EL ÁRBOL QUE ESCUCHABA
En una comunidad pequeña había un árbol enorme al que todos llamaban “El Abuelo”. No daba frutos ni tenía flores, pero tenía algo mucho más valioso: sabía escuchar.
Los niños se sentaban bajo su sombra a contarle sus enojos, sus miedos y sus alegrías. El árbol nunca contestaba, pero sus ramas se movían suavemente, como si abrazaran el aire.
Un día, Emilia llegó llorando. Su mejor amiga no quería hablarle. Se sentó bajo la sombra y murmuró:
—Ya no quiero intentar… duele mucho.
El árbol crujió ligeramente, y de una rama cayó una hoja amarilla, justo en su mano.
Emilia la miró. Era como si el árbol le dijera que estaba ahí, que no tenía que decidir nada sola.
Al día siguiente, su amiga también llegó a desahogarse bajo el árbol. No sabían que estaban ahí por la misma razón… pero el Abuelo sí.
Cuando ambas se encontraron frente a frente, con las manos llenas de hojas amarillas, no tuvieron que decir mucho. Se abrazaron.
El árbol, silencioso, volvió a mover sus ramas. A veces, la empatía no es resolver el conflicto, sino ofrecer sombra mientras dos corazones encuentran el camino de vuelta.