EL CAMINO DEL AUTOCONOCIMIENTO

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“No hay límite para la imaginación,

no hay límite para el pensamiento

y no hay límite para el sentimiento amoroso.

¿Cuánto más ilimitada es todavía, la Conciencia con la que

el Orden Inteligente de la Existencia ha dotado al ser humano realizado?”

 

 

 

Primer Capítulo de la 3ª parte:

EL CAMINO DEL AUTOCONOCIMIENTO...

 

Parece ser que todas las corrientes del mundo, tanto las del pasado como las de la actualidad, ya sean escuelas filosóficas o líneas científicas, caminos alternativos del pensamiento o comunidades religiosas y grupos de metafísica, todos coinciden en una sola cosa:  en el significado valioso del conocimiento, y en definitiva, para conocerse a sí mismo.

Quizás el motivo sea porque este conocerse a sí mismo, hasta las mismas entrañas, constituye el fundamento de la vida humana, el sentido y motivo de nuestras existencias y, por otro lado, representa el valor más trascendental que define la vivencia plena del ser humano.

En este sentido, hay que decir que sin un verdadero autoconocerse, todo lo demás que hagamos en la vida se vuelve superfluo y carente de significado.

Tal vez sea por ello que muchos son los que están totalmente convencidos de autoconocerse plenamente, al menos, eso es lo que creen;  y consideran sumamente importante este hecho.  Razón también, por la que podría afirmarse que el autoconocimiento como camino de transformación se ha vuelto tan popular, al punto de ser una concepción hurgada por muchas generaciones.  Porque conocerse implica desentrañar la esencia que subyace tras las capas de los numerosos condicionamientos que nos hemos impuesto, y además, implica aclarar y deshacernos de la turbiedad que vamos acumulando conforme la edad, e implica también, desenvolver la madeja de conclusiones muchas veces falsas que a modo de excusas hemos ido elaborando minuciosamente en el transcurso de los años.

Y en estos tiempos modernos el autoconocimiento es poco profundizado debido a que se ha convertido en una filosofía condicionada al confort tecnológico y progreso económico, y en función a ello, se ve el ser humano a sí mismo como es.  Pero esto no alcanza para conocerse esencialmente de verdad.

Por este motivo vamos a analizar esos otros aspectos de esta premisa, esos que son menos difundidos en estos tiempos de grandes metrópolis y de enorme desarrollo materialista.

Primeramente, incursionaremos el lado conocido del auto-conocimiento para luego lanzarnos de lleno a comprender ese otro ángulo rotundamente velado.

 

Conocerse a sí mismo, también implica, liberarse de los propósitos generalmente evasivos que se autoimpone uno mismo, y, por otro lado, depende de la firme convicción de pensar que, sincerarse, significa progresar un nivel más en la escala de la conciencia que la naturaleza ha cedido a la mente humana.

Comencemos diciendo, pues, que hoy en día el acto de conocerse a sí mismo ha pasado a ser un propósito autoimpuesto sublimalmente en los casos de menor conciencia, mientras que en los casos de conciencia nula las personas se jactan de conocerse de sí mismas aún sin saber nada real de sus propios límites e ilimitada esencialidad.  En los raros casos de conciencia despierta, entonces el auto-conocimiento se ha vuelto un suceso natural de misterio insondable pero vivido a conciencia.

 

El “autoconocimiento” tal como se menciona en la actualidad o como generalmente se plantea en los ámbitos de la “New Age”, es muy fácil de teorizar pero difícil de plasmar, de concretar de forma objetiva e imparcialmente a fin de no acomodar lo que se quiere conocer con los intereses personales.  Cuando se habla de auto-conocimiento se debería incluirlo todo, no sólo lo que conviene para fortalecer el ego.

Por eso la mayoría de las veces se presenta como mera especulación carente de auténtica realización práctica.  Porque conocerse a sí mismo trae aparejada la desintegración o muerte de aquello que se ha prefabricado durante tantos años, identificado principalmente como el verdadero yo, cuando en realidad, no es más que una sombra apagada de lo que uno es esencial y naturalmente.  Lo digo de nuevo: de lo que auténticamente uno es natural y espontáneamente.

Si uno se pone en víctima, entonces el auto-conocimiento se orientará al daño que los demás nos han hecho en la vida y al detalle exhaustivo de cómo nos han dejado las injusticias padecidas;  por el contrario, si uno se jacta de que lo ha superado todo y se siente superior (súper), entonces el auto-conocimiento se limitará a destacar las propias proezas, y así es como nos afectamos volviéndonos narcisistas;  si el auto-conocimiento se orienta al enfoque poético de nuestra alma espiritual, entonces caemos en un idilio romántico con nosotros mismos en un nivel metafísico;  si el auto-conocimiento se estructura conforme a las numerosas teorías del ser interior, entonces nos volvemos técnicos profesionales de las causas primeras y últimas de la existencia macro y microcósmica.

