este monte era un símbolo de la divina Providencia que se interponía entre David y su perseguidor, como la columna de nube entre los israelitas y los egipcios. El mismo monte que escondía a David, confundía a Saúl. Saúl esperaba encerrar a David con sus numerosas fuerzas, pero el terreno no resultó propicio a sus designios y, así, fracasó. En memoria de esto se le dio al lugar un nuevo nombre (v. 28): Sela Hamajlecot, que significa «Peña de las divisiones» (o separaciones), puesto que separaba a Saúl de David.
4. Cómo fue librado David del peligro. La Providencia entretuvo a Saúl cuando estaba a punto de echar mano de David: Le notificaron que los filisteos habían hecho una irrupción en el país (v. 27), con lo que David quedó por ahora en libertad (v. 28). Así como este Saúl fue apartado por esta irrupción, así otro Saúl fue acercado en conversión justamente cuando iba por el camino de Damasco respirando amenazas y muerte contra los discípulos del Señor (Hch. 9:1).
5. Después de escapar de Saúl de este modo, David fue a refugiarse en una fortaleza natural que encontró en el desierto de Enguedi (v. 29).
David tiene una buena oportunidad de acabar con Saúl, pero se portó honorablemente al no hacer uso de ella; y el perdonarle a Saúl la vida fue un gran ejemplo de la gracia de Dios en él, así como la preservación de su propia vida fue un gran ejemplo de la providencia de Dios sobre él. I. Con qué perversidad buscó Saúl dar muerte a David (vv. 1, 2). II. Con qué generosidad salvó David la vida de Saúl (cuando le tenía en su mano) y se contentó con cortarle la orla del manto (vv. 3–8). III. Con qué patetismo razonó con Saúl, con ocasión de esto, para tratar de que cambiase sus sentimientos hacia él (vv. 9–15).
I. La buena impresión que esto causó de momento a Saúl (vv. 16–22).
Versículos 1–8
I. Saúl vuelve a perseguir a David (vv. 1–2). Enterado de que estaba en el desierto de En-guedi, reúne
3.000 hombres escogidos y va en persecución de David y de sus hombres por las cumbres de los peñascos de las cabras monteses.
II. La Providencia lleva solamente a Saúl a la misma cueva en que estaba escondido David con sus hombres (v. 3). En estos países había cuevas muy grandes en las laderas de las rocas o de las montañas, en parte naturales, en parte ampliadas por mano del hombre para guarecer las ovejas del ardor del sol. Por eso se lee en Cantares 1:7 de lugares donde sestear al mediodía, y parece ser que esa cueva era una de las que servían como «redil de ovejas» (v. 3). Al pasar por ella, vio Saúl que era un lugar apropiado para hacer sus necesidades, pues eso es lo que significaba el hebraísmo «cubrir los pies», ya que, al ponerse en cuclillas, la túnica formaba una cubierta en derredor de la persona.
III. Los hombres de David le incitan a que aproveche la estupenda ocasión que se le presenta (v. 4). Ahora tiene a Saúl a merced suya. Cuán inclinados estamos a entender mal: 1. Las promesas de Dios. El Señor le había prometido a David que le había de librar de la mano de Saúl, y los hombres de David lo interpretan como una autorización para que David acabe con Saúl. 2. Las providencias de Dios. Por estar ahora en su mano matar a Saúl, los hombres de David concluyen que podía hacerlo legítimamente.
IV. Al haberse quitado Saúl el manto exterior, David aprovechó la oportunidad para cortarle la orla del manto (v. 4), pero pronto sintió remordimiento por lo que había hecho (v. 5), ya que el vestido era un símbolo de la propia persona (18:4), por lo que tocar el vestido era como tocar a la persona y, en tal caso, constituía una afrenta a la dignidad regia de Saúl.
V. Luego razona consigo mismo y con sus hombres sobre los fuertes motivos que le impulsan a no hacer ningún daño a Saúl. 1. Razona consigo mismo (v. 6): «Jehová me guarde de hacer tal cosa». Considera ahora a Saúl, no como a un enemigo suyo, sino como al «ungido de Jehová», esto es, aquel a quien Dios ha designado para reinar mientras viva y que, como tal, estaba bajo especial protección de la ley divina. 2. Razona igualmente con sus hombres, pues no les permitió que se levantasen contra Saúl (v. 7). De esta manera devuelve bien por mal, con lo que amontona ascuas de fuego sobre la cabeza de su enemigo (Ro. 12:20) y es así tipo de Cristo quien salvó a sus perseguidores. También es un bello ejemplo para todos los creyentes.
VI. Salió después detrás de Saúl, fuera de la cueva, y aun cuando no quería aprovechar la oportunidad de acabar con su enemigo, sí que aprovechó la oportunidad para razonar con él sabiamente, por ver de acabar con su enemistad; trata de persuadirle de que no había razón alguna para que le persiguiese a muerte. 1. Incluso al mostrarse abiertamente a Saúl, dio testimonio de que tenía alta opinión del rey. 2. Además, se mostró altamente respetuoso con él en lo que hizo (v. 8): Inclinó su rostro a tierra e hizo reverencia.
Versículos 9–15
Cálida y patética alocución con que se dirige David a Saúl con el fin de persuadirle a que deponga su actitud.
I. Llama a Saúl padre (v. 11); no sólo porque, como rey, era una especie de padre para el país, sino, especialmente, porque era suegro suyo.
II. Culpa a los consejeros de Saúl de la enemistad que éste le tiene (v. 9): ¿Por qué oyes las palabras de los que dicen: Mira que David procura tu mal?
III. Confiesa solemnemente su propia inocencia y dice que está muy lejos de tramar ningún mal contra Saúl (v. 11): «Ve que no hay mal ni traición en mi mano». Quizá fue ahora cuando escribió David el Salmo 7 donde se menciona al benjaminita Cus (en el título del salmo), que probablemente estaba, como Doeg, en la corte de Saúl y le acompañaba en la persecución de David.
IV. Presenta una prueba innegable para demostrar la falsedad de la sospecha sobre la que se basaba la enemistad de Saúl contra él. Se acusaba a David del intento de hacer daño a Saúl, pero él dice (v. 11):
«Mira, padre mío, mira la orla de tu manto en mi mano». Si el cargo del que se le acusaba hubiera sido cierto, la cabeza de Saúl habría estado en la mano de David. Anteriormente a esta frase había dicho:
«Jehová te ha puesto hoy en mis manos … y me dijeron que te matase, pero te perdoné» (v. 10). Rehusó matarle porque se apoyó en un noble principio: el temor de Dios, que le impedía hacer daño al ungido de Jehová. Tan perfecto control de sí mismo poseía que, aun en medio de tan gran provocación por parte de Saúl, y de tan fuerte incitación por parte de sus propios hombres, no cedió a la tentación de obrar en contra de los principios que motivaban su conducta.
V. Declara su firme resolución de no tomar jamás venganza por su mano (v. 12): «Juzgue Jehová entre mí y ti, y véngueme de ti Jehová, es decir, líbreme Él de tu mano; pero, pase lo que pase, mi mano no será contra ti». De los buenos se pueden esperar acciones buenas, pero de los malos se han de esperar acciones malas, pues las acciones de los hombres proceden de sus principios y de las disposiciones del corazón.
VI. Trata de convencer a Saúl de que era indigno de un rey salir en persecución de una persona tan poco importante como era él (v. 14): «¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues con tanta saña e insistencia? ¿A un perro muerto? ¿A una sola (lit.) pulga?» No era digno de un rey tan grande entrar en liza tan desigual con uno de sus siervos, un pobre pastorcillo, exiliado ahora, que ni podía ni quería ofrecer resistencia alguna. ¿Qué prestigio podía ganar Saúl al atrapar un perro muerto?
¿Qué satisfacción podía obtener al cazar una sola pulga, difícil de encontrar cuando se busca, difícil de cazar cuando se encuentra, y muy pobre presa, especialmente para un príncipe, si se caza?
VII. Una y otra vez apela David a Dios como al justísimo Juez (vv. 12, 15): Juzgue Jehová entre mí y ti.
Versículos 16–22
I. Respuesta de Saúl a la alocución de David. 1. Rompe a llorar, en señal de aparente arrepentimiento. Habla como abrumado por la bondad de David (v. 16): Alzó Saúl su voz y lloró. 2. Reconoce sinceramente la integridad de David y su propia iniquidad (v. 17): Más justo eres tú que yo. Esta confesión de Saúl era suficiente para demostrar la inocencia de David por boca de su propio enemigo,
pero no era bastante para probar que Saúl estaba realmente arrepentido. 3. Pide a Dios que recompense a David por este acto de generosa bondad (v. 19): Jehová te pague con bien por lo que en este día has hecho conmigo. 4. Profetiza la promoción de David al trono (v. 20): Yo me doy cuenta de que tú has de reinar. Esto lo sabía ya antes por las palabras de Samuel en 15:28, que Saúl veía cumplidas en el excelente espíritu que observaba en David lo cual agravaba enormemente el pecado y la locura de Saúl al perseguirle tan despiadadamente. Este reconocimiento de Saúl, con respecto al incontestable derecho de David a la corona, hubo de servir a éste de gran estímulo y de firme soporte para su fe y para su esperanza. 5. Obliga a David con juramento para que muestre a la posteridad de Saúl la misma magnanimidad y bondad que le ha mostrado a él (v. 21). David observó religiosamente este juramento, tanto en el apoyo que otorgó a Mefi-bóset, como en la ejecución de los traidores que asesinaron a Is- bóset.
II. Se parten en paz el uno del otro. 1. Saúl desiste de momento de perseguir a David. Se marchó convencido, pero no convertido; avergonzado de su envidia hacia David, pero reteniendo en su pecho la misma raíz de amargura; incluso despechado de que, cuando por fin había hallado a David, no pudo hallar en su propio corazón, en dicha oportunidad determinación suficiente para acabar con él como era su designio. 2. David continuó huyendo para salvar su vida. Conocía a Saúl demasiado bien como para fiarse de él y, por ello, él y sus hombres subieron al lugar fuerte (v. 22).
Siguen los apuros de David. I. La noticia de la muerte de Samuel hubo de ser un mal trago para David (v. 1). Pero: II. Lo más notable de este capítulo es el mal trato que recibió de Nabal. 1. Carácter de Nabal (vv. 2, 3). 2. La humilde demanda que le fue hecha (vv. 4–9). 3. Su grosera respuesta (vv. 10–12). 4. La justa cólera de David por ello (vv. 13, 21, 22). 5. Prudente actuación de Abigail para impedir el mal que, como consecuencia de la insensatez de su marido, veía cernirse sobre su familia (vv. 14–20). 6. Su alocución a David para calmarle (vv. 23–31). 7. La favorable recepción que le concedió David (vv. 32– 35). 8. Muerte de Nabal (vv. 36–38). 9. Casamiento de Abigail con David (vv. 39–44).
