Jesús ya vino una vez para traer la salvación. Estableció su iglesia y reveló su voluntad a través de las Sagradas Escrituras. No obstante, la Biblia dice que Cristo «aparecerá por segunda vez» (Heb. 9:28). ¿Cuándo será esta venida? ¿Cómo vendrá, y por qué? Esta lección nos presentará las respuestas a estas preguntas importantes.
La Biblia nos revela solamente dos cosas acerca de la segunda venida de Cristo: (1) La certeza de su venida en cualquier momento y (2) La imposibilidad de establecer la fecha de su venida.
La iglesia de Cristo en cada siglo debe esperar la venida de su Señor en cualquier momento del día o de la noche. Aun en el primer siglo la segunda venida de Cristo fue considerada como cercana. «Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca … el juez está delante de la puerta (Sant. 5:8-9). «El Señor está cerca» (Fil. 4:5). «Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará» (Heb. 10:37). Jesús dijo al apóstol Juan: «He aquí, yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra» (Apoc. 22:12). Obviamente, la iglesia del primer siglo pensó que Cristo podría venir en cualquier momento. Puesto que la venida de Cristo fue considerada cercana en el primer siglo, se debe considerar aún más próxima en esta época moderna.
Pero, ¿cómo ha estado cerca la venida del Señor durante estos 19 siglos pasados? El apóstol Pedro, al contestar las objeciones de los escarnecedores quienes estaban burlándose de la demora del regreso del Señor, da una explicación adecuada: «Para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Ped. 3:3-8). El tiempo no es nada para Dios. Los dos mil años desde la promesa de Cristo de regresar a la tierra son como dos días en el calendario de Dios. Tal como debajo de la vasta claridad del cielo una cordillera de altas montañas le parece cercana, así también, en la atmósfera de la fe, el grande y alto acontecimiento del futuro, la venida de nuestro Señor Jesucristo, hace pequeños los demás eventos y parece estar siempre cerca mientras nos acercamos a ello. Sea en el Primer Siglo o en el Siglo XXI, nada es más vívido y completamente consistente con la esperanza del evangelio que la declaración: «Ciertamente vengo en breve» (Apoc. 22:20).
Aunque Cristo puede venir en cualquier momento, nadie sabe exactamente cuando El ha de llegar. Jesús dijo claramente: «Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre» (Mat. 24:36). Jesús dijo a sus discípulos más íntimos: «El Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis» (Mat. 24:44). Pablo enseñó que no era necesario discutir la cuestión del tiempo ni de la ocasión de la venida del Señor porque sería «como ladrón en la noche», así de repentina e inesperada (1 Tes. 5:1-3).
A pesar de estas claras advertencias en contra de fijar una fecha para la venida del Señor, los hombres de cada época han pronosticado la hora exacta. Por ejemplo, William Miller, uno de los fundadores del movimiento de los Adventistas del Séptimo Día, predijo que Cristo vendría en el año 1844. Cuando Cristo no vino, él cambió su fecha a 1845. Al fallar esta fecha también, él se rindió de humillación. Más tarde C.T. Russell, uno de los fundadores de los Testigos de Jehová, predijo que Cristo vendría en 1914. Fallando esta fecha, él cambió la predicción a 1918. J. F. Rutherford, sucesor de Russell, pronosticó en su libro, Millones Nunca Morirán, que el Señor vendría durante su vida. Rutherford ya murió, pero su libro permanece como testimonio a la tontería de tratar de establecer una fecha para la venida del Señor.
Mateo 24:1-36 a menudo se usa por los maestros religiosos para pronosticar el tiempo de la venida de Cristo. Ellos creen que las guerras, el hambre, los terremotos, etc., mencionados en este pasaje pueden referirse solamente a los tiempos modernos. No obstante, un examen cuidadoso del pasaje muestra que estas señales tratan específicamente del tiempo de la destrucción de Jerusalén en el año 70 después de Cristo por el ejército romano. (Véase Mateo 24:1, 2, 15-22, y el pasaje paralelo en Lucas 21:20-24.) Jesús declara categóricamente que estas señales habían de cumplirse en la generación a la cual El estaba hablando (Mat. 24:34). Pero, hablando del fin del mundo, cuando El había de venir la segunda vez, dijo que nadie más que el Padre Celestial sabría el día y la hora. El continúa dando enseñanzas sobre cómo debemos velar y estar preparados para su venida en cualquier momento (Mat. 24:42-51; 2 Ped. 3:10-14 13; 1 Tes. 5:1-8 14; 2 Ped. 3:10-14).