Pero todo esto no es más que ficción elaborada por la psiquis para escaparse y no hacer frente al verdadero autoconocimiento.

 

Entonces, la pregunta debería ser: ¿Por qué se tiene tanto miedo al conocimiento real de sí mismo?, y la respuesta más coherente sería: “porque conocerse a sí mismo acarrea un profundo sufrimiento”.  Y, contrariamente a los otros sufrimientos como el de la enfermedad o el de la pérdida y el de la vejez, que no pueden ser evitados, el sufrimiento del autoconocimiento puede evadirse si es que nos ignoramos a nosotros mismos.  No obstante, el costo que representa esta huida, es muy superior al de la muerte misma.

Así, la segunda pregunta podría ser: ¿Por qué conocerse a sí mismo es tan doloroso?,  o bien,  ¿por qué conocerse de verdad duele tanto?

La respuesta todavía es más que sencilla de lo que parece:  “Simplemente porque hemos elegido que la experiencia de autoconocernos sea dolorosa” ...  esta es una de las primeras respuestas que debemos reconocer y comprender si es que en serio intentamos sacudirnos las falacias que se nos han ido adhiriendo a lo que denominamos ser.

Es un hecho que hemos elegido que las vivencias sean lo que son.  De todos modos,  el saber que en lo más hondo es una mera cuestión de elección, no nos simplifica el camino hacia la autenticidad de lo que en verdad somos.

Podríamos, por otro lado, leer a Platón o a Sócrates, a Heráclito o a Séneca, a Lao Tse o a Chuang Tse, a Kant, Hegel o a Jung, a Aurobindo o a Krishnamurti, o a quienes queramos leer para saber cómo autoconocernos sin sufrir tanto, pero la auténtica realización vivencial del conocerse a sí mismo seguirá dependiendo pura y exclusivamente de cada uno, y el dolor, entonces, será exclusivamente responsabilidad de cada personalidad según la propia elección o el libre albedrío que se ponga en juego.  Y esto es lo más difícil.  Porque la realización de uno mismo no depende de ningún maestro ni de ningún sabio de la humanidad ni de lo que digan sus libros, y aunque ellos ayudan grandemente con sus enseñanzas, dar el paso hacia el despertar depende únicamente del grado de toma de conciencia que vivencie cada individuo.

 

En esto trataremos de penetrar una y otra vez a lo largo de estos capítulos, porque este es el espíritu que se intenta traslucir en cada renglón escrito a continuación.  Y por supuesto que no será cómodo ni agradable para nadie visto desde la periferia o superficialmente (desde afuera), pero si se accede al núcleo del meollo en cuestión, entonces el sabor amargo del autoconocimiento se transformará en el centro mismo de la conciencia;  porque más allá de lo bueno o malo o del perjuicio y beneficio, de lo positivo o negativo que represente conocerse a sí mismo, el contemplar el inmenso horizonte de la dimensión interior en toda su extensión, constituye la plataforma más sólida sobre la que comprenderemos cabalmente el sentido de nuestra verdadera naturaleza y el misterio de la existencia.

Sin embargo, todavía nos quedará un factor crucial por resolver antes de iniciar semejante incursión, y se trata de replantearnos ¿quién soy yo, como escritor en este caso, para coordinar dicha expedición hacia el interior de uno mismo?  Pues, de lo contrario, nos engañaremos si no comenzamos aceptando que el mismo hecho de expresar y enmarcar el auto-conocimiento en palabras, de por sí, genera una inexorable distancia con respecto a la auténtica realidad subliminal de lo que verdaderamente cada un es en esencia.

Desde ya, que a esta pregunta le corresponde alguna respuesta de parte mía, y tengo dicha respuesta.  El punto es que he dedicado la mayor parte de mi vida a escribir acerca de lo hermoso y amargo de las vivencias internas.  Por eso necesito más tiempo para experimentar y asimilar cada situación de la vida diaria, y me tomo más tiempo del que necesitaría si no hilara tan fino cada circunstancia vivida o si no intentara observar cada acontecimiento desde otro ángulo, siempre diferente.  Por eso la vida para mí va muy despacio, muy lenta, quizás más lenta de lo que resulta para otras personas.  Por cada vivencia que se desenvuelve en el acontecer diario, es mucho mayor el tiempo que dedico a registrarla en la bitácora de mi espíritu que lo que dura el hecho mismo.  O sea que, para mí, el proceso de vivir cada situación termina siendo muy largo.  Preciso una semana para asimilar y madurar lo que he vivido en un día, y por lo menos siete años terminar de comprender lo que he vivido en uno.  Y dejo en claro que ésta no es una virtud del comportamiento que estimo, sino, antes bien,  un lamentable defecto que padezco.

