Antes de que lográramos sintetizar diferentes químicos, la orina era una fuente rápida y cuantiosa de urea que, almacenada durante mucho tiempo, se convierte en amoníaco, esencial para curtir pieles de animales y preservar el blanco de la ropa… o de los dientes españoles. Al menos, así lo refleja una poesía que el romano Cayo Valerio Catulo dedicó a un tal Egnatius: “Ahora eres celtibérico, y en el país de Celtiberia lo que cada hombre mea acostumbra a utilizarlo para cepillarse los dientes (…)