Aún no había amanecido cuando Rafaela, sentada a los pies de la cama, tomó el revólver, se apuntó a la yugular y apretó el gatillo atravesándose el cuello. Mientras se desangraba pensó en el descuido con aquella carta que la había llevado a tomar esa fatal decisión. Oyó gritos, cada vez más cerca. Después: silencio y oscuridad.
Rafaela Moya, mujer de singular belleza, se había casado muy joven con Francisco Quintanilla, un factor que conoció en Ciudad Real. Cuando a este lo nombraron jefe de la estación de Minateda, al poco de contraer matrimonio, se establecieron en esa pedanía. En un principio la designación era provisional, en aras de optar a un puesto en la estación de Murcia. Pero fueron pasando los años y llegaron los niños, dos, y notaba Rafaela que la vida que había soñado en una gran ciudad era cada vez menos probable. Y Francisco, que siempre la quiso, era también un hombre muy celoso, y a menudo le recriminaba que se dejara ver por el andén coincidiendo con el paso de algún convoy o del correo, pues había sorprendido a no pocos viajeros contemplando la belleza de su esposa a través del cristal de la ventanilla.
El verano de 1907 tocaba a su fin y Rafaela regresaba de pasar unos días con su madre en Manzanares. La sola idea de otro invierno sin otra ocupación que cuidar de los niños y ocuparse de la casa le provocaba un estado de ansiedad tal que en un par de ocasiones Francisco tuvo que requerir la ayuda del médico. En la estación de Chinchilla subió al vagón un apuesto joven. Cruzaron un par de miradas y este acabó sentándose frente a Rafaela. El impacto de un pájaro en la ventanilla, que sobresaltó a Rafaela, sirvió para que entablaran conversación. Juan, que así se llamaba el joven, se dirigía a Agramón, en cuya estación ocuparía la plaza de un factor recientemente jubilado. Había alquilado una pequeña casa en la calle del Río, quizás con vistas a establecerse en el valle definitivamente. El trayecto se les hizo corto; Rafaela bajó en Minateda, en el andén aguardaban sus dos pequeños. Mientras el tren reemprendía su marcha, lanzó una última mirada a Juan, que cuando llegó a su destino apenas 6 km después comprendió que su corazón le pertenecería siempre a Rafaela. A los dos días escribió confesándole su amor.
Y así, mientras se acortaban los días, los ojos de Rafaela se llenaban de luz cuando el correo dejaba una carta sin remite. Poco habría de saberse de los paseos de los enamorados por el arroyo de Tobarra, pues Rafaela era sumamente cuidadosa para que su marido no sospechara. Aprovechaba la caída de la tarde para tomar el camino a La Horca con la excusa de lavar la ropa para verse a escondidas con Juan.
Pero mediado el invierno, Francisco encontró por casualidad una de las cartas. No tardó en comunicar lo sucedido a sus superiores, que despidieron a Juan de inmediato. Tampoco escuchó las súplicas de su esposa, a la que invitó a marcharse de casa de inmediato, sin que pudiera despedirse ni siquiera de sus hijos.
...
Ocho meses después, procedente de Manzanares, regresó Rafaela a Minateda, acompañada de su madre. Tan pronto bajó del tren se presentó a su esposo pidiendo que la perdonara. Francisco la rechazó enérgicamente, pero procuró que viera a sus hijos. Lo que no se esperaba Rafaela es que los pequeños, después de tantos meses de ausencia, no mostraran ni el más mínimo cariño hacia su madre. Y siguiendo la conducta del padre, también la rechazaron pidiéndole a gritos que se marchara.
Este fue sin duda el detonante de lo que habría de ocurrir aquella noche...
¿Dónde pasó Rafaela la última noche?
Cabecera de 'El Liberal', diario editado en Murcia de 1902 a 1939.
Recorte de prensa con la noticia del suicidio de Rafaela.