Y además, considérese que estoy plenamente consciente de que no se necesita literatura alguna para emprender el camino del autoconocimiento, ni tampoco es necesario discurrir sobre este tema para que se produzca el conocimiento de sí.  Cualquier libro, hasta los considerados sagrados, ninguno facilita de ninguna manera el proceso de autoconocerse;  por el contrario, cada texto, cada escrito al respecto, suele extraviar las facultades potenciales y naturales del ser humano que alucina haberse encontrado a sí mismo según el dictado de una teoría o hipótesis determinada.  No hay maestro, ni guía, ni santo, ni siquiera un dios que pueda reivindicar el humanismo real del ser humano y otorgar el don del autoconocimiento, puesto que, el saberse uno mismo a sí mismo, en lo más profundo de la esencia, acontece justamente a partir de la liberación de los esquemas y rótulos artificiales a los que nos apegamos.   Y por supuesto, esta liberación sólo depende de cada uno y de nadie más.

 

Entonces, la respuesta a la pregunta que he formulado respecto a mi condición de escritor sobre el autoconocimiento, es la siguiente:   En la situación descripta, mi posición de escritor sobre este tema tan particular, es sumamente inadmisible.  No tiene ninguna validez.  Porque en un estadio de mayor compenetración con la fuerza de atención total que subyace detrás de toda racionalidad elemental, ninguna letra o palabra resulta conducente al despertar de la Conciencia.  Ni siquiera nada de lo que estoy queriendo transmitir en estos párrafos tiene alguna relación con el verdadero auto-conocimiento.

 

Aclarado esto, el lector se encontrará en otra posición perceptiva muy diferente respecto a lo que leerá a continuación, y sólo así tendrá algún sentido mi argumento en tanto y en cuanto no se descuide esta posición.

A partir de ahora (distinto a lo que comenté en la introducción), ya no me apego al devaneo de si debiera o no escribir por sentir de esta manera o si corresponde o no delinearlo, ni me preocupa si estoy apto o no para hacerlo.  Lo hago sin más que por el impulso de algún movimiento o fuerza inexplicable e irrefrenable que me lleva a escribir sobre el autoconocimiento para vivir la existencia.

 

Entonces prosigo diciendo que:  saberse profundamente, conocerse de verdad hasta lo más esencial, es una dimensión especial y fuera de lo común, ya que, lamentablemente, el desconocimiento que provoca el distanciamiento con la propia naturaleza se ha vuelto una condición casi irreversible en las formas sociales imperantes de todo el mundo.  Aunque cada quien afirme que se conoce a sí mismo muy bien.

Saberse, en el real sentido de lo que implica conocerse a sí mismo, es una dimensión no limitada por los parámetros convencionales, aunque inmerso en este estado igualmente se participe expansionado y unificado con el todo por la misma influencia ancestral que sintetiza la identidad del ser humano con el Orden Existencial.

 

Si duele tanto el conocimiento de sí mismo, y el auto-conocimiento es doloroso, se debe a todo el cúmulo de equivocaciones que se han ido acopiando durante los años de vida, a causa de toda la miseria procesada subconscientemente y almacenada de manera residual detrás de cada pensamiento, sentimiento y actitud.  Que aunque acostumbrados a ellos se los mire con cariño, en lo más hondo no dejan de ser los motivos principales de la insatisfacción crónica.  Por eso, los primeros indicios y arranques de autoconocimiento real resultan ser sumamente dolorosos.

Esta es la primera prueba que hay que afrontar.

Ciertamente no es un camino fácil, pero es indudable que se trata de un camino divino.

 

Por otro lado, si no doliera el conocerse a sí mismo, si el auto-conocimiento no fuera doloroso, entonces sería imposible distinguir la trascendente realización de quien se ha aceptado a sí mismo (que trae aparejado la liberación de todo dolor), y que justamente es el estadio siguiente al de autoconocerse; ni se podría diferenciar este estado de ese otro caracterizado por la indiferencia hacia la sabiduría de uno mismo, porque en ambas situaciones no existe dolor alguno.  Bueno, en realidad, en la aceptación de uno mismo después de autoconocerse de verdad y saber como uno es en realidad, no existe ningún dolor ni sufrimiento, mientras que en la indiferencia hacia lo que uno es esencialmente, el dolor y el sufrimiento se encuentran encubiertos, pero da la falsa idea de que no se sufre ni hay dolor.