Versículo 1
Breve referencia de la muerte y sepultura de Samuel. 1. Aunque fue un gran hombre, pasó sus últimos días en retiro y oscuridad a causa de haberle rechazado Israel, por lo cual castigó Dios severamente al país. 2. Aunque era amigo fiel de David, por lo que Saúl le odiaba, murió en paz en los peores días de la tiranía de Saúl, el cual, aun cuando no le amaba, le temía, como Herodes a Juan el Bautista, y temía también al pueblo, pues todos sabían que era profeta. 3. Todo Israel hizo duelo por él. Sus méritos personales le acreditaron para recibir este honor en su muerte. Sus servicios al bien común, cuando fue Juez de Israel, hicieron que este respeto a su nombre y a su memoria fuese una justa deuda. Los hijos de los profetas perdían al fundador de sus escuelas, e Israel perdía a su constante intercesor (12:23) y al mejor amigo que tenían. 4. Le sepultaron, no en la escuela de profetas de Nayot, sino en su casa de Ramá donde había nacido. 5. David, entonces, se fue al desierto de Parán (o de Maón), y se retiró quizá para hacer duelo por la muerte de Samuel. Al perder a tan buen amigo, consideró que su peligro era mayor que nunca y, por ello, se retiró a un desierto fuera de las fronteras de Israel (a no ser que admitamos la lectura, más probable, de «Maón», como lo muestra el contexto siguiente, con lo que tenemos a David y a sus hombres, de nuevo, al sur de Hebrón, donde ya se habían encontrado antes—13:14 y ss.).
Versículos 2–11
Comienza aquí la historia de Nabal, donde tenemos:
I. Una breve referencia de un hombre de quien jamás habríamos sabido nada si no hubiese sido por su conexión con la historia de David. 1. Su nombre: Nabal, que significa necio, es una mezcla de insensato e impío (v. el mismo vocablo hebreo en Sal. 14:1, 53:1). 2. Su familia: Era de la familia de Caleb y había heredado su hacienda, pero no sus virtudes. Maón y Carmel caen cerca de Hebrón, que fue dado a Caleb (Jos. 14:14; 15:54, 55). Los LXX y otras versiones antiguas dicen que era un «cínico» (lit.), en el sentido de que tenía «un genio de perros», siempre brusco y regañón. 3. Sus riquezas: Era muy rico (v. 2); lit. muy grande, porque las riquezas hacen que uno aparezca grande a los ojos del mundo, aun cuando su carácter era muy ruin y menguado, y ésa era su verdadera medida. 4. Su mujer: Abigail, que significa «el gozo de mi padre», nombre muy apropiado, pues se nos dice (v. 3) que «Era aquella mujer de buen entendimiento y de hermosa apariencia». Con todo no podía prometerse a sí misma mucho gozo al casarse con tal hombre, al que probablemente la atrajo su riqueza más que otra cosa, con lo que mostró que su «buen entendimiento» distaba de ser perfecto. Son muchos los jóvenes y, especialmente, las jóvenes que se lanzan sobre un montón de riquezas mundanas, y se casan con ellas más que con una persona o con cualquier otra cosa que sea más deseable. ¡Cuántas Abigailes se ven atadas a sendos Nabales! 5. Su carácter: No tenía sentido alguno del honor ni de la honestidad, pues era «duro y de malas obras» (además de lo dicho arriba).
II. La humilde petición que David le hizo de que les diese algunos víveres a sus emisarios para él y para sus hombres.
1. Por lo que se ve, David se hallaba en grave aprieto para tener que mendigar el pan a la puerta de Nabal.
2. Escogió una buena oportunidad para ello, pues Nabal tenía que mantener a sus esquiladores, y se hacían grandes fiestas y suculentos banquetes en esas ocasiones, como vemos por la fiesta que hizo Absalón en una ocasión semejante (2 S. 13:24).
3. David ordenó a sus hombres que hiciesen la petición con todo respeto y cortesía: «Id a Nabal y saludadle en mi nombre» (v. 5); «Sea paz a ti (con el cúmulo de bienes que el vocablo hebreo significa), y paz a tu familia, y paz a todo cuanto tienes» (v. 6). Y habla de sí como de «tu hijo David» (v. 8), con lo que insinuaba que le honraba y respetaba como a un padre.
4. Apela a la protección que los pastores de Nabal habían recibido de David y de sus hombres. (A) No les habían hecho nunca daño alguno ni les habían quitado ningún cordero, a pesar de la escasez de provisiones y del carácter mismo de los seguidores de David (22:2), lo cual habla muy alto en favor de David, quien había acostumbrado a sus hombres a abstenerse de apropiarse de lo ajeno. (B) Incluso les habían protegido de cualquier daño que otros hubiesen intentado hacer a los pastores de Nabal, como estos mismos confesaron (v. 16): Noche y día han sido para nosotros como un muro. Sin duda, los hombres de David fueron buenos guardianes de los pastores de Nabal cuando las bandas de filisteos descendían a robar las eras (23:1) y, quizás, a llevarse el ganado. De tales saqueadores se veían libres los pastores de Nabal gracias a la protección de David y sus hombres; por eso, dice: Hallen estos jóvenes gracia en tus ojos (v. 8).
5. Se muestra muy modesto en su petición (v. 8): «Te ruego que des lo que tengas a mano a tus siervos y a tu hijo David». Como si dijese: «Danos lo que puedas para que salgamos de este apuro, y te quedaremos sumamente agradecidos». A pesar de la protección que había prestado a los pastores de Nabal, David no demanda nada como una deuda, ni como un tributo (pues era rey electo y ungido), ni como una contribución (pues era un general), sino como un favor que se presta a un amigo y a un siervo.
III. Grosera respuesta de Nabal a tan modesta petición (vv. 10, 11). Nabal, no sólo se negó, sino que le contestó de la forma más grosera. 1. Habla de David con el mayor desdén, como de una persona sin ninguna importancia, en la que no merece la pena fijarse. Los filisteos habían dicho de él: ¿No es éste el rey de la tierra, el que hirió a sus diez miles? (21:11); sin embargo, este Nabal, su vecino y de la misma tribu, aparenta no conocerle o, al menos, no conocerle como hombre de mérito ni distinción (v. 10):
¿Quién es David y quién es el hijo de Isaí? 2. Más aún, le echa en cara el aprieto por el que está pasando y toma de ello ocasión para presentarlo como un mal hombre, digno de ser castigado por vago, más bien que socorrido por necesitado. ¡Cómo le sale del corazón el lenguaje rudo y villano de los que odian la misericordia y la limosna! David estaba reducido a esta estrechez, no por culpa suya, sino precisamente por los buenos servicios que había prestado a su país y por los honores que Dios le había otorgado; pero Nabal le presenta como a un vagabundo y haragán. 3. Insiste en los derechos que tiene sobre las cosas de su propiedad y las provisiones de su mesa y se niega en redondo a compartirlas con otros. Nos equivocamos si creemos que somos dueños absolutos de nuestras posesiones para hacer de ellas lo que queramos. No, sino que somos administradores y debemos usar nuestras cosas según la voluntad de Dios, y recordemos que no son realmente nuestras, sino que nos han sido encomendadas para usarlas debidamente.
Versículos 12–17
I. Informe que los emisarios dan a David de la forma en que les ha tratado Nabal (v. 12): «Se volvieron por su camino». Mostraron su desagrado sin decir palabra y se dieron media vuelta para no seguir tratando con un tipo tan grosero. Cuando los siervos de Cristo son tratados con grosería, deben encomendar su causa al que juzga justamente (1 P. 2:23) y esperar a que Dios actúe (Sal. 37:5).
II. Rápida reacción de David ante este ultraje. Se ciñó la espada y ordenó a sus hombres que cada uno hiciera lo mismo (v. 13). 1. Se arrepintió de toda la bondad que había mostrado con Nabal, y la consideró como un despilfarro (v. 21): «Ciertamente en vano he guardado todo lo que éste tiene en el desierto». 2. Resolvió destruir a Nabal y todas sus pertenencias (v. 22). En esto no actuó David conforme a su propio carácter. Fue una resolución sangrienta, pues decidió matar a todos los varones de la casa de Nabal. La ratificación de su resolución fue igualmente apasionada (v. 22): «Así haga Dios a los enemigos de David y aun les añada …». Esto es lo que dice el actual texto hebreo, pero es preferible la lectura de los LXX:
«Así haga Dios a David y aun le añada …». En efecto, siempre que en la Biblia aparece esta fórmula imprecatoria, se invoca la venganza divina sobre la propia persona (20:13) o sobre la persona misma conjurada (3:17). Por consiguiente, quedan pocas dudas de que el texto actual fue corregido tardíamente por algún escriba que deseó evitar que cayera sobre David la maldición, puesto que no ejecutó el juramento que había proferido. En todo caso, podemos preguntarnos: «¿Es ésta la voz tuya, David?» (comp. con 24:16). ¿Es éste el mismo que hace pocos días perdonó la vida a quien le perseguía para matarle, y ahora no quiere perdonar la vida ni (con alguna probabilidad) de los perros del hombre que se ha limitado a ultrajar de palabra a sus emisarios? El que otras veces solía ser tan pacífico y considerado, arde de cólera ahora por unas pocas frases, de tal modo que sólo puede calmarle la sangre de toda una familia. ¿Qué son los mejores hombres si Dios los deja de su mano? Como de Nabal esperaba nobleza y bondad, la afrenta que recibió de él le tomó tan de sorpresa que, al bajar la guardia, sufrió un ataque repentino que puso en desorden todas sus emociones. ¡Cuánta necesidad tenemos de orar: Señor, no nos metas en tentación!
III. El informe que de todo esto le dio a Abigail uno de sus criados, más considerado que los demás (v. 14). Abigail al ser una mujer de buen entendimiento, se percató de la situación por lo que le dijo el criado, el cual: 1. Hizo justicia a David al recomendar a él y a sus hombres por la humanidad con que se habían comportado con los pastores de Nabal (vv. 15, 16): «Aquellos hombres han sido muy buenos con nosotros, y, a pesar de hallarse ellos en necesidad, no nos faltó nada en todo el tiempo que anduvimos con ellos, y aun cuando ellos mismos estaban expuestos al peligro noche y día han sido para nosotros como un muro». 2. No hizo ninguna injuria a Nabal al condenarle por su rudeza con los emisarios de David (v. 14): «… y él los ha zaherido» (lit. ha volado sobre ellos, es decir, se ha lanzado contra ellos con insultos y vituperios). Posteriormente, viene a decir que no se puede esperar otra cosa de él, pues ésa es su costumbre (v. 17): «Es un hijo de Belial, que no hay quien pueda hablarle». 3. Hizo un gran servicio a Abigail y a toda la familia al hacer que ella se diese cuenta de lo delicado de la situación y de las terribles consecuencias que la actitud de su marido podía acarrear. Había que hacer algo para calmar a David.
Versículos 18–31
Veamos ahora la prudencia con que actuó Abigail para preservar a su marido y a toda la familia de la destrucción que se cernía sobre ellos. En un caso como éste la prudencia es mejor que las armas. 1. Ya fue una muestra de prudencia el que actuó rápidamente, sin dilación. Los que deseen buenas condiciones de paz, deben acordarlas cuando el enemigo está todavía lejos (Lc. 14:32). 2. Otra muestra de su prudencia fue actuar por sí misma, sin enviar a otros, puesto que era mujer de entendimiento y sabía cómo expresarse. Abigail se dispone, pues, a expiar las culpas de Nabal.
