El segundo libro de la Biblia fue llamado primeramente el libro de la salida de Egipto; pero en época muy temprana, se le llamó, en hebreo, Shemoth, por la frase inicial Ve-eleh shemoth = «Y estos son los nombres …». Los LXX le llamaron Éxodos = Salida.
El Éxodo es una continuación del Génesis. Éste describe las vidas de los patriarcas del pueblo de Israel, aquél refiere los comienzos del pueblo como tal: Su esclavitud en Égipto, su liberación por la mano poderosa de Dios, la institución de la Pascua, la promulgación de la Ley en el Sinaí, y la organización del culto público. Casi todos los fundamentos de la vida judía se encuentran en este libro: Los Diez Mandamientos, las fiestas religiosas, los principios morales de la vida privada, familiar, civil y social del pueblo.
El libro se divide cómodamente en cinco partes: la primera (capítulos 1–15) contiene la historia de la opresión y de la liberación; la segunda (capítulos 16–24) describe el viaje hasta el Sinaí, con la consiguiente entrega del Decálogo y de las demás leyes que habían de regular la vida del pueblo; la tercera (capítulos 25–31) contiene las direcciones divinas para la construcción del Santuario; la cuarta (caps. 32–34) refiere la apostasía de Israel a causa del becerro de oro; y la quinta (capítulos 35–40) describe la construcción del Santuario, lo que prepara así la materia para el tercer libro de Moisés, el Levítico.
Aquí tenemos la benignidad de Dios hacia los hijos de Israel, al hacer que se multiplicasen prodigiosamente, juntamente con el odio que les cobraron los egipcios, con la opresión subsiguiente.
Versículos 1–7
Comienza el capítulo enumerando los nombres de los doce patriarcas, como se les llama (Hch. 7:8). 2. La cuenta del número de las personas que le nacieron a Jacob, que se menciona aquí para que se note mejor el enorme incremento que tomó la familia desde su llegada a Egipto. 3. La muerte de José (v. 6). Toda aquella generación pasó gradualmente. Quizá todos los hijos de Jacob murieron con poca diferencia de tiempo, porque del mayor al más joven no había más de siete años de diferencia, si exceptuamos a Benjamín. 4. El extraño incremento de Israel en Egipto (v. 7). Hay aquí cuatro sinónimos para expresarlo: fueron fecundos, se multiplicaron, fueron aumentados, fueron fortalecidos en extremo. Este incremento maravilloso fue el cumplimiento de la profecía hecha mucho antes a sus padres.
Versículos 8–14
La tierra de Egipto se convierte, a la larga, en casa de esclavitud para Israel, aunque hasta ahora había sido un venturoso lugar en el que guarecerse y establecerse.
I. La deuda de gratitud que el país había contraído con Israel por el gobierno benéfico de José, había sido olvidada: Se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José (v. 8). Si trabajamos sólo para los hombres, nuestras obras, cuanto más, morirán con nosotros; pero si trabajamos para Dios, nos acompañarán (Ap. 14:13).
II. Se sugirieron razones de Estado para comportarse duramente con Israel (vv. 9–10). 1. Se les presenta como más numerosos y más fuertes que los egipcios; ciertamente no lo eran, pero el rey de Egipto, cuando decidió oprimirlos, hizo pensar que así era para que les considerasen como una corporación temible. 2. De aquí se infiere que, si no se tomaban medidas para mantenerlos en sujeción, llegarían a ser peligrosos para el gobierno de la nación. Obsérvese que lo que ellos temían es que se fuesen de la tierra (v. 10) y se uniesen a los enemigos de Egipto. Probablemente habrían oído a algún hebreo hablar de la promesa hecha a sus padres de que habían de asentarse en la tierra de Canaán. 3. Por tanto, se propone el que se tomen las medidas necesarias para evitar su crecimiento: Seamos sabios para con él, para que no se multiplique.
III. El método que usaron para evitar el incremento y hacerles la vida imposible (vv. 11, 13, 14). 1. Se encargaron de que permanecieran pobres, cargándolos con pesados tributos. 2. De esta manera, empleaban una medida muy efectiva para convertirles en esclavos. Parece ser que los israelitas eran mucho más laboriosos y capacitados que los egipcios y, por ello, el Faraón de turno se proponía hacerles trabajar de recio, tanto en la construcción como en la agricultura, y a ello se les obligó con el mayor rigor y severidad. Pusieron sobre ellos comisarios de tributos (v. 11), con toda la mala intención de molestarles con sus cargas. Les hacían servir con dureza (v. 13); trataban con ello: (A) de desanimarles, (B) de arruinarles la salud, amargarles la vida, acortar sus días, y así menguar su número, y (C) de quitarle el deseo de casarse, puesto que sus hijos iban a nacer para ser esclavos. Y es de temer que la opresión a que se veían sometidos indujese a muchos a unirse con los egipcios en su culto idólatra. Sin embargo, permanecían como un pueblo distinto sin mezclarse con los egipcios, separados de ellos por la gran diferencia de costumbres, lo cual era obra maravillosa del Señor.
IV. El asombroso incremento de los israelitas: Cuanto más le oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían (v. 12), para mayor temor y pesar de los egipcios. Algo parecido decía Tertuliano de los cristianos: Sanguis martyrum, semen christianorum, La sangre de los mártires es semilla de cristianos.
Versículos 15–22
La indignación de los egipcios ante el incremento de los israelitas a pesar del rigor con que les trataban, les llevó finalmente al empleo de los métodos más bárbaros e inhumanos para suprimirlos, mediante el asesinato de los varones nacidos. Faraón y Herodes demostraron suficientemente ser agente de aquel gran dragón rojo, que se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese (Ap. 12:3–4). También Pilato entregó a Jesús para que fuese crucificado, después de su propia confesión de que no había encontrado en Él falta alguna. Bueno será recordar aquí que, aunque los hombres tengan poder para matar el cuerpo, eso es todo lo que pueden hacer.
I. Se dio orden a las comadronas de que matasen a todos los niños que naciesen varones. Obsérvense: 1. Las órdenes que se les dieron (vv. 15–16). Para añadir una nueva nota de barbarie a las ejecuciones ordenadas, los verdugos debían ser las mismas parteras. El proyecto de Faraón era encargar secretamente a las comadronas que sofocasen a los niños varones tan pronto como naciesen, y después se excusasen con la dificultad del parto o de cualquier otro percance, común en tales casos (v. Job 3:11). 2. La piadosa desobediencia de las parteras a tan impío mandato (v. 17): Temieron a Dios, consideraron su ley, temieron su ira más que la de Faraón y, por consiguiente, preservaron la vida de los que nacían varones lo mismo que la de las hembras. 3. Cuando se les pidió cuentas por no cumplir las órdenes se excusaron diciendo que llegaban demasiado tarde para ello, porque generalmente los niños habían nacido ya cuando ellas llegaban (vv. 18–19). Hay antiguos escritores judíos que hacen la siguiente paráfrasis de este texto: Antes de que llegue ta partera, oran a su Padre que está en los cielos, y les responde, haciendo que den a luz en seguida. 4. La recompensa con que Dios les premió la atención que tenían con su pueblo: Dios les hizo bien (v. 20) y, en especial, les hizo casas (v. 21), es decir, les hizo prosperar en sus familias y bendijo a sus hijos.
II. Viendo que este proyecto no había surtido efecto, Faraón dio orden a todo su pueblo de que echasen al río a todo niño hebreo que naciese varón (v. 22).
Este capítulo narra el comienzo de la historia de Moisés, aquel hombre de tanto renombre, famoso por su íntima comunión con el Dios de los cielos y por su eminente servicio en la tierra, a la vez que por ser el tipo más notable de Cristo en todo el Antiguo Testamento, como profeta, libertador, legislador y mediador. El capítulo termina con la alborada de la libertad para los hijos de Israel.
Versículos 1–4
Moisés era de la tribu de Leví, tanto por parte de su padre como de su madre. Jacob dejó a Leví con marcas de desgracia (Gn. 49:5); pero, no mucho después, aparece un descendiente suyo, Moisés, para ser tipo de Cristo, que vino en semejanza de carne de pecado y fue hecho maldición por nosotros (Ro. 8:3; Gá. 3:13). Esta tribu comenzó a distinguirse bien de las demás por el nacimiento de Moisés, como después llegó a ser también notable en muchos otros casos.
I. Cómo fue escondido. Los padres de Moisés tenían ya a María y Aarón, ambos mayores que Moisés, nacidos antes de que el presente decreto fuese promulgado. Probablemente la madre de Moisés estaba llena de ansiedad en su aceptación del parto, ahora que este edicto estaba vigente. Con todo, este niño demostró ser la gloria de la casa de su padre. Justamente al tiempo que la crueldad de Faraón llegaba a su límite, nacía el libertador. Nótese que, muchas veces, cuando los hombres están proyectando la ruina de la Iglesia, Dios está preparando su salvación. 1. Sus padres vieron que era un niño hermoso (v. 2), más que de ordinario; hermoso a los ojos de Dios (Hch. 7:20). 2. Por ello, estaban más solícitos aún por preservarle, porque veían en esto como una indicación de algún benigno designio de Dios respecto de él, y un feliz augurio de algo grande. Por tres meses le tuvieron escondido en algún aposento oculto de la casa. En esto fue Moisés tipo de Cristo, quien, en su infancia, se vio forzado a esconderse huyendo a Egipto (Mt. 2:13), y fue maravillosamente preservado, mientras muchos niños inocentes eran asesinados.
A nosotros nos pertenece cumplir con nuestro deber; de las consecuencias se encarga Dios. La fe en Dios nos colocará en alto, fuera del alcance de los temibles lazos que nos puedan tender los hombres.
II. Cómo fue expuesto a la orilla del río. Al final de los tres meses, lo colocaron en una arquilla de juncos a la orilla del río (v. 3), y su hermanita se colocó a cierta distancia, para ver lo que le acontecería (v. 4) y a qué manos iría a parar. Dios les puso en el corazón el hacer esto, para llevar a cabo su designio, a fin de que por este medio, fuese llevado Moisés a los brazos de la hija de Faraón. Moisés parecía ahora completamente abandonado por sus amigos; su misma madre no se atrevía a reconocerlo por hijo suyo; pero el Señor le tomó y le protegió (Sal. 27:10).
Versículos 5–10
I. Moisés salvado de la muerte. Yacía en la arquilla de juncos junto a la orilla del río. Si hubiese quedado abandonado allí, pronto habría perecido de hambre, o devorado por un cocodrilo, o anegado por las mismas aguas del río. Si, por otra parte, hubiese caído en otras manos diferentes de las que le acogieron, o no habrían querido, o no se habrían atrevido a hacer otra cosa que arrojarlo inmediatamente al río; pero la Providencia llevó allá nada menos que a la hija de Faraón e inclinó su corazón a que se apiadase de aquel pobre y abandonado niño atreviéndose a hacer lo que ninguna otra persona se habría atrevido. Nunca un indefenso bebé lloró tan a tiempo, y con tan feliz resultado como éste. Dios levanta con frecuencia amigos para los suyos, incluso de entre los enemigos. Faraón intenta cruelmente la destrucción de Israel, pero su propia hija se compadece caritativamente de un niño israelita y, no sólo eso, sino que, sin pretenderlo, está preservando al libertador de Israel.
II. Moisés es provisto de una buena nodriza, pues no es otra que su propia madre (vv. 7–9). La hija de Faraón cree conveniente que tenga una nodriza hebrea, y la hermana de Moisés, con arte y desenvoltura, ofrece a su madre como nodriza, con gran beneficio para el niño, porque las madres son las mejores nodrizas.
III. Moisés fue prohijado por la hija de Faraón (v. 10). Es tradición entre los judíos que la hija de Faraón no tenía hijos y que ella era el único vástago de su padre, de modo que, al prohijar a Moisés, promovía su accesión a la corona. Quienes son estimados por Dios a grandes servicios, son provistos por Él de oportunidades para prepararse de antemano y resultar aptos para las tareas que después han de desempeñar. No cabe duda de que, durante su crianza en casa de sus padres, Moisés sería bien instruido en los principios religiosos del judaísmo y en el conocimiento de la historia de los patriarcas de Israel. Después, con la más alta educación recibida en la corte, quedó cualificado, tanto para ser príncipe en Jesurún, como para ser un gran historiador y un competente embajador cerca de la corte en que había sido educado. No se olvide que, en este tiempo, la cultura egipcia era probablemente la más avanzada del mundo.
IV. Se le impone nombre a Moisés. La hija de Faraón le puso el nombre de Moisés que, en hebreo se asemeja mucho a la raíz mashah = sacar, pero parece ser la forma hebraizada de una palabra egipcia que podría significar «hijo del Nilo». Que el gran legislador de Israel fuese llamado con un nombre egipcio era un feliz augurio para el mundo gentil, ya que anticipaba la llegada de aquel día en que se iba a decir, Bendito el pueblo mío Egipto (Is. 19:25). Y su educación en la corte era prenda del cumplimiento de tal promesa, Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas (Is. 49:23).
Versículos 11–15
Moisés había pasado ahora los primeros cuarenta años de su vida en la corte de Faraón, preparándose para su cometido, y le llegaba la hora de pasar a la acción. Entonces:
I. Con todo denuedo y osadía, hacía suya la causa del pueblo de Dios: Crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas (v. 11). Tenemos la mejor exposición de estas palabras en la porción inspirada de Hebreos 11:24–26, donde se nos dice que, con ello, expresó Moisés: 1. Su santo menosprecio de los honores y placeres de la corte egipcia; rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón. 2.
Su compasiva preocupación por sus pobres hermanos en esclavitud, con quienes escogió (aunque podía haberlo evitado fácilmente) ser maltratado.
II. Nos ofrece un anticipo de las grandes cosas que después iba a realizar por Dios y por Israel. Vemos aquí dos pequeñas muestras, referidas detalladamente por Esteban (Hch. 7:23 y ss.).
1. Moisés mató al egipcio que estaba golpeando a un hebreo (vv. 11–12). Probablemente era uno de los capataces, a quien encontró maltratando a su esclavo. Hay una leyenda judía, según la cual, Moisés no le mató con arma alguna, sino con la palabra de su boca, como hizo Pedro con Ananías y Safira.
2. Moisés iba después a ocuparse en el gobierno de Israel y, como muestra de su preparación, le tenemos aquí tratando de zanjar una discusión entre dos hebreos, en la que habían llegado a las manos.
A) La desdichada controversia que Moisés observó entre dos hebreos (v. 13). Es de notar que, cuando Dios levanta instrumentos de salvación para su Iglesia, éstos se las han de haber, no sólo con egipcios opresores (los inconversos), a quienes tienen que resistir cuando no es posible ganarlos para Cristo, sino también con israelitas pendencieros (los creyentes), a quienes tienen que tratar de reconciliar.
B) El modo de comportarse con ellos; se dirigió al que estaba maltratando al otro, y razonó mansamente con él de esta manera: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? El reproche de Moisés en esta ocasión es valedero para todos los tiempos. Trataba de ejercer el valioso oficio de reconciliar a hermanos enemistados.
C) El poco éxito que tuvo su buen intento: Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? (v. 14). Una persona no necesita gran autoridad para dar un amistoso reproche, pues es un acto de bondad; pero este hombre lo interpretó como un acto de dominio, y tachó a Moisés de imperioso y usurpador de autoridad. Así también, cuando a una persona le desagrada un buen razonamiento o una oportuna admonición, le da el nombre de sermón, como si no se pudiese decir una buena palabra en favor de Dios y en contra del pecado sin subir al púlpito. El hebreo aquel le echó en cara a Moisés lo que había hecho al matar al egipcio: ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Si los hebreos hubiesen entendido la insinuación que comportaba la conducta de Moisés, habrían acudido a él como a su jefe y capitán y es probable que hubiesen obtenido entonces la liberación; aunque no se puede pasar por alto el hecho de que Moisés mismo tenía que ser refinado por Dios durante otros cuarenta años, pues el tiempo de Dios no había llegado todavía. Lo cierto es que, al despreciar a su futuro libertador, su liberación fue justamente pospuesta y su esclavitud se prolongó durante cuarenta años, como después, al menospreciar la tierra de Canaán, quedaron sin entrar en ella durante cerca de cuarenta años más. También nosotros debemos evitar el albergar prejuicios contra los caminos y los hijos de Dios con el pretexto de la insensatez y de la displicencia de algunas personas que profesan ser creyentes. Cristo mismo fue rechazado por los edificadores, y todavía lo es por quienes se resisten a ser salvados por Él.
D) La huida de Moisés a Madián, como consecuencia del hecho referido. Dios lo dispuso así para sus sabios y santos fines. No habían madurado aún las condiciones para la liberación de Israel. Moisés tenía que ser dispuesto mejor para su futuro servicio, y por ello debe retirarse de la escena al presente. Dios guió a Moisés a Madián, porque los madianitas eran descendientes de Abraham. Allá fue y se sentó junto a un pozo (v. 15), cansado y pensativo, como perdido, y esperando a ver por qué camino le conducía la Providencia. Esto significó para él un gran cambio, pues el día anterior estaba en la corte de Faraón disfrutando de todas las comodidades; de esta manera puso Dios a prueba su fe.
Versículos 16–22
Moisés logra establecerse en Madián, justamente como lo había obtenido su antepasado Jacob en Siria (Gn. 29:2 y ss.). Sucesos que parecen insignificantes y puramente accidentales prueban después haber sido destinados por la sabiduría de Dios a óptimos objetivos. Algunas veces, un lance casual ha brindado la oportunidad de llevar a cabo el cambio más feliz y más importante en la vida de un hombre.
I. En cuanto a las siete hijas de Reuel, el sacerdote de Madián: 1. Eran humildes y laboriosas (v. 16). La ociosidad no honra a nadie. 2. Eran modestas, y así no invitaron al extranjero egipcio a acompañarlas a casa de ellas hasta que tuvieron el consentimiento de su padre. La modestia es el mejor ornamento de la mujer.
II. En cuanto a Moisés, fue tenido por egipcio (v. 19). 1. Puede verse con qué prontitud ayudó a las hijas de Reuel a abrevar sus ganados. Quienes han obtenido una educación refinada no deberían tenerse a menos de ejercer un oficio servil, porque no saben si la Providencia los pondrá un día en la necesidad de trabajar para sí mismos, o en la oportunidad de ser útiles a otros. A Moisés le gustaba hacer el bien. Dondequiera que la Providencia nos ponga, debemos desear y tratar de ser útiles, y, cuando no podemos hacer todo el bien que querríamos, debemos estar dispuestos a hacer el bien que podemos. 2. Qué bien fue pagado por su servicio. Cuando las jóvenes notificaron el hecho a su padre, él envió a invitarle a su casa y le obsequió grandemente (v. 20). Pronto se ganó Moisés la estima y el afecto de este sacerdote, o príncipe, de Madián, quien le hospedó en su casa y, andando el tiempo, le dio una de sus hijas por mujer (v. 21), de quien tuvo un hijo al que llamó Gershom, que significa extranjero allí (v. 22). Este establecimiento de Moisés en Madián: (A) Fue designado por la Providencia para guarecerlo de momento. (B) También estaba destinado a prepararlo para los grandes servicios que Dios le tenía reservados para el futuro. Su estilo de vida en Madián había de servirle: (a) para habituarle a las dificultades y a la pobreza; (b) para habituarle también a la contemplación y a la devoción. Egipto había hecho de él un erudito, un caballero, un hombre de Estado y un soldado, pero le faltaba una cosa en la que la corte de Faraón no podía formarle. Debía aprender todavía lo que es una vida de íntima comunión con Dios; y para esto, había de serle de magnífica ayuda la soledad y el retiro propios de una vida pastoril en Madián. Por su primera educación, fue preparado a ser un príncipe en Jesurún; pero por la segunda, quedó cualificado para conversar con Dios en el monte Horeb, cerca del cual había pasado mucho tiempo de su vida.
Versículos 23–25
1. La continuación de la esclavitud de los israelitas en Egipto (v. 23), aunque probablemente no continuaba el asesinato de sus niños. Ahora los egipcios estaban contentos de su incremento, al ver que Egipto se enriquecía con el trabajo de ellos; con tal de tenerlos como esclavos no les importaba cuántos eran. Cuando uno de los faraones moría, le sucedía otro imbuido de las mismas máximas y tan cruel para con Israel como sus predecesores. 2. Por fin, vemos el prefacio para la liberación. (A) Clamaron (v. 23). Ahora—y ya era hora—comenzaron a pensar en Dios en medio de sus afIicciones, y a volverse a Él desde los ídolos a quienes habían servido (Ez. 20:8). Pero, antes de liberarlos, puso Dios en sus corazones que clamasen a Él como se explica en Números 20:16. (B) Dios oyó (vv. 24–25): (a) oyó su clamor. Él conoce el peso bajo el cual gimen y las bendiciones por las que gimen; (b) se acordó de su pacto. (C) Miró Dios a los hijos de Israel. Moisés los miró y tuvo compasión de ellos (v. 11) pero ahora Dios los miró y les ayudó eficazmente. (D) Dios los reconoció, los tuvo por suyos y se dispuso a favorecerles.
Este importante capítulo nos refiere el memorable encuentro que tuvo Moisés con Dios en el monte Horeb, ante la zarza que ardía sin consumirse. Allí declaró Dios su nombre por antonomasia, Jehová o Jehová, el Yo Soy. Tras esto, Dios da instrucciones a Moisés acerca de lo que ha de decir a Faraón y al pueblo de Israel.
Versículos 1–6
Los años de la vida de Moisés se dividen curiosamente en tres cuarentenas: los primeros cuarenta años los pasó como príncipe en la corte de Faraón; los segundos, como pastor en Madián; los terceros, como rey en Jesurún. Había terminado la segunda cuarentena de años, cuando recibió de Dios la comisión de sacar de Egipto a Israel. A veces, pasa mucho tiempo antes de que Dios llame a sus siervos para la obra a los que les había destinado desde la eternidad. Es el tiempo en que su gracia los está preparando.
I. Cómo esta aparición de Dios a Moisés le sorprendió estando ocupado. Estaba apacentando las ovejas de su suegro (v. 1) cerca del monte Horeb. Este era un oficio muy bajo para un hombre de su educación y de sus cualidades. Esta era, en su opinión, la ocupación que le había tocado en suerte y no veía signo alguno en contra, sino que había de morir siendo un pobre y despreciado pastor, como había vivido estos últimos cuarenta años. Pero Moisés conoció a Dios en un desierto mucho mejor que le había conocido en la corte de Faraón. Cuanto más solos nos vemos, mejor nos percatamos de que nuestro Padre está con nosotros.
II. Cómo fue esta aparición. Para su gran sorpresa, vio una zarza ardiendo, aunque no se veía fuego alguno, ni desde la tierra ni desde el cielo, que la hubiese encendido; y, lo que es más extraño, la zarza no se consumía (v. 2). Fue una extraordinaria manifestación de la presencia y de la gloria de Dios. 1. Vio una llama de fuego. Cuando Dios prometió a Abraham la futura liberación de Israel de la tierra de Egipto Abraham vio una antorcha de fuego, que significaba la luz de gozo que tal liberación había de causar (Gn. 15:17); pero ahora brilla con mayor resplandor, como llama de fuego, porque Dios estaba purificando a su pueblo. 2. Este fuego no estaba en un cedro alto y majestuoso, sino en una zarza punzante, símbolo del Israel, pequeño, pero correoso y de dura cerviz. 3. La zarza ardía, y no se consumía. Aunque Dios estaba refinando a Israel, no quería acabar con él, sino que lo iba a salvar. Dios es fuego consumidor (He. 12:29), que destruye los materiales combustibles, pero refina y purifica los metales preciosos (1 Co. 3:12 y ss.).
III. La curiosidad que sintió Moisés de ver este fenómeno extraordinario: Iré yo ahora y veré esta gran visión (v. 3).
IV. La invitación que recibió a que se acercara, pero no demasiado ni precipitadamente.
1. Dios le llamó benévolamente, y Moisés respondió prontamente a este llamamiento (v. 4). Tan pronto como Moisés se volvió, Dios le llamó dos veces por su nombre: Moisés, Moisés. La palabra de Dios siempre vino uncida a la gloria de Dios, porque cada visión divina tenía por objeto una revelación divina (Job 4:16 y ss.; 33:4–16). Y, cuando Dios repite el nombre dos veces, lo cual ocurre siete veces en la Biblia (Gn. 22:11; 46:2; Éx. 3:4; 1 S. 3:10; Lc. 10:41; 22:31; Hch. 9:4), su mensaje tiene una solemnidad específica y peculiar. Moisés contestó prontamente. La llamada divina se hace efectiva cuando le damos una respuesta obediente, como aquí hace Moisés: ¡Heme aquí!
2. Dios le manda tomar una necesaria precaución. Debe acercarse, pero no demasiado. Es su conciencia la que tiene que quedar satisfecha, no su curiosidad; y debe expresar su reverencia y su prontitud para obedecer: Quita tus sandalias de tus pies, como un criado. Quitarse el calzado era entonces una señal de respeto y sumisión, como lo es ahora el quitarse el sombrero.
V. La solemne declaración que hizo Dios de su nombre, por el cual sería conocido de Moisés: Yo soy el Dios de tu padre (v. 6). Abraham estaba muerto y, sin embargo, Dios es el Dios de Abraham; por consiguiente, el alma de Abraham vive, pues mantiene una relación viva con el Dios vivo (Mt. 22:32; Mr. 12:27; Lc. 20:38). Y, para que el alma sea completamente feliz, Dios hará que el cuerpo resucite un día. Mediante sus palabras, Dios demostró que se acordaba de su pacto (2:24).
VI. La solemne impresión que esto hizo en Moisés: Cubrió su rostro, como quien está avergonzado y, a la vez, temeroso de mirar a Dios. No tuvo miedo de mirar una zarza que ardía sin consumirse, hasta que se percató de que Dios estaba en ella.
Versículos 7–10
Ahora, después de varios siglos de esclavitud de Israel, y después de cuarenta años desde que Moisés se exilió de Egipto, cuando supondríamos que tanto él como los israelitas comenzaban a perder las esperanzas, llegó por fin el tiempo, el año de los redimidos.
I. Que Dios se da cuenta de las aflicciones de Israel (vv. 7, 9): Viendo he visto, como dice el hebreo; como si dijera: No sólo lo he visto, sino que lo he observado meticulosamente y con todo detalle. De tres cosas se dio perfecta cuenta Dios: 1. De la aflicción y de las angustias de su pueblo (v. 7). No parece ser
que se les permitiera protestar ante el Faraón del mal trato que se les daba, pero Dios observaba sus lágrimas (Sal. 56:8). 2. De su clamor: He oído el clamor (v. 7); ha venido delante de mí (v. 9). 3. De la tiranía de sus opresores: He visto la opresión (v. 9).
II. La promesa que Dios hace de liberarlos rápidamente: He descendido para librarlos (v. 8). Cuando Dios hace algo verdaderamente extraordinario, se dice que desciende a hacerlo, como en Isaías 64:1. Esta liberación era tipo de nuestra redención por Cristo, en la cual el eterno Verbo de Dios descendió ciertamente de los Cielos para librarnos. También promete Dios a Moisés que los asentará felizmente en la tierra de Canaán, y que cambiarían la esclavitud por libertad, la pobreza por abundancia, y la fatiga por el descanso.
III. La comisión que da a Moisés para que realice dicha liberación (v. 10). No sólo es enviado como profeta a Israel, sino también como embajador a Faraón, para tratar con él; y es enviado como príncipe a Israel, para conducirles y mandarles. La misma mano que sacó ahora del desierto a un pastor, para que pusiese los cimientos del pueblo de Israel, sacó después del mar a unos pescadores, para que echasen los cimientos de la Iglesia de Cristo.
Versículos 11–15
Dios, después de hablar a Moisés, le concede la palabra.
I. Moisés pone como objeción su insuficiencia para el servicio al que era llamado (v. 11): ¿Quién soy yo? Se cree indigno de tal honor. Cree que le falta coraje y también talento y que, por tanto, no está capacitado para sacar de Egipto a los hijos de Israel; y ellos están desarmados, indisciplinados, desanimados completamente. 1. Moisés era con mucho el hombre más adecuado de su tiempo para esta tarea, eminente por su erudición, sabiduría, experiencia, valor, fe y santidad; sin embargo, dice: ¿Quién soy yo? Ordinariamente, cuanto más apta es una persona para un servicio, tanto más baja es la opinión que tiene de sí misma (v. Jue. 9:8 y ss.). 2. Las dificultades de la obra eran ciertamente muy grandes. Pero, al fin, Moisés es el hombre que la lleva a cabo; porque Dios da su gracia a los humildes (Stg. 4:6).
II. Dios responde a esta objeción (v. 12). 1. Le promete su presencia: Yo estaré contigo, y eso es bastante. 2. Le asegura el éxito, y le dice que los israelitas habrán de servirle en este monte.
III. Moisés le pide instrucciones para llevar a cabo su comisión y desea saber con qué nombre quiere Dios darse a conocer ahora (v. 13).
1. Supone que los hijos de Israel le preguntarán: ¿Cuál es su nombre? Y esto lo harían, o: (A) Para dejar perplejo a Moisés, o: (B) Para su propia información. En realidad, lo que iban a preguntar los israelitas era: ¿Cuáles son sus hechos renombrados para que escuchemos el mensaje que nos traes de su parte?
2. Desea instrucciones para saber qué contestación les va a dar: «Qué les responderé? ¿Qué pruebas les daré de tu poder y de mi autoridad?»
IV. Por dos nombres quiere ahora Dios ser conocido:
1. Por un nombre que denota lo que es en sí mismo (v. 14): YO SOY EL QUE SOY. Este es el equivalente de Jehová o Yahveh, y significa: (A) Yo soy el inefable. Conocer el nombre es, en la mentalidad semítica, sinónimo de poseer o dominar la cosa o la persona nombrada. Pero Dios no se deja dominar ni manipular; es infinitamente libre y soberano. (B) Yo soy el que existe por sí mismo; tiene en sí la razón y fuente de su propio ser, y no depende de ningún modo de ningún otro ser. Al existir por sí mismo es autosuficiente; más aún, Todosuficiente; la fuente inexhausta de todo ser y de toda felicidad. (C) Yo soy eterno e inmutable. Como no puede cambiar, es siempre de fiar, porque no puede volverse atrás. Él es el de siempre. Que Israel sepa esto: EL YO SOY me ha enviado a vosotros.
2. Por un nombre que denota lo que Él es para su pueblo: El Dios de vuestros padres … me ha enviado a vosotros (v. 15). Así se había dado Dios a conocer a él (v. 6), y así les debía él dar a conocer a los israelitas el nombre de su Dios: (A) Para hacer revivir entre ellos la religión de sus padres; (B) Para
que tengan segura esperanza en la rápida realización de las promesas hechas a sus padres. Dios quiere que éste sea su nombre para siempre; así ha sido, es y será su nombre, por el que sus adoradores le conocen y le distinguen de todos los dioses falsos (v. 1 R. 18:36).
Versículos 16–22
Moisés es aquí instruido más en particular acerca de su tarea, y es informado del éxito de antemano. 1. Debe ir a los ancianos de Israel y reavivar las expectaciones de un rápido traslado a Canaán (vv. 16–17). Debía tener éxito en estas conversaciones con los ancianos de Israel, pues Dios le dice: Oirán tu voz (v. 18), y no te echarán como hicieron hace cuarenta años. 2. Debe tratar con el rey de Egipto (v. 18), él y los ancianos de Israel, y en esto no debe comenzar con una exigencia, sino con una petición humilde; además, deben rogar a Faraón que les conceda tan sólo ir hasta el monte Sinaí para ofrecer sacrificio a Dios. Si no les daba permiso para ir a sacrificar en el Sinaí entonces iría sin permiso alguno a establecerse en Canaán. En cuanto a su éxito con el Faraón Dios le dice: (A) Que no escuchará sus ruegos: Yo sé que no os dejará ir (v. 19); (B) Pero que se verá forzado a dejarlos por las plagas: Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto (v. 20), y entonces os dejará ir. (C) Que los egipcios les mostrarían, en la hora de partir, su favor, llenándoles las manos de presentes (vv. 21–22). Con esto, termina diciendo Dios, salvaréis (eso dice el hebreo, no despojaréis) a los egipcios (v. 22); es decir, vindicaréis el nombre de los egipcios de la mala fama que hayan podido adquirir por la opresión que han ejercido sobre vosotros.
En este capítulo se continúa y se concluye la conversación de Dios con Moisés desde la zarza ardiendo. Después, Moisés toma a su familia y se pone en marcha hacia Egipto. Tiene problemas en el camino por no haber circuncidado antes a su hijo, pero también tiene la satisfacción de encontrarse con su hermano Aarón. Presenta finalmente su comisión ante los ancianos de Israel, con gran gozo para ellos, y así se pone en marcha el proceso de la gran liberación de Israel.
Versículos 1–9
I. Moisés objeta que, con toda probabilidad, el pueblo no le creerá ni oirá su voz (v. 1); esto es, no darán crédito a sus palabras, a no ser que les muestre alguna señal. Y, si hay entre ellos contradictores que pongan en duda su comisión, ¿qué tendrá que hacer con ellos?
II. Dios le da poder para hacer milagros, detallándole tres en particular, dos de los cuales son ahora inmediatamente realizados, para que así quede satisfecho.
1. La vara que tiene en su mano es objeto del primer milagro; milagro doble, porque, en arrojándola de su mano, se convierte en una culebra; y, en tomándola otra vez (y por la cola, no por el cuello, que es por donde las toman todos los domadores de serpientes), se vuelve a convertir en vara (vv. 2–4). Aquí Dios otorga un gran honor a Moisés, concediéndole realizar este milagro con sólo arrojar la vara y volverla a tomar; sin ninguna frase mágica, sin encantamiento de ninguna clase. El recibir este poder de parte de Dios, de actuar fuera del curso ordinario de la naturaleza y de la providencia, fue una demostración de la autoridad que Dios le otorgaba para establecer una nueva dispensación del pacto de gracia. Había también otro sentido simbólico en el milagro mismo: Faraón había convertido el cetro de su gobierno en serpiente de opresión, de la que Moisés mismo había huido a Madián; pero, mediante Moisés, Dios hacía cambiar la escena.
2. Su mano misma fue también objeto de otro milagro: La metió en su seno, y la sacó completamente leprosa; la volvió a meter en el seno, y la sacó ahora completamente sana (vv. 6–7). Esto significaba: (A) Que, por el poder de Dios, Moisés habría de producir graves enfermedades en los egipcios y que, con sus oraciones, los curaría de ellas. (B) Que mientras los hijos de Israel se habían vuelto en Egipto como
leprosos, manchados de pecado, al ser recibidos en el seno de Moisés quedarían limpios y curados. (C) Que Moisés no debía hacer milagros por su propio poder.
3. Es instruido para que, cuando llegue a Egipto, convierta en sangre parte del agua del río (v. 9).
Versículos 10–17
Moisés continúa todavía resistiéndose a realizar el servicio que Dios le ha encomendado; ahora ya no podemos achacárselo a humildad y modestia, sino que hemos de reconocer que se mostraba demasiado cobarde, indolente y hasta incrédulo.
I. Cómo trata Moisés de excusarse.
1. Apela a que no tiene facilidad de palabra: ¡Ay, Señor!, nunca he sido hombre de fácil palabra (v. 10). Dios se complace a veces en escoger como mensajeros suyos a quienes carecen de dotes naturales o artísticas. Los discípulos de Cristo no eran oradores hasta que el Espíritu Santo les hizo elocuentes.
2. Cuando esta apelación quedó sin efecto, y todas sus excusas fueron contestadas por Dios, Moisés rogó a Dios que enviase a otro con aquella comisión, y le dejase a él guardando pacíficamente ovejas en Madián (v. 13).
II. Cómo condescendió Dios a responder a todas sus excusas. Aunque se enojó contra él (v. 14), continuó razonando con él, hasta que le convenció.
1. Para contrarrestar la debilidad de Moisés, le hace memoria de su propio poder (v. 11): ¿Quién dio la boca al hombre? ¿No soy yo Jehová? Moisés sabía que Dios hizo al hombre, pero hay que recordarle ahora que Dios hizo la boca del hombre. Las perfecciones de nuestras facultades son obra suya; por ejemplo, Él hizo la vista, Él formó el ojo (Sal. 94:4); Él abre el entendimiento, el ojo de la mente (Lc. 24:45).
2. Para animarle en esta gran empresa, repite la promesa de su presencia, no sólo en general, Yo estaré contigo (3:12), sino en particular, «Yo estaré en tu boca (v. 12), de modo que la imperfección de tu palabra no sea impedimento para el mensaje». Si otros hablaron con más elocuencia, nadie habló con más potencia.
3. Le da como adjunto, para esta comisión, a su hermano Aarón. Le promete que Aarón se encontrará con él oportunamente, y que se alegrará de verle, no habiéndose visto (es lo más probable) durante muchos años (v. 14). Le instruye para que se sirva de Aarón como de su portavoz (v. 16), a fin de que su mutuo afecto natural fortalezca la unión de ambos en la ejecución conjunta de su comisión. Cristo envió a sus discípulos de dos en dos, y algunas de las parejas eran hermanos. La lengua de Aarón, con la cabeza y el corazón de Moisés haría una sola cosa completamente apta para esta embajada. Dios le promete: Yo estaré con tu boca y con la suya. Tampoco Aarón, aunque podía hablar bien, podía hablar lo conveniente para el designio de Dios, a no ser que Dios estuviese con su boca.
4. Le pide que tome en su mano la vara (v. 17). La vara que usaba como pastor debe ser ahora su bastón de mando, y debe servirle tanto de espada como de cetro.
Versículos 18–23
I. Moisés obtiene permiso de su suegro para regresar a Egipto (v. 18).
II. Recibe de Dios nuevos ánimos y nuevas direcciones para su obra. Y: 1. Dios le asegura que el camino está expedito. Aunque pueda encontrar nuevos enemigos en el desempeño de su cometido, lo cierto es que los que procuraban su muerte han muerto todos (v. 19). 2. Le ordena que haga milagros, no sólo delante de los ancianos de Israel sino también delante de Faraón (v. 21). 3. Para que la obstinación de Faraón no le sorprenda ni le desanime Dios le dice de antemano que Él (Dios) endurecerá el corazón de Faraón (v. 21), no por una acción directa, sino por su voluntad permisiva de la rebeldía del rey, que se hará más resistente cuanto más avancen las señales divinas. Es la mala disposición de Faraón, no la gracia de Dios, la que produce el endurecimiento del pecador. 4. Dios pone en boca de Moisés las palabras que ha de dirigir a Faraón (vv. 22–23). (A) Tiene que dar su mensaje en nombre de Jehová: Jehová ha dicho.
Ésta es la primera vez que la Biblia pone este prefacio de mensaje en la boca de un hombre, más tarde, lo usarán con mucha frecuencia todos los profetas. (B) Debe dar a conocer a Faraón la relación que Israel tiene con Dios y la preocupación y cuidado que Dios tiene de Israel. (C) Debe intimar a Faraón que deje marchar al pueblo de Israel: «Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo (v. 23); no sólo a mi siervo, al que tú no tienes derecho a retener, sino a mi hijo, de cuya libertad y honor soy celoso guardián y protector». (D) Debe amenazar a Faraón con la muerte del primogénito de Egipto, en caso de negativa: Yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito (v. 23), por menospreciar a mi hijo, mi primogénito (v. 22).
III. Moisés se pone en marcha a Egipto con su mujer y su hijo.
Versículos 24–31
Mientras Moisés va de camino a Egipto, encontramos:
I. Que Dios se enfureció contra él (vv. 24–26). Es un pasaje bastante difícil a primera vista.
1. Moisés albergaba un pecado, que era la negligencia en circuncidar a su hijo, a pesar de ser ya mayorcito. Esto era probablemente efecto de haberse casado en yugo desigual con una madianita, la cual era demasiado indulgente con los gustos del niño.
2. Dios muestra su desagrado contra Moisés. También las omisiones son pecado (v. Mt. 25:41–46; Stg. 4:17). Y Dios tiene muy en cuenta los pecados de su pueblo, y le desagradan tanto más cuanto que son sus hijos, y no unos extraños, quienes le ofenden. Si descuidan sus deberes, la conciencia les ha de acusar claramente, y la providencia amorosa del Padre les disciplinará fuertemente (1. Co. 11:29–31; He. 12:5–11; Ap. 3:19).
3. El rápido cumplimiento del deber descuidado, por cuya causa Dios le había castigado con una grave enfermedad que le postró en cama. Ante la urgencia, intimada por Dios, de circuncidar al hijo, Siporá realiza la operación, ya que el marido, a quien correspondía hacerlo, no estaba ahora en condiciones de realizarla.
4. Hecho esto, Dios dejó partir a Moisés (v. 26), y todo marchó bien; únicamente Siporá no podría olvidar el susto que se había llevado, y es lo más probable que, a raíz de este episodio, tanto ella como el hijo se volviesen a Madián por indicación de Moisés.
II. El afectuoso encuentro de Aarón con su hermano Moisés (vv. 27–28). Dios mandó a Aarón que fuese al encuentro de Moisés y le guió al lugar en que le había de encontrar, en el desierto que está trente a Madián. Le encontró en el monte de Dios (v. 27), es decir, en Horeb, donde Dios se había manifestado a Moisés en la zarza ardiendo. Allí se abrazaron fraternalmente en prenda de la comisión conjunta que estaban llamados a desempeñar, y de la que Moisés informó detalladamente a su hermano (v. 28).
III. Cómo se reunieron con los ancianos de Israel, y éstos respondieron con fe y obediencia. Cuando Moisés y Aarón expusieron por primera vez su comisión en Egipto, se encontraron con una recepción mejor que la que ellos mismos podían prometerse (vv. 29–31). El pueblo creyó (v. 31), como Dios había predicho (3:18). Se inclinaron y adoraron.
Moisés y Aarón frente al rey de Egipto, le piden que deje marchar al pueblo de Israel, para que vayan al desierto a sacrificar y adorar a su Dios.
Versículos 1–2
Moisés y Aarón van a tratar ahora con Faraón.
I. Su petición es piadosamente atrevida: Jehová el Dios de Israel dice así: Deja ir a mi pueblo (v. 1). Cuando trata con los ancianos de Israel, Moisés debe llamar a Dios el Dios de sus padres (3:15); pero, al tratar con Faraón, le llaman el Dios de Israel. Ésta es la primera vez que encontramos en la Escritura a Dios llamado por este nombre. Es cierto que, en Génesis 33:20, se llama el Dios de Israel; pero allí Israel es la persona de Jacob, mientras que aquí es el pueblo. Comienzan precisamente a ser estructurados como un pueblo cuando Dios es llamado su Dios. En este gran nombre es como ellos presentan su mensaje: Deja ir a mi pueblo.
II. La respuesta de Faraón es impíamente atrevida: ¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz? (v. 2). No sólo se niega a tratar, sino que no soporta ni la mención de Dios. ¡Cuán despectivamente habla del Dios de Israel! «¿Quién es Jehová? No lo conozco ni me preocupa, ni le aprecio, ni le tengo miedo». La ignorancia y el desprecio de Dios están en el fondo de toda la maldad que hay en este mundo. ¡Y cuán arrogantemente habla de sí mismo! «Para que yo oiga su voz. ¿Yo, que gobierno al Israel de Dios, voy a escuchar y obedecer al Dios de Israel?» Aquí está el fondo de la resistencia del pecador: Dios debe reinar y gobernar, pero el hombre no quiere ser gobernado.
Versículos 3–9
Viendo que Faraón no tenía estima alguna de Dios, Moisés y Aarón tratan de ver ahora si quizá tendrá alguna compasión de Israel.
I. Su requisitoria es muy humilde y modesta (v. 3). No se quejan del rigor con que les ha recibido. Lo que piden es muy razonable para muy poco tiempo, camino de tres días por el desierto, con este propósito: «Ofreceremos sacrificios a Jehová nuestro Dios, como otros pueblos hacen con sus dioses».
II. La negativa de Faraón a la petición de Moisés y Aarón es muy inhumana y fuera de razón (vv. 4–9).
1. Responde que los israelitas eran unos holgazanes y por eso hablaban de ir a ofrecer sacrificios. Sin
embargo, las ciudades que habían edificado para el Faraón eran un gran testimonio de que no eran holgazanes. La malicia de Satanás hace muchas veces que se presente el servicio y el culto de Dios como un empleo adecuado para los que no tienen otra cosa que hacer.
