Maya y Luna eran dos niñas que vivían en dos pequeños pueblos separados por unos kilómetros de distancia. El pueblo de Maya, era atravesado por un ancho y caudaloso río de agua cristalina, pues las gentes del lugar, lo habían cuidado y respetado generación tras generación y habían utilizado el agua de forma responsable para beber, cocinar, ducharse, asearse, saneamiento…
Por otro lado, cerca del poblado de Luna había un enorme lago, pero estaba seco. Según cuentan los ancianos del lugar, los espíritus de la naturaleza, muy enojados por el mal uso del agua y la contaminación del lago provocada por sus habitantes, decidieron dar un castigo ejemplar a los mismos. Desde entonces no había vuelto a tener una sola gota de agua. Por eso, Luna recorría diariamente junto a sus padres la distancia que los separaba del pueblo de Maya para ir a recoger agua y llevarla de vuelta a su casa.
Un día, en el río, Luna estaba muy triste y llorando porque estaba cansada de no tener agua en casa y tener que hacer ese mismo trayecto todos los días. Maya, que pasaba por allí, la vio y se acercó para consolarla. Luna le contó el problema que tenían con el agua y Maya, conmovida por su situación y haciendo gala de su gran empatía le contó su mayor secreto: tenía el poder de hablar con las gotas de agua del río.
Maya pronunció los nombres de Brillante, Clara y Cristalina y de repente tres enormes gotas de agua emergieron del río saludando efusivamente a su amiga. Maya invitó a Luna a contarles a las gotas el problema que tenían con el agua en su pueblo y éstas, emocionadas por la historia de la niña, decidieron ayudarla, pero con una condición: ella tendría la importante misión de concienciar a los habitantes de su pueblo para el correcto uso del agua y evitar la contaminación de lago con basuras, plásticos etc…, ya que solo así, serían perdonados por los espíritus de la naturaleza. Luna, con mucha esperanza e ilusión accedió sin pensarlo. Después de aquella conversación, Brillante, Clara y Cristalina volvieron a sumergirse en el río, Luna dio las gracias a Maya y se fundieron en un cariñoso abrazo. Ambas sintieron que se había forjado una nueva amistad.
Al caer la noche, las tres gotas de lluvia emergieron otra vez del río y comenzaron a llamar a miles de gotas más. Les explicaron el problema y sus amigas decidieron ayudar. Gracias al viento, se elevaron hacia el cielo, generaron una gran borrasca y fueron absorbidas por las nubes a las que pidieron el favor de ser transportadas al pueblo de Luna. Una vez allí, fueron ayudados por sus amigos los rayos y truenos que provocaron una gran tormenta que hizo que se precipitaran en el lugar durante toda la noche.
A la mañana siguiente, los habitantes del lugar no lo podían creer, el lago estaba otra vez rebosante de agua limpia y cristalina. Se reunieron felices allí a la orilla del mismo y Luna contó su historia. Todos la creyeron, ya que era una niña muy amable y sincera y le dieron su palabra de que cuidarían y usarían adecuadamente uno de sus bienes más preciados y necesarios: el agua.