Así que, si el autoconocimiento no fuera doloroso, no habría manera de discernir el momento en que uno se ha aceptado plenamente a sí mismo liberándose de todo dolor.  No habría modo de trascender.  Sería una mera vivencia estéril, tibia y chata, inconducente a todo despertar de la conciencia.

 

Quizás por esto, el dolor cumple una función irremplazable y fundamental, que es la de indicar que se está llegando hasta el fondo mismo del auto-conocimiento, la de indicar que se está tocando finalmente la médula esencial, que se ha traspasado el umbral del desconocimiento o de lo que no se quería ver, que se está promoviendo como medida de trascendencia la plena y rotunda aceptación de lo que uno es esencialmente;  por eso el dolor es el paso previo a la captación y comprensión de la verdadera naturaleza subliminal que se encuentra más allá de todo sufrimiento y pesar.

Por lo tanto, en todos los casos, sea como fuera la situación, el conocerse a sí mismo se ve plasmado en la liberación de las ataduras psicológicas y en el grado de independencia interior respecto a los condicionamientos y parámetros culturales asumidos;  y por supuesto que esta emancipación beneficia enormemente la relación armoniosa proyectada hacia todos los seres sin excepción, por lo que no significa que esta autonomía interna se desvincule del entorno o que por ella se pierda la sintonía con cada circunstancia y situación.

Porque en definitiva, el autoconocimiento real y auténtico conlleva al surgimiento de un estado de armonía interna y con el medio que rodea, pero no desde el afuera, sino desde muy adentro.  De tal modo que las cosas no tienen que ser modificadas en absoluto, sino que uno mismo es el que se ha transformado.

Digamos que, el conocimiento cabal de uno mismo es el camino más directo para madurar la actitud de no trasgresión de los espacios personales respectivos a cada individuo, porque autoconocerse es el puente que facilita la permeabilidad a los diferentes criterios.  Por lo tanto, saberse a sí mismo y autoconocerse en profundidad moviliza un sentimiento de apertura imparcial hacia la existencia entera, puesto que dicha apertura es la misma lograda hacia uno mismo a partir de la aceptación total de lo que uno es.  Por eso conocerse a sí mismo permite tomar conciencia de la raíz de todo cuanto existe.

 

Permitime expresarlo con otras palabras.  Dejame que te diga que el valor de conocerte estriba en el conocimiento auténtico que ello te da acerca de la vida, en la sabiduría que te da de cada instante vivido con esta conciencia.  Porque el conocerte a vos en tu esencialidad te da el conocimiento más preciado de lo sublime de esta existencia.

 

Sin este autoconocimiento, la vida no tiene ningún sabor o significado sensible que sea capaz de colmar completamente tu espíritu.  Todos los otros conocimientos que acumulés a lo lago de tu vida son abstractos comparado con éste.

Los demás conocimientos, tan técnicos, tan teóricos, tan prácticos, tan aplicables en el mundo moderno, tan necesarios para sobrevivir en las metrópolis competitivas del siglo XXI, esos conocimientos culturales y populares temporales ya que sólo se ajustan a un período relativo, son en realidad conocimientos triviales para lo que es la realidad última por la cual venimos a la existencia, la cual gira en torno al autoconocimiento.

 

Si es que no te animás a completar ese aprendizaje de conocerse interiormente, todos los demás conocimientos que adquieras en tus días efímeros sobre la tierra, no servirán para mucho, porque al fin y al cabo, absolutamente todo lo conocido irá a parar al reciclaje cósmico y nada quedará como recuerdo de ello más el conocimiento que madures de tu ser interior.  Sólo el conocimiento que te nutre de tu propia esencialidad, sólo ese es el verdadero autoconocimiento, por el cual viniste como ser a vivir a este mundo y es lo que te llevarás al irte de él.

Sólo hace falta coraje para largarse a vivir en serio la existencia interior.

¿Creés que lo tenés?   ¿Tenés este coraje?

