Otros recursos
Carbajal Vaca, I. S. (2022). Música e investigación: El Seminario Permanente en la educación universitaria. MAGOTZI Boletín Científico De Artes Del IA, 10(19), 84-94. https://doi.org/10.29057/ia.v10i19.7916
Lecturas recomendadas
Carbajal-Vaca, I.-S.; Servín-Nájera, O.F. (2020) Factores que influyeron en la elección profesional: Un acercamiento desde la historia presente a la Licenciatura en Música de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, pp.61-70. En Capistrán-Gracia, R. W. (Coordinador) Educación musical superior. Reflexiones, aportaciones y actualidades en investigación. Universidad Autónoma de Aguascalientes. https://editorial.uaa.mx/docs/educacion_musical_superior.pdf
Carbajal Vaca, Irma Susana (2016). “Transmutaciones curriculares: el panorama de la investigación en educación musical en México” en Correa Ortega, J.P., Capistrán Gracia, R.W., Carbajal Vaca, I. S., Moreno Martínez, R. R. (Comps.) Educación Musical Universitaria: filosofías, currículo y estrategias. Universidad Autónoma de Aguascalientes, pp. 27-36. https://editorial.uaa.mx/docs/educacion_musical_universitaria.pdf
Sitios recomendados
Bibliografía disponible en la UNAM del Dr. Ángel Díaz Barriga. https://www.iisue.unam.mx/publicaciones/libros/autor/angel-rogelio-diaz-barriga
NEM (2019). La Nueva Escuela Mexicana: principios y orientaciones pedagógicas. Subsecretaría Educación Media Superior. Secretaría de Educación Pública. https://dfa.edomex.gob.mx/sites/dfa.edomex.gob.mx/files/files/NEM%20principios%20y%20orientacioín%20pedagoígica.pdf
NEM (2023). La Nueva Escuela Mexicana (NEM): orientaciones para padres y comunidad en general. Subsecretaría de Educación Media Superior. Secretaría de Educación Pública.
Soy docente (2023). ¿QUÉ ES LA NUEVA ESCUELA MEXICANA? En Soy docente. https://www.youtube.com/watch?v=n6vUJIPSz1I
El dispositivo pedagógico ilustrado o la máquina de René
[…] Después de haber estado tocando durante cerca de 24 días, en medio del humo del tabaco y entre un par de vasos de ron, Ismael, el acordeonero de la parranda, se percató de la presencia de un personaje extraño entre el público. Un hombre de piel blanca y mediana estatura, que veía por primera vez en aquel lugar. El desconocido estaba allí de pie mirando al grupo con interés, en compañía de Melquiades, un viejo inventor conocido de la familia de Ismael. Traía puesta una guayabera que tenía bordada una inscripción en latín que el joven acordeonero no entendió: cogito ergo sum [2].
Pero más que la presencia inusual de este personaje, lo que más le llamó la atención a Ismael fue una pequeña caja que reposaba en el piso entre el forastero y Melquiades. Era un dispositivo extraño con tubos y poleas de distintos tamaños que entraban y salían de una caja de madera. Todo el mecanismo desembocaba en una especie de embudo de metal en un extremo y en un lente parecido al periscopio de un submarino, por el otro.
Después de terminar la canción que estaban tocando en ese instante, Ismael se acercó a Melquiades para saludarlo. Se enteró entonces que el nuevo espectador era un francés que hacía pocas semanas había arribado a Macondo. Su nombre era René De Las Cartas. Intrigado, el joven músico indagó por la máquina que acompañaba al visitante a lo cual René respondió: “Esta es mi máquina de hacer objetos”. Con una mezcla de curiosidad y de escepticismo, Ismael pidió mayor precisión en la respuesta.
René comentó: “Verá usted, esta máquina me permite capturar cosas de la realidad, en sonido o en imagen... y volverlas objetos”.
- “Ah, quiere usted decir : fotos... grabaciones...”, comentó Ismael.
- “No, no. Mucho más que eso. Me refiero a objetos de verdad. No a simples imitaciones de la realidad...”, interrumpió René. Ante el silencio perplejo de Ismael, René hizo una demostración. Apuntó la máquina hacia el grupo que había iniciado una nueva canción, giró la manivela que iniciaba los engranajes del mecanismo y esperó. Por unos instantes Ismael pensó que todo era una mamadera de gallo de Melquiades, pero de pronto vio con sorpresa que de la máquina salían unos rollos de papel. No uno, sino varios rollos. René se los extendió e Ismael pudo ver que en estos papeles había partituras. No podía creer lo que acaba de presenciar. Pero más atónito quedó cuando René le empezó a mostrar que no se trataba de una simple reproducción escrita de lo que los músicos acababan de interpretar. Había más: Aparte de la escritura en partitura de la música con sus partes y el texto de la canción había también en los folios una serie de cuadrículas.