2. Las decisiones que tomó con ocasión de esta entrevista fueron de lo más crueles e inhumanas. (A) Les dice a Moisés y Aarón que no sólo el pueblo debe seguir trabajando, sino que ellos mismos deben volverse a sus tareas (v. 4); deben así participar de la esclavitud de su pueblo. (B) El cupo ordinario de ladrillos se les ha de seguir exigiendo, y desde ahora tampoco se les ha de dar el cupo de paja para mezclarla con el barro, o para cocer los ladrillos.
Versículos 10–14
Vemos aquí cómo se ejecutan las órdenes de Faraón; se les niega la paja, pero no se les disminuye el trabajo. 1. Los capataces egipcios eran muy severos. Insistían en que acabasen la obra de cada día como cuando se les daba la paja (v. 13). 2. En consecuencia, el pueblo tenía que dispersarse por toda la tierra de Egipto para recoger rastrojo (v. 12). 3. Los capataces de entre los mismos israelitas eran tratados con especial dureza (v. 14). ¡Qué cosa tan miserable es la esclavitud, y cuánta razón tenemos para estar agradecidos a Dios de disfrutar de libertad y no gemir bajo la opresión! Libertad y propiedad son joyas muy valiosas a los ojos de aquellos cuyos servicios y bienes están a merced de un poder arbitrario. ¡Qué pasos tan extraños da Dios a veces para librar a su pueblo! La bajamar precede a la pleamar, y las mañanas más nebulosas dan paso ordinariamente a los días más claros (Dt. 32:36).
Versículos 15–23
Los capataces de los hijos de Israel se encontraban, pues, en gran aprieto.
I. Con cuánta justicia se quejaron ante Faraón: «Vinieron a Faraón y clamaron a él diciendo: ¿Por qué lo haces así con tus siervos? (v. 15); tus siervos son golpeados y sin embargo la falta es de tu propio pueblo, los cuadrilleros, que nos niegan lo necesario para continuar nuestro trabajo». ¿Qué consiguieron con esta queja? Ir de mal en peor. Faraón los trató de haraganes (v. 7), cuando casi los mataban haciéndoles trabajar tan duramente y golpeándoles. ¡Qué bien que no son nuestros jueces los hombres, sino un Dios que conoce los corazones y los motivos que nos impulsan a obrar!
Cuán injustamente se quejaron de Moisés y de Aarón: Mire Jehová sobre vosotros, y juzgue (v. 21). Esto no fue correcto. Moisés y Aarón habían dado pruebas suficientes de su cordial buena voluntad en favor de las libertades de Israel; sin embargo, porque las cosas no iban tan de prisa como era de desear, les reprochaban el ser, de algún modo, cómplices de sus opresores. ¿Qué hizo Moisés en semejante aprieto? 1. Se volvió a Jehová (v. 22), para poner el asunto en su presencia. Cuando quiera que nos hallemos perplejos e indecisos sobre qué camino seguir en el cumplimiento de nuestro deber, retirémonos a Él, y a nadie más. 2. Y le pregunta a Dios: (A) ¿Por qué afliges a este pueblo? (B) ¿Para qué me enviaste? Así: (a) Se queja de su poco éxito: «Faraón está oprimiendo a este pueblo, y ni un solo paso parece que se está tomando para libertarlo». O, (b), inquiere qué más hay que hacer: ¿Para qué me enviaste? Esto es, «¿Qué otro método habré de usar en el desempeño de mi comisión?». Lo primero es lo más probable.
Este capítulo contiene especialmente la respuesta que Dios da a Moisés en relación con las quejas que éste le había presentado en el capítulo anterior. También le da más amplias instrucciones sobre lo que ha de decir a los hijos de Israel para satisfacerles.
Versículos 1–9
I. El modo como Dios responde a las quejas de Moisés asegurándole el éxito en esta negociación y repitiéndole la promesa hecha en 3:20 («Entonces os dejará ir»): Jehová respondió a Moisés, Para tranquilizarle, «Ahora verás lo que yo haré a Faraón» (v. 1) (v. Sal. 12:5 «Ahora me levantaré, dice Jehová».) Nótese que cuando el hombre ha llegado al extremo es la oportunidad de Dios para ayudar y salvar. Es entonces cuando Dios toma el asunto en sus manos. Bajo mano fuerte, es decir, obligado por una mano fuerte, tendrá que dejarles ir.
II. Le da más instrucciones, a fin de que tanto él como el pueblo se sientan animados a esperar un feliz y glorioso resultado en este asunto. Han de tomar aliento:
1. Del nombre de Dios, Jehová (vv. 2–3). Dios quería ahora ser conocido por su nombre de Jehová, es decir: (A) Un Dios que realiza lo que había prometido. (B) Un Dios que perfecciona lo que había comenzado (Fil. 1:6). En la historia de la creación, Dios nunca es llamado Jehová hasta que los cielos y la tierra fueron completados (Gn. 2:24). Cuando la salvación de los santos haya quedado completa en la vida eterna será también conocido por los epítetos equivalentes al nombre de Jehová (Ap. 22:13). Entretanto, le hallarán como proveedor de ayuda y de fuerza, bajo el nombre de El-Shadday, un Dios Todosuficiente, un Dios que basta para todo.
2. De su pacto: También establecí mi pacto con ellos (v. 4). Sobre este fundamento podemos arriesgar todo lo nuestro.
3. De sus misericordias: Asimismo yo he oído el gemido de los hijos de Israel (v. 5).
4. De sus decisiones presentes, señaladas con el énfasis de esos seis futuros resolutivos: Yo os sacaré… y os libraré … y os redimiré … y os tomaré … y os meteré en la tierra … y yo os la daré (vv. 6–8).
5. De sus intenciones benévolas en todo esto: (A) Intentaba la felicidad de ellos: Os tomaré por mi pueblo. (B) Intentaba su propia gloria: Y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios. Es cosa admirable que Dios tenga su gloria en nuestra felicidad. Pero ellos no tuvieron en cuenta las promesas de Dios: Ellos no escuchaban a Moisés a causa de la congoja de espíritu (v. 9). Si nos entregamos al descontento y al mal humor, nos privamos de la ayuda y del consuelo que podríamos obtener de la Palabra y de la providencia de Dios, y sólo a nosotros hemos de echarnos la culpa de marchar por la vida sin consuelo y sin apoyo.
Versículos 10–13
I. Dios envió a Moisés por segunda vez a Faraón (v. 11) con el mismo comunicado que antes, para mandarle de nuevo que deje ir de su tierra a los hijos de Israel.
II. Moisés pone objeciones. Apela: 1. A la poca probabilidad de que le escuche Faraón: «Mira que los hijos de Israel no me escuchan; no atienden ni dan crédito a lo que les he dicho; ¿cómo, pues, me escuchará Faraón?» Si los que profesan ser el pueblo de Dios no escuchan a los mensajeros de Dios,
¿cómo puede pensarse que vayan a escucharles los que profesan ser los enemigos de Dios? 2. Apela también a su dificultad y debilidad de palabra: Siendo yo torpe de palabra (v. 12). A estas objeciones había dado ya Dios respuesta suficiente, pues la suficiencia de su gracia puede suplir los defectos naturales en cualquier circunstancia.
III. Dios comisiona de nuevo a Aarón en unión con Moisés pone punto final al debate e interpone su propia autoridad pues da a ambos un solemne mandamiento. Moisés mismo necesitaba esta medida, como después la necesitó Timoteo (1 Ti. 6:13; 2 Ti. 4:1).
Versículos 14–30
I. Genealogía, no interminable, como las que el Apóstol condena (1 Ti. 1:4), pues termina en esos dos grandes patriotas Moisés y Aarón, y se intercala aquí para mostrar que eran israelitas, huesos de los huesos y carne de la carne de aquellos a quienes eran enviados a libertar. Los cabezas de familia de tres de las tribus son nombrados aquí, conforme a lo registrado en Génesis 46. El doctor Lightfoot opina que Rubén, Simeón y Leví quedan de este modo dignificados aquí en sus propias personas porque habían quedado señalados con marcas de infamia por su moribundo padre y, en consecuencia, Moisés les habría otorgado este honor especial, para engrandecer la misericordia de Dios en el arrepentimiento y el perdón de ellos. Los dos primeros parece más bien que son mencionados sólo por causa de un tercero, que era Leví, de quien descendían Moisés y Aarón y todos los sacerdotes del pueblo de Israel. Obsérvese aquí que: 1. Coat, de quien descendían Moisés y Aarón, y los demás sacerdotes, era segundo hijo de Leví (v. 16). 2. Aarón se casó con Eliseba, hija de Aminadab, uno de los jefes de la tribu de Judá (v. 23), pues eran frecuentes los matrimonios entre las tribus de Leví y de Judá.
Al final del capítulo, Moisés vuelve a su relato, del cual se había desviado de un modo un tanto abrupto (v. 13), y repite: 1. El encargo que Dios le había dado de entregar, su mensaje a Faraón (v. 29): Di a Faraón … todas las cosas que yo te digo a ti, como fiel embajador. 2. La objeción de Moisés a esto (v. 30). Nótese que quienes, en cualquier tiempo, hayan hablado imprudentemente con sus labios, deberían reflexionar sobre ello con pesar como parece ser que lo hace Moisés aquí al referirlo.
Este capítulo termina la disputa entre Dios y Moisés, y éste se comienza a dedicar al cumplimiento de su misión, en obediencia al mandato de Dios. Comienza ahora la disputa entre Moisés y Faraón. Al negarse Faraón a cumplir las órdenes de Dios, tras haber demostrado Moisés su comisión divina mediante el milagro de convertir su vara en serpiente, tiene lugar la primera de las diez plagas, por la que las aguas se convierten en sangre. A pesar de ello, Faraón endurece su corazón contra Dios.
Versículos 1–7
I. Dios anima a Moisés a ir a Faraón. 1. Le inviste de gran poder y autoridad (v. 1): Yo te he constituido Dios para Faraón; esto es, mi representante en este asunto, como los jueces son llamados dioses, porque son vicegerentes de Dios en la administración de la justicia. Así fue autorizado Moisés a hablar y actuar en nombre y representación de Dios. Moisés era dios, pero sólo hecho dios, no como Dios que lo es esencialmente por naturaleza; sólo era dios por comisión, y sólo con relación a Faraón; el Dios vivo y verdadero lo es para todo el Universo. 2. De nuevo le nombra un ayudante, a su hermano Aarón, para que fuera su portavoz: «Él será tu profeta. Tú infligirás y retirarás, como dios, las plagas; y Aarón, como profeta, las anunciará, y amenazará a Faraón con ellas». 3. Le dice también que Faraón no le oirá, pero que la obra había que hacerla de todos modos. Aunque los egipcios no querían conocer a Dios, le habían de conocer para bien o para mal.
II. Moisés y Aarón se dirigen a comenzar su obra sin poner más objeciones: Hicieron Moisés y Aarón como Jehová les mandó (v. 6). Su obediencia fue encomiada por el salmista (Sal. 105:28, en la AV inglesa y en RV 1960, pero es más probable la lectura de la New International Version y RV 1977), quien menciona sus nombres en el versículo 26. Les pasó algo parecido a lo de Jonás quien al principio era reacio a cumplir las órdenes de Dios, pero fue, por fin, a Nínive.
Versículos 8–13
La primera vez que Moisés se presentó a Faraón le comunicó sólo sus instrucciones; pero ahora Dios le ordena que presente sus credenciales ante Faraón y así lo hace. 1. Faraón le dirá: Mostrad milagro; no por deseo de convencerse, sino con la esperanza de que no obren ninguno. 2. Se les dan órdenes, por tanto, para que conviertan la vara en serpiente, según las instrucciones de 4:3. Aarón arrojó su vara al suelo, y se hizo culebra (v. 10). Este milagro fue muy apropiado, no sólo para llenar de asombro a Faraón, sino para aterrorizarlo. 3. Aunque este milagro era demasiado evidente como para ser negado, se intenta quitarle fuerza persuasiva mediante la imitación que de él hicieron los magos (vv. 11–12). Moisés había sido instruido anteriormente en las ciencias y artes de los egipcios, y podía sospecharse que hubiese ejercitado, y aun mejorado, las artes mágicas en su largo retiro de Madián; por eso, se convoca a los magos para rivalizar con él. Sus varas también se convirtieron en culebras. Hay quienes opinan que lo hicieron por virtud divina, para endurecer más aún el corazón del Faraón pero es más probable que lo hicieran en virtud de sus poderes diabólicos, más bien a producir una ilusión óptica que un cambio real en el objeto; o a hipnotizar al animal hasta ponerlo rígido como una vara. Dios permite al espíritu de la mentira hacer cosas extrañas, a fin de que la fe de algunos pueda ser puesta a prueba y manifestada (Dt. 13:3; 1 Co. 11:19). En este torneo Moisés se llevó claramente la victoria, pues la serpiente en que había convertido la vara de Aarón devoró a las otras, lo cual era suficiente para haber convencido a Faraón de cuál lado estaba la verdad. Pero Faraón no se dejó persuadir por ello. Como los magos también habían convertido las varas en serpientes, él se aferraba seguramente a esto, pretextando que el caso entre los magos y Moisés era discutible.
Versículos 14–25
La primera de la diez plagas la conversión del agua en sangre, lo cual fue: 1. Una terrible y muy pesada plaga. El pescado es un alimento primordial en Egipto (Nm. 11:5), pero la conversión de las aguas en sangre supuso la muerte de todos los peces, pues esta plaga comportaba corrupción (v. 21): Los peces murieron; y el río se corrompió. Y cuando Dios amenaza, mucho tiempo después, a Egipto con otra destrucción, se hace notar el tremendo disgusto, no sólo de los pescadores, sino también de los tejedores de redes (Is. 19:5–10). 2. Esta era una plaga justamente enviada contra los egipcios. Porque: (A) El Nilo, el gran río de Egipto, era el ídolo de los egipcios; ellos y su tierra recibían de él tantos beneficios, que le servían y le adoraban más que a Dios, el Creador del Nilo. Dios les castigó convirtiendo en sangre aquello que ellos habían convertido en su dios. Nótese que cuando de una cosa creada nos hacemos un ídolo, Dios nos la arrebata justamente, o nos amarga con ello la vida. Convierte en azote nuestro lo que nosotros hemos convertido en un rival suyo. (B) Egipto dependía grandemente de su río (Zac. 14:18); de modo que, al herir al río, Dios les amonestaba de la destrucción que iban a sufrir todos los productos del país, hasta llegar al exterminio de los primogénitos; y este río, rojo de sangre, resultaba un terrible presagio de la ruina de Faraón y de sus fuerzas armadas en el Mar Rojo. Uno de los primeros milagros que Moisés hizo fue convertir el agua en sangre, pero el primer milagro que hizo Jesús fue convertir el agua en vino; pues la Ley fue dada por medio de Moisés y era una dispensación de terror y de muerte; pero la gracia y la verdad que, como el vino, alegran el corazón, vinieron por medio de Jesucristo (Jn. 1:17).
I. Moisés recibe la orden de advertir a Faraón sobre esta plaga (v. 14): «El corazón de Faraón está endurecido; por tanto, anda y procura ablandarlo con esto» (v. 15). Dios manda a Moisés que vaya al encuentro de Faraón junto a la ribera del río adonde Dios sabía de antemano que Faraón vendría de mañana para ofrecer al río sus devociones matutinas. Allí debe Moisés estar listo para presentarle un nuevo ultimátum; y, en caso de que rehúse, ha de comunicarle el juicio que se cierne sobre ese mismo río en cuya orilla estaban conversando. Se le comunica así de antemano, para que nadie pueda invocar como pretexto que se trataba de una casualidad, o atribuirlo a otra causa cualquiera, sino que sea manifiesto que ha sido hecho por el poder de Dios de los hebreos. Dios avisa antes de herir; porque es paciente, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento (2 P. 3:9).
II. Aarón (portador del azote) procede, bajo las órdenes de Dios a herir con su vara las aguas del río haciendo así venir la plaga (vv. 19–20). Aquí puede verse el poder omnímodo de Dios. Cada una de sus criaturas es para nosotros lo que Él quiere que sea agua o sangre. También se ve cuán mudables son todas las cosas que hay debajo del sol, y con qué cambios tan sorprendentes podemos topar en ellas. Un río es algo que pasa, que corre; pero la Justicia divina puede alcanzarlo en un momento y hacerlo maligno. Véase también cuán maléfica es la obra del pecado. Si las cosas que han sido para nuestro consuelo, resultan ser para nuestra aflicción, es a nosotros mismos a quien hemos de echar la culpa; es el pecado el que cambia nuestras aguas en sangre.
III. Faraón se esfuerza por hacer frente al milagro, porque ha resuelto no humillarse ante la plaga. Manda venir a los magos, quienes tratan de imitar el milagro con sus artes mágicas (v. 22). Probablemente sacaron agua subterránea (v. 24) y le aplicaron algún producto secreto, o produjeron otra ilusión óptica. Lo cierto es que esto sirvió de excusa a Faraón para no prestar atención al milagro y seguir endureciéndose (v. 22–23). No quería ver que Aarón había convertido toda agua en sangre. Por otra parte, los magos no podían volver a convertir en agua la sangre; si así lo hubiesen hecho, habrían demostrado un verdadero poder, y el Faraón les habría quedado muy obligado como a bienhechores suyos.
IV. Entretanto, los egipcios, que estaban buscando algún alivio contra la plaga, cavaban pozos en torno del río para beber (v. 24). Probablemente encontraron algo, tras denodados esfuerzos, con lo que Dios recordaba su misericordia en medio de su ira, pues Él está lleno de compasión, y no permitiría que los súbditos padecieran excesivamente por la obstinación de su rey.
V. La plaga duró siete días (v. 25) y, en todo este tiempo, el orgulloso corazón de Faraón no le permitió ni siquiera el desear que Moisés intercediera para que se retirase la plaga.
En este capítulo se refieren otras tres plagas de Egipto: la de ranas que los magos imitan; la de mosquitos que los magos ya no pueden imitar; y la terrible plaga de moscas, de la cual había sido advertido Faraón, así como de que no había de azotar a la tierra de Gosén, donde habitaban los israelitas. A pesar de todas estas plagas, el corazón de Faraón siguió duro como antes.
Versículos 1–15
Faraón recibe aquí la amenaza, y después la plaga de ranas, como después, en este mismo capítulo, de mosquitos y de moscas, que son animales pequeños y aparentemente despreciables e indignos de ser tomados en consideración, pero que, sin embargo, debido a su incalculable número produjeron a los egipcios dolorosas y terribles plagas. Como ha dicho alguien, el poder de Dios se manifiesta lo mismo en la creación de una hormiga que en la de un elefante. De igual modo su providencia al servicio de sus propios designios se muestra tan efectiva mediante las más insignificantes criaturas como mediante las más poderosas y notables. Así lo hizo con Faraón, mediante mosquitos y moscas, para humillar su orgullo y castigar su insolencia. ¡Qué mortificación debió de ser para Faraón, aquel altivo monarca, verse obligado a doblar sus rodillas y forzado a someterse por medio de tan despreciables animales! En cuanto a la plaga de ranas, podemos observar:
I. Que fue precedida de una amenaza. Dios ordenó a Moisés que advirtiese a Faraón de otro juicio que se cernía sobre él, en caso de que continuase obstinado. Dios no suele castigar a los hombres por sus pecados, sino sólo cuando persisten en ellos. En caso de que Faraón rehusara, la plaga se extendería de un modo formidable.
II. Que fue ejecutada con todas sus terribles consecuencias. Al rehusar Faraón atender a las demandas del Señor, le da orden a Aarón que desencadene la plaga. Innumerables ranas invaden el país, y los egipcios se ven incapaces de detener su avance. Compárese esto con la profecía del ejército de langostas en Jonás 2:2 y siguientes y véase Isaías 34:16–17.
III. Que los magos imitaron la plaga, por permisión de Dios (v. 7). Ellos también trajeron ranas, pero no pudieron retirar las que Dios había enviado. Los magos intentaban engañar. Pero Dios intentaba por medio de ellos destruir a los que preferían ser engañados.
IV. Que Faraón cedió al principio bajo esta plaga; fue la primera vez que lo hizo (v. 8). Ruega a Moisés que interceda para que se retiren las ranas, y promete dejar marchar al pueblo de Israel.
V. Que Moisés fija un plazo con Faraón, y obtiene de Dios en oración que retire las ranas. Faraón da plazo hasta mañana (v. 10), fatídica palabra en boca de muchos, pues sólo sirve para aplazar sine die una resolución firme que debería tomarse sin demora. En respuesta a la oración de Moisés, las ranas que causaban estragos en un día, habían perecido totalmente al día siguiente.
VI. Que el resultado final de esta plaga fue negativo (v. 15): Viendo Faraón que le habían dado este respiro, sin considerar lo que el día anterior había sentido, ni temer lo que al día siguiente podía ocurrirle endureció su corazón. Nótese: 1. Que mientras el corazón no es renovado por la gracia de Dios, las impresiones producidas por la aflicción no perduran; las aparentes convicciones se borran, y las promesas arrancadas en momentos de apuro se olvidan. 2. Que los pecadores impenitentes abusan vergonzosamente de la paciencia de Dios. Dios, generosamente les otorga una tregua, a fin de que obtengan paz con Él (Ro. 5:1); ellos, en cambio, aprovechan la oportunidad para reagrupar las cobardes fuerzas de su obstinada infidelidad (v. Ec. 8:11; Sal. 78:34 y ss.).
Versículos 16–19
Breve relato de la plaga de mosquitos.
I. Cómo descargó esta plaga sobre los egipcios (vv. 16–17). Las ranas salieron de las aguas, pero estos mosquitos fueron producidos del polvo de la tierra. El segundo ay había pasado, pero el tercero vino muy rápido.
II. Cómo se quedaron confusos y chasqueados los magos con esta plaga (v. 18). Intentaron imitarla, pero no pudieron. Sobrepujados por la evidencia, se vieron forzados a confesar: Éste es el dedo de Dios (v. 19). Tarde o temprano, Dios obliga a sus enemigos a reconocer su soberanía y su poder omnímodo. Incluso el impío emperador de Roma Juliano el Apóstata, tuvo que confesar, cuando herido de muerte se vio impotente para continuar luchando: ¡venciste, Galileo! Y es que Dios, no sólo es lo bastante fuerte para vencer a sus oponentes, sino que les hace confesar que, en efecto, lo es.
III. Cómo, a pesar de esto, Faraón se endureció más y más (v. 19). Quienes no son hechos mejores mediante la Palabra y la Providencia de Dios, ordinariamente se hacen peores mediante esas mismas gracias.
Historia de la plaga de moscas.
I. Como en el caso de las ranas, también ahora hubo aviso previo. Dios ordena a Moisés (v. 20) que se levante temprano y se vaya al encuentro de Faraón cuando éste salga del río. Moisés debía plantarse delante de Faraón, a pesar de lo altivo que éste era, y comunicarle algo sumamente humillante para él: si rehusaba dejar salir a los israelitas, habría de enfrentarse a un ejército de moscas, las cuales obedecerían las órdenes de Dios, si él, Faraón, no las obedecía.
II. En esta plaga, había de existir una notabilísima diferencia entre los egipcios y los israelitas (vv. 22–23). Hay que hacer saber a Faraón que Dios es Jehová en medio de la tierra y esto se conocerá precisamente por la manera en que va a infligirse la plaga, ya que afectará a los egipcios, pero no a los israelitas. Obsérvese cómo se repite, para que no haya ninguna duda: Yo haré distinción entre mi pueblo y el tuyo (v. 23). Nótese que el Señor conoce los que son suyos (2 Ti. 2:19), y hará que se manifieste, tal vez en este mundo, ciertamente en el otro, que los ha puesto aparte para sí. Vendrá un día en que volveréis a discernir entre el justo y el malo (Mal. 3:18), entre las ovejas y los cabritos (Ez. 34:17; Mt. 25:32), aunque ahora aparezcan mezclados.
III. La plaga sobrevino al día siguiente de ser anunciada: Vino toda clase de moscas molestísimas (v. 24).
IV. Faraón, ante un ataque tan terrible, quiere firmar la rendición ante Moisés y Aarón, y dejar partir a sus cautivos, pero puede observarse, desde el primer momento, con cuánta repugnancia hace su promesa.
1. Se contenta con que ofrezcan sacrificio a su Dios con tal que lo hagan en la tierra de Egipto (v. 25). Pero Moisés no aceptará esta condición, porque no puede aceptarla (v. 26). Por eso, insiste: Camino de tres días iremos por el desierto (v. 27). Quienes deseen ofrecer a Dios un sacrificio aceptable, deben retirarse de las distracciones del mundo. Israel no puede guardar la fiesta del Señor ni entre los ladrillales ni entre las ollas de carne de Egipto. Aunque estaban en el más profundo grado de esclavitud bajo Faraón, sin embargo, en el servicio de Dios, debían observar los mandatos de Dios, no los de Faraón.
2. Cuando esta propuesta es rechazada, consiente en que vayan al desierto, bajo la condición de que no se marchen más lejos (v. 28). Aquí observamos una especie de lucha, dentro de Faraón, entre su convicción y su corrupción; su convicción le dice: «déjalos marchar»; pero su corrupción añade: «Pero no muy lejos»; El resultado final fue que tomó partido con su corrupción contra su convicción, y esto le acarreó la ruina completa. Moisés aceptó esta propuesta, bajo promesa de orar para que la plaga fuese retirada (v. 29).
Como resultado de esta oración, Dios retiró benignamente la plaga (vv. 30–31), pero Faraón volvió pérfidamente a endurecer su corazón, y no dejó ir al pueblo (v. 32). Su orgullo no le permitió desprenderse de tal florón de su corona como era el dominio que ejercía sobre Israel, ni su codicia el dejar partir a una gente que, con su duro trabajo, tanto rendimiento le proporcionaba.
En este capítulo tenemos el relato de otras tres plagas de Egipto: una plaga gravísima sobre el ganado, una pestilente plaga de úlceras en las personas, y la plaga de un granizo pesadísimo, que acabó con todo lo que había en el campo. Faraón, aterrorizado, renueva su trato con Moisés, pero bien pronto vuelve de nuevo a faltar a su palabra.
Versículos 1–7
I. El aviso de otra plaga inminente, la plaga sobre las bestias. 1. Deja ir a mi Pueblo (v. 1). Son mi pueblo; por tanto, déjalos marchar. 2. Describe la plaga que había de sobrevenir, si rehusaba dejarlos partir (vv. 2–3). La mano de Jehová estará contra tus ganados, muchos de los cuales morirían de esta peste. Mañana hará esta cosa (v. 5). Nosotros no sabemos lo que nos va a traer un nuevo día y, por ello, no podemos decir lo que haremos mañana, pero para Dios es diferente.
II. La plaga cae sobre el país, y muere todo el ganado (v. 6). Más tarde, los egipcios dieron culto al ganado durante muchísimos siglos; fue de ellos de quienes aprendieron los israelitas a hacerse de un becerro de oro la imagen de Dios; en este punto, la plaga de que aquí se habla tiene algo que ver con ellos.
III. La diferencia que Dios hizo entre el ganado de los egipcios y el de los israelitas: Del ganado de los hijos de Israel no murió uno (vv. 6–7).
Versículos 8–12
La plaga de úlceras.
I. Cuando aún no se habían repuesto de la plaga que azotó al ganado, Dios les envió una plaga que atacó directamente a las personas, y les afectó en lo más vivo. Cuando los juicios de Dios no surten su efecto, Él envía castigos más severos.
II. El elemento por el cual fue traída la plaga. A veces, Dios muestra el pecado en el propio castigo, los egipcios habían oprimido a Israel en los hornos y les habían humillado hasta el polvo de la tierra. Ahora estas cenizas de los hornos y el polvo de la tierra, llevado fácilmente por el viento a todos los lugares, iban a ser para los egipcios un tormento más terrible que lo que los látigos de los cuadrilleros habían sido sobre las espaldas de los israelitas.
III. La plaga misma era muy dolorosa, maligna y pestilente; estas erupciones eran inflamaciones, como las de Job. Esto es llamado después la úlcera de Egipto (Dt. 28:27).
IV. Los magos mismos fueron heridos con esta plaga (v. 11). Así fueron castigados por cooperar al endurecimiento del corazón de Faraón. Dios trata con gran severidad a los que fortalecen las manos de los impíos en su impiedad.
V. Faraón continuó obstinado, pues ahora Jehová endureció su corazón (v. 12). Antes, él mismo había endurecido su corazón resistiendo a la gracia de Dios; ahora, Dios le entregó justamente a los malos deseos de su corazón.
Versículos 13–21
I. Una declaración general de la ira de Dios contra Faraón por su obstinación. Aunque Dios ha endurecido su corazón (v. 12), Moisés tiene que repetirle las demandas de Dios. Dios siempre se muestra como modelo de paciencia, y desea mostrarse benigno hacia un pueblo desobediente y contradictor (Ro. 10:21). Por seis veces habían resultado vanas sus demandas, pero Moisés va a repetirlas por séptima vez: Deja ir a mi pueblo (v. 13). Y Dios ordena a Moisés proclamar ante Faraón el más terrible mensaje, lo escuche o no lo escuche: «Yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, no sólo plagas temporales a tu cuerpo, sino plagas espirituales a tu alma» (v. 14). Debe decirle que va a quedar en la Historia como monumento perpetuo de la justicia y del poder de la ira de Dios (v. 16). «Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, éste ha sido mi eterno designio al elevarte al trono de Egipto, y ponerte como blanco de mi ira, haciendo que caigan sobre ti todas estas plagas.» Todas las cosas concurrían a dar una clara indicación de que el nombre de Dios (esto es, su incontestable soberanía, su poder irresistible y su inflexible justicia) debía ser anunciado en toda la tierra; y no sólo en todos los lugares, sino a través de todos los siglos, mientras esta tierra exista. Faraón era un gran rey, y el pueblo de Dios se componía de pobres pastores, cuanto más, y ahora de pobres esclavos; sin embargo, Faraón será arruinado por completo si se exalta contra ellos, porque es como si se exaltase contra Dios mismo.
II. Una especial predicción de la plaga de granizo (v. 18), y una benigna advertencia a Faraón y a su pueblo para que recojan del campo el ganado y las personas para que puedan resguardarse del granizo (v. 19). Véase aquí él cuidado que Dios tiene, no sólo para hacer diferencia entre egipcios e israelitas, sino también entre unos egipcios y otros, puesto que algunos creyeron lo dicho y tuvieron temor de la palabra de Jehová (v. 20) e hicieron venir a casa a sus criados y al ganado, como hizo Noé (He. 11:7); eso fue una muestra de prudencia por parte de ellos. Incluso entre los siervos de Faraón, había quienes temblaban ante la palabra de Dios.
Versículos 22–35
La plaga de granizo.
I. La desolación que causó en la tierra. Mató a las personas y al ganado, y además destrozó toda la hierba y desgajó todos los árboles (v. 25). Fue destruido todo el grano que estaba ya crecido, y sólo se salvó el que aún no había salido (vv. 31–32). Se hace aquí referencia a la tierra de Gosén, la cual fue preservada del daño producido por esta plaga (v. 26).
II. Faraón quedó consternado con esta plaga, y se humilló ante Moisés con palabras propias de una persona arrepentida (vv. 27–28). Se condena a sí mismo y a su pueblo: «He pecado esta vez Jehová; es justo, y yo y mi pueblo impíos, y nos merecemos lo que nos ha sobrevenido». Ruega a Moisés y Aarón que oren por él para que desaparezca la plaga. Y, finalmente promete soltar a sus prisioneros: Yo os dejaré ir. Ante esto, Moisés intercede por él ante Dios. Aunque tenía toda la razón del mundo para imaginarse que Faraón se arrepentiría inmediatamente de su arrepentimiento, y así se lo dijo a él mismo (v. 30), le promete sin embargo ser su amigo en la corte celestial. Nótese que debemos persistir en orar incluso por aquellos de quienes abrigamos pocas esperanzas, e igualmente debemos amonestarlos (v. 1 S. 12:23). El lugar que Moisés escogió para su oración fue el descampado, donde tronaba y granizaba. La paz con Dios hace que los hombres sean a prueba de trueno porque el trueno es la voz de su Padre. Y su oración tuvo éxito: 1. Extendió sus manos a Jehová, y cesaron los truenos y el granizo (v. 33). Así prevaleció con Dios. Pero: 2. No pudo prevalecer con Faraón: Se obstinó en pecar, y endurecieron su corazón él y sus siervos (v. 34). Nótese que hay que dar poco crédito a las confesiones arrancadas en el tormento. Es «la contrición del patibulario», como llamaba Lutero a la atrición, es decir, al arrepentimiento por temor al Infierno.
En este capítulo se refieren las plagas octava y novena que son la plaga de langostas y la de tinieblas respectivamente. De nuevo, hace Faraón confesión de su pecado, y de nuevo torna a endurecerse.
Versículos 1–11
I. Dios instruye a Moisés acerca de la finalidad de estas plagas (vv. 1 y 2), pues ellas son monumento de la grandeza de Dios, de la felicidad de su pueblo y de la culpabilidad del pecado, así como advertencias perpetuas para los hombres de todas las edades y épocas, a fin de que no provoquen a celos a Dios ni se empeñen en luchar con su Hacedor.
II. Reprimenda a Faraón (v. 3): «Así ha dicho Jehová el Dios de los hebreos; de los pobres, despreciados y perseguidos hebreos: ¿Hasta cuándo no querrás humillarte delante de mí?». Quienes no se humillan ante Dios, serán humillados por Él.
III. Viene la amenaza de la plaga de langostas (vv. 4–6). El granizo había destrozado el fruto de la tierra, pero estas langostas iban a venir para devorarlo. Tan pronto como Moisés comunicó su mensaje, se marchó inmediatamente, pues no esperaba obtener mejor respuesta que en ocasiones anteriores: Se volvió y salió de delante de Faraón (v. 6). De manera semejante, mandó Cristo a sus discípulos que se marchasen de quienes no quisieran recibirles y que sacudiesen el polvo de sus pies en testimonio contra ellos (Mt. 10:14; Lc. 9:5).
IV. Los siervos de Faraón, sus ministros o sus consejeros privados, se interpusieron para persuadirle que llegase a algún acuerdo con Moisés (v. 7). Los israelitas se habían convertido en una carga insoportable para los egipcios y ahora, por fin, los príncipes de Egipto estaban deseando deshacerse de ellos (Zac. 12:3).
V. Así, pues, se llega a un nuevo acuerdo entre Faraón y Moisés, en el que Faraón consiente en dejar marchar a los israelitas al desierto para ofrecer sacrificio, pero todavía era asunto de debate quiénes iban a ir (v. 8). 1. Moisés insiste en que tenían que salir todos y llevarse consigo todas sus pertenencias (v. 9). 2. Faraón no está dispuesto a conceder esto; él dejará marchar a los varones mayores, haciendo ver que esto era todo lo que ellos deseaban, aunque este punto nunca se había mencionado en ninguno de los acuerdos anteriores; pero, en cuanto a los niños, decide guardarlos como rehenes para obligar así a los mayores a volver (vv. 10–11). 3. De esta manera, el acuerdo se rompe abruptamente.
Versículos 12–20
I. Las langostas, ese gran ejército de Jehová, invaden el país (Jos. 2:11). Las langostas obedecen la orden de Dios, y vuelan sobre las alas del viento, del viento del Este y el pulgón sin número como se nos dice en Salmo 105:34–35. Un ejército formidable de caballería e infantería habría sido más fácil de resistir que esta innumerable hueste de insectos.
II. La desolación que produjeron (v. 15): Cubrió la faz de todo el país … y consumió toda la hierba de la tierra y todo el fruto de los árboles. La hierba crece para el servicio del hombre; pero, cuando a Dios le place, estos despreciables insectos no sólo le ayudarán a comerla, sino que lo saquearán y se le comerán el pan de la boca.
III. Faraón admite su culpa (vv. 16–17). 1. Confiesa su pecado: He pecado contra Jehová vuestro Dios, y contra vosotros. Se da cuenta ahora de su locura en el menosprecio y la burla que ha hecho de Dios y de sus embajadores y parece que, por fin, se arrepiente de ello. 2. Pide perdón, no a Dios como hacen las personas verdaderamente arrepentidas, sino a Moisés. 3. Ruega a Moisés y Aarón que oren por él. Faraón quiere que oren para que Dios quite de él esta plaga mortal, no su pecado; aborrece la plaga de las langostas, pero no la plaga de un corazón endurecido, que es mucho más peligrosa.
IV. Dios retira su castigo, ante la oración de Moisés (vv. 18–19). Esto fue una prueba del poder de Dios, tan grande como había sido el castigo mismo. Un viento del Este trajo las langostas, y ahora un viento del Oeste se las llevó. Nótese que, en cualquier parte de los puntos cardinales en que se encuentre, el viento siempre está cumpliendo la palabra de Dios, y se vuelve hacia donde le ordena Dios. 2. Fue también una prueba de la autoridad de Moisés, y una ratificación de la comisión que había recibido de Dios. 3. En fin, fue un argumento capaz de por sí para producir el arrepentimiento como lo había sido el castigo mismo, pues en ello se manifestó que Dios está pronto a perdonar y mostrar misericordia.
V. Faraón volvió a su impía resolución de no dejar marchar al pueblo (v. 20).
Versículos 21–29
I. La plaga de tinieblas. Obsérvese en especial tocante a esta plaga:
1. Que fue una oscuridad absoluta tanto que se palpaba (v. 21) y nadie podía ver a su prójimo (v. 23). El infierno es oscuridad profunda. Luz de lámpara no alumbrará más en ti (Ap. 18:23). 2. No cabe duda de que, ante esto, quedaron atónitos y aterrorizados. El Libro de la Sabiduría de Salomón, aunque no lo tenemos como inspirado por Dios, describe maravillosamente en formas brillantes de alta poseía, la turbación de los egipcios ante estas tinieblas, a las que se añadían aterradoras apariciones de espíritus malignos, con ruidos escalofriantes y espectros sombríos de lúgubre aspecto, pero más aterradora todavía era la voz de sus conciencias (Sab. 17 y 18:1–4. V. en Biblia de Jerusalén pp. 897–898). No se atrevían ni siquiera a moverse (v. 23). 3. Duró tres días o, como dice el obispo Hall, fueron seis noches en una. Las tinieblas espirituales son una esclavitud espiritual, cuando Satanás ciega los ojos de los hombres para que no vean, ata también sus manos y sus pies para que no trabajen para Dios ni se dirijan al Cielo. Están sentados en tinieblas y en sombra de muerte (Lc. 1:79). Nunca hubo una mente tan ciega como la de Faraón, ni un aire tan entenebrecido como el de Egipto. Los egipcios, con su crueldad, se esforzaban por apagar la lámpara de Israel y extinguir sus brasas; por tanto, justamente apagaba Dios todas las luces de ellos.
II. La impresión que recibió Faraón con esta plaga: 1. Renovó su acuerdo con Moisés y Aarón y ahora, por fin, consintió en dejar que saliesen también con ellos los niños, y que sólo dejasen las ovejas y las vacas en prenda (v. 24). Pero Moisés estaba decidido a no aceptar esta condición: Nuestros ganados irán también con nosotros (v. 26). Y da una razón obvia y excelente para llevarse con ellos el ganado: Porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehová nuestro Dios. 2. Esto exasperó de tal manera a Faraón, que, al no poder salirse con la suya, dio fin abruptamente a la entrevista y despidió con ira a Moisés, prohibiéndole venir a su presencia bajo pena de muerte. Moisés le tomó la palabra (v. 29): Bien has dicho; no veré más tu rostro. En efecto, Moisés ya no compareció más ante el Faraón, hasta que fue llamado.
En este capítulo tenemos las instrucciones que Dios dio a Moisés para que el pueblo de Israel saliese al desierto provisto de lo necesario para su sustento. Viene después el anuncio de la décima y última plaga: la muerte de todos los primogénitos de Egipto. A pesar de todo, el corazón de Faraón continúa endurecido.
Versículos 1–3
I. El alto favor que Moisés e Israel disfrutan de parte de Dios. Moisés estaba deseando ver el final de este terrible trabajo, ver las plagas lejos de Egipto y a Israel libre de la opresión. Los israelitas eran los favoritos del Cielo. Éste era el último día de su esclavitud; estaban a punto de marcharse, y sus amos que tanto les habían maltratado en su trabajo, les habrían defraudado en sus jornales y les habrían enviado fuera de Egipto con las manos vacías. Aunque los pacientes israelitas estaban contentos con perder sus jornales, sin embargo Dios no quería dejarles ir sin ellos.
II. El alto favor que Moisés e Israel disfrutaron de parte de los egipcios (v. 3). 1. El pueblo que había sido despreciado e incluso odiado, venía ahora a ser respetado. 2. También Moisés era tenido por gran varón (v. 3). ¿Cómo podía ser de otra manera, cuando veían de qué poder estaba investido, y los milagros que se hacían por su mano? Del mismo modo, los apóstoles, aunque eran hombres socialmente irrelevantes, vinieron a ser engrandecidos (Hch. 5:13). Quienes honran a Dios serán honrados por Él (1 S. 2:30). Aunque Faraón odiaba a Moisés, había entre los siervos de Faraón algunos que le respetaban. Así también, en casa del César, de Nerón, había quienes estimaban al apóstol Pablo (Fil. 1:13).
Versículos 4–10
Se amonesta a Faraón acerca de la última y definitiva plaga que iba a ser ahora inflingida, y que consistía en la muerte de todo primogénito en tierra de Egipto (v. 5) de una vez. Esta plaga fue la primera en ser anunciada (4:23: «Yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito»), e iba a ser la última en ser ejecutada. Si la muerte del ganado les hubiese humillado y reformado, los primogénitos habrían sido salvados de la muerte. La extensión de la plaga es referida en el versículo 5. Ni el príncipe que un día había de sentarse en el trono estaba demasiado alto como para que no le alcanzase la plaga, ni el hijo del esclavo que trabajaba en el molino estaba demasiado bajo para pasar desapercibido. Cuando Moisés acabó de comunicar su mensaje se nos dice que salió muy enojado de la presencia de Faraón (v. 8), aunque era el más manso de todos los hombres de la tierra. Esperaba probablemente que la sola amenaza de la muerte del primogénito habría de inducir a Faraón a doblegarse. Pero no tuvo tal efecto; su orgulloso corazón rehusó rendirse, ni siquiera para salvar a todos los primogénitos de su reino. Por esta causa, Moisés montó en santa cólera, apesadumbrado (como después nuestro Salvador) por la dureza de su corazón (Mr. 3:5). Nótese que es una contrariedad muy grande para el corazón de los buenos ministros del Señor el ver que la gente se hace el sordo a todas las amables amonestaciones que se les hacen, y que se van derechos hacia su ruina, a pesar de todos los oportunos pasos que se toman para impedirlo. Así Ezequiel se fue en amargura, en la indignación de su espíritu (Ez. 3:14), porque le había dicho Dios que la casa de Israel no le querría oír (v. 7). El enfadarse por nada, sino por el pecado, es el remedio para no pecar al enfadarse.
Ninguna de las ordenanzas de la nación judía era tan importante como la Pascua, ni hay otra que sea tan mencionada como ella en el Nuevo Testamento. En este capítulo se nos dan los detalles de su celebración. Así también, ningún hecho de la Providencia en favor de Israel es tan ilustre y tan mencionado en la Biblia como la liberación de los israelitas de la opresión de Egipto. Ninguno hay tan típico de la liberación de un pecador mediante la obra de Jesucristo, nuestra Pascua (1 Co. 5:7), de la esclavitud del pecado y del demonio.
Versículos 1–20
Moisés y Aarón recibieron aquí del Señor lo que después habían de comunicar al pueblo (v. 1 Co. 11:23) concerniente a la ordenanza de la Pascua, a la cual se le señala un orden para un nuevo estilo de computar los meses (vv. 1–2): Será éste el primero en los meses del año. Hasta ahora habían comenzado el año a mediados de septiembre, pero desde ahora habían de comenzarlo a mediados de marzo; al menos, en el cómputo de las fiestas. Nótese cuán bueno es comenzar el día, comenzar el año, y especialmente comenzar un nuevo período de nuestra vida, con Dios. Este nuevo cómputo hacía que el año comenzase con la primavera, que renueva la faz de la tierra (Sal. 104:30), y se usa como figura de la venida de Cristo (Cnt. 2:11–12). Mientras Moisés estaba descargando las diez plagas contra los egipcios, estaba instruyendo a los israelitas en la preparación para la marcha en un momento determinado. El asombro que tendrían y la prisa que se darían eran grandes, como es fácil suponer; con todo, tenían que dedicarse ahora a observar un rito sagrado, para honrar a Dios.
