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El calor me oprimĂa los pequeños hombros, sofocante e implacable. TenĂa siete años y estaba sola. El bosque ardĂa a mi alrededor.
Las llamas trepaban por los pinos en columnas retorcidas y se alzaban hacia un cielo ya ennegrecido por el humo. El fuego no crepitaba como en las chimeneas o las fogatas. RugĂa sin cesar, con la fuerza de un tren de carga que atravesara el bosque a toda velocidad.
El viento arrastraba chispas por el suelo. Las ramas se partĂan. La savia hervĂa dentro de los árboles. Varios chasquidos secos resonaron a intervalos regulares. Por un instante, percibĂ algo más penetrante que el humo. Un olor amargo. Metálico. Fuera de lugar. Entonces, otra ráfaga de viento lo sepultĂł bajo el olor de los pinos quemados.
Entre el humo distinguĂ a un hombre que estaba de pie entre los árboles. No corrĂa.
Todos deberĂan haber estado corriendo, pero Ă©l permanecĂa inmĂłvil mientras el fuego se extendĂa a su alrededor. TenĂa un brazo levantado y sostenĂa algo oscuro en la mano. Por un instante, las llamas iluminaron su rostro.
ConocĂa aquella cara. O eso creĂ.
Entonces, una nube de humo se interpuso entre nosotros. Cuando se disipĂł, el hombre habĂa desaparecido.
Me cubrĂ la boca con ambas manos, pero el humo se abriĂł paso entre mis dedos. Me cubriĂł la lengua y me quemĂł la garganta. Los ojos me lloraban tanto que el bosque se convirtiĂł en una mancha borrosa de tonos anaranjados y negros.
EchĂ© a correr. Mis tenis resbalaban sobre la tierra suelta mientras me abrĂa paso entre los árboles. Las llamas avanzaban detrás de mĂ y devoraban el sendero casi al mismo tiempo que yo lo recorrĂa. Una rama ardiendo cayĂł cerca y esparciĂł chispas sobre mis piernas.
GritĂ© y cambiĂ© de direcciĂłn. El viento tambiĂ©n cambiĂł. Una muralla de fuego se levantĂł frente a mĂ.
Me detuve tan bruscamente que estuve a punto de caer. GirĂ© hacia la izquierda, pero las llamas ya estaban allĂ. Cuando mirĂ© hacia atrás, el camino por el que habĂa venido habĂa desaparecido.
Ya no tenĂa adĂłnde correr. El calor me envolvĂa cada vez con más fuerza. Cada respiraciĂłn era más corta que la anterior.
Me dejĂ© caer al suelo, llevĂ© las rodillas contra el pecho y las rodeĂ© con los brazos. Si conseguĂa hacerme lo suficientemente pequeña, quizá el fuego no me encontrarĂa. Tal vez el humo me ocultarĂa.
Cerré los ojos con fuerza. Las llamas se acercaban. Un grito desgarrador escapó de mi garganta.
—Stella.
Alguien me sujetĂł por los hombros.
—Stella, despierta.
AbrĂ los ojos, pero durante varios segundos seguĂ viendo fuego.
DespuĂ©s, el dormitorio volviĂł a aparecer ante mĂ.
La luz de la luna entraba a travĂ©s de las cortinas transparentes del apartamento frente a la playa. Más allá de las puertas corredizas de vidrio, las olas rompĂan contra la orilla con un ritmo lento y constante. El aire olĂa a sal y a algodĂłn limpio, no a cenizas.
Jake estaba sentado a mi lado, todavĂa con una mano sobre mi hombro.
—Estás aquà —me dijo—. Estás bien.
InspirĂ© profundamente. Me dolĂa el pecho como si de verdad hubiera estado corriendo.
Jake estiró el brazo para encender la lámpara, pero golpeó su teléfono y lo tiró de la mesa de noche. Murmuró algo entre dientes cuando el aparato cayó al suelo.
A pesar del pánico que todavĂa me atenazaba, estuve a punto de reĂrme.
Se olvidó de la lámpara y, en su lugar, me atrajo hacia él.
HundĂ el rostro contra su pecho y escuchĂ© los latidos de su corazĂłn. Iban más rápido de lo habitual. Intentaba parecer tranquilo despuĂ©s de mi pesadilla, pero sabĂa que tambiĂ©n se habĂa asustado.
