La historia de la subcuenca Guadalupe refleja, sin duda, una peculiar composición resultado de la mezcla e interacción de diferentes culturas e identidades. Distintas visiones, saberes, creencias, intereses, expectativas y anhelos de varias corrientes migratorias y un largo proceso dieron origen a una población heterogénea que, no exenta de conflictos, día a día construye su presente y labra su futuro.
Recientes descubrimientos arqueológicos en el ejido Ignacio Zaragoza, ubicado en la zona conocida como San Marcos al noreste de la cuenca de Guadalupe, han aportado nuevos datos que suponen un periodo de ocupación y habitación humana de una antigüedad estimada entre 7 y 10 mil años de nuestra era, y que podría ser parte del periodo San Dieguito, lo cual modificaría sustancialmente el panorama arqueológico de Baja California.
Antiguamente, los indígenas kumiai nombraban Ojá Cuñurr (piedra pintada) a este paraje que han habitado por más de dos mil años. En tiempos lejanos los indígenas kumiai fueron seminómadas, es decir, se movían continuamente de un sitio a otro siguiendo rutas tradicionales y en ciclos estacionales.
Ellos dependían del sustento que les proporcionaba el entorno y se establecían temporalmente en viviendas improvisadas, en cuevas o en resguardos rocosos. Buscaban asentarse en sitios cercanos a aguajes, cañadas u orillas de los arroyos. Los kumiai se dedicaban principalmente a la cacería, a la pesca ribereña y a la recolección de moluscos, frutos y semillas silvestres.
Tradicionalmente, los miembros de esta etnia estaban organizados en clanes de familias extensas; cada grupo constaba de 20 a 50 miembros y podían conformar una ranchería de hasta 200 individuos. Cada ranchería contaba con un líder (o capitán, como era llamado por los españoles) que era preferido por su arrojo y destreza, se ganaba el respeto de los demás y guiaba a la comunidad.
Los hechiceros o kusyay eran los respon- sables de curar a los miembros del grupo y lo hacían aplicando el conocimiento tradicional de plantas medicinales, que acumularon por cientos de años y se transmitió de generación en generación. También empleaban prácticas mágicas como convocar a los espíritus de los antepasados para ayudar a encontrar el padecimiento, y el uso de las pipas de piedra para succionar la enfermedad. Asimismo acudían al uso de conjuros, cantos y danzas ceremoniales para elimi- nar hechizos.
La lengua kumiai corresponde al tronco lingüístico yumano-hokano y está em- parentada con otras lenguas y dialectos que se hablan en la vasta región com- prendida entre la porción norte de Baja California, México, y el sur de California y suroeste de Arizona, Estados Unidos. Es importante resaltar esto último por los fuertes lazos culturales y familiares que mantiene esta etnia con los grupos indí- genas que radican en el cercano estado de California, Estados Unidos.
No fue hasta el siglo XVIII cuando el valle de Guadalupe recibió la visita de alguien distinto a los indígenas kumiai. En 1795 el alférez Ildefonso Bernal exploró y bautizó el valle con el nombre de San Marcos. Al año siguiente, en un viaje de reconocimiento, el capitán José Joaquín de Arrillaga describió el valle en su diario.
Fue en este paraje, el 25 de junio de 1834 cuando el padre Félix Caballero, presi- dente de las misiones dominicas, fundó la misión de Nuestra Señora de Guadalupe del Norte o de la Frontera, la cual consti- tuyó el último establecimiento misional de las Californias, y dio origen a la actual comunidad de Guadalupe.
El objetivo principal del sistema misional fue evangelizar a los indígenas, así como erigir asentamientos permanentes. Para lograrlo, se construyó una iglesia de adobe, se introdujo la agricultura formal tecnificada y el ganado. En esta misión se concentraban las rancherías de Agua Escondida, San José, San Antonio Nécua y Rincón de los Encinos. Al principio, la misión llegó a contar con una población indígena de 400 habitantes; sin embargo, el establecimiento de las misiones con la imposición de su sistema y los cam- bios consecuentes alteraron la vida de los indígenas, modificaron su cultura y provocaron una nueva tendencia de- mográfica: aumentó la población mestiza y disminuyó la indígena
En 1836 la misión de Guadalupe se convirtió en el centro de las operaciones de la frontera misional dominica y así remplazó a la misión de San Vicente. Su principal fuente de manutención fueron sus grandes manadas de ganado vacuno, así como sus cultivos de olivo, viñedos y otros frutales. En 1840 la misión fue destruida por los indígenas kumiai de la ranchería de Nejí al mando de su líder Jatñil, quien, por algún tiempo, estuvo aliado a los misioneros. Aparentemente, el ataque obedeció a que el padre Caballero intentó catequizar por la fuerza a los nativos, lo cual molestó a Jatñil. La misión de Nuestra Señora de Guadalupe quedó abandonada después del ataque y nunca más funcionó como tal.