I. Dios lo señaló, y mandó que en la noche en que habían de salir de Egipto, matasen un cordero por familia o, si la familia era exigua, que se reuniesen dos o tres familias para matar y comer el cordero. El cordero debía estar preparado cuatro días antes, y en la tarde del cuarto día habían de matarlo (v. 6) en ceremonia religiosa, reconociendo la bondad de Dios para con ellos no sólo en reservarles de las plagas de Egipto, sino en liberarlos mediante ellas.
II. Debían comer el cordero, después de asarlo, con pan sin levadura y hierbas amargas—pan de aflicción y hierbas de amargura—, símbolo de las amarguras que habían padecido bajo la esclavitud de Egipto. Habían de comerlo de prisa (v. 11), como quien se apresura a estar listo para la marcha, y no habían de dejar nada para la mañana siguiente, porque Dios quería que su pueblo dependiese totalmente de su Dios en cuanto a su alimento cotidiano. El que les iba a conducir, les iba también a nutrir.
III. Antes de comer la carne del cordero, habían de poner la sangre en los dos postes y en el dintel de las casas (v. 7). Con esto, sus casas se distinguirían de las casas de los egipcios.
IV. Esto debía ser observado todos los años como fiesta del Señor por sus generaciones, con anexión de la fiesta de los ázimos, o panes sin levadura, pues no habían de comer pan leudo durante siete días, en recuerdo de la necesidad en que se habían visto de no comer otro pan, por muchos días, antes de su salida de Egipto (vv. 14–20).
1. El cordero pascual tenía sentido típico. Cristo es nuestra Pascua (1 Co. 5:7). (A) Tenía que ser un cordero; y Cristo es el Cordero de Dios (Jn. 1:29), y así se le llama con frecuencia en Apocalipsis; manso e inocente como un cordero, que no abre su boca ante los trasquiladores (Is. 53:7). (B) Tenía que ser macho de un año (v. 5), en fa flor de su edad; Cristo se ofreció también en la flor de su edad no en su infancia con los niños de Belén. (C) Había de ser sin defecto (v. 5), denotando la pureza del Señor Jesús, Cordero sin mancha (1 P. 1:19). (D) Había de ser apartado cuatro días antes (vv. 3, 6), lo cual denotaba la designación del Señor Jesús para ser nuestro Salvador. Es muy de notar que, habiendo de ser crucificado Cristo en la Pascua, entró solemnemente en Jerusalén cuatro días antes, el mismo día en que el cordero pascual era puesto aparte. (E) Había de ser muerto y asado al fuego (vv. 6–9), para indicar los tremendos sufrimientos del Señor Jesús, hasta la muerte y muerte de cruz (Fil. 2:8). (F) Había de ser matado por toda la comunidad. Cristo sufrió «en la consumación de los siglos» (He. 9:26), a manos de los judíos, de toda la multitud de ellos (Lc. 23:18), y para bien de todo Israel espiritual. (G) «Y no le quebraréis ningún hueso» (v. 46), lo cual expresamente se dice que se cumplió en Cristo (Jn. 19:33, 36), lo cual denota la fuerza inquebrantable del Señor Jesús.
2. El rociar con la sangre también tenía sentido típico. (A) No era bastante con derramar la sangre del cordero sino que tenía que rociarse con ella, lo que nos recuerda la aplicación de los méritos de la muerte de Cristo a nuestras almas; debemos recibir la reconciliación (Ro. 5:11). (B) Tenía que ser rociada con un manojo de hisopo (v. 22) mojado en la sangre que estaba en el librillo. La fe es el manojo de hisopo con el que nos aplicamos las promesas de salvación. (C) Había que rociarse en los dos postes, denotando la profesión pública, abierta, que hemos de hacer de nuestra fe en Cristo y de nuestra obediencia a Él. (D) Había de rociarse en los postes y en el dintel, pero no en el umbral, lo cual nos amonesta a tener cuidado de no pisotear la sangre del pacto (He. 10:29). (E) La sangre así rociada era el medio que preservaba a los israelitas del ángel exterminador, quien no tenía nada que hacer donde estaba la sangre.
3. La comida solemne del cordero era tipo de nuestro deber hacia Cristo. (A) El cordero pascual era matado, no para estarlo mirando, sino para comerlo; así nosotros debemos asimilar a Cristo por fe, como hacemos con lo que comemos, y debemos recibir de Él fuerza espiritual y alimento, como recibimos fuerza y alimento de la comida temporal (v. Jn. 6:53–55). (B) Todo él tenía que ser comido. Quienes se alimentan de Cristo por fe, deben alimentarse de Cristo entero; deben tomar a Cristo con su yugo, a Cristo con su cruz, y a Cristo con su corona. (C) Tenía que ser comido en el día, inmediatamente, sin dejarlo para el día siguiente (v. 10). Cristo se nos ofrece hoy, y ha de ser aceptado mientras se dice hoy (He. 3:13). (D) Había que comerlo con hierbas amargas (v. 8), en memoria de la amargura de su esclavitud en Egipto. Cristo nos será dulce si el pecado nos es amargo. (E) Había que comerlo en postura de marchar (v. 11). Cuando nos alimentamos de Cristo por fe, hemos de dejar totalmente la norma y el dominio del pecado, dispuestos a dejarlo todo por Cristo, teniéndolo por gran ganancia (He. 13:13–14), ceñidos y calzados (v. Ef. 6:14–15), y con el bordón de extranjeros y peregrinos (1 P. 2:11).
4. La fiesta de los panes sin levadura era tipo de la vida cristiana (1 Co. 5:7–8). Al recibir al Señor Jesucristo (Col. 2:6). (A) Hemos de guardar fiesta con santo gozo, deleitándonos continuamente en Cristo Jesús. Si los creyentes auténticos no disfrutan de una continua fiesta es culpa de ellos. (B) Debe ser una fiesta de pan sin levadura, observada en amor, sin la levadura de la maldad, y en sinceridad, sin la levadura de la hipocresía.
Versículos 21–28
I. Moisés está aquí como fiel administrador en la casa de Dios (He. 3:5).
1. Dice a los ancianos de Israel que esta noche, en la que los primogénitos iban a perecer, ningún israelita salga de las puertas de su casa (v. 22). No debían salir de casa, no fuese que alguno se extraviase o se rezagase, y no se encontrase en su sitio cuando se diese la señal de partir.
2. También les dice que, de allí en adelante, debían enseñar con todo esmero a sus hijos el significado de este rito (vv. 26–27).
A) La pregunta que los hijos iban a hacer: ¿Qué es este rito vuestro? (v. 26), es decir: «¿Qué significa todo este cuidado y esta exactitud en comer este cordero, y este pan sin levadura, más que en cualquier otro alimento?» Esto es figura del empeño que hemos de poner en entender el sentido de aquellas santas ordenanzas con que rendimos culto a Dios, cuál es su naturaleza y cuál es su objetivo.
B) La respuesta que los padres habían de dar a tal pregunta (v. 27): Vosotros responderéis: Es la víctima de la Pascua de Jehová, esto es: «Con la muerte y sacrificio de este cordero, guardamos el recuerdo de la obra de poder y de gracia que Dios hizo en favor de nuestros padres, cuando (a) para llevar a cabo nuestra liberación de la esclavitud, mató a los primogénitos de los egipcios; y (b) aunque habíamos pecado contra Jehová nuestro Dios, Él nos mandó y aceptó benévolamente el sacrificio familiar de un cordero, como antiguamente el carnero en vez de Isaac, y en toda casa donde se sacrificaba el cordero, se salvaba el primogénito». La palabra pesaj (Pascua) se deriva del verbo pasaj, que significa pasar de largo (v. 13), en señal de protección y liberación; por eso, el ángel exterminador pasó por alto las casas de los israelitas, y no destruyó a sus primogénitos. Esta Pascua fue destinada a dirigir nuestra mira, como prenda y figura, hacia el gran sacrificio del Cordero de Dios en el cumplimiento del tiempo, en nuestro lugar. Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros; su muerte fue nuestra vida, y así, el Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo (1 P. 1:20) se convirtió en medio universal de salvación para todos los que habían de poner su fe en Él. Por eso, Moisés observó la Pascua por fe en Cristo (He. 11:28), puesto que Cristo es el fin de la ley para justicia a todo el que cree (Ro. 10:4).
II. El pueblo recibió estas instrucciones con reverencia y obediencia.
1. El pueblo se inclinó y adoró (v. 27). 2. Fueron e hicieron puntualmente así, como Jehová había mandado (v. 28). Aquí ya no hay nada de aquel descontento y de aquel murmurar entre ellos, de que leemos en 5:20–21. Las plagas de Egipto les habían hecho bien, y les proporcionaron la expectación de una liberación gloriosa, de la que antes habían desesperado, y ahora iban a su encuentro de la manera que Dios había prefijado.
Versículos 29–36
I. La muerte de los primogénitos de los egipcios (vv. 29–30). Si Faraón hubiese recibido el aviso que se le dio respecto a esta plaga, y, en consecuencia, hubiese dejado marchar a Israel, ¡cuántas vidas preciosas habrían sido preservadas! Pero esto es lo que la infidelidad obstinada acarrea a los hombres. Llegó desde el trono hasta la mazmorra. El príncipe y el labriego están al mismo nivel ante los juicios de Dios, porque con Él no hay acepción de personas (v. Job 34:19–20). Aprendamos de aquí: (A) A temblar ante Dios, y a tener miedo de sus juicios (Sal. 119:120). (B) A estar agradecidos a Dios por la preservación diaria de nosotros y de nuestras familias.
II. Ahora está abatido el orgullo de Faraón, y cede a todo aquello en que Moisés había insistido: Id, servid a Jehová, como habéis dicho (v. 31). Tomad también vuestras ovejas y vuestras vacas, como habéis dicho (v. 32). 1. Se les manda partir: Salid de en medio de mi pueblo … e id (v. 31). Faraón le había dicho a Moisés que no vería más su rostro (10:28), pero ahora manda hacerle venir. Que les mandó salir, no como a quienes se odia, sino como a quienes se teme, se ve claramente por el humilde ruego que les hace: «Y bendecidme también a mí (v. 32); permitidme tener vuestras oraciones, para que no vengan sobre mí más plagas por lo pasado, cuando os hayáis marchado». 2. Son apresurados a marchar por parte de los egipcios; porque clamaban: Vamos a morir todos (v. 33). Al urgirles los egipcios que se marcharan sin demora, por miedo a otras posibles plagas, les resultó fácil a los israelitas decir que los egipcios los habían tenido en la pobreza y que no podían emprender tal viaje con los bolsillos vacíos, pero que, si les daban lo necesario para subvenir a sus necesidades, se marcharían lo antes posible. Los israelitas podían así recibir y conservar honradamente lo que habían requerido de este modo a los egipcios, de manera similar a como los criados reciben de sus amos jornales por el trabajo hecho anteriormente y pagado con demora. Así, más bien que despojar—la palabra no refleja bien el sentido del original—a los egipcios (v. 36), les liberaron o rescataron (éste es el sentido del verbo hebreo nasal las 211 restantes veces que sale en la Biblia) de ser objeto perpetuo de sentimientos de odio y de venganza por parte de los israelitas.
Versículos 37–42
Aquí tenemos la salida de Egipto de los hijos de Israel. Faraón estaba ahora de buen ánimo; pero tenían buenas razones para suponer que no continuaría así por mucho tiempo y, por tanto, no había tiempo que perder. Se nos hace aquí un recuento, 1. De su número: como 600.000 hombres (v. 37), sin contar las mujeres ni los niños, quienes, en mi opinión, no bajarían de 1.200.000 añadidos a los 603.550 que Números 1:46 nos da como cifra exacta de los varones mayores; ¡qué incremento tan colosal, desde 70 personas, en poco más de 200 años! 2. De su escolta (v. 38): También subió con ellos una gran multitud de toda clase de gentes, adhiriéndose a aquella gran familia; unos, quizás esclavos y prisioneros de guerra, aprovecharían esta oportunidad para escaparse del país; otros, tal vez sumidos en la miseria por afectarles las plagas más de lleno, en busca de aventura con aquel pueblo tan favorecido por su Dios; otros, en fin, por la curiosidad de presenciar las solemnidades religiosas de los hijos de Israel, de las que tanto habrían oído hablar, y a la espera quizá ver algunas de las gloriosas apariciones de Dios a su pueblo en el desierto. Probablemente, la mayoría de esta multitud heterogénea no sería otra cosa que una turba ruda y de poco seso, que seguiría a los hijos de Israel sin saber por qué; después encontramos que fueron para Israel un lazo y piedra de tropiezo (Nm. 11:4); y es probable que, cuando poco después se enteraron de que los hijos de Israel iban a continuar durante cuarenta años por el desierto, les abandonasen y se volviesen a Egipto. 3. De sus bienes. Llevaban consigo ovejas y muchísimo ganado. 4. De la provisión para la marcha, que por cierto era muy pobre y limitada: masas envueltas en sus sábanas (v. 34). Habían dispuesto cocerlas al día siguiente con vistas a su traslado, al comprender que estaba próximo; pero, al darles prisa para salir antes de lo que pensaban, tomaron las masas como estaban sin leudar; y cuando llegaron a Sucot, su primera parada, cocieron tortas sin levadura y, aunque eran insípidas, como es de suponer, les parecieron el más delicioso manjar que habían comido en su vida, a causa de la libertad en que ahora se encontraban. Hacía ahora justamente 430 años desde que le fue hecha la promesa a Abraham (como explica el Apóstol en Gá. 3:17), cuando vino por primera vez a Canaán. Así de prolongado fue el tiempo en el que la promesa de establecerlos en la tierra prometida se mantuvo como en hibernación y sin cumplir, pero ahora, por fin, revivía. La primera noche de Pascua fue una noche del Señor que había de ser observada esmeradamente, pero la última noche de Pascua en la que Cristo fue entregado, fue una noche del Señor, que había de ser observada con mayor esmero todavía, cuando se quebró en nuestro cuello un yugo más pesado que el de Egipto, y apareció ante nuestra vista una tierra mejor que la de Canaán. Aquella fue una liberación temporal para ser celebrada durante sus generaciones (v. 14); pero ésta es una redención eterna (He. 9:12) para ser celebrada en la alabanza de todos los gloriosos santos para siempre.
Versículos 43–51
Algunos preceptos más, concernientes a la Pascua, conforme debía ser observada en lo futuro.
I. Toda la congregación de Israel la hará (v. 47). Todos cuantos participan de las misericordias de Dios deben también participar en la gratitud y en la alabanza por ellas. La Pascua del Nuevo Testamento, que es la Cena del Señor, no debería ser descuidada por todo aquel que esté capacitado para celebrarla. 1. Ningún extranjero podía ser admitido a comer de ella, a menos que fuese circuncidado (vv. 43, 45, 48). De un modo similar, debemos nacer de nuevo—y tener circuncidado el corazón—por la Palabra y el Espíritu, si hemos de ser nutridos de Cristo (Col. 2:11). Sólo así se puede participar de los beneficios de la muerte de Cristo y tener fiesta a base de su sacrificio. 2. Cualquier extranjero que estuviese circuncidado, aunque fuese esclavo (v. 44) era invitado y bienvenido para comerla. Si con la sinceridad y el celo que esto requiere y merece nos damos completamente al Señor, le daremos también todo lo nuestro, y haremos todo lo posible para que todo lo que nos pueda pertenecer, sea también de Él. Aquí tenemos una temprana indicación del favor que Dios dispensaba a los pobres gentiles: que el extranjero, si se circuncidaba, estuviese en esto al mismo nivel que los nacidos de pura sangre israelita. Era la dedicación a Dios, no su descendencia de Abraham, lo que les calificaba para este privilegio.
II. Se comerá en una casa (v. 46), para que todos se regocijen juntamente y se edifiquen mutuamente al comerla.
El capítulo concluye con una repetición de todo el asunto, que los hijos de Israel hicieron como Jehová había mandado (v. 50), y que Dios hizo por ellos como había prometido (v. 51).
Este capítulo refiere los preceptos de Dios concernientes a la consagración de los primogénitos de Israel, para terminar narrando el cuidado que Dios tuvo de Israel después de sacarle de Egipto.
Versículos 1–10
Solicitud en perpetuar el recuerdo:
I. De la preservación de los primogénitos de Israel. Dios demanda en particular los primogénitos de los israelitas, por derecho de protección: Conságrame todo primogénito (v. 2). Dios, que es el primero y el mejor, debe tener lo primero y lo mejor, y a Él debemos entregarle lo que nosotros más apreciamos y queremos. Los primogénitos eran el gozo y la esperanza de sus familias. Por eso, dice Dios: Mío es (v. 3). Es la congregación de los primogénitos (He. 12:23) la que es santificada para el Señor. Así Cristo es el primogénito entre muchos hermanos (Ro. 8:29) y, en virtud de su unión con Él, todos los que han nacido de nuevo, de arriba, son contados por primogénitos. Hay una excelencia de dignidad y de poder que les pertenece; y, si hijos, también herederos (Ro. 8:17).
II. También debe ser perpetuado el recuerdo de su salida de Egipto: «Tened memoria de este día (v. 3). Tened memoria de él como del día más notable de vuestra vida, la partida de nacimiento de vuestra nación, o el día de la mayoría de edad para no estar ya más bajo la vara». Así hay que recordar también el día de la resurrección de Cristo, porque en Él fuimos resucitados también con Él de la casa de esclavitud de la muerte.
1. Deben observar con toda exactitud la fiesta de los panes sin levadura (vv. 3, 5–7). No basta recordarlo, sino que debían celebrar su recuerdo del modo que Dios había fijado. Obsérvese cuán estricta es la prohibición de usar levadura (v. 7), no sólo no deben comer nada leudado, sino que en todo el territorio no se ha de ver tal cosa. De acuerdo con esto, era costumbre de los judíos, antes de la fiesta de Pascua, quitar de sus casas todo pan leudado: lo quemaban, o lo enterraban, o lo rompían en pedacitos y lo esparcían al viento; luego escudriñaban diligentemente con lámparas encendidas todos los rincones de la casa, para estar seguros de que no quedaba ni rastro de cosa leudada. Con esta misma diligencia, deberíamos nosotros estar seguros, cuando nos entregamos al Señor, de que no queda en nuestro corazón nada de la anterior corrupción mundana.
2. Deben instruir a sus niños en el significado de ello, y referirles la historia de su liberación de Egipto (v. 8). Cuando celebrasen la ordenanza, debían explicarla.
Versículos 11–16
I. Se dan nuevas instrucciones acerca de la dedicación de los primogénitos a Dios. 1. Todo lo primer nacido de sus ganados tenía que ser dedicado a Dios, como parte de sus posesiones. 2. Los primogénitos de sus hijos tenían que ser redimidos, y de ningún modo sacrificados, como sacrificaban los gentiles sus hijos a Moloc. El precio del rescate de los primogénitos estaba fijado por la ley (Nm. 18:16) en cinco siclos.
II. Nuevas instrucciones sobre el modo de catequizar a sus hijos y a todos los de la nueva generación, de tiempo en tiempo, en esta materia. 1. Que se debe guiar y animar a los niños a que hagan preguntas a sus padres acerca de las cosas de Dios. 2. Todos nosotros deberíamos estar capacitados para dar razón de lo que hacemos en materia religiosa. Como las ordenanzas son santificadas por la Palabra, deben también ser explicadas y entendidas de acuerdo con la Palabra. El culto a Dios es racional (Ro. 12:1), y es tanto más aceptable cuanto más inteligentemente lo realizamos, sabiendo lo que hacemos y por qué lo hacemos. Los favores dispensados a nuestros padres son favores dispensados a nosotros, pues nosotros cosechamos sus frutos. Si por el hecho conmemorado en la Pascua, eran redimidos los primogénitos de Israel, mucha más razón tenemos para decir que en la muerte y resurrección de Jesucristo, todos los creyentes hemos sido redimidos.
I. El camino que Dios escoge para conducirlos (vv. 17–18). Él era su guía. Moisés les daba direcciones, pero él mismo las recibía del Señor. Había dos caminos desde Egipto a Canaán. Uno era desde el norte de Egipto hasta el sur de Canaán, un atajo breve que permitía hacer el viaje en cuatro o cinco días; el otro era mucho más largo, aunque debían dar la vuelta al desierto, y éste fue el camino que Dios escogió para conducir a su pueblo (v. 18). 1. Había muchas razones para que Dios les condujese rodeando por el camino del desierto del Mar Rojo (v. 18). Los egipcios iban a ser ahogados en el Mar Rojo. Los israelitas iban a ser humillados y puestos a prueba en el desierto (Dt. 8:2). Había que arreglar varios asuntos entre ellos y su Dios; habían de darse leyes, establecerse ordenanzas, sellar pactos y ratificar el contrato original. El camino de Dios es siempre el correcto aunque parezca que da muchos rodeos. Si pensamos que no guía a su pueblo por el camino más corto, podemos estar seguros de que lo guía por el camino mejor, y así lo veremos cuando hayamos llegado al final del camino. 2. Había también una razón muy poderosa para no conducirlos por el camino más corto, porque no estaban entrenados para la guerra todavía, mucho menos para la guerra contra los filisteos (v. 17). Sus ánimos estaban quebrantados por la esclavitud; no les era fácil acostumbrar de repente a sus manos a manejar la espada después de haber estado manejando por tanto tiempo las herramientas de la construcción. Los filisteos eran enemigos formidables, demasiado fieros como para combatirlos con reclutas bisoños. Se nos dice que Dios sacó a Israel de Egipto como el águila que excita su nidada (Dt. 32:11), y les enseñó poco a poco a volar. Una vez que se les dieron órdenes sobre el camino que habían de seguir, se nos dice que:
(A) Subieron de Egipto, no como una turba desordenada, sino en buen orden, armados con lanzas, como dice el hebreo (v. 18). (B) Tomaron consigo los huesos de José (v. 19). José había ordenado en particular que sus huesos fuesen llevados cuando Dios les visitase (Gn. 50:25–26). Así podrían pensar: «El lugar del descanso final de los huesos de José será también el lugar de nuestro reposo».
II. Vemos la bendición de que disfrutaron en su viaje: Y Jehová iba delante de ellos (v. 21), es decir, la shekinah (o figura visible de la divina Majestad, que era tipo de Cristo Jn. 1:14), manifestación anticipada del Verbo eterno, quien, en la plenitud de los tiempos, había de hacerse carne y acampar entre nosotros. Así estuvo ya Cristo en el desierto (1 Co. 10:9). A quienes conduce Dios al desierto, no los deja ni los pierde allí, sino que se cuida de guiarles a través de él. Quienes han hecho de la gloria de Dios su objetivo, de la Palabra de Dios su norma, del Espíritu de Dios su guía, y de la providencia de Dios su seguridad y su descanso, pueden confiar en que el Señor va delante de ellos, tan cierto como que fue delante de Israel en el desierto, aunque no le veamos bajo forma sensible, pues hemos de vivir por fe. 1. Todos veían una columna, que en pleno día era de nube, y por la noche era de fuego. Dios les daba esta demostración ocular de su presencia, apiadado de la debilidad de la fe de ellos. 2. Así tenían efectos sensibles de que Dios iba delante de ellos en esta columna. Porque: (A) Les abría camino en el desierto, donde no había camino ni senda, y ellos no llevaban mapas ni tenían guías. Cuando marchaban, esta columna iba delante de ellos a una velocidad de marcha que ellos podían seguir fácilmente. (B) Les resguardaba del calor durante el día, les daba luz por la noche, y en todo tiempo les hacía el desierto menos temible.
III. Esto era un milagro constante: Nunca se apartó de delante del pueblo la columna (v. 22). Nunca los dejó hasta que los llevó a los límites de Canaán. Era una columna que el viento no podía dispersar a pesar de tener forma de nube. Había algo espiritual en esta columna de nube y de fuego. Hay quienes hacen de esta nube un tipo de Cristo. La nube de su naturaleza humana era como el velo del fuego y de la luz de su naturaleza divina. Cristo es nuestro camino, la luz de nuestro camino y el guía de nuestro camino.
La salida de los hijos de Israel de Egipto (que fue el acta de nacimiento del pueblo y nación de Israel), se hace todavía más memorable con lo que nos refiere el presente capítulo, de cuyo contenido tenemos un maravilloso resumen en Hebreos 11:29.
I. Se dan instrucciones a Moisés sobre los movimientos y paradas que los israelitas habían de hacer en su marcha. Para que no hubiese aprensiones ni descontento en ello, Dios le dijo a Moisés de antemano: 1. Adónde tenían que ir (vv. 1–2). Habían llegado a la entrada del desierto (13:20) y en una o dos marchas los habría llevado a Horeb, el lugar fijado para que le diesen culto; pero, en vez de marchar hacia delante se les ordena que se vuelvan a la derecha de Canaán en dirección al mar Rojo. 2. Moisés sabrá así: (A) Que Faraón ha resuelto destruir a Israel (v. 3); (B) que, por consiguiente, Dios ha resuelto destruir a Faraón, y toma este camino para llevar a cabo su designio (v. 4).
II. Faraón persigue a Israel; en lo cual, mientras él acaricia sus proyectos malvados y vengativos, facilitando el cumplimiento de los designios de Dios respecto de él. Y fue dado aviso al rey de Egipto que el pueblo huía (v. 5). En vista de ello:
1. Reflexiona con pesadumbre acerca de su debilidad en haberles dejado marchar. Él y sus siervos se enfadaban consigo mismos por ello: ¿Cómo hemos hecho esto de haber dejado ir a Israel? (A) Les molestaba que Israel hubiese recobrado su libertad y que ellos hubiesen perdido el provecho de sus trabajos y el placer de atormentarlos. La libertad de los hijos de Dios es una grave molestia para sus enemigos (Est. 5:12–13 Hch. 5:17 23). (B) El pesar de los egipcios era tanto más amargo cuanto que ellos mismos habían consentido en la marcha. Así es como Dios hace que la envidia y el furor que los hombres tienen contra su pueblo se vuelva en tormento para ellos mismos (Sal. 112:10).
2. Resuelve hacer todo lo posible para hacerles volver o para destruirles; a este fin, levanta un ejército y dispone lo mejor de su armamento y de sus hombres de guerra, y así no le cabe ninguna duda de que los volverá a esclavizar (vv. 6–7). Se nos dice que los hijos de Israel habían salido con mano poderosa (v. 8) o, como dice el hebreo, con mano alta, que significa ánimo y confianza, sin miedo alguno, pero los egipcios les siguieron (v. 9). Todos aquellos que con ánimo y fervor afirman su rostro hacia el Cielo y deciden llevar una vida santa en Cristo Jesús, deben esperar ser molestados por las tentaciones y los terrores de Satanás, pues el diablo no se aviene fácilmente a prescindir de su servicio, ni se marcha sin enfurecerse (Mr. 9:26).
Versículos 10–14
I. El susto que se llevaron los hijos de Israel cuando se dieron cuenta de que les perseguía Faraón (v. 10). Conocían muy bien la fuerza y el furor del enemigo y su propia debilidad. A un lado estaba Pihahirot, con su irremontable fila de rocas escarpadas; al otro lado estaban Migdol y Baalsefón; delante de ellos estaba el mar; detrás, los egipcios. Así que no tenían otra opción que seguir delante, y de allí vendría su liberación. 1. Algunos clamaron al Señor; el miedo les hizo orar, y ese fue un buen efecto del miedo. Dios nos conduce a lugares estrechos para hacernos doblar las rodillas. 2. Otros clamaron contra Moisés; su miedo les hizo murmurar (vv. 11–12), ¡cuán inexcusable era su desconfianza! Estos expresan aquí: (A) Un incalificable desprecio de la libertad al preferir la esclavitud, sólo porque se presentaban aparentes dificultades. Un espíritu generoso habría dicho: «Mejor es vivir como hombres de Dios, libres a cielo raso en el desierto, que esclavos de los egipcios entre el humo de los hornos». (B) Una vil ingratitud hacia Moisés, quien había sido el fiel instrumento de su liberación. Habían olvidado los milagros de misericordia antes de que los egipcios hubiesen olvidado los milagros de ira; y, del mismo modo que los egipcios, habían endurecido sus corazones para su propia ruina, y estaban sentenciados a morir en el desierto tras diez provocaciones, de las que ésta era la primera (Nm. 14:22), así como los egipcios iban a ser destruidos en el mar, después de diez plagas.
II. El oportuno ánimo que les dio Moisés en este apuro (vv. 12, 14). No contestó a estos necios conforme a su necedad. En vez de regañarles, les da aliento, y con admirable presencia de ánimo y compostura de gesto, acalla su murmuración, asegurándoles una liberación rápida y completa: No temáis (v. 13). Es nuestro deber y nuestro interés, cuando no podemos salir de un apuro, superar nuestro miedo, para que el apuro sirva de acicate a nuestra oración y a nuestros esfuerzos, y no pueda prevalecer contra nuestra fe y nuestra esperanza. Luego les anima a que lo dejen en manos de Dios, en expectación silenciosa de lo que iba a suceder: «Estad firmes y no penséis en salvaros ni por la lucha ni por la fuga; esperad en Jehová, pues Él va a hacer su obra en vuestro favor».
Versículos 15–20
I. Instrucciones que Dios da a Moisés.
1. Sobre lo que él mismo debe hacer. De momento, debe dejar la súplica para dedicarse a la acción:
¿Por qué clamas a mí? (v. 15) ¿Es que le disgustaba a Dios la oración de Moisés? No; la pregunta que le hace va encaminada: (A) A satisfacer su fe: «¿Por qué continúas clamando, cuando tu petición ha sido concedida? Ya he aceptado tu oración». (B) A estimular su diligencia. Moisés tenía algo más que hacer además de orar; tenía que mandar a las huestes de Israel que marchasen, y era preciso que estuviese ahora en el sitio que las circunstancias demandaban.
2. Sobre lo que debía ordenar a los hijos de Israel que hicieran: Di a los hijos de Israel que marchen. Moisés les había pedido que se estuviesen quietos y esperasen órdenes de Dios, y ahora se les daban estas órdenes. Quizá pensaban que se les ordenaría marchar hacia la derecha o hacia la izquierda. «No—dice Dios—; diles que marchen hacia adelante, directamente hacia el mar»; como si tuviese lista una flota de naves de transporte para que se embarcaran.
3. Sobre lo que había de esperar que Dios hiciera. Que los hijos de Israel vayan tan lejos como puedan sobre tierra firme, y entonces Dios va a dividir el mar y abrir en él un camino por donde pasen a pie enjuto (vv. 16–18).
II. Dios pone un guardián sobre el campamento de Israel en el sitio en que el peligro es mayor, que es la retaguardia (vv. 19–20). El Ángel de Dios, cuyo ministerio fue usado en la columna de nube y de fuego, se apartó e iba en pos de ellos, pues ahora no necesitaban un guía por delante (no había peligro de equivocar el camino por mar, ni necesitaban otra orden que la de marchar adelante), y se puso detrás de ellos, donde ahora necesitaban un guardián, y así tendrían un muro de separación entre ellos y sus enemigos.
Versículos 21–31
Aquí tenemos la historia de aquella maravilla tantas veces mencionada tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo: la división del mar Rojo delante de los hijos de Israel. Esto causó el terror de los cananeos (Jos. 2:9–10), así como la alabanza y el triunfo de los israelitas (Sal. 106:9; 114:3; 136:13–14). Era tipo del bautismo (1 Co. 10:1–2). El paso de Israel a través de él era tipo de conversión de las almas, y en particular, de la liberación y triunfo de Israel en futuras vicisitudes (Is. 11:15).
I. Fue un ejemplo del poder infinito de Dios en el reino de la naturaleza, al dividir el mar. Fue seguramente el brazo de mar que une los lagos Amargos con el mar Rojo lo que fue dividido (v. 21). La señal natural fue un recio viento del este, una especie de tornado, dando a entender que era obra del poder de Dios, a quien los vientos y los mares obedecen.
II. Fue un ejemplo del maravilloso favor que Dios hizo a Israel. Fueron a través del mar hasta la orilla opuesta: Fueron por en medio del mar en seco, teniendo las aguas por muro a su derecha y a su izquierda (v. 29). De esta manera, los egipcios no podían atacarles por los lados, pues el agua les protegía por los flancos. El único modo de llegar hasta ellos era siguiéndolos. Es probable que Moisés y Aarón entrasen los primeros por esta senda nunca antes hollada por pies humanos, y tras ellos todo el pueblo de Israel; y esta marcha por entre dos muros de agua les haría menos temible la marcha que después iban a emprender a través del desierto. Los que siguen a Dios por el fondo del mar no pueden temer seguirle por dondequiera que se digne conducirles. Así que esto fue hecho, y registrado en la Palabra de Dios, para animar a los hijos de Dios de todos los tiempos a confiar en Él en medio de los mayores apuros. Y así vemos cómo los israelitas posteriores se hacen partícipes, por decirlo así, de esta marcha (Sal. 66:5–7).
III. Fue un ejemplo de la justa y santa ira de Dios contra los egipcios, enemigos suyos y de su pueblo. Obsérvese aquí: 1. Cuán infatuados estaban los egipcios, al ver la ventaja que les daba el ir provistos de carros y caballos, mientras que los israelitas iban a pie. 2. Cuán trastornados y confusos se vieron después (vv. 24–25): A la vigilia de la mañana—de dos a seis de la madrugada—, Jehová miró (es decir, hizo relampaguear sobre) el campamento de los egipcios … y trastornó el campamento de los egipcios. (A) Habían braveado y se habían jactado como si la batalla fuese cosa suya pero ahora estaban desmayados y confusos, presas de tremendo pánico. (B) Habían avanzado furiosamente; pero ahora avanzaban pesadamente, y se veían hundidos, entorpecidos a cada paso. Tan pronto como los hijos de Israel llegaron a salvo a la otra orilla, las aguas volvieron a su lugar y cubrieron a todo el ejército de los egipcios (vv. 27–28). Faraón y sus siervos que se habían endurecido unos a otros en el pecado, ahora cayeron juntamente y ninguno de ellos escapó. Una antigua tradición dice que los magos de Faraón, Janés y Jambrés (2 Ti. 3:8), perecieron con los demás. Dios ajustó así las cuentas a Faraón por toda su orgullosa e insolente conducta con Moisés su embajador. No con agua, sino con pluma de hierro sobre roca, podría escribirse aquí la frase lapidaria que, a guisa de epitafio, estampó Ezequiel: Este es Faraón y todo su pueblo (Ez. 31:18).
IV. Los versículos 30 y 31 nos refieren la reacción del pueblo de Israel ante aquel gran hecho que Jehová ejecutó a su favor (v. 31). Ahora estarían avergonzados de su desconfianza y de sus murmuraciones; parecería que nunca más habrían de rebelarse contra Moisés, ni de mencionar el volverse a Egipto, ahora que habían sido bautizados en Moisés en el mar (1 Co. 10:2). Al haber sido sacados de Egipto tan triunfalmente, no dudarían de que en breve estarían en Canaán al tener tal Dios en quien confiar y tal mediador entre ellos y Dios. ¡Oh, si hubiese habido en sus pechos el mismo corazón que había ahora! ¡Qué bien nos iría si estuviésemos siempre en el buen estado de ánimo en que a veces nos encontramos!
En este capítulo tenemos los cánticos de Moisés y de María, para alabar a Dios por la liberación de Israel. Finaliza el capítulo con el descontento del pueblo ante las aguas amargas de Mará, y su satisfacción ante las aguas de Elim.
Versículos 1–21
Después de leer el modo como fue obtenida aquella completa victoria de Israel sobre Egipto, aquí vemos el modo como fue celebrada. Moisés, sin duda por inspiración divina, compuso este cántico y lo entregó a los hijos de Israel para cantarlo antes de partir del lugar desde donde habían visto a los egipcios muertos a la orilla del mar (14:30). Obsérvese que expresaron su gozo en Dios, y su gratitud hacia Él, cantando. Fue un cántico de fe.
I. El cántico mismo:
1. Podemos observar acerca de este cántico: (A) Que es un cántico antiguo el más antiguo que conocemos. (B) Que está compuesto del modo más admirable, con un estilo elevado y magnífico, con imágenes vivas y apropiadas, y todo él muy impresionante. (C) Que es un cántico sagrado, consagrado al honor de Dios con la intención de exaltar su nombre y celebrar sus alabanzas, y sólo las alabanzas de Él.
2. Cuál es el primordial objetivo de Moisés en este cántico.
A) Da gloria a Dios y reconoce el triunfo como suyo esto es lo primero en su intención: Cantaré yo a Jehová (v. 1). Israel se regocijaba en Dios, (a) como en su propio Dios y, por tanto, su fortaleza, cántico y salvación (v. 2); (b) como en el Dios de su padre. De esto se aperciben porque, siendo conscientes de su propia indignidad y de sus provocaciones, tenían razón para pensar que lo que Dios había hecho ahora por ellos, lo había hecho en atención a sus padres (Dt. 4:37); (c) como en un Dios de poder infinito (v. 3); (d) como en un Dios de incomparable perfección (v. 11). Esto se expresa, en primer lugar, de un modo general: ¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? (v. 11). Egipto era bien conocido por la multitud de esos dioses, pero el Dios de los hebreos era demasiado duro para ellos y los había confundido a todos ellos (Dt. 32:23–39). Más en particular: (i) Él es magnífico en santidad; su santidad es su gloria. Dios es rico en misericordia—ése es su tesoro—y es glorioso en santidad—ése es su honor; (ii) es también terrible en alabanzas (así dice el hebreo), es decir, inspira pavor por las grandes proezas dignas de alabanza. Lo que es materia de alabanza, aunque es gozoso para los hijos de Dios, es terrible y espantoso para sus enemigos (Sal. 66:1–3); (iii) es hacedor de prodigios, portentosos para todos, porque están por encima del poder, y fuera del curso natural, de todo lo creado. Eran prodigios de poder y prodigios de gracia; en ambos debe ser Dios humildemente adorado y gozosamente ensalzado.
B) Describe la liberación que ahora estaban celebrando, porque el cántico había sido compuesto con la intención no sólo de expresar y estimular su gratitud al presente, sino también de preservar y perpetuar el recuerdo de esta obra maravillosa para las futuras generaciones. Dos cosas eran de notar: (a) la destrucción del enemigo; se dividieron las aguas y se juntaron las corrientes como en un montón (v. 8), con lo que Faraón y sus huestes quedaron sepultados en el mar (vv. 8–12). Las enaltecidas aguas cubrieron a los enorgullecidos pecadores. Su pecado les había hecho ser duros como piedras, y ahora se hundían justamente como piedras; (b) la protección y guía de Israel (v. 13): Condujiste en tu misericordia a este pueblo; le condujiste fuera de la esclavitud de Egipto y fuera de los peligros del mar Rojo (v. 19).
C) Se propone dejar bella constancia de esta maravillosa manifestación de Dios en favor de ellos. Ya que Dios les había preservado, ellos resuelven no escatimar coste ni fatigas para erigir un santuario en su honor, y allí le ensalzarán. Tan confiado está este salmista en el feliz resultado de la salvación que tan gloriosamente había comenzado, que ya la ve como si estuviese llevada a su término: Lo llevaste con tu poder a tu santa morada (v. 13). De dos maneras era estimulante esta gran liberación: Primeramente: Era una prueba tan grande del poder de Dios, que había de aterrorizar a sus enemigos y descorazonarlos completamente (vv. 14–16). Tuvo el siguiente efecto: los hijos de Edom tuvieron miedo de ellos (Dt. 2:4), lo mismo que los moabitas (Nm. 22:3), y los cananeos (Jos. 2:9–10; 5:1). En segundo lugar, fue un comienzo tan estupendo del favor de Dios hacia ellos, que les dio como una señal y anticipo de lo que su benignidad había de perfeccionar. Tú los introducirás (v. 17). Si así los sacó de Egipto, a pesar de su indignidad y de las dificultades que tenían para escapar de allí ¿cómo dudar de que los había de introducir en Canaán? Finalmente, el fundamento más firme de la seguridad que ellos obtuvieron de esta obra portentosa era que Jehová reinará eternamente y para siempre (v. 18). Así el cántico se cierra, no con la expectación de conquistas materiales, sino con la promesa del Reino de Dios. Nótese que es un consuelo inefable para los hijos de Dios saber que Él reinara, y que su reino no tendrá fin.
II. La solemnidad del canto (vv. 20–21). Moisés condujo el canto del salmo y lo dio a los hombres para cantarlo; María, su hermana, hizo lo mismo con las mujeres. Las victorias famosas de Israel eran cantadas por las hijas de Israel (1 S. 18:6–7); y así debía serlo ésta. A María se la llama hermana de Aarón, por estar más ligada a Aarón que a Moisés (v. Nm. 12:1 y ss.).
Versículos 22–27
El versículo 22 nos da a entender que Moisés tuvo cierta dificultad en persuadir al pueblo a dejar aquel lugar victorioso en que habían entonado el cántico anteriormente comentado. Ahora se nos dice:
I. Que en el desierto de Shur no encontraron agua (v. 22).
II. Que en Mará encontraron agua, pero era amarga, de modo que anduvieron más de tres días sin probar el agua. En este apuro: 1. El pueblo se enojó y se querelló contra Moisés, como si él tuviese la culpa de este mal. Su clamor era: ¿Qué hemos de beber? (v. 24). 2. Moisés oró: Moisés clamó a Jehová (v. 25). Dios es el guía de los guías de la Iglesia y a Él, que es el Príncipe de los pastores (1 P. 5:4), deben apelar en todas las ocasiones los pastores subalternos. 3. Dios condujo a Moisés hacia un árbol, que él arrojó al agua, con lo que, de repente, las amargas aguas de Mará se tornaron dulces. Hay quienes piensan que este árbol tenía en sí una peculiar virtud para este objetivo, pues hay ciertos arbustos que endulzan las aguas amargas. Hay que ser agradecidos a Dios, no sólo por haber hecho tantas cosas útiles, sino también por descubrirnos su utilidad. Hay quienes ven en este árbol un tipo de la Cruz de Cristo, que nos endulza las amarguras de la aflicción y nos capacita para gozarnos en las tribulaciones. Allí les dio estatuto y ordenanza, para asegurarles que, si obedecían sus mandamientos, Dios les libraría de todo mal, de la misma manera que les había endulzado el agua, y allí los probó, por cuanto Dios nos pone a prueba, no sólo por medio de aflicciones, sino también por medio de los favores que nos otorga, ya que todo favor comporta responsabilidad. En suma, les dice (v. 26), (A) lo que esperaba de ellos y que puede resumirse en una palabra: obediencia. No debían pensar, ahora que habían sido libertados de la esclavitud de Egipto, que eran dueños de sí mismos, sino que debían considerarse como siervos de Dios, puesto que Él había soltado sus ligaduras (Sal. 116:16; Lc. 1:74–75). (B) Lo que ellos podían esperar de Él: Ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti (v. 26), es decir: «No traeré sobre ti ninguna de las plagas». Que no piensen los israelitas que Dios va a hacer la vista gorda con sus pecados y dejarles hacer lo que ellos quieran. No, Dios no tiene acepción de personas; un israelita rebelde no lo va a pasar mejor que un egipcio rebelde; y así lo comprobaron, para su mal, antes de llegar a Canaán.
III. Que en Elim encontraron agua buena y suficiente (v. 27). Aquí había doce fuentes de aguas, una para cada tribu, para que no riñeran por agua, como a veces habían hecho sus padres; y, para hacer más cómodo el lugar, también había setenta palmeras.
Este capítulo nos da detalles sobre las provisiones del campamento de Israel. A la queja del pueblo por falta de alimento, responde Dios y envía el maná.
Versículos 1–12
Parece ser que el pueblo de Israel sacó consigo de Egipto provisiones para un mes, las cuales se habían terminado totalmente a los quince días del segundo mes.
