Ese día solo quería seguir jugando en la piscina. Hacía muchísimo calor, perfecto para un chapuzón. Y perfecto para recibir visitas, según sus papás. Fernando odiaba lo agitada que se ponía Mamá cuando llegaban los vecinos del barrio. Regularmente, pensaba en ella como una mujer muy dulce, pero en esos momentos no hacía más que dar órdenes. Luego de algunos regaños, el chiquillo salió de la piscina, directo a ponerse su trajecito.
«A penas tenía cuatro añitos», pensaba, «¿por qué no solo puedo jugar?». Aunque, pensándolo bien, jugar con los hijos de los vecinos tampoco le entusiasmaba. Siempre escogían juegos muy aburridos como vóley o tenta. ¡No! Fernando tenía mucha más imaginación que se desperdiciaba con esos jueguillos sin historia. Al pequeño le gustaba fingir que era un pirata y alguna bella sirena lo hechizaba con su canto. Se imaginaba gnomos en el jardín, llevándolo hacia alguna cueva escondida donde lo hacían su rey. ¡Esos sí eran juegos interesantes! Aunque a veces anhelaba tener alguien con quien jugar.
Pero aquí estaba ahora. Llevaba un vaso a la vez porque sus pequeñas manos no le permitían sostener más. A veces también le tocaba andar con alguna bandeja de galletas, que eran un imán de señoras. Como era tan pequeño, siempre lo despeinaban o le aplastaban las mejillas como muestra de una supuesta ternura que lo ponía furioso. Fernando prefería que su aspecto desaliñado fuera por estar corriendo y no por culpa de adultos medio ebrios.
Ese día se puso sus ropas más elegantes, según Mamá. Lo cierto es que esas telas le parecían muy molestas. La camisa abrochada hasta el cuello era su parte menos favorita; se sentía atrapado. Y ni hablar de los zapatos. Él prefería andar descalzo, pero los pies sucios no combinaban con sus pequeños trajes. Se imaginaba que con un hermano o hermana podría unir fuerzas para no participar en esas fiestas y se reía al pensar en lo divertido que sería.
«Esto es por mamá», se decía a sí mismo a modo de consuelo. A ella le hacía muy feliz organizar fiestas: desde mandar las invitaciones hasta servir bocadillos. Fernando la veía muy ilusionada planchando sus vestidos largos y coloridos. Reforzaba su apariencia tropical con un perfume desabrido que ya la caracterizaba.
Entrada la tarde, los bocadillos se habían acabado, pero aún había suficiente alcohol para que los vecinos se divirtieran. Esa fue su señal para escabullirse de Mamá. La piscina seguía ocupada, por lo que no tuvo más opción que esconderse en alguna habitación apartada. Poco había explorado la casa; los únicos lugares que le interesaban eran la sala, su cuarto y el jardín.
Finalmente, encontró un cuarto vacío y una gran ventana con vista al jardín. Desde allí observó a los niños con recelo, deseoso de que desaparecieran de su piscina. Alcanzaba a ver a su amada madre lanzando risas eufóricas al aire. A Fernando le parecía divertidísima la forma en que Mamá reía.
Toda la escena se veía llena de vida y color que hasta pensó en unirse, pero vio algo que desentonaba: una puertecita en medio de los arbustos. Fernando salió corriendo a buscarla, pues nunca antes la había visto. Conocía ese jardín de pies a cabeza, era imposible que un detalle así le haya pasado desapercibido. Cuando estuvo al frente de la pequeña puerta, miró de un lado a otro para asegurarse de que estaba solo, y la abrió.
Fernando no tenía expectativas sobre lo que habría del otro lado, pero jamás había visto una escena tan lúgubre. Se trataba de un jardín parecido al suyo, pero menos colorido. Le pareció que incluso la luz de la luna era muy tenue, lo suficiente para notar lo sombrío, pero no ser capaz de ver qué había más adentro.
El chiquillo dio un par de pasos, curioso, tratando de identificar el lugar. El frío le pareció espantoso y decidió salir de ahí. Estiró los brazos para alcanzar la perilla, pero esta ya no estaba: la puerta se desvaneció. El pequeño Fernando comenzó a llorar y sin consuelo gritaba: «¡MAMÁÁÁÁ! ¡MAMÁÁÁÁ!»
― ¿Te has perdido? ―preguntó una fina voz.
Fernando se sorprendió, pues no esperaba encontrar a otro humano por ahí, mucho menos a una niña. La chiquilla andaba con la ropa sucia y desgarrada. Sus ojos eran enormes y lo hicieron sentir observado. Tenía el iris amarillo que resaltaba mucho sobre esa piel morena. Su dentadura se veía grande y descuidada. Sus cabellos, aunque trenzados, tenía un aspecto enmarañado. La apariencia descuidada dio confianza a Fernando, pues él también se veía así cuando jugaba todo el día. El pequeño respondió moviendo su cabecita de arriba a abajo.
―Ven. Vamos a buscar a Mamá. ―La niña le extendió la mano y no dudó en tomarla. Después de todo, siempre había querido una hermana.