Daniela Nevárez Jiménez19 de octubre de 2018Los Objetivos de Desarrollo sostenible son el marco de acción para un trabajo en conjunto de países, el tema de la feminización de la pobreza entra en varios de los objetivos, tal como, el primero de ellos que es referente a la reducción de la pobreza; el cinco referente a la igualdad de género, que aboga por la autonomía de las mujeres en materia económica; el diez, de reducción en la desigualdad; y el ocho, referente a promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible. Por lo tanto, es pertinente el estudio de las desigualdades de género, ya que brindan nuevo contenido que permite dimensionar el rezago de las mujeres en múltiples aspectos de la vida social, compararlo con el rezago que presenta la población masculina e identificar esferas prioritarias para la intervención pública.
Según datos de Naciones Unidas, las mujeres constituyen dos terceras partes de los casi 800 millones de analfabetos, el 60% de las personas que pasan hambre en el mundo de forma crónica son mujeres y niñas. Aunado a esto, poseen menos de un 20% de la tierra cultivable, sin importar que más de 400 millones de agricultoras producen la mayoría de los alimentos que se consumen en el mundo y sólo un 50% de las mujeres en edad de trabajar tienen un empleo, frente al 77% de los hombres.
María del Carmen Morgan López, directora de Atención a Pueblos Indígenas y Comunidades Étnicas, menciona tres situaciones, que se unen a la lista de factores que engloba el término, que diferencian el estudio de la pobreza femenina del estudio de la pobreza en general: la escases de participación en la toma de decisiones, tanto en contextos sociales como familiares; la poca integración en los sistemas políticos; y la responsabilidad de la doble y triple jornada. Además, establece que se ha dado el concepto de nueva pobreza, haciendo referencia a personas que a pesar de tener empleo no cuentan con los recursos suficientes para cubrir sus necesidades. Dentro de este grupo, la mayoría son mujeres, esto se vio en principio como consecuencia de la desestructuración familiar, es decir, como característica de los hogares monomarentales.
Al respecto, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), reportó que para el 2012, las estadísticas demográficas y sociales registraban una reconfiguración en el papel de las mujeres en los hogares, pues por cada cien hogares jefaturados por un hombre, 30 eran dirigidos por una mujer, situación que aumenta conforme se incrementa la edad de las mujeres. De este modo, por cada cien hogares encabezados por un adulto mayor varón, 58 unidades domésticas tenían a una mujer de 65 años o más como jefa.
Actualmente, la mayor incidencia de pobreza es en el ámbito urbano, donde se da la mayor presencia de hogares con jefatura femenina, en ella se aprecia que 24 por ciento de los hogares en condiciones de pobreza alimentaria son dirigidos por una mujer, por lo que es necesario atender y reconocer a las mujeres que contribuyen a la economía mediante su trabajo remunerado y no remunerado en el hogar, comunidad y trabajo. De acuerdo con Instituto Nacional de la Mujer y conforme a cifras del Coneval, cuando se registra disminución de la pobreza se ha observado que, en los hogares con jefatura femenina, el ritmo de reducción es más lento, especialmente en las zonas urbanas, con un descenso de solo un punto porcentual desde el año 2000, en comparación con casi cinco puntos porcentuales para los hogares dirigidos por hombres.
En cuanto a los ingresos, a pesar del empoderamiento femenino observado en las últimas décadas, la generación de ingresos para la subsistencia recae de forma predominante en los hombres, de acuerdo con datos de Coneval, 7 de cada 10 hogares cuentan con un varón como perceptor principal y dos terceras partes de los ingresos de las familias, tanto de las que se encuentran en pobreza como de las que no lo están, provienen también de varones. Esto puede asociarse con que las remuneraciones que las mujeres ocupadas obtienen de sus trabajos son menores a las que perciben los hombres, a pesar de contar con la misma o mayor escolaridad. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), ello se debe a que la desigualdad de ingresos afecta más a las mujeres, ya que sus condiciones laborales son más precarias.
El estudio del género en problemas sociales, así como la elaboración de estadísticas de género, es necesario para la elaboración de políticas públicas pertinentes. Una de las ventajas de la medición de la pobreza desde una perspectiva multidimensional que ofrece Coneval, es que abre la discusión sobre el género, su medición considera al menos, los siguientes elementos: ingreso, rezago educativo, acceso a servicios de salud, acceso a seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, acceso a servicios básicos en la vivienda, acceso a la alimentación y grado de cohesión social. Temas que no se abarcaron con profundidad en esta nota, pues dan pie a que su discusión se vea de forma individual.
No obstante, con lo mencionado se ve que en la base de la sociedad se encuentran elementos de desigualdad de género que se despliegan en el mercado laboral con consecuencias en la feminización de la pobreza. La desigualdad de género atraviesa la vida de las mujeres, exponiéndolas a problemas diarios como la división sexual del trabajo, compatibilidad familiar y laboral, empleos precarios, pero flexibles, entre otros elementos que se conjugan en este escenario. Por lo tanto, no basta con la mejora en la inserción de las mujeres en el mercado laboral, sino que se requiere de un cambio en las estructuras básicas de funcionamiento del sistema socioeconómico, así como el acceso a los medios para la realización de su potencial.