 

Sé que da mucho miedo el intentar conocerse de verdad.  Sé que asusta terriblemente.  Da miedo porque se sufre mucho cuando te das cuenta cuán equivocadamente se vive, y es muy doloroso saberse en tales condiciones, distante de tu verdadera esencia, ausente de tu auténtica naturaleza interior y, sintiendo tu ser desvinculado de la armonía que devendría si tu alma se encontrara sintonizada con lo esencial.  Pero también es cierto, que muriendo a la ignorancia de no saber quién sos en tus más profundas raíces, podés revivír todavía más vitalmente que antes, porque entonces revivís en la dimensión de la conciencia despierta.  Y esta conciencia expandida es lo único eterno que hay en vos, la que no perece puesto que carece de principio y fin, no tiene límites, y es infinita, ya que estamos refiriéndonos al orden inteligente que entraña la misma Existencia.

El amanecer de la conciencia provoca el sabor único de la inmortalidad.

 

Por eso es necesario conocerse sin las medidas que habitualmente nos gobiernan, sin la teoría absurda de lo que creemos ser o nos dijeron que somos, sin los rótulos a los que nos hemos resignado durante tantas generaciones, sin la fantasía de lo que podríamos ser o podríamos llegar a ser, sin aspirar a nada especial, simplemente y tan solo, conociéndonos tal como somos en nuestra verdadera naturaleza interior.

Tan naturalmente, tan hermosamente, tan esencialmente como lo que en realidad sos.  Porque así sos en tu esencia y así es tu verdadera naturaleza subliminal.  Por eso, conocerte, es conocer lo más maravilloso de toda esta infinita manifestación.  Regalo inapreciable de la existencia.

 

Y hablo de conocerse interna y no externamente, y hablo de autoconocimiento esencial y de verdadera naturaleza, porque el conocimiento externo que el ser humano elabora de sí corresponde a la naturaleza inventada por el ego.

En ningún momento estoy haciendo referencia a conocer la personalidad o la psicología, sino que me estoy refiriendo a conocer la esencialidad.  Porque lo primero se logra mediante el autoanálisis y la reflexión, mientras que lo segundo sólo lleva a cabo a partir de una profunda introspección y meditación.

 

Por este motivo es que cuando comenzás a darte cuenta de lo que potencialmente sos, también comenzás a darte cuenta por primera vez del milagro de la vida, de la belleza de la existencia, del sentido amoroso que palpita en toda manifestación.  Y por primera vez te darás cuenta del significado extraordinario de todo cuanto te rodea.  Entonces, este autoconocerte te abre las dimensiones reales de cada momento;  y así, se acaba la competencia por imponer tu externalidad a los demás, porque eso es tan sólo meras apariencias, y se acaban las metas fundamentadas en el proyecto de ser alguien prefabricado, porque se termina la imagen tan borrosa y engañosa con la que estuviste recubriendo tu ser.

Y así es como se acaba con el mayor dolor de la vida: la auto-ignorancia, o dicho de otro modo, el desconocimiento del verdadero ser interior.  Causa que ha llevado a elaborar las estructuras más férreas para sostener meras apariencias.

 

Por otro lado, con este darse cuenta del ser esencial o auto-conocimiento, también se acaban las guerras en el mundo, se terminan las injusticias, se acaban los gobiernos, las fronteras, y aunque prosigan incólumes, vos ya no sos parte de estas cosas.  Internamente se ha producido el quiebre debido al amanecer de una nueva conciencia... éste es el despertar, éste es el florecer de la esencialidad que se filtra en lo más profundo de cada ser.

Y cuando toda persona manifieste aquello que ha venido a despertar aquí, en este sitio conocido como la Tierra, estaremos hablando de otra cultura, de otra sociedad, de una nueva humanidad.

Pero, mientras tanto que esto suceda alguna vez, el auto-conocimiento personal e individual que cada quien ha de asumir, es lo que más requiere atención, más que la pretensión de una realización colectiva y global, más que el sueño idealista mejorar al mundo entero,  porque el autoconocimiento que cada uno logre, eso mismo es el inicio de una nueva humanidad y del nuevo individuo por surgir en la eterna autorrevelación de las especies.

 

Mientras no te conozcas esencialmente, seguirás compitiendo por ser aquella fantasiosa imagen incrustada en tu imaginación, provocada por el aprendizaje distorsionado que te han inculcado desde la niñez.  Por el contrario, cuando sepas quién sos realmente, no habrá necesidad de sentirte superior o mejor a alguien, porque estarás conciente de tus auténticos valores esenciales, idénticos a los valores de cada quien.  Entonces sabrás lo absurdo que es medir los distintos valores entre sí.  Cada uno es especial en su propia y singular expresión del potencial interior.