I. El descontento y la murmuración por falta de alimentos (vv. 1–2).
1. Ya se tenían por muertos de hambre en el desierto—nada menos—a las primeras de cambio, lo cual demuestra una gran desconfianza en Dios. 2. Más aún, culpan envidiosamente a Moisés de haber tenido la intención de matarlos de hambre cuando los sacó de Egipto (v. 3). 3. Estiman en tan poco el haber sido libertados, que desean haber muerto en Egipto. ¡Recordaban las ollas de carne más que las cadenas de esclavitud! ¡Preferían morir junto a las ollas aquellas, donde podían saciar su hambre, antes que vivir bajo la guía de la columna celestial en un desierto, llevados y alimentados por la mano de Dios! Tenemos razones para suponer que no era mucha la abundancia de la que habían disfrutado en Egipto, por mucho que ahora recuerden las ollas de carne; ni podían temer una muerte por inanición en el desierto, cuando llevaban consigo abundante ganado. Pero el descontento engrandece lo pasado y envilece lo presente, sin atender a la realidad ni a la razón.
II. La provisión que benévolamente les otorgó Dios.
1. Dios hizo saber a Moisés sus benignas intenciones, para que no se desaliente por las murmuraciones de ellos, ni se vea tentado a pensar que era mejor haberlos dejado en Egipto. (A) Así Dios se apercibe de las quejas del pueblo. (B) Promete una provisión rápida, suficiente y constante (v. 4). Véase el designio de Dios al proporcionarles esta provisión: Para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no. (a) Así los probó para ver si confiarían en Él, y andarían por fe o no, y si quedarían satisfechos con el pan de cada día, al depender de Dios para la provisión del mañana. (b) Así los probaba también para ver si le servirían y le serían fieles siempre.
2. Moisés hizo saber a Israel estas intenciones como Dios le había ordenado. Aquí fue también Aarón su profeta, como lo había sido en relación con Faraón. Moisés comunicó a Aarón lo que había de decir a la congregación de los hijos de Israel (v. 9). Obsérvese que Dios condesciende en dar atenta audiencia incluso a los murmuradores. (A) Les convence de la maldad de sus murmuraciones. Ellos pensaron que éstas sólo incidían sobre Moisés y Aarón, pero aquí se les dice que Dios había tomado buena nota de ellas como que iban dirigidas contra Jehová (vv. 7–8). Cuando murmuramos contra los que son instrumentos de algo que nos causa molestia, incluso cuando pensamos que es injusta dicha molestia, haríamos bien en considerar hasta qué punto nuestra murmuración recae sobre Dios, puesto que los hombres son como la mano de Dios. (B) Les asegura la provisión que demandan; y, puesto que tanta murga han dado con lo de las ollas de carne, aquella misma tarde tendrían carne en abundancia, y pan a la mañana siguiente, y así cada día en adelante (vv. 8, 12). Hay muchos de quienes decimos que es más fácil alimentarles que enseñarles; pero los israelitas eran alimentados así, para ser enseñados. (a) En la tarde sabréis que Jehová os ha sacado de la tierra de Egipto (v. 6). Que habían sido sacados de Egipto era evidente; pero era tanta su torpeza y su miopía, que decían haber sido sacados por Moisés y Aarón (v. 3). (b) Sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios (v. 12). Cuando Dios envió las plagas a los egipcios, fue para hacerles saber que Él era el Señor; cuando hizo provisión para los israelitas, fue para hacerles saber que Él era su Dios.
3. Dios manifestó su gloria para acallar las murmuraciones del pueblo y respaldar la autoridad de Moisés y de Aarón (v. 10). Mientras Aarón hablaba al pueblo, la gloria de Jehová apareció en la nube, haciendo probablemente que la nube resplandeciese con el fulgor de la gloria de Dios.
Versículos 13–21
Comienza el pueblo a ser provisto de alimento por la intervención directa de la mano de Dios.
I. Dios les da un banquete por la noche con un plato exquisito. Vinieron codornices en tal cantidad que cubrieron totalmente el campamento, de modo que cada cual pudo tomar de ellas cuantas quiso.
II. A la mañana siguiente, hizo llover sobre ellos el maná y éste había de ser su pan cotidiano en su peregrinar por el desierto. 1. Este maná que Dios les daba era un alimento de fuerte poder nutritivo, tanto que no tenían necesidad de ninguna otra cosa para su sustento. Le llamaron maná, ya sea preguntándose:
¿qué es esto?, como traducen nuestras versiones o, más probablemente: Esto es man (hebreo «man hu»), como llaman todavía los árabes a un jugo denso, dulce como la miel exudado por un arbusto de la península del Sinaí, aunque las características del maná son muy distintas, y muestran claramente que era algo muy similar provisto directamente por intervención milagrosa de Dios. 2. Tenían que recogerlo cada mañana, cada uno según lo que había de comer (v. 21), diariamente la porción de un día (v. 4). Parece ser que nuestro Salvador alude a este llover y recoger diario del maná cuando nos enseña a orar: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy (Mt. 6:11; Lc. 11:3). Aquí se nos enseña a tener, (A) prudencia y diligencia para obtener el alimento conveniente para nosotros y para nuestra familia. Lo que Dios nos da benignamente, debemos recogerlo laboriosamente; (B) contentamiento y satisfacción con lo suficiente.
Debían recogerlo, cada uno según lo que había de comer; lo que basta, ya es tan bueno como un banquete; y lo que es demasiado, ya es tan malo como un empacho; (C) depender de la Providencia: Ninguno deje nada de ello para mañana (v. 19), sino más bien que aprendan a irse a la cama y dormir tranquilamente, aunque no tengan una migaja en su tienda ni en todo el campamento, y que confíen plenamente en que Dios, con el día de mañana, les traerá el sustento de mañana. Véase aquí la necedad de acumular sin ton ni son. El maná que algunos dejaron para el día siguiente, se pudrió y crió gusanos (v. 20), no sirvió para nada sino para dar mal olor. 3. Meditemos aquí: (A) Sobre el gran poder de Dios, que alimentó a Israel en el desierto e hizo para ello milagros diarios. Nunca jamás hubo un mercado tan provisto como este campamento, donde tantos cientos de miles de personas eran alimentadas diariamente sin dinero y sin precio. Nunca jamás hubo una casa abierta que estuviese tan bien guardada como lo estuvo este campamento en el desierto durante cuarenta años continuos, ni se dio un festín tan barato y tan abundante. (B) Sobre la constante providencia de Dios. La misma sabiduría, el mismo poder y la misma bondad que, en aquella ocasión hicieron descender de las nubes el alimento día a día, están ocupados y empleados en el constante y ordinario curso de la naturaleza, para producir alimento de la tierra y darnos todo en abundancia para nuestro disfrute.
Versículos 22–31
Separación de un día a la semana, para ser santo día de reposo, sábado consagrado a Jehová (v. 23), como algo ya antiguamente fijado y establecido por Dios desde que Dios creó al hombre sobre la faz de la tierra. Es pues la más antigua de las leyes positivas. Por ello, Dios daba en el sexto día doble provisión a los israelitas: En el sexto día os da pan para dos días (v. 29). Al fijarles el séptimo día como día de reposo, se preocupó de que no perdieran nada por ello. Nadie pierde nada por servir a Dios. En ese día tenían que recoger lo suficiente para dos días, y cocinarlo (v. 23). Era ley muy estricta que habían de cocerlo y cocinarlo el día anterior, y no en sábado. Esto no hace que ahora sea contra ley el preparar la comida el día del Señor, pero nos lleva a solucionar los asuntos familiares de modo que nos impidan lo menos posible el dedicar al Señor su día. Lo que guardaban para el sábado no se echaba a perder (v. 24). Algunos salieron a recoger maná en sábado, pero no lo hallaron (v. 27), porque los que quieren encontrar deben buscar en el tiempo señalado. En esta ocasión, dijo Dios a Moisés: ¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamiento y mis leyes? (v. 28) ¿Por qué le dijo esto a Moisés? Él no era desobediente, no, pero era el líder de un pueblo desobediente, y Dios se lo imputa a él, para que él pueda culpar al pueblo con mayor vehemencia y tenga cuidado de que la desobediencia de ellos no se deba a ninguna negligencia o falta de él.
Versículos 32–36
Después que Dios proveyó de maná a su pueblo para que ése fuera su alimento en el desierto, aquí se nos dice: 1. Cómo fue preservada la memoria de esto. Fue puesto en una vasija de oro, como se nos dice en Hebreos 9:4 un gomer de este maná y guardado delante del Testimonio, o en el Arca, cuando ésta fue fabricada después (vv. 32–34). Nótese que el pan comido no debe ser olvidado. Los milagros y las misericordias de Dios han de ser tenidos en perpetua memoria, para estimularnos a confiar en Él en todo tiempo. 2. Cómo el favor otorgado por Él continuó durante todo el tiempo que duró la necesidad. Nunca cesó de caer el maná hasta que llegaron a los límites de Canaán, donde había ya alimento suficiente para comer y guardar (v. 35). El maná es llamado alimento espiritual (1 Co. 10:3), porque era tipo de bendiciones espirituales en lugares celestiales y de cosas celestiales. Cristo mismo es el verdadero maná, el pan de vida, del que el maná era figura (Jn. 6:49–51).La Palabra de Dios es el maná del que se nutren nuestras almas (Mt. 4:4). Los consuelos y ayudas del Espíritu Santo son maná escondido (Ap. 2:17).
Todas estas realidades descendieron del Cielo, como el maná, y son el sostén y el consuelo de la vida divina de nuestra alma, mientras caminamos por el desierto de este mundo. Pero es menester recogerlo; en la Palabra Cristo debe ser aplicado al alma, y los medios de gracia han de ser usados. Cada uno de nosotros debe recoger para sí mismo, y recogerlo en la mañana de nuestros días y en la mañana de nuestras oportunidades, porque si lo dejamos pasar, podría ser demasiado tarde para recogerlo. El maná que recogían no podía ser acumulado, sino comido; igualmente, los que han recibido a Cristo tienen que vivir por fe en Él, y no recibir en vano su gracia (1 Co. 15:10). Pero los que comieron el maná volvieron a tener hambre, murieron al fin, y de los más de ellos no se agradó Dios (1 Co. 10:5); mientras que los que se alimentan de Cristo por fe, no volverán a tener hambre, ni morirán para siempre (Jn. 6:48–51), y de todos ellos se agradará Dios eternamente. ¡Que el Señor nos de siempre de este pan!
Ahora, la falta de agua vuelve a ser tropiezo para Israel, pues el pueblo altercó con Moisés. Dios les da agua de la peña de Horeb. La segunda parte del capítulo nos refiere la gran victoria que Israel obtuvo contra Amalec gracias a la poderosa intercesión de Moisés.
Versículos 1–7
I. Vemos el aprieto en que se encontraron los hijos de Israel por falta de agua.
II. También su descontento y desconfianza en medio de este aprieto. Se nos dice (v. 3) que el pueblo tuvo allí sed. Esto insinúa que su mala disposición de corazón agudizó las ganas de beber hasta hacerles violentos e impacientes en su deseo. Véase qué clase de lenguaje expresa este deseo desordenado. 1. Intimaron a Moisés y a Aarón a que les proporcionasen agua (v. 2), ya que el verbo está en plural: Dadnos agua para beber exigiéndolo como una deuda. 2. Altercaron con Moisés por haberlos sacado de Egipto, como si, en vez de libertarlos, los hubiese conducido al matadero. A tal punto llegó su maldad contra Moisés que estuvieron a punto de apedrearle (v. 4). 3. Comenzaron a poner en tela de juicio si Dios estaba con ellos o no: Tentaron a Jehová diciendo: ¿Está pues, Jehová entre nosotros, o no? (v. 7). Es decir, pusieron en duda estas tres cosas fundamentales: (A) Su presencia esencial: si había Dios o no,
(B) su providencia ordinaria: si Dios gobernaba el mundo o no; y (C) su promesa especial: si iba a ser para ellos tan bueno como era su Palabra. Esto es lo que se llama aquí tentar a Dios. Y esto comportaba la suposición de que Moisés era un impostor, que toda aquella larga serie de milagros con que los había rescatado, favorecido y alimentado era una cadena de fraudes, y que la promesa de Canaán era una burla; y así lo era en efecto, si Jehová no estaba entre ellos.
III. La forma en que obró Moisés: 1. Reprendió a los murmuradores: ¿Por qué altercáis conmigo? (v. 2–5). Obsérvese con qué mansedumbre les contesta. Les muestra contra quién iban a parar sus murmuraciones, y que los reproches que le hacían a él, caían sobre Dios mismo: ¿Por qué tentáis a Jehová? Como si dijera: «Al desconfiar de su poder, ponéis a prueba su paciencia, y así provocáis su ira».
2. Puso su queja en la presencia de Dios: Entonces clamó Moisés a Jehová (v. 4). Cuando los hombres nos censuren injustamente y alterquen con nosotros, nos servirá de gran alivio ir a la presencia de Dios, poner en oración nuestro caso delante de Él, y dejarlo allí con Él, si los hombre no quieren oírnos, Dios ciertamente nos oirá. Moisés ruega a Dios que le muestre el camino a seguir, porque él no sabe realmente qué hacer.
IV. Dios se muestra benignamente a Moisés para aliviarle en aquella situación (vv. 5–6). Ordena a Moisés que vaya delante del pueblo. Debe tomar consigo su vara, no para hacer venir sobre ellos una plaga que les castigue, sino para sacar agua milagrosamente, con la que satisfagan su sed. ¡Oh, cuán admirables son la paciencia y la longanimidad de Dios! Si Dios le hubiese mostrado a Moisés una fuente de agua en el desierto, como hizo con Agar habría sido un gran favor; pero, para mostrar su poder, tanto como su compasión, y hacer del favor un milagro de su misericordia, hizo brotar para ellos agua de una roca. Indicó a Moisés adónde tenía que ir, y le encargó tomar consigo algunos de los ancianos (v. 5), para que fuesen testigos del milagro, y quedasen satisfechos con la certeza de la presencia de Dios entre ellos. Le prometió que estaría con él allí en la nube de su gloria, y le ordenó que golpeara la peña; obedeció Moisés, e inmediatamente salió de la roca agua en abundancia. Se la llama manantial de aguas en el Salmo 114:8. Esta agua que salió de la peña era de una finura tan especial, que se la llama miel y aceite (Dt. 32:13), porque la sed del pueblo la hizo doblemente agradable; por estar ellos en extrema necesidad, les fue tan dulce como la miel y tan suave como el aceite. Dios puede abrir fuentes para nuestra provisión donde menos las esperamos, aguas en el desierto y ríos en la soledad (Is. 43:20), porque Él abre un camino en el desierto (Is. 43:19). Quienes, en este desierto de la vida, siguen los caminos de Dios pueden confiar seguros en la provisión de Dios. Las gracias y consuelos del Espíritu Santo son comparados a los ríos de agua viva (Jn. 4:14; 7:38–39). Estos fluyen de Cristo, quien es la roca golpeada por la Ley de Moisés (1 Co. 10:4), Puesto que nació sujeto a la Ley (Gá. 4:45), y fue hecho maldición bajo ella (Gá. 3:13). No hay nada que pueda satisfacer las necesidades, ni contentar los deseos de un alma, sino el agua salida de esta roca, de esta fuente que fue abierta a nuestro favor. Los placeres de los sentidos son agua de charca, pero los deleites espirituales son agua de roca: puros, claros, refrescantes—ríos de placer.
V. Con esta ocasión, se le dio un nuevo nombre al lugar, para perpetuar el recuerdo del pecado que cometieron los hijos de Israel: Massah, que significa tentación, porque tentaron a Dios; y Meribah, rencilla, porque altercaron con Moisés (v. 7).
Versículos 8–16
Amalec fue la primera nación con la que tuvieron que luchar los hijos de Israel durante su peregrinación por el desierto (Nm. 24:20).
I. Provocación de Amalec: Vino Amalec y peleó contra Israel (v. 8). Los amalecitas eran una tribu nómada y predatoria; eran descendientes de Esaú, quien ya aborreció a su hermano Jacob por haberle arrebatado la primogenitura con la bendición consiguiente; así que este ataque de Amalec venía a ser un eco de enemistad hereditaria. Este episodio puede ser considerado en dos vertientes: como una tribulación para Israel, y como un gran pecado por parte de Amalec (Dt. 25:17–18). Cayeron cobarde y vilmente sobre la retaguardia de Israel, e hirieron a los más débiles, quienes no podían plantarles resistencia ni escapar fácilmente; pero, en vano se atrevieron a atacar un campamento guardado y avituallado milagrosamente; verdaderamente, no sabían lo que hacían.
II. Defensa de Israel contra los agresores.
1. La tarea asignada a Josué, a quien se menciona ahora por primera vez; es nombrado comandante en jefe de esta expedición a fin de que pueda estar entrenado para los servicios que se le han de asignar cuando muera Moisés.
2. La tarea que Moisés asumió: Yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano (v. 9). Mientras Josué lucha, Moisés ora, y tiene la vara de Dios en su mano. Moisés levantaba esta vara, para animar a los israelitas, era como una bandera izada que despertaba el entusiasmo de los soldados. Al mismo tiempo, esta vara levantada hacia lo alto era como una antena de oración y escucha alzada hacia Dios, porque Moisés no era sólo el alférez portador del estandarte, sino el intercesor que apelaba a Dios en demanda de éxito y victoria. Es así como la legión orante viene a ser la legión tonante. Una vez más resulta cierta la frase lapidaria de Agustín de Hipona: La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios (v. 32:9–14). Pero esa «debilidad» de Dios no es por falta de poder, sino por exceso de amor y condescendencia. Es como la debilidad de la rama que se dobla por la sobreabundancia del fruto que lleva. Así prevaleció Jacob con Dios (Gn. 32:28). (A) Moisés se cansaba: Las manos de Moisés se cansaban (v. 12); estaban pesadas—dice el hebreo—. No se nos dice que las manos de Josué estuviesen cansadas de pelear, pero sí que las de Moisés estaban cansadas de orar. Cuanto más espiritual es un servicio, mayor es el peligro que tenemos de fracasar o de flaquear en él. (B) La influencia que la vara de Moisés tenía en la batalla: Cuando alzaba Moisés su mano en oración (como dice la versión caldea), Israel prevalecía; pero cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalec (v. 11). (C) La solicitud que tuvieron en sostener las manos de Moisés. Cuando ya no pudo más mantenerse de pie, se sentó sobre una piedra (v. 12); cuando no pudo sostener más sus manos en alto, hubo que sostenérselas. Moisés, el hombre de Dios, está contento de que le asistan Aarón su hermano y Hur quien, según suponen algunos, era su cuñado, marido de María, sin embargo, el Talmud le tiene por hijo de Caleb y María. Así hubo en sus manos firmeza (la misma palabra que se usa para decir fe y fidelidad) hasta que se puso el sol. No cabe duda de que sirvió de gran aliento para el pueblo de Israel el ver a Josué delante de ellos en el campo de batalla, y a Moisés en lo alto del monte orando por ellos. Cristo es para nosotros ambas cosas: es nuestro Josué, el capitán de nuestra salvación, que lucha nuestras batallas, y nuestro Moisés que, en lo más alto, vive siempre para interceder por nosotros (He. 7:25), a fin de que nuestra fe no falle (v. Lc. 22:32).
III. La derrota de Amalec. La victoria había estado en el aire por algún tiempo entre los dos campamentos, pero Israel siguió luchando hasta que Josué deshizo a Amalec (v. 13). Aunque Josué luchaba con grandes desventajas:—con soldados faltos de disciplina, mal armados, avezados por largo tiempo a la esclavitud y siempre prestos a murmurar—, Dios, sin embargo, obró por medio de ellos una gran salvación.
IV. Los trofeos de esta victoria. 1. Moisés se preocupó de que Dios tuviese la gloria de aquella victoria (v. 15), en vez de levantar un arco triunfal en honor a Josué, levantó un altar en honor de Dios, y lo que con mayor esmero se registra en el relato es la inscripción sobre el altar: Jehová-nissí, Jehová es mi bandera, lo que probablemente se refiere a la vara de Dios levantada como una bandera de esta acción militar. La presencia y el poder de Jehová eran la bandera bajo la cual estaban alistados, por ella habían sido alentados y se habían mantenido firmes, y por eso la habían izado en el momento del triunfo. 2. Dios procuró que la posteridad tuviese consuelo y provecho por medio del recuerdo de tal victoria: Escribe esto para memoria en un libro y repítelo a los oídos de Josué (así dice el hebreo), es decir,
«encomiéndale este memorial, para que lo transmita a las generaciones venideras». Moisés ha de comenzar ahora a guardar un diario o agenda de lo que suceda (todo lo importante) al pueblo de Israel. Esta es la primera mención que encontramos en la Biblia acerca de escribir y quizás el mandato de hacerlo no se dio sino después de haber escrito la Ley sobre las tablas de piedra: Escribe esto para memoria. ¡Tantos libros y documentos se han escrito «in perpetuam rei memoriam» = para que el suceso sea recordado perpetuamente! Y es que, como dice el antiguo refrán: Scripta manent, lo escrito permanece. (A) «Escribe lo que se ha hecho. Que las edades venideras sepan que Dios lucha por su pueblo, y que el que toca a su pueblo, toca a las niñas de sus ojos» (Zac. 2:8). (B) «Escribe lo que hay que hacer. (a) Que, al correr de los años, Amalec será totalmente destruido» (v. 14). Israel triunfará, sin duda, al fin, en la caída de Amalec. Esta sentencia fue ejecutada en parte por Saúl (1 S. 15), y completada por David (1 S. 30; 2 S. 1:1; 8:12). Después de eso, desaparece hasta el nombre de Amalec. (b) Que entretanto Dios tendría guerra constante contra Amalec (v. 16). Esto se escribió para advertir a Israel que nunca debía coligarse con los amalecitas.
Este capítulo nos refiere cosas concernientes a Moisés y a los asuntos de su familia. Destaca en el relato el prudente consejo que le dio su suegro.
Versículos 1–6
Llega Jetro, el suegro de Moisés:
I. Para felicitar a Israel por todo lo que Dios había hecho por su pueblo, y en particular, por el honor que Dios había dispensado a Moisés su yerno. Jetro no pudo menos de oír lo que todo el país sabía: las gloriosas manifestaciones de Dios en favor de su pueblo Israel (v. 1); y viene con deseos de saber más, y de regocijarse con ellos, como quien profesaba gran respeto tanto a ellos como a su Dios. Aunque él, siendo madianita, no había de tener parte con ellos en la tierra prometida, sí que tenía parte con ellos en el gozo de su liberación.
II. Para traerle a Moisés la esposa y los hijos. Parece ser que les había hecho volver Moisés a casa de su suegro. Podemos suponer que Jetro estaba contento con la compañía de su hija y encantado con sus nietos; con todo, no quería tenerlos por más tiempo lejos de su esposo y padre (vv. 5–6). Moisés debía tener consigo a su familia, para que, mientras regía al pueblo de Dios, pudiese ser un buen ejemplo de prudencia en el gobierno de su casa (1 Ti. 3:5). Moisés tenía ahora sobre sí un aumento de honor y de responsabilidad, y convenía que su esposa estuviese con él para tener parte con él en ambas cosas. El texto sagrado pone cuidado en detallar el significado de los nombres de sus dos hijos. 1. El primero se llamaba Gershom (v. 3), que quiere decir extranjero.
2. Al otro lo llamó Eliezer que significa: Mi Dios es ayuda, y hace referencia a su anterior liberación de manos de Faraón. De modo que, cuando Moisés le puso el nombre, hubo de decir: El Señor es mi ayuda, y me librará de la espada de Faraón.
Versículos 7–12
I. El cariñoso saludo que se dieron mutuamente Moisés y su suegro (v. 7). Quienes ocupan un lugar alto en el favor de Dios, no están por eso descargados de los deberes que tienen para con los hombres. Moisés fue al encuentro de Jetro, se inclinó y lo besó. La religión no va contra los buenos modales. Y se preguntaron el uno al otro cómo estaban.
II. Moisés contó a su suegro todas las grandes cosas que Dios había hecho en favor de Israel (v. 8).
III. La impresión que este relato hizo a Jetro. 1. Felicitó al Israel de Dios: Se alegró Jetro (v. 9). No sólo se alegró por el honor hecho a su yerno, sino de todo el bien que Jehová había hecho a Israel (v. 9). Los hombres verdaderamente populares se gozan en las bendiciones del pueblo. Mientras los israelitas mismos estaban murmurando, no obstante toda la bondad de Dios hacia ellos, aquí estaba un madianita regocijándose. 2. Dio la gloria al Dios de Israel (v. 10). 3. Con esto, su fe quedó afianzada, y aprovechó esta ocasión para hacer una solemne profesión de ella: Ahora conozco que Jehová es más grande que todos los dioses (v. 11). Obsérvese: (A) El objeto de su fe: que el Dios de Israel es más grande que todas las pretendidas y falsas deidades. (B) La confirmación y progreso de su fe: Ahora conozco; ya lo conocía antes, pero ahora lo conoció mejor; su fe creció hasta el nivel de una seguridad plena, en virtud de esta reciente y grandiosa experiencia. (C) El fundamento y motivo en que basó esta seguridad: Porque en lo que se ensoberbecieron, prevaleció contra ellos. Los magos quedaron chasqueados; los ídolos, sacudidos; Faraón, humillado; sus poderes, quebrantados y, a pesar de su gran ejército, el Israel de Dios fue rescatado de las manos de Faraón y de los suyos.
IV. La expresión de su gozo y de su agradecimiento. Tuvieron comunión mutua tanto en un banquete como en un sacrificio (v. 12). Jetro fue admitido gozosamente a la comunión con Moisés y con los ancianos de Israel, aunque era madianita, por cuanto también él era hijo de Abraham, aun cuando de una casa más joven. 1. Se juntaron en un sacrificio de acción de gracias: Tomó Jetro holocaustos y sacrificios para Dios, y probablemente los ofreció él mismo puesto que era sacerdote en Madián y adorador del verdadero Dios. 2. Fue una fiesta de regocijo, al mismo tiempo que una fiesta de sacrificio.
Versículos 13–27
I. El gran celo y competencia de Moisés como magistrado del pueblo de Dios.
1. Habiendo sido usado para redimir a Israel de la esclavitud, aquí es nuevamente tipo de Cristo, al ser usado como legislador y juez entre los israelitas. (A) Allí estaba para responder a las preguntas y para explicar las leyes de Dios dadas hasta entonces sobre lo concerniente al sábado, al maná etc., además de las leyes naturales, referentes tanto a la piedad como a la equidad (v. 15). Moisés les declaraba las ordenanzas de Dios, y sus leyes (v. 16). No era su oficio dar leyes, sino dar a conocer las leyes de Dios porque su cargo era el de un sirviente (He. 3:5). (B) Él tenía que decidir las controversias, al juzgar entre un hombre y su compañero (v. 16). Y, si el pueblo era tan pendenciero los unos con los otros como lo eran con Dios, no cabe duda que tendría delante de sí gran número de causas que juzgar.
2. Tal fue la tarea a la que Moisés había sido llamado, y es evidente que la desempeñó: (A) Con gran consideración; (B) con gran condescendencia hacia el pueblo que estaba delante de él (v. 14); (C) con gran constancia y exactitud.
II. La gran prudencia y consideración que brillan en el amistoso consejo de Jetro.
1. No le gustó el método que Moisés usaba, y así se lo dijo con toda libertad (vv. 14, 17, 18). Pensó que era demasiada tarea para que la desempeñara Moisés solo. Hasta en el bien hacer puede haber extralimitación.
2. Le aconsejó un tipo de gobierno que respondiera mejor a su objetivo, y consistía en que: (A) Reservará para sí todas las causas difíciles que requerían una decisión divina: Está tú a favor del pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios (v. 19). Este era un honor en el cual no era adecuado que ningún otro tuviera parte con él (Nm. 12:6–8). También tenía que pasar por su mano todo asunto que concerniera a toda la congregación en general (v. 20). Pero: (B) Que debía nombrar jueces en las distintas tribus y familias, los cuales habían de juzgar las causas comunes entre un hombre y su prójimo, y así todo marcharía con menos confusión y con más rapidez que en la congregación general en la que Moisés mismo presidía. Con todo, (C) siempre cabía apelación, si había causa justa que lo respaldase, desde estos tribunales inferiores a Moisés: Todo asunto grave lo traerán a ti (v. 22).
3. Añadió dos requisitos a su consejo: (A) Que había de tenerse gran cuidado en la elección de las personas a quienes hubiese de encomendarse este cargo (v. 21); habían de ser varones de virtud, etc. Había de exigirse que fuesen hombres del mejor carácter posible: (a) Para el juicio y la decisión, hombre de virtud (o competencia). Cabeza clara y corazón firme hacen buenos jueces. (b) Para la piedad y la religión, temerosos de Dios; hombres de conciencia, que no se atrevan a cometer ninguna vileza, aun cuando podrían hacerla sin ser descubiertos. (c) Para la integridad y honestidad, varones de verdad. (d) Para un noble y generoso menosprecio de las riquezas materiales, que aborrezcan la avaricia. (B) Que había de seguir la dirección de Dios en cada caso: Si esto haces, y Dios te lo ordena (v. 23).
Moisés no despreció este consejo, sino que oyó la voz de su suegro (v. 24).
III. Jetro se volvió a su tierra (v. 27). Se supone que los ceneos (v. 1 S. 15:6) eran descendientes de Jetro (comp. Jue. 1:16), y allí son tomados bajo especial protección, debido a la amabilidad que su antepasado mostró a Israel aquí.
Este capítulo sirve de introducción a la solemne entrega de la Ley en el monte Sinaí, refiriéndose todos los preparativos ordenados por Dios para un hecho tan importante.
Versículos 1–8
I. La fecha de la gran constitución por la que Israel nació oficialmente como pueblo y nación. 1. El tiempo fue: En el mes tercero de la salida de Egipto (v. 1). 2. El lugar fue el monte Sinaí, el más alto en toda esa zona. Así Dios menosprecia las ciudades, los palacios y las estructuras majestuosas, y fija su pabellón en la cima de un gran monte, en un desnudo y estéril desierto, para establecer allí su pacto. Se llama Sinaí por la multitud de zarzas espinosas que cubren su superficie.
II. La cédula misma de constitución. Moisés fue llamado al monte y usado como mensajero del Pacto: Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a la casa de Israel (v. 3). 1. Que el hacedor, y el que toma la iniciativa, del pacto es Dios mismo. En todas nuestras relaciones con Dios, su gracia soberana nos toma la delantera con las bendiciones de su bondad, y todo nuestro bienestar se debe, no a que nosotros hayamos conocido a Dios, sino a que nosotros hemos sido conocidos por Él (Gá. 4:9). 2. La materia del pacto es muestra de benevolencia y generosidad, y concede los mayores privilegios y ventajas imaginables. (A) Les hace memoria de lo que ha hecho por ellos (v. 4): Os tomé sobre alas de águila, una bellísima expresión de la admirable ternura que Dios les había mostrado. Es explicada en Deuteronomio 32:11–12. Denota gran rapidez. Dios no sólo vino volando a liberarlos, sino que se apresuró a sacarlos de allí volando. Lo hizo con la fuerza tanto como con la rapidez propias de un águila. Egipto, aquel horno de hierro, era como el nido en que estos polluelos estaban incubados, pues allí se formaron primeramente como el embrión de una nación, cuando, por su gran crecimiento numérico, se desarrollaron hasta cierta madurez, fueron tomados del nido. Otras aves transportan a sus polluelos con las garras, pero el águila— según dicen—los lleva sobre sus alas, de forma que, incluso cuando los arqueros las cazan al vuelo, no pueden hacer ningún daño a los polluelos sin que antes hayan atravesado el cuerpo de la madre. Y os he traído a mí. No sólo habían sido sacados a un estado de libertad y honor, sino a pacto y comunión con Dios. Esta fue, sí, la gloria de su liberación, como es la de la nuestra por Cristo, que Él murió, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 P. 3:18). Este es el objetivo de Dios en todos los pasos benévolos de su providencia y de su gracia, el llevarnos a Él, de quien nos hemos separado por nuestra rebeldía, y con Él a su hogar, fuera del cual no podemos ser felices. Hay quienes han observado con acierto que el pueblo de Israel, en el Antiguo Testamento, fue llevado—como dice la Palabra de Dios—sobre alas de águila, pero el Nuevo Testamento nos dice que Jesús quiso reunir a los hijos de Jerusalén como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas (Mt. 23:37), con lo que denota la gracia y compasión de la actual dispensación, y la admirable condescendencia y humillación del Redentor. (B) Les dice claramente (v. 5) que deben dar oído a su voz y guardar su pacto. Puesto que habían sido salvados por Él, es natural que insistiera en que habían de ser gobernados por Él. (C) Les asegura del honor que ha de otorgarles y de la benignidad que ha de mostrarles, si ellos observan su pacto (vv. 5–6): Vosotros seréis mi especial tesoro, etc. (v. 1 P. 2:9). (a) Dios afirma aquí su soberanía sobre, y su propiedad en, toda la creación visible: Mía es toda la tierra. (b) Hace de Israel su peculiar tesoro, un reino de sacerdotes y gente santa (v. 6). Al darles una revelación especial, establecerles ordenanzas divinas, y promesas que incluían la vida eterna, al enviarles sus profetas, y derramar de su Espíritu sobre ellos, los distinguía de todas las demás naciones y los dignificaba por encima de todos los pueblos.
III. Israel acepta esta constitución y se somete a las condiciones requeridas. 1. Moisés les comunicó fielmente el mensaje de Dios para ellos (v. 7): Expuso en presencia de ellos todas estas palabras. Ponerlas en su presencia significa ponerlas ante su conciencia. 2. Ellos consintieron prestamente en el pacto propuesto: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos (v. 8). 3. Moisés, como mediador, refirió a Jehová las palabras del pueblo. Así también Cristo, el Mediador único entre Dios y los hombres, en su calidad de profeta nos revela la voluntad de Dios, y en su calidad de sacerdote eleva a Dios nuestros sacrificios espirituales. Así cumple con su bendito oficio de árbitro que pone su mano sobre nosotros dos (Job 9:33).
I. Dios comunica a Moisés su decisión de bajar al monte Sinaí en una nube espesa (v. 9). Dios iba a descender a ojos de todo el pueblo (v. 11). Aunque no habían de ver ninguna forma de semejanza divina, sí que verían lo suficiente como para convencerles de que Dios estaba realmente entre ellos. Así que la comunicación había de ser establecida primeramente mediante una manifestación sensible de la gloria divina para ser continuada de una forma secreta y silenciosa mediante el ministerio de Moisés. De una manera semejante, el Espíritu Santo descendió en forma visible sobre Cristo en su bautismo, y todos los presentes oyeron a Dios que le hablaba (Mt. 3:17), para que después, sin necesidad de repetir tales señales visibles, pudiesen creer en Él. Y también de forma parecida el Espíritu descendió sobre los Apóstoles en forma de lenguas de fuego (Hch. 2:3), para que pudiesen ser creídos.
II. Ordena a Moisés que haga los preparativos para esta gran solemnidad, dándole dos días de plazo para ello.
1. Debe santificar al pueblo (v. 10); es decir, debe llamarlos de sus tareas profanas y convocarlos a ejercicios religiosos, meditación y oración, para que reciban la Ley de labios de Dios con devoción y reverencia. Estén preparados para el día tercero (v. 11). La mente distraída debe ser concentrada, los afectos impuros deben ser abandonados, las pasiones que perturban deben ser suprimidas, y todo el cuidado de las tareas profanas debe ser suspendido de momento y dejado a un lado, a fin de que nuestros corazones estén dispuestos a recibir a Dios (v. 17). En señal de su purificación, deben lavar sus vestidos (v. 10), como en efecto lo hacen (v. 14), no es que Dios se fije en nuestros vestidos, pero mientras lavaban sus vestidos habrían de estar pensando en la limpieza de sus almas mediante el arrepentimiento. El decoro exige que nos presentemos con ropas limpias cuando esperamos a personajes importantes; también se requieren corazones limpios cuando somos recibidos en audiencia por el gran Dios, quien ve los corazones con más claridad que como los hombres ven nuestras ropas.
2. Debe señalar términos en derredor del monte (vv. 12–13). Probablemente trazó una línea o zanja alrededor del pie del monte, que nadie había de traspasar bajo pena de muerte. Esto era para indicar el humilde y pavoroso respeto que debería prender en todas las mentes de quienes rinden culto a Dios.
3. Debe ordenar al pueblo que atienda las señales que se darán para la santa convocación: «Cuando suene largamente el cuerno (v. 13), que ocupen su lugar al pie del monte, y que permanezcan así sentados a los pies de Dios». Ninguna voz de hombre podía llegar a tan gran número, pero la voz de Dios, sí.
Versículos 16–25
Por fin, llega el día memorable. Nunca se predicó, ni antes ni después, un sermón igual a éste que fue predicado a todo el pueblo de Israel en el desierto. Porque:
I. El predicador era Dios mismo: Jehová descendió sobre el monte en fuego (v. 18). Descendió Jehová sobre el monte Sinaí (v. 20). La skekinah, o gloria de Dios, apareció a la vista de todo el pueblo.
II. El púlpito (o, mejor dicho, el trono) fue el monte Sinaí cubierto de espesa nube (v. 16); y el humo subía como el humo de un horno (v. 18), y todo el monte se estremecía en gran manera.
III. La congregación fue convocada con sonido de trompeta muy fuerte (v. 16), que iba aumentando en extremo (v. 19).
IV. Moisés condujo a los oyentes al lugar de la reunión (v. 17). Él que los había sacado de la esclavitud de Egipto los conducía ahora a recibir la Ley de labios de Dios. Moisés, a la cabeza de una congregación que rendía culto a Dios, era en verdad tan grande como cuando estaba a la cabeza de un ejército en el campo de batalla.
V. La introducción al servicio se hizo mediante truenos y relámpagos (v. 16). El trueno y el relámpago tienen sus causas naturales, pero la Biblia nos dirige de una manera especial a tomar nota, mediante ellos, del poder de Dios y del terror que tal poder infunde.
Moisés es el diácono de Dios, y a él se le dice que mande guardar silencio y que mantenga en orden la congregación: Moisés hablaba (v. 19). Dios apaciguó su temor distinguiéndole con su favor al llamarle a la cima del monte (v. 20), con lo cual también él puso a prueba su fe y su ánimo. Ni los sacerdotes ni el pueblo podían traspasar los límites fijados para subir a Jehová (v. 24), sino sólo Moisés y Aarón, a quienes plugo a Dios honrar así. Qué es lo que Dios prohibía: traspasar los límites para ver a Jehová (v. 21); ya tenían lo suficiente para despertar sus conciencias, así que no les era permitido satisfacer su vana curiosidad. Podían ver lo que Dios mostrase, pero no mirar para ver lo que no mostrase. Es culpa nuestra si afrontamos un peligro por haber roto las barreras que Dios nos ha fijado, entremetiéndonos en lo que Él no nos permite.
Hechos ya todos los preparativos para la solemne promulgación de la Ley, tenemos ya en este capítulo los Diez Mandamientos y la impresión recibida por el pueblo, además de algunas instrucciones complementarias, relativas a la idolatría y al culto de Dios.
Versículos 1–11
I. El prefacio de Moisés: Habló Dios todas estas palabras (v. 1). La ley de los Diez Mandamientos es: 1. Una ley hecha por Dios. 2. Es una ley proclamada por Dios. Dios tiene muchas maneras de hablar a los hijos de los hombres (Job 33:14); pero nunca habló como cuando dio los Diez Mandamientos. Dios había dado, en gran parte, esta ley desde que creó al hombre, escribiéndola en su corazón, pero el pecado había deteriorado esta escritura, de manera que era necesario reavivar de este modo el conocimiento de ella.
II. El prólogo del Legislador: Yo soy Jehová tu Dios (v. 2). Aquí: 1. Dios afirma su propia autoridad para decretar esta ley en general. 2. Se presenta a Sí mismo como el único objeto de ese culto religioso que se prescribe en los cuatro primeros mandamientos. En esto, el pueblo de Israel es ligado en obediencia por una triple cuerda: (A) Porque Dios es Jehová. Quien da el ser puede dar la ley del ser y, por tanto, puede mantenernos en obediencia. (B) Porque era su Dios, el Dios del pacto con ellos, y su Dios por consentimiento de ellos mismos. Aunque aquel pacto no tiene vigencia, como tal, en la presente dispensación (Col. 2:14), pero hay otro ahora, en virtud del cual todos los que han sido salvos por gracia mediante la fe son asumidos a una relación íntima con Dios y, por ello, son injustos, infieles e ingratos si no le obedecen.
(C) Porque los había sacado de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. Al redimirlos, adquirió un nuevo derecho para regirlos; debían el servicio y la obediencia a quien le debían la libertad. Así Cristo, al habernos redimido de la esclavitud del pecado, tiene derecho al mejor servicio que podamos rendirle (Lc. 1:74).
III. La ley misma. Los cuatro primeros mandamientos que conciernen a nuestros deberes para con Dios (llamados comúnmente la primera tabla), los tenemos en los versículos 3–11. Era muy puesto en razón que estos mandamientos ocupasen los primeros lugares, puesto que el ser humano ha de amar a su Hacedor por encima de los otros seres creados como él; la justicia y el amor son aceptables como actos de obediencia a Dios únicamente cuando fluyen de un principio básico de piedad (1 Jn. 5:2). No puede esperarse que sea fiel a su hermano quien es falso para con Dios. Es cierto que el amor a Dios se hace notorio externamente mediante el sincero amor al prójimo (1 Jn. 4:20), pero es el amor a Dios el que cimenta interiormente un verdadero amor al prójimo.
1. El primer mandamiento concierne al objeto de nuestra adoración: Jehová, y sólo Él: No tendrás dioses ajenos (dioses diferentes, otros dioses) delante de mí (v. 3). Los egipcios, y otras naciones vecinas, tenían muchos dioses, que eran hechura de su propia imaginación, dioses extraños, nuevos dioses. El pecado en el que tenemos más peligro de caer, en relación con este mandamiento, es dar la gloria, el honor, el afecto y el interés debidos a solo Dios, a cualquier criatura. El orgullo hace del «Yo» un dios; la avaricia hace del dinero un dios; la sensualidad hace del vientre un dios; cualquier cosa a la que estimemos o amemos, temamos o sirvamos, nos deleitemos en ella o dependamos de ella, más que a Dios o en Dios, de eso (sea lo que sea) nos estamos efectivamente haciendo un dios. En las últimas palabras, delante de mí se insinúa: (A) Que no podemos tener ningún otro dios sin que Él lo sepa; (B) que es un pecado que se lanza al rostro y, por tanto, no puede pasarlo por alto.
2. El segundo mandamiento concierne a las ordenanzas del culto, o al modo como Dios quiere ser adorado.
A) La prohibición: se prohíbe incluso adorar las imágenes del Dios verdadero (vv. 4–5). Los judíos (al menos, después de la cautividad) vieron en ello la prohibición de hacer ninguna imagen o pintura, cualquiera que fuese. De ahí que, al parecer, tenían por abominación las mismas imágenes que los ejércitos romanos tenían grabadas en sus estandartes. Se llama a esto cambiar la verdad de Dios en una mentira (Ro. 1:25), pues una imagen así es maestra de mentiras pues insinúa que Dios tiene cuerpo, cuando sabemos que es un Espíritu Infinito (Hab. 2:18; Jn. 4:24). También nos prohíbe hacernos de Dios una imagen en nuestra imaginación como si fuera un hombre parecido a nosotros. Nuestro servicio religioso debe ser regido por el poder de la fe, no por el poder de la imaginación.