I. Con un espléndido presente, Abigail expía la negativa de su marido a la petición de David. Abigail prepara en abundancia lo mejor que tenía en casa (v. 18), no sólo lleva una copiosa provisión de pan y carne, sino también de pasas e higos. Nabal rehusó darles ni aun agua (v. 11), pero ella les llevó dos odres de vino, lo cargó todo sobre unos asnos y lo envió por delante (v. 19). Abigail obró, no sólo legítimamente, sino también laudablemente, al disponer de todos estos bienes de su marido sin conocimiento de éste, porque lo hizo en defensa necesaria de él mismo y de toda la familia, la cual, de no haber tomado ella estas medidas, se habría visto irremisiblemente abocada a la ruina. Maridos y esposas, por el bien y el beneficio de la familia, han de tener el mismo interés en el uso y consumo de sus posesiones materiales; pero si uno de ellos derrocha o gasta en lo que no debe, está robando a su cónyuge.
II. Con su porte impresionante y su palabra encantadora, expía por el lenguaje grosero con que Nabal les había tratado. Salió al encuentro de David cuando éste venía lleno de resentimiento y planeba la muerte de Nabal (v. 20). Con todas las muestras posibles de cortesía y respeto le ruega humildemente que se digne escucharla y le pide que excuse la ofensa.
1. Todo el tiempo se dirige a él con deferencia y respeto. No le echa en cara el furor que le domina, sino que procura calmarle el genio.
2. Echa sobre sí misma el reproche por el mal tratamiento que habían recibido los emisarios de David (v. 24): «Sobre mí sea el pecado». Abigail muestra así la sinceridad y la fuerza de su afecto conyugal y el interés que tiene por su familia; por malo que fuese Nabal, al fin era su marido.
3. Excusa la falta de su marido y apela a lo rudo de su carácter natural y a su falta de entendimiento (v. 25): «Él se llama Nabal (es decir, insensato), y la insensatez está con él». Como si dijese: «En él prevalece la simpleza más que la maldad. Perdónale, pues no sabe lo que se hace».
4. Se excusa a sí misma por no estar enterada primeramente de lo que había pasado: «Mas yo tu sierva no vi a los jóvenes que tú enviaste. De haberlos visto yo, se habrían llevado mejor respuesta».
5. La mención que Abigail hace del derramamiento de sangre (v. 26) que David estaba a punto de llevar a cabo para vengarse, bastó para enternecer un corazón tan bien dispuesto como el de David y, por lo que él mismo dice (v. 33), es evidente que le impresionó mucho. Abigail alaba a David por los buenos servicios que ha prestado contra los comunes enemigos de la nación (v. 28): «Mi señor pelea las batallas de Jehová contra los filisteos y, por consiguiente, Jehová se encargará de pelear contra los que afrenten a David». Le predice también el feliz resultado de los apuros que sufre de momento, pues le asegura:
(A) Que Dios le conservará a salvo (v. 29): «La vida de mi señor será ligada en el haz de los vivos delante de Jehová tu Dios». Dios es el que, como dice literalmente el Salmo 66:9, «coloca nuestra alma en la vida», como una joya que se guarda en un relicario. El vocablo hebreo seror, que se traduce por haz (esto es, gavilla), significa bolsa en que se guarda el dinero (v. Gn. 42:35; Hag. 1:6, etc.), o la bolsita de perfumes que llevaban las mujeres sobre el pecho (Cant. 1:13).
Es, en cierto modo, un sinónimo del «libro de la vida» (Sal. 69:29; Is. 4:3; Dn. 12:1; Ap. 3:5). La vida del creyente es como un «tesoro» que Dios guarda con cariño (comp. con Sal. 116:15). Los judíos lo entienden no sólo de esta vida, sino también de la vida futura. Por eso, hacen grabar sobre sus tumbas las cinco primeras letras de las respectivas palabras que corresponden en hebreo a la frase: «que su alma sea guardada en el haz de la vida». La frase se halla también en los rollos de Qumrán.
(B) Que Dios le dará la victoria sobre sus enemigos: «Él (Dios) arrojará la vida de tus enemigos como de en medio del hueco de una honda» (v. 29) y le hará «casa estable» (v. 28). La imagen del haz de los vivos, conservado como un relicario en poder de Dios, contrasta con la imagen, aplicada a los enemigos de David, de la piedra que viene a ser arrojada lejos con la honda. Con estas razones, Abigail confía en que David perdonará la ofensa y no se arrepentirá después de haber perdonado, sino que, más bien, tendrá una inefable satisfacción por haber dominado su pasión con la prudencia de su espíritu y la gracia de Dios.
Versículos 32–35
«Como zarcillo de oro y joyel de oro fino es el que reprende al sabio que tiene oído dócil» (Pr. 25:12). Abigail dio un sabio reproche a la pasión de David, y David prestó un oído dócil al reproche de ella conforme al principio que él mismo propuso (Sal. 141:5): «Que el justo me castigue será un favor».
I. David da gracias a Dios por haberle enviado este feliz impedimento contra la explosión de su ira pecaminosa (v. 32): Bendito sea Jehová Dios de Israel, que te envió para que hoy me encontrases. Hemos de agradecer a Dios todos los favores y beneficios que nos hacen nuestros amigos, ya sea para nuestro cuerpo o para nuestra alma.
II. Da también gracias a Abigail por haberse interpuesto oportunamente entre él y el mal que había pensado hacer (v. 33): Y bendito sea tu razonamiento, y bendita tú, etc.
III. Parece muy consciente del gran peligro en que se hallaba lo que engrandecía la merced que ella le había hecho en librarle de él. Habla de su pecado como de algo muy grave, pues estaba a punto de derramar sangre, algo que le horrorizaba cuando estaba en su sano juicio, como lo atestigua su oración (Sal. 51:14): Líbrame de la sangre derramada (aun cuando es probable que aquí signifique una muerte prematura, como castigo por el pecado que se narra en 2 S. 11).
IV. La despide con respuesta de paz (v. 35), como abrumado por la elocuencia de ella: «Sube en paz a tu casa, y mira que he oído tu voz (es decir, he escuchado tu razonamiento), por lo que no ejecutaré la venganza que pensaba tomarme, y te he tenido respeto (lit. he levantado tu rostro): he aceptado tu petición. Estoy satisfecho de ti y de lo que has dicho».
Versículos 36–44
Tenemos ahora el funeral de Nabal y el casamiento de Abigail.
I. Funeral de Nabal.
1. «Nabal se hallaba completamente ebrio» (v. 36). Llegó Abigail a su casa y parece ser que halló a su marido con tanta gente y con tal abundancia de manjares en torno de él, que ni echó en falta a su mujer ni los manjares que le había llevado a David. Su misma ebriedad daba testimonio de que era Nabal, esto es, un insensato pues no sabía usar de sus muchos bienes sin abusar de ellos, ni hacerse agradable a sus amigos sin hacer de sí mismo una bestia. No hay señal más segura del poco sentido de una persona, ni camino más seguro para perder el poco que le queda, que el beber con exceso. Nabal, que nunca pensó en gastar un poco a favor de los necesitados, tampoco pensaba que fuera demasiado lo que gastaba en despilfarro y crápula.
2. El que ayer estaba ebrio de vino, a la mañana siguiente estaba lleno de melancolía (v. 37). Cuando, al amanecer, volvió en sí un poco, le contó su mujer lo ocurrido y cuán cerca de la destrucción se había puesto a sí mismo y a su familia por su rudeza, y qué dificultad había tenido que arrostrar ella misma para impedir tal destrucción; al oírlo él, desmayó su corazón (lit. se murió su corazón) en él, y se quedó como una piedra. Se quedó sombrío y taciturno, aterrado, más que avergonzado, de su necedad.
3. Finalmente, Nabal murió (v. 38): «Unos diez días después, sin salir del terror que le había entrado, Jehová hirió a Nabal, y murió».
II. Casamiento de Abigail. David se había prendado de la hermosura de su persona y de la extraordinaria prudencia de su conducta y de su conversación. La requirió por medio de emisarios, al no permitir, sin duda, sus asuntos venir él mismo en persona. Ella recibió la solicitud con gran modestia y humildad (v. 41), y se reconoció indigna de tal honor. Estuvo de acuerdo con la propuesta de matrimonio, marchó con los emisarios después de haber tomado consigo cinco doncellas que la escoltaron conforme a su nuevo rango, y fue su mujer (v. 42). Se casó con él por fe, sin importarle el que de momento no tenía él domicilio, pues confiaba firmemente en que la promesa de Dios a David se cumpliría a la larga.
III. Con ocasión de este casamiento, se nos da una breve referencia de las esposas de David. 1. La primera fue Mical hija de Saúl, a la cual habría sido David fiel si ella lo hubiese sido a él, pero Saúl la había dado a otro (v. 44) en señal de desagrado contra él y renunciando así a ser su suegro. 2. Otra que tuvo antes de Abigail (v. 43), pues se la nombra primero en 27:3; 2 S. 3:2, fue Ahinoam de Jizreel. 3. La tercera fue esta Abigail. David se dejó llevar de la corrompida costumbre de su tiempo. Al no poder conservar su primera mujer, pensó que tenía excusa si tomaba otra además de la segunda. Pero se engaña quien pretenda cubrirse con las faltas de otros.
Le vuelven a David las dificultades por causa de Saúl. I. Los zifeos informaron a éste del paradero de David (v. 1), por lo que marchó con una tropa considerable en persecución de él (vv. 2, 3). II. David se enteró de sus movimientos (v. 4) y se fue a ver dónde acampaba (v. 5). III. Tomó David consigo a un sobrino suyo y se aventuraron ambos a llegar de noche hasta el campamento de Saúl y le hallaron dormido, lo mismo que a sus guardias (vv. 6, 7). IV. A pesar de la incitación de su acompañante, David no quiso dar muerte a Saúl, sino que se limitó a quitarle la lanza y la vasija de agua (vv. 8–12). V. Las mostró después como prueba evidente de que no intentaba hacer ningún daño a Saúl, y razonó con él para hacerle desistir de su persecución (vv. 13–20). VI. Saúl pareció, una vez más, convencido de su error, y desistió de seguir en persecución de David (vv. 21–25).
Versículos 1–5
1. Saúl obtiene información de los movimientos de David y se lanza de nuevo a la ofensiva. Vinieron a él los zifeos y le dijeron dónde estaba David, en el mismo lugar en que estaba cuando le traicionaron anteriormente (23:19). Quizás habría continuado Saúl en la misma buena disposición que mostró antes (24:17) y no le habría creado a David nuevas dificultades, si no hubiesen ido los zifeos con el cuento. Saúl cayó enseguida en la tentación y marchó con una tropa al lugar donde estaba escondido David (v. 2).