El 25 de noviembre de 1844 el gobierno federal emitió el decreto de secularización de las misiones. Un año después, los terrenos de la misión de Guadalupe se adjudicaron al señor Juan Bandini, de origen peruano, por decisión del gobernador de la Alta California, Don Pío Pico, bajo el argumento de que estaban baldíos. El señor Bandini destinó las tierras a la crianza de ganado mayor en sociedad con su yerno Abel Stearns, residente de Los Ángeles, California. Sin embargo, más adelante, el gobierno mexicano anuló la concesión de los terrenos a Juan Bandini porque, junto con su familia, colaboró con las tropas estadounidenses del general Kearny durante la guerra entre México y Estados Unidos, de 1846 a 1848. No obstante, existe constancia de que todavía en 1858 Juan Bandini gozaba del beneficio de los terrenos de la ex misión de Guadalupe, en cuyos límites mantenía ganado. El señor Bandini hizo cuanto pudo por conservar la posesión de los terrenos a pesar del mencionado decreto federal que anuló todas las concesiones de tierra otorgadas durante el gobierno de Pío Pico.
Tras ese periodo, los terrenos se adjudi- caron al señor Custodio Souza, en 1855, por el entonces presidente de México, Juan Álvarez. Sin embargo, Souza murió intestado en la ciudad de México y probablemente los terrenos fueron recuperados por la nación para fines de colonización.
Respecto a la zona conocida como San Antonio de las Minas, el jefe político del territorio, Don José Moreno Monterde, la concedió a un indígena de nombre Simón Rancé como extensión de un sitio de ganado mayor. Posteriormente, la propiedad pasó en herencia a su her- mana Loreto Rancé, quien a su vez la traspasó a doña María del Amparo Ruiz de Burton. El 31 de diciembre de 1859 el presidente de la república, Lic. Benito Juárez, expidió en Veracruz una patente de confirmación de ese terreno a dicha señora. En el entonces llamado Mineral de San Antonio, en el valle de San Mar- cos, se reportaban sesenta y cuatro vetas: la mayoría de cobre y algunas de plata.
La colonia rusa fue un asentamiento de inmigrantes de la secta religiosa molokan que arribó con sus familias a vivir al valle de Guadalupe, a principios del siglo XX (para abundar acerca de los molokanos, véase el recuadro correspondiente).
Esta inmigración se llevó a cabo con permiso especial del entonces presidente de México, Porfirio Díaz, y en el marco de las leyes de colonización de 1883 que promovían poblar las regiones más deshabitadas de México.
Para lograrlo, con la representación de tres de sus miembros: Basilio Pivovaroff, Basilio Tolmasoff y Simón Babishoff, a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores se formó la Empresa Rusa Colonizadora de la Baja California, Sociedad Cooperativa Limitada.
En el Diario Oficial número 17, del 20 de marzo de 1906, se publica el contrato que establece el compromiso de asentar un mínimo de cien familias, en un plazo no mayor de dos años. Además, el 20 de julio de 1907, se firmó un contrato de compraventa del predio con quien entonces era su propietario, el señor Donald Barker. Se pagaron $48,000 dólares por 5,226.83 hectáreas de terreno.
La colonia rusa floreció sin sobresaltos por un periodo de treinta años: entre el final del Porfiriato y hasta 1937. Los colonos rusos cultivaban trigo y hortalizas; producían pan, conservas y lácteos: queso, leche, mantequilla, y criaban aves de corral, como gansos y patos, de las cuales aprovechaban no sólo su carne, sino también sus plumas para confeccionar cobijas, almohadas, colchones y ropa.
Al ascender a la presidencia de México, el general Lázaro Cárdenas manifestó su apoyo a los inmigrantes rusos y respetó el derecho de posesión de sus terrenos. Sin embargo, la política gubernamental oficial apoyaba la formación de ejidos y la expropiación de latifundios, lo cual, en tierras contiguas a la colonia rusa, favoreció los reclamos e invasiones del movimiento agrarista que regionalmente fue conocido como El asalto a las tierras y propició la creación del ejido El Porvenir y de la colonia agraria Francisco Zarco.
