Hacía años que no visitaba el pueblo donde pasó su infancia, hacía más de tres lustros que no recorría esas calles que recordaba con tanta alegría e ilusión, esos rincones tan llenos de magia que pertenecían a esos años que pasaron.
Se marchó a un lugar enorme, activo pero frío. Allí, en aquella ciudad creó una empresa potente, llena de dinamismo, era un negocio que llevaba junto a unos colegas pero que aunque le llenaban más el bolsillo, le vaciaba aún más el corazón. Ya no era libre, estaba supeditado a lo que marcaban los cánones y cada vez su sonrisa parecía menos nítida. Y es que ser empresario era un trabajo duro, agotador, un no parar, siempre de aquí para allá sin disfrutar de los descansos porque apenas existían. Así, el tiempo pasaba en gran parte en su trabajo, el que le quedaba era para desplazarse de casa a la oficina o donde tuviera que ir y para, escasamente, descansar o disfrutar de su familia.
Su rostro le delataba, estaba cansado, agotado física y mentalmente hasta que un día tuvo una propuesta de su hijo mayor: le habían pedido desde el cole realizar un collage con hojas secas, piedras, ramitas,... En aquella fría ciudad no había nada de eso por lo que se vio obligado a marchar al campo en familia, no sin antes echar horas extras para dejar todo preparado en el trabajo. Lo arreglaron todo para realizar un picnic: manta, fruta, frutos secos, agua, bocadillos de atún!!! Todo era esencial para echar un inesperado día de campo.
Bastaron unos 40 minutos para alejarse del mundanal ruido y visualizar un paisaje completamente distinto. Los niños, que por los trabajos de sus padres no hacían esas escapadas, estaban entusiasmados, no podían creer lo que veían sus ojos. Una vez adentrados en un bosque decidieron parar para tomar el picnic y poder coger muestras para el collage.
Lo pasaron en grande: comieron, rieron,... en definitiva, disfrutaron de todo lo que brindaba aquel maravilloso lugar.
El padre vio a su familia tan ilusionada y llena de vida, como muy pocas veces los había visto, que decidió llevarlos a su pueblo natal no muy lejos de allí. Cuando llegaron vieron un lindo pueblo de un grupo de casas donde se observaba paz y tranquilidad, algo que faltaba en su hogar de la ciudad. Les enseñó las escasas calles que formaban parte de aquel inédito y mágico lugar, cogieron y comieron riquísima fruta de los árboles de la plaza, fueron a la panadería/ pastelería donde degustaron la rica repostería de la "abuela María", corretearon por las calles y hasta sacaron algunos juguetes y los compartieron con otros niños de forma libre y tranquila, algo que ilusionó a los chicos y emocionó enormemente a sus padres quienes apreciaron un cambio de rostros a la vuelta a la ciudad, por lo que fue un viaje de regreso triste.
Esa misma noche decidió hablar con su mujer y abandonar aquel sitio que no les llenaba. Los dos, motivadísimos, corrieron a decirlo a sus hijos quienes saltaron de alegría en sus camas.
Tanto la madre como el padre tenían miedo a dejar sus puestos de trabajo pero el ver a sus hijos ese día les hizo ver que era una decisión arriesgada pero acertada, así que aunque sus amigos y compañeros los ponían por locos, les gustó correr esa loca aventura.
De esta forma, al poco tiempo, se fueron a vivir a aquel municipio, el padre sembró más árboles frutales para vender esa fruta llena de sabor; la madre, cumplió su sueño: abrir una tiendecita, mercería donde atendía a gente que le gustaba coser o, como se decía allí, hacer labores; y, los niños, por su parte, fueron a uno de los colegios más alegres y divertidos de la zona.
Fue así como comenzaron una vida llena de alegría, aire puro, vitalidad, sonrisas,... en definitiva, llena de calidad de vida.