2. David obtiene información de los movimientos de Saúl y se pone a la defensiva. Procuraba únicamente su propia seguridad, no la ruina de Saúl; por eso, estaba en el desierto (v. 3); dominaba la bravura de su propio ánimo mediante un silencioso retiro, y mostraba así mayor valor que el que habría mostrado mediante una resistencia no tan digna. (A) Envió espías que le informasen de la llegada de Saúl (v. 4), pues se resistía a creer que Saúl continuara comportándose tan vilmente hasta tener de ello la más clara evidencia. (B) Observó con sus propios ojos la forma en que Saúl estaba acampado con sus tropas (v. 5).
Versículos 6–12
I. Atrevida aventura de David al internarse de noche en el campamento de Saúl, acompañado solamente de su sobrino Abisay, hijo de Sarvia, su hermana. Como Gedeón, se aventuró a pasar a través de la guardia enemiga, seguro de la protección de Dios.
II. Cómo halló acampado al enemigo: Saúl estaba durmiendo en el campamento (lit. en la barricada—o en el centro—del campamento), con la lanza clavada en tierra a su cabecera, y todos sus soldados incluidos los centinelas, dormían con profundo sueño (vv. 6, 7, 12). Algo extraordinario ocurría (v. el final del v. 12) para que todos a la vez estuviesen profundamente dormidos, hasta el punto de que David y Abisay hablaban y caminaban en medio de ellos sin que ni uno siquiera se despertara. ¡Cuán impotentes yacen Saúl y todos sus soldados, en efecto, desarmados y encadenados por el sueño!
III. Abisay pide permiso a David para despachar a Saúl con la lanza que estaba clavada a su cabecera. Era—pensaba él—una especial providencia la que le daba esta oportunidad y no debía dejar que se le escapase.
IV. David rehúsa generosamente permitir que se haga ningún daño a Saúl y se adhiere resueltamente a sus principios de lealtad (v. 9): «¿Quién extenderá su mano contra el ungido de Jehová y será inocente?» Lo que más temía era el pecado, pues le preocupaba su inocencia más que su seguridad. Decidió esperar hasta que Dios tuviese a bien librarle de Saúl en vez de vengarse él mismo (vv. 10–11). De este modo, prefiere la paz de su conciencia a su propio interés y confía el resto a Dios.
V. David y Abisay se llevaron la lanza y la vasija de agua que tenía Saúl a su cabecera (v. 12).
Versículos 13–20
Después de escapar a salvo del campamento de Saúl, y llevarse pruebas suficientes de que había estado allí, David se aposta en un lugar conveniente, de forma que puedan oírle, pero no puedan echarle mano (v. 13), y comienza a razonar con ellos sobre lo que acaba de suceder.
I. Razona irónicamente con Abner y se burla de él mordazmente. Se había levantado Abner y preguntaba quién estaba estorbando el sueño del rey (v. 14). «Soy yo», viene a decir David, y luego le reprocha que haya estado durmiendo cuando debería haber estado de guardia. Para avergonzarle, le dijo David: 1. Que había perdido el honor (v. 15). 2. Que merecía perder la cabeza (v. 16): «Vive Jehová, que sois dignos de muerte, por ley marcial, porque no habéis guardado a vuestro señor. Mira, pues, ahora la señal evidente; mira dónde está la lanza del rey: en las manos de aquel a quien el rey considera su peor enemigo. Los que se llevaron estas cosas, habrían podido quitar con la misma facilidad y seguridad la vida del rey. Ve ahora quiénes son los mejores amigos del rey, si vosotros que le descuidasteis y le dejasteis expuesto al peligro, o yo que le protegí cuando estaba así expuesto».
II. Luego razona seria y afectuosamente con Saúl. Para entonces, éste estaba lo suficientemente despierto como para oír lo que se decía y para darse cuenta de quién lo decía (v. 17): «¿No es ésta tu voz, hijo mío David?» Le había dado a otro su hija Mical, esposa de David y, con todo, le llama hijo; está sediento de su sangre y, sin embargo, aparenta alegrarse de oír su voz. Ahora tiene David tan buena oportunidad de llegar hasta la conciencia de Saúl como la había tenido hacía poco de quitarle la vida.
1. Se queja de la tristísima condición en que se ve a causa de la enemistad de Saúl contra él. De dos cosas se lamenta: (A) De que se ve apartado de su amo y de su oficio (v. 18): «¿Por qué persigue así mi señor a su siervo? En lugar de ser reconocido como siervo, soy perseguido como rebelde». (B) De que se ve separado de su Dios y de su religión, pues se ve obligado a vivir entre adoradores de dioses falsos y metido así en la tentación de unirse a ellos en su culto idolátrico. Si David no hubiese sido un hombre de gracia extraordinaria y de firmeza en sus convicciones religiosas, el mal trato que sufrió a manos de su propio rey y de su mismo pueblo, el Israel que adoraba al verdadero Dios, le habría predispuesto en contra de la religión que Israel profesaba y a favor de unirse con los idólatras.
2. Insiste una vez más en su propia inocencia (v. 18): «¿Qué he hecho? ¿Qué maldad hay en mi mano?»
3. Procura convencer a Saúl de que la persecución que ha emprendido contra él es, no sólo malvada, sino vil e indigna de su regia persona. Se compara a sí mismo a una perdiz, que es un ave completamente inofensiva, ya que, cuando la van a cazar, vuela en la medida que le es posible, pero no ofrece ninguna resistencia. ¿Y tendrá que sacar Saúl al campo lo mejor de sus tropas con el único objeto de cazar una pobre perdiz? «Ruego, pues, que el rey mi señor oiga las palabras de su siervo (v. 19). Hagamos primero paz con Dios juntamente, reconciliémonos con Él, cosa que podemos hacer mediante un sacrificio, y entonces será perdonado el pecado de quien lo esté cometiendo y llegará a su término este sufrimiento que ambos estamos padeciendo». Este es el método correcto de hacer las paces; es menester primero hacer las paces con Dios mediante Jesucristo, el Gran Sacrificio, y así morirán todas las demás enemistades (Pr. 16:7; Ef. 2:16). Por el versículo 16:14 podemos entender la frase de David: «Si Jehová te incita contra mí» lo cual puede hacer mediante un espíritu malo, el que atormenta a Saúl. Esta interpretación es más probable que la que sostiene una especie de «reto» para ver quién es el culpable, por lo que parece aconsejar a Saúl que procure librarse del mal espíritu por medio de sacrificios.
4. Pero cabe otra alternativa: Que la persecución de Saúl contra David se deba a la malevolencia de ciertos hombres. Si es así, David excusa, en alguna medida, a Saúl, para echar toda la culpa a los malvados consejeros de Saúl, que le incitaban a llevar a cabo la acción más indigna, deshonesta y deshonrosa; por ello, viene a insinuar que tales hombres sean removidos de su cargo y echados de la presencia del rey, como malditos en la presencia de Jehová (v. 19).
Versículos 21–25
I. Saúl confiesa su culpa y su insensatez en perseguir a David y promete no hacerlo más. Reconoce que lo ha hecho muy mal en procurar darle alcance, pues ha contravenido la ley de Dios («he pecado») y ha ido en contra de sus propios intereses («he hecho neciamente y he errado en gran manera»), al perseguir como a un enemigo al que se había portado como el mejor de sus amigos. Así que le invita a regresar a la corte: «Vuélvete, hijo mío David» (v. 21), y promete que no volverá a perseguirle más:
«Ningún mal te haré más.»
II. David no se fía del aparente arrepentimiento de Saúl. Es de notar que Saúl no confiesa haber perseguido a David «por malicia», sino «por error». El verbo hebreo correspondiente a «errar» es sagá y significa «pecar por inadvertencia» (v. Lv. 4:13). No bastan palabras para dar evidencia de la sinceridad de una confesión. Así que David pide que pase uno de los criados del rey a recoger la lanza de Saúl (v. 22), y después (v. 23): 1. Apela a Dios como árbitro de la controversia: «Jehová pague a cada uno su justicia y su lealtad». 2. Trae de nuevo a la memoria de Saúl el respeto que le tiene por principios de piedad y lealtad, como lo prueba la forma con que se ha comportado con él en este caso: «No quise extender mi mano contra el ungido de Jehová». Con esto le da a entender que la unción recibida era lo que protegía a Saúl, por lo que debía expresar su gratitud al Señor, con quien estaba en deuda por ello. 3. Al no fiarse de las promesas de Saúl, se pone bajo la protección de Dios, cuyo favor ruega (v. 24): «Así sea mi vida preciosa a los ojos de Jehová y me libre de toda aflicción». Como si dijese: «Que sea mi vida estimada a los ojos de Dios, ya que tú la tienes en tan poca estima».
III. Saúl predice la futura promoción de David. Le ensalza (v. 25): Bendito eres tú, hijo mío David. Le anuncia futuras victorias: Sin duda emprenderás tú cosas grandes y prevalecerás. Las cualidades principescas que se echaban de ver en David: su generosidad al perdonar la vida a Saúl, su autoridad militar al reprender a Abner por dormirse, su interés por el bien común del pueblo, y las señales de la presencia de Dios con él, convencieron a Saúl de que David terminaría siendo promovido al trono, de acuerdo con las profecías acerca de él.
IV. Finalmente, después de la cura paliativa efectuada en la herida de la enemistad, se apartaron en paz el uno del otro. Saúl regresó a Guibeá, y David se fue por su camino. Por lo que se desprende del texto sagrado, ya no volvieron a verse más.
David era de carácter recto pero tenía sus defectos, los cuales quedan registrados en la Biblia, no para que los imitemos, sino para que los evitemos. I. Hallamos, para alabanza suya, que cuidó sabiamente de su propia seguridad y de la de su familia (vv. 2–4) y que luchó valientemente las batallas de Israel contra los cananeos (vv. 8–9). Sin embargo: II. Hallamos, para deshonra suya: 1. Que comenzó a perder la esperanza en su liberación (vv. 1–2). 2. Que desertó de su país y se fue a vivir en el país de los filisteos (vv. 1, 5–7). 3. Que engañó a Aquís con un equívoco, si no fue con una mentira, acerca de su expedición (vv. 10–12).
Versículos 1–7
I. La fuerza del miedo de David, que era el efecto de la debilidad de su fe (v. 1). Con temple melancólico, deduce la siguiente conclusión: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl. Pero podríamos decirle: «¡Oh, hombre de poca fe! ¿Por qué dudas?» Aunque tenía motivos para dudar de las promesas de Saúl, no los tenía para dudar de las de Dios. La incredulidad es un pecado que fácilmente acecha incluso a los buenos. ¡Señor, auméntanos la fe!
II. La decisión que tomó en consecuencia. Ahora que Saúl se había retirado a su lugar, resolvió aprovechar esta oportunidad para retirarse él al país de los filisteos. Al tomar esta decisión, David se hacía daño a sí mismo. El Señor quería verle en la tierra de Judá (22:5). ¿Cómo podía esperar obtener la protección del Dios de Israel, si se salía de las fronteras del país de Israel?
