DE CÓMO AUTOEXIGENCIA CONOCIÓ A AMOR
Pasa el día, pasan las horas, pasa la gente, y delante de ti el espejo que te pregunta:
-¿cuándo piensas levantarte, hacer algo más allá de lo que ya haces?
Se sigue burlando de ti mientras te miras en él, lo mismo de siempre.
Conversaciones que te suenan lejanas, otras que te parecen estar demasiado cerca deambulan por tu cabeza como un dulce aroma de derrota. “Soy idiota” te dices, y sin embargo no apartas tu introspección violenta.
Un día cualquiera te despides de nuevo de Paciencia y los “No te agobies” porque Autoexigencia está, en efecto, llamando a la puerta. ¡Qué horror! No sabes lo que cuesta olvidarse de ella: te atrapa y te llena con su cortina negra.
Pero espera.
¡Espera!, dijo un día Amor, que con sus brazos suaves y aterciopelados deja de lado el tictac del reloj, y te mira a los ojos sabiendo que necesitas menos, que necesitas casa, amigos, familia, e incluso conocer lo que a veces crees que no tienes: tiempo.
Y poco a poco, te dejas mecer en su sonrisa cálida escuchando más al viento. Y poco a poco aprendes, crecen tus rosas y sientes mariposas volar.
Amor hizo a Autoexigencia calmar, dando lugar a una vida maravillosa, que, entre risas y amarguras, te recuerda siempre lo afortunado que eres de tener el equilibrio perfecto entre tú mismo y sus besos, que te hacen flotar.
Sara Carrión de la Paz. 2º Bachillerato.