A finales del siglo XIX, España inicia una etapa convulsa y dramática para su historia, en la que el sistema constitucional de la Restauración (1874-1923) entra en crisis. En 1898 el país perdía su condición de potencia colonial al tener que ceder Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La pérdida de Cuba fue el revulsivo que puso de manifiesto los males que aquejaban el país: un sistema político corrupto, basado en el caciquismo, la concentración de la riqueza en una minoría de terratenientes y familias financieras, un desarrollo industrial escaso, pobreza e incremento de la emigración y una manifiesta incapacidad de Alfonso XIII para dar respuesta a las demandas sociales de la izquierda. A ello, hubo que añadir la guerra de desgaste que desarrolló España en el norte de Marruecos, que provocó graves revueltas y un rechazo por gran parte de la población .
En Luces de bohemia, Valle-Inclán lleva a cabo un retrato sórdido de diferentes estratos de la sociedad madrileña y española del momento. El itinerario nocturno de Max Estrella nos sirve de muestrario de una sociedad decadente con una clase dirigente corrupta e incompetente.
Desde el punto de vista político, la diana de los dardos del escritor es el sistema político de la Restauración, que abarcó cincuenta años de la historia de España (1874-1923). Durante este periodo, la dirección de la nación pasaba alternativamente de manos de los liberales a los conservadores y el papel de los partidos menos acomodados tanto de derechas (carlistas) como de izquierdas (republicanos, socialistas…) tenía un carácter marginal.
El anquilosamiento y la inoperancia del sistema eran evidentes a principios del siglo XX. El caciquismo, la corrupción, el nepotismo y la injusticia social encontraron su réplica en el aumento de la tensión social y la violencia. Por no hablar del efecto en la conciencia nacional del desastre del 98 y las funestas campañas de la guerra de Marruecos.
En la obra, la crítica al sistema político se muestra mediante referencias burlescas a políticos de la época como García Prieto, Maura o el conde de Romanones (todos ellos presidentes en algún momento del consejo de ministros), alusiones a los fondos de reptiles o a la represión policial dirigida por el Ministerio de Gobernación (de “desgobernación”).
Actos como el VI (encuentro entre Max y Mateo, el anarquista catalán, en una celda) o el XI (el espectáculo de la madre con su niño muerto en brazos) ilustran perfectamente la situación de esos años y despertaban en lectores y espectadores el recuerdo de la Semana Trágica de Barcelona (1909), las huelgas generales o la Revolución Rusa (1917). Como contrapunto a esta insurrección popular, en la obra también se menciona a los colectivos defensores de la patronal y la Restauración. Por ejemplo en la escena III cuando se hace alusión a la presencia en las calles de Acción Ciudadana.
El dramatismo de estas escenas socava el espíritu de Max Estrella. Involuntario testigo de los acontecimientos, quien llega a afirmar, apesadumbrado, pesimista, que “La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España” (Acto XI)
Así, quizás, se sintiese Valle, cuyo credo político se iría matizando a lo largo de los años. Durante gran parte de su vida se había alineado con la causa carlista en su nostalgia por una época anterior de valores nobiliarios y cristianos. Este deseo de vuelta al Antiguo Régimen suponía un profundo rechazo al materialismo burgués y capitalista y a la corrupción sistemática de la Restauración. De ahí que, en las últimas décadas de su vida, no viese con malos ojos el radicalismo anarquista y la acción de otros movimientos obreros en tanto en cuanto eran posiciones ideológicas contrarios al estado burgués.
De todas formas, la visión que del pueblo muestra en LdB tampoco es demasiado positiva.
Valle, mediante la odisea nocturna de Max y Latino, muestra ambientes de todo tipo: la humilde buhardilla de Max y su familia, la librería de Zaratustra con sus intelectuales de medio pelo, la taberna de Pica Lagartos, la buñolería modernista, el ministerio de gobernación, sus calabozos, la oficina del ministro, el Café Colón, un paseo con jardines… Y, en ellos, moviéndose personajes de las clases altas y bajas. Aunque especialmente las mas bajas, retratadas mediante la deformación esperpéntica en la descripción de su aspecto físico y la depuración literaria del lenguaje popular madrileño, salpimentado por la jerga del lumpen (chulos, protitutas…)
A excepción del anarquista asesinado con la excusa de su intento de fuga o la madre del niño muerto, ambos revestidos de cierta dignidad, todos los personajes son víctimas de la degradación moral que les impone su pobreza. Se muestran interesados y mezquinos, como se comprueba perfectamente en la actitud de Latino, Pica Lagartos y La Pisa Bien en la cruda y desoladora escena final.
Una España, por tanto, ignorante, retrasada y primitiva, cuyos valores se fían a una religión superficial y folclórica, cuya cultura tiene sus símbolos en una Academia desprestigiada, unos modernista trasnochados y una bohemia agonizante, y cuyo timón es manejado por los incompetentes y corruptos políticos de la Restauración. En suma, y citando palabras de Max estrella, la obra nos muestra España como “una deformación grotesca de la civilización europea”.
Es Luces de bohemia una inmisericorde y arriesgada crítica social a la España grotesca del año veinte, el retrato de un país corrupto dominado por una Iglesia con doble moral y por una clase política llena de ladrones sin escrúpulos, un lugar hostil en el que el pueblo sufre la miseria y el abuso del poder, donde jamás se premia el talento y dedicarse a las Letras sólo sirve para pasar hambre.