III. La amable acogida que encontró en Gat. Aquís le dio la bienvenida, en parte por generosidad, orgulloso de tener junto a sí a un hombre tan valiente, en parte por política, ya que esperaba tenerle por siempre a su servicio y que también otros siguiesen su ejemplo y desertasen de Israel. No cabe duda de
que Aquís prometió solemnemente su protección a David, y éste podía fiarse de las promesas de un rey pagano y extranjero, cuando no podía fiarse de las de su propio monarca, el rey de Israel.
IV. Al enterarse Saúl de que David había huido a Gat, cesó de ir en su busca (v. 4), y se contentó con tenerle fuera de las fronteras de Israel.
V. David se traslada de Gat a Siclag.
1. Con toda prudencia y gran modestia David pide a Aquís el traslado (v. 5). (A) Realmente, era una medida de gran prudencia. David sabía lo que era ser envidiado en la corte de Saúl, y tenía mayores motivos para temer en la corte de Aquís, por lo cual declina el honor que le había ofrecido el rey. En una ciudad de su propiedad, tendría mayor libertad para practicar su religión, así como para mantener más fácilmente a sus hombres en ella, y su espíritu recto no se sentiría abrumado, como en Gat, con las idolatrías de los filisteos (comp. con 2 P. 2:7). (B) También fue muy humilde la forma en que presentó su petición a Aquís. No le prescribe la ciudad que debería asignarle, sino que ruega la concesión de la aldea que el rey tenga a bien darle, y añade: «¿Por qué ha de morar tu siervo contigo en la ciudad real, para retener tu atención y distraerla de los que te sirven?»
2. La concesión que le otorgó Aquís, en respuesta a su ruego, fue generosa y benévola (vv. 6, 7): Aquís le dio aquel día Siclag. De este modo: (A) Israel recobró su antiguo derecho, pues Siclag caía en la heredad de la tribu de Judá (Jos. 15:31), y después fue extraída, con otras ciudades, de dicha tribu y asignada a Simeón (Jos. 19:5). Pero se ve que no había sido sometida o, más probablemente que los filisteos se habían apoderado de ella. (B) David obtuvo un cómodo alojamiento, no sólo a cierta distancia de Gat, sino también en la frontera misma de Israel. Aun cuando no parece que aumentase sus fuerzas militares en vida de Saúl, puesto que todavía, poco antes de la muerte de éste, contaba con seiscientos hombres (30:10) después de la muerte de Saúl, sin embargo, Siclag fue el punto de reunión de sus amigos.
Versículos 8–12
Relato de las actividades de David mientras vivió en el país de los filisteos; los fieros ataques que llevaba a cabo, y la falsa información que de ellos daba a Aquís.
1. Hay quienes eximen a David de injusticia y crueldad en estas actividades, y alegan que tanto los guesuritas como los guezritas, y, especialmente, los amalecitas, estaban condenados por Dios al «anatema», esto es, a la destrucción completa. Saúl mismo había sido rechazado por conservar la vida a los amalecitas, con lo que David estaría supliendo con su obediencia actual la anterior desobediencia de Saúl. Sin embargo, la mayoría de los autores destacan la brutalidad de David en la forma de asolar el país (v. 9). No hay por qué justificar todas las acciones de David. Por otro lado, hemos de percatarnos de la diferencia entre la moral del Antiguo Testamento y la moral cristiana.
2. Menos puede todavía justificarse la información falsa que David suministraba a Aquís acerca de esas expediciones: (A) Se ve que David no quería que Aquís supiera la verdad y, por eso, no dejaba con vida a nadie que pudiese llegar a Gat (v. 11), no porque estuviese avergonzado de lo que hacía, sino por miedo a que se enterasen los filisteos y, al ver el peligro que, para ellos mismos o para sus aliados, implicaba tener entre ellos a David, acabasen con él o, al menos, lo echasen de su país. (B) Ocultó la verdad a Aquís por medio de un subterfugio equívoco, poco honroso para la rectitud de su carácter, pues preguntado por Aquís en qué lugares había llevado a cabo sus incursiones, respondía que en el Néguev de Judá, etc. (v. 10). Como néguev significa «sur», era cierto que había merodeado por territorios que caían al sur de Judá, pero no dentro mismo de Israel, según lo entendió Aquís, infiriendo de ahí (v. 12) que David se había hecho abominable a su pueblo de Israel y sería siempre su siervo, al buscar solamente proteger los intereses de Aquís.
En este capítulo comienza la preparación de la guerra que pondrá fin a la vida y al reinado de Saúl y, por consiguiente, hará vía libre para la accesión de David al trono. En esta guerra: I. Los filisteos son los agresores, y Aquís su rey hace a David su confidente (vv. 1, 2). II. Los israelitas se preparan a hacerles frente y Saúl su rey hace de una adivina del diablo su confidente, con lo cual llena así la medida de su iniquidad. 1. La condición desesperada en que se hallaba Saúl (vv. 3–6). 2. Su recurso a una adivina para que le traiga a Samuel (vv. 7–14). 3. Su conversación con la aparición (vv. 15–19). 4. El enorme desaliento que le causó (vv. 20–25).
Versículos 1–6
I. La decisión que tomaron los filisteos en contra de Israel (v. 1): «Aconteció en aquellos días que los filisteos reunieron sus fuerzas para pelear contra Israel».
II. La esperanza que abrigaba Aquís de que David le ayudara en esta guerra: «Ten entendido que has de salir conmigo a campaña, tú y tus hombres». Como si dijese: «Si yo te estoy protegiendo, tú tienes que estar a mi servicio.» Se siente feliz de tener a su lado a un hombre tan valiente como David. Pero David le dio una respuesta ambigua: «Ya veremos lo que hay que hacer; tendremos tiempo de hablar acerca de eso; pero tú sabrás lo que hará tu siervo» (v. 2). De esta forma se considera a sí mismo libre de la promesa de servir a Aquís y, no obstante, le permite conservar la esperanza de contar con David.
III. La salida de ambos ejércitos al campo de batalla (v. 4): Los filisteos vinieron y acamparon en Sunem, que era una ciudad de la tribu de Isacar (Jos. 19:18), en la ladera sudoeste del pequeño Hermón. En los cercanos montes de Guilboa, Saúl pasó revista a sus tropas y acamparon allí, dispuestos a entrar en batalla con los filisteos.
IV. El terror que acometió a Saúl (v. 5): Vio el campamento de los filisteos, un ejército mejor armado, más numeroso y con mejores ánimos que el suyo. Si se hubiese adherido al Señor, no habría tenido necesidad de temer ante la vista del ejército filisteo, pero ahora su interés había decaído, sus tropas estaban mermadas y le parecieron exiguas y, lo que es peor, le faltaron ánimos. Ahora recordaría la culpable sangre de los amalecitas que él había perdonado, y la inocente sangre de los sacerdotes, que él había derramado. Ante sus ojos aparecían en siniestra fila sus pecados, y esto le robó todo el coraje que necesitaba para presentar batalla. En este aprieto, consultó Saúl a Jehová (v. 6). Lo hizo de tal forma que fue como si no le hubiese consultado; por eso se dice en 1 Crónicas 10:14 que «no consultó a Jehová» pues fue una consulta débil y fría y con el secreto designio de consultar al diablo si Dios no le daba respuesta. No consultó con fe, sino con mente inestable y llena de doblez. ¿Y podía esperar respuesta por medio de profetas el que había aborrecido y perseguido a Samuel y a David, siendo profetas ambos?
¿Podía esperar respuesta por medio de Urim el asesino del sumo sacerdote y de todos los 85 sacerdotes de Nob? ¿Podía esperar respuesta por medio de sueños el que había ultrajado al Espíritu de gracia, de forma que éste se había apartado de él?
V. Mención de algunos sucesos ocurridos algún tiempo atrás, pero que sirven como introducción al relato siguiente (v. 3). 1. La muerte de Samuel. Samuel había muerto, lo cual alentó a los filisteos y aterró a Saúl. 2. El edicto de Saúl contra la brujería puesto en ejecución por él mismo: Saúl había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos. Algunos opinan que Saúl cumplió dicha ley cuando estaba todavía bajo la influencia de Samuel. Quizá cuando Saúl mismo estuvo atormentado por un espíritu malo, sospechó que estaba embrujado y, por eso, procuró acabar con brujas, adivinos y encantadores. Hay muchos que parecen celosos contra el pecado, cuando el pecado les hace daño a ellos mismos (dan informes contra los que juran, si éstos juran contra ellos, o contra los borrachos, si éstos les perjudican mientras están ebrios), pero si un pecado no les afecta personalmente, no les desagrada por ser pecado pues no sienten ningún interés por la santidad ni por la gloria de Dios.
Versículos 7–14
I. Por fin, Saúl busca «una mujer que tenga espíritu de adivinación» (v. 7), una pitonisa o, más exactamente, nigromante. Al no responderle Dios, si Saúl se hubiese humillado y perseverado en buscar sinceramente el rostro de Dios con arrepentimiento y confesión de sus pecados, ¿quién sabe si, al fin, no habría conseguido obtener respuesta divina? Pero sumido como estaba en las tinieblas del pecado y al no poder hallar consuelo ni en el cielo ni en la tierra (Is. 8:21, 22), resuelve llamar a las puertas del infierno y ver si alguien puede tenderle una mano amistosa y procurarle información: «Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación». Sus siervos le recomiendan una que vive en Endor, y a ella acude, haciéndose así culpable: 1. De desprecio al Dios de Israel. 2. De contradicción consigo mismo.
II. Se apresura a llegar hasta ella, pero va de noche y disfrazado; acompañado únicamente de dos hombres y probablemente, a pie (v. 8), aun cuando para llegar allá tuvo que hacer una buena marcha de unas cuatro horas. Los que son llevados cautivos por Satanás se ven forzados: 1. A rebajarse. Nunca apareció Saúl tan vil como cuando fue a consultar a una hechicera para saber su fortuna. 2. A disimular. Tal es el poder natural de la conciencia que hasta los malhechores parecen avergonzarse de obrar el mal; por eso, tratan siempre de excusarse.
III. Le comunica el objeto de su viaje y le promete impunidad.
1. Todo lo que desea de ella es que le traiga a alguien de los muertos. Esperaba que la nigromancia le serviría para sus propósitos. Esto estaba terminantemente prohibido en la Ley (Dt. 18:11): «Yo te ruego que … me hagas subir a quien yo te diga» (v. 8). Se entendía comúnmente que las almas continúan existiendo después de la muerte, por lo que su aparición caía dentro del ámbito de lo posible, si Dios lo quería o lo permitía.
2. La mujer expresa su temor a la Ley y la sospecha de que este personaje extraño le va a tender una trampa (v. 9): Tú sabes lo que Saúl ha hecho, etc. Se siente en peligro de transgredir el edicto de Saúl y eso es lo único que la preocupa, no el transgredir la ley de Dios e incurrir así en su ira. Considera lo que Saúl ha hecho, no lo que Dios ha dicho contra tales prácticas, y sospecha una trampa puesta a su vida, no a su alma.
3. Saúl le promete con juramento que no la descubrirá (v. 10). Pero le promete más de lo que él mismo puede cumplir, al decirle: Ningún mal te vendrá por eso, puesto que mal podía dar seguridades, de la divina venganza en especial, quien no tenía ninguna.