- “Verá”, comentó René “En estas cuadrículas está la llave del conocimiento. Están las escalas, los acordes, los patrones rítmicos. Es decir, toda la música está allí dispuesta para ser estudiada en sus partes, una por una, por separado y con la mayor tranquilidad.”
Pero aún había más. René le mostró a Ismael que además de estar fragmentados como por arte de magia todos los objetos de la música, la máquina los presentaba dentro de secuencias y estructuras que iban presentando las escalas del cantante, las armonías del guitarrista y los golpes de la caja en un orden que iba de lo más fácil a lo más complejo. Es como si en un solo instante se hubieran disecado décadas de aglomeración de sonidos y de música para ser reducidas a sus componentes más pequeños que ahora podían ser manipulados y controlados según la voluntad de quien los usara.
Lo primero que Ismael se dijo a sí mismo fue: “Tengo que estar soñando”. Lo segundo fue: “¿A quién carajos le servirá esta vaina?”. Pues prematuramente le pareció que se traba de un invento alucinante y a la vez absurdo. No encontraba en él ningún tipo de pertinencia práctica.
René sacó a Ismael de sus pensamientos y comentó: “Verá... ¿Ha tenido usted alguna dificultad tocando estas músicas?”. El acordeonero rápidamente pensó en un pasaje que precisamente esa noche le había tomado del pelo. Era una pequeña escala que aparecía en un arreglo de un tema que le gustaba mucho de Leandro Díaz y con la cual se le enredaban los dedos una y otra vez en el acordeón. Le comentó el asunto a René quien le pidió que trajera su instrumento para hacer un registro del pasaje en cuestión. Así lo hicieron.
Después de ver cómo la máquina sacaba del tema musical la escala que se le dificultaba tanto y la ordenaba en una secuencia de pentagramas que iban construyendo paso a paso el camino hacia el dominio del pasaje musical, Ismael entendió cuál era el poder de la máquina. Pero había un problema: él no sabía leer partitura. Cuando se lo comentó con frustración a René, este le dijo entre risas que eso no significaba en absoluto un problema. Movió una palanca de la máquina y esta expulsó una serie de pequeños tubitos de cristal que la misma máquina podía reproducir, en los que estaban registradas las notas de la escala ya no en pentagramas sino en sonidos. Este fue el flechazo final. Ismael ya estaba hechizado por la máquina de René.
Después de llegar a un precio justo, Ismael compró la máquina y se la llevó a casa en secreto. Se dedicó a crear objetos de todo cuanto sabía tocar. Invitó a algunos músicos vecinos que tocaban temas que él no se sabía o que nunca había podido tocar y se dedicó a sacar objetos también de allí. Aprendió también a leer partituras. Quería tocarlo todo, poseerlo todo. A medida que iba creando objetos los iba clasificando en los estantes de su casa hasta que ya no hubo más lugar y le tocó construir un segundo piso con más estantes que en pocas semanas se estaba llenando también. Constataba con asombro que cada vez se hacía mas ágil con el acordeón. Todas esas notas que no salían o que salían a medias ya eran parte del pasado. Estaba tan ocupado fabricando objetos y estudiándolos que no volvió a salir de su casa. Dejó de asistir también a la parranda con sus amigos.
Un día Ismael tuvo un sueño terrible. Se encontraba en su casa tomando la siesta; dentro del sueño lo despertaba un ruido extraño. Eran los objetos que se agitaban en los frascos y en los anaqueles. Cambiaban de forma, cobraban vida. Se habían convertido en objetos llenos de espinas. Trataba de tocarlos pero no se dejaban, le producían pánico. Parecían ahora inalcanzables. Trataba de salir corriendo de su casa pero los objetos se lo impedían amenazantes. En esa terrible pesadilla, Ismael era prisionero de los objetos que había creado.
Se despertó sobresaltado y pensó que quizás la falta de ver gente le estaba afectando la cabeza. Fue entonces cuando decidió regresar a la parranda que ya iba por su día número 143. Fue grandioso ver a sus amigos, estaba lleno de alegría. Tocó con ellos y pudo sentir que tocaba muy bien, rápido, limpio. Hasta se sintió orgulloso de sí mismo. Después de un rato de estar tocando, sin embargo, sentía como una especie de vacío. Como una sequedad en el ambiente. Había algo raro en él y también en sus amigos, algo que no entendía. Durante un descanso, don Calixto, el cajonero y el integrante mas viejo del grupo, se acercó a Ismael y le dijo: “Ismael, estoy preocupado por ti. Estás tocando como nunca, mueves los dedos como una máquina pero ya no eres el mismo. Haz perdido el sabor”.
