Discurso de la Dra. Mercedes Quiñonez, Decana de la Facultad de Humanidades.
Acto de asunción de autoridades
5 de mayo de 2025
5 de mayo de 2025
Hoy es una celebración de la continuidad democrática en la Facultad de Humanidades y en la Universidad Nacional de Salta. Esta coyuntura electoral permitió fortalecer la ciudadanía universitaria de cada uno y cada una de los integrantes de la Facultad con derecho a voto, muchos de ellos ejerciendo ese derecho en la universidad por primera vez. Y es un motivo de celebración no sólo porque hay nuevas autoridades ejecutivas, sino porque el pasado 11 de abril se renovaron parcialmente tanto el Consejo Superior como el Consejo de Investigación y los Consejos Directivos de cada Facultad. Los órganos de co-gobierno universitario constituyen un elemento central, constitutivo, de las universidades públicas argentinas y su propia conformación garantiza la libre expresión de las ideas, el debate genuino y respetuoso, la amplitud en la toma de decisiones. Celebro la democracia universitaria y me enorgullece ser parte de ese entramado de cogobierno.
Sin embargo, me conocen, no todo es celebración. Quedarse en esa sensación festiva constituiría una mezquindad que no podemos permitirnos. No ver más allá de nuestras propias vicisitudes universitarias constituiría un primer paso en falso que no vamos a dar. Por eso, me voy a permitir iniciar este discurso con un poema de Bertolt Brecht, “Elogio del estudio”. Este poema, hace poco más de un mes, fue publicado por Ideas de izquierda, a partir de un trabajo que realizó Contraimagen junto a Osvaldo Bayer. Precisamente Bayer lo traduce del alemán y lo lee, lo lee un Bayer viejo e imprescindible. Lo lee y mira a cámara y nos interpela. Ese video es algo que todos nos merecemos disfrutar. Sin embargo, en esta oportunidad tendrán que conformarse con mi lectura:
“Elogio del estudio”
Aprende lo más simple.
¡Nunca es tarde para aquellos
cuyo tiempo ha llegado!
Aprende el alfabeto. No alcanza.
¡Pero apréndelo! No te desanimes.
¡Empieza ya! ¡Debes saberlo todo!
Prepárate para gobernar.
¡Aprende, marginado, hombre del campo,
aprende, ocupante de la cárcel,
aprende, mujer atada a la cocina,
aprende, sexagenaria!
Prepárate para gobernar.
Ven a la escuela, hombre sin techo.
El saber es para ti que tienes frío.
Hambriento: toma con fuerza el libro: es un arma.
Prepárate para gobernar.
¡No temas preguntar las cosas, camarada!
No te dejes influenciar,
averigua tú mismo.
Lo que no sabes por cuenta propia
no lo sabes.
Revisa la cuenta.
Eres tú el que la paga.
Pon el dedo sobre cada cifra.
Pregunta: ¿cómo llegó hasta aquí?
Prepárate para gobernar.
Este poema invocó sin duda esos demonios que tratamos de mantener a raya día a día, noche a noche. Esos demonios que pueden resumirse así: ¿qué estamos haciendo? ¿Qué estamos haciendo con nuestros privilegios, con nuestro título universitario, con nuestro trabajo en blanco, con nuestra formación académica, con nuestro estómago sin hambre? Aprende, mujer atada a la cocina, ven a la escuela hombre sin techo, toma un libro, es un arma. Prepárate para gobernar. Estas palabras incómodas nos devuelven con fuerza el rol y el sentido de la educación pública en la Argentina y el compromiso que, como autoridades universitarias, deberíamos juramentar.
En un país en el que más del 52 % de los niños, niñas y adolescentes menores de 14 años están debajo de la línea de pobreza, donde algunas encuestas indican incluso que 6 de cada 10 menores de 17 años son pobres. En un país donde desde el año pasado según UNICEF, y aunque ya no sea noticia, un millón de niños y niñas se van a dormir sin cenar. Y, además, en una región, el Noroeste argentino, que tiene los índices de trabajo infantil más altos del país, tanto en zonas urbanas como rurales. Digámoslo claramente, el niño y la niña que trabajan o no van a la escuela o van a la escuela con sueño, con cansancio, con un desgaste físico que les obstaculiza centrarse en el conocimiento. Los datos son alarmantes: pobreza, hambre, trabajo, desde el nacimiento hasta justo antes de la edad en la que recibimos a nuestros alumnos en el primer año universitario. La universidad no puede mirar hacia otro lado. No puede encerrarse en una autoimagen o en un slogan que dice “ingreso irrestricto”. Tiene que conmoverse hasta sus estructuras más profundas, pero, primero, los datos deben conmover a sus autoridades, a quienes tienen en sus manos la posibilidad real de hacer posible una trayectoria universitaria. El compromiso social que sostenemos es con los contextos de nuestros estudiantes, pero también debe serlo con los contextos de para quienes hoy la universidad pública no representa ni siquiera un horizonte posible.
