NADIE COMO ELLA
José Víctor Martínez Gil
VACÍO
Era la habitación más grande en la que nunca había estado. Ella intentaba reconocer aquella inmensidad. La almohada también era enorme; y las sábanas, tanto, que pesaban mucho. Intentó acceder a la lámpara para completar la escasa luz que se filtraba por aquellas ventanas tan amplias, pero la mano no le alcanzó. Entonces estiró la mano hacia el otro lado de la cama. Y encontró el hueco aún más grande que había allí.
BELLA
Quería estar más bella que nunca. Por eso tejía en su cabellera la trenza más perfecta, más larga y elaborada. Cuando la terminó, observó con detenimiento lo que ella consideraba su obra maestra. Al llegar la noche acudió a verlo. Más guapa que nunca, más radiante que nunca, más entregada que nunca, a pesar de que él no la merecía en absoluto. A la mañana siguiente, ella, delicadamente deshizo su trenza y se marchó. Y a él lo encontraron, ahorcado, sin que pudiera determinarse el arma del crimen.
PERDONADA
Ella lo confesó todo. Lo necesitaba. Tenía tantas cosas acumuladas que su conciencia era un bloque de hormigón. Se ubicó en el reclinatorio del confesionario, no esperó ni medio segundo cuando a través de la rejilla y entre sollozos lo soltó todo. Al final agarró su bolso, y salió del confesionario con la misma velocidad con la que había llegado. Avergonzada pero aliviada. Alejándose rápidamente del confesionario. Del confesionario vacío.