B) Las razones para decretar esta prohibición (vv. 5–6), que son: (a) El celo de Dios en materia de adoración: Yo soy Jehová tu Dios, celoso. (b) El castigo de los idólatras. Dios los considera como gente que le odia. Él visitará la maldad de los padres sobre los hijos. Y no es injusto por parte de Dios (si los padres han muerto en su iniquidad, y los hijos siguen sus pasos y observan las falsas formas de culto por haberlas recibido por tradición de sus padres), cuando se ha llenado la medida, y Dios viene con sus juicios para ajustar cuentas con ellos. Aunque aguante por largo tiempo a un pueblo idólatra, no lo va a soportar siempre, sino que lo va a castigar incluso a la cuarta generación, supuesto que esta generación no sea inocente, sino que continúe transgrediendo la Ley por el mal ejemplo de sus padres. (c) El favor que Dios va a mostrar a sus fieles adoradores: Mientras que ha de castigar el mal incluso hasta la cuarta generación, va a mostrar su misericordia a miles de generaciones, es decir, hasta la milésima generación de los que le aman y guardan sus mandamientos (v. 6). Así como el primer mandamiento requiere el culto interior de amor, gozo, esperanza y admiración, así el segundo requiere el culto exterior de oración, alabanza y escucha solemne de la Palabra de Dios. Quienes de verdad aman a Dios, se preocuparán constantemente de guardar sus mandamientos, especialmente los que se refieren al culto. Quienes aman a Dios y guardan estos mandamientos, recibirán gracia para guardar también sus otros mandamientos. El culto evangélico tendrá una buena influencia en todas las clases de obediencia evangélica.
3. El tercer mandamiento tiene que ver con la manera de nuestro culto.
A) Hay primero una estricta prohibición: No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano (v. 7). Tomamos el nombre de Dios en vano, (a) por hipocresía, cuando hacemos profesión del nombre de Dios, pero no vivimos de acuerdo con tal profesión. Quienes se refieren al nombre de Cristo, pero no se apartan de la iniquidad, están tomando su nombre en vano; (b) por quebrantar su pacto; si hacemos promesas a Dios, ligando nuestras almas con promesas de cosas buenas y hacederas, pero no cumplimos a Dios nuestros votos, tomamos su nombre en vano (Mt. 5:23); (c) por negligencia, usando el nombre de Dios como un tópico o muletilla, sin objeto ninguno o con mala intención; (d) por falso juramento. Una parte del respeto religioso que los judíos debían tener hacia su Dios era jurar por su nombre (Dt. 10:20). Pero le afrentaban, en vez de honrarle, si invocaban su nombre como testigo de una mentira.
B) Un severo castigo: No le dará Jehová por inocente. Los magistrados, que castigan otras ofensas, pueden pensar que no les concierne percatarse de esto, porque no parece que perjudique directamente ni a la propiedad privada ni a la paz pública. El pecador puede quizá darse por inocente, pero Dios no le dará por inocente, y un día se dará cuenta de cuán horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo (He. 10:31).
4. El cuarto mandamiento concierne al tiempo del culto. Hay que servir y honrar a Dios todos los días, pero hay un día entre siete que ha de ser dedicado especialmente a su honor y observado en su servicio.
A) El mandamiento mismo: Acuérdate del día del sábado para santificarlo (v. 8). Y: No hagas en él obra alguna (v. 10). Leemos que Dios bendijo y santificó el séptimo día desde el principio (Gn. 2:3), de modo que esto no fue el decreto de una nueva ley, sino la confirmación de una ley antigua. (a) Se les dice cuál es el día que deben observar religiosamente—el sábado, el séptimo día después de seis días de trabajo—. No está claro si esté séptimo día se computaba a partir de la creación o de la salida de Egipto, lo cierto es que ahora queda incorporado a la ley mosaica. (b) Cómo ha de observarse. Primero, como día de descanso, no habían de hacer ninguna clase de trabajo en sus profesiones y quehaceres seculares en este día. Segundo, como día santo puesto aparte para honrar al Dios santo, y para emplearlo en ejercicios santos. Al bendecirlo Dios, lo había hecho santo; al observarlo ellos, lo guardarían santo. (c) Quiénes habían de observarlo: Tú, tu hijo, tu hija, etc. No se menciona a la esposa, porque se la supone una misma cosa con el marido en su presencia y en su observancia. Dios toma nota de lo que hacemos, y particularmente de lo que hacemos en el día de descanso, incluso donde nos encontremos como extranjeros. (d) Hay un especial memorándum inscrito en este mandamiento: Acuérdate del día del sábado (v. 8). Se insinúa con esto que el sábado fue instituido y observado anteriormente. La razón principal de este memorándum es que este mandamiento es el único que requiere ser recordado conscientemente por ser el único de naturaleza exclusivamente cultual, no moral, por lo que no está escrito en el corazón del hombre como lo están los demás en su calidad de normas fundamentales de moralidad.
B) Las razones de este mandamiento. (a) Ya tenemos suficiente tiempo para nosotros y nuestros quehaceres en los otros seis días: Seis días trabajarás (v. 9), lo cual no es sólo una permisión, sino parte del cuarto mandamiento. Pero el séptimo día es para servir a Dios, y también para obligarnos benévolamente a nosotros mismos a descansar. (b) Es el día del Señor: Es sábado para Jehová tu Dios, no sólo instituido por Él, sino también consagrado a Él. (c) Está destinado a ser un recuerdo de la creación del mundo y, por tanto, a ser observado para gloria del Creador. Mediante la santificación del sábado, los judíos declaraban adorar al Dios que hizo el Universo y así se diferenciaban de todas las demás naciones, que adoraban a dioses hechos por ellos mismos. (d) Dios nos ha dado un ejemplo de descanso, puesto que Él reposó en el séptimo día (v. 11). (e) Dios bendijo y santificó el sábado. Dios ha puesto en él bendiciones, que nos anima a esperar de Él, si observamos religiosamente ese día. Es el día que ha hecho el Señor; no hagamos cuanto podemos para deshacerlo.
Versículos 12–17
Las leyes de la segunda tabla, como se las llama comúnmente, los seis últimos de los Diez Mandamientos, y que comprenden los deberes para con nosotros mismos y para con nuestros prójimos, constituyen así un comentario del segundo gran mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
I. El quinto mandamiento concierne a las obligaciones que tenemos respecto a nuestros familiares, de las cuales sólo se especifican las de los hijos para con sus padres: Honra a tu padre y a tu madre (v. 12). Esto incluye: 1. Respeto a sus personas, apreciándoles interiormente con una estima que se exprese exteriormente en todo tiempo en nuestra conducta. 2. Obediencia a sus mandatos legítimos; así se expone en Efesios 6:1–3: Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, desde un principio de amor. Aunque llegues a decir: No quiero, arrepiéntete después y obedece (Mt. 21:29). 3. Sumisión a sus reproches, instrucciones y correcciones; no sólo a los buenos y amables, sino también a los difíciles e impertinentes, por conciencia y en el Señor. Esforzándose en todo por servir de alivio y consuelo a sus padres, haciéndoles llevadera la vejez y manteniéndoles si se encuentran en necesidad, como recalcó especialmente nuestro Salvador al referirse a este mandamiento (Mt. 15:4–6). La razón aneja a este mandamiento es una promesa: Para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da. Al comienzo de la segunda tabla, menciona el introducirlos en Canaán. Se promete especialmente a los hijos obedientes una larga vida en esa excelente tierra.
II. El sexto mandamiento concierne a nuestra propia vida y a la del prójimo: No cometerás homicidio (v. 13). Es decir, no harás nada injurioso y perjudicial a la salud, libertad y vida, de manera injusta, a tu propio cuerpo o al de cualquier otra persona. No prohíbe matar en una guerra justa, ni en propia defensa, ni en el cumplimiento de una justa sentencia judicial o de Dios mismo, sino todo daño originado por la malicia o el odio a otra persona (pues todo aquel que aborrece a su hermano es homicida 1 Jn. 3:15), y toda venganza personal que surja de ahí; también toda furia inconsiderada ante una provocación súbita y todo daño hecho de palabra o de obra, de deseo o de hecho, bajo la pasión, como explica nuestro Salvador refiriéndose a este mandamiento (Mt. 5:22). Es muy de notar la gran diferencia entre los verbos hebreos qatal = matar simplemente, con su equivalente fonético castellano cortar, que supone la justa supresión de una vida socialmente nociva, y rasaj = cometer homicidio, que es el verbo aquí empleado y conecta fonéticamente con rasgar, que comporta la idea de injusticia, violencia y crueldad.
III. El séptimo mandamiento concierne a la castidad propia y de nuestro prójimo: No cometerás adulterio (v. 14). En Marcos 10:19, son muchos los MSS que ponen en boca del Señor este mandamiento delante del de no cometer homicidio, como si hubiese querido dar a entender que la castidad debería ser más estimada que la vida, pues deberíamos temer el contaminar nuestro entero ser con la impureza tanto o más que la destrucción del cuerpo.
IV. El octavo mandamiento concierne a los bienes nuestros y de nuestro prójimo: No hurtarás (v. 15). Este mandamiento prohíbe el robarnos a nosotros mismos nuestro patrimonio mediante un derroche culpable, ya sea gastándolo indebidamente o enajenándolo inconsideradamente, así como el robar a otros de muchas maneras: retirando, a nuestro favor, los antiguos linderos, invadiendo los derechos ajenos, apropiándonos los bienes del prójimo, de su persona, de su casa o campo, por la fuerza o solapadamente, excediéndonos en el precio, disminuyendo en el peso o en la calidad de los artículos, no devolviendo lo prestado o encontrado, no pagando a tiempo justas deudas, rentas o jornales y lo que es peor, robar al público en dinero o beneficios, o en lo que está dedicado al servicio de la religión.
V. El noveno mandamiento concierne a nuestro buen nombre y al de nuestro prójimo: No hablarás contra tu prójimo falso testimonio (v. 16). Esto prohíbe: 1. Hablar falsamente en cualquier materia, mentir y planear de cualquier forma el engañar al prójimo. 2. Hablar injustamente de nuestro prójimo, con perjuicio de su reputación. 3. Dar falso testimonio contra él, culpándole de cosas que ignora, difamándole, calumniándole, contando chismes de él, exagerando lo mal hecho y poniéndolo peor de lo que está, y cualquier modo de esforzarse en aumentar la propia reputación a costa de la del prójimo.
VI. El décimo mandamiento ataca a la raíz: No codiciarás (v. 17). Los mandamientos anteriores prohibían implícitamente todo deseo de hacer lo que podría ser perjudicial para nuestro prójimo; éste prohíbe todo deseo desordenado de poseer lo que no es nuestro para nuestra propia satisfacción. El apóstol Pablo cuando la gracia de Dios hizo que cayesen las escamas de sus ojos, se dio cuenta de que esta ley, No codiciarás, prohibía todos esos deseos y apetitos irregulares que son los comienzos de todo pecado que es cometido por nosotros.
Versículos 18–21
I. El extraordinario terror que acompañó a la proclamación del Decálogo. Estaba destinado a dar una manifestación sensible de la gloriosa majestad de Dios y preparar así las almas para los consuelos del Evangelio. Así fue dada la Ley mediante Moisés de tal manera que humillase a los hombres, para que la gracia y la verdad que vinieron por medio de Jesucristo (Jn. 1:17), fuesen mejor acogidas.
II. La impresión que hizo esto en el pueblo: Viéndolo el pueblo, temblaron y se pusieron de lejos (v. 18). 2. Suplicaron que no se les hablase más (He. 12:19), rogaron que no les hablase Dios, sino por medio de Moisés (v. 19). Con esto se nos enseña también a conformarnos con el método usado por la Infinita Sabiduría, de hablarnos por medio de hombres como nosotros.
III. El ánimo que Moisés les dio, al explicarles lo que Dios se proponía con este terror (v. 20): No temáis, esto es, «No penséis que el trueno y el fuego están destinados a consumiros». Estaban destinados:
1. Para ponerlos a prueba, para ver qué les parecía tener que tratar directamente con Dios, sin intervención de un mediador. 2. Para mantenerlos fieles a sus deberes e impedirles pecar contra Dios. Les anima diciendo: No temáis y, no obstante, les dice que Dios les ha hablado así para que su temor esté delante de ellos. Nuestro temor no debe ser de miedo o de terror, sino de reverencia a la majestad de Dios, de solicitud en no desagradarle, y de obediencia a su autoridad soberana; este temor nos mantendrá siempre alerta en el cumplimiento de nuestros deberes y nos hará circunspectos en todo nuestro caminar.
IV. El progreso de su comunión con Dios por la mediación de Moisés (v. 21). Mientras el pueblo siguió manteniéndose lejos, Moisés se acercó a la oscuridad. Dios le hizo acercarse. Hay rabinos que opinan que Dios envió un ángel para que lo tomara de la mano y lo condujera arriba.
Versículos 22–26
Habiendo subido Moisés a la oscuridad espesa donde estaba Dios, es decir, donde resplandecía la gloria de Dios tras la nube, le habló Dios a él solo y sin aterrorizarle, diciéndole todo lo que sigue hasta el final del capítulo 23, y que, en su mayor parte, es una exposición de los Diez Mandamientos; todo esto lo tenía que transmitir Moisés al pueblo, primeramente de palabra, y después por escrito. Las leyes que los presentes versículos contienen, se refieren al culto de Dios.
I. Se les prohíbe aquí hacer imágenes para el culto (vv. 22–23).
1. Esta repetición del segundo mandamiento viene aquí muy a punto, para recalcar que para comunicarse con Dios y oír su voz no necesitaban esos medios, como podía inferirse del modo como Dios acababa de hablarles. Así les había hecho una demostración suficiente de su presencia entre ellos; de modo que no necesitaban hacerse imágenes de Él, como si estuviese ausente.
2. Aunque intentaban venerar dichas imágenes como a representaciones de Dios, sin embargo las estaban convirtiendo en rivales de Dios, lo cual Él no estaba dispuesto a tolerar.
II. También se les dan aquí instrucciones sobre el modo de hacer altares para el culto.
1. Han de hacer los altares muy sencillos, de tierra o de piedra sin labrar (vv. 24–25). Para que no caigan en la tentación de pensar en una imagen esculpida, no deben labrar las piedras de las que vayan a hacer altares, sino apilarlas conforme son al natural. El Talmud explica de este modo la profanación que supone alzar herramienta sobre el altar: «El hierro acorta la vida, mientras que el altar la prolonga. La espada, o arma de hierro, es el símbolo de la discordia, mientras que el altar es el símbolo de la reconciliación y de la paz entre Dios y el hombre, y entre el hombre y su prójimo». La sencillez es el mejor ornamento de los servicios externos de la religión, y el culto evangélico no debe celebrarse con pompa exterior. La hermosura de la santidad no necesita coloretes.
2. Han de hacer los altares en bajo (v. 26), de forma que no suban por gradas a ellos. Pensar que cuanto más alto estuviese el altar y más cerca del cielo, tanto más aceptable había de ser el sacrificio, era una necia imaginación de los gentiles, quienes elegían, por ello, lugares altos; en oposición a esto, y para mostrar que Dios se fija, no en la elevación del sacrificio, sino en la del corazón, se les manda aquí hacer los altares en bajo. El texto sagrado especifica también una razón de decencia.
III. Se les asegura también la aceptación benévola, por parte de Dios, de sus sacrificios y devociones, dondequiera que se ofrezcan de acuerdo con la voluntad de Dios (v. 24). En la dispensación actual, en que se anima y exhorta a los hombres a orar en cualquier lugar, esta promesa se cumple en toda su extensión, que, dondequiera que dos o más discípulos de Cristo se reúnen en su nombre para orar y dar culto a Dios, allí está Él en medio de ellos (Mt. 18:20). Allí vendrá Él a ellos y les bendecirá, y ya no necesitamos ninguna otra cosa más para la hermosura de nuestras reuniones solemnes.
Las leyes mencionadas en este capítulo se refieren a los mandamientos quinto y sexto. Y aunque no forman parte de la legislación del Evangelio ni nos conciernen los castigos anejos a su infracción, son sin embargo de gran utilidad para la explicación de la ley moral y de las normas de la justicia natural.
Versículos 1–11
El versículo 1 es el título general de las leyes contenidas en este capítulo y en los dos siguientes. La mayoría de ellas se refieren a asuntos entre un hombre y su prójimo. Estas leyes se llaman también juicios, porque están ideadas y compuestas con infinita sabiduría y equidad, y porque los magistrados habían de dictar sentencia de acuerdo con ellas. Dios las dio en privado a Moisés, para que él las comunicase al pueblo. Comienza con las leyes concernientes a los siervos, y ordena una actitud misericordiosa y moderada hacia ellos.
I. Es la primera una ley concerniente a los siervos varones, vendidos, por sí mismos o por sus padres, a causa de pobreza, o por los jueces, por causas criminales; pero incluso éstos (si eran hebreos) no podían continuar en esclavitud más de siete años. Al final de los siete años, el siervo había de quedar libre (vv. 2– 3), a no ser que él escogiera con toda libertad permanecer en servidumbre.
1. Mediante esta ley, Dios enseñaba: (A) A los siervos hebreos, generosidad y un noble afán de libertad, porque eran libres para Jehová. También los cristianos, al haber sido comprados por precio, y llamados a libertad, no deben ser esclavos de los hombres, ni de las concupiscencias humanas (1 Co. 7:23). También enseñaba: (B) A los amos hebreos a no pisotear a sus pobres siervos.
2. Esta ley nos sirve además para ilustrar el derecho que Dios tiene sobre los hijos de los padres creyentes, como tales, para que sean criados de acuerdo con los principios expresados en su Palabra.
II. Hay también ley concerniente a las siervas, a quienes sus padres hayan vendido, por causa de extrema pobreza, cuando eran muy jóvenes, a quienes ellos esperaban que las habían de tomar por esposas cuando fuesen mayores; si no lo hacían así no debían venderlas a extraños sino más bien buscar el mejor modo de compensarlas por su desilusión; y si lo hacían, habían de mantenerlas como es debido (vv. 7–11).
Versículos 12–21
I. Ley concerniente al homicidio. Había dicho en el Decálogo; No cometerás homicidio (20:13). 1. Ahora especifica: El que hiera a alguno, haciéndole así morir, él morirá (v. 12). Éste es el castigo de homicidio voluntario. 2. Pero cuando el homicidio es involuntario, Dios provee ciudades de refugio para proteger a quienes, por un desgraciado accidente, pero sin intención culpable, ocasionaron la muerte de otra persona (v. 13). En cuanto a nosotros que no conocemos más vengadores de sangre que los magistrados, la ley sola es un santuario suficiente.
II. Ley concerniente a los hijos descastados. Han de ser castigados con la pena capital los hijos que hieran a sus padres (v. 15) o los maldigan (v. 17). La mala conducta de los hijos hacia sus padres es una gran provocación contra Dios nuestro Padre común y, si los hombres no la castigan, Dios no la dejará sin castigo.
III. Ley concerniente al robo de personas (v. 16): El que robe una persona, con el propósito de venderla a un gentil (porque ningún israelita la compraría), había de morir en virtud de esta disposición.
IV. Se toman las medidas necesarias para que se compense debidamente a quien se haya hecho daño personal, aunque no se haya seguido muerte (vv. 18–19). El que haya causado el daño debe pagar, no sólo por los gastos de la curación, sino también por la pérdida de ingresos a causa del tiempo en que estuvo sin poder trabajar.
V. Se dan instrucciones sobre lo que debe hacerse cuando muere un siervo a consecuencia del correctivo impuesto por su amo. Si muere bajo la mano del amo, éste será castigado por su crueldad, a discreción de los jueces, después de considerar todas las circunstancias (v. 20). A primera vista, esta ley parece cruel; pero bueno será tener en cuenta las siguientes observaciones: 1. Se trata de esclavos gentiles, mayormente cananeos. 2. El Targum observa que tales amos, bajo cuya mano muere el siervo, debían ser decapitados a espada. Al ser estimados como propiedad (dinero, dice el hebreo aquí) del amo, éste sale perdiendo si se le muere el siervo; de donde se colige que no tuvo intención de matarlo cuando le castigó.
Versículos 22–36
I. La solicitud que la ley tiene en favor de las mujeres embarazadas, para que no se les ocasione ningún daño que pueda provocar el aborto. A propósito de esto, se menciona aquella ley del talión, a la que se refiere nuestro Salvador (Mt. 5:38): Ojo por ojo, etcétera. De paso, digamos que la frase sin haber muerte se refiere, como es obvio, a la mujer. Así lo dice expresamente el Targum, el cual añade normas sobre el precio que se ha de pagar por la muerte de la criatura. Sobre la ilicitud y gravedad del aborto voluntario, la Palabra de Dios insinúa lo suficiente al declarar que la vida humana tiene ya su destino y planificación por parte de Dios en el embrión mismo que se forma en el vientre de la madre a partir de la concepción (Sal. 139:16). En cuanto a la ley del talión, nótese: 1. Se trata, en realidad, de una compensación equitativa. 2. La ejecución de esta ley no estaba en manos de particulares. 3. Dios mismo la ejecuta a veces, en el curso de su Providencia, para castigar ciertos pecados (Jue. 1:7; Is. 13:1; Hab. 2:13; Mt. 26:52). 4. Los magistrados deberían tener en cuenta esta ley al castigar a los ofensores, para hacer justicia a los damnificados. Hay que tomar en consideración la naturaleza, cualidad y grado del daño hecho, a fin de que se repare convenientemente a la parte injuriada, y se intimide a los demás para que no cometan cosas semejantes.
II. El cuidado que Dios tenía de los siervos. Si sus amos les mutilaban de cualquier modo, aunque sólo fuese con la pérdida de un diente, ya era suficiente razón para que quedasen obligados a darle la libertad (vv. 26–27).
III. ¿Acaso tiene Dios cuidado de los bueyes?—se pregunta Pablo en 1 Corintios 9:9—. Parece ser que sí, por las siguientes leyes que establece en este capítulo, aunque, como sigue diciendo Pablo en el versículo siguiente, lo hace por causa de nosotros, puesto que el hombre es el que ara y trilla, aunque se valga de los bueyes como de instrumentos de trabajo. Aquí se les dan a los israelitas instrucciones de lo que tienen que hacer:
1. En caso de daño ocasionado por bueyes o cualesquiera otras bestias domésticas. (A) Como ejemplo del cuidado que Dios tiene de la vida humana. Si un buey mataba a una persona: hombre, mujer o criatura, el buey había de ser apedreado (v. 28). De esta manera quería Dios tener bien arraigado en la mente de su pueblo el odio al pecado de homicidio y a toda cosa inhumana. (B) Para hacer que los hombres tuviesen buen cuidado de que ninguna bestia de su ganado hiciese daño, sino que, por todos los medios posibles, se evitase cualquier perjuicio.
2. En el caso de daño ocasionado a bueyes u otras bestias del ganado. (A) Si cae dentro de un pozo y muere allí, el que cavó el pozo debe resarcir al dueño (vv. 33–34). El daño que se hace por malicia es una gran culpa; pero el que se ocasiona por negligencia no está libre de culpabilidad. (B) Si dos bestias luchan entre sí, y la una mata a la otra, los respectivos dueños compartirán igualmente la pérdida (v. 35). En el desierto, donde acampaban muy cerca los unos de los otros, casos como éstos es natural que ocurriesen con alguna frecuencia.
Las leyes de este capítulo se refieren al octavo y al séptimo mandamiento, así como a ciertas cosas que afectan a la primera tabla de la Ley, y termina con el establecimiento de otras leyes humanitarias.
Versículos 1–6
Tenemos leyes:
I. Sobre el robo, que son éstas: 1. Si alguien roba alguna cabeza de ganado (en lo que consistía principalmente la riqueza de aquel tiempo), y es encontrada en su poder, pagará el doble (v. 4). 2. Si había matado o vendido la oveja o el buey que había robado, y persistía así en su crimen, tenía que pagar por aquella oveja cuatro ovejas, y por aquel buey cinco bueyes (v. 1). 3. Si no tenía medios con que restituir, él mismo tenía que ser vendido como esclavo (v. 3). 4. Si un ladrón forzaba la entrada de una casa por la noche y, hallándolo in fraganti, le herían de muerte, el que lo mató quedaba libre de culpa.
II. En cuanto a la transgresión de propiedades (v. 5), el que voluntaria y conscientemente metía su bestia a pastar en campo ajeno, tenía que restituir de lo mejor de su campo.
III. En cuanto al daño ocasionado por incendio (v. 6), si alguien intentaba quemar sólo espinos, pero el fuego se propagaba hasta incendiar mieses contiguas, era tenido por culpable y había de pagar lo quemado. No sólo la malicia, sino también la negligencia, merece su castigo.
Versículos 7–15
I. Con respecto a los depósitos (vv. 7–13), si alguien daba a guardar a otro cualquier clase de bienes, en caso de que estos bienes se perdiesen o fuesen robados quedasen destruidos o dañados, si quedaba claro de que no había sido culpa de la persona a quien habían sido confiados el amo es el que tenía que soportar el daño; pero si había sido por malicia o negligencia del depositario, tenía que resarcir al dueño por el daño causado. Esto nos enseña: 1. Que es inicuo y vil, y tenido por todo el mundo como algo vergonzoso, traicionar la custodia de un depósito. 2. Que hay tal carencia de justicia y honradez en la tierra, como para dar pie a sospechar de la honradez de una persona cuando le interesa comportarse sin escrúpulos. 3. La práctica religiosa del juramento es algo muy antiguo y es una clara indicación de la creencia universal en un Dios, en una Providencia, y en un juicio venidero.
II. En cuanto a los préstamos (vv. 14–15), si, por ejemplo, un hombre prestaba a otro una bestia y a ésta le sucedía cualquier percance, el que la había recibido en préstamo había de resarcir al amo, si éste se la había prestado gratis; pero si el amo estaba presente cuando sucedió el percance, o había prestado la bestia a cambio de dinero, él asumía el riesgo de lo que ocurriera.
Versículos 16–24
I. Aquí se da una ley por la cual, quienquiera que violase a una doncella, quedaba obligado a casarse con ella (vv. 16–17). De esta manera, las doncellas quedaban libres de una ignominia a causa de una debilidad por su parte y de un crimen por parte del varón. Esto nos enseña también, de rechazo, la inconveniencia de casarse sin el consentimiento o el consejo de los padres.
II. También hay otra ley por la que se castiga la hechicería con pena de muerte.
III. Las abominaciones sexuales contra naturaleza han de ser castigadas también con la pena capital. Quienes se rebajen hasta aparearse con animales no son dignos de continuar con vida: Cualquiera que cohabite con bestia, morirá (v. 19).
IV. También la idolatría es penada con la muerte (v. 20).
V. Viene ahora una amonestación seria contra la opresión del prójimo. Comoquiera que los que tenían poderes legales para castigar los crímenes, estaban ellos mismos expuestos al peligro de cometer éste, Dios toma en sus propias manos el castigo de él.
1. No había que maltratar ni ultrajar al extranjero (v. 21), haciéndole injusticia en juicio, ni imponerle contratos a la fuerza ni aprovecharse de su ignorancia o de su necesidad; no, ni habían de mofarse de ellos, ni vituperarlos, ni tratarlos con desprecio ni atropellarlos por el hecho de ser extranjeros. (A) Que una conducta humanitaria es obligatoria, no sólo por ley de humanidad, sino por precepto de religión. Los que son extranjeros para nosotros, no lo son para Dios, y Él cuida de ellos (Sal. 146:9). (B) Quienes profesan sinceramente la religión deben favorecer a los extraños, para que éstos reciban una buena impresión acerca de la religión.
2. Tampoco se ha de oprimir ni maltratar a las viudas y a los huérfanos (v. 22): A ninguna viuda ni huérfano afligiréis, es decir, les consolaréis y asistiréis. Es menester percatarse de la situación en que quedan quienes han perdido a las personas en quienes tenían su apoyo y protección (v. Stg. 1:27). Es un gran consuelo para quienes sufren la opresión de los hombres, saber que tienen un Dios a quien acudir para recibir de Él algo más que buen oído o buenas palabras.
Versículos 25–31
I. Una ley contra la extorsión en los préstamos. Esta ley, en su sentido estricto, parece haber sido propia del Estado judío; pero, en su sentido de equidad, nos obliga a todos a mostrar compasión hacia aquellos de quienes podríamos aprovecharnos, y a estar contentos con compartir lo mismo las pérdidas que los beneficios. Tan legítimo aparece recibir interés por mi dinero cuando otra persona lo usa y se toma el trabajo de sacarle provecho, y se arriesga también a perder en el negocio, como legítimo es recibir renta por mi finca, en la que otra persona se esfuerza por sacarle rendimiento, y corre también los riesgos que la agricultura comporta. No se debe tomar en prenda el vestido del pobre, pero, si se da el caso, es menester devolverlo antes de la hora de acostarse, porque con él se ha de cubrir (vv. 26–27).
II. Otra ley contra el desprecio a la autoridad: No injuriarás a los jueces (el hebreo dice dioses, conforme al Sal. 82:6; Jn. 10:34) por cumplir con su cargo haciendo justicia en la ejecución de estas leyes; ellos han de cumplir con su deber, quienquiera que sea el que pague las consecuencias.
III. Ley concerniente a la ofrenda de los primeros frutos a Dios (vv. 29–30). Fue establecida anteriormente (cap. 13), y se repite aquí: Me darás el primogénito de tus hijos; y mucha más razón tenemos para darnos a nosotros mismos, y todo cuanto poseemos, a Dios, quien no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Ro. 8:32). Tampoco deben demorar la ofrenda de las primicias de la cosecha y del lagar. Dios quiere para sí lo primero y lo mejor, para que sus bendiciones desciendan más ricamente sobre nosotros. Por eso, los jóvenes no deben demorar el ofrecer a Dios las primicias de su tiempo y de su vigor juvenil.
IV. Como pueblo de Dios, del Dios tres veces santo los israelitas han de diferenciarse de los demás pueblos: Me seréis varones santos (v. 31); una de las señales de esta honrosa diferencia se establece en un detalle de su dieta alimenticia: No comáis carne destrozada por las fieras; no sólo porque era malsano sino también porque era mezquino y miserable, comerse las sobras de las fieras del campo.
Este capítulo continúa y concluye los decretos promulgados en la primera sesión (por decirlo de alguna manera) del monte Sinaí. Tenemos aquí leyes que se refieren al noveno mandamiento. Otras se refieren al sábado y a las fiestas anuales. Finalmente, Dios promete proteger a su pueblo, bajo condición de obediencia y les amonesta contra los peligros de mezclarse con los pueblos de la tierra en la que los va a introducir.
Versículos 1–9
I. Cauciones que han de observarse en los procedimientos judiciales.
1. Se previene a los testigos a que no causen la condenación de un inocente mediante un falso testimonio contra él, ya sea admitiendo una calumnia acerca de él, ya jurando en falso como testigos del juicio contra él (v. 1). Dar falso testimonio bajo juramento, lleva consigo la culpa de mentir, perjurar, perjudicar maliciosamente, robar, y hasta de cometer homicidio, pues todo eso implica a veces. Escasamente se puede encontrar un acto de perversidad del que una persona sea culpable con una mayor combinación de villanías que las que comporta el jurar en falso ante los tribunales. Con todo, la primera parte de esta prevención se aplica del mismo modo a cualquier conversación, puesto que la calumnia y la detracción son una especie de falso testimonio. La reputación de una persona está a merced de cualquier tertulia, tanto como su fortuna o su vida lo está a merced de un juez o de un jurado; así que quien levanta, o extiende, un falso rumor (y aun una noticia verdadera, pero secreta) contra su prójimo, peca contra las leyes de la verdad, la justicia y la caridad, tanto como un testigo falso.
2. A los jueces se les advierte aquí que no perviertan el derecho (v. 6). (A) No se deben dejar dominar, ni por la fuerza ni por el número, para ir contra su conciencia al dictar sentencia (v. 2). Los más jóvenes votaban primero, para no ser influidos ni dominados por la autoridad de los mayores. Debemos mirar a nuestro deber, no a lo que haga la mayoría, porque hemos de ser juzgados por nuestro Señor, no por nuestros consiervos, y es demasiada condescendencia el estar dispuestos a ir al Infierno por no desairar a un grupo. ¡Cuán cierto es aquello de que UNO CON DIOS, YA ES MAYORÍA! (B) No deben pervertir el derecho, no, ni siquiera por favorecer a un pobre, por cuanto los derechos de la justicia están por encima de los de la compasión (v. 3). Deben temer y ahuyentar hasta el pensamiento de apoyar o favorecer una causa injusta (v. 7), pues los jueces tendrán que dar cuenta al Supremo Juez. (C) No deben oprimir al extranjero (v. 9). Aunque los extranjeros no hayan de heredar la tierra juntamente con ellos, sin embargo se les debe hacer justicia para que disfruten de lo suyo en paz y se les resarza por los daños recibidos, aun cuando sean ajenos a la ciudadanía de Israel.
II. Preceptos concernientes a la amabilidad con los vecinos. Debemos estar dispuestos a hacer un favor a cualquiera, según se presente la ocasión, incluso a quienes nos odien y nos hayan hecho mal (vv. 4–5). El mandamiento de amar a nuestros enemigos no es nuevo, sino que es un antiguo mandamiento (Pr. 25:21–22). De donde inferimos que lo de «aborrecerás a tu enemigo» (Mt. 5:43) no era un mandamiento divino, sino un «precepto de hombres» (Mr. 7:7) y una distorsión de Deuteronomio 23:6. Ahora bien: 1. Si hemos de hacer un favor a un enemigo, mucho más a un amigo. 2. Si ya es pecado no impedir la pérdida o el daño de un enemigo, ¡cuánto peor será ocasionarle directamente el daño o la pérdida! 3. Si es nuestro deber hacer volver el ganado de nuestro vecino cuando se haya extraviado, mucho más debemos esforzarnos, con nuestras admoniciones prudentes y nuestras instrucciones oportunas hacer volver a ellos mismos, cuando se hayan extraviado por cualquier sendero pecaminoso (Stg. 5:19–20). Y, si hemos de poner nuestro empeño en ayudar a un asno que se haya caído, mucho más nos hemos de estorbar en ayudar a levantarse a un espíritu decaído, con el consuelo y el poder que da el Espíritu de Dios y la oración ferviente y confiada.
Versículos 10–19
I. La institución del año sabático (vv. 10–11). En cada séptimo año, la tierra había de descansar, no debía ararse ni sembrarse al comienzo del año, y entonces no podían esperar gran cosecha al final del año. Esto tenía por objetivo: 1. Mostrar qué tierra tan fértil era aquella en que Dios les introducía. 2. Recordarles la dependencia que tenían del gran dueño de la tierra, y la obligación de usar los frutos de la tierra del modo que Él les indicase. Después vemos que la desobediencia a este mandamiento ocasionó la pérdida de las promesas (2 Cr. 36:21). 3. Enseñarles a confiar en la Providencia de Dios.
II. La repetición de la ley del cuarto mandamiento en lo concerniente al descanso semanal (v. 12). Algunos se han esforzado en acabar con la observancia del día de reposo, y han intentado demostrar que todos los días deben ser días de reposo.
III. Se prohíbe aquí estrictamente toda clase de respeto a los dioses de los gentiles (v. 13). Se antepone a esto una advertencia general, que es aplicable a todos estos preceptos: Y todo lo que os he dicho, guardadlo.
IV. Se requiere también estrictamente aquí la solemne celebración de fiestas en honor de Dios en el lugar que Él ha de escoger (vv. 14–17). Tres veces al año, todos los varones han de reunirse en santa convocación. Han de presentarse delante de Jehová el Señor (v. 17) para rendirle homenaje. No se presentarán delante de Dios con las manos vacías (v. 15). Debían traer alguna ofrenda voluntaria. Así como ellos no debían acudir con las manos vacías tampoco nosotros podemos acudir a rendir culto a Dios con los corazones vacíos; nuestras almas deben estar llenas de gracia, de sentimientos piadosos y devotos, de santos deseos hacia Él y de una vida totalmente dedicada a su servicio. Las tres fechas fijadas para su asistencia religiosa, en primavera, verano y otoño respectivamente, eran la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos.
V. Se dan también aquí algunas normas acerca de las tres fiestas, aunque no tan detalladamente como se verá después. 1. En cuanto a la Pascua, no se había de ofrecer con pan fermentado, ni había de quedar la grosura de la víctima hasta la mañana siguiente, para no resultar ofensiva (v. 18). 2. En Pentecostés, al comienzo de la cosecha, tenían que traer a Dios las primicias de los primeros frutos, con cuya presentación toda la cosecha quedaba santificada (v. 19). 3. En la fiesta de la recolección, cuando se
acababan de recoger los frutos de la tierra (v. 16), debían dar gracias a Dios por los beneficios recibidos en la cosecha, y no pensar en recibir ningún beneficio mediante los usos supersticiosos de los gentiles, entre los que quizá figuraba el guisar el cabrito en la leche de su madre, al que aquí se alude (v. 19).
Parece ser que algunos gentiles practicaban esto, y rociaban después con el caldo de tal guiso sus campos y sus huertos, con fórmulas mágicas, a fin de obtener de sus dioses mejores cosechas aún para los próximos años. Seguramente es por oponerse a esta práctica por lo que los rabinos establecieron la prohibición de tomar juntamente carne y leche en cualquier forma (incluido el queso).
Versículos 20–33
Tres magnánimas promesas se hacen aquí a Israel, para animarles a cumplir sus deberes para con Dios.
I. Se les promete que serán guiados y guardados por un ángel en su peregrinación por el desierto hasta la tierra prometida: He aquí yo envío mi ángel delante de ti (v. 20), porque mi ángel irá delante de ti (v. 23). Algunos opinan que se trata de un ángel creado, ministro de la providencia de Dios, empleado en conducir y proteger el campamento de Israel. Otros opinan que se trata del Hijo de Dios, el ángel del pacto, el gran mensajero del Padre, nuestro adorable Redentor, antes de su Encarnación. Pero también podría referirse simplemente a Moisés, fiel mensajero de Dios y mediador del pacto. Se les promete que este ángel les ha de guardar y conducir a la tierra prometida que Dios les ha señalado. De manera semejante, Cristo nos conduce a la verdadera Tierra Prometida, que es la celestial (He. 11:13–16), a la que el Señor ha ido para prepararnos un lugar (Jn. 14:2–3).
II. También se les promete que tendrán un cómodo asentamiento en la tierra de Canaán. 1. Cuán razonables son las condiciones de esta promesa: sólo que sirvan a su Dios, que por cierto, es el único Dios verdadero. 2. Cuán llenos de bendiciones son los detalles de esta promesa: (A) La sanidad de sus alimentos: Él bendecirá tu pan y tus aguas (v. 25). (B) La conservación de su salud: Yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti, protegiéndolos de las enfermedades o curándolos inmediatamente. (C) El incremento de sus bienes. Sus ganados no serán estériles. (D) Gran longevidad: Yo completaré el número de tus días, de modo que no serán arrebatados de esta vida por muerte prematura. De este modo, la santidad tenía promesa de vida, aun de la presente.
III. Se les promete igualmente que conquistarán y subyugarán a sus enemigos, los que entonces ocupaban la tierra de Canaán, que habían de ser expulsados de allí para dejarles sitio. Huestes de avispas abrirán paso a las huestes de Israel; Dios puede usar tan insignificantes criaturas para castigar a los enemigos de su pueblo, como lo hizo en las plagas de Egipto. Cuando a Dios place, lo mismo pueden expulsar a los cananeos las avispas que los leones (Jos. 24:12). El precepto anejo a esta promesa es que no habían de entablar ninguna amistad, ni tener ninguna familiaridad, con idólatras (vv. 32–33). Los idólatras no pueden habitar con ellos en la misma tierra, a no ser que renuncien a su idolatría. Quienes deben ser guardados de malos derroteros, deben ser guardados de malas compañías.
Moisés baja al pueblo y les comunica los preceptos y leyes de Dios, obtiene el consentimiento de los israelitas, y ratifica después el pacto por medio de un sacrificio. Vuelve a Dios para recibir nuevas instrucciones, esta vez acompañado de Aarón, Nadad, Abiú y setenta ancianos, a quienes Dios se manifiesta en su gloria. Luego, Moisés sube solo a la cima y los demás descienden al pueblo. Moisés permaneció en el monte cuarenta días y cuarenta noches.
Versículos 1–8
Moisés recibe la orden de traer consigo a Aarón, a dos de sus hijos y setenta ancianos de Israel, para que sean testigos de la gloria de Dios, y su testimonio confirme la fe del pueblo. Todos ellos deben hacer reverencia desde lejos (v. 1).
En los versículos siguientes, tenemos el solemne pacto hecho entre Dios e Israel, y el intercambio de ratificaciones.
I. Moisés comunicó al pueblo las palabras de Dios (v. 3). Les expuso todos los preceptos, generales y particulares, que se detallan en los capítulos anteriores; luego les pidió su consentimiento para someterse a estas leyes.
II. El pueblo dio su consentimiento unánime a los términos propuestos, sin reserva ni excepción:
Haremos todas las palabras que Jehová ha dicho (v. 3).
Éste es el tenor del pacto: Que, si observaban los preceptos antedichos, Dios les cumpliría también las promesas referidas: «Obedece, y serás feliz».
1. Cómo fue copiado en el libro del pacto: Moisés escribió todas las palabras de Jehová (v. 4).
2. Cómo fue sellado con la sangre del pacto, para que Israel recibiera gran consuelo al ratificarles Dios sus promesas, y quedasen bajo graves obligaciones al ratificarle ellos sus promesas a Dios. El pacto ha de celebrarse con sacrificio (Sal. 50:5), porque, puesto que el hombre ha pecado y ha perdido el favor del Creador, no puede haber comunión mediante pacto, mientras no haya primero reconciliación mediante sacrificio.
(A) Como preparación, pues, (a) Moisés erige un altar para honor de Dios, que era el principal objetivo en todos los altares que se erigían, y que era también lo primero que había de tenerse en consideración en el pacto que ahora iban a sellar. (b) Erige doce pilares de acuerdo con el número de las tribus. Estos pilares habían de representar al pueblo, que era la otra parte del pacto; y podemos suponer que estaban frente al altar y que Moisés, como mediador, pasaba por entre ellos. Es probable que cada tribu fijase y conociese su propio pilar, y que sus ancianos estuviesen en pie junto a él. (c) Ordenó también los sacrificios que habían de ofrecerse sobre el altar (v. 5), holocaustos y sacrificios de paz, que estaban destinados a ser también expiatorios.
B) Hechos así los preparativos, se llevaron a cabo las solemnes y recíprocas ratificaciones. (a) Parte de la sangre del sacrificio que el pueblo ofreció, fue rociada sobre el altar (v. 6), lo cual significaba que el pueblo se dedicaba a sí mismo (sus vidas sus bienes) a Dios y a su honor. (b) El resto de la sangre del sacrificio que Dios había aceptado, fue rociada o sobre el pueblo mismo (v. 8), o sobre los pilares que lo representaban, lo cual significaba que Dios les otorgaba benévolamente su favor. Así también nuestro Señor Jesús, el Mediador de un nuevo pacto (de quien era tipo Moisés), habiéndose ofrecido a sí mismo en sacrificio sobre la Cruz, para que su sangre fuese verdaderamente la sangre del pacto, rocía con ella el altar en su intercesión (He. 9:12), y rocía con ella a su Iglesia mediante su Palabra, sus ordenanzas, sus gracias y las operaciones del Espíritu de la promesa, por quien hemos sido sellados (Ef. 1:13). Él mismo parece haber aludido a esta solemnidad cuando, en la institución de la Cena del Señor, dijo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre. Compárese con Hebreos 9:19–20.
Versículos 9–11
Dios da aquí a los representantes del pueblo una prenda especial de su favor hacia ellos, y les admite a su presencia más cerca de lo que podían haber esperado. 1. Vieron de alguna manera al Dios de Israel (v. 10), es decir, tuvieron cierta vislumbre de su gloria, en luz y fuego, aunque no vieron ninguna imagen o semejanza de Él, a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver (1 Ti. 6:16). La Septuaginta dice que vieron el lugar donde el Dios de Israel estaba, algo que les indicó la presencia de Dios, pero no su semejanza; cualquiera que fuese el objeto que vieron, ciertamente no era algo de lo que podía hacerse una copia en pintura o escultura, aunque fue lo suficiente para satisfacerles, asegurándoles que Dios estaba de verdad con ellos. Sólo se describe lo que había bajo sus pies; porque todas nuestras concepciones de Dios están muy por debajo de Él, y quedan infinitamente distantes de todo lo que podría darnos de Él una idea propia y adecuada. Vieron al pie de su gloria, como pedestal, algo así como un embaldosado de zafiro, del color del cielo cuando está sereno (v. Ez. 1:26; Ap. 4:3). 2. Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel (v. 11). Aunque eran hombres, el resplandor de la gloria de Dios no les hirió, sino que pudieron contemplarlo indemnes. 3. Vieron a Dios, y comieron y bebieron. Comieron del sacrificio que había servido para la ratificación del pacto, tras haber disfrutado de la comunión con Dios (aunque a distancia), y vieron sus vidas preservadas y su vigor y ánimo aumentados.