—¿El incendio? —preguntó.
AsentĂ.
Su mano recorriĂł lentamente mi espalda. No me dijo que solo habĂa sido un sueño. DespuĂ©s de la Ăşltima pesadilla, habĂa aprendido que esas palabras no me ayudaban.
El reloj de la mesa de noche marcaba las 4:12 de la madrugada.
—Pensé que las pesadillas estaban disminuyendo —dijo.
—Y asà es. —Mi voz salió ronca—. Esta es apenas la segunda desde que llegamos.
Solo dos pesadillas en dos semanas parecĂa casi un milagro. Durante los peores años, el fuego me perseguĂa varias noches por semana. Ăšltimamente, los episodios se habĂan vuelto menos frecuentes.
Jake se apartĂł lo suficiente para observarme el rostro. TenĂa una marca de la almohada atravesándole la mejilla.
—¿Estás segura de que te encuentras bien?
—Lo estaré.
TomĂł el vaso de agua que habĂa junto a la cama y me lo entregĂł. Mis dedos temblaban al sostenerlo.
HabĂan pasado veinte años desde la primera mañana que podĂa recordar. HabĂa despertado en una cama de hospital sin tener la menor idea de cĂłmo habĂa llegado allĂ. Todo lo anterior a ese dĂa habĂa desaparecido. No se trataba de recuerdos borrosos ni fragmentados. Sencillamente, no existĂan. Más tarde supe que mis padres habĂan muerto a tiros dentro de nuestra casa. No conservaba ningĂşn recuerdo de aquello.
La pesadilla era lo Ăşnico que parecĂa provenir de antes del hospital. SabĂa que no habĂa ocurrido ningĂşn incendio forestal. Lo que ignoraba era si el sueño contenĂa fragmentos de aquella noche, sonidos y sensaciones que mi mente habĂa transformado en algo distinto, o si el fuego era simplemente una historia que mi memoria habĂa inventado para llenar aquel vacĂo.
Aquel hombre me inquietaba más que el fuego.
HabĂa soñado con Ă©l otras veces, pero nunca con suficiente claridad como para confiar en lo que veĂa. A veces parecĂa un desconocido. Otras, por un instante, se parecĂa a mi padre.
Jake esperó hasta que terminé de beber.
—Cuando volvamos a casa, quizá deberĂas llamar a alguien.
Lo miré por encima del borde del vaso.
—No digo que debas obligarte a recordar. Pero si las pesadillas van a continuar, no tendrĂas por quĂ© enfrentarlas sola —prosiguió—. Despertarte asĂ no puede hacerte bien.
—Antes iba a terapia.
—Nunca me lo dijiste.
—Tampoco me pediste mi historial médico completo.
—Supuse que venĂa incluido con la licencia de matrimonio.
Dejé el vaso sobre la mesa y le di un pequeño codazo.
—Mi terapeuta se llama Janie. Fui a verla durante algunos años, cuando tenĂa poco más de veinte. Me ayudĂł con la ansiedad, pero no a recuperar los recuerdos.
—¿Por qué dejaste de ir?
—TenĂa demasiado trabajo.
Jake arqueĂł una ceja.
—Ya sé cómo suena.
—Suena exactamente como algo que tĂş dirĂas.
No podĂa contradecirlo. Durante los tres meses que llevábamos conociĂ©ndonos, habĂa descubierto que yo era capaz de justificar casi cualquier cosa si la incluĂa en una hoja de cálculo y la clasificaba como necesaria.
—Llámala cuando regresemos —insistió—. Al menos habla con ella.
La preocupaciĂłn que reflejaba su rostro hacĂa difĂcil restarle importancia a lo que me decĂa.
—La llamaré cuando lleguemos a casa.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Se acomodó contra las almohadas y extendió un brazo para recibirme. Me acurruqué en aquel espacio que ya me resultaba tan familiar.
Unos meses antes, ni siquiera sabĂa que existĂa. Ahora era mi esposo.
Nuestra relaciĂłn habĂa avanzado tan deprisa que a veces ni yo misma alcanzaba a comprenderlo. Nos habĂamos conocido en una conferencia profesional en Boston, discutido sobre la interpretaciĂłn que uno de los ponentes habĂa hecho de la exposiciĂłn al riesgo y terminado conversando en el vestĂbulo del hotel hasta pasadas las tres de la madrugada. Una cena se convirtiĂł en cinco. En cuestiĂłn de semanas, llevaba un anillo en el dedo y hablábamos de casarnos como si fuera la decisiĂłn más sensata que cualquiera de los dos hubiera tomado jamás.