La personalidad es una máscara que es preciso comprender;  el ego es un trasfondo insustancial que es necesario reconocer;  el nombre y la imagen, el sexo y la edad son cáscaras que resulta conveniente conocer;  los conocimientos generales requieren atención porque son apropiados para organizar un modelo de vida tipo.  Pero todos ellos son entendimientos acerca de factores que hacen a la relación del individuo con lo externo, de allí que sea primordial penetrar el autoconocimiento esencial mediante la recuperación del vínculo con el interior substancial del ser subliminal... recuperar ese vínculo que ha sido sostenido desde la gestación y hasta los primeros meses de vida, y que muchas personas sólo lo recuperan al desencarnar.  Pero quien ha despertado su conciencia expansiva puede reconstruir este mismo vínculo en vida.

 

Así, conocerse a sí mismo (en cuanto al ser esencial), o bien, autoconocerse, es la ruta señalada por la naturaleza del alma para comenzar a vivir la existencia.  Ya sea mental, emocional, física o espiritualmente hablando, el autoconocimiento es el sentido ultérrimo de la forma energética, atómica, química, biológica, eléctrica que tenemos cada uno y de la que somos hecho materialmente.

Y en parte, en esto estriba el valor del autoconocimiento esencial, justamente, en reconocer el inmenso potencial bioenergético que tenemos, las numerosas capacidades psíquicas, las multidimensiones espirituales que entretejen y configuran nuestro espíritu, la relación esencial que nos une con el todo, la unidad indivisible que la conciencia mantiene con la existencia, el sentido inmortal que se expresa tras las formas materiales y que pulsa en lo más profundo del ser como parte de la esencia que lo compone.  Y en parte también, en saber qué hacer con todo esto.

Bueno, sobre estas cuestiones son las que estaremos tratando a lo largo de esta tercera parte del ensayo: Vivir la Existencia.

 

Evidentemente que, autoconocernos, constituye la razón por la cual la Existencia nos cobija bajo el manto de la vida.  Parece ser que éste es su propósito, si es que tuviera alguno.  Por eso, desperdiciar esta oportunidad es injustificable.  Porque, qué sentido tendría la posibilidad que tenemos de conocernos esencialmente si no fuera acaso, este el motivo principal.  Conocer y aprender, parece ser que todo el universo físico y energético se halla en un eterno proceso de aprendizaje por el que puede evolucionar a formas más sutiles de existencias.  Por eso, este aprendizaje es para el ser humano: el conocerse a sí mismo para conocer el resto de las cosas.

Conocer conociéndose es la llave de todos los conocimientos.  Pero, por otro lado,  tomarse el autoconocimiento obsesivamente, y, hacerlo el centro de todas las aspiraciones, encumbrarlo en la cima de las realizaciones, verbalizarlo y renombrarlo cada día como una oración de lamentación, súplica o de deseo ferviente, anteponiéndolo al fluir natural de lo que realmente se es, en cada situación, es la jugada engañosa que hacen inconscientemente los tramposos, los que se trampean a sí mismo, los que en definitiva boicotean la verdadera auto-revelación del autoconocimiento.

 

Tener muy presente el suceso del autoconocimiento produce el efecto contrario, porque te aleja cada día más de lo que realmente sos, te traba y no te permite fluir naturalmente;  y si seguís intentándolo de esta manera, entonces vas a entrar en otro mundo irreal creado por tu propia fantasía, ahora elaborada en el plano de la mística esotérica.  Y así es como vas desde el mundo del desconocimiento al conocimiento falso que te da el rotularte de la manera que fuera.  Depender del autoconocimiento para poder sentir y amar, es perderse la vida.  ¡No hay tiempo para autoconocerse y recién empezar a vivir!

Hay que dejar el autoconocimiento a un costado y soltarse.  Porque en el soltarse se encuentra el verdadero conocerse.

Por eso el sentido de este capítulo, el cual hace hincapié en lo maravilloso del autoconocimiento, señala que sin la intención de autoconocerse se conoce lo que realmente se es sin ninguna distorsión e invención y en el plano de lo natural.

Sin intención de conocerse se conoce mucho más que queriéndose conocer.