Versículos 12–18
Terminada la solemne ceremonia de sellar el pacto, Dios llama a Moisés para darle nuevas instrucciones.
I. Sube al monte, y allí permanece por seis días a cierta distancia. Sube a mí … y te daré tablas de piedra, y la ley, y mandamientos que he escrito para que les enseñes (v. 12). Al recibir estas órdenes: 1. Puso a Aarón y a Hur como jueces en su ausencia para guardar la paz y el buen orden en la congregación (v. 14). 2. Tomó consigo a Josué para subir al monte (v. 13). Josué era su ayudante, y sería para Moisés una gran satisfacción tenerle consigo como compañero durante los seis días que iba a pasar en la falda del monte, antes que Dios le llamase para subir. Por otra parte, Josué iba a ser su sucesor, y por eso fue honrado delante del pueblo, más que el resto de los ancianos, a fin de que posteriormente lo aceptasen con mayor facilidad por líder de todos; y así fue preparado para el servicio siendo adiestrado en la comunión con Dios. 3. Durante los seis días, el monte estuvo cubierto por una nube, señal visible de la especial presencia de Dios allí, y durante esos seis días, Moisés estuvo en el monte esperando la llamada a la audiencia de Dios dentro de la cámara secreta (vv. 15–16).
II. Al séptimo día, probablemente en sábado, Moisés fue llamado a entrar en la nube (v. 16). Ahora bien: 1. Por encima de la nube, y a la vista del pueblo, la gloria de Dios se manifestó en forma de fuego (v. 17). 2. La entrada de Moisés en la nube fue maravillosa: Entró Moisés en medio de la nube (v. 18), seguro de que quien le había llamado, también le protegería. 3. Su permanencia en la nube no fue menos maravillosa, estuvo allí cuarenta días y cuarenta noches. Cuando Moisés fue llamado a entrar en la nube, dejó fuera a Josué, quien continuó allí comiendo y bebiendo cada día mientras esperaba el regreso de Moisés, pero Moisés ayunó los cuarenta días.
En este capítulo comienza el relato de las órdenes e instrucciones que dio Dios a Moisés en el monte para erigir y amueblar el tabernáculo que había de ser levantado en honor de Dios.
Versículos 1–9
Podemos suponer que cuando Moisés entró en medio de la nube y permaneció allí por tan largo tiempo, vería y oiría cosas muy gloriosas referentes al mundo superior, pero eran cosas que no está permitido ni es posible expresar.
En estos versículos, Dios hace saber a Moisés su intención de que los hijos de Israel le construyan un santuario, pues tenía el propósito de habitar en medio de ellos (v. 8). Dios había escogido al pueblo de Israel. Como Rey de Israel, les había dado ya leyes para su gobierno y para el comportamiento comunitario, con algunas normas generales para el culto.
I. Ordena que se levante en medio de ellos un palacio real como cámara suya; aquí se le llama santuario, o lugar santo, o habitación, y de él se dice (Jer. 17:12): Trono de gloria, excelso desde el principio, es el lugar de nuestro santuario. Este santuario ha de ser considerado:
1. Como ceremonial, en consonancia con las demás instituciones de aquella dispensación, que consistían en ordenanzas carnales (He. 9:10) de ahí que se le llame santuario terrenal o mundano (gr. kosmikón; He. 9:1). (A) Allí manifestó su presencia entre ellos, en señal o prenda de su presencia, para que, mientras tenían dicho santuario en medio de ellos, no volviesen a preguntar jamás: ¡Está Jehová en medio de nosotros o no! Y, como en el desierto ellos vivían en tiendas de campaña, también se les ordenó que este palacio real fuese igualmente una tienda de campaña o tabernáculo, para poder trasladarse juntamente con ellos. (B) Ordenó a sus súbditos que viniesen aquí a rendirle homenaje y tributo. Aquí debían traer sus ofrendas y sacrificios, y aquí debía congregarse todo Israel, para presentar conjuntamente sus respetos al Dios de Israel.
2. Como típico; los lugares santos hechos con mano de hombres eran figura del verdadero (He. 9:24). El cuerpo de Cristo en el cual y por medio del cual hizo la reconciliación era el más amplio y más perfecto tabernáculo (He. 9:11). El Verbo se hizo carne y habitó (gr. eskénosen = puso su tienda de campaña) entre nosotros (Jn. 1:14), como en un tabernáculo.
II. Cuando Moisés fue encargado de erigir este palacio, fue preciso que primero se le mostrase dónde había de encontrar los materiales y el modelo o plano del mismo.
1. El pueblo mismo se había de encargar de subvencionar el mobiliario, no mediante un impuesto, sino por contribución voluntaria.
A) Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda (v. 2). Puesto que vivimos por Él, debemos vivir para Él.
B) Esta ofrenda ha de ser voluntaria y de corazón. Debemos preguntarnos, no sólo: «¿Qué debemos hacer?», sino: «¿Qué podemos hacer por Dios?»
C) Se mencionan también aquí en detalle los objetos que debían ofrecer (vv. 3–7); todos ellos, cosas para el uso del santuario. Algunos hacen notar que había objetos de oro, plata y bronce pero no de hierro, por ser éste un metal de guerra, y este santuario había de ser casa de paz.
2. Dios mismo proveyó el modelo: Conforme a todo lo que yo te muestre (v. 9).
Versículos 10–22
Lo primero que Dios da es orden de construir el Arca con sus accesorios, el mobiliario del lugar santísimo, y la señal especial de la presencia de Dios, ya que el tabernáculo había de ser erigido como receptáculo de dicha presencia.
I. El Arca misma era una caja o cofre, en el que habían de quedar depositadas con todo honor y guardadas con todo esmero las dos tablas de la Ley. Sus medidas habían de ser: aproximadamente 1, 12 m. de largo por unos 0, 67 de ancho y otro tanto de altura. Estaba cubierta con láminas de oro puro por dentro y por fuera. Tenía en derredor una cornisa de oro, y en los extremos cuatro anillos también de oro por los que habían de introducirse las varas con que transportarla. Siendo el oro símbolo de pureza y santidad (al par que de nobleza), el hecho de que el Arca estuviese cubierta de oro por dentro y por fuera daba a entender que Dios exigía la santidad del corazón no menos que las apariencias exteriores. Como decían los romanos: La mujer del César no sólo ha de ser honesta, sino que ha de parecerlo. Dentro del Arca había de estar el testimonio (vv. 10–16). Las tablas de la Ley se llaman el testimonio, por ser evidencia del pacto que Dios había sellado con Israel al promulgar el Decálogo. También el Evangelio de Cristo es constituido en testimonio (Mt. 24:14). Es de observar: 1. Que las tablas de la Ley habían de ser guardadas cuidadosamente en el Arca, a fin de enseñarnos el aprecio que hemos de tener de la Palabra de Dios, especialmente de su santa Ley, y el afecto con que hemos de guardarla en lo profundo de nuestro corazón y en nuestros pensamientos más íntimos, así como el Arca fue colocada en el Lugar Santísimo. 2. Que el Arca era la principal señal de la presencia de Dios, lo cual nos enseña que la primera y mayor evidencia y seguridad del favor de Dios es poner su ley dentro del corazón. Dios habita y reina donde su ley gobierna (He. 8:10). 3. Que Dios proveyó al Arca de accesorios para ser transportada con ellos en todos sus traslados, lo cual nos insinúa que, adondequiera que vayamos, debemos llevar con nosotros nuestra devoción a Dios, el amor del Señor Jesucristo y su ley.
II. El propiciatorio (hebr. kapporeth = cubierta) era la cubierta del Arca, hecha de oro puro, y ajustada en sus medidas al Arca (vv. 17, 21).
III. De una pieza con el mismo propiciatorio había dos querubines de oro, con las alas extendidas hacia delante (v. 18). Así como los serafines, en derredor y por encima del trono de Dios (Is. 6:1–3), forman la clase más cercana a la gloria de Dios, de la que son custodios y defensores, los querubines son seres angélicos que custodian y protegen la santidad de Dios en la observancia de su Ley; en este sentido, asisten siempre a la shekinah o majestad de Dios en su gloria. El texto sagrado sólo nos habla de sus alas, sin más referencia a su figura, aunque el Talmud afirma que tenían rostro de niño (ahí podría encontrarse el origen de la imaginería medieval en cuanto a los ángeles de los templos). Estaban colocados el uno frente al otro, ambos miraban hacia el Arca y con las alas extendidas de modo que se tocasen el uno al otro por las puntas de las alas; así cubrian del todo el propiciatorio e impedían que lo viese ser humano, ni siquiera el Sumo Sacerdote cuando, una vez al año, entraba en el Lugar Santísimo. En Hebreos 9:5 se les llama los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio.
En el Salmo 80:1 se dice que Dios está sentado entre querubines, y aquí es donde Él promete ahora (v. 22) declararse en adelante a Moisés y tener comunión con Él. En alusión a este propiciatorio se nos dice que tenemos libre acceso al trono de la gracia (He. 4:16); pues no estamos bajo la ley, la cual está cubierta, sino bajo la gracia, que está extendida; sus alas están desplegadas y se nos invita a refugiarnos bajo la sombra de ellas (Rut 2:12).
Versículos 23–30
1. Que Dios ordena hacer una mesa de madera de acacia, cubierta de oro, la cual había de ponerse, no en el Lugar Santísimo (pues en él sólo había de estar el Arca con sus accesorios), sino en la parte exterior del tabernáculo, llamada simplemente el santuario o (específicamente) el lugar santo (He. 9:2, 23, etc.). Allí debían estar también los correspondientes accesorios de anillos, varas, platos, cucharas, etc.; y todo ello, de oro (v. 29). 2. Esta mesa había de tener siempre el pan de la proposición (v. 30) o «pan de la Presencia»; eran doce hogazas, una por cada tribu puestas en dos hileras de a seis (v. en Lv. 24:6 y ss. la ley concerniente a esto). En el palacio real era conveniente que hubiese una mesa regia. Aunque su simbolismo sólo puede adivinarse por conjeturas, podemos aventurar que, así como el Arca era el símbolo de la presencia de Dios con ellos, así los panes de la proposición eran símbolo de la presencia de las doce tribus en dedicación constante a su Dios. Así este pan podría significar: (A) Un reconocimiento agradecido a la bondad de Dios para con ellos, al proveerles de su alimento diario: el maná en el desierto, donde les preparó mesa, el trigo y la uva, en la tierra prometida de Canaán. Así Cristo nos ha ordenado orar cada día por el pan de cada día. (B) Una señal de su comunión con Dios. Este pan expuesto en la mesa de Dios estaba hecho del mismo trigo que el pan que estaba sobre la mesa de sus respectivas casas, y así era como si Dios, el Dios de Israel y el Israel de Dios estuviesen comiendo juntos, en prenda de amistad y comunión; Él cenaba con ellos, y ellos con Él (v. Ap. 3:20). (C) Tipo de la provisión espiritual que tenemos en la Iglesia mediante el Evangelio de Cristo ya que todos hemos sido hechos sacerdotes para nuestro Dios. Én la casa de nuestro Padre hay pan más que suficiente (v. Lc. 15:17).
Versículos 31–40
I. El siguiente objeto que Dios mandó fabricar para el mobiliario del palacio de Dios fue un candelero de oro puro. Las detalladas instrucciones que aquí se dan respecto de él, muestran: 1. Que era un objeto altamente decorativo u ornamental; salían tres brazos de cada lado, que, con la caña central, hacían siete (número de perfección espiritual; el número divino), con sus correspondientes copas y lamparillas mantenidas con aceite. Además estaba adornado con flores de almendro y manzanas, todo de oro. 2. Que estaba admirablemente diseñado, y dispuesto muy convenientemente, tanto para esparcir la luz como para conservar el tabernáculo limpio de humo y pavesas. 3. Que era altamente simbólico. El tabernáculo no tenía ventanas por donde se filtrase la luz del día; toda su luz provenía del candelero. Con todo, Dios no se quedó sin testimonio, ni les dejó a ellos sin instrucción; el mandamiento era una lámpara; y la Ley, una lumbrera (Sal. 119:105), y los profetas eran brazos de ese candelero y hasta ramas de olivo junto al candelero (Zac. 4:14), pues daban luz en sus diversas épocas a la congregación del pueblo de Dios. La Iglesia en sí misma es todavía oscura, como lo era el tabernáculo, en comparación con el santuario celestial; pero la Palabra de Dios es el candelero, lámpara que brilla en lugar oscuro (2 P. 1:19), y por cierto, ¡cuán oscuro estaría este mundo sin ella! El Espíritu de Dios, con sus diversos dones y gracias es comparado a siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono (Ap. 4:5). Las iglesias son también candeleros de oro, los luminares de este mundo, manteniendo en alto la palabra de vida (Fil. 2:15–16), como los candeleros hacen con su luz. Los ministros de Dios son los encargados de encender las lámparas, hacen que alumbren hacia delante (v. 37), y abren las Escrituras ante el pueblo de Dios.
II. En medio de todas estas instrucciones, hay una expresa advertencia que Dios hace a Moisés, de que no se aparte del modelo que le ha propuesto: Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte (v. 40).
Moisés recibe ahora instrucciones acerca de las cortinas interiores y exteriores del tabernáculo, así como acerca de lo concerniente al armazón del mismo.
Versículos 1–6
I. La casa de Dios había de ser, pues, un tabernáculo o tienda de campaña. Dios manifestó su presencia entre ellos en un tabernáculo: 1. En condescendencia con su presente condición en el desierto, para que le pudiesen tener consigo dondequiera que estuviesen. 2. Para que representase el estado de la Iglesia de Dios en este mundo, que es un estado de tabernáculo (Sal. 15:1). No tenemos aquí una ciudad permanente (He. 13:14). Al ser extranjeros en este mundo y peregrinos hacia uno mejor, nunca tendremos residencia fija hasta que lleguemos al Cielo.
II. Las cortinas del tabernáculo deben corresponder al modelo propuesto por Dios. 1. Tenían que ser muy valiosas, las mejores de su género, de lino torcido; y de colores muy agradables a la vista, azul, púrpura y carmesí. 2. Y habían de tener querubines bordados en ellas (v. 1), para dar a entender que los ángeles de Dios acampan en torno de la Iglesia (Sal. 34:7). 3. Habían de colgar en dos cuerpos, con cinco cortinas cada uno, unidas las cinco una con otra. Los dos cuerpos de cortinas habían de estar unidos por medio de cincuenta corchetes de oro, de modo que formasen un solo tabernáculo (v. 6). Así también las iglesias de Cristo, y los santos en ellas, aunque sean muchos, forman un solo cuerpo (1 Co. 10:17), estando bien ajustados y trabados entre sí (Ef. 4:16), creciendo para ser un santuario sagrado en el Señor (Ef. 2:21), mediante la unidad del Espíritu, en amor (Ef. 4:2–3).
Versículos 7–14
Se le ordena a Moisés que haga una cubierta doble para el tabernáculo, a fin de que no penetre en él la lluvia. 1. Había de ser una cubierta de cortinas de pelo de cabra más largas en todas las direcciones que las cortinas interiores, puesto que habían de cubrirlas sobradamente (vv. 7 y ss.). El enlace de estas cortinas se haría mediante corchetes de bronce. 2. Sobre esta cubierta había de haber otra y, por cierto, doble (v. 14), una de pieles de carneros teñidas de rojo, y una cubierta de pieles de tejones encima, esta última era una piel muy fina pues leemos en Ezequiel 16:10 que la mejor clase de calzado era de esta piel. Obsérvese aquí que el exterior del tabernáculo era basto y tosco, estando su belleza principal en las cortinas interiores. Aquellos en quienes Dios habita han de esforzarse en ser mejores de lo que parecen en su aderezo exterior. Que nuestro adorno sea el del ser interior de la persona, que es de gran valor delante de Dios (1 P. 3:4).
Versículos 15–30
Se dan instrucciones muy especiales acerca del maderamen del tabernáculo que había de soportar las cortinas como las estacas de una tienda de campaña, que necesitaban ser fuertes (Is. 54:2). Estas maderas tenían dos espigas cada una, con sendas muescas en las bases de plata donde habían de descansar. Dios se preocupó de que todo lo perteneciente al tabernáculo fuese fuerte, al mismo tiempo que fino. Las tablas estaban unidas desde abajo y por lo alto con goznes de oro (v. 24), y se mantenían firmes por medio de cinco barras metidas por anillos de oro en cada madera (v. 26). Tanto las tablas como las barras estaban ricamente cubiertas de oro (v. 29).
Versículos 31–37
También se habían de hacer dos velos, como Dios ordena aquí. 1. Uno, para hacer separación entre el lugar santo y el lugar santísimo, y que impedía no sólo el entrar, sino incluso el mirar al lugar santísimo (vv. 31, 33). Bajo aquella dispensación, la gracia divina estaba velada, pero ahora todos nosotros podemos mirar a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor (2 Co. 3:18). El significado de este velo, como nos lo explica Hebreos 9:8–9, era que la ley ceremonial no podía hacer perfectos a los que practicaban este culto, ni tal observancia podía conducir al Cielo a ninguna persona, puesto que aún no se había manifestado el camino al santuario, mientras el primer tabernáculo estuviese en pie; la vida y la inmortalidad estaban ocultas, hasta que fueron sacadas a la luz por el Evangelio (2 Ti. 1:10), de lo cual fue señal el rasgarse el velo en la muerte de Cristo (Mt. 27:51). Ahora ya tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo en todos nuestros actos de devoción, mediante la sangre de Cristo, aun cuando un privilegio tan alto nos obliga a una reverencia santa y a un sentimiento de humildad y de distancia por nuestra personal indignidad. 2. El otro velo era para la entrada exterior del tabernáculo (vv. 36–37). A través de este primer velo pasaban todos los días los sacerdotes para ministrar en el lugar santo, pero no el resto del pueblo (He. 9:6). Este velo, que era toda la defensa del tabernáculo contra los ladrones y salteadores, podía fácilmente ser rasgado, pues no podía ser cerrado con cerrojos ni defendido con rejas; por otra parte la abundancia de riqueza en el tabernáculo podía ser una tentación, como se puede suponer; pero al dejarlo expuesto de esta manera: (A) Los sacerdotes y levitas estarían tanto más obligados a velar estrictamente sobre él, y (B) Dios mostraría también su cuidado sobre él, lo mismo que sobre su pueblo, aun cuando su pueblo (y su Iglesia) es débil e indefenso, y expuesto continuamente a los peligros. Si Dios así lo dispone, una cortina puede servir de defensa para su casa, lo mismo que unas puertas de bronce y unas rejas de hierro.
En este capítulo, Dios da a Moisés instrucciones sobre el altar de los holocaustos y sobre el atrio del tabernáculo, así como acerca del alumbrado.
Versículos 1–8
Así como Dios quería manifestar en el tabernáculo su presencia en medio de su pueblo, así también los israelitas habían de ofrecerle sus devociones a Él allí, no en el tabernáculo mismo (al que sólo los sacerdotes entraban como sirvientes del Señor), sino en el atrio delante del tabernáculo. Allí se le ordenó a Moisés que se erigiese un altar, al cual habrían de traer sus sacrificios. Los rabinos explican el simbolismo del altar haciendo que cada letra de la palabra hebrea mzbj (mizbeaj) = altar, sea el comienzo de las cuatro palabras: majaylah = perdón, zacoth = gratitud humilde y contrita; berakhah—bendición, y jayyim = vidas; así el altar apuntaba hacia la vida, y hacia las cosas que permanecen para siempre: verdad, justicia y santidad (comp. con la tríada de Ef. 5:9 y Tit. 2:12). En esta porción vemos que Moisés recibe instrucciones: 1. Acerca de las dimensiones del altar, había de ser cuadrado (v. 1). 2. Los cuernos del altar (v. 2). El cuerno es, en la Biblia, símbolo de abundancia y de poder. Por eso, el asirse a los cuernos del altar era símbolo de acogerse a la protección de Dios. De ahí que este altar de bronce era tipo de Cristo que muere para efectuar la reconciliación por nuestros pecados. A los cuernos de este altar han de acudir los pobres pecadores en busca de refugio y protección cuando se ven perseguidos por la justicia divina, y quedarán a salvo en virtud del sacrificio allí ofrecido. Estos cuernos estaban, pues, para adorno y para su uso antes aludido; no sólo acudían a ellos los malhechores en busca de refugio, sino que a ellos se ataban con cuerdas las víctimas que habían de ser ofrecidas sobre el altar (Sal. 118:27). 3. En cuanto a los materiales, había de ser de madera cubierta de bronce (vv. 1–2). 4. Todos sus accesorios habían de ser de bronce (v. 3). 5. La rejilla o parrilla, que estaba en un hueco del altar, hacia la mitad de él, en la que se depositaba el fuego y sobre la que se quemaba el sacrificio. 6. Las varas con que había de ser transportado (vv. 6–7). 7. Finalmente, había de hacerse de la manera que Dios le mostró a Moisés en el monte (v. 8).
Versículos 9–19
Delante del tabernáculo debía haber un atrio cerrado con cortinas del más fino lino que se usaba para las tiendas. Este atrio medía cien codos de largo por cincuenta de ancho. Tenía veinte columnas con sus veinte basas, todo ello de bronce, mientras que los capiteles y la moldura de las columnas habían de ser de plata. Las mismas columnas habían de estar ceñidas de plata. La cortina para la puerta del atrio había de ser de materiales más finos que las demás (v. 16). Gracias a Dios que ahora, en el Evangelio esta cerca ha sido derribada. Es voluntad de Dios que los hombres oren en todo lugar (1 Ti. 2:8); y así hay espacio para todos los que en todo lugar invocan el nombre de Jesucristo.
Versículos 20–21
Se dan órdenes acerca del alumbrado del santuario. La llama debía arder constantemente en las lámparas del candelero. En cada candelero debería haber una luz que arda y brille; los candeleros sin luz son como los pozos sin agua y las nubes sin lluvia. 1. El pueblo debía suministrar el aceite. 2. Los sacerdotes eran los encargados de encender las lámparas y de tener cuidado de ellas. Así también es tarea de los ministros del Señor, mediante la predicación y la exposición de las Escrituras (que son lámpara; Sal. 119:105), iluminar a la iglesia, que es el tabernáculo de Dios en la tierra.
En este capítulo y en el siguiente, Dios nombra a los sacerdotes que han de servir en su santuario, y describe detalladamente las vestiduras que se han de poner cuando ministren.
Versículos 1–5
I. Son nombrados los sacerdotes: Aarón y sus hijos (v. 1). Moisés, que había oficiado como tal hasta ahora, y por eso es contado entre los sacerdotes de Jehová (Sal. 99:6), tenía bastante que hacer como profeta del pueblo para consultar los oráculos divinos para ellos, y como juez y príncipe entre ellos; así que le agradó mucho ver a su hermano Aarón investido de este oficio. Aarón, que había servido humildemente de profeta a Moisés su hermano más joven y no había abandonado el oficio (7:1), es promovido ahora al sacerdocio, al sumo sacerdocio delante de Dios. Como era un requisito indispensable que los que ministraban al altar, se dedicasen totalmente a este servicio, y como, según dice el refrán, lo que es negocio de todos pronto se convierte en negocio de ninguno, Dios escoge aquí de entre ellos una sola familia para el sacerdocio, el padre y sus cuatro hijos; y de los lomos de Aarón descendieron todos los sacerdotes del pueblo de Israel, de los que tan a menudo leemos, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo.
II. Se describen las vestiduras de los sacerdotes para honra y hermosura (v. 2). Las vestiduras aquí ordenadas eran: 1. Cuatro que, tanto el sumo sacerdote como los sacerdotes inferiores habían de llevar: los calzones de lino, la túnica de lino, el cinturón de lino con que ceñirla, y el bonete o turbante; el que llevaba el sumo sacerdote se llama mitra. 2. Otras cuatro que eran privativas del sumo sacerdote, a saber: el efod, con sus curiosas hombreras y el cinto, el pectoral llamado «del juicio», porque contenía Urim y Tumim mediante los que el sumo sacerdote consultaba el juicio de Dios sobre cuestiones difíciles que afectaban al bienestar de la comunidad, el largo manto con campanillas y granadas en sus bordes, y la lámina de oro en su frente. Ahora en el Evangelio, nuestro adorno no ha de ser de oro, ni perlas o cualquier otro costoso atavío, sino vestiduras de salvación y manto de justicia (Is. 61:10; Sal. 132:9, 16).
Se dan instrucciones acerca del efod, que era la vestidura más exterior del sumo sacerdote. Los sacerdotes inferiores llevaban efods de lino (1 S. 22:18). Samuel llevó uno cuando era niño (1 S. 2:18), y David cuando danzó delante del Arca (2 S. 6:14); pero éste que sólo el sumo sacerdote llevaba, se llamaba el efod de oro, porque había en él mucho bordado de oro. Era una túnica muy corta, sin mangas, muy ajustada y abotonada, con un curioso cinto del mismo material (vv. 6–8); las hombreras estaban unidas en sus dos extremos, y encima de cada una había una piedra de ónice engastada en oro, y grabados en ellas los nombres de los doce hijos de Israel, seis en cada una (vv. 9–12).
Versículos 15–30
El más notable de los ornamentos del sumo sacerdote era el pectoral, rica pieza de lino torcido, de obra primorosa, en que el oro se mezclaba artísticamente con la púrpura y el carmesí; era cuadrado y doble, de un palmo de largo y otro palmo de ancho (v. 16). Estaba unido al efod mediante engastes y cordones de oro fino (vv. 13, 14, 22, etc.), en los dos extremos superior e inferior para que no se separara el pectoral del efod (v. 28). El efod era una vestidura de servicio, mientras que el pectoral del juicio era un emblema de honor; honor y servicio no deben separarse jamás. En este pectoral:
I. Las tribus de Israel eran encomendadas al favor de Dios en doce piedras preciosas (vv. 17–21, 29). Aarón había de llevarlas delante de Jehová por memorial (v. 12), siendo tomado de entre los hombres, constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere (He. 5:1), siendo así tipo de nuestro gran Sumo Sacerdote, que siempre intercede en la presencia de Dios a nuestro favor. 1. Aunque se le prohibía al pueblo el acercarse, sin embargo entraban en el lugar santísimo mediante el sumo sacerdote, que llevaba los nombres de ellos en su pectoral; así también los creyentes, incluso cuando están en esta tierra, no sólo entran en el lugar santísimo, sino que por fe están sentados con Cristo en los lugares celestiales (Ef. 2:6). 2. El nombre de cada tribu estaba grabado en una piedra preciosa, para dar a entender cuán preciosos son los creyentes a los ojos de Dios y cuán honorables (Is. 43:4). 3. El sumo sacerdote llevaba los nombres de las tribus de Israel en los hombros y en el pecho; en los hombros, como sitio de fuerza y apoyo para llevar cargas; en el pecho, como sitio del afecto y de la compasión; de ambas maneras tipificaba el poder y el amor con que nuestro Señor Jesucristo intercede por los suyos. No sólo los lleva en sus brazos con fuerza omnipotente, sino que los lleva sobre su corazón (v. 29, comp. con Cnt. 8:6), en su seno los llevará (Is. 40:11), con el más tierno afecto.
II. El Urim y Tumim, que significan respectivamente «Luces» y «Perfecciones» = luz perfecta, y mediante los cuales se manifestaba la voluntad de Dios en casos difíciles y dudosos, estaba en este pectoral, que por eso se llamaba el pectoral del juicio (v. 30). No se sabe de cierto en qué consistía, pero, por Levítico 8:8, parece deducirse que no era cosa distinta de las piedras preciosas que había en el pectoral. Atendiendo a su significado, podemos ver que el sumo sacerdote era, de alguna manera, investido del poder de conocer y dar a conocer la voluntad de Dios en los casos dudosos y difíciles referentes al estado, tanto civil como religioso, de la nación israelita. El régimen era teocrático, Dios era su Rey; el sumo sacerdote era, como delegado de Dios, su gobernante; el Urim y Tumim era como el consejo de ministros; y de este modo, al tener a mano el consejo de Dios en cualquier emergencia que tuviese relación con el bien de la comunidad, el sumo sacerdote sería instruido por el mismo Dios para tomar las medidas y dar las amonestaciones que el mismo Dios quería. La respuesta se daría o mediante una voz desde el Cielo o mediante un impulso divino en la mente del sumo sacerdote. Este oráculo fue de gran utilidad y por ello fue empleado con frecuencia en Israel; Josué lo consultó (Nm. 27:21), y podemos suponer que, después de él, lo harían también los jueces que le sucedieron. Se perdió en la cautividad de Babilonia, y ya no se volvió a encontrar. Pero era sombra y figura de los bienes venideros, y su realidad se halla en Jesucristo. Él es nuestro oráculo, pues mediante Él se nos ha dado a conocer Dios en estos últimos días (Jn. 1:18, He. 1:1–2). En Él se centra la revelación divina, y nos llega a nosotros por medio de Él.
Versículos 31–39
1. Aquí se dan instrucciones acerca del manto del efod (vv. 31–35). Este manto estaba inmediatamente debajo del efod, era sin mangas y llegaba hasta las rodillas. El orificio superior, por el que había de introducirse la cabeza, estaba protegido con todo cuidado para que no se rasgase al ponerlo (v. 32). De sus bordes pendían campanillas de oro, alternando con granadas de azul, púrpura y carmesí. Las granadas multicolores daban belleza al manto, y el sonido de las campanillas advertía al pueblo situado en el atrio exterior cuando el sacerdote entraba en el lugar santo a quemar incienso, que ellos debían dedicarse a la oración al mismo tiempo. Algunos opinan que las campanillas del manto sacerdotal eran tipo del sonido del Evangelio de Cristo en el mundo, advirtiéndonos de su entrada a través del velo por nosotros. Las granadas, que son un fruto fragante, denotan el olor suave del Evangelio. 2. En cuanto a la lámina de oro sobre la frente de Aarón, en la que estaba grabado: Santidad a Jehová (vv. 36–37), se le recordaba por ella a Aarón que Dios es santo, y que los sacerdotes deben ser santos. Aarón debía llevarla sobre la frente, para llevar las faltas cometidas en todas las cosas santas (v. 38), para que obtengan gracia delante de Jehová. Aquí tenemos en el sumo sacerdote un tipo de Cristo, el gran Mediador entre Dios y los hombres, mediante el cual establecemos contacto con Dios. (A) Mediante Él queda perdonado todo lo que es defectuoso en nuestros servicios. En muchas cosas, nos quedamos muy por debajo de nuestro deber, de modo que no podemos menos de ser conscientes de la mucha iniquidad que se pega incluso a nuestras cosas santas. Pero Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, lleva esta iniquidad; la lleva por nosotros de forma que se la lleva de nosotros, y mediante Él se nos es perdonada y no es cargada a nuestra cuenta (2 Co. 5:19). (B) Mediante Él es aceptado cuanto es bueno: nuestras personas y nuestras acciones son agradables a Dios en virtud de la intercesión de Cristo, y no por otro motivo (1 P. 2:5). Teniendo tal Sumo Sacerdote, nos acercamos confiadamente al trono de la gracia (He. 4:14–16). 3. El resto de las vestiduras sólo se nombran (v. 39). La túnica de lino fino y bordada era la más interior de las vestiduras sacerdotales; llegaba hasta los pies, y las mangas llegaban hasta la muñeca, y estaba atada al cuerpo con un cinto de obra de recamador. La mitra, o diadema, era de lino, como las que llevaban antiguamente los reyes en el Este, y era tipo del oficio regio de Cristo.
Versículos 40–43
1. Instrucciones especiales acerca de las vestiduras de los sacerdotes inferiores. Habían de llevar túnicas, cintos y bonetes de los mismos materiales que los del sumo sacerdotepero había diferencia de forma entre los bonetes de los sacerdotes y la mitra del sumo sacerdote. También las de ellos, como las vestiduras del sumo sacerdote, eran para honra y hermosura (v. 40), sin embargo, toda esta gloria era nada en comparación con la gloria de la gracia, y esta hermosura era nada comparada con la hermosura de la santidad, de la cual eran tipo estas vestiduras sagradas. 2. Una norma general concerniente a las vestiduras, tanto del sumo sacerdote como de los inferiores sacerdotes, en que se las habían de poner por primera vez cuando fuesen consagrados, y las habían de llevar después siempre que ministrasen, y sólo entonces (v. 43). Para nosotros, estas vestiduras son símbolo: (A) De la justicia de Cristo, si no aparecemos delante de Dios revestidos de esta justicia, llevaremos pecado y moriremos. (B) De la armadura de Dios, prescrita en Efesios 6:13.
Se dan instrucciones especiales acerca de la consagración de los sacerdotes y de la santificación del altar, así como acerca de las ofrendas diarias.
Versículos 1–37
I. La ley concerniente a la consagración de Aarón y de sus hijos para el oficio sacerdotal.
1. Las ceremonias con que esto se había de realizar fueron establecidas totalmente y con todo detalle, porque nada de esto se había hecho antes. Ahora bien:
A) La obra que había de realizarse era la consagración de las personas que Dios había escogido para sacerdotes, por la cual ellos se dedicaban y se ofrecían a sí mismos para el servicio de Dios, y Dios manifestaba que los aceptaba como a tales, y el pueblo había de saber que estos hombres no se glorificaban a sí mismos para ser hechos sacerdotes, sino que eran llamados por Dios (He. 5:4–5). Nótese que todos cuantos van a ser empleados en servir a Dios, tienen que ser santificados para Él. En primer lugar, ha de ser aceptada la persona; sólo después, puede ser aceptado su servicio.
B) La persona que había de hacerlo era Moisés, por orden de Dios. Por una orden especial de Dios, Moisés hizo una obra propia de sacerdote, y por ello la parte del sacerdote en el sacrificio fue suya (v. 26).
C) El lugar fue a la puerta del tabernáculo de reunión (v. 4). Fueron consagrados a la puerta, porque iban a ser guardianes de las puertas del santuario.
D) Se llevó a cabo con muchas ceremonias.
(a) Tenían que lavarse con agua (v. 4), dando a entender que deben estar limpios quienes llevan los utensilios de Jehová (Is. 52:11). Quienes aspiran a santidad perfecta, deben limpiarse de toda contaminación de carne y de espíritu (Is. 1:16–18; 2 Co. 7:1). Limpio de manos y puro de corazón ha de estar quien se atreva a llegarse al lugar santo (Sal. 24:3–4).
(b) Habían de vestirse de vestiduras sagradas (vv. 5, 6, 8, 9) para indicar que no les bastaba el limpiarse de las contaminaciones del pecado, sino que debían también revestirse de las gracias del Espíritu, vestirse de la justicia (Sal. 132:9).
(c) El sumo sacerdote debía ser ungido con el aceite de la unción (v. 7). Mientras los demás sacerdotes eran ungidos con algunas gotas de aceite rociadas con los dedos, el sumo sacerdote era ungido derramando el aceite sobre su cabeza. Sobre una piel quemada por el ardiente sol del Este, el aceite proporcionaba alivio y suavidad, de ahí que fuese ya símbolo de consuelo y felicidad y vino a ser después símbolo de las bendiciones divinas, especialmente por medio del Espíritu Santo, que por eso es llamado
«unción» (1 Jn. 2:20, 27), y es el Consolador (Jn. 14:16, 26; 15:26; 16:7) y el que cualifica para el servicio de Dios.
(d) Había que ofrecer sacrificios por ellos. El pacto del sacerdocio, como todos los demás pactos, debía ser celebrado con sacrificios.
Primeramente, debía haber una ofrenda por el pecado, para hacer expiación por los pecados (vv. 10– 14). Se ofrecía como las demás ofrendas por el pecado; solamente que, mientras que la carne de las otras ofrendas por el pecado era comida por los sacerdotes (Lv. 10:18), en señal de que el sacerdote se llevaba el pecado del pueblo, éste debía llevarse a cabo quemándolo todo fuera del campamento (v. 14), para indicar la imperfección de la dispensación de la Ley.
En segundo lugar, tenía que ofrecerse un holocausto, un carnero completamente quemado en honor de Dios, en señal de que iban a dedicarse enteramente a Dios y a su servicio, como sacrificios vivos (v. Ro. 12:1), inflamados con el fuego flameante de un amor santo (vv. 15–18).
En tercer lugar, debía haber una ofrenda de paz; se la llama el carnero de la consagración, porque había en él más peculiaridades conectadas con este acto que las que había en los otros dos que acaban de mencionarse. En el holocausto, Dios recibía la gloria del sacerdocio de ellos; mientras que en éste, ellos recibían el consuelo y el alivio del sacerdocio, y, en señal de un mutuo pacto entre Dios y ellos, (i) la sangre del sacrificio se repartía entre Dios y ellos (vv. 20–21); parte de la sangre era rociada sobre el altar, y otra parte era usada para untar con ella el lóbulo de la oreja, a fin de que estuviese consagrada a oír la Palabra de Dios, el dedo pulgar de la mano derecha, a fin de que pudiesen desempeñar correctamente los deberes conectados con el sacerdocio, y el dedo pulgar del pie derecho, a fin de que anduviesen por sendas de justicia. En un «reino de sacerdotes» (1 P. 2:9; Ap. 5:10), como es la Iglesia, todos los miembros reciben esta consagración del oído, de la mano y del pie. También las vestiduras eran rociadas con la sangre. El doble rociamiento de la sangre y del aceite (v. 21) significa que la luz y el gozo de la salvación dependen de la obra de la Cruz. La sangre y el aceite son inseparables. Sangre sin aceite sería sacrificio sin beneficio; aceite sin sangre, beneficio sin fundamento, pues la Iglesia—como dice McIntosh—«no podía recibir la unción del Espíritu Santo, sin que antes su Jefe resucitado no hubiese ascendido al Cielo, y depositado sobre el trono de la Majestad el testimonio del sacrificio que Él había cumplido». Así la sangre de Cristo y las gracias del Espíritu, que forman y completan la hermosura de la santidad, nos recomiendan delante de Dios; así leemos de las ropas emblanquecidas con la sangre del Cordero (Ap. 7:14). (ii) La carne del sacrificio, con la ofrenda aneja a él había de repartirse igualmente entre Dios y ellos, a fin de que (digámoslo con reverencia) Dios y ellos pudiesen hacer banquete juntos, en señal de amistad y comunión. El comer de las cosas con las que se había hecho la reconciliación, significaba recibir la reconciliación, como expresa Pablo (Ro. 5:11), es decir, la aceptación agradecida de los beneficios de la obra de la Cruz, y la gozosa comunión con Dios a base de ella, pues ésta era la verdadera intención y el verdadero sentido de un banquete sacrificial.
2. El tiempo que había que emplear en esta consagración: Por siete días los consagrarás (v. 35). Aunque todas las ceremonias se celebraban el primer día, los sacrificios habían de repetirse cada día. De esta forma: (A) No habían de tener por completa su consagración hasta el séptimo día, poniendo así cierta distancia y pausa entre su estado anterior y su nuevo oficio, dándoles tiempo a considerar el peso de la carga y la seriedad de la responsabilidad que contraían. (B) Cada día de estos siete, había de ser ofrecido un becerro en sacrificio por el pecado, lo cual les daba a entender: (a) Que aunque estaba hecha la reconciliación, y ya disfrutaban de su consuelo, debían conservar aún un sentido de arrepentimiento del pecado y una repetida confesión del mismo. (b) Que esos sacrificios que se ofrecían diariamente para efectuar la expiación, no podían hacer perfectos a los que los practicaban (He. 9:9) pues, de no ser así, deberían haber cesado, como arguye el autor de la epístola a los Hebreos (10:1–2). Debía, por tanto, esperar a que fuese traída una mejor esperanza.
3. Esta consagración de los sacerdotes era una sombra de los bienes venideros (He. 10:1). (A) Nuestro Señor Jesucristo es el gran Sumo Sacerdote de nuestra profesión, vestido de vestiduras santas, revestido incluso de gloria y de hermosura, santificado por su propia sangre (Jn. 17:19), no por medio de la sangre de machos cabríos ni de becerros (He. 9:12), perfeccionado, o consagrado, por medio de padecimientos (He. 2:10). (B) Todos los creyentes son sacerdotes espirituales, para ofrecer sacrificios espirituales (1 P. 2:5), lavados en la sangre de Cristo. Es mediante Jesucristo el gran sacrificio, como son dedicados a su servicio.
II. La consagración del altar, que parece haber sido realizada al mismo tiempo que la de los sacerdotes, y las ofrendas por el pecado que fueron ofrecidas cada día durante diete días, hacían referencia conjuntamente al altar y a los sacerdotes (vv. 36–37). También el altar era santificado, no sólo siendo separado para usos sagrados, sino hecho santo como para santificar las ofrendas que se ofrecían sobre él (Mt. 23:19). Cristo es nuestro altar, por nosotros se santificó a sí mismo a fin de que nuestro servicio y nuestro ministerio quede santificado y sea acepto a Dios (Jn. 17:19).
Versículos 38–46
I. Se establece el servicio diario. Cada mañana había de ofrecerse sobre al altar un cordero y otro cordero a la caída de la tarde, como ofrenda encendida a Jehová, en holocausto continuo por sus generaciones, ambas con su correspondiente aderezo de harina, aceite y vino (vv. 38–41). 1. Esto era tipo de la continua intercesión que Cristo hace y para la cual vive (He. 7:25), en virtud de su satisfacción en la Cruz, para la continua santificación de su Iglesia; aunque se ofreció a sí mismo una vez por todas (He. 9:12, 26), aquella única ofrenda tiene un efecto perpetuo. 2. Esto nos enseña a ofrecer a Dios sacrificios espirituales de oración y alabanza cada día, mañana y tarde, en reconocimiento humilde de nuestra dependencia de Él y de nuestras obligaciones para con Él. El tiempo de la oración ha de observarse tan estrictamente como se observa el tiempo de comer.
II. Las grandes y valiosas promesas hechas benignamente a favor de Israel, y las señales de su presencia especial entre ellos. Es la constancia en nuestra devoción la que nos proporciona los consuelos y las bendiciones de la religión. Si nosotros ponemos lo que está de nuestra parte, Dios pondrá lo que es de su parte, y aceptará como cosa adecuada para Él lo que se le ha ofrecido con sinceridad y pureza de corazón.
En este capítulo se le dan a Moisés instrucciones sobre el altar del incienso, sobre el dinero del rescate de las personas, sobre la pila de bronce, y sobre el aceite de la unción y el incienso.
Versículos 1–10
I. Las órdenes concernientes al altar del incienso son: 1. Que había de ser hecho de madera, y cubierto de oro, con cuernos a los extremos y una cornisa de oro en torno de él, y con anillos de oro, para introducir las varas con que transportarlo (vv. 1–5). La medida del altar del incienso en el templo de Ezequiel es doble que la de aquí (Ez. 41:22), y allí es llamado el altar de madera, sin mencionar al oro, para dar a entender que el incienso en los tiempos mesiánicos había de ser espiritual, el culto sencillo, y el servicio de Dios ampliado. 2. Que había de estar situado enfrente del propiciatorio, el cual estaba detrás del velo (v. 6). Porque, aunque el que estaba ministrando en el altar no podía ver el propiciatorio por interponerse el velo, debía sin embargo mirar hacia él y dirigir el incienso en aquella dirección, para enseñarnos que, aunque no podemos ver el trono de la gracia con nuestros ojos corporales, debemos situarnos en la oración ante él por fe, dirigir a él nuestras plegarias y elevar a él nuestra mirada. 3. Que Aarón tenía que quemar incienso de suave fragancia en este altar cada mañana y cada tarde, con el objetivo, no sólo de ahuyentar el mal olor de la carne que se quemaba cada día en el altar de bronce, sino para mostrar que le eran aceptables a Dios los servicios de su pueblo. En cuanto a los sacrificios que se ofrecían sobre el altar de bronce, se hacía satisfacción por todo lo que era desagradable a Dios, es decir, por los pecados cometidos por el pueblo; así también, con el incienso que se ofrecía en éste, es como si quedase recomendado a la aceptación de Dios todo lo bueno que había hecho el pueblo. En efecto, nuestros dos problemas en relación con Dios son que seamos absueltos de nuestro pecado, y que seamos tenidos por justos a sus ojos.
