Mirada de hielo
Esa noche tomó un largo paseo reflexivo tras la terrible experiencia que vivió en la entrevista de trabajo. Aún preocupado por su futuro, dirigía sus pasos hacia su pizzería local favorita, era un lugar pequeño y algo descuidado, pero con las mejores rebanadas de pizza de pepperoni de la ciudad.
Se sentó en su esquina habitual, con la guitarra apoyada en la silla de al lado, pensando en pedir lo de siempre; una pizza grande para él solo.
El paseo, con sus calles llenas de gente apresurada y anuncios de neón parpadeantes, le había dado la oportunidad de ordenar sus pensamientos.
La pizzería, con su olor a queso derretido y salsa de tomate, era su refugio, un lugar donde podía sentirse cómodo y olvidarse de sus problemas, aunque fuera solo por un momento.
Mientras esperaba, sacó su libreta y comenzó a dibujar garabatos en una página arrugada; un esbozo de un rostro que se parecía a alguien que había visto en el metro esa mañana, una guitarra con alas y un boceto rápido de la computadora, la máquina extraña que había visto en la tienda de tecnología.
Su mente viajaba mientras el lápiz se movía casi sin pensar. Sus garabatos, como reflejos de sus pensamientos, se entrelazaban y superponían, creando un collage de imágenes y emociones.
El retrato del rostro que hizo en el metro, con su expresión cansada y distante, se convirtió en un símbolo de lo que sentía. Le puso unos cuernos en la cabeza al retratado y escribió la palabra “pobres diablos” debajo del dibujo.
La guitarra con alas era su sueño de libertad, y la máquina extraña, un recordatorio de un mundo nuevo pero incierto.
Cuando llegó la mesera a tomarle la orden, él sonrió nervioso.
Era Dany, una chica de cabello rizado y actitud despampanante que trabajaba ahí, casi desde que él comenzó a frecuentar el lugar.
Mientras ella atendía otras mesas, él, distraído, la dibujaba, y cuando terminó de trazar su perfil escribió su nombre en la libreta. “Dany”, lo rodeó con líneas que parecían pentagramas musicales y trazó encima algunas notas sueltas, intentando convertir su nombre en una melodía.
Cuando volvió a acercarse, ella notó lo que hacía. Al verse a sí misma retratada junto con su nombre escrito con tinta, preguntó:
—¿Ahora qué estás haciendo? —dijo con una mezcla de molestia y desdén.
—Nada —respondió él, nervioso—. Estoy escribiendo una canción nueva.
—Ash, al menos espero que no sea una canción para mí —dijo, alzando una ceja con una sonrisa entre burlona y fastidiada—. Y espero que no tenga esos sonidos modernos horribles que no entiendo.
Él forzó una sonrisa. —No te preocupes… aún no tiene guitarra eléctrica.
—Mejor —respondió ella, antes de girarse para atender otra mesa.
Se quedó en silencio, observando cómo se alejaba.
En ese momento, el jefe del local, un hombre de voz firme, se acercó al mostrador y, creyendo hablar en voz baja, preguntó:
—¿Ese tipo te está molestando, Dany? Si quieres, lo saco.
Él alcanzó a escuchar la conversación y la frase lo golpeó como un balde de agua fría.
Dany dudó un segundo, lo miró con un gesto confuso y, tras una pausa que a él se le hizo interminable, respondió con desgano:
—No, no es nadie.
Las palabras se clavaron en su corazón como una astilla. Bajó la mirada justo cuando uno de sus aretes a presión se desprendió y cayó sobre la mesa. Se puso rojo y nervioso. Avergonzado, lo recogió con torpeza, sintiendo que ese pequeño accidente resumía su situación; un intento por parecer distinto y especial que terminaba desarmándose frente a los demás. Dany lo vio y contuvo la risa. Él volvió a ponerse el arete, tragó saliva y se obligó a actuar como si nada hubiera pasado, mientras el jefe lo observaba con una mirada de sospecha, como si esperara que cometiera un error para sacarlo de allí a patadas.
Pero él ya estaba preparándose para un último movimiento.
Ya lo había intentado antes, muchas veces, pero su naturaleza persistente y algo torpe lo llevaba a probar una vez más. Dany, con su delantal manchado de salsa y su mirada escéptica, era un recordatorio de la realidad, un contraste con el mundo de fantasía en el que él se refugiaba.
—Gracias, Dany. ¿Sabías que nadie trae una pizza con tanto estilo como tú? —dijo, intentando sonar casual, pero con un tono que delataba su nerviosismo.