En un tiempo plagado de promesas de futuro debemos volver a reconcentrarnos en el hoy. En poner el tiempo, el trabajo y el compromiso para que cada estudiante inicie y culmine una carrera universitaria. Pero también para que esa apuesta sea una realidad para cada vez más sectores. No es posible no conmoverse o no actuar. La universidad pública argentina supo ser una promesa de formación, de ascenso social, de mejoras en las condiciones socioeconómicas personales y familiares. Hoy, en el marco de un deterioro de los lazos sociales y en una crisis económica permanente, con momentos de abrupta caída, la universidad solo tiene la opción de involucrarse en los problemas sociales que le pertenecen, que la atraviesan, que la constituyen. La universidad pública debe co-construir conocimiento con las comunidades. No alcanza con denunciar, es necesario convocar a todo el tejido social no solo en defensa de la universidad pública sino en defensa de un proyecto social en el cual esa universidad le pertenezca como horizonte de vida a todos los sectores sociales, en todas las latitudes geográficas. Es necesario repensar permanentemente el modelo universitario para que no se desdibuje el porqué y el para qué estamos aquí, y que enarbole bien alto su rol social. Es necesario recuperar el sentido y los desafíos de una educación transformadora, no solo para quienes transitan las aulas universitarias sino para toda la sociedad que empeña sus créditos sociales en esas trayectorias y que luego recibe los profesionales egresados con conciencia social y pensamiento crítico.
En el marco de un gobierno que exalta el déficit cero y considera a la salud y a la educación públicas -entre otras- como gastos susceptibles de ser recortados y que, a su vez, permite la concentración de la riqueza, los impuestos diferenciales, toma deuda que atenta sobre la soberanía nacional, la formación en el área de Humanidades y Ciencias Sociales se constituye precisamente en un arma. Un arma de denuncia y una promesa de transformación social. Aunque es también un peligro, pues el pensamiento crítico y no dogmático constituye un peligro para los cultores del pensamiento único, para quienes alimentan el odio como motor, trastocando trágicamente, si fuera posible, al miedo como motor y tolerancia del avance fascista en la primera mitad del siglo pasado. El rol social de la Facultad de Humanidades en la provincia de Salta se engrandece en este contexto, se revela como urgente para no ceder al avance de ideas disolventes, para volver a retomar los lazos comunes, los proyectos colectivos.
Está ahora en boga y en todos los comentarios la serie El Eternauta y la frase emblemática “Nadie se salva solo”. Y hace un par de semanas, en la ceremonia de egreso, un compañero profesor de Historia parafraseaba “Nadie se recibe sólo”. Y es así, nos sostienen los lazos colectivos, los proyectos conjuntos, el grupo de amigos, las familias. Pero también nos sostiene una institución, la Facultad de Humanidades, que asume el compromiso irrenunciable y urgente de que el presente y el futuro nos incluya a todxs, pero no solo para asistir a la universidad y graduarse, como vano y condescendiente autoelogio, sino para que la universidad pública y particularmente la Facultad de Humanidades encabece la lucha por la transformación social, investigando, enseñando, aprendiendo, construyendo conocimiento situado que ponga en cuestión temas como la pobreza, la desigualdad estructural, la falta de acceso a bienes básicos como agua potable, cloacas o libros de lectura, que piense en sus estudiantes y en sus trayectorias, en sus graduados y su inserción laboral, pero que también problematice la profunda y brutal exclusión social que se agudiza día a día. La cultura, la educación, el arte, el pensamiento crítico y la creatividad deberían constituir los bienes imprescindibles para el tejido social, ningún valor se constituye o se instituye en soledad, ningún sueño cumplido se transita individualmente. El desafío es, siempre, reflexionar si nuestro logro personal se asienta sobre lazos colectivos y solidarios o sobre la explotación del trabajo ajeno, sobre la exclusión de quien no tuvo las mismas posibilidades de partida.
La extrema vigencia de una escritura magnífica como la de Héctor Germán Oesterheld quizá se cimente justamente en la capacidad de reflejar el espíritu asfixiante de la falta del lazo social, del otro como alguien potencialmente peligroso, del vacío como horror. Una escritura que apela a lo más básico y en la cual resuena algo tan simple, tan potente, como que el otro me importa. Nos importa y ahí está nuestro compromiso, nuestro juramento. Y, fundamentalmente, nuestro trabajo.
