Huele a bebé recién nacido, avena y medicamentos. Sobre un sillón rojo descansa la mujer de la que todos venimos, aquella que le dio vida a esta familia. Uno, dos, tres visitantes. Ríen a carcajadas y hacen comentarios inapropiados. No respondo a sus preguntas; solo quiero silencio.
Al otro lado del cuarto está mi abuelo, callado observando. A veces sonríe ante una buena broma. Ha pasado casi todo el día en el teléfono, repitiendo la misma información. Camina de un lado otro por todo el pasillo mientras responde a las preguntas de siempre.
Dos semanas han pasado desde que todo inició, pero los días son ahora más largos. También pesan; creo que por eso olvidamos constantemente qué día es. Viene gente de todos lados y me preguntan si aún los recuerdo. Me da igual quiénes son esas extrañas que aparecen solo cuando se reparte fortuna.
Esos llantos ajenos me perturban. Sus palabras disfrazadas de consuelo me enojan. Ahora que no hay fortuna arman su pequeño teatro que nadie cree. Ahora que ella duerme pretenden hacer las cosas bien.
Sobre un sillón rojo duerme mi abuela. Se le ve tranquila y siempre bella. Respira quedito. A veces mueve sus piernas, frunce el ceño o hace algún sonido gutural. Eleva sus cejas cuando le hablo y su rostro ve hacia mi dirección. Me pregunto si aparezco en sus sueños y si escucha mi voz. Espero que en ellos haga todo lo que la hace feliz: tejer, regar su jardín, cantar y bromear.