Las corrientes que integran mi práctica terapéutica —Terapia Cognitivo Conductual, Terapia Sistémica Enfocada en Soluciones y Terapias de Tercera Generación— no se contraponen, sino que se complementan entre sí. Cada una aporta una mirada distinta y valiosa sobre el malestar psicológico. La Terapia Cognitivo Conductual permite comprender cómo los pensamientos influyen en las emociones y conductas, ofreciendo herramientas estructuradas para generar cambios concretos. El enfoque sistémico amplía la perspectiva, considerando el contexto relacional y reconociendo los recursos y fortalezas que ya existen en la persona. Por su parte, las terapias de tercera generación incorporan la aceptación, la atención plena y el trabajo con valores personales, promoviendo una relación más flexible y saludable con la experiencia emocional.
Decidí formarme en estos enfoques porque considero que cada proceso terapéutico es único y requiere una mirada integral. A lo largo de mi experiencia profesional, he confirmado que las personas no necesitan únicamente entender el origen de su malestar, sino también contar con herramientas prácticas, claridad en sus objetivos y un espacio que favorezca la reflexión profunda. La integración de estos modelos me permite adaptar la intervención a las necesidades específicas de cada persona, combinando estructura, comprensión contextual y desarrollo de recursos internos.
Trabajo desde una perspectiva integrativa y basada en evidencia científica, lo que significa que cada intervención tiene un sustento teórico y práctico, pero también un enfoque humano y respetuoso. Esta integración facilita acompañar tanto procesos de cambio activo como momentos en los que es necesario aprender a aceptar, regular y comprender lo que se está viviendo. El objetivo no es aplicar un modelo rígido, sino ofrecer un acompañamiento flexible, ético y centrado en la persona.