 

Cambiar el “ser por el estar”, como dice Liu-chiaping, es sabiduría fresca.  Por lo tanto, auto-conocete en el estar, no en el ser.  Porque si te auto-conocés en el estar natural dónde la vida te ha puesto, el ser esencial devendrá por sí solo.  Brotará como lo hacen los bambúes en primavera o como los manantiales con las lluvias del otoño.  Pero, si tu afán por el ser se evidencia en tu intención obsesiva de auto-conocerlo, entonces te alejarás de él.  Irremediablemente nadarás en su contra.  Porque en este intento estarás descuidando tu estar incondicional que te ha obsequiado la Existencia y por lo que estás con vida;  y peor todavía si tu estar es a condición de tu autoconocimiento.  ¡Nada de eso!, te conozcas o no, tu estar es inevitable y no negociable.  Sí, así es, estás y seguirás estando por siempre, ya sea que te conozcas o te desconozcas, ya sea que de lugar a tu esencialidad o la trates de ocultar.

No te impongas conocerte a vos mismo... (le hablo al ser humano y me refiero a tu ser; no me estoy dirigiendo ni a la mujer ni al varón, sino al ser humano que quiere conocerse a sí mismo, a vos).

No hace falta que hagas nada para auto-conocerte, porque no se precisa ningún derroche energético en este sentido, la bioenergía psíquica debe aplicarse en otra orientación.  ¡Mirate ahora mismo! y allí se producirá el autoconocimiento.

 

Si podés dejar de gastar tus energías en pro del auto-conocimiento, y si no hacés esfuerzo alguno por autoconocerte, claro que después de haber reconocido que podés aceptarte tal como sos, eso mismo es justamente el pináculo del autoconocimiento, del que estoy tratando de comentar y decir algo en este capítulo.  Cuando ya no te ocupe ningún segundo de la vida el desear autoconocerte, porque reconociste que el mismo deseo te distancia más de él, entonces estarás siendo una conciencia despierta sin ninguna clase de medida, ya sea ésta especial o común, ordinaria o extraordinaria;  porque cualquier medida que tomes no es más que una pobre ilusión.

 

Voy a decírtelo de otro modo.

El autoconocimiento no es algo que se alcanza definitivamente, de una vez y para siempre.  Te resultará obvia la razón de ello.

El autoconocimiento se alimenta día a día si es que estás abierto y receptivo naturalmente a cada circunstancia.  Porque a cada momento podés conocerte, y recordá que no hay ningún momento de vida igual a otro, aunque se parezcan mucho entre sí.  Por eso conocerse requiere de una atención permanente sobre uno mismo sumergido en el acontecimiento diario de vivir.  Pero tanto esta atención como el sentirse inmerso no sucede naturalmente cuando se lo fuerza.  Y siempre que hacés un esfuerzo los resultados serán superficiales, por eso lo mejor es permitir el desenvolvimiento natural de estos acontecimientos mientras nos disolvemos en el devenir.

De hecho, incluso en el último instante de vida nos estamos conociendo, aunque se rehúya de esta cuestión;  hasta en ese último segundo podemos autoconocernos esencialmente, por lo tanto, podemos conocer lo que realmente está sucediendo más allá de los argumentos culturales.  Por eso el autoconocimiento no se logra de una vez y para siempre, sino que se progresa en él permanentemente.

Por otro lado, sólo si te conocés en ese último momento de vida conocerás la transición o la mal llamada muerte.  Si no te conocés internamente en tu esencia y mantenés tus miedos, entonces, ¿cómo podrás conocer lo que te acontece y va sucediéndote y ocurriendo a tu alrededor?   De todos modos, aquello más significativo de la existencia que es la vida y muerte, no es algo que se produce fuera de uno mismo, sino que acontece en uno mismo.  Muchas veces a lo largo de la vida.  Por eso, si te conocés, podés conocer el verdadero significado de esto para tu ser esencial.

 

Si el autoconocimiento finalizara en algún punto, entonces nos encontraríamos ante una paralización del crecimiento interior y de la vida misma, porque estaríamos ante un estancamiento inexorable y falta de aprendizaje espiritual, y por supuesto, no estaríamos hablando de un ser vital y libre, sino de algo atascado y paralizado.

El autoconocimiento no se alcanza definitivamente porque dura toda la vida y se proyecta en cada segmento de la experiencia vivencial.  Pero aunque se sostenga hasta en el último segundo de vida, cuando sobreviene la mal llamada muerte, no es posible completar ese conocer subliminal...  por lo tanto, nadie, nunca en la historia de la humanidad se ha autoconocido completamente.  Al menos, que siga vivo después de ese último segundo como para poderlo constatar y afirmar.  Esto es algo sorprendente que merece ser destacado:  Nadie en la historia humana, jamás se ha autoconocido totalmente.  Sí parcial, sí en parte, pero no completamente.  Y seguramente, en esta parcialidad tal vez haya grados más profundo de autoconocimiento, es decir, quien más o quien menos, todos se han autoconocido en alguna medida pero jamás nadie se autoconocido totalmente.