Este tipo de vigilia no requiere que pasemos nuestro tiempo observando las nubes, ni que tratemos de calcular el número de los años, meses y días hasta la venida del Señor (1 Tes. 5:1-8). Al contrario, los cristianos deben pasar el tiempo practicando la voluntad de Dios con paciencia, diligencia y constancia, preparándose para el día final (2 Ped. 3:10-14). Pero, ¿cómo sabremos que él ha venido?
Algunos enseñan que la venida de Cristo será en secreto. Por ejemplo, los Testigos de Jehová, después de haber pronosticado el año de 1914 y más tarde 1918 como fechas para la venida de Cristo, al fin decidieron que, en realidad, llegó en 1914, pero que El apareció a pocas personas en secreto. Sin embargo, la Biblia nos enseña que no debemos creer en los rumores de la venida del Señor en secreto (Mat. 24:26). Jesús explicó más ampliamente este asunto diciendo: «Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre» (Mat. 24:27). El relámpago es algo que todo el mundo puede ver cuando se produce. Así, dijo Cristo, todos verán su venida.
Otros grupos religiosos enseñan que cuando Cristo venga, al principio El va a recoger de manera secreta solamente a sus elegidos. A ésto le llaman el «rapto», cuando la Biblia ni usa esta palabra en ninguna parte ni enseña tal idea. La Biblia no enseña la doctrina de que los cristianos desaparecen y que el mucho va a seguir como si nada ha pasado. Es todo lo contario. «El Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo» (1 Tes. 4:16). ¿Le parece esto una venida en secreto»? No. En realidad será como el apóstol Juan dijo: «He aquí que viene con las nubes y todo ojo le verá, y los que le traspasaron» (Apoc. 1:7). Pero, ¿por qué vendrá Cristo? ¿A qué vendrá?
Tocante al regreso de Cristo a la tierra, Pablo explicó: «Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia» (1 Cor. 15:24). Así que, Cristo vendrá, no para establecer su reino, como dicen algunos, sino para entregarlo a Dios. Sabemos de los muchos pasajes ya estudiados en lecciones anteriores que Cristo ya está reinando en su reino. En la Sexta Lección vimos que la iglesia y el reino son instituciones idénticas. Cristo estableció su reino en el primer siglo (Mar. 1:15; 9:1; Hech. 2:47, Col 1:13; Apoc. 1:6 9). Por consiguiente, Cristo comenzó a reinar el día de Pentecostés del año de su resurrección cuando su iglesia, o sea su reino, fue establecido.
En segundo lugar, Pablo enseñó que Cristo tenía que reinar hasta que la muerte fuere destruida (1 Cor. 15:25, 26). Pablo también dijo que la muerte será destruida cuando Cristo venga para resucitar a los justos (1 Cor. 15:52-57). Por esto, sabemos que Cristo tiene que reinar antes de su venida, y no después.
Después de la resurrección de Cristo, Dios le puso la su diestra, sobre todo principiado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero» (Efe. 1:20, 21). El permanecerá allí hasta que todos sus enemigos se hayan destruido; hasta entonces El no cesará de reinar (Heb. 1:13). Por esta razón, en esta época Cristo reina «en medio de sus enemigos» (Sal. 110:2), como el «soberano de los reyes de la tierra» (Apoc. 1:5). El es Rey de reyes y Señor de señores (1 Tim. 6:15). El ha hecho de los súbditos en su reino (los miembros de su iglesia) «reyes y sacerdotes para Dios» (Apoc. 1:6; 1 Ped. 2:9). En este sentido, los cristianos se sientan y reinen con Cristo (Efe. 2:6; Apoc. 5:10) por un periodo señalado en Apocalipsis de «mil años», un número simbólico que representa nada más que el período indefinido del reinado de Cristo. Cristo dijo que su reino no era de este mundo (Jn. 8:36), sino que es un reino espiritual, el cual tiene su trono en los corazones de los hombres (Luc. 17:21). Cuando él entregue el reino al Padre en su segunda venida, entonces los fieles reinarán con El en la gloria, no durante mil años, sino para siempre (Apoc. 11:15; 22:5; 2 Tim. 2:12).
«Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán mi voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación» (Jn. 5:28, 29). Esta es una promesa de Jesucristo. Pablo también confirmó esto en Hechos 24:15, diciendo: «Ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos». Es obvio aquí que hay una sola resurrección y no dos. Hay teorías religiosas en cuanto a dos resurrecciones, una de los justos y otra de los injustos, pero el lenguaje claro y explícito de varios pasajes nos enseña lo contrario. Otro punto tocante a la resurrección de los muertos se nota en 1 Tesalonicenses 4:16, 17, donde Pablo nos explica que primero los muertos fieles en Cristo serán resucitados y «luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire». Este texto en ningún momento niega la resurrección general. En otro texto Pablo dice que los cuerpos resucitados de los justos no serán cuerpos naturales, o sea físicos, sino cuerpos espirituales o celestiales (1 Cor. 15:42-53). Pablo declara enfáticamente que los cuerpos resucitados no serán compuestos de carne y sangre (1 Cor. 15:50). Tenemos que decir con el apóstol Juan: «Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a é1» (1 Jn. 3:2). ¿Pero, ¿por qué resucitará Cristo a los muertos?