Ante esto y el temor de perder sus tierras, los colonos rusos empezaron a tramitar su nacionalización en 1942. Posteriormente, en 1947, el representante de la comuna promovió ante el juzgado civil de Ensenada la adjudicación legal de sus parcelas. Así, en un juicio ordinario civil, lograron la titulación de las propiedades individuales por prescripción mediante sentencia de fecha 26 de julio de 1947, pronunciada por el juez mixto de primera instancia del partido judicial de Ensenada.
Sin embargo, con la parcelación de la colonia rusa varios de los comuneros vendieron sus propiedades a personas externas a la colonia y ésta, poco a poco, fue disgregándose hasta desaparecer.
Como menciona Saul Jehova Zavala Dominguez, en los comentarios del Facebook del Observatorio Guadalupe:
Ejido Real del Castillo Viejo, antigua Capital de Baja California y centro minero de extracción de oro muy importante, por allá por los 1800 llegando gran cantidad de gambusinos de varias partes del mundo algunas de esas familias echaron raíces en este sitio y sus alrededores convirtiéndose en ganaderos y cultivando la tierra adoptando este país como su segundo hogar de hay nace la tradición del famoso queso del real del Castillo y últimamente también la ruta del queso y del vino con el esfuerzo de sus pobladores y gente que sigue llegando a invertir y algunos jubilados hemos construido nuestras casitas de descanso en la antigua Capital buscando ya no oro sino tranquilidad y descanso y pasar momentos agradables en ese hermoso poblado siempre tratando de aportar algo a esa comunidad contando actualmente con el apoyo de su joven comisariado Carlos Almaraz y su mesa directiva muy motivado por devolverle su esplendor que con el tiempo se había ido apagando le deseamos suerte en el rescate histórico, turístico y comercial del poblado y cuenta con el apoyo de los nuevos colonos.
La fiebre del oro ocurrida en el territorio de California en los Estados Unidos a finales del siglo XIX permeó en la región de Baja California, México, ya que en 1870 se encontraron pepitas de oro en las serranías del valle ganadero de San Rafael (y que ahora se le conoce como el valle de Ojos Negros). Esta noticia se esparció rápidamente, provocando la migración masiva desde San Diego de los norteamericanos buscadores de oro, y mexicanos de otras zonas de la península de Baja California.
En tan sólo un año, el plano ganadero de San Rafael se convirtió en el pueblo de Real de Castillo con 1,500 habitantes y en 1872 se designó como la nueva capital del Partido del Norte de Baja California.
Conforme el oro se fue acabando, en 1880 se descubrieron otros yacimientos auríferos hacia el sur de la península, lo que generó un nuevo movimiento migratorio en el que, para el año de 1905, el pueblo contaba con tan solo 200 habitantes. A partir de 1950, la actividad ganadera y agrícola se fue consolidando en valle de Ojos Negros y en la actualidad su población varía de 1,500 a 2,000 habitantes a consecuencia de la población flotante que acude a trabajar en los ranchos de la región (Ponce, 2013).
El ejido El Porvenir se formó el 19 de septiembre de 1937. Originalmente se nombró Guadalupe, pero el 18 de octubre del mismo año cambió por El Porvenir y persiste hasta el presente.
Muchos de los terrenos asignados al ejido pertenecían originalmente a los indígenas kumiai de la comunidad de San José de la Zorra, cuyas tierras resultaron afectadas por la dotación ejidal. Posteriormente, a través de algunos acuerdos, se buscó conciliar los reclamos de derechos de los kumiai y se les invitó a formar parte del ejido.
Sin embargo, para 1940 algunos desacuerdos por el resultado de las cosechas generaron un distanciamiento entre ejidatarios e indígenas y un conflicto por la tenencia de la tierra y derecho al usufructo de ésta, que persistió hasta hace muy poco. Las primeras siembras del ejido fueron de hortalizas y vid, las cosechas de esta última fueron vendidas a Bodegas de Santo Tomás.
Posteriormente, entre 1957 y 1958, ocurrieron una serie de invasiones y corrientes inmigratorias de grupos de familias campesinas auspiciadas por el gobierno del estado de Baja California, con la expectativa de conformar un ejido. Aunque este proceso nunca se completó, los acontecimientos dieron pie a la formación del núcleo del actual poblado de Francisco Zarco. A mediados de los años sesenta, se integró un sindi- cato de trabajadores agrícolas del valle de Guadalupe y más tarde se formaron los ejidos Ignacio Zaragoza (que ocupa el llamado paraje San Marcos) y Emiliano Zapata, al noreste del valle.
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