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12:10 a. m.
La piedra se me resbala de la mano.
Consigo atraparla contra la camiseta antes de que caiga, y el lobo se abalanza hacia delante. Aprieto las rodillas. Sus patas delanteras se detienen al otro lado de la raíz más cercana, tan cerca que puedo ver el barro oscuro entre sus dedos.
No lanzo la piedra.
Si fallo, me quedaré sin nada con qué defenderme.
El animal mira más allá de mi brazo levantado. Sus orejas se mueven por separado, una orientada hacia mí y la que tiene desgarrada hacia los árboles. Algo más oscuro le apelmaza el pelo debajo de la boca. Percibo el olor a pelaje mojado y un hedor agrio e intenso que me revuelve el estómago.
Intento recordar qué se supone que hay que hacer cuando uno se encuentra con un lobo. Ponerse de pie. Parecer más grande. No correr. Recuerdo las instrucciones, pero no la parte que explica cómo levantarse cuando el animal ya está lo bastante cerca para alcanzarte.
Apoyo el pie sano en el barro. Me impulso contra el tronco y consigo elevarme unos centímetros.
El gruñido se vuelve más profundo.
Vuelvo a agacharme.
Por encima de su hombro distingo una forma pálida debajo de una rama caída. Al principio creo que es un saco. Entonces la luna ilumina una pata delgada, doblada en un ángulo imposible, y una pezuña oscura casi enterrada entre las hojas.
Un ciervo.
Aparto la mirada antes de ver más. El lobo se mueve cuando giro la cabeza y acorta parte de la distancia. Tal vez no me esté cazando. Tal vez me haya acercado demasiado a algo que le pertenece. Eso no hace que sus dientes sean menos grandes.
Levanto la piedra de golpe. El animal se detiene.
El brazo empieza a dolerme. No podré mantenerlo levantado mucho más tiempo. Apoyo el codo contra el árbol, pero el movimiento hace que mi camiseta roce la corteza con un sonido seco.
El lobo abre aún más la boca.
—Vete.
Apenas consigo pronunciarlo. Lo intento otra vez, más fuerte, pero la voz se me quiebra en la segunda palabra.
No se va.
Una rama se rompe cuesta arriba.
El lobo vuelve la cabeza. Yo también.
El sonido se repite, seguido del movimiento de unas hojas bajo algo pesado. Durante un instante, el alivio me invade con tanta fuerza que casi grito para pedir ayuda. Viene alguien. Alguien con zapatos y abrigo, capaz de hacer que el animal se marche.
Un haz de luz blanca atraviesa los árboles.
Me quedo con la boca abierta, pero no emito ningún sonido.
La luz recorre lentamente el suelo. Se detiene donde me caí y después se desliza sobre un helecho roto. Distingo las piernas de un hombre detrás de ella. Pantalones oscuros. Botas. Un abrigo abierto.
Se agacha.
La luz se posa sobre el barro donde quedaron las huellas de mis manos.
Aprieto el puño contra la boca. La piedra me corta el labio.
El lobo suelta un ladrido brusco. El haz se eleva de inmediato y le ilumina la cara. Sus ojos brillan de color blanco y el animal retrocede con las orejas aplastadas contra la cabeza.
—¡Fuera!
Su voz.
No puedo verle el rostro detrás de la luz, pero mi cuerpo reconoce aquel sonido. Los hombros se me encogen. Acerco las rodillas al pecho. Estoy haciéndome pequeña antes siquiera de darme cuenta de que me he movido.
Él da un paso hacia el animal.
El lobo retrocede hasta la rama caída. Sus patas se ponen rígidas y el gruñido aumenta de intensidad. El hombre se detiene. El lobo también le tiene miedo. No está adiestrado. No lo está esperando. Es salvaje. Durante un rato, la luz permanece sobre su rostro mientras ambos se mantienen inmóviles.
No me ha visto.
La idea llega tan de repente que casi me muevo demasiado rápido. Me apoyo con una mano en el barro y recojo el pie izquierdo debajo del cuerpo, manteniendo el talón levantado. El árbol impide que la luz alcance mi pecho.
El lobo vuelve a ladrar.
El hombre se inclina, recoge algo del suelo y lo lanza. Un trozo de madera golpea la rama caída. El animal salta hacia atrás y se interna entre los arbustos, seguido por el haz de la linterna.
Me muevo.
No elijo por dónde escapar. Me impulso lejos del tronco y tropiezo al rodearlo por el otro lado, tratando de alcanzar otro árbol que está más lejos de lo que parecía. Mis dedos rozan unas hojas. El hombro choca contra la corteza. Consigo agarrarme al tronco antes de caer de rodillas.
Detrás de mí, el lobo emite un sonido áspero y el hombre vuelve a gritarle.
Doy otro paso.
Todavía tengo la piedra en la mano. No puedo sujetarme bien al siguiente árbol con ella atrapada entre los dedos, así que la dejo caer. Aterriza sin apenas ruido. La abandono allí y me agarro con ambas manos.
Una raíz atraviesa mi camino. La palpo con los dedos de los pies, levanto uno para pasar por encima y después el otro. El dolor me atraviesa el talón. Mantengo la boca cerrada hasta que disminuye lo suficiente para poder respirar.
La luz de la linterna cruza bruscamente el tronco que acabo de dejar atrás.
Me quedo inmóvil en el lado equivocado del siguiente árbol. Tengo un hombro al descubierto. La luz blanca roza la tela rasgada, continúa su recorrido y luego regresa.
—Hannah.
Echo a correr.
Está demasiado oscuro para avanzar deprisa. Golpeo una rama con el antebrazo y atravieso una cortina de hojas. Uno de mis pies cae en un agujero. El cuerpo se me va hacia delante, pero los arbustos me sostienen el tiempo suficiente para colocar el otro pie debajo de mí.
—Detente.
Ahora lo oigo moverse. Las ramas se rompen a cada paso. La luz salta por delante de mí y hace que la oscuridad más allá parezca todavía más profunda.
Me aparto del haz. Un árbol joven se dobla contra mi pecho. Me agacho para pasar por debajo y me libero el cabello con una mano, dejando algunos mechones entre las ramas.
El lobo ladra en algún lugar detrás de él.
El hombre se detiene. Noto la diferencia, un paso que no llega a dar, y sigo tropezando cuesta abajo antes de que vuelva a moverse.
Mis pies golpean el barro con un ruido húmedo. Demasiado fuerte. Todo lo que hago produce demasiado ruido. Intento reducir la velocidad para apoyar los pies con cuidado, pero su siguiente paso me obliga a lanzarme hacia delante.
La luz ilumina mi mano apoyada en un tronco.
La retiro de golpe.
—Vas a hacerte daño.
Las palabras me persiguen entre los árboles con la misma voz que utilizó cuando me ajustó la correa alrededor de la muñeca.
Una rama baja me golpea en el estómago. Me doblo sobre ella, ahogándome, y me deslizo hacia un lado hasta quedar libre. La linterna recorre las hojas que tengo sobre la cabeza.
Distingo cada gota de agua que cuelga de ellas.
Entonces estoy debajo, arrastrándome mientras su luz busca en el lugar donde estaba de pie. Mis pies resbalan entre las hojas mojadas. Algo afilado me abre otro corte en el talón.
—Tengo tus zapatos —dice.