Cristo vendrá para resucitar a los muertos y ejecutar el juicio final sobre todo hombre. «Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo . . . se doblará toda rodilla . . . de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí» (Rom. 14:10-12).
La base del juicio de Cristo serán las acciones de cada uno en esta vida. «Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Cor. 5:10). Después de pasar de esta vida, ya no hay oportunidad para cambiar el resultado del Juicio. También notamos que cada uno tiene que responder por sus propias acciones. En Apocalipsis 20:13 vemos un cuadro del juicio que nos presenta esta idea: «Fueron juzgados cada uno según sus obras». No hay mención alguna en la Biblia de que seremos juzgados conforme a las obras, méritos o oraciones de otra persona.
Puesto que el hombre será juzgado según los hechos de su vida personal, nada pueden hacer las personas vivas para ayudar al difunto. La Biblia no habla de un período breve de sufrimiento para purgar los pecados ni de la posibilidad de cambiar más tarde el destino eterno del alma. Al contrario, las Escrituras nos enseñan que «está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (Heb. 9:27).
En el juicio final Cristo separará a los justos de los injustos, «como el pastor aparta las ovejas de los cabritos» (Mat. 25:31, 32). A los inicuos Cristo dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (Mat. 25:41).
La Biblia nos indica que el lugar de castigo eterno será un infierno de fuego, una condición comparable con la aflicción más dolorosa de esta vida (Mat. 5:22; 10:28).
El infierno de los condenados será tan eterno como será el cielo para los justos. Los malos, dice la Escritura, sufrirán «castigo eterno» (Mat. 25:46), «el fuego que no puede ser apagado» (Mar. 9:43). Los que sean lanzados al infierno, un lago «de fuego y azufre», serán atormentados «día y noche por los siglos de los siglos» (Apoc. 20:10).
Cristo mandará a sus seguidores fieles que entren en el cielo para recibir su eterna recompensa. Algunos dicen que no todos los justos tienen la esperanza de este cielo. Dicen que pocos entrarán en el cielo, mientras los demás fieles pueden esperar solamente una existencia en un mundo renovado, donde ellos continuarán su vida en su aspecto físico, pero mucho más elevada y bendita. En contraste, la Biblia declara que este universo será completamente destruido. «Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas» (2 Ped. 3:10-11). No hay cita alguna en la Biblia donde se menciona que Cristo pondrá su pie en la tierra en la ocasión de su segunda venida, sino que Pablo nos explica que «seremos arrebatados en las nubes para recibir al Señor en el aire, y ASI ESTAREMOS SIEMPRE con el Señor» (1 Tes. 4:17). Cristo también niega que habrá matrimonio después de la resurrección (Mat. 22:30; Luc. 20:34-36). Hay solamente una esperanza, un hogar de promesa para los fieles, y éste está en «los cielos» (1 Ped. 1:3-4).
Cristo dirá a los justos: «Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (Mat. 25:34). En este tiempo, los salvos entrarán en el cielo; Dios les enjugará toda lágrima, y quitará todo dolor, tristeza y muerte (Apoc. 21:4). Este nuevo hogar eterno se describe en términos de los más preciosos tesoros que la mente humana puede imaginar.
La gloria, hermosura y pureza del cielo, y una eternidad en la presencia de Dios son las bendiciones que su pueblo espera mientras le sirve aquí con paciencia y perseverancia (Apoc. 21:16-21).
Aunque nadie pueda fijar una fecha determinada, la venida de Cristo es más cierta que la salida del sol de mañana. Este evento podría ocurrir mañana o dentro de los siguientes cinco minutos, pero en cualquier momento en que ocurra, tenemos que estar velando y preparados para recibirle.
Ahora Dios ofrece la salvación a todos. Más tarde, cuando Cristo venga, El abre el cielo solamente a los que ya están salvos. Hoy en día el evangelio de Cristo es gratuito a todos los que quieren obedecer los mandamientos del Señor. Mañana, cuando las puertas del cielo sean abiertas para los redimidos, los que han obedecido entrarán, pero los rebeldes verán estas mismas puertas cerradas ante sus ojos, sin ellos poder entrar (2 Tes. 1:8; Mat. 25:10; Apoc. 21:8, 27).
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