II. Este altar del incienso era tipo: 1. De la mediación de Cristo. El altar de bronce en el atrio era tipo de Cristo que muere en la tierra; el de oro en el santuario era tipo de Cristo que intercede en el Cielo. Este altar estaba delante del propiciatorio, porque Cristo siempre está en la presencia de Dios en favor de nosotros; Él es nuestro abogado con el Padre (1 Jn. 2:1), y su intercesión ante Dios es una ofrenda de olor suave. Este altar tenía una cornisa o corona de oro en derredor; porque Cristo intercede como rey; de ahí que no aparezca a la diestra de Dios de pie o postrado, sino sentado (He. 10:12), como quien ya terminó para siempre el sacrificio. 2. De las oraciones de los santos (Sal. 141:2, Ap. 5:8; 8:3–4). Los rabinos ven en las cuatro letras de la palabra hebrea qtrt = incienso, las iniciales de los prerrequisitos para una oración efectiva; qdosh = santidad; thrh = pureza; rjmim = compasión; y tqog = esperanza. Cuando el sacerdote quemaba el incienso, el pueblo oraba (Lc. 1:10), para indicar que la oración es el verdadero incienso. Las lámparas eran aderezadas o encendidas al mismo tiempo que el incienso era quemado, para enseñarnos que la lectura de las Escrituras (que son nuestra luz y lámpara) es parte de nuestra tarea diaria, y debe acompañar ordinariamente a nuestras oraciones y alabanzas. Cuando le hablamos a Dios, hemos de oír lo que Dios nos dice, y así la comunión es completa. Pero, si el corazón y la vida no son santos, incluso el incienso es abominación (Is. 1:13), y el que lo ofrece es como si bendijese a un ídolo (Is. 66:3).
Versículos 11–16
Se le ordena a Moisés hacer una leva de dinero en el pueblo, a tanto por cabeza, para el servicio del tabernáculo. Esto debe hacerse al contar al pueblo. Hay quienes opinan que esto se refiere sólo al primer recuento o censo. Otros piensan que se repetía en cualquier emergencia y siempre que se hacía recuento o censo. Pero muchos escritores judíos opinan que era una especie de tributo anual. Este fue el tributo que Cristo pagó, para no ofender a sus adversarios (Mt. 17:27). 1. El tributo que se había de pagar era medio siclo. Ni el rico había de pagar más, ni el pobre menos (v. 15), con lo que se insinuaba que tanto el alma del rico como la del pobre son del mismo precio para Dios, y que Dios no hace acepción de personas (Hch. 10:34). En otras ofrendas, cada uno había de dar según sus posibilidades; pero ésta, que era el rescate del alma, como dice el hebreo, debía ser igual para todos. 2. Este tributo había de pagarse como rescate del alma, para que no hubiese entre ellos mortandad (v. 12). Como la palabra hebrea negef = plaga o mortandad, viene de la misma raíz que la de muerte en batalla, parece dar a entender, según los más prestigiosos comentaristas, que el sentido es que se había de dar a Dios el rescate por la persona para no sufrir derrota en las batallas. 3. Esta moneda que se recogía había de emplearse en el servicio del tabernáculo (v. 16); con ella se compraban víctimas para los sacrificios, harina, incienso, vino, aceite, combustible, vestiduras para los sacerdotes, etc. Nótese que quienes se benefician de las bendiciones del tabernáculo de Dios, deben estar dispuestos a costear voluntariamente las expensas de él.
Versículos 17–21
En esta porción se dan órdenes: 1. Para la construcción de una pila de bronce, con capacidad para bastante agua, en la que Aarón y sus hijos habían de lavarse las manos y los pies, y había de estar colocada cerca de la puerta del tabernáculo (v. 18). 2. Cada vez que Aarón y sus hijos entraban a ejercer su ministerio (o, al menos, cada mañana), debían lavarse las manos y los pies en esta pila (vv. 19–21). Esto tenía por objeto: (A) Enseñarles a mantenerse puros en todos los actos de su ministerio. Sólo quienes tienen manos limpias y corazón puro pueden estar en el santuario de Dios (Sal. 24:3–4). Es cierto que Aarón y sus hijos ya se habían bañado, ya estaban santificados, pero habían de repetir el lavamiento de las manos, que de un modo especial habían de emplearse en el servicio de Dios, y de los pies, que se manchan a menudo con el polvo de los caminos del mundo (comp. con Jn. 13:10). (B) Enseñarnos a nosotros a renovar el arrepentimiento y la confesión de nuestros pecados, para poder servir dignamente a Dios cada día, pues de este modo, la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (1 Jn. 1:7). Para acercarnos a Dios, hemos de limpiar las manos y purificar el corazón (Stg. 4:8).
Versículos 22–38
Instrucciones para la composición del aceite santo de la unción y del incienso que se habían de usar en el servicio del tabernáculo. 1. Se dan instrucciones sobre el modo de componer el aceite de la unción, se prescriben los ingredientes y se declaran las cantidades (vv. 23–25). Se había de hacer según el arte del perfumador (v. 25). Las especias más finas entraban en esta mezcla con el aceite, y después filtradas, de modo que dejasen en el aceite un maravilloso perfume. Con este aceite debían ungirse el tabernáculo de Dios y todo su mobiliario; también había de usarse en la consagración de los sacerdotes (vv. 26–30).
Salomón fue ungido con él (1 R. 1:39), y algunos otros reyes; y todos los sumos sacerdotes. Se nos dice (Cnt. 1:3) que el nombre del esposo—Cristo—es como ungüento que se vierte; y que el buen nombre de los cristianos es mejor que el buen perfume (Ec. 7:1). 2. El incienso que se quemaba sobre el altar de oro se preparaba igualmente con especias finas, aunque no tan raras ni valiosas como las empleadas para preparar el aceite de la unción (vv. 34–35). 3. Con respecto a ambas preparaciones, se da aquí la misma disposición (vv. 32, 33 37, 38), de que no habían de hacerse para ningún uso profano.
En esta porción, Dios hace una especie de conclusión de todo lo dicho a Moisés en el monte, donde había estado con él durante cuarenta días y cuarenta noches. Muchas más cosas le diría, pero sólo quedan registradas aquí las que se contienen en los precedentes capítulos. El capítulo termina con el acto de entregar Dios a Moisés las dos tablas del testimonio, antes de descender a los hijos de Israel.
Versículos 1–11
Gran abundancia de detalles había declarado Dios acerca de la obra que mandó a Moisés hacer en el tabernáculo. Los materiales había de proporcionarlos el pueblo, pero ¿quién había de realizar la obra?
Moisés había sido instruido en todos los aspectos de la cultura egipcia, pero no sabía esculpir ni bordar. Podemos suponer que habría entre los israelitas hombres expertos e ingeniosos, pero al haber vivido toda su vida en la esclavitud de Egipto, no podíamos pensar que ninguno de ellos estuviese instruido en estas curiosas artes. Conocían muy bien el arte de hacer ladrillos y trabajar el barro, pero trabajar el oro y cortar diamantes eran tareas que nunca habían tenido ocasión de aprender ni ejercitar. No había entre ellos plateros ni joyeros, sino solamente horneros y albañiles. Y para estas cosas, ¿quién está capacitado? (2 Co. 2:16). Pero Dios se encarga también de esto.
I. Él nombra las personas que se habían de encargar de hacer la obra. 1. Bezaleel sería como el arquitecto o maestro de los obreros (v. 2). Era de la tribu de Judá, una tribu que Dios se complacía en honrar; nieto de Hur, con toda probabilidad el mismo que ayudó a Moisés a tener las manos levantadas (cap. 17). 2. Aholiab, de la tribu de Dan, es constituido compañero de Bezaleel (v. 6).
Quizá fue escogido de la tribu de Dan, una de las menos honorables, para que las tribus de Judá y de Leví no se envanecieran pensando que ellas iban a acaparar todas las preferencias. Hiram que fue el arquitecto del Templo de Salomón, era también de la tribu de Dan (2 Cr. 2:14). 3. Algunos otros más fueron empleados por éstos como subalternos en las distintas tareas que exigía la confección del tabernáculo (v. 6).
II. Él capacita también a estas personas para el servicio (v. 3): Lo he llenado del Espíritu de Dios y (v. 6): He puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón. 1. Que el ingenio en las artes y oficios es un don de Dios; de Él se derivan tanto la facultad como la educación de la facultad. Dios instruye al labrador (Is. 28:26), lo mismo que al negociante; y a Él se le ha de dar la gloria y alabanza por ello. 2. Dios otorga sus dones con variedad; un don a uno, otro a otro, y todos para el bien de todo el cuerpo, tanto de la humanidad como de la Iglesia. Moisés era el más capacitado para gobernar a Israel, pero Bezaleel estaba más capacitado que él para construir el tabernáculo. 3. A quien Dios llama para algún servicio, o lo encontrará ya capacitado, o lo capacitará para él. El trabajo que había que hacer aquí era la construcción del tabernáculo y de sus utensilios, de los que se hace un breve recuento (vv. 7 y ss.). En relación con esta obra, las personas aquí citadas quedaban capacitadas para trabajar en oro, plata y bronce. Cuando Cristo envió a sus Apóstoles a construir el tabernáculo del Evangelio, derramó sobre ellos su Espíritu, para capacitarlos a hablar en diversas lenguas las maravillas de Dios; no para trabajar en metales, sino en mentalidades, y los dones eran tanto más excelentes cuanto más grande y perfecto era el tabernáculo que había de erigirse (He. 9:11).
Versículos 11–18
I. Mandato estricto para la santificación del sábado (vv. 13–17). La Ley del sábado les había sido dada antes que ninguna otra ley como una preparación (16:23), había sido después insertada en el cuerpo de la ley moral, en el cuarto mandamiento; había sido anexionada a la ley judicial (23:12), y aquí es añadida a la primera parte de la ley ceremonial, porque la observancia del sábado es en realidad el borde o vallado de toda la Ley; donde el pueblo no toma conciencia de ella, ya puede despedirse de la piedad y de la honradez, por eso en la ley moral, está en medio de las dos tablas. Así que guardaréis el sábado, porque es santo a vosotros (v. 14). Por mucha prisa que tengan en hacer la obra, no han de apresurarse más de lo debido; no deben quebrantar, en medio de sus prisas, la ley del sábado, incluso la obra del tabernáculo debe dar paso al descanso del sábado.
1. Naturaleza, sentido y objetivo del sábado, en cuya declaración Dios le rodea de tanto honor, y nos enseña a valorarlo debidamente. Varias cosas se dicen aquí del sábado: (A) Es señal entre mí y vosotros (vv. 13, 17). La institución del sábado era señal de que Dios les había distinguido a ellos de entre los demás pueblos. Al santificar este día entre ellos, les daba a entender que los santificaba a ellos, y los separaba para Sí y para su servicio. (B) Santo es a vosotros (v. 14), es decir: «Tiene por objetivo vuestro beneficio lo mismo que el honor de Dios»; el sábado fue hecho para el hombre (Mr. 2:27). (C) Es sábado de reposo, consagrado a Jehová (v. 15). Está separado del uso común y destinado al honor y servicio de Dios. (D) Había de celebrarse por sus generaciones, por pacto perpetuo (v. 16).
2. La ley del sábado. Deben guardarlo (vv. 13, 14, 16), como un tesoro que se les ha confiado.
3. La razón del sábado, porque las leyes de Dios no sólo están respaldadas por la más alta autoridad, sino que están cimentadas en las mejores razones. El ejemplo de Dios mismo es la mejor razón (v. 17).
4. El castigo que sería impuesto por el quebrantamiento de esta ley. «Cualquiera que haga obra alguna en él»—excepto obras de piedad y de misericordia—, aquella persona será cortada de en medio de su pueblo (v. 14), ciertamente morirá (v. 15).
II. La entrega de las dos tablas del testimonio a Moisés. 1. Los diez mandamientos que Dios había declarado de palabra en el monte Sinaí a oídos de todo el pueblo, estaban ahora escritos para perpetua memoria, porque lo escrito permanece—como dice el conocido refrán—. 2. Estaban escritos en tablas de piedra (v. 18), para indicar su perpetua duración, y también la dureza de los corazones de los israelitas (Ez. 36:26). Estaban escritos con el dedo de Dios, esto es, por su inmediato poder y voluntad. Sólo Dios puede escribir su ley en los corazones; por medio de su Espíritu, que es el dedo de Dios, escribe su voluntad en las tablas de carne del corazón (2 Co. 3:3). 4. Estaban escritos en dos tablas, pues tenían por objetivo guiarnos en nuestros deberes, tanto para con Dios como para con los hombres. 5. Se llaman tablas del testimonio, porque esta ley escrita testificaba, por una parte, de la voluntad de Dios con relación a ellos y de su bondad hacia ellos, y, por otra parte, sería un testimonio contra ellos, si eran desobedientes.
Este capítulo se abre con el lamentable episodio de la fabricación del becerro de oro a manos de Aarón y a instancias del pueblo. A causa de este pecado la ira de Dios se encendió contra su pueblo, y da ocasión a una de las oraciones más bellas que vemos en la Palabra de Dios: la admirable oración de Moisés que hizo a Dios arrepentirse del mal que había pensado hacer (v. 14). Luego Moisés destruyó el becerro y trató de nuevo de aplacar a Dios con otra memorable súplica.
Versículos 1–6
Mientras Moisés estaba en el monte, recibiendo la Ley de manos de Dios, el pueblo tuvo tiempo para meditar sobre lo que se les había entregado, pero había entre ellos quienes ya maquinaban el modo de quebrantar las leyes que tan recientemente habían recibido. En el día trigésimo nono de los cuarenta, estalló el complot de rebelión contra el Señor.
I. El pueblo se dirigió tumultuosamente a Aarón, a quien le había sido confiado el gobierno del pueblo en ausencia de Moisés: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros (v. 1).
1. El mal efecto sobre ellos de la ausencia de Moisés.
2. La furia y la violencia de una multitud cuando son influidos y pervertidos por una mentira tal que es capaz de engañar a multitudes. Puesto que Moisés había dejado encargados a Aarón y a Hur, algunos expositores deducen que Hur se resistió a satisfacer las demandas del pueblo y murió a manos de la multitud. En este sentido se expresa la Tradición judía.
A) Estaban cansados de esperar la tierra prometida. Querían apresurarse a entrar en la tierra que fluye leche y miel, pero no podían pararse a tomar consigo su norma religiosa. Debemos primero estar firmes en la espera y la observancia de la ley de Dios, antes de poder disfrutar de sus promesas
B) Estaban cansados de esperar el regreso de Moisés. Al ver que ya había pasado el cuadragésimo día, pensaron que algo malo le había pasado a Moisés y se desanimaron completamente. A este Moisés, el varón que nos sacó de ta tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido. (a) Con qué ligereza hablan de su persona—este Moisés—. Así de desagradecidos se muestran hacia Moisés, que tan tierna preocupación les había mostrado, y así marchaban en sentido contrario al de Dios. Si él se había detenido algo más de la cuenta, sería porque Dios tenía tanto que decirle para bien de ellos. (b) Él residía en el monte como embajador de ellos, y ciertamente volvería tan pronto como hubiese terminado el asunto que le llevó allá; sin embargo, esto les sirvió de pretexto para su malvada propuesta. El interpretar mal la demora de nuestro Señor en volver es motivo y ocasión para que algunos se endurezcan más en su maldad (2 P. 3:3–4). Nuestro Señor Jesucristo ha subido al monte de gloria, donde aparece en la presencia de Dios por nosotros, sin que nosotros le veamos; los Cielos deben albergarle y ocultarle de nuestra vista, para que vivamos por fe. El cansancio en esperarle puede entregarnos a muchas y grandes tentaciones. (c) Aquí Israel, si hubiese esperado sólo un día más habría visto lo que le había acontecido a Moisés.
C) Estaban cansados de esperar la institución divina de un culto religioso entre ellos. Se les había dicho que habían de servir a Dios en este monte, pero, como no se les cumplió tan pronto como ellos deseaban, decidieron poner a trabajar su propio ingenio para inventar señales de la presencia de Dios con ellos, y gloriarse en ellas, y tener un culto de su propia invención, probablemente parecido al que habían visto entre los egipcios. Decir: Moisés se ha perdido ¡haznos un dios! era el mayor absurdo que se podía imaginar. ¡Haznos dioses que vayan delante de nosotros! ¡Dioses! ¿Cuántos iban a tener? ¿No era suficiente con uno? ¡Haznos dioses! ¿Y qué bien podían proporcionarles dioses hechos con sus propias manos?
II. En respuesta a esto, Aarón les pide sus joyas: Apartad los zarcillos de oro … y traédmelos (v. 2). No encontramos una sola palabra de Aarón para disuadirles de su intento, sino que pareció aprobar la idea y no se mostró remiso en llevarles la corriente, ¿pensó quizá que pidiéndoles que se despojaran de todas sus joyas, se enfriarían sus ánimos? Lo cierto es que, lo mismo que sus descendientes, no tuvieron inconveniente en sacar oro de la bolsa, desprenderse de todas sus alhajas y alquilar un orfebre para hacer un dios de ello, postrarse y adorarlo (Is. 46:6). «¡Qué pueblo tan voluble!—dicen los rabinos—; un día dan su plata y su oro para el santuario de Dios; y al día siguiente lo dan para hacer un becerro de oro.»
III. A continuación leemos la fabricación del becerro de oro (vv. 3–4).
1. El pueblo trajo sus zarcillos a Aarón de buena gana, ya que, al pedirlos él, en vez de hacerles desistir de la propuesta, había quizás estimulado más su superstición, haciéndoles imaginarse que el oro quitado de sus orejas sería el más aceptable y serviría para fabricar el más valioso dios. 2. Aarón fundió los zarcillos y, teniendo ya preparado un molde para ello, echó en él el oro fundido y lo ajustó a la forma de un buey o becerro. Hay quienes piensan que Aarón escogió esta figura como señal de la presencia divina, porque pensó que la cabeza y los cuernos de un buey eran un buen emblema del poder divino y quizá confió en que, siendo una cosa tan común y ordinaria, la gente no sería tan imbécil como para adorarlo. Pero es probable que ellos hubieran aprendido de los egipcios a representar así a la deidad, pues se nos dice (Ez. 20:8): Ni dejaron los ídolos de Egipto. Y también: Y no dejó sus fornicaciones comenzadas en Egipto (Ez. 23:8). Así cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba (Sal. 106:20) y proclamaron su propia insensatez, mayor que la de otros idólatras que adoraban a ejército de los cielos.
IV. Después de hacer un becerro en Horeb, se postraron ante una imagen de fundición (Sal. 106:19). Aarón, al ver al pueblo encantado con su becerro, no quiso desencantarles, ya que temió que, si se oponía, se produjese algún tumulto que degenerase en violencia, y así les edificó un altar, y proclamó una fiesta de dedicación a Jehová (v. 5), porque, tanto él como el pueblo, no eran tan brutos como para imaginarse que este becerro era en sí mismo un dios, sino que lo tuvieron por representación del Dios verdadero al que pretendían adorar en y a través de esta imagen. Estaban quebrantando, no el primer mandamiento de la Ley, sino el segundo. Parece ser que Aarón quiso todavía dar largas al asunto y dejó la celebración para el día siguiente; esperaba que para entonces ya habría bajado Moisés del monte. El pueblo estaba deseoso de celebrar esta fiesta, puesto que al día siguiente madrugaron (v. 6), para mostrar cuán satisfechos estaban con la solemnidad y, de acuerdo con los antiguos ritos del culto, ofrecieron sacrificio a esta reciente deidad, y luego celebraron el correspondiente banquete sacrificial; así que, habiendo fabricado este dios a expensas de sus zarcillos, ahora se esforzaban en tenerle propicio a expensas de su ganado. Ahora bien: 1. Es extraño que alguien del pueblo, especialmente un número tan considerable de israelitas hicieran cosa semejante. ¿No habían oído hacía pocos días, en este mismo lugar, la voz del Señor Jehová que les decía desde en medio del fuego: No te harás imagen ni ninguna semejanza? (20:4). ¿Y no habían ellos sellado solemnemente el pacto con Dios, y prometido que harían todo cuanto Él les había dicho, y que serían obedientes? (24:7). Hicieron un becerro en Horeb, el mismo lugar en el que había sido dada la Ley. Hicieron lo contrario de lo que hacen los que reciben el Evangelio: inmediatamente se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos (1 Ts. 1:9). 2. Es especialmente extraño que Aarón quedase tan implicado en este pecado, ¡hasta el punto de hacer él mismo el becerro y proclamar la fiesta para él! ¿Es éste el mismo Aarón, que estuvo con Moisés en el monte (19:24; 24:9), y vio que allí no había ninguna especie de semejanza, a base de la cual pudiesen hacer una imagen? ¿Pudo él ser cómplice y promotor de esta rebelión contra Dios? ¿Cómo es posible que fuese capaz de cometer semejante pecado? La tradición de los judíos da la siguiente explicación: Su colega Hur se opuso a los deseos del pueblo y la gente enfurecida le apedreo hasta matarle (y ésta es la razón por la que no volvemos a saber nada de él); y como Aarón era un hombre de carácter pacífico, prefirió como mal menor acceder a los deseos del pueblo antes que provocar una división que habría tenido sangrientas consecuencias.
Versículos 7–14
I. Dios hace saber a Moisés lo que estaba pasando en el campamento durante su ausencia (vv. 7–8). Dios le dice a Moisés respecto a este pecado: 1. Tu pueblo se ha corrompido (v. 7). El pecado es la corrupción misma del pecador, obrada por él mismo. 2. Se han apartado del camino que yo les mandé (v. 8). El pecado es un extravío, una desviación del camino del deber a una senda de maldad (Is. 53:6). 3. Que se habían apartado muy deprisa al instante que habían recibido la Ley y habían prometido obedecerla. 4. Le dice en concreto lo que habían hecho: Se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado. Los pecados que quedan ocultos a nuestros semejantes y a nuestros gobernantes, están desnudos y abiertos delante de Dios. Nosotros no aguantaríamos ver la milésima parte de la provocación que Dios ve cada día, y sin embargo guarda silencio. 5. Parece desentenderse de ellos y dejar de reconocerlos por suyos, cuando le dice a Moisés: Desciende, porque TU pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido (v. 7). Los que se corrompen a sí mismos, no sólo se avergüenzan a sí mismos, sino que hacen que Dios mismo se avergüence de ellos y de los favores que les otorga. 6. Le envía a ellos a toda prisa: Anda, desciende.
II. Expresa su disgusto contra Israel por este pecado (vv. 9–10). 1. Los retrata de cuerpo entero al decir de ellos: «Es pueblo de dura cerviz». El Dios justo ve, no sólo lo que hacemos, sino lo que somos.
2. Declara qué era lo que justamente se merecían—que se encienda mi ira en ellos—. El pecado nos expone a la ira de Dios, y esa ira, si no estuviese aliada con la misericordia divina, nos consumiría como si fuésemos estopa. 3. Llega a pedir a Moisés que no interceda por ellos: Ahora, pues, déjame. De este modo estaba ya dando gran honor a la oración, dando a entender que sólo la intercesión de Moisés podría salvarlos de la ruina.
III. Moisés intercede fervientemente ante Dios a favor de ellos (vv. 11–13). Si Dios no quería ser llamado el Dios de Israel, al menos podría dirigirse a Él como a su Dios (v. 11). Sabiamente se aferró a la insinuación que Dios le hizo al decirle: Déjame, expresión que, aunque a primera vista parecía prohibirle interceder en realidad le animó al mostrarle cuán grande es el poder que la oración de fe tiene para con Dios. Obsérvese: 1. Su petición: Vuélvete del ardor de tu ira (v. 12), no porque pensara que no era justa la ira de Dios, sino rogándole que no se airase hasta el punto de consumirlos. 2. Sus alegaciones. Llena su boca de sabios argumentos, no para mover a Dios, sino para expresar su fe y excitar el fervor de su propia oración. Recalca: (A) El interés que Dios ha tenido en ellos, por las grandes cosas que ha hecho ya por ellos. Dios le había dicho a Moisés: Tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto (v. 7); pero Moisés se los devuelve a Dios con toda humildad, diciendo: «Ellos son tu pueblo, tú eres su Señor y Dueño; yo soy sólo su servidor. Tú los sacaste de la tierra de Egipto. Yo no fui otra cosa que el instrumento en tus manos. Tú los sacaste de Egipto, aunque eran indignos y habían servido allí a los dioses de los egipcios (Jos. 24:15). Si tú hiciste eso por ellos, a pesar de sus pecados en Egipto, ¿vas a deshacerlo ahora por sus pecados de la misma naturaleza en el desierto?» (B) Apela a la repercusión que ello tendría sobre la gloria misma de Dios: ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó? (v. 12). No puede soportar que eso repercuta contra Dios, y por eso insiste: ¿Por qué han de hablar los egipcios? Si un pueblo tan extrañamente salvado fuese destruido súbitamente, ¿qué diría el mundo de ello, especialmente los egipcios, que tan implacablemente odiaban tanto a Israel como al Dios de Israel? Dirían: «Ese Dios, o es débil, y no pudo, o es voluble, y no quiso, completar la salvación que había comenzado». ¿Qué dirán los egipcios? Deberíamos tener siempre mucho cuidado de que el nombre de Dios y su doctrina no sea blasfemado por causa nuestra. (C) Apela a la promesa que Dios hizo a los patriarcas de que multiplicaría su descendencia y les daría la tierra de Canaán. Las promesas de Dios deben ser el motivo de nuestras apelaciones en la oración. Esta oración de Moisés es perpetuamente un modelo ejemplar de oración fervorosa e inteligente.
IV. Dios depuso benignamente el ardor de su ira y el rigor de su sentencia, y se arrepintió del mal que dijo que había de hacer (v. 14). Este antropomorfismo sirve para darnos a entender el poder de la oración que cambia las cosas. Es cierto que Dios ha previsto y determinado desde la eternidad todo lo que había de hacer, pero ha incluido también en su programa eterno las oraciones de los suyos como ingredientes del plan de su providencia. Dios nunca se arrepiente de sus promesas, de sus planes, de su palabra (1 S. 15:29; Ro. 11:29), pero la Palabra de Dios nos dice que Él se arrepiente en relación con la actitud cambiante de las personas, pues al cambiar éstas cambia la actitud de Dios hacia ellas (1 S. 15:35), así que el cambio no afecta realmente a Dios sino a la relación con los demás. El mismo Sol que ablanda la cera, endurece el barro. 1. El poder de la oración Dios se deja vencer por la importunidad humilde y confiada de los intercesores. Nunca mejor que aquí se comprende la gran profundidad de aquella frase lapidaria de Agustín de Hipona: «La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios». 2. La compasión de Dios hacia los pobres pecadores, y cuán dispuesto está siempre a perdonar.
Versículos 15–20
I. El favor de Dios a Moisés, al confiarle las dos tablas de testimonio, las cuales, aunque eran de piedra corriente tenían mucho más valor que todas las piedras preciosas que adornaban el pectoral de Aarón.
II. La familiaridad entre Moisés y Josué. Mientras Moisés estaba dentro de la nube, como en la cámara secreta de Dios, Josué continuaba estando tan cerca como le era posible. Cuando Moisés descendió, lo hizo con él, y no antes. Josué, que era hombre de milicia temió que hubiese alarido de pelea en el campamento (v. 17) y que él fuese echado en falta; pero Moisés, al haber recibido directamente la información de Dios, distinguió mejor el sonido, percatándose de que era voz de cantar (v. 18).
III. El grande y justo descontento de Moisés contra Israel por su idolatría. Se resintió de ella, como de una ofensa contra Dios, y como un escándalo del pueblo mismo. Moisés era el hombre más manso de la tierra y, a pesar de ello, cuando vio el becerro, y las danzas, ardió su ira (v. 19). No hay ningún quebranto de la virtud de la mansedumbre en mostrar nuestro disgusto por la perversidad de los impíos. Es conveniente que nos mantengamos fríos en nuestra propia causa, pero calientes en la de Dios. 1. Para convencerles de que habían perdido el favor de Dios, rompió las tablas (v. 19) para que al ver esto, quedasen más afectados y llenos de confusión, y se diesen cuenta de las bendiciones que habían perdido.
2. Para convencerles de que habían recurrido a un dios que no podía ayudarles, quemó el becerro (v. 20); lo fundió y luego lo molió hasta reducirlo a polvo; y, para que todo el campamento se enterase de que ya no era más que polvo, lo mezcló con el agua, y lo dio a beber a todo el pueblo. Lo redujo a polvo, que era lo más próximo a la nada, para que quedase manifiesto que un ídolo nada es en el mundo (1. Co. 8:4).
Versículos 21–29
Después de mostrar su justa indignación contra el pecado de Israel quebrando las tablas de la Ley y reduciendo a polvo el becerro de oro, Moisés procede ahora a ajustar las cuentas con los prevaricadores, y actúa aquí como el representante de Dios. Para ello:
I. Comienza por Aarón, como Dios empezó por Adán, porque él era el personaje principal, aunque no era el primero en la transgresión, pues había sido arrastrado a ella.
1. La justa reprensión que le dio Moisés (v. 21). Y, habiendo prevalecido con Dios por él para salvarlo de la ruina, ahora le reprocha para traerle al arrepentimiento. Le incita a considerar: (A) Lo que había hecho a este pueblo: Has traído sobre él tan gran pecado (v. 21). Podría decirse que era el pueblo, como primer promotor, quien había traído el pecado sobre Aarón; pero siendo él el gobernante, que debía haberlo impedido, y sin embargo fue cómplice y patrocinador de él, bien puede decirse que lo trajo sobre el pueblo, porque endureció el corazón de ellos y fortaleció las manos de ellos para que pecasen. (B) Qué pudo moverle a ello: ¿Qué te ha hecho este pueblo? Notemos que los hombres pueden tentarnos a pecar, pero no nos pueden forzar a cometer pecado. Igualmente pueden atemorizarnos, pero, si no consentimos, no nos pueden hacer ningún daño (1 P. 3:13).
2. La frívola excusa que dio Aarón: (A) Pide que se aplaque la ira de Moisés (v. 22): No se enoje mi señor; cuando debería pedir que se aplacase la ira de Dios en primer lugar. (B) Echa toda la culpa al pueblo: Tú conoces al pueblo, que es inclinado a mal, porque me dijeron: Haznos dioses (vv. 22–23). Es propio de nuestra naturaleza caída el querer transferir a otros nuestra culpabilidad (v. Gn. 3:12–13). El pecado es como una moneda falsa que todos quieren pasar a otros. (C) Y aún queda la duda de si intentó transferir parte de la culpa al propio Moisés por haber demorado el bajar del monte, pues repitió, sin ninguna necesidad de hacerlo aquel insidioso comentario del pueblo: Porque a este Moisés … no sabemos qué le haya acontecido (v. 23). (D) Trata de atenuar y ocultar su complicidad en el pecado e insinúa puerilmente que cuando echó el oro al fuego, le salió la figura del becerro (v. 24); pero no dice una palabra de su trabajo para moldearlo y esculpirlo.
II. Ahora le llega el turno al pueblo para ser juzgado por su pecado. Al ver acercarse a Moisés, la danza del pueblo se cambió en temblor. Quienes habían incitado a Aarón a ser cómplice en el pecado, no se atrevían ahora a mirarle a Moisés al rostro.
1. Vio que el pueblo estaba desenfrenado—rotos los vínculos de lealtad a su Dios—y expuesto a la vergüenza ante los enemigos (v. 25), no por haber perdido los zarcillos de las orejas, sino por haber perdido la integridad del corazón. Fue una vergüenza perpetua para ellos el haber cambiado su gloria en la semejanza de un buey.
2. El procedimiento que Moisés adoptó para quitar del pueblo este baldón, no ocultándolo ni excusándolo, sino castigándolo y dando así testimonio público contra él.
A) Por quién fue ejecutado el castigo: por los hijos de Leví (vv. 26, 28); no directamente por la mano de Dios, como en el caso de Nadab y Abiú, sino por espada de hombres, para enseñarles que la idolatría era una maldad que ha de ser castigada por el juez, siendo una negación del Dios soberano (Job 31:28; Dt. 13:9). Debe escogerse a los inocentes para ejecutar a los culpables. Aquí se nos dice, (a) que fueron los levitas los escogidos para este servicio. Lleno de celo, Moisés se puso a la puerta del campamento, y convocó a que se pusieran a su lado cuantos estuviesen de parte de Dios en contra del becerro: ¿Quién está por Jehová? (v. 26). Quienes tienen su interés en el pecado y en la iniquidad, tienen el mismo interés que el diablo, y todos los malvados se ponen de parte del diablo; en cambio, el interés por la verdad y la santidad es el interés de Dios; por eso, todos los piadosos se ponen de parte de Dios; y en esto, no cabe neutralidad. (b) Cómo fueron comisionados para este servicio: Matad cada uno a su hermano (v. 27); como si dijera: «Matad a cuantos sepáis que han tenido parte activa en la fabricación y adoración del becerro de oro, aunque sean vuestros parientes más próximos y vuestros amigos más queridos.»
B) Sobre quiénes fue ejecutado el castigo: Cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres (v. 28). Probablemente este número era pequeño en comparación con los muchos que eran culpables; pero éstos serían los que habían encabezado la rebelión, y así serían ejecutados para que sirviesen a los demás de ejemplo intimidador.
Versículos 30–35
Hecha justicia sobre los principales transgresores, Moisés pasa ahora a enderezar el entuerto, primero con el pueblo y después con Dios.
I. Con el pueblo, para incitarles al arrepentimiento (v. 30).
1. Cuando fueron matados los tres mil, pudieron imaginar los restantes que, puesto que habían quedado exentos de la pena capital eran considerados como libres de culpa. A estos sobrevivientes se dirige Moisés ahora para decirles: Vosotros habéis cometido un gran pecado. Para impresionarles con la grandeza de su pecado, les insinúa la dificultad que supondrá acabar con la contienda que Dios tiene con ellos por este motivo. La malignidad del pecado se echa de ver en la dificultad del perdón.
2. Con todo, servía de cierto aliento para el pueblo (después de oír que habían cometido un gran pecado) escuchar que Moisés subiría a Jehová para aplacarle acerca del pecado de ellos. Cristo el gran Mediador, subió con una mayor seguridad, por la obra consumada en el Calvario y porque Él estaba en el seno del Padre y conocía bien todos sus secretos.
II. Moisés intercede ante Dios para obtener misericordia.
1. ¡Cuán patético fue su discurso! Volvió Moisés a Jehová, no a recibir más instrucciones sobre el tabernáculo. En su conversación, Moisés expresa: (A) Su gran detestación del pecado del pueblo: Este pueblo ha cometido un gran pecado (v. 31). Dios se lo había dicho antes a él (v. 7), y ahora él se lo dice a Dios, lamentándose de ello. No presenta ninguna excusa ni atenuante, sino que lo mismo que había dicho al pueblo por vía de convicción, lo dice a Dios por vía de confesión: Han cometido un gran pecado. No viene a presentar defensa, sino a buscar reconciliación. (B) Su gran deseo del bienestar espiritual del pueblo: Que perdones ahora su pecado (v. 23), o, como dice el hebreo: Y ahora, si perdonas su pecado, puesto que no hay pecado demasiado grande para tu infinita misericordia … La frase queda abruptamente cortada; quizá como en Lucas 19:42, ¡Si también tú conocieses …!, podría significar: ¡Oh, si tú quisieras perdonar! O, más probablemente, como ocurre a veces en el hebreo, se podría suplir: estaré contento de vivir.
Y continúa: Y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito; esto es, «Si ellos han de ser cortados córtame a mí también con ellos; si todo Israel ha de perecer, perezca yo también con ellos; vivo para ellos, y no quiero sobrevivirles en la tierra prometida». Así expresa la ternura del amor que tiene a su pueblo, y es tipo del Buen Pastor, que da su vida por las ovejas (Jn. 10:11), y que fue cortado de la tierra de los vivientes por la rebelión de mi pueblo (Is. 53:8; Dn. 9:26). Moisés es aquí un excelente ejemplo para los pastores de todos los tiempos. Éste es uno de los versículos más hermosos e impresionantes de toda la Biblia, pero el amor, la generosidad y la negación de sí mismo alcanza todavía una cota más alta en el apóstol Pablo cuando dice: Desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos (Ro. 9:3).
2. Cuánta fuerza tuvo esta apelación. Dios no le va a tomar la palabra; no, Él no va a raer de su libro, sino a quienes, por su voluntaria desobediencia se han hecho indignos de figurar en el libro de Dios (v. 33). Esto era también una insinuación de la misericordia que iba a tener con el pueblo. Además en respuesta a la súplica de Moisés: (A) Dios promete seguir en su intención de darles la tierra de Canaán. Por ello, envía a Moisés a ellos para que sea su guía, aunque eran indignos de Él, y les promete que su ángel irá delante de ellos. (B) Sin embargo, les amenaza con recordar contra ellos este pecado cuando encuentre después causa para castigarles por otros pecados. Los judíos tienen un dicho fundado en esto, de que de allí en adelante, en todo juicio de Dios contra Israel habría una onza del polvo del becerro de oro. Esteban dice que cuando hicieron un becerro, y ofrecieron su sacrificio al ídolo, Dios se apartó y los entregó a que rindiesen culto al ejército del cielo (Hch. 7:41–42); de modo que la extraña afición de ese pueblo al pecado de idolatría fue un justo juicio sobre ellos, por haber hecho y adorado el becerro de oro; juicio del que no se vieron libres hasta el tiempo de la deportación a Babilonia (v. Ro. 1:23–25). Aarón no sufrió la plaga, sino el pueblo, porque el suyo fue un pecado de debilidad, pero el de ellos fue de rebelión.
En este capítulo, tenemos un relato adicional de la mediación de Moisés entre Dios e Israel, para taponar la brecha que el pecado había hecho entre ellos.
Versículos 1–6
I. El mensaje que Dios dio a los hijos de Israel por medio de Moisés.
1. En él, les pone un nombre mortificante, que les retrata de modo perfecto: Pueblo de dura cerviz (vv. 3 5). Dios quería someterlos al yugo de su Ley y ligarlos con el vínculo de su pacto, pero sus cuellos eran demasiado duros para doblegarse a estas exigencias divinas. Dios juzga a los hombres, se forma un juicio de ellos, por la disposición de sus mentes. Nosotros sabemos lo que el hombre hace; Dios sabe lo que el hombre es; nosotros vemos lo que procede del hombre, Dios ve lo que hay dentro del hombre, y no hay cosa que más le desagrade que la dureza de cerviz. 2. Les dice lo que se merecían. Si los hubiese tratado de acuerdo con sus pecados, los habría consumido con rápida destrucción. 3. Les manda subir de allí y partir para la tierra de Canaán (v. 1). 4. Aunque promete cumplir su pacto con Abraham dándoles la tierra de Canaán, sin embargo les niega las señales extraordinarias de su presencia. «Yo enviaré delante de ti el ángel, como tu protector; de otro modo, los malos ángeles te destruirán pronto; pero yo no subiré en medio de ti, no sea que te consuma en el camino (vv. 2–3). La Justicia decía: «Córtalos, y consúmelos». La Misericordia decía: ¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? (Os. 11:8). Bien—dice Dios—; quítate ahora tus atavíos, para que yo sepa lo que te he de hacer (v. 5) como si dijera: «Ponte en actitud de arrepentimiento, para que la misericordia pueda regocijarse contra el juicio». Nótese que los llamamientos al arrepentimiento son indicaciones claras de que Dios tiene a punto su misericordia.
II. La melancolía del pueblo al recibir este mensaje. 1. Vistieron luto (v. 4), por su pecado, que había incitado a Dios a apartarse de ellos, e hicieron duelo por ello como por el más severo castigo de su pecado. De todos los frutos amargos y de las funestas consecuencias del pecado, lo que más lamentan y más temen todos los verdaderos creyentes arrepentidos es que Dios se aparte de ellos. 2. En señal de gran vergüenza y humillación, todos los que se habían vestido de luto, dejaron de ponerse sus atavíos (v. 4). Si perseveraban en esta actitud, Dios les mostraría su misericordia (v. 5).
Versículos 7–11
I. Una señal de desagrado que se les impone para mayor humillación: Moisés tomó el tabenáculo la tienda donde él tenía sus audiencias, oía las causas, y buscaba la respuesta de Dios, el consistorio (por llamarlo así) del campamento, y lo levantó lejos, fuera del campamento (v. 7), para darles a entender que se habían hecho indignos de Él y que, si no hacían las paces, no volvería más a ellos.
II. Sin embargo, les daba muchos ánimos, para que abrigasen la esperanza de que, al fin, Dios se reconciliaría con ellos.
1. Aunque el tabernáculo fue sacado fuera del campamento, todo el que estuviese dispuesto a buscar al Señor sería bien recibido en él (v. 7). Les fue fijado un lugar fuera del campamento, para que fuesen allá a solicitar que Dios se les manifestase. Cuando Dios prepara su misericordia, despierta espíritu de oración.
2. Moisés tomó a su cargo mediar entre Dios e Israel: Salía al tabernáculo (v. 8), el lugar de reunión, situado probablemente entre ellos y el monte, y entraba en el tabernáculo (v. 9).
3. El pueblo parecía estar bien dispuesto para una pronta reconciliación. (A) Cuando Moisés salía para ir al tabernáculo, el pueblo miraba en pos de Moisés (v. 1), en señal de respeto hacia aquel a quien antes habían tenido en poco, y también en señal de que dependían enteramente de su mediación. (B) Cuando veían la columna de nube, símbolo de la presencia de Dios, todos adoraban, cada uno a la puerta de su tienda (v. 10). Su adoración a la puerta de sus tiendas indicaba claramente que no se avergonzaban en público del respeto que tenían a Dios y a Moisés, como también en público habían adorado al becerro de oro.
4. Dios estaba en Moisés, reconciliaba consigo a Israel, y manifestaba su buena voluntad de hacer las paces. (A) Dios hablaba con Moisés en el lugar de reunión (v. 9). Si nuestros corazones salen en busca de Dios, Él descenderá benignamente para salir a nuestro encuentro. (B) Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero (v. 11), lo cual insinúa que Dios se reveló a Moisés, no sólo con mayor claridad y evidencia de luz divina que a cualquier otro de los profetas, sino también con más altas expresiones de especial benignidad y gracia. Moisés volvía al campamento, pero, como tenía intención de regresar rápidamente al tabernáculo de la congregación, dejaba a Josué allí, porque no estaba bien que quedase desatendido el lugar, mientras la nube de gloria estaba a la puerta (v. 9).
Versículos 12–23
Vuelto ya Moisés a la puerta del tabernáculo, se pone ahora a suplicar humilde e importunamente allí por dos favores muy grandes.
I. Pide fervientemente a Dios que garantice su presencia en medio de Israel para el resto de su viaje hasta Canaán, a pesar de las provocaciones de ellos. Obsérvese cuán admirablemente ordena Moisés la exposición de su causa delante de Dios: cómo apela ante Él, y cómo acelera la marcha.
1. Cómo apela. (A) Insiste en la comisión que Dios le había encomendado de sacar aquel pueblo (v. 12). Comienza diciendo: «Señor, eres tú mismo el que me has encomendado esta tarea, ¿y no me vas a reconocer?» (B) Toma pie del interés que Dios mismo tiene en él, y apela a las benignas expresiones de amabilidad que Dios ha tenido con él: Tú dices: Yo te he conocido por tu nombre (v. 12). Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos—añade Moisés—, si de verdad es así, te ruego que me muestres ahora tu camino (v. 13). De este modo, pues, le toma la palabra a Dios: «Señor, si quieres hacer algo por mí, hazlo también por el pueblo». Así también nuestro Señor Jesús, en su intercesión, se presenta al Padre como alguien en quien el Padre se complace siempre, y así obtiene misericordia para nosotros con quienes el Padre está justamente descontento; y así nosotros somos colmados de gracia en el Amado (Ef. 1:6). (C) Insinúa que también el pueblo, aunque es muy indigno, mantiene alguna relación con Dios: «Mira que esta gente es pueblo tuyo, un pueblo por el que tú has hecho grandes cosas, lo has rescatado para ti, y has sellado tu pacto con él, Señor, son tuyos, ¡no los dejes!» El padre ofendido se hace la siguiente consideración: «Mi hijo es insensato y díscolo pero es mi hijo y yo no puedo abandonarlo». (D) Expresa el gran valor que atribuye a la presencia de Dios. Al decir Dios: Mi presencia irá contigo, Moisés se aferra a esta promesa como a algo sin lo cual no puede moverse ni vivir: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí (v. 21). Por donde se ve que el singular conmigo se refiere a todo el pueblo, como en el versículo 2. (E) Concluye con un argumento tomado de la gloria de Dios: ¿Y en qué se conocerá aquí qu« he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos? ¿Cómo se manifestará este honor, sino en que tú andes con nosotros?
