Jamás podremos entender bien el Antiguo o el Nuevo Testamento, a menos que entendamos con claridad cuándo y cómo comenzó la iglesia, la comunidad de seguidores de Jesucristo.
Ilustrando mejor este pensamiento, veamos lo que pasa cuando se independiza una nación de otra. Cuando se cambian las formas de gobierno en una nación, también viene un cambio de constitución y leyes, eliminando así y reemplazando los sistemas de leyes anteriores. Una vez que se establece un nuevo gobierno con sus leyes nuevas, nadie piensa en retornar al sistema pasado, pues viven bajo un sistema de leyes totalmente nuevo. Ahora bien, si aplicamos este principio al estudio bíblico, fácilmente entendemos que el Nuevo Testamento fue establecido por Cristo como una constitución divina para el pueblo actual de Dios, eliminado y reemplazando al antiguo.
De la misma manera, en nuestro estudio de las Sagradas Escrituras, no podemos retornar a la antigua Ley de Moisés, ni a cualquier parte del Antiguo Testamento para determinar la validez de cualquier ley con respecto al reino de Cristo. No es necesario, porque Cristo inauguró una nueva nación, con leyes nuevas, aunque éstas tuviesen algunos puntos en común con los pactos y sistemas anteriores (Gálatas 5:18; Hebreos 9:19 y 10:19-22). Si llegáramos a estudiar este principio, entonces tendríamos un verdadero sentido del cristianismo y de nuestra obligación para con su legislador, Jesucristo.
Para que tengamos absoluta certeza sobre cuando se inició realmente su iglesia, el reino de Cristo, vamos a estudiar el asunto más detalladamente.
Bueno, ¿será que la iglesia y el reino de Cristo son idénticos? Muchos afirman que no, explicando que Jesús pretendió iniciar su reino eterno entro los judíos, pero que estos lo rechazaron. Y por eso, dicen ellos, Él tuvo que establecer la iglesia como una entidad temporal hasta que Él volviera para establecer su reino. Por eso existe hoy en día una controversia sobre si “el reino” es sinónimo a “la iglesia”. Mientras que algunos afirman millares de doctrinas basadas en una supuesta diferencia entre estos dos términos, si escudriñamos bien las Escrituras, veremos que “iglesia” difiere de “reino” en un solo punto. La Biblia habla de aquellos que desde antes de Jesús, por haber obedecido a Dios, fueron llevados al “reino” (Lucas 13:28). Jesús estableció entre nosotros la iglesia, a la cual sólo pertenecen todos cuantos crecen y son bautizados, naciendo así automáticamente en el reino de Dios:
“El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados” (Colosenses 1:13,14).
“…Quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).
Hablando claramente, por consiguiente, las dos entidades son, en nuestra época, idénticas y esenciales para la salvación.
Hablando sobre la importancia de la iglesia, o el reino, el Obispo Leslie Newbiggen observó:
“Hay una comunidad actual y palpable, que se llama ‘el pueblo de Dios’ o ‘el cuerpo de Cristo’. Y es un hecho de significado incontrovertible que lo que dejó aquí el Señor no es, básicamente, un libro o credo, ni un sistema filosófico, o una colección de requisitos sobre la vida, sino una comunidad palpable… Jesús dedicó todo su trabajo a la salvación de esta comunidad, la cual no puso en un plano secundario, sino como hecho primordial. El vino para iniciar una comunidad, escogida por él mismo”.
UNA FRATERNIDAD ESPIRITUAL
Dios sabía que los hombres necesitarían de una fraternidad espiritual, donde pudiesen ser fieles. Los hombres se necesitan unos a otros, recibiendo y dando, mutuamente, exhortación, convicción y estímulo. Nadie es suficientemente fuerte y valiente para existir de por sí solo. La labor o el servicio cristiano en conjunto darían mejor resultado que el trabajo individual, o la suma del trabajo de cada uno. El hombre podrá ocultarse de Dios, asilándose. Sin embargo, para recibir el mayor fortalecimiento espiritual, es preciso participar regularmente de la experiencia gratificadora de la labor colectiva. A pesar de problemas que puedan existir dentro de la iglesia bíblica, la vida fuera de ella es muchas veces peor.
La iglesia bíblica no nació de un día para otro, ocultamente, ni accidentalmente. Ella, absolutamente esencial en el Plan de Dios, fue planificada, profetizada, prometida y, posteriormente, edificada. Esto lo demuestra claramente la Biblia.
En primer lugar, la iglesia existía en la mente de Dios desde el principio del mundo. El apóstol Pablo declaró esta verdad a los cristianos de Éfeso, cuando dijo:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor, habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con el cual nos hizo aceptos en el Amado…” (Efesios 1:3-6).