El auto-conocimiento total no existe, porque para ello habría que incluir la parte esencial de la vasta existencia en sus múltiples estadios y dimensiones que nos toca ser.

 

Y a lo sorprendente que me refiero como digno de ser destacado, es pensar en el hecho de que existe algo entre las cosas de la vida que la humanidad se jacta de ser capaz de poseer y dominar, que jamás logró conquistar, y ello es:  el auto-conocimiento.

 

El autoconocimiento no se alcanza nunca.

Se requiere de cada instante para autoconocerse, por lo que nadie se ha llegado a conocer definitivamente.  Mientras aún queden instantes por vivir nadie puede decir que se autoconoce completamente.  Porque cada segundo del presente es terreno virgen para el autoconocimiento, y cada segundo requiere de autoconocimiento nuevo y fresco.  No sirve lo conocido en una oportunidad anterior.  Y cuando se ha alcanzado ese último segundo de vida, y cuando se ha pasado por el último segundo de vida, ya no está quien podría afirmar su autoconocimiento final.  Por lo tanto, vuelvo a decirlo, nadie en la historia de la humanidad se ha autoconocido definitivamente.

 

En este sentido, si comparáramos el autoconocimiento con la iluminación descripta por nuestros ancestros, entonces también podemos concluir que nadie en la historia de la humanidad se ha iluminado definitivamente, como tampoco nadie se ha autoconocido.  Esto parece ser una ironía, un inexorable chiste de la Existencia, pero todo aquel que este consciente de lo omniabarcante e intangible que es el Orden Inteligente de esta Existencia, comprenderá por qué cae de maduro que este hecho es así;  a menos que se crea uno lo suficientemente trascendente como para poderlo limitar, rotularlo y alcanzarlo en una mera vida mortal.  ¡No! nadie jamás ha podido alcanzarlo en este contexto efímero de la estructural corporal.  Sí, quizás, están lo que lo hayan vislumbrado, pero nunca realizado definitivamente.  Porque aquello que se cree alcanzar es apenas una mera porción insignificante y relativa de la totalidad omniabarcadora.  Por eso, todo aquel que habla de iluminación y de iluminados, en verdad no sabe lo que dice.

 

El Misterio de la conciencia potencial y su expansión indefinida sigue permaneciendo intacto en todos lo órdenes y niveles conocidos.  Porque el Misterio es la primera y última realidad de la existencia y de la esencia intrínseca en toda entidad.  De lo contrario, si alguien se conociera definitivamente, el Misterio se extinguiría, y esto no sería otra cosa más que una arrogante pretensión o alucinación fantasiosa.

El Misterio de la Existencia es intocable, imposible de escudriñar y menos de descifrar, y esta es justamente su belleza y poesía, el hecho de que nunca será conocido.  Y el autoconocimiento también participa de este Misterio.

Por otro lado, el autoconocimiento como posibilidad definida, también es una medida, también es un parámetro, y por lo tanto, es relativo;  por eso es necesario desecharlo.  Sí, el auto-conocimiento también tiene que ser desechado.

Y cuando se logra hacer esto, se produce la verdadera auto-iluminación.

 

El primer paso que el ser humano ha de emprender como caminante del mundo interior, consiste en conocerse a sí mismo, salir del desconocimiento de sí mismo y autoconocerse;  el segundo paso, una vez que se ha conocido a sí mismo, es entrar en la etapa del olvido.  Olvidarse de sí mismo es el mayor de los conocimientos que el ser humano pueda alcanzar.

 

De este modo, en los próximos capítulos avanzaremos por el primer paso del autoconocimiento para zambullirnos luego en el segundo y magistral paso del olvido, hasta tomar conciencia, en lo posible, de la trascendente realización de olvidarse del olvido según se ha sugerido en la primera parte de Vivir la Existencia.

 

 

 

“ Iluminados espacios, vastos como el universo

coexisten de manera interdependiente.

Adheridos a una eterna sucesión de ciclos

que se reproducen permanentemente,

y cambian y mutan sin perder su esencia.

Sin principio ni fin, existencias tras existencias,

cosmos paralelos en dimensiones infinitas ...

Conocerse a sí mismo es como conocer todo ello y develar todos sus misterios;

hasta llegar a saber que esto es imposible.

Sin embargo, al conocer esta incapacidad natural,

y actuar conforme a ello ...

esto sí es verdaderamente autoconocimiento. ”



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Segundo Capítulo de la 3ª parte:

. . .  HACIA UNO MISMO





ensayo en composición ...

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