Esa frase, ensayada mil veces en su cabeza, sonó torpe y forzada al salir de sus labios. Sintió el rubor subirle por las mejillas, consciente de que su intento de coqueteo había fracasado.
Dany lo miró con las cejas levantadas, como si ya anticipara lo que seguiría.
—Ajá. ¿Algo más, Álex?
—Bueno… eh, estaba pensando que tal vez, cuando salgas del trabajo, podríamos ir a… no sé, dar una vuelta, o algo. ¿Qué dices?
Notó cómo le temblaba la voz mientras hablaba y sintió un miedo al rechazo que se le había vuelto familiar. Pero la esperanza, aunque débil, lo impulsaba a intentarlo una vez más.
Ella se cruzó de brazos y lo observó con una mezcla de lástima y frustración.
—Álex, te lo he dicho antes. Jamás saldría con un tipo como tú.
Él fingió una sonrisa confiada para cubrir su vergüenza.
—¿Un tipo como yo? ¿Un tipo talentoso, misterioso y lleno de pasión artística?
Su sonrisa, ahora más tensa que nunca, era un intento de salvar su autoestima y demostrarle que estaba relajado; pero, nada más opuesto a lo que realmente sentía por dentro.
Dany soltó una carcajada seca.
—No. Un tipo que vive soñando y no tiene los pies en la tierra. Mira, no me gustan los artistas, ¿ok? Quizá si maduraras un poco, buscaras un trabajo de verdad y dejaras de vivir en un mundo lleno de fantasías, alguien podría encontrarte atractivo. Pero yo no.
El golpe lo dejó sin palabras por un segundo.
—Ah… claro. Bueno, gracias por tu honestidad, Dany. Siempre tan… sincera.
El silencio que siguió a sus palabras fue un recordatorio de su soledad, de su aislamiento.
Sintió que se estaba hundiendo en un mar de rechazo, un mar de dudas. Ella le sonrió de lado, recogió su libreta para tomar otra orden y se alejó, dejándolo solo con su pizza.
Álex suspiró, bajó la mirada y vio el hilo infinito de queso que quería escaparse, como burlándose de él desde la rebanada, derretido y pegajoso, parecía un símbolo de su vida; un desastre sin remedio. Sintió un impulso de reír, de llorar, de gritar, pero se contuvo, consciente de que nadie lo entendería.
Cuando finalmente logró poner el queso de nuevo sobre la rebanada, este cayó directo sobre su libreta, dejando una mancha grasosa en el dibujo que estaba haciendo. Un accidente en su obra, que parecía otro fracaso. Sintió un escalofrío, una premonición de que algo terrible estaba por suceder.
—Genial, ni Dany ni el queso están de mi lado —se dijo a sí mismo—. ¿Qué pasa contigo? ¿Ni el queso te respeta? —murmuró con una sonrisa amarga.
Su sonrisa, irónica y triste, era un intento de encontrar humor en la situación, una forma de no dejarse vencer por la desesperación.
Mientras comía, un murmullo de pensamiento quería asomarse; le decía que todos sus problemas en la vida eran por haber escogido el arte como pasión y forma de vida, que era un perdedor. Pero ese pensamiento no lograba manifestarse del todo. Había algo dentro de él que le impedía escucharlo claramente y prestarle atención. La voz, insistente y cruel, era un eco de las dudas que lo atormentaban. ¿Debería finalmente renunciar a sus sueños, buscar un trabajo estable, conformarse con una vida mediocre? Pero algo dentro de él, una chispa de rebeldía, se negaba a ceder a la oscuridad.
Una vez que terminó su pizza, se acercó su cuaderno de bocetos y letras de canciones y miró la página manchada con resignación. Luego comenzó a reírse en voz alta, un sonido que llenó el espacio y que pareció sorprender incluso a Álex mismo.
Nadie se unió a su risa, pero no le importó. Por unos segundos, se sintió menos solo, incluso con el rechazo fresco de Dany y el desastre de la mancha. Su risa, contrastante y liberadora, fue un acto de rebeldía, una forma de decir que no se dejaría vencer por la adversidad.
Sabía que estaba solo, pero se negaba a sentirse solo.
Al final, pagó la cuenta, recogió su guitarra y su libreta manchada, y salió del lugar pensando en cómo pequeños momentos como ese le recordaban que, aunque no tuviera a nadie, siempre tenía su arte.
La noche, con sus luces vibrantes y su aire fresco, le dio una sensación de libertad. Sabía que su camino era difícil, pero estaba dispuesto a seguir adelante y ver qué tenía la vida preparada para él.