Como una digresión, pero que, en realidad, no lo es, esta sociedad sigue buscando a sus nietos, nacidos en cautiverio y que hoy tienen mi edad. La identidad es un derecho inalienable. Memoria, Verdad, Justicia. E Historia.
Y si me permiten, en un tono más personal, voy a enunciar algunos agradecimientos.
En primer lugar, a la universidad pública argentina, que me permitió formarme en una pluralidad de ideas, de pensamientos, de autores. Que me permitió debatir con mis compañeras y compañeros, con mis docentes y ahora con mis estudiantes. Que no puso límites al conocimiento más que el compromiso ético. Que me dijo “debes saberlo todo, debes aprenderlo por ti mismo”. Que valoró la lectura como acto emancipador. Que me enseñó la acción como acción transformadora. Que me mostró a la política como el ámbito de transformación de la realidad.
Al sistema científico argentino, el cual hoy constituye junto a las universidades públicas uno de los blancos preferidos de ataque, que se traducen en un brutal desfinanciamiento, expulsión velada de sus miembros, deslegitimación permanente de su trabajo. Hoy nuestros colegas más jóvenes ven cómo se cierran oportunidades para formarse, oportunidades que hasta hace pocos años permitieron que muchos jóvenes nos formáramos en el país y en el exterior.
A la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta y a su comunidad, que me hizo entender que un aula contiene una potencia transformadora que permite trocar utopías por realidades.
A Marcela, que asumió este desafío de manera generosa y comprometida, un sustrato de ideas y valores en común construyen y sostienen esta dupla. Me siento muy honrada de iniciar este desafío con vos.
A la gestión saliente: Mercedes, Gabriela, Karina y Ariel, por el trabajo, el compromiso y la convicción en el día a día. Además, la gestión saliente me dio la oportunidad de trabajar conjuntamente desde la Dirección del Posgrado, y me permitió conocer y trabajar junto a un grupo excepcional que sostiene el trabajo con la tenacidad y la convicción de quien sabe que lo que hace transforma el presente y el futuro de cada uno de los estudiantes de posgrado de la Facultad y, con ellos, transforma también sus ámbitos laborales y de ejercicio profesional.
A las compañeras de la ex Sede Regional Tartagal, que por primera vez no nos acompañan en una elección conjunta. Su trabajo y tenacidad hoy les permiten consolidarse como Facultad. Su mirada crítica y sus reflexiones sobre el centro y la periferia me permitieron aprender y descentrarme.
Al grupo humano, académico y político que constituye el colectivo Participación y Construcción Colectiva. Por confiar en mí y elegirme para este desafío. Y por acompañarme y sostenernos en cada paso.
A mis colegas de la carrera de Historia que conforman no solo un grupo político sino un ámbito de reflexión permanente, de ejercicio democrático, de construcción de consensos. Es mi grupo matriz y saben que les debo mucho.
La función que hoy asumo me queda incómoda, me reconozco en la defensa de los derechos de los trabajadores, en la lucha en las calles, en la independencia de las autoridades. Espero que cada compañero de esas luchas me recuerde no solo el compromiso que hoy asumo sino las ideas y la militancia previa. Confío en eso y ello constituye una salvaguarda al ejercicio político que desde hoy desempeño.
Por último, agradezco a mis amigas y amigos que hice en esta Facultad desde el año 1996, en el que ingresé y nunca más me fui. No los voy a nombrar, cada uno sabe.
A mi familia, a mis hermanos y cuñadas, a mis sobrinos, por el aprendizaje, el acompañamiento y el amor. A mi familia construida, Osvaldo, Lucas, Matías y Agostina. No solo sería imposible sin el compañero que apoya y sostiene, sino que es la familia lo que hace que todo tenga sentido.
Quizá no es el mejor momento. Dos hijos pequeños me miran entre el público. Es un desafío, es un tiempo que será irremediablemente compartido, a veces de manera muy desigual para con ellos. Pero es también una enseñanza a mis dos hijos varones, que miran y aprenden que mamá -y con ella cualquier mujer, todas las mujeres- pueden aspirar a hacer lo que se propongan. Aprenderán también que no lo hace sola, que no podría hacerlo sola en este sistema jerárquico y excluyente. Aprenderán que necesita un equipo en casa, que necesita otra mujer que sostenga las tareas domésticas y de cuidado, que a su vez necesitó de otra mujer, de otras mujeres, que le dijeran que es posible. Y que necesita del compromiso de todas las mujeres y de toda la sociedad para romper los techos de cristal, los profesionales, pero también los de la maternidad. Necesitamos reconocer socialmente que las tareas de cuidado son tareas esenciales y no remuneradas que sostienen TODO. Lo sostienen TODO. Por eso, por ellas, por cada una de nosotras, repito: “mujer atada a la cocina, prepárate para gobernar”.
Muchas gracias.