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12:15 a. m.

Me detengo debajo de las ramas.

Me odio por haberme detenido, pero las palabras ya han hecho que mis pies dejen de moverse. Puedo imaginar con tanta claridad cómo se sentiría el interior de un zapato que casi resulta doloroso: la tela contra la piel, una suela que me proteja al pisar las piedras, cordones que pueda apretar lo suficiente para mantenerlo todo en su sitio.

Algo cae delante de mí.

Retrocedo. Una figura pálida descansa más allá de las ramas bajas, justo fuera del alcance de mi mano. La luz de su linterna la ilumina, se aparta y deja la lona blanca visible contra las hojas oscuras.

Mi zapato.

El izquierdo. Un trozo de cordón atraviesa los ojales superiores, donde se rompió el original después del entrenamiento de animadoras. Lucy dijo que parecía una pequeña venda. Le contesté que los zapatos no podían hacerse daño, y ella insistió en que el mío parecía herido de todos modos.

Extiendo la mano antes de pensarlo.

Mis dedos pasan entre dos ramitas. El zapato está más lejos de lo que parecía. Si pudiera avanzar unos centímetros más, alcanzaría el talón con un dedo.

Una bota se planta a su lado.

Retiro la mano tan deprisa que una ramita me araña la muñeca.

—Ahí estás.

La luz penetra debajo de las ramas. Aparto el rostro y me aprieto contra el suelo. Su bota bloquea ahora el zapato. Solo puedo ver la punta blanca más allá del cuero oscuro.

—Póntelos.

No me muevo.

—Debes de tener los pies helados.

Mi mano derecha tiembla contra las hojas. La escondo debajo del pecho, donde él no puede verla. Las ramas ya no son un escondite. Se han convertido en un techo bajo que me mantiene boca abajo mientras él permanece de pie al otro lado.

—Podemos hablar de esto en algún lugar calentito.

La palabra calentito me trae de vuelta el recuerdo de la habitación. El pequeño calefactor junto a la puerta. Sus barras anaranjadas. La forma en que lo apagaba cuando yo no quería responderle.

Miro hacia la izquierda. Allí las ramas son menos densas y dejan una abertura debajo de un tronco caído. No sé si mis hombros cabrán por ella.

Él se agacha. La luz desciende con él.

—Mírame, Hannah.

Mis ojos obedecen antes de que pueda impedirlo.

Su rostro aparece detrás de la linterna, parcialmente oculto por el resplandor. Tiene los labios relajados. Sostiene la linterna con una mano. La otra descansa sobre su muslo, con una tira de tela oscura enrollada alrededor de la zona donde lo herí.

No puedo mirar esa mano.

—Sé que estás asustada.

Extiende el brazo por debajo de las ramas.

Me impulso hacia atrás. El talón se engancha en una raíz y una punzada de dolor me recorre la pierna. Sus dedos se cierran sobre el borde de mi manga y me sujetan durante medio segundo, hasta que la costura dañada se rompe.

Retira la mano con un trozo de tela entre los dedos.

Me arrastro hacia la izquierda.

—No lo hagas.

La palabra es tan tajante que algo dentro de mí se paraliza, pero mis brazos siguen moviéndose. Meto un hombro debajo del tronco caído. La corteza me raspa la espalda. La camiseta se engancha y tiro hasta que la tela se tensa alrededor de mi garganta.

Estoy atrapada.

Sus botas se mueven alrededor de las ramas.

Aplasto la mejilla contra las hojas y extiendo una mano hacia atrás. Mis dedos no encuentran el punto donde estoy enganchada. Vuelvo a tirar. El cuello de la camiseta me aprieta todavía más. El aire entra con un silbido débil y tembloroso.

—Quédate donde estás.

Está rodeando el extremo del tronco.

Me obligo a retroceder unos centímetros. La presión disminuye. Mi mano encuentra la tela por encima del hombro y la levanta para liberarla de una astilla de madera que sobresale.

Consigo deslizarme al otro lado.

Siento el terreno despejado contra la cara. Apoyo una rodilla debajo del cuerpo, me agarro a un árbol joven y me levanto tan deprisa que el bosque parece inclinarse. La linterna gira hacia la abertura que he dejado atrás.

Echo a correr antes de ver dónde caerá la luz.

Aquí los árboles crecen más juntos. Paso entre dos troncos y siento cómo me raspan ambos hombros. Detrás de mí, el hombre choca contra uno con tanta fuerza que el agua cae de las ramas. Suelta un sonido breve y vuelve a perseguirme.

Oigo cada uno de sus pasos.

La respiración se me atasca en lo alto de la garganta. Intento llevar el aire más abajo, pero la siguiente bocanada es todavía peor. Se me escapa un sollozo. Aprieto los labios y tropiezo contra una barrera de abetos jóvenes.

Las agujas me cubren la cara. Me abro paso con ambos brazos y giro de lado cuando las ramas se niegan a ceder. Los pequeños árboles vuelven a su posición detrás de mí. La luz de su linterna se fragmenta entre ellos.

—Hannah.

No sé a qué distancia está. Su voz parece sonar junto a mi oído, pero las ramas detrás de mí todavía no se han abierto.

Sigo adelante.

Termina un árbol y empieza otro. La camiseta se me engancha. Tiro hasta liberarla. Una rama me roza la mejilla y queda atrapada debajo del cabello. Me agacho hasta soltarme, pero intento enderezarme demasiado pronto y golpeo la rama que hay encima.

El segundo golpe me hace caer de rodillas.

Me quedo allí durante una respiración. Dos. Detrás de mí, él se abre paso entre los abetos.

Me levanto.

El terreno desciende bajo los árboles jóvenes. Ya no puedo ver directamente el haz de su linterna, solo un resplandor blanco que se mueve entre las agujas. Cuando miro hacia delante, los troncos parecen inclinarse cuesta abajo conmigo.

Apoyo una mano en el árbol más cercano y bajo con cuidado por encima de una raíz. Los pies me resbalan. Me agarro a otra rama y consigo enderezarme.

Por encima de mí, el hombre deja de moverse.

—Ten cuidado.

La advertencia hace que me apresure. No quiero que su mano esté lo bastante cerca para ser lo que me impida caer.

Doy un paso más allá del siguiente árbol.

El suelo desaparece bajo mis pies.