2. Obsérvese cómo acelera la marcha en sus peticiones. Obtuvo seguridad del favor de Dios: (A) Hacia él mismo: Te haré descansar (v. 14). Moisés no entró jamás en Canaán; con todo, Dios hizo buena su palabra de que le haría descansar (Dn. 12:13). (B) Hacia el pueblo, por consideración a él. Las almas generosas piensan que no es bastante ir al cielo ellas mismas, sino que desean que todos sus amigos vayan allá también. Dios le va concediendo al mismo ritmo que él va pidiendo, porque Dios da a todos abundantemente y sin reproche (Stg. 1:5). Veamos aquí el poder de la oración, y sintámonos estimulados a buscar, a pedir y a llamar, a orar sin cesar, a orar siempre sin desfallecer. Véase también en Moisés como tipo de Cristo, el poder de la intercesión de nuestro gran Sumo Sacerdote quien siempre vive para interceder por todos aquellos que se allegan a Dios por medio de Él, y el fundamento de ese poder tan grande. Es puramente por su propio mérito, no por ninguna cosa que vea en aquellos por quienes intercede; es porque has hallado gracia en mis ojos (v. 12). Ahora el asunto queda clarificado Dios está perfectamente reconciliado con ellos, su presencia en la columna de nube vuelve a ellos y continuará con ellos, todo está bien y de aquí en adelante, ya no oiremos más del becerro de oro en la historia de Israel.
II. Después de alcanzar esta cota, Moisés pide a Dios que le muestre su gloria, y también en esto es oído.
1. Moisés hace humildemente esta petición: Te ruego que me muestres tu gloria (v. 18). Moisés había obtenido victoria tras victoria en su oración, y consigue de Dios admirables favores, y el éxito de sus plegarias le proporcionó atrevimiento para continuar buscando el favor de Dios; cuanto más obtenía, más pedía «Muéstrame tu gloria». O, como dice el hebreo, «Hazme ver tu gloria», como si dijera: «Haz que sea visible para mí de alguna manera, y capacítame para soportar su vista». No que fuese tan ignorante como para pensar que la esencia divina podía verse con los OJOS del cuerpo, sino que deseaba adquirir un conocimiento más profundo de las cualidades eternas de Dios.
2. La benigna respuesta que Dios dio a su petición: (A) No le concedió lo que no podía ser otorgado, y para lo que Moisés no estaba capacitado: No podrás ver mi rostro (v. 20). Un descubrimiento completo de la gloria de Dios sobrepuja las facultades de cualquier mortal aunque se trate del gran Moisés. Hay un conocimiento y disfrute de Dios que está reservado para la vida eterna. Y aun entonces será imposible a toda criatura penetrar en lo más íntimo de la esencia divina (1 Ti. 6:16). (B) Le otorgó lo que le había de satisfacer abundantemente. (a) Oiría lo que tanto le había de agradar: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro (v. 19). Ya le había dado admirables ejemplos de su bondad al reconciliarse con Israel; pero esto era sólo la bondad en el arroyo; ahora le mostraría la bondad en su fuente: todo mi bien. Ésta fue una respuesta suficiente a su petición. «Muéstrame tu gloria—dice Moisés—. Yo te mostraré todo mi bien»— dice Dios. Nótese que el bien de Dios es su gloria; y Él quiere que le conozcamos por la gloria de su misericordia más bien que por la gloria de su majestad. Nunca leemos: «Estaré enfadado con quien estaré enfadado», por la sencilla razón de que su ira es siempre justa y santa, pero sí: «Tendré misericordia del que tendré misericordia» (v. 19), porque su gracia es siempre libre y soberana. Nunca condena por privilegio, pero sí salva por privilegio. (b) Podría ver lo que podía soportar, y lo que sería bastante para él. Primeramente, estar a salvo en una hendidura de la peña (v. 22). Esta peña o roca era Cristo (1 Co. 10:4). Y sólo a través de Cristo tenemos el conocimiento de la gloria de Dios. Nadie puede ver su gloria, sino los que están asentados en esta roca y resguardados por ella. En segundo lugar, Moisés pudo ver de Dios quizá más que ninguna otra persona aquí en la tierra, pero no tanto como los que están en el Cielo. La vista de Dios que Moisés tuvo es como la vista que tenemos de un hombre que ha pasado delante de nosotros, de modo que ya no le vemos más que la espalda. En la creación vemos las huellas de sus pies y la obra de sus manos, en nuestra propia naturaleza, vemos la imagen y semejanza de Él. ¿Y la espalda? (v. 23). Cuando leemos en Isaías 38:17 que Dios echa tras sus espaldas los pecados; y después en Isaías 53:6, vemos que cargó sobre nuestro Salvador la iniquidad de todos nosotros, ya podemos entender que Jesucristo es la espalda de Dios; más aún el resplandor de su gloria, y la fiel representación de su ser real (He. 1:3). Por eso, a la pregunta de Felipe: Muéstranos el Padre, contesta Jesús: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn. 14:9), puesto que en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col.
2:9).
Después de haber manifestado Dios a Moisés su buena voluntad en orden a reconciliarse con Israel, ahora le da pruebas de ello, y procede a confirmar su pacto y a establecer su comunión con ellos.
Versículos 1–4
Al haber roto los israelitas, con su adoración del becerro de oro, el tratado que acababa de sellarse entre Dios e Israel, ahora que se hacían de nuevo las paces, todo tenía también que renovarse.
I. Moisés debe prepararse para tener a mano otras dos tablas de piedra, una vez que las primeras quedaron rotas (v. 1). Así también, cuando Dios escribió primeramente su ley sobre el corazón del hombre en estado de inocencia, tanto las tablas como la escritura eran obra de Dios; pero, cuando estas tablas quedaron rotas y emborronadas por el pecado, y Dios decidió preservar su Ley en las Escrituras, echó mano del ministerio de hombres, y de Moisés el primero. Pero los profetas y los apóstoles sólo alisaron las tablas, por decirlo así; la escritura fue todavía obra de Dios porque toda Escritura es dada por el aliento de Dios, como indica el griego de 2 Timoteo 3:16. Cuando Dios se reconcilió con ellos, ordenó que se renovaran las tablas, y escribió su Ley en ellas, lo que claramente nos sugiere: 1. Que incluso en la dispensación del Evangelio de paz y reconciliación por medio de Cristo (del que era tipo la intercesión de Moisés), la ley moral continúa en vigor para los creyentes, aunque sublimada y compendiada en el mandamiento nuevo del Señor (Jn. 13:34), pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley (Ro. 13:8). Cuando nuestro Salvador, en el Sermón del Monte, expuso la ley moral, vindicándola de las glosas corruptoras con que los escribas y fariseos la habían quebrantado (Mt. 5:19) renovó en efecto las tablas y las hizo como las primeras; es decir, redujo la Ley a su primitivo sentido y a su genuina intención. 2. Que la mejor evidencia del perdón del pecado y de la paz con Dios es tener escrita en el corazón la Ley de Dios. 3. Que, si queremos que Dios escriba su Ley en nuestros corazones, debemos preparar nuestros corazones para recibirla.
II. Moisés debe subir de nuevo a la cima del monte Sinaí, y presentarse delante de Dios allí (v. 2). Por consiguiente, Moisés se levantó de mañana (v. 4), para ir al sitio fijado. Bueno es madrugar para nuestras devociones. La mañana es quizá tan buen amigo para las gracias como lo es para las musas.
Tan pronto como Moisés llegó a la cima del monte le salió Dios al encuentro: Jehová descendió en la nube (v. 5), mediante alguna señal sensible de su presencia y alguna clara manifestación de su gloria.
Dios descendió en la nube, e hizo de ella su pabellón, para dar a entender que, aunque era mucho lo que daba a conocer de sí mismo, era sin embargo mucho más lo que quedaba oculto.
I. Cómo proclamó Dios su nombre (vv. 6–7). Lo hizo pasando por delante de él. Las visiones estables de las cosas divinas están reservadas para la eternidad; lo mejor que podemos tener en este mundo es transitorio. Dios estaba ahora cumpliendo lo que había prometido a Moisés el día anterior, que haría pasar por delante de él todo su bien (33:22). Proclamando el nombre de Jehová (v. 5) mediante el cual quería darse a conocer. Se había dado a conocer a Moisés en la gloria de su autoexistencia y de su autosuficiencia cuando proclamó aquel nombre: YO SOY EL QUE SOY (3:14). Ahora se da a conocer en la gloria de su gracia, de su bondad y de su todosuficiencia para nosotros. Esta solemne proclamación se hace antes del despliegue de su misericordia para enseñarnos a pensar y a hablar incluso de la gracia y de la bondad de Dios con gran seriedad y un santo pavor. Su grandeza y su bondad se ilustran y se completan una a otra como las dos caras de una misma moneda. Se acumulan aquí términos y expresiones para instruirnos y convencernos de la bondad de Dios. 1. Es misericordioso. Esto nos habla de su tierna compasión, como la de un padre para con sus hijos. 2. Es piadoso. Su misericordia es gracia, pura y libre gracia, que salva, ayuda, consuela y levanta. 3. Es tardo para la ira, demora la ejecución de su justicia; nos espera con su gracia y alarga las ofertas de su misericordia. 4. Es grande en misericordia y verdad, es decir, rebosante de amor, misericordioso de gracias, dones y bendiciones, y fiel a su Palabra eternamente: una bondad comprometida por su promesa, y una promesa garantizada por su bondad y su lealtad. 5. Que guarda misericordia a millares, o hasta la milésima generación, y recuerda siempre las obras buenas de los antepasados. 6. Que perdona la iniquidad (heb. avón = maldad que nace de una mala disposición del corazón), la rebelión (heb. peshá) y el pecado (heb. jattaah = el pecado radical = errar el blanco). Especifica así la misericordia perdonadora porque es la que abre la puerta a todos los otros dones de su divina gracia.
II. Cómo recibió Moisés esta declaración que Dios le hizo de sí mismo, y de su gracia y misericordia. Parece ser que Moisés aceptó esto como una respuesta suficiente a su petición de que Dios le mostrara su gloria. Y aquí se nos dice:
1. La impresión que eso hizo en él: Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró (v. 8).
2. El provecho que sacó de ello. Inmediatamente elevó una oración fundada en esa manifestación (v. 9). Se trata de una oración muy ferviente y afectuosa: (A) A fin de que la presencia de Dios estuviese con su pueblo Israel en el desierto: «Vaya ahora el Señor en medio de nosotros, porque tu presencia lo es todo y en todo nuestra seguridad y nuestro éxito». (B) Para perdón del pecado: «Perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado; de lo contrario, no hay esperanza de que vayas con nosotros». Y (C), a favor de los privilegios de un pueblo singularmente de Dios: «Y tómanos por tu heredad». Dios ya había prometido estas cosas y le había dado a Moisés seguridades acerca de ellas; con todo, Moisés ora por ellas, no porque dude de la sinceridad de las garantías de Dios, sino como quien ansía que sean ratificadas.
Quienes tienen buenas esperanzas, por la gracia de Dios, de que sus pecados son perdonados, deben continuar orando por perdón, por un perdón renovado, y por una conciencia cada vez más clara de su estado espiritual. Así Moisés, como hombre de un espíritu verdaderamente preocupado por su pueblo, intercede incluso por los niños que todavía no han nacido, pero habrían de ser herederos de las promesas. Pero añade una apelación muy extraña: Porque es un pueblo de dura cerviz. Precisamente Dios le había dado esta razón para no ir con ellos (33:3). «Sí—parece replicar Moisés—, tanto mayor razón para venir con nosotros; porque cuanto peores son, tanto más necesitan de tu presencia y de tu gracia para hacerlos mejores.»
Versículos 10–17
Hecha la reconciliación, se sella ahora un pacto de amistad entre Dios e Israel. Los traidores no sólo son perdonados, sino que son preferidos de nuevo y constituidos favoritos. Bien puede ser introducida la seguridad de esto con un He aquí, pues es una expresión que pide atención y admiración: He aquí, yo hago pacto
I. La parte de Dios en este pacto, es decir, lo que Él va a hacer por ellos (vv. 10–11). 1. En general: Haré maravillas. Verdaderamente eran maravillas, porque no tenían precedente, que no han sido hechas en toda la tierra. Serían el gozo de Israel, y la confirmación de su fe: Verá todo el pueblo, y reconocerá la obra de Jehová. Y serían el terror de sus enemigos: Porque será cosa tremenda la que yo haré contigo. Sí, incluso el pueblo mismo de Dios las vería con asombro. 2. En particular: Echo de delante de tu presencia al amorreo, etc. (v. 11).
II. La parte de ellos en el pacto: Guarda lo que yo te mando hoy. No podemos esperar el beneficio de las promesas, si no tomamos conciencia de los mandamientos.
No te has de inclinar a ningún otro dios (v. 14), ni dar honores divinos a ninguna criatura, ni a ningún otro nombre, pues son pura imaginación. No se puede adorar correctamente a Dios si no se le adora a Él sólo. Y para que no se sientan tentados a adorar a otros dioses, no se deben unir en parentesco ni amistad con los que los adoran: Guárdate de hacer alianza con los moradores de la tierra (v. 12). Si Dios, en su benignidad hacia ellos, echó fuera a los cananeos, ellos debían, en obligada correspondencia, no acogerlos. Especialmente debían guardarse muy mucho de establecer con ellos alianzas matrimoniales (vv. 15–16). Si acogían en sus casas a las hijas de los cananeos, estarían en constante peligro de erigir un altar a los dioses de los cananeos. Y para que no se sintieran tentados a hacer dioses de fundición (v. 17), debían destruir completamente cuantos hallasen, juntamente con sus altares (v. 13).
Versículos 18–27
Aquí se dan ciertas instrucciones acerca del modo de celebrar las fiestas solemnes anuales. Cuando hicieron el becerro, proclamaron una fiesta en honor de él; ahora, para que no vuelvan a cometer tal abominación, se les ordena de nuevo observar las fiestas que Dios había instituido. Nótese que los hombres no tienen por qué ser apartados de la religión por la tentación de regocijarse, puesto que servimos a un Señor que ha provisto abundantemente para el gozo de sus siervos.
I. Deben descansar un día a la semana, aun en la arada y en la siega (v. 21), que son los tiempos de ocupación más urgente del año. El mejor modo de obtener prosperidad en el trabajo de la cosecha es observar religiosamente el día de reposo en el tiempo de la cosecha.
II. Tres veces al año deben celebrar fiesta solemne (v. 23). Deben entonces presentarse delante de Jehová el Señor, Dios de Israel. Pero, ¿no quedaría el país expuesto a toda violencia y pillaje por parte de sus vecinos cuando todos los varones subiesen a Jerusalén para adorar? ¿Qué sería de las pobres mujeres, de los niños, de los ancianos y de los enfermos? ¡No hay por qué temer! Ninguno codiciará tu tierra, cuando subas para presentarte delante de Jehová (v. 24). Dios se cuidará de los que queden en sus hogares. No sólo no habrá quien invada el país, sino que no habrá quien desee hacerlo ni piense en ello. El camino de la obediencia es el camino de la seguridad.
III. Se mencionan aquí las tres fiestas con sus accesorios. 1. La Pascua y la fiesta de los panes sin levadura, en recuerdo de su liberación de Egipto; y a esto se anexiona la ley del rescate de los primogénitos (vv. 18–20). Esta fiesta ya había sido instituida (12:13), y ordenada de nuevo (23:15). 2. La fiesta de las semanas, es decir, Pentecostés, siete semanas después de la Pascua y a ésta es anexionada la ley de los primeros frutos. 3. La fiesta de la recolección final al término del año, que es la fiesta de los Tabernáculos (v. 22). También de éstas había hablado antes (23:16).
IV. Estas leyes se repiten para mostrar que ni una jota ni una tilde pasarían de ningún modo de la ley (Mt. 5:18). Y para cerrar esta sección, Dios ordena a Moisés que escriba estas palabras (v. 27), para que el pueblo esté más al corriente de ellas por el uso frecuente y puedan ser transmitidas a las generaciones venideras. Nunca estaremos lo bastante agradecidos a Dios por su Palabra escrita. 2. Dios le dice que conforme a estas palabras ha hecho pacto con él y con Israel; no con Israel en directo, sino con ellos a través de Moisés como mediador.
Versículos 28–35
I. La permanencia de Moisés en el monte, donde fue sustentado milagrosamente (v. 28). Cuando nos encontramos fatigados de haber pasado una hora o dos en la presencia de Dios, orando o rindiéndole culto, hemos de considerar cuántos días y cuántas noches pasó Moisés con Él. Estuvo tanto tiempo sin comer ni beber (y probablemente sin dormir) porque: 1. El poder de Dios le sostenía para que no necesitara de ello. 2. Tenía una comida que el mundo no conoce, porque su comida y su bebida era escuchar la palabra de Dios y orar (comp. Jn. 4:34). Dios hizo a su favorito Moisés un banquete, no de comida y bebida, sino de luz, ley y amor, con el conocimiento de Dios y de su voluntad. Como Moisés, también Elías y Jesús ayunaron durante cuarenta días y cuarenta noches.
II. El descenso de Moisés del monte, grandemente enriquecido y milagrosamente ennoblecido.
1. Descendió enriquecido con el mejor de los tesoros, porque llevaba en sus manos las dos tablas de la ley.
2. Descendió ennoblecido y adornado con la mejor de las bellezas, pues la piel de su rostro resplandecía (v. 29).
A) Esto puede ser considerado: (a) Como un gran honor hecho a Moisés, a fin de que el pueblo no volviese a poner en duda su misión. Llevaba las credenciales en su propio rostro. Los israelitas no podían mirarle a la cara, pero podían leer allí la comisión que había recibido de Dios. No obstante, aun después de esto murmuraron contra él. (b) Fue también un gran favor hecho al pueblo, y un estímulo para ellos, el que Dios pusiera esta gloria sobre él, que era el intercesor del pueblo, dándoles con esto seguridad de que él era aceptado, y ellos a través de él. (c) Fue efecto de su íntima y larga comunión con Dios. Cuando hemos estado en el monte con Dios, ha de brillar nuestra luz delante de los hombres, para que todos cuantos conversen con nosotros nos reconozcan que hemos estado con Jesús (Hch. 4:13).
B) En cuanto al resplandor del rostro de Moisés, obsérvese aquí: (a) Que Moisés no se percataba de ello: No sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía (v. 29). Cualquier clase de hermosura que Dios nos conceda ha de suscitar en nosotros tal sentido de humildad y de reconocimiento de la propia indignidad y de nuestras debilidades, que nos haga pasar por alto y olvidar aquello que hace resplandecer nuestro rostro. Los hombres más grandes son inconscientes de su propia grandeza. (b) Aarón y los hijos de Israel lo vieron y tuvieron miedo (v. 30). Probablemente dudaron de si era una señal del favor de Dios o de su disgusto; siendo conscientes de su culpa, temían lo peor. (c) Moisés puso un velo sobre su rostro (vv. 33, 35), cuando se dio cuenta de que resplandecía. Esto nos enseña a todos una lección de humildad y de modestia. (d) Cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con Él en el tabernáculo, se quitaba el velo (v. 34). Entonces no había necesidad de él, y delante de Dios, todo varón debe aparecer sin velo. Esto significa también que, como se explica en 2 Corintios 3:16 siempre que alguno se convierte al Señor, el velo se quita, para que a rostro descubierto podamos contemplar su gloria.
Entramos ahora en la sección final del libro del Éxodo, que trata en detalle de la construcción del santuario. Aquí se comienza insistiendo en la observancia del sábado, y se detalla después la obra del tabernáculo y la ofrenda que se hizo entre el pueblo para contribuir a su erección.
Versículos 1–19
Al ser la erección y el mueblaje del tabernáculo la obra a la que inmediatamente debían dedicarse, se dan aquí instrucciones respecto a ella en particular.
I. Se convoca a toda la congregación (v. 1).
II. Moisés les encarga todo lo que Dios le había mandado. Al haber puesto ambas partes su confianza en él, él fue fiel a esta confianza; con todo, él fue fiel sólo como siervo, pero Cristo lo fue como Hijo (He. 3:5–6).
III. Comienza con la ley del sábado: Seis días se trabajará para la obra del tabernáculo, mas el día séptimo será santo (v. 2); ese día no se dará ni un golpe. Es sábado de reposo, y es tipo del reposo que queda para el pueblo de Dios (He. 4:9); reposo espiritual en este mundo, de las obras de la carne; reposo eterno en el Cielo, donde un descanso perfecto estará unido al servicio activo y gozoso (Ap. 22:3, 5).
IV. Ordena que se hagan preparativos para la erección del tabernáculo. Dos cosas había que hacer en particular:
1. Todos cuantos disponían de medios debían contribuir: Tomad de entre vosotros ofrenda para Jehová (v. 5). La norma es: Todo generoso de corazón la traerá. No había de ser una contribución impuesta, sino de buena voluntad y espontánea, para sugerirnos: (A) Que Dios no ha hecho pesado nuestro yugo. (B) Que Dios ama al dador alegre (2 Co. 9:7), y se agrada con las ofrendas que libremente se le hacen. Los servicios más aceptables a Dios son los que surgen de un corazón generoso que se ofrece voluntariamente (Sal. 110:3).
2. Todos los que sean hábiles han de poner manos a la obra: Todo sabio de corazón de entre vosotros vendrá y hará todas las cosas (v. 10). Véase cómo Dios otorga sus dones con variedad; y, cada uno, según el don que ha recibido minístrelo a los otros (1 P. 4:10). Los que tenían medios de fortuna, habían de aportar los materiales para el trabajo; los que tenían cualidades artísticas debían servir al tabernáculo con su arte; así como ellos se necesitaban unos a otros, así también el tabernáculo los necesitaba a todos ellos (1 Co. 12:7–21).
Versículos 20–29
I. Las ofrendas que eran traídas para el servicio del tabernáculo (vv. 21 y ss.). 1. Se insinúa que trajeron sus ofrendas inmediatamente. No hay mejor oportunidad que la presente. 2. Se nos dice que su espíritu les dio voluntad (v. 21), y que tuvieron corazón voluntario (v. 29). 3. Cuando se dice que vinieron todos los voluntarios de corazón a presentar sus ofrendas (v. 22), parece darse a entender que había algunos que no tenían esta voluntad, sino que amaban a su dinero más que a su Dios, y no estaban dispuestos a desprenderse de su oro, ni siquiera para el servicio del tabernáculo. Son de los que están a favor de la religión, con tal de que les resulte barata y no les cueste nada. 4. Las ofrendas eran de distintas clases, de acuerdo a lo que poseían. Quienes no poseían piedras preciosas que traer, traían pelo de cabras o pieles de carneros. Dos moneditas de una pobre viuda fueron más agradables a Dios que muchos talentos de oro de un ricachón. Dios tiene la vista puesta en el corazón del dador más que en el valor de lo que da. Muchos de los objetos que ofrecieron eran ornamentos que usaban, como cadenas y zarcillos, anillos y brazaletes (v. 22); e incluso las mujeres se desprendían de esas cosas. Si pensamos que las normas del Evangelio en lo concerniente a nuestro vestido son demasiado estrictas (1 Ti. 2:9–10; 1 P. 3:3–4) me temo que no habríamos hecho lo que estos israelitas hicieron. Podemos suponer que estas cosas preciosas que ofrecieron procedían especialmente de lo que habían tomado de los egipcios antes de salir de Egipto. ¿Quién hubiera pensado que hasta la riqueza de Egipto había de ser tan bien empleada? Que cada uno de según le haya prosperado Dios (1 Co. 16:2). Los éxitos extraordinarios deben ser reconocidos con ofrendas extraordinarias. Pero hemos de tener mucho cuidado de que los dioses de los egipcios no se mezclen con el oro de los egipcios.
II. La obra que se llevó a cabo para el servicio del tabernáculo: Todas las mujeres sabias de corazón hilaban con sus manos (v. 25). Algunas hilaron en fino, como en púrpura violeta o carmesí; otras con material basto como pelo de cabras, pero incluso éstas se dice que fueron impulsadas por su corazón en sabiduría (v. 26). De la misma manera que Dios acepta no sólo ricos presentes así también acepta no sólo labores en fino. Aquí se hace mención del trabajo que hicieron por Dios las buenas mujeres, tanto como del que hicieron Bezaleel y Aholiab. La unción que María hizo sobre la cabeza de Jesús será anunciada para perpetua memoria (Mt. 26:13); y también se mencionan las mujeres que trabajaron para el Evangelio (Fil. 4:3), y fueron colaboradoras de Pablo en Jesucristo (Ro. 16:3). Los pobres pueden aliviar a los pobres, y quienes no tienen otra fortuna que sus brazos y sus sentidos pueden poner mucha generosidad en su trabajo de amor (1 Ts. 1:3).
Versículos 30–35
Nombramiento que Dios hace de los obreros principales, para que no haya contienda por el oficio. Dios es Dios de orden y no de confusión (1 Co. 14:33). 1. Aquellos a quienes Dios llamó por su nombre para este servicio los llenó del Espíritu de Dios (v. 31). La habilidad para los empleos seculares es un don de Dios y viene de arriba (Stg. 1:17). Así cuando los apóstoles fueron nombrados para ser arquitectos del tabernáculo del Evangelio, fueron llenos del Espíritu de Dios en sabiduría y entendimiento. 2. Fueron nombrados, no sólo para proyectar, sino para trabajar (v. 32). 3. No sólo habían de proyectar y trabajar ellos, sino que habían de enseñar a otros (v. 34). No sólo tenía Bezaleel poder para mandar, sino que había de tomarse trabajo en enseñar. Los que gobiernan deben enseñar; y aquellos a quienes Dios ha dado conocimiento, deben estar deseosos de comunicarlo para beneficio de otros, sin codiciar el monopolizarlo.
En este capítulo vemos cómo se comienza la construcción del tabernáculo. Las ofrendas son tan numerosas, que hay que ponerles tope.
Versículos 1–7
I. Los obreros ponen mano a la obra sin demora, conforme se les había mandado (v. 1). Comienzan cuando Moisés les llama (v. 2). Han de ser llamados a la edificación del tabernáculo del Evangelio aquellos a quienes Dios, por su gracia, ha equipado en alguna medida para la obra y están libres para comprometerse en ella. Suficiente habilidad y voluntad resuelta son las dos cualidades que han de tenerse en cuenta en el llamamiento de ministros del Señor. Los materiales que el pueblo había aportado fueron entregados por Moisés a los obreros (v. 3). Almas inmortales son los materiales del tabernáculo del Evangelio; son edificadas como casa espiritual (1 P. 2:5). A este fin han de ofrecerse a sí mismas como ofrenda agradable al Señor, para su servicio (Ro. 15:16), y entonces son encomendadas al cuidado de sus ministros, como edificadores, para ser trabajadas y ajustadas en el edificio mediante su crecimiento espiritual, hasta que lleguen a ser en la unidad de la fe, un santuario sagrado (Ef. 2:21–22; 4:12–13).
II. Se suspenden las ofrendas. El pueblo continuaba trayendo ofrenda voluntaria cada mañana (v. 3).
1. La honradez de los obreros. Cuando los maestros que estaban al frente de la obra tuvieron a mano los materiales que necesitaban y vieron que había suficiente, fueron todos a Moisés para decirle que no era menester hacer más ofrendas (vv. 4–5). Eran hombres de integridad, que desdeñaban hacer una cosa tan vil como vivir a costa del pueblo y enriquecerse con lo que había sido ofrecido al Señor. Los mayores timadores son los que timan a la comunidad. 2. La generosidad del pueblo, ¡caso raro! La mayoría necesitan ser espoleados para avivar su generosidad; pocos necesitan un freno para moderarla; pero éstos lo necesitaron.
Versículos 8–13
El primer trabajo que hicieron fue la erección de la casa, hecha, no de madera o de piedra, sino de cortinas curiosamente bordadas y unidas entre sí. Esto servía para simbolizar el estado de la Iglesia en este mundo, el palacio de Dios entre los hombres. Es en sí de poco valor y mudable y se encuentra como en estado de guerra (Iglesia militante). Los pastores vivían en tiendas de campaña, y Dios es el Pastor de Israel; los soldados vivían en tiendas de campaña, y el Señor es hombre de guerra (Jehová de los ejércitos), y su Iglesia marcha a través de un territorio del enemigo, y debe luchar en el camino (Ef. 6:10 y ss.). Los reyes de la tierra se encerraban en palacios de cedro (Jer. 22:15), pero el Arca de Dios estaba alojada sólo entre cortinas. No obstante, hay hermosura en la santidad; las cortinas estaban bordadas; así también la Iglesia está adornada con los dones y gracias del Espíritu; con vestidos bordados es llevada al rey (Sal. 45:14).
Versículos 14–34
1. El resguardo y la especial protección de que disfruta la Iglesia están simbolizados por las cortinas de pelo de cabra extendidas sobre el tabernáculo, y por las cubiertas de pieles de carneros y de tejones que estaban encima de las cortinas (vv. 14–19). Dios ha provisto para su pueblo refugio y escondedero contra el turbión y contra el aguacero (Is. 4:6). Los que habitan en la casa de Dios encontrarán que, por muy violenta que sea la tempestad, o por muy continuo que sea el gotear, el agua no entra. 2. La fuerza y la estabilidad de la Iglesia, aunque no es más que un tabernáculo, están simbolizadas por las tablas de madera y por las barras con que se sostenían las cortinas (vv. 20–34).
Versículos 33–38
1. Había un velo para separar el lugar santo del santísimo (vv. 35–36). Esto daba a entender la oscuridad y la distancia de aquella dispensación, comparada con el Nuevo Testamento, que nos muestra la gloria de Dios con mayor claridad y nos invita a acercarnos a Dios. 2. Había también un velo para la puerta del tabernáculo (vv. 37–38). Junto a esta puerta se reunía el pueblo aunque les estaba prohibido entrar; porque, mientras nos hallamos en el estado presente, debemos acercarnos a Dios lo más posible.
Bezaleel y sus obreros están todavía muy ocupados haciendo el Arca con el propiciatorio y los querubines, la mesa, el candelabro y el altar del incienso.
Versículos 1–9
I. Moisés había referido con todo detalle las instrucciones que se le habían dado en el monte sobre la construcción de todas estas cosas. Entonces, ¿por qué hay tantos empleados en esta narración? Debemos considerar: 1. Que Moisés escribió primordialmente para el pueblo de Israel, para quien sería de gran utilidad leer y oír a menudo de estos tesoros divinos y sagrados que se les habían encomendado. También nosotros necesitamos que se nos inculquen una y otra vez las grandes realidades del Evangelio con su ley de amor. 2. Moisés quería mostrar así el gran cuidado que él y sus obreros tuvieron en hacer cada cosa exactamente de acuerdo con el modelo que le había sido mostrado en el monte. Habiéndonos dado primero el original, ahora nos da la copia, para que los comparemos y veamos cuán exactamente se corresponden.
II. En estos versículos tenemos un relato de cómo se hizo el Arca, con sus gloriosos y significativos accesorios, el propiciatorio y los querubines. Si consideramos estas tres cosas juntamente, vemos que representan respectivamente la gloria del Dios santo, la sinceridad de un corazón santo, y la comunión que se establece entre ellos, en, y por medio de, un Mediador.
Versículos 10–24
1. La construcción de la mesa en la que habían de estar continuamente los panes de la proposición. Dios es un buen mantenedor de su casa, que siempre tiene una mesa bien provista. ¿Es el mundo su tabernáculo? Su providencia prepara en Él una mesa para todas las criaturas: provee alimento para toda carne. ¿Es la Iglesia su tabernáculo? Su gracia prepara en ella una mesa para todos los creyentes, provista del pan de vida. Pero obsérvese cuánto supera la dispensación del Evangelio a la de la Ley Aunque aquí había una mesa preparada, sólo tenía panes de proposición, panes para ser expuestos, no para comer de ellos mientras estaban en la mesa, y después, sólo los sacerdotes los podían comer; pero a la mesa que Cristo ha preparado en el nuevo pacto todos los verdaderos cristianos están invitados como huéspedes; y a todos ellos se dice: Venid, comed de mi pan (Pr. 9:5). Donde 1. La Ley sólo dio una visión a distancia, el Evangelio da un disfrute cercano y una cordial bienvenida. 2. La fabricación del candelero, todo él de oro puro labrado a martillo (vv. 17, 22). La Biblia es un candelero de oro, de oro puro (Sal. 19:10). De él se difunde la luz a todas las partes del tabernáculo de Dios.
Versículos 25–29
1. La construcción del altar de oro, en el que había de quemarse incienso diariamente que significaba las oraciones de los santos y la intercesión de Cristo. Sus anillos y su cornisa eran de oro, y todos sus accesorios estaban copiosamente cubiertos de oro, como eran de oro el candelero y todas las vasijas de la mesa, porque se usaban en el lugar santo. 2. La preparación del incienso que había de quemarse en este altar, y, con él, la del aceite de la unción (v. 29).
Construcción del altar de bronce y de la pila del mismo metal. Viene luego la disposición del atrio y, finalmente, un recuento de los materiales de oro, plata y bronce que se emplearon en la construcción del tabernáculo y de su mobiliario.
Versículos 1–8
Una vez que hubo terminado Bezaleel la obra de oro, que aun siendo la más rica había de estar en su mayor parte oculta a la vista del pueblo en el mismo tabernáculo, se dispone ahora a preparar el atrio, que estaría abierto a la vista de todos. El mobiliario constaba de dos objetos, ambos de bronce:
I. El altar de los holocaustos (vv. 1–7). En él se ofrecían todos los sacrificios.
II. Una pila, para que se lavaran los sacerdotes cuando entraban a ejercer su ministerio (v. 8). Aquí se dice que estaba hecha de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo, ya que estos espejos eran entonces de cobre bruñido.
1. Parece ser que estas mujeres eran eminentes y ejemplares en su devoción, como lo fue Ana mucho tiempo después, la cual no se apartaba del templo, sirviendo de día y de noche con ayunos y oraciones (Lc. 2:37).
2. Estas mujeres se desprendieron de sus espejos para uso del tabernáculo. Para que los obreros no careciesen de bronce ellas entregaron sus espejos, aunque les servían de gran utilidad. La tradición rabínica dice que al principio, Moisés no quería usarlos, porque habían servido a la vanidad femenina, pero Dios le recordó que la mujer israelita había compartido la amargura de la esclavitud de su esposo en Egipto y había hecho todo lo posible para alegrarlo. Entonces Moisés aceptó los espejos, pero utilizó el metal para la construcción de la pila, no para el tabernáculo mismo.
Versículos 9–20
Las paredes del atrio eran, como las del resto del tabernáculo, cortinas, según lo dispuesto anteriormente (27:9 y ss.). Esto representaba el estado propio del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento; era un jardín cerrado; los adoradores estaban entonces confinados a un pequeño espacio. Pero, siendo de cortinas el cierre, se insinuaba que el confinamiento del pueblo de Dios a una nación particular no había de ser perpetuo. La dispensación misma era una dispensación de tabernáculo, movible y mudable, y que, a su debido tiempo, había de ser depuesta y enrollada cuando el lugar de la nueva habitación fuese ampliado y sus cuerdas alargadas, para hacer sitio para el mundo de los gentiles, como se anuncia en Isaías 54:2–3.
Versículos 21–31
Aquí tenemos un sumario de las cuentas que, por orden de Moisés, hicieron y guardaron los levitas del oro, la plata y el bronce que trajo el pueblo para el uso del tabernáculo y de cómo fue empleado todo ello. Itamar, hijo de Aarón, fue encargado de hacer esto teniendo a los levitas bajo su dirección. Por números 4:28 vemos que Itamar era el superintendente del tabernáculo. Bezaleel y Aholiab presentaron las cuentas (vv. 22–23) e Itamar las revisó para entregarlas después a Moisés. Y fue así: 1. Todo el oro procedía de ofrendas voluntarias. 2. La plata fue recogida por vía de leva o tributación, a siclo por cabeza.
Este capítulo nos refiere la terminación de la obra del tabernáculo, después de resumir las características de las vestiduras sacerdotales.
Versículos 1–31
En este relato de la confección de las vestiduras de los sacerdotes, de acuerdo con las instrucciones dadas anteriormente (cap. 28), podemos observar: 1. Que las vestiduras de los sacerdotes son llamadas aquí vestiduras del ministerio (v. 1). De los que están cubiertos de vestiduras blancas se dice que están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su santuario (Ap. 7:13, 15). 2. Que todos los párrafos de las seis porciones que nos refieren la confección de estas vestiduras sagradas, concluyen con estas palabras: como Jehová lo había mandado a Moisés (vv. 5, 7, 21, 26, 29, 31). Es normativo para todos los ministros del Señor hacer de la Palabra de Dios su regla en todos sus ministerios, y actuar en obediencia al mandato de Dios. 3. Que estas vestiduras, en conformidad con el resto del mobiliario del tabernáculo, eran muy ricas y espléndidas; así fue enseñada la Iglesia en su infancia, y así se agradaba de los rudimentos de este mundo (Col. 2:8). 4. Que todas ellas eran sombra de las cosas venideras, pero la realidad es Cristo y la gracia del Evangelio. Por consiguiente, cuando ha llegado la realidad, es una burla seguir aficionados a la sombra. (A) Cristo es nuestro gran Sumo Sacerdote; cuando vino a emprender la obra de nuestra redención, se puso las vestiduras de servicio. (B) Los verdaderos creyentes son sacerdotes espirituales. El material con que tienen que ser hechas sus vestiduras son las acciones justas de los santos (Ap. 19:8).
Versículos 32–43
I. Los constructores del tabernáculo realizaron la obra con gran prontitud, pues emplearon no mucho más de cinco meses desde que la comenzaron hasta que la acabaron.
II. Observaron puntualmente las órdenes que habían recibido, sin apartarse en absoluto de ellas. Todo lo hicieron como Jehová lo había mandado a Moisés (vv. 32, 42).
III. Trajeron toda su obra a Moisés y la sometieron a su inspección y censura (v. 33). Aunque sabían hacer la obra mejor que Moisés, Moisés tenía del modelo una idea más exacta que ellos y, por eso, no podían estar completamente satisfechos de su obra hasta que no tuviesen su aprobación.
IV. Moisés, después de examinar toda su obra halló que la habían hecho como Jehová había mandado (v. 43). El mismo Ser que había mostrado el modelo a Moisés, había guiado las manos de ellos en la obra.
V. Moisés los bendijo. 1. Los alabó y expresó su aprobación por todo lo que habían hecho. No encontró falta donde no la había, al contrario que algunos, que piensan desacreditar su propio juicio si no encuentran algo a faltar en la mejor y más perfecta realización. Quizás habría alguna ligera imperfección en algún pequeño detalle, pero Moisés no era tan cicatero como para hacer notar pequeños defectos en una obra tan grande y tan bien acabada. 2. No sólo los alabó, sino que oró por ellos, pues expresó su alabanza y su agradecimiento e invocó sobre ellos una bendición de Dios. No los bendijo al comenzar la obra, sino al terminarla, porque los principios suelen ser fáciles, pero acabar una obra grande y acabarla bien es duro y más raro. La Tradición judía dice que Moisés compuso el Salmo 90 en esta ocasión (ver el v. 17 con que acaba el Salmo).
En este capítulo, se dan órdenes para levantar el tabernáculo y poner en su sitio todos los accesorios. Viene después la consagración del tabernáculo y de los sacerdotes. Finalmente, Dios toma posesión de él por medio de la nube.
Versículos 1–5
Los materiales y el mobiliario del tabernáculo habían sido revisados escrupulosamente y aprobados, y ahora debían ser colocados en su lugar. 1. El tiempo estipulado para esto fue el primer día del mes primero (v. 2). Está muy bien comenzar el año con alguna obra buena. El que es el primero debe tener lo primero: Buscad primero el reino de Dios (Mt. 6:33). En tiempo de Ezequías, vemos que iniciaron a santificar el templo, comenzando por los sacerdotes mismos, el día primero del mes primero (2 Cr.
29:17). Se le ordena a Moisés que primero sea levantado el tabernáculo mismo en el que Dios quería habitar y ser servido (v. 2); luego poner el Arca en su lugar y correr el velo delante de ella (v. 3); después, fijar la mesa, el candelero y el altar del incienso fuera del velo (vv. 4–5), y poner la cortina delante a la entrada del tabernáculo. Luego, en el atrio, debe colocar el altar de los holocaustos y la pila de bronce (vv. 6–7); y, finalmente, debe poner el atrio alrededor, y la cortina a la entrada del atrio (v. 8). 2. Luego que el tabernáculo ha sido levantado, y ya están en su lugar las piezas del mobiliario, Dios da orden a Moisés de consagrar todo ello ungiéndolo con el aceite ya preparado con este objetivo (30:25 y ss.). Todas y cada una de las cosas fueron santificadas luego que estuvieron en el lugar que correspondía a cada una de ellas. Así como cada cosa es bella en su propia sazón, así también todo lo es en su propio lugar. 3. Ordena también a Moisés que consagre a Aarón y a sus hijos.
Versículos 16–33
Cuando el tabernáculo y su mobiliario estuvieron preparados, lo pusieron en medio del campamento, mientras ellos estaban en el desierto.
Aquí tenemos un relato del trabajo que hicieron aquel primer día del año. Velaron lo que tenía que estar velado (v. 21), y usaron inmediatamente lo que tenía que ser usado. Lo que Moisés hizo lo hizo con la dirección y con las garantías especiales de Dios, y actuó como profeta o legislador más bien que como sacerdote. Puso la cosa en marcha, y después dejó la obra en manos de los que habían sido nombrados para el ministerio. (A) Cuando terminó de poner la mesa, puso sobre ella el Pan de la proposición (v. 23).
(B) Tan pronto como estuvo colocado el candelero, encendió las lámparas delante de Jehová (v. 25). (C) Después de poner en su sitio el altar de oro, inmediatamente quemó sobre él incienso aromático (v. 27).
(D) Asimismo inmediatamente después de poner el altar de los holocaustos en el atrio del tabernáculo, sacrificó sobre él holocausto y ofrenda (v. 29). (E) Igualmente, después de poner la pila, Moisés mismo se lavó las manos y los pies.
Versículos 34–38
Después que Dios terminó la creación de este mundo, que Él había destinado a que fuese la habitación del hombre, creó al hombre y lo puso en posesión del mundo. Así también, después que Moisés terminó de hacer el tabernáculo, destinado a ser la morada de Dios entre los hombres, vino Dios y tomó posesión de él. Dondequiera que Dios tiene un trono y un altar en un alma, allí hay un templo vivo. Así, pues, cuando Dios descendió a tomar posesión de su casa, la nube la cubrió por fuera, y la gloria de Jehová la llenó por dentro.
I. La nube cubrió el tabernáculo (v. 34). Esta nube estaba destinada a ser: 1. Una señal de la presencia de Dios, visible constantemente día y noche (v. 38) a todo Israel, incluso a los que se hallaban en los más remotos rincones del campamento, para que nunca más volviesen a preguntar: ¿Está Jehová entre nosotros, o no? 2. Una ocultación del tabernáculo, y de la gloria de Dios en él. Dios habita de veras entre ellos, pero habita en una nube. 3. Una protección del tabernáculo. Ellos lo habían guarecido con una cubierta sobre otra, pero, después de todo, la nube que lo cubría era su mejor guardián y protector. Quienes reposan en la casa de Jehová, están resguardados por la protección divina (Sal. 27:4–5). 4. Un guía para el campamento de Israel durante su marcha por el desierto (vv. 36–37). Mientras la nube continuaba sobre el tabernáculo, ellos descansaban; cuando la nube se levantaba, ellos se trasladaban en seguimiento de ella, ya que estaban pura y simplemente bajo la dirección de Dios.
II. La gloria de Jehová llenó el tabernáculo (vv. 34–35). Esta gloria, la shekinah de Dios, se hacía visible en luz y fuego, y no de otro modo; porque Dios es luz (1 Jn. 1:5).