El jeep de Libino


Cuando Libino llegó con su flamante jeep verde a Providencia, acabado de comprar, todo el mundo se alegró. Sabían que era un hombre bueno y durante años le escucharon el sueño de tener uno propio. Estaba al cumplir medio siglo de vida cuando subió el primer jeep a su barrio de la Sierra Maestra y para él fue como una iluminación. Lo vio llegar repleto de gente que, al fin, no tuvo que subir a pie o a caballo desde Estradapalma, nombre que siguieron diciendo a ese pueblo, aunque después le pusieron Bemasó.

El primer jeep era de Cabrera, que lo compró cuando abrieron un sendero hacia la sierra para que los camiones pudieran transportar madera y cargas de café. Él lo aprovechó para abrir una línea de trasporte de pasajeros que llegó a alcanzar tres carros en su época de esplendor. La suerte de Libino fue que el chofer necesitó de alguien que le ayudara a acomodar los pasajeros, los paquetes, los cobros, en fin, a agilizar el servicio. Antes del mes, el jovial campesino le pidió que lo enseñara a manejar. El primer domingo que se sentó frente al timón fue tan feliz como el día en que desmontó a Luisa Inés de la ventana de su cuarto, escondido en la noche, para que fuera su mujer de toda la vida. Cuando, al año siguiente, el dueño compró un nuevo yipi –como todos decían–, no encontró a nadie mejor que Libino para que fuera su segundo chofer.

Así comenzó la carrera de chofer de pasajeros de Libino, quien no dejó de sonreír hasta la madrugada del 21 de marzo de 1962, cuando la esposa lo despertó gritando “una fatalidad, una fatalidad”. Atento con todos, servicial, jaranero, dadivoso, aunque cobraba lo mismo que los otros conductores parecía que era más barato viajar con él, porque el saludo cariñoso, el chiste oportuno, el “me paga después, no se preocupe” con que atendía a quienes al contar los centavos no llegaban a los requeridos, su manera de ser, lo convirtieron en un hombre respetado y querido.

Pero el deseo profundo de Libino era ser propietario de un jeep. Se le metió en la cabeza desde la tarde en que el dueño le dijo que se estaba propasando con el ‘fiao’. Para alcanzar su sueño, fue ahorrando peso a peso durante años, lo que pudo conseguir por ser un hombre sin vicios, trabajador y de poco presumir. Los únicos contratiempos a su proyecto fueron durante la guerra, cuando en más de una ocasión lo llevaron los guardias al puesto de mando del Central, acusado de transportar maus-maus, palabra que quien sabe de dónde sacaron para nombrar a los alzados. En realidad, él nunca se mezcló en los bandos litigantes, ni habló de política con nadie, atento a que su jeep estuviera siempre al día y su familia tuviera tranquilidad.

El primero de enero de 1959, el griterío “se fue Batista”, repetido hasta el cansancio, lo encontró frente a la fonda de Pepe Chávez, acomodando a los pasajeros para salir. La voz salió del radio de la fonda, el único que había en cinco kilómetros alrededor. Los que ya habían montado al jeep se tiraron y salieron corriendo, llevando la noticia de casa en casa, jubilosos de ser los primeros del barrio en enterarse y encabezar el jolgorio de hombres, mujeres, viejos y niños, a quienes les esperó el anochecer en el camino real, sonando los cencerros arrebatados a las arrias de mulos, dando vivas a Fidel y, de paso, a dos hijos del barrio que regresaron con más barbas que Jesucristo.

Fue el primer jueves en que el chofer campesino no trabajó, lo que, aunque contento con el fin de la guerra, no le pareció una buena señal. Lo que entonces no pudo sospechar es que unos días después no sólo perdería algunas jornadas de labor, sino que iba a trabajarlas de balde. La primera, la mañana en que parqueó el jeep en la parada y seis hombres barbudos se montaron, con los rifles enganchados al hombro, y le dijeron que arrancara. Al llegar a Estradapalma, le pidieron que siguiera hasta Manzanillo y allí pasaron todo el día de una dirección a otra. Ya oscureciendo llegaron al Cuartel, donde el vaivén de rebeldes subiendo y bajando una calle empinada apenas le dejaba espacio para avanzar. Al detenerse, uno de los pasajeros, con unos grados mal cosidos en la camisa verde olivo, le dijo que podía marcharse. ¿Quién va a pagar?, preguntó Libino, haciendo un esfuerzo para que la voz fuera moderada y clara.

–Hombre, es un servicio a la Revolución, dijo el de los grados, dando la espalda.

De esos servicios, Libino prestó varios durante aquel año en que todo comenzó a cambiar. Muchos los comprendía y le daban satisfacción, como llevar a alfabetizadores, médicos, maestras, que subían a la sierra por primera vez y él les calmaba el susto cuando el jeep cruzaba los ríos recién crecidos, se empinaba gateando lomas arriba o resbalaba en los descensos. Entonces el agradable conductor atajaba las exclamaciones de pánico con un chiste que les hacía reír y muchas veces no les cobraba porque llegaban de forma voluntaria a las montañas, a enseñar y curar.

