Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. La muñequita de trapo se quedó dormida toda la tarde y al despertar, su calcetín ya no estaba. Este era el último que le quedaba y no podía darse el lujo de perderlo. De lo contrario, pasaría frío toda la noche.
El calcetín rojo había pertenecido al señor de la casa. Hace algunas semanas que la muñequita no lo veía. Los ratones llegaron un día contando que la casa estaba vacía. Ella no quería creer, pero luego de un tiempo, comenzaba a pensar que era verdad: Alberto había muerto.
Meses atrás, los ratones murmuraban que el señor de la casa, o como ella lo llamaba, Albie, estaba enfermo. Le escucharon estornudar cientos de veces y la tos no mejoraba. Las cuidadoras se escuchaban muy preocupadas y constantemente mencionaban a una tal Fiebre que ya se había quedado mucho tiempo.
La pequeña se preguntaba por qué las mujeres solo no la echaban a patadas. Un nombre muy bonito no tenía. Además, era la culpable de que el señor se encontrara tan enfermo. Pensaba que si fuera ella, ya les hubiera mostrado los muñoncitos para asustarlas. Pero ella ya no estaba allí junto a Alberto.
La muñequita de trapo alguna vez fue el juguete favorito del niño Alberto. Sí, cuando aún no era el señor de la casa. Fue un regalo de navidad que se confundió en el correo, pero fue un regalo muy bienvenido. Alberto era tan curioso como los demás niños, pero su corazón rebosaba de amor y bondad.
Alberto y la pequeña de trapo compartieron varios años. El pedacito de trapo fue tan bien confeccionado, que aun en su juventud, el señor Alberto la conservó en su habitación, sobre la cama. La muñequita iluminaba el cuarto de colores cálidos y brillantes que combinaban con todo.
Todo cambió cuando el señor Alberto compró una casa con su esposa. La pequeña muñeca resbaló de la cama dentro de una caja que iba directo al garaje. Desde entonces solo veía a Albie cuando este trabajaba en su carro o reparaba algún mueble. Alberto desistió en su búsqueda, pero nunca más compró otra muñeca.
Así como se extravió la muñeca de trapo, otros artefactos también terminaban en aquel rincón. Entre ellos, había muchísima ropa de la infancia y juventud de Alberto. Sus hijos la utilizaron también, pero con el tiempo regalaron algunas prendas y otras se extraviaron.
Cuando la muñequita descubrió la montaña de ropa, allí se echaba a dormir. La tela aún conservaba algo del perfume de Alberto y las hebras se conservaban suaves. Aquella montaña era muy útil los días de invierno. Durante las primeras semanas, la chiquilla había sufrido tremendos fríos; ahora incluso podía escoger con qué abrigarse.
La pequeña muñeca de trapo había aprendido sobre pantalones y por qué eran el mejor sitio para la siesta. Los pañuelos los usaba para las goteras y los suéteres de lana no le gustaban para nada. Sin embargo, su prenda favorita para dormir durante toda la noche, eran los calcetines.
Comenzó con uno trabado en la secadora. Días después, encontró la pareja del primero. Los calcetines eran cómodos como colchón, almohada y edredón; el combo ideal. Lo mejor de los calcetines era mezclarlos y hacer combinaciones atrevidas. Durante las noches más frías, disfrutaba meter todo su cuerpecito de trapo dentro del calcetín más calentito.
Los ropajes comenzaron a desaparecer uno por uno cuando el señor falleció. La muñequita no lo creía hasta que no le quedó más que un calcetín rojo. Uno de los ratones la encontró llorando. Entre jadeos le explicó que llevaba más de una hora buscando su último calcetín. Este corrió dentro de la casa y unos segundos después llevaba en calcetín rojo sobre el lomo, ahora tibio, pues los roedores lo pusieron a calentar bajo el sol.