IV. Samuel, recientemente muerto, era la persona con la que Saúl quería hablar.
1. Tan pronto como Saúl dio a la mujer seguridad, ella se dispuso a desempeñar su oficio y preguntó:
¿A quién te haré venir? (v. 11).
2. Saúl desea hablar con Samuel: Hazme venir a Samuel. Samuel le había ungido por rey y había sido primeramente su amigo y consejero. Mientras Samuel vivía en Ramá no lejos de Guibeá de Saúl, y estaba al frente de la escuela de profetas nunca leemos que Saúl fuese a consultarle. ¡Cuánto mejor le habría ido si lo hubiese hecho!
3. Tan pronto como la mujer vio la sombra de Samuel (v. 12) adivinó que el desconocido visitante era Saúl y le dijo (v. 13): «¿Por qué me has engañado disfrazándote, pues tú eres Saúl, precisamente el hombre al que temo más que a ningún otro?»
4. Saúl le dice que no tenga miedo y que le refiera lo que ha visto. Ella dice entonces: He visto dioses que suben de la tierra (lit.). La mujer emplea el plural elohim, quizá para designar a un ser sobrenatural y muy distinto de un hombre en su estado ordinario no está de más recordar que la Biblia Hebrea llama dioses a los jueces (Sal. 82:6, comp. con Jn. 10:34, 35). Por la forma en que la mujer describe a la sombra o espectro que sube, Saúl entiende que es Samuel (v. 14): un anciano, envuelto en su típico manto (15:27). Por ello, se postra rostro en tierra y le hace gran reverencia.
5. Hay autores, antiguos sobre todo, que sostienen, o que la pitonisa imitó con sus artes mágicas la voz de Samuel, o que Dios permitió que fuese el diablo quien respondiera a Saúl. Sin embargo, el texto mismo y algunas otras referencias han inclinado a la mayoría de los comentaristas modernos a admitir que fue el propio Samuel quien se apareció a Saúl. En efecto: (A) Sólo una aparición totalmente imprevista puede explicar el grito de sorpresa de la mujer (v. 12). (B) Sólo alguien en comunión con Dios podía asegurar con toda certeza lo que iba a ocurrir al día siguiente (v. 19). (C) El aparecido usa nada menos que siete veces el nombre de Jehová cosa muy improbable en un demonio (vv. 16–19). (D) El texto de 1 Crónicas 10:13, en la versión de los LXX, dice que «le contestó Samuel», lo cual se halla confirmado en el apócrifo Eclesiástico (46:20) donde se dice de Samuel: «Y después de dormido, todavía profetizó y anunció al rey su fin». El que no admitamos los evangélicos la canonicidad de tal libro, no significa que hayamos de rechazar de plano su historicidad.
Versículos 15–19
Conversación entre Saúl y Samuel.
I. Samuel pregunta a Saúl (v. 15): ¿Por qué me has inquietado haciéndome venir? Aunque Samuel venía con el permiso de Dios, reprocha a Saúl haberle hecho venir del seol, lugar de reposo de las almas de los justos hasta que fue cumplida la obra de la redención (probable alusión en Ef. 4:8).
II. Saúl se excusa y alega el aprieto en que se encuentra y su abandono por parte de Dios: «Dios se ha apartado de mí …». No podía esperar otra cosa quien tan grave y obstinadamente se había apartado de Dios. Si estuviese verdaderamente arrepentido, reconocería en esto la justicia de Dios, pero como un hombre rabioso de furor, parece echar la culpa al mismo Dios del miserable estado en que se halla. Con todo, espera que Samuel pueda ayudarle, sin percatarse de que, cuando Dios ha apartado su rostro de una persona, ni el mejor servidor de Dios, sea Moisés o Samuel (v. Jer. 15:1), puede prestarle ninguna ayuda (v. 16).
III. Samuel le recuerda a Saúl lo que ya le había dicho (15:28) a causa de la desobediencia de éste en la campaña contra los amalecitas. Por esta desobediencia, Saúl perdió el reino y Dios lo dio a David (v. 17). Al no haber escuchado Saúl la voz de Dios en aquella ocasión, Dios no le escucha a él ahora (v. 18). Finalmente, le predice la derrota de Israel a manos de los filisteos, y la muerte de él y de sus hijos en la batalla (v. 19): «Mañana estaréis conmigo tú y tus hijos»; es decir, en el seol, en el reino de los muertos, pero no en el mismo estado o compartimento (v. Lc. 16:26).
Versículos 20–25
Cómo recibió Saúl el terrible mensaje que Samuel le comunicó. Había preguntado qué es lo que tenía que hacer (v. 15), pero le dicen lo que no había hecho (v. 18) y lo que le iban a hacer (v. 19).
I. Cómo se hundió bajo el peso de tan aciago mensaje (v. 20). Estaba en muy malas condiciones físicas para soportarlo: Estaba sin fuerzas, porque no había comido nada en todo aquel día y aquella noche. Salió del campamento en ayunas y continuó en ayunas, no por falta de comida, sino por falta de apetito; y al oír el comunicado de Samuel, cayó en tierra cuan largo era (y, por cierto, era bien largo—v. 10:23—), como si los arqueros de los filisteos le hubiesen herido ya. Fue a la adivina de Endor en busca de consejo y de consuelo, y se encontró más confuso y desconsolado de lo que estaba.
II. Cuánto costó persuadirle a que comiera lo necesario para poder regresar a su puesto en el campamento. La mujer insistió mucho en que comiera algo, a fin de que pudiera marcharse de allí, ya que temía quizá que si enfermaba en su casa y, especialmente, si se moría allí, podría ella ser acusada de traición, aun cuando se viese libre del cargo de hechicería. Así pues:
1. Le importunó con insistencia a que tomase algo. Ella tenía a mano un ternero engordado (el vocablo hebreo indica que era usado para trillar el grano y, por tanto, del que era gran desventaja desprenderse) y lo mató en seguida para prepararle de comer (v. 24).
2. Él se resistía con la misma insistencia a probar bocado (v. 23): Él rehusó diciendo: No comeré. Si hubiesen sido sólo fuerzas corporales las que le faltaban, aquella suculenta comida le habría aliviado mucho; pero, ¡ay!, su caso estaba fuera del alcance de tales remedios. ¿Qué ayuda puede prestar una deliciosa vianda a una conciencia mortalmente herida?
3. Porfiaron más la mujer y los siervos de Saúl hasta vencer su resistencia: Pero porfiaron con él sus siervos juntamente con la mujer, y él les obedeció, contra su voluntad y su falta de apetito. Con ello, adquirió fuerzas suficientes para levantarse y marchar con sus hombres antes de que fuese de día (v. 25), a fin de llegar cuanto antes al campamento. Flavio Josefo admira aquí la valentía y la magnanimidad de Saúl en este punto, pues, a pesar de que le habían asegurado que iba a perder el honor y la vida, no quiso abandonar a sus tropas, sino que regresó resueltamente al campamento y se preparó para entrar en batalla.
En este capítulo hallamos la forma providencial en que David en comunión con Dios, fue sacado del aprieto en que se encontraba y Dios le proveyó la solución, sin que él tuviera que idear ninguna estratagema. Le vemos aquí: I. Marcha con los filisteos (vv. 1, 2). II. Halla la oposición de los príncipes de los filisteos (vv. 3–5). III. Afortunado en ser despedido por Aquís del servicio que tan mal le caía, pero del que no sabía cómo deshacerse (vv. 6–11).
Versículos 1–5
I. El gran aprieto en que se hallaba David. El ejército de los filisteos y el de los israelitas estaban acampados ambos y listos para entrar en batalla (v. 1). Aquís, que tan bien se había portado con David, le había obligado a acompañarle y traer consigo las fuerzas de las que disponía. Obedeció David, y al pasar revista a las compañías, los príncipes de los filisteos hallaron que David y sus hombres iban en la retaguardia con Aquís (v. 2). El aprieto en que se hallaba David era mayúsculo. Si al entrar en batalla se retiraba con sus hombres, caería sobre él el indeleble reproche de ser, no sólo cobarde y traidor, sino también villano e ingrato con Aquís. Si, como se esperaba de él, luchaba en las filas de los filisteos contra Israel sería culpable de enemistad con su propio pueblo, el Israel de Dios y de alta traición contra su país y su rey, con lo que los israelitas le aborrecerían y se opondrían unánimemente a que se le concediera la corona. Si Saúl moría en la batalla (como efectivamente ocurrió), David podría ser acusado de haberle dado muerte. Así que por todos los lados le acechaban el pecado y el escándalo. En este aprieto se metió él mismo por su imprudencia y su desconfianza en Dios al marcharse de la tierra de Judá. Por tanto, bien podía Dios haberle dejado justamente en esta grave dificultad para castigarle por su insensatez, pero, como Dios le amaba y el corazón de David estaba recto con Dios, no permitió el Señor que fuese tentado más de lo que podía resistir, sino que le proveyó también juntamente con la tentación la vía de escape (1 Co. 10:13).
II. La puerta que se le abrió para ser librado de este aprieto. Dios inclinó el corazón de los príncipes de los filisteos a oponerse a la entrada de David y de sus hombres en la batalla y a insistir en que fueran despedidos. 1. La pregunta que hicieron no pudo ser más apropiada: ¿Qué hacen aquí estos hebreos? (v. 3). Verdaderamente, no era aquel el lugar propio y digno para David y sus hombres. Al Responder a esta pregunta Aquís dio de David un testimonio muy honorable, pues habló de él como de un refugiado, exiliado injustamente de su propio país y puesto bajo su protección, y que le había prestado desde entonces muy buenos servicios. 2. No obstante, los príncipes de los filisteos se mostraron intransigentes y le exigieron a Aquís que le despidiera: (A) Porque había sido anteriormente enemigo de los filisteos, como lo atestiguaba lo que de él se cantaba en las danzas de Israel (v. 5): «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». (B) Porque podía, en cualquier momento, convertirse en el mayor enemigo y hacerles más daño que todas las tropas de Saúl juntas, al poder sorprenderles por la retaguardia (v. 4): No sea que en la batalla se nos vuelva enemigo; porque ¿con qué cosa volvería mejor a la gracia de su señor que con las cabezas de estos hombres?
Versículos 6–11
Aquís, aun cuando era el jefe supremo del ejército y el único de los príncipes que ostentaba el título de rey, era, al fin y al cabo, uno entre cinco; así que, en el consejo de guerra celebrado en esta ocasión, le venció el voto de la mayoría y, muy a pesar suyo, se vio obligado a despedir a David.
I. La despedida que le da Aquís es muy honrosa y no parece terminante, sino como de momento. 1. Con una exageración corriente entre los orientales, le expresa la gran satisfacción que ha sentido al tenerle en su compañía (v. 9): Tú eres bueno ante mis ojos, como un ángel de Dios. 2. Le da de palabra certificado de buena conducta (v. 6): «Tú has sido recto, y toda tu conducta ha sido buena ante mis ojos, y ninguna cosa mala he hallado en ti desde el día que viniste hasta hoy». 3. Echa toda la culpa de esta dimisión a los príncipes, quienes de ningún modo soportan que continúe en el campamento. 4. Le ordena que se marche de madrugada temprano (v. 10).
