Lili no murió. Lili fue asesinada por los puteros, por el proxeneta, por el Estado y el ayuntamiento.
Lili llegó al hospital tras una paliza en la calle, pues era brutalmente violentada por su proxeneta constantemente. Tenía marcas en las costillas de los reiterados golpes. Tenía hijos en Rusia secuestrados por la mafia, eso le obligaba a prostituirse en España, en sus calles, en las que existe un supuesto “Estado de Bienestar”, en las que el ayuntamiento conocía su caso, pero no hizo nada.
La prostitución es uno de los medios de explotación sexual más brutales, donde miles de niñas y mujeres en este país son agredidas sexualmente previo pago. La responsabilidad también recae, o debería recaer, en el Estado y en el ayuntamiento de Barcelona, en este caso, que conocen donde están los proxenetas, donde van los puteros y cuáles son los sitios donde explotan a las mujeres. Y, aún así, no hacen nada. Silencio podría ser la palabra más adecuada para estos casos. El silencio de aquellos que tienen en sus manos el poder de hacer leyes efectivas por la abolición, leyes para proteger a las mujeres prostituidas. El silencio detrás de los carteles de neón y de las carreteras llenas de mujeres prostituidas.
Miles de mujeres son víctimas de esta violencia constante en España, muchas aparecen asesinadas en condiciones extrañas que jamás se investigarán y otras muchas jamás serán buscadas.
Lili tiene un nombre, tiene edad y tenía una vida que jamás contabilizará como feminicidio, una vida que jamás contó ni para quien la compraba ni para quien lo permitió.
La abolición, es por tanto, la única solución.