Mi hermana Sarah habĂa dicho que era una imprudencia. No estaba del todo equivocada.
Pero mientras permanecĂa acostada junto a Jake, escuchando el ocĂ©ano y sintiendo cĂłmo se desvanecĂan los Ăşltimos rastros de la pesadilla, no me arrepentĂa de nada.
Cerré los ojos. Durante el resto de la noche, el fuego no regresó.
***
A las nueve de la mañana, la luz del sol inundaba el apartamento. La pesadilla parecĂa lejana, reducida a una leve presiĂłn detrás de los ojos.
Nuestro Ăşltimo dĂa de luna de miel terminĂł a decenas de metros de altura, sobre las copas de los árboles de la selva. Jake habĂa reservado un recorrido de unos ocho kilĂłmetros en tirolesa, a pesar de mi insistencia en que colgar de un cable de acero no podĂa considerarse una actividad relajante.
En la primera plataforma, miré hacia abajo una sola vez y me arrepentà de inmediato.
—TodavĂa puedes echarte atrás —dijo Jake.
—No voy a echarme atrás.
SonriĂł.
—SabĂa que dirĂas eso.
El guĂa sujetĂł su arnĂ©s al cable. Jake se acercĂł al borde, pero, por una vez, no se burlĂł de mĂ.
—Te espero al otro lado.
Y entonces desapareciĂł sobre el barranco.
Cuando llegĂł mi turno, la selva pareciĂł transformarse a mi alrededor. El verde se volviĂł anaranjado. El movimiento de las hojas se convirtiĂł en llamas. Durante un segundo aterrador, la pesadilla me alcanzĂł en pleno dĂa.
Cerré los ojos.
Aire fresco. Madera húmeda bajo mis zapatos. Pájaros cantando en algún lugar más abajo. Nada de humo.
Y Jake esperándome al otro lado.
Me lancé.
Mi grito se convirtiĂł en una carcajada antes de llegar a la mitad del recorrido. Cuando Jake me sujetĂł del brazo en la siguiente plataforma, tenĂa una expresiĂłn de satisfacciĂłn que resultaba insoportable.
—Gritaste.
—Me reĂ.
—Primero gritaste.
—Era entusiasmo.
MirĂ© hacia el siguiente cable. Era más largo, estaba más alto y desaparecĂa entre los árboles.
—¿Lista para detenerte? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Sigamos.
Cuando lleguĂ© a la Ăşltima tirolesa, todavĂa tenĂa miedo. La diferencia era que el miedo ya no decidĂa lo que yo hacĂa.
***
Aquella noche, de regreso en el apartamento, hice las maletas mientras Jake se duchaba. La maleta estaba abierta sobre la cama. DoblĂ© la ropa en filas ordenadas, separando las prendas limpias de las que olĂan a agua salada, protector solar y barro de la selva.
Al dĂa siguiente regresarĂamos a Boston. DeberĂa haber estado emocionada. Sin embargo, una inquietud persistente comenzĂł a instalarse debajo de mis costillas. En casa tendrĂamos que descubrir quĂ© ocurrĂa despuĂ©s del final del cuento de hadas.
Afuera, los Ăşltimos rayos de luz se desvanecĂan sobre el ocĂ©ano. El agua se oscurecĂa bajo el cielo del atardecer. Cada ola aparecĂa durante un instante antes de desaparecer otra vez.
HabĂa pasado dos semanas creando nuevos recuerdos con Jake. FotografĂas, playas, discusiones sobre quĂ© camino tomar y la sensaciĂłn de volar por encima de la selva. QuerĂa creer que aquellos momentos siempre nos pertenecerĂan.
Pero los recuerdos nunca me habĂan parecido permanentes. PodĂan desvanecerse. PodĂan cambiar. A veces, podĂan desaparecer por completo.
Mi teléfono se iluminó sobre la cómoda.
Sarah.
Necesito verte cuando regreses a casa.
Antes de que pudiera responder, apareciĂł un segundo mensaje.
Tiene que ver con lo de antes del hospital.