II. La forma en que recibió David este comunicado parece muy obsequiosa, pero caben pocas dudas de que estaba disimulando; protesta de esta despedida como si estuviese ansioso de hacer lo que, en realidad, no tenía el menor deseo de llevar a cabo. Pero no está libre, por eso, de culpa; es una de las muchas inconsecuencias de David por este tiempo, a causa de confiar más en sus maniobras que en la protección de Dios.
III. Sin embargo, la providencia de Dios ordenó las cosas de tal modo que David saliese fácilmente del aprieto en que se hallaba, pues, además de quebrarse la trampa que le amenazaba, se le facilitó una rápida huida a su propia ciudad para rescatarla de la desolación a la que la habían sometido los amalecitas. Siclag necesitaba urgentemente a David, aunque David no se había enterado de la necesidad antes. De esta forma, la descortesía con que le habían tratado los príncipes de los filisteos resultó, en muchos aspectos una ventaja para él. Por Jehová son afianzados los pasos del hombre, y Él aprueba su camino (Sal. 37:23). No sabemos ahora lo que Dios hace con nosotros, pero lo sabremos después y veremos que todo era para nuestro bien (Ro. 8:28).
Cuando David fue despedido del ejército de los filisteos, no se fue al campamento de Israel, sino que, al haber sido expulsado por Saúl observó completa neutralidad y se retiró pacíficamente a su ciudad, Siclag, y dejó a los ejércitos dispuestos a enfrentarse. I. Halló la ciudad en lamentable estado, asolada por los amalecitas, lo cual le causó gran pesar, así como a sus hombres (vv. 1–6). II. Consultó a Dios y, tras obtener del Señor respuesta favorable (vv. 7, 8), persiguió al enemigo (vv. 9, 10), recibió de un egipcio valiosa información (v. 11–15), atacó y derrotó a los amalecitas (vv. 16, 17) y recobró todo lo que éstos se habían llevado (vv. 18–20). III. Método que observó en el reparto de los despojos (vv. 21–31).
Versículos 1–6
I. Los amalecitas invaden Siclag en ausencia de David. Entraron por sorpresa en la ciudad, la cual había quedado desguarnecida, la saquearon, la incendiaron y se llevaron cautivas a las mujeres, así como a los niños (vv. 1, 2). Con esta acción intentaban vengarse de las incursiones que recientemente había llevado a cabo David en su territorio (27:8). Sin embargo, la providencia de Dios inclinó de forma maravillosa los corazones de estos amalecitas a llevarse en cautiverio las mujeres y los niños, en lugar de darles muerte.
II. La confusión y la consternación que experimentaron David y sus hombres cuando hallaron sus casas reducidas a cenizas, y a sus mujeres y niños llevados en cautiverio. Después de una marcha de tres días desde el campamento de los filisteos hasta Siclag, ahora que llegaban fatigados en extremo, pero con la esperanza de hallar reposo en sus casas y gozo en sus familias, ¡qué escenario tan negro y descorazonador tenían a la vista! (v. 3). Ello les hizo llorar amargamente (sin exceptuar a David), aunque eran hombres de guerra, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar (v. 4).
III. Los hombres de David murmuraron de él y se amotinaron contra él (v. 6): David se angustió mucho porque además de las pérdidas que él mismo había experimentado, el pueblo hablaba de apedrearlo: 1. Porque le consideraban causante de aquella calamidad, por la forma en que había provocado a los amalecitas y por haber dejado sin ninguna guarnición a la ciudad. 2. Porque comenzaban ahora a perder la esperanza de la promoción que se habían prometido al seguir a David. Tenían todos la ilusión de llegar un día a ser príncipes, y ahora se veían como mendigos. Saúl le había expulsado de su propio país, los filisteos le habían expulsado de su campamento, los amalecitas habían saqueado su ciudad, llevándose también prisioneras a sus mujeres, y ahora para completar su tragedia, sus amigos incondicionales en quienes había puesto su confianza y a quienes había dado protección, refugio y alimento, en lugar de compartir sus penas, levantaban el calcañar contra él y amenazaban con apedrearle. Tan negro panorama requería una fe muy grande. Con frecuencia, tanto los creyentes como las mismas iglesias se hallan como en las últimas antes de que comiencen a reponerse.
IV. David pone toda su confianza en la providencia divina en medio de tan tremendo aprieto (v. 6):
«Mas David se fortaleció en Jehová su Dios». Sus hombres estaban irritados: Estaba amarga el alma de todo el pueblo (lit.). La impaciencia y el descontento añadían hiel y ajenjo a su aflicción y miseria, con lo que hacían el caso doblemente gravoso. Pero David lo soportó con mejor ánimo, aunque tenía mayor motivo que ninguno de ellos para lamentarse; ellos dieron rienda suelta a sus pasiones, pero él puso en práctica su fe y su gracia y, al fortalecerse así en Dios, guardó en su interior la calma mientras los demás se quitaban los ánimos unos a otros. Ésta era la costumbre de David, y así hallaba él el consuelo y el ánimo que necesitaba: «En el día en que tengo miedo, yo en ti confío» (Sal. 56:3). Así, ni las mayores calamidades acababan con su fe.
Versículos 7–20
I. David consulta a Dios para ver qué debe hacer: «¿Perseguiré a estos merodeadores?» También le pregunta cuál será el resultado: «¿Los podré alcanzar?» (v. 8). David no abrigaba ninguna duda de que fuese justa esta guerra contra los amalecitas, y su inclinación era lo bastante fuerte para lanzarse contra ellos a fin de recuperar lo que más amaba en este mundo; con todo, no quería lanzarse a esta empresa sin pedir antes consejo a Dios, con lo que mostraba así que de Él dependía y a Él se sometía.
II. Al frente de todos los hombres que estaban a sus órdenes, se puso en marcha contra los amalecitas (vv. 9, 10). Véase cuán rápidamente su paciencia y su fe apaciguaron el motín de sus soldados. Cuando el pueblo hablaba de apedrearlo (v. 6), si él hubiese amenazado con ahorcarles o, al menos, que cayeran las cabezas de los promotores del motín, a pesar de lo justo de la sentencia, habrían resultado perniciosas consecuencias para sus propios intereses en tan crítica coyuntura. Ahora, todos sus hombres estaban dispuestos a marchar con él en persecución de los amalecitas, y a todos los necesitaba; pero se vio obligado a dejar atrás 200 hombres, un tercio de su ejército, pues se hallaban tan fatigados de la marcha que no pudieron pasar el torrente de Besor (v. 9). Esto fue para David:
1. Una gran prueba para su fe: ¿Podía seguir adelante, confiado únicamente en la palabra de Dios, cuando tantos de sus hombres se le habían quedado atrás desfallecidos? Cuando nos hallemos decepcionados y desalentados en las esperanzas que hayamos puesto en las causas segundas, sigamos adelante con buen animo, y confiemos en el poder de Dios, pues así se le da gloria «creyendo en esperanza contra esperanza» (Ro. 4:18).
2. Una gran prueba de la delicadeza de David hacia sus hombres, ya que no les urgió a seguirle sacando fuerzas de flaqueza, aun cuando el caso era grave y urgente. Así es como el Hijo de David nos muestra la compasión del Padre «porque Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Sal. 103:14). No todos los seguidores de Cristo tienen el mismo vigor en sus empresas y conflictos espirituales, pero, cuando somos débiles, Él es compasivo; más aún, Él es fuerte (2 Co. 12:9, 10).
III. La Providencia les puso en el camino un pobre y malparado joven egipcio que les dio información de los movimientos de los enemigos y les sirvió de guía para los movimientos de ellos.
1. La crueldad que le mostró su amo. Después de haber servido fielmente a su señor, éste le había abandonado porque estaba enfermo, dejándole que se muriera en pleno campo. Justamente se sirvió la Providencia de Dios de este pobre siervo, tan mal tratado de su amo, como instrumento para la destrucción de todo el ejército de los amalecitas y, entre ellos, de su propio amo.
2. La compasión que tuvo David de él. Aunque tenía motivos para sospechar que este hombre fuese uno de los que habían intervenido en la destrucción de Siclag, al hallarle, no obstante, en este apuro, le asistió generosamente, le dio, no sólo pan y agua (v. 11), sino también higos y pasas (v. 12). A pesar de que los israelitas tenían prisa y no llevaban muchos víveres, no quisieron abandonarle, sino que se apresuraron a salvar al que estaba en peligro de muerte y no dijeron: No nos dimos cuenta (Pr. 24:11, 12).
3. La información que recibió David de este pobre egipcio tan pronto como se recobró de su extrema debilidad, pues le refirió, en cuanto a los de su propio bando: (A) Lo que habían hecho (v. 14): Hicimos una incursión, etc. (B) Adónde se habían marchado los demás (vv. 15, 16). Prometió a David informarle de ello bajo condición de que no le mataría ni le entregaría en manos de su amo, el cual si se enteraba de su paradero, añadiría nuevas crueldades a las anteriores (al menos, así lo pensaba él). Tan alta opinión tenía este pobre egipcio de lo sagrado de un juramento, que no deseaba para su vida mayor seguridad que ésta: «Júrame por Dios» (v. 15); no por los nombres de los dioses de Egipto ni de Amalec, sino por el Dios supremo, vivo y verdadero.
IV. Enterado por el egipcio del lugar donde estaban los amalecitas, los cuales celebraban su triunfo sin sospechar ningún peligro, cayó sobre ellos y, como él solía orar, vio su deseo sobre sus enemigos. 1. Los bandidos cayeron allí casi todos. Alegres con el botín que habían acaparado, estaban comiendo, bebiendo y haciendo fiesta (v. 16). En esta forma los sorprendió David, resultándole así más fácil batirles. Sólo 400 hombres, lo suficientemente jóvenes y avisados para darse prisa, montaron en los camellos y huyeron. 2. Fue recuperado el botín y no se perdió nada (vv. 18, 19); por el contrario, todavía ganaron con el botín que les tomaron a los incursores, se hace especial mención de las dos mujeres de David (v. 18), pues esto era lo que él estimaba más que ninguna otra cosa, y del nuevo botín que tomaron a los amalecitas (v. 20). Los que recientemente querían apedrear a David, ahora iban proclamando: Éste es el botín de David, porque habían ganado con él más de lo que antes habían perdido. Así es como el mundo y los sentimientos de los mundanos son gobernados por el interés material.
Versículos 21–31
Relato de la distribución del botín que fue tomado a los amalecitas. David lo repartió como quien sabe que la justicia y la caridad deben ser nuestra norma en el uso que hacemos de todo cuanto tengamos en este mundo.
I. David fue justo y generoso con aquellos de sus hombres que se habían quedado atrás a causa de la fatiga: Les saludó con paz (v. 21), o, como dice literalmente el hebreo, les preguntó por paz, esto es, si se encontraban bien, les pidió que no se entristecieran, pues no iban a perder nada por haberse quedado atrás. Parece ser que ellos temían eso, como quizá lo notó David por la expresión de sus rostros.