Observe que en este pasaje Pablo está hablando a la congregación que estaba en la ciudad de Efeso y les dice que Dios los había escogido desde antes de la fundación del mundo. Esto significa que Dios estaba pensando de la iglesia mucho antes de crear a nuestro mundo físico. Esto significa que desde aquellos tiempos remotos Dios ya estaba planificando la iglesia, y por eso, sabemos que ella se originó en la mente de Dios. Sería absurdo, entonces, ignorar, despreciar o menospreciar aquello que el Dios-Creador planificó desde el principio. Si el propio Dios pensaba en la iglesia desde aquel tiempo, lo menos que nosotros podemos hacer es estudiarla minuciosamente y aceptarla incondicionalmente. De que éste es el plan de la salvación eterna, incorporado en Jesucristo y preservado por Dios para siempre en las Escrituras, no cabe duda alguna, porque no existe en el mundo otra cosa tan importante como la esposa de Jesús, o sea, su iglesia.
En segundo lugar, la iglesia del Señor era mencionada frecuentemente en las profecías del Antiguo Testamento cientos de años antes de su establecimiento. Isaías anunció:
“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová (Isaías 2:2,3).
Y el profeta Joel afirmó:
“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días” (Joel 2:28,29).
Más tarde, el profeta Daniel indicó, hablando sobre los cuatro imperios mundiales, que el reino espiritual llegaría durante el periodo del último de estos imperios:
“Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre” (Daniel 2:44. Lea también todo el capítulo).CONCLUSIONES SOBRE ESTAS PROFECÍAS
Después de leer estos pasajes, podemos llegar a las siguientes conclusiones:
1. El reino se establecería en los últimos días.
2. Todas las naciones afluirían a él.
3. El Señor derramaría su Espíritu sobre toda carne.
4. El reino comenzaría en los días del cuarto imperio mundial, siendo los reinos anteriores el babilónico, el persa y el macedónico.
5. El reino de Dios sobrevivirá a todos los otros reinos e imperios, permaneciendo para siempre.
En tercer lugar, el reino, o la iglesia, era frecuentemente prometido, confirmando así las profecías anteriores. El profeta Juan, el que bautizaba, antes del ministerio de Jesús, anunció:
“El reino de los cielos se ha cerrado” (Mateo 3:2).
Esta expresión significaba la llegada inminente del reino. El mismo Jesús prometió:
“… sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).
“… De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta haya visto el reino de Dios venido con poder” (Marcos 9:1).
“Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:46-49).
Ahora, analicemos los hechos principales, según los pasajes dados arriba:
1. El reino se aproximaba durante los ministerios de Juan y de Jesús, pero todavía no había llegado.
2. Cristo prometió edificar la iglesia, a pesar del hecho de su muerte inminente.
3. Algunos de los que estaban con Jesús (de acuerdo con lo que leemos en Marcos 9), todavía estarían vivos cuando llegara el reino. Si este reino celestial aún no ha llegado, como algunos afirman, entonces aquellos hombres que escuchaban a Jesús todavía viven, y todavía esperan la llegada del reino.
4. El reino llegaría con poder.
5. El arrepentimiento y el perdón de pecados serían proclamados en el nombre de Jesús a todas las naciones.
6. El reino comenzaría en la ciudad de Jerusalén.
7. Los apóstoles del Señor recibirían poder de Dios para predicar sobre la salvación que se encuentran en su Hijo.
Bueno, ¿dónde y cuándo se cumplieron todas estas profecías del Antiguo y Nuevo Testamento acerca de esta nueva institución, la iglesia del Señor? Lea cuidadosamente a Hechos 2 para entender, por lo menos, cómo empezaron a cumplirse todas estas profecías. El reino de Jesús fue establecido antes de la muerte de varias personas que habían oído personalmente a Jesús (Mateo 16:28). Este fue establecido en Jerusalén, en un área montañosa de Judea. En el día de Pentecostés se reunían en Jerusalén, para una fiesta importantísima, personas del mundo entero. Y, en aquel día, representantes de todas estas naciones entraron al reino de Cristo. Y el Espíritu de Jesús descendió sobre los apóstoles con gran poder. El reino comenzó durante el reino de César Tiberio (del Imperio Romano, el cuarto imperio mundial, según la visión de Daniel, descrita en Daniel 2 y Lucas 3:1), y continúa hasta el día de hoy, habiendo superado al Imperio Romano y a todos los demás reinos desde entonces.
Por favor, piense profundamente sobre todos estos puntos, entre tanto estudiaremos la próxima lección, que tratará del establecimiento de la iglesia de Jesús.
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