Era una casa un poco vieja, pero llena de vida. Así describía Gabrielle la pintura colgada en la pared del salón, una de las primeras obras de arte. Pintaba desde que era un chiquillo y en sus obras siempre había algo que dejaba a la gente pensando. Aquella, en especial, encabezaba los trabajos que consideraba sus «obras maestras».
La pintura era una casa rodeada de vegetación, ramas y musgos, ubicada justo en el centro del jardín. Al fondo de este, se vislumbraba un pequeña puerta entre los arbustos que daba hacia un jardín similar, pero lúgubre. A pesar de ser una pintura, se percibía un aire fresco y puro.
A unos cuantos metros de la puertecilla, destacaba una piscina cristalina donde los niños se bañaban. Una pequeña tortuga se resbala dentro de esta, aún con su lechuga en la boca. Sobre el césped, reposaban unos calcetines que comenzaban a hacerse uno con la tierra, pues parecía que le crecían raíces.
El tamaño de la casa era perfecto para llenarla de ventanas. En el retrato, el sol apenas se asomaba, así como lo hace a inicios de noviembre. Los suaves rayos iluminaban cada habitación y en cada una había una historia.
En el primer piso estaban las habitaciones comunes: sala, comedor y cocina. En la sala, la televisión estaba encendida, había gente de pie y sentada; a través de la imagen, el cuarto transmitía bullicio. En la esquina, cerca de la ventana, había un sillón rojo donde descansaba una anciana. Se le veía muy tranquila, a pesar del ruido.
En la parte superior estaban los cuartos. Uno de ellos destacaba por la pared anaranjada del fondo. Los helechos que se escabullían por aquella ventana se teñían de tonos otoñales. Una librera y un árbol a medio pegar acompañaban el rincón. Se veía como la habitación cálida de un artista.
Al lado, el cuarto parecía pertenecer a un niño. Estaba llena de colores y juguetes. Había ropa tirada en el suelo: camisas, pantalones y un par de calcetines rojos. Tenía una pequeña mesa llena de crayones y papeles. La cama era lo único que se veía impecable. Estaba cubierta por un edredón de figuras geométricas, sobre el cual reposaba una muñequita de trapo.
Hasta arriba, en la terraza, había un hombrecillo contemplando el horizonte: era Gabrielle. A pesar de que estaba de perfil, se le veía meditabundo. No tenía zapatos ni calcetines y sostenía una taza caliente entre sus manos. Su semblante era serio, pero transmitía paz, como si hubiese encontrado, ahí entre el cielo y el bosque, las respuestas que necesitaba.
«La casa», que así se llamaba la obra, retrataba un microecosistema impresionante. Hubo personas interesadas en comprarla, pues disfrutaban perderse entre las paredes y soñar que eran el protagonista de aquellas historias. Pero, a la vez, les alegraba contemplarla desde lejos, donde los miedos y pérdidas no pudieran alcanzarlos.
Cada invitado se detenía a observarla, aun si no era su primera vez. Reflexionaba sobre la vida y sus posibilidades. Se preguntaban en qué estarían pensando los personajes y qué habría pasado si… Al mismo tiempo, comprendían lo que era y lo que podía ser. Hallaban la sensibilidad dentro de sí mismos y se marchaban sabidos de que la historia de la vida no estaba escrita, solo llena de posibilidades.