1. Había quienes se oponían a que estos hombres participasen del botín; algunos de entre los soldados de David, probablemente los mismos que antes hablaron de apedrearle, hablaban ahora de defraudar a sus hermanos; son llamados aquí hijos de Belial (lit.), es decir, perversos (v. 22). Éstos proponían que los 200 hombres que se habían quedado atrás no participasen del botín, sino solamente que se les devolvieran sus mujeres e hijos.
2. David no quiso admitir esta proposición, sino que ordenó que los que se habían quedado atrás participasen por igual, con los demás que habían ido a la batalla, de los despojos obtenidos en ella (vv. 23, 24). La misericordia de Dios hacia nosotros debería hacernos misericordiosos los unos con los otros. Es cierto que se habían quedado atrás, pero: (A) No fue por falta de ánimo a favor de la causa o por pereza en ayudar a sus hermanos, sino porque carecían de fuerzas físicas para seguir adelante. (B) Aunque ahora se habían quedado atrás, muchas veces habían entrado en batalla anteriormente y se habían portado tan bien como el mejor de sus hermanos. (C) Aun ahora habían prestado un buen servicio, pues se habían quedado y guardado el bagaje (v. 24), algo que era necesario hacer para que no cayese en manos de algún otro enemigo. No todos los puestos de servicio son puestos de honor, pero los que de cualquier modo sirven al bien de la comunidad, aun cuando no sea en oficios de alto rango, deben participar de los beneficios de la comunidad, de la misma forma que, en nuestro cuerpo natural, cada miembro cumple con su función y comparte con los demás el alimento del organismo.
3. Así es como quedó esto por norma para futuras generaciones, como estatuto para su reino (v. 25): Desde aquel día en adelante fue esto por ley y ordenanza en Israel, hasta hoy; aunque esta costumbre es mencionada ya en Números 31:27.
II. David fue generoso y benévolo con todos sus amigos. Después de haber repartido a cada uno lo suficiente, quedaba aún considerable cantidad de botín; es probable que gran parte del botín tomado de las tiendas de los amalecitas consistiera en joyas (Jue. 8:24, 26), y de ellas consideró conveniente hacer un regalo a sus amigos los ancianos de Judá (v. 26) y los de otros lugares (v. 31). Se mencionan varios lugares a los que envió presentes, todos ellos en la tribu de Judá o en sus cercanías. El lugar mencionado primero es Betel según el texto hebreo, pero es indudable que no puede tratarse del Betel de Efraín, sino de una ciudad mucho más al sur; con la mayor probabilidad, Betul (Jos. 19:4). Hebrón se menciona en último lugar, precisamente la ciudad en que muy pronto iba a fijar su cuartel general (2 S. 2:1). En este envío de los presentes.
1. La generosidad de David. No pensaba en enriquecerse él mismo, sino en servir a su país. Los hombres de espíritu piadoso son de corazón generoso.
2. Su gratitud. Envió presentes a todos los lugares donde había estado con sus hombres (v. 31), esto es, a todos los que le habían prestado cobijo, provisiones, información y otros favores.
3. Su piedad. Llama al presente que envía a dichos lugares bendición (v. 26, lit.), porque ningún regalo que hagamos a nuestros amigos les va a servir de provecho si no lleva la bendición de Dios; con ello da a entender que el regalo iba acompañado de las oraciones por ellos.
4. Su política. Envió estos presentes a sus hermanos de tribu (en especial) para ganárselos mejor, a fin de que estuvieran dispuestos a ponerse de su parte en la accesión al trono, la cual estaba ahora, por cierto, al alcance de su mano.
En este capítulo tenemos la derrota y muerte de Saúl. Quizás el mismo día en que David triunfaba sobre los amalecitas, triunfaban los filisteos sobre Saúl. Se aprecia en el texto sagrado el contraste, a fin de que los hombres puedan ver lo que resulta de confiar en Dios y lo que resulta de abandonar a Dios. Dejamos antes a Saúl presto a combatir con los filisteos, pero con mano trémula y corazón dolorido, pues le había sido leído desde ultratumba su destino fatal, ya que no quiso obedecer el que le había sido leído desde el cielo. I. Derrotado su ejército (v. 1). II. Tres hijos suyos, muertos (v. 2). III. Él mismo, herido (v. 3), comete suicidio (v. 4). IV. La muerte de su escudero y de todos sus hombres (vv. 5, 6). V. Su país, en manos de los filisteos (v. 7). VI. Su campamento, saqueado; su cadáver, abandonado (v. 8); su cuerpo, decapitado; su derrota, celebrada y divulgada (v. 9). VII. Su cadáver, expuesto al público y rescatado con dificultad después, gracias a la valentía de los hombres de Jabés de Galaad (vv. 11–13). Así cayó el hombre que había sido rechazado por Dios.
Versículos 1–7
Ha llegado ahora el día de la retribución, en el que Saúl iba a descender a la batalla y perecer en ella (v. 26:10).
I. Ve a sus soldados caer en torno suyo (v. 1). Lo mejor de sus tropas fueron puestos en fuga y murieron grandes multitudes de ellos.
II. Ve a sus hijos caer delante de él. Los victoriosos filisteos presionaron con su mayor brío contra el lado donde se hallaba el rey de Israel. Sus hijos estaban cerca de él y fueron muertos en presencia suya. Jonatán, aquel prudente, valiente y honesto hombre, el gran amigo de David, tanto como Saúl era su enemigo, cayó con los demás. La obligación hacia su padre no le permitió quedarse en casa o retirarse antes de que comenzase la batalla. Si la familia había de caer, la lealtad a su familia le inducía a caer él también, como miembro de la familia. De esta manera, además, dejaría completamente expedito el acceso de David al trono, puesto que, aun cuando Jonatán habría cedido a David de muy buena gana todos sus derechos, es probable que muchos de entre el pueblo hubiesen enarbolado su nombre para mantener en alto la casa de Saúl o, al menos, habrían tardado más en reconocer a David. Si Is-bóset (quien no acudió a la batalla o escapó de ella con vida, lo mismo que Abner) tenía tantos amigos, ¿cuántos no habría tenido Jonatán, que había sido siempre tan estimado por el pueblo, cuyo favor nunca había perdido? Ello habría supuesto una situación delicada para David.
III. Saúl es herido gravemente por los filisteos y muere luego por su propia mano. Le hirieron los arqueros (v. 3), de forma que ya no pudo huir ni seguir luchando, con lo que inevitablemente iba a caer en manos del enemigo. 1. Prefería morir a manos de su escudero antes que a manos de los filisteos, no fuese que se burlaran de él como hicieron con Sansón. Como había vivido, orgulloso y envidioso, así murió, siendo el espanto de cuantos le rodeaban y de sí mismo. ¡Verdaderamente triste y deplorable es la condición de aquellos que, para escapar del infierno que llevan dentro, se lanzan antes de tiempo al infierno que tienen delante! 2. Al no poder obtener de su escudero ese favor, se convirtió en su propio verdugo. Su escudero no quiso rematarlo, no sabemos si por respeto al ungido de Jehová (comp. con 24:7; 26:9) o por respeto y afecto a su señor.
IV. Su escudero, que no quiso matarle, quiso morir con él: Él también se echó sobre su espada y murió con él (v. 5). Es tradición judía que el escudero de Saúl era Doeg. Si es así, se suicidó con la misma espada con la que había dado muerte a los sacerdotes de Nob (22:18).
V. El país quedó en tal confusión con la derrota de las tropas de Saúl, que los israelitas que eran del otro lado del valle y del otro lado del Jordán … dejaron las ciudades y huyeron (v. 7), con lo que los filisteos, por algún tiempo, tomaron posesión de ellas, hasta que las cosas volvieron a su cauce en Israel.
Versículos 8–13
La Escritura no hace mención de las almas de Saúl y de sus hijos, sino solamente de sus cuerpos.
I. Los filisteos abusaron vilmente de sus cadáveres. Al día siguiente de la batalla, cuando habían recobrado fuerzas después de la fatiga del día anterior, vinieron a ensañarse en los muertos y, entre los demás, hallaron los cadáveres de Saúl y de sus tres hijos (v. 8). La narración se centra ahora en el cadáver de Saúl.
1. Le cortaron la cabeza. (A) Con eso se vengaban de la muerte de su gran paladín, Goliat. Así como David le cortó la cabeza a Goliat después de derribarle en tierra con la honda, así le cortaban ellos la cabeza a Saúl después de tenerle derribado en tierra. (B) También se burlaban así de los israelitas, quienes es probable que confiasen en que una cabeza ungida les salvaría de los filisteos. (C) Era una burla especial contra el propio Saúl, quien es probable que se jactara de sobrepasar a los demás de los hombros para arriba (9:2; 10:23). Sin cabeza, quedaba a la altura de los demás.
2. Le despojaron también de las armas (v. 9) y las llevaron, como trofeo de la victoria, al templo de su diosa Astarot (v. 10). En 1 Cr. 10:10 se añade que colgaron su cabeza en el templo de Dagón.
3. Enviaron mensajeros por todo el país, a fin de que llevaran las buenas noticias al templo de sus ídolos para darles gracias por la victoria alcanzada sobre Israel, y al pueblo, para que se organizasen grandes festejos públicos (v. 9).
4. Por lo que se desprende del v. 12, los filisteos colgaron en los muros de Bet-Sán los cadáveres de Saúl y de sus hijos. Era ésta una ciudad no distante de Guilboa y muy cercana al río Jordán. Allí solían colgar los cadáveres para que fuesen devorados por las aves de presa, y para que quedasen expuestos a la vergüenza pública.
II. Los hombres de Jabés de Galaad rescataron valientemente los cadáveres. Les era fácil vadear el Jordán por aquella parte; así que se arriesgaron bravamente a pasar el río por la noche, tornar los cadáveres y darles una decente sepultura (vv. 11, 13). Esto lo hicieron:
1. Por el honor de Israel y por el carácter sagrado de la tierra que no debía ser contaminada por la exposición prolongada de cadáveres; y, especialmente, por el honor de la corona de Israel, que de tal modo había sido profanada por los incircuncisos.
2. Por un sentimiento especial de gratitud hacia Saúl, quien se había apresurado con celo y valentía a rescatarles de los amonitas en su llegada al trono (cap. 11). Quemaron los cadáveres. Aunque no era éste el modo de sepultar entre los israelitas, vemos que no se trata de una incineración completa como la que condenó Amós (Am. 2:1), puesto que sepultaron sus huesos debajo de un árbol (v. 13). Y ayunaron siete días, e hicieron así duelo por la muerte de Saúl y, al mismo tiempo, por la triste situación en que quedaba Israel. En Jabés de Galaad terminó la historia de Saúl, el mismo lugar donde había comenzado su actividad como rey.
Este libro comenzó con el nacimiento de Samuel y termina con la muerte de Saúl. Al comparar ambos, aprendemos a preferir el honor que viene de Dios, a todos los honores que este mundo pretenda otorgarnos.