Champán y Lágrimas
– Rodrigo, te estoy diciendo que me quiero ir de aquí– dice Natalia, la madre de Dalia,
gritando al padre.
La familia entera se paralizó. Los padres de Dalia llevaban un tiempo mal, no paraban de
pelear y gritar en cada cena de Navidad y esta no sería la excepción.
– Estamos en una comida familiar. ¡Por Dios! – dice Rodrigo, el padre de Dalia, harto de las
discusiones.
– ¡Estoy harta de tus tonterías Rodrigo! Espabila de una vez o te voy a dejar, te lo juro– dice
Natalia, la madre de Dalia, enfadada como siempre. Tenía la costumbre de amenazar con
irse pero nunca lo hacía.
– ¿Pero qué tanto jaleo es este? ¿Dónde habéis dejado a Dalia? – dice la abuela de Dalia al
escuchar el estruendo que los padres estaban armando en la sala.
– Pues ni idea. Se escapó antes. ¿Dalia, cariño? – pregunta Natalia yendo de lado a lado
buscando a Dalia.
Dalia sabía que en las reuniones familiares sus padres siempre discutían, era agotador, así
que se fue a la habitación de sus primos a tumbarse y mirar al techo. De fondo escuchaba a
sus padres, pero lo único que le importaba era invocar a su mejor amigo. Llevaba tiempo
sin poder hablar con él; su padre le rogaba que no hablara sola y su madre se asustaba
siempre, pero él era muy bueno y la ayudaba con estos problemas. Él es Noah. Pelo
castaño, ondulado como chocolate; ojos verdes hermosos como dos esmeraldas en un
atardecer; moreno con pecas en lugares al azar, como las estrellas que se ven en una
noche fría y de estatura era un poco más alto que Dalia. De personalidad era como un
algodón y su animal espiritual sería el zorro y continuamente estaba allí para ella.
– Noah, por favor ven, te extraño mucho– pide Dalia a llantos entre cojines de peluches y
almohadas.
– ¡Buenas noches Dalia! Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, ¿qué
tal has estado? – dice Noah dándose la vuelta para ver la cara de Dalia y entonces se da
cuenta de los sollozos de ella.
– Oye, ¿estás bien? ¿Estás llorando? – vuelve a hablar Noah dándose cuenta de la
gravedad y preocupado por Dalia.
– ¿Puedes hacerme un favor? – dice Dalia mirándole a los ojos con la cara llorosa.
Noah conocía los problemas que tenía Dalia con su familia y estaba dispuesto a ayudarla
con lo que fuese, sobre todo viendo la cara de horror que tenía Dalia. De repente sonó un
grito junto con unos cristales rotos chocando contra el suelo, impactando tan fuerte que los
dos dieron un respingo.
– Sí claro – Dijo Noah agachándose para estar más cerca de ella – ¿Qué necesitas? – dice
después decidido a ayudarla.
– Quiero que hagamos un dibujo, uno de mi familia feliz. ¿Podemos? – dice Dalia
alejándose un poco más.
– Sí claro, tú vete diciéndome y los dos vamos rellenando el folio. Aquí están los colores –
contesta Noah a Dalia mientras ella empieza a coger los colores que necesita.
– Aquí están mamá y papá, están muuuy enamorados y no paran de abrazarse.
¿Puedes ir dibujando a los demás jugando y riendo? – le pide Dalia a Noah, dibujando los
muñecos de palo de su madre y su padre con un lápiz de color piel.
– Sí, a ver, aquí está la abuela, el tío... ¿Y tu tía? – dice Noah sorprendido porque no la
escuchaba en la sala de al lado.
– No está en casa. Cuando vinimos papá, mamá y yo se fue corriendo – dice Dalia con una
lágrima en el ojo.
Noah miró a Dalia fijamente mientras la lágrima caía despacio, sabía lo que pasaba pero no
pensaba que era tan serio porque siempre la veía sonreír. Ella era una chica muy feliz y con
una risa iluminada, pero con los ojos apagados de cansancio. Mientras la miraba se dio
cuenta de su ropa. Su estilo había cambiado mucho desde la última vez, ahora solo llevaba
chandals negros y cómodos que mostraban un estilo cansado y dejado. Su pelo rizado y
largo brillaba bajo la luz de la lámpara. Dalia le miró fijamente.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué no estás dibujando? – pregunta Dalia señalando al dibujo.
– ¿Por qué estás tan cansada? No estabas así antes – le dice Noah refiriéndose a sus
ojeras.
– No lo estoy. ¿Puedes dibujar luces de Navidad? No sé cómo dibujarlas – Dalia no tenía
ganas de hablar de nada que tuviera que ver con eso, solo quería dibujar.
– Sí claro, dejame coger el amarillo y.... ahí está, ¿Qué más dibujo? ¡Venga, dime! – dice
Noah, dejando el tema ya que Dalia parecía molesta.
– Buaaa. ¡Qué guay, me encanta! Ya está terminado – Dalia sostiene el dibujo en frente de
su cara enseñándoselo a Noah con una sonrisa de oreja a oreja.
– Voy a traer tarta, así comes un poco – Noah se levanta y sale por la puerta haciendo el
gesto de adiós con la mano.
Dalia sabía que ya era su hora de irse y no iba a volver en un tiempo. Escuchó unos pasos.
– Hola Dalia. ¿Quieres tarta?.... Jajajajaja. ¿Qué haces metida ahí? Toma la tarta – le dice
su abuela acercándose con cuidado para no tropezarse con los peluches.
– ¡Hola! Sí quiero tarta, muchas gracias. Me he colado aquí, estoy bastante cómoda – Dalia
coge la tarta y se la empieza a comer.
– ¡Qué bonito dibujo es ese! ¿Me lo puedo llevar para enseñárselo a la familia? – la abuela
señala al dibujo sonriéndole a Dalia.
– Sí claro – le dice Dalia con la boca llena de tarta.
– Perfecto, ahora te lo devuelvo – La abuela tiene bastante claro que el dibujo es sobre su
deseo para la familia.
Dalia está en el cuarto dormida y ella lleva tiempo mirando el dibujo, los padres de Dalia
siguen peleando. Entra en el salón a enseñarle el dibujo a la familia, y ellos en vez de seguir
peleando se dan un poco de cuenta de qué está pasando y deciden darse un respiro e
intentar llevarse mejor, aunque será difícil y lo más seguro no lo logren. También se dieron
cuenta de que en el dibujo había un niño de más, con el nombre de Noah, pero no
comprendieron nada.
Emma Maía Romeo 4ºB