"Ya habían pasado por lo menos 3 horas desde que una apresurada y grotesca secretaria le tendió una chorreante taza de capuchino, de la cual ella supo distribuir bien en las sofocantes horas que le precedieron. La sala de estar era pequeña, pero lo suficientemente cómoda para soportar el estrés de una entrevista de trabajo, y en este caso, la primera a la que ella asistía. Observó continuamente la puerta que se le había señalado debía entrar, que repentinamente abrió, y se mantuvo exenta de movimiento por un buen rato, hasta que un hombre con pinta de anciano se avecinó sonriendo y estrechando la mano de otro, cuyo rastro era tan solo la de su sombra."