En ese instante el piso se desmoronaba para Ismael. Sin embargo, como fulminado por un relámpago, el joven músico entendió de repente lo que estaba pasando, claro. Pasó de la frustración a la euforia porque entendió que se había dedicado a estudiar solamente aquellos objetos fabricados por la máquina de René que tenían que ver con la técnica. Solo le faltaba sumergirse también en aquellos otros objetos relacionados con el sabor de la música. Así sería de verdad un músico completo. Regresó entonces a su casa y revolcó todos los objetos de los estantes buscando los rollos de papel y los tubos que tuvieran relación con el sabor de la música. Pero no encontró nada. Mientras se fumaba un cigarrillo se preguntaba intrigado por el asunto y caía lentamente en cuenta de otras cosas: esa noche, en la parranda, también se había sentido un poco desconectado de ese disfrute que antes estaba tan vivo cuando tocaba con sus amigos. De hecho, había terminado la noche muy cansado, cosa que antes no le sucedía. Buscó el disfrute entre los objetos de los estantes y tampoco lo halló. Buscó empatía y celebración colectiva, pero nada. Ninguno de esos objetos estaban entre los productos de la máquina de René. Exploró todos los botones y palancas de la máquina tratando de hallar alguna función relacionada con estos asuntos, pero no encontró nada.
Como seguramente se trataba de un defecto de fábrica, pensó, decidió ir a buscar directamente al francés para pedirle que hiciera efectiva la garantía del producto. Cuando llegó a la casa del extranjero, se sorprendió al ver una fila larga de gente esperando con la misma intención de reclamo que él traía. Todos habían usado la máquina para ampliar sus conocimientos pero siempre había encontrado un límite, una especie de frontera incómoda que no podían atravesar. Había un curandero amazónico que no encontraba entre los objetos de su máquina a los espíritus de sus antepasados, un palabrero wayuu que no encontraba allí los sueños, un poeta caldense a quien le hacía falta un tubo que contuviera la inspiración y hasta un repentista tolimense que no había logrado crear con el dispositivo ni medio objeto del sentido del humor. En resumen, todos exigían tener una nueva máquina que fuera capaz de tomar registro de aquello que, ahora entendían, era lo realmente importante en cada uno de sus respectivos oficios.
Al lado de un árbol, Melquiades observaba la escena riéndose con grandes carcajadas [3]. Pero todos quedaron frustrados: René se había ido. La dueña de casa les contó que el extranjero había sufrido de graves jaquecas y se había marchado en la madrugada escapando del sol. Había sido víctima de una calentura del cuerpo después de varios intentos inútiles por crear una nueva máquina con la que quería fotografiar el cuajo4 de un niño que había fallecido hacía una par de semanas después de haber sido atendido sin éxito por ocho médicos graduados de prestigiosas universidades del extranjero.
Fue allí cuando Ismael entendió que el sabor es como el cuajo. Real pero inasible. Los espíritus, la intuición, la inspiración, el humor, los sueños. Entendió que todos estos rasgos esenciales de los oficios y de la vida misma solo pueden ser aprehendidos a través de la experiencia directa. Regresó a la parranda, que por fortuna aun no había terminado, se tomó un vaso de ron y se puso a tocar con sus amigos. Nuevamente fue feliz haciendo música así, tal y como sonaba. Se dio cuenta de todo lo que allí aprendía deseando, seduciendo y dejándose seducir por los sonidos; escuchando, mirando, imitando, jugando, explorando, equivocándose, mamando gallo y desafiándose con sus compañeros, amando la música y también cabreándose de vez en cuando con ella... Pero también pudo ver, con la distancia, que la máquina le había ayudado a dominar ciertas aspectos de la música que ahora valoraba. Por ejemplo,
Ismael usaba la máquina de René ocasionalmente para ayudarse con un par de escalas que no le salían; o para comprender armonías y acordes que le servían para tocar con los jazzistas que a veces llegaban desde Bogotá. En fin, había momentos en que la usaba con gusto, sobre todo cuando sentía que los objetos que fabricaba el aparato contribuían de alguna forma a hacer de él un músico mas feliz.
Extraido de:
Samper, A. (2017). La pedagogía del musicar como ritual social: Celebrar, sanar, trascender. El Artista, (14). Universidad de Guanajuato, México. Disponible en http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=87451466008 (pp. 19-22)