Pero Libino estaba hecho para aceptar las cosas sólo cuando las comprendía. Cuando en nombre de la revolución le pedían favores que creía injustos, como el de llevar a un “dirigente” –palabra que comenzó a florecer– a una gestión personal, simplemente se negaba. Esa conducta y la de no alterar el horario de trabajo por asistir a una concentración a escuchar un discurso, fue provocando que, poco a poco, le fueran catalogando con una peligrosa palabra que irrumpió en el vocabulario del barrio: desafecto.

El calificativo le cayó por primera vez al dueño de la fonda, a pesar de su afán en cooperar con las actividades revolucionarias. Después a Cabrera, porque había sido dueño de una tienda, tres carros y una carnicería. De nada le valió brindar su casa como hospedaje a los primeros médicos y maestros, sin cobrar nada. Es que tenía el mismo pecado que contaminó a Libino, ser propietario, aunque sólo fuera de un jeep para trabajar.

Pero la desgracia de Libino llegó a los dos años, dos meses y veintiún días de acabarse la guerra. En ese tiempo, cuando no habían inaugurado lo que se llamó “transporte serrano”, se mantenían cuatro o cinco jeep prestando ese servicio y, ante el alza en el precio de muchos productos, incluida la gasolina, los dueños decidieron subir diez centavos al pasaje. El primer día con la nueva tarifa, todos los pasajeros entendieron la explicación de Libino, pero, para su infortunio, en la parada estaba Mado, atento a la explicación. Mado no había peleado en la Sierra, pero se tomó el triunfo de los rebeldes como una bendición. Sabía hablar y se había ganado cierta fama de bravucón por reyertas entre borrachos. Con la reforma agraria vio una oportunidad de vivir sin trabajar duro, sirviendo en la organización de las granjas del pueblo, muy eficientes en destruir la producción campesina. En esas tareas estaba, de reunión en reunión, cuando oyó a Libino hablar sobre el aumento del pasaje. Enseguida se iluminó: esta es la lucha de clases que dijo el compañero dirigente que vino de La Habana.

La euforia lo llevó a casa de Tano, que vino quién sabe de dónde en la tropa rebelde y se quedó en el barrio, arrimado a una campesina veinte años menor que él. Contaba que a su bisabuelo lo trajeron de África como esclavo y que la venganza frente a aquel crimen ancestral la iba a encontrar, gracias a la revolución, aplastando a los propietarios que se le pararan delante. Cuando Mado le contó que Libino había aumentado la explotación capitalista –como dijo–, reaccionó con un sermón furibundo: ¿Qué se piensan estos señores? ¿Creen que van a seguir explotando al pueblo? Pues, compañero, vamos a darle un escarmiento a este pichón de burgués, vamos a romperle la siquitrilla.

–¿Qué vamos a hacer?– preguntó Mado, poniéndose a sus órdenes.

Aunque a Tano ya le estaba dando vueltas en la cabeza la operación, prefirió no declararla hasta no tener más adictos. Por eso salieron los dos, cuando el sol comenzaba a bajar de la alta montaña, hasta la finca de Mongo Galán, en quien buscaban a un tercer soldado. Encontraron al hombre con un cubo de leche en la mano, acabada de ordeñar la última vaca. Sin entrar a la casa, explicaron la razón de la temprana visita. Pero la esposa oyó la barbaridad que estaban planeando y salió disparada, casi gritando:

–¿Cómo van a hacer eso a Libino? Coño, Tano, ya no te acuerdas que tu mujer no se murió en el parto gracias a él, que casi revienta el yipi para llegar al hospital. ¿O con estas guanajeras que ustedes traen últimamente se te ha olvidado?

–Conmigo no cuenten, dijo Mongo Galán, agregando: yo creo que la revolución no es para eso.

Estaban al desistir del macabro plan cuando vieron pasar, por el camino real, al jefe del poder local. No era bien visto en la zona, no sólo porque había preñado a una infeliz campesina de quince años, sin después dar la cara, sino por el tono arrogante con que anunció a algunos campesinos la reducción de sus tierras. “Los vamos a siquitrillar”, le encantaba decir. Tano y Mado, con solo un intercambio de miradas, supieron que contarían con su apoyo. Acertaron a la mitad. Tendrían su ayuda y los defendería ante cualquier acusación, pero él no iba a participar. No por miedo, dijo, sino porque tenía tareas urgentes que resolver. Cuando terminó el largo día, con las primeras lloviznas de la primavera los dos complotados apuraron el último trago de una botella de aguardiente que les duró media tarde. Se despidieron, rectificando una vez más que iban a reencontrase a las dos y media de la madrugada, exactamente en el portillo que está frente a la casa de Libino. Allí, uno llegaría con un galón de gasolina y el otro con unos mazos de yerba seca y una caja de fósforos.

Cuando estalló el fuego, Libino y su esposa saltaron a la vez y se lanzaron a la casa de guano, construida en el patio para que el jeep no durmiera a la intemperie. Gritaron, pidieron a los dioses y los espíritus de la noche, sin entender que las llamas, ni nadie, iba a oír un reclamo por cuenta propia.