A comienzos del siglo XIX, el emperador francés Napoleón Bonaparte impulsó una política expansionista que le llevó a ocupar España y Portugal.
Almeida era una fortaleza de gran valor defensivo situada en la frontera con España, muy próxima a Ciudad Rodrigo. Ambas plazas formaban un sistema defensivo fundamental para controlar el acceso hacia el interior de Portugal, especialmente hacia Lisboa, que era uno de los principales objetivos del ejército francés.
En el año 1810, el mariscal francés André Masséna inició una gran ofensiva con el propósito de invadir Portugal y derrotar a las fuerzas británicas dirigidas por el duque de Wellington. Para poder avanzar con seguridad, los franceses necesitaban asegurar las plazas fronterizas, lo que les obligó a tomar primero Ciudad Rodrigo y posteriormente Almeida.
El ejército francés rodeó la fortaleza y comenzó un bombardeo continuo con artillería pesada, al tiempo que cortaba las vías de suministro para debilitar a los defensores. A pesar de la resistencia inicial, el desarrollo del asedio cambió de forma drástica el 26 de agosto de 1810, cuando se produjo la explosión del polvorín de la fortaleza. Este suceso tuvo consecuencias devastadoras: destruyó parte de las defensas, causó numerosas bajas entre la guarnición y generó una situación de caos que hizo insostenible la resistencia. Como resultado, la plaza se rindió poco después, en circunstancias que aceleraron su caída más de lo que los franceses habían previsto inicialmente.
Esta victoria tuvo también consecuencias negativas desde el punto de vista estratégico. El tiempo empleado en los asedios de Ciudad Rodrigo y Almeida retrasó considerablemente el avance francés, lo que resultó determinante para el desarrollo posterior de la campaña.
Este retraso permitió a las fuerzas aliadas, especialmente a los británicos dirigidos por Wellington, organizar mejor su defensa. Durante ese tiempo, se reforzaron posiciones clave y se construyeron importantes líneas defensivas, como las Líneas de Torres Vedras, un sistema fortificado que protegía el acceso a Lisboa.
Almeida desempeñó un papel importante dentro de la llamada guerra de desgaste. Aunque su caída supuso una victoria táctica para Francia, también contribuyó indirectamente a su debilitamiento, ya que el tiempo, el esfuerzo y los recursos invertidos en su conquista afectaron a la capacidad operativa del ejército francés. Este desgaste, unido a la resistencia organizada de los aliados, fue clave para cambiar el rumbo de la guerra en la Península.