Capítulo 1: Sigo soñando

Año: 1988 | Trementina

El sonido de una guitarra eléctrica, ligeramente desafinada, llenaba la pequeña habitación de un artista.

Un cuarto abarrotado de lienzos inacabados, tubos de pintura medio secos y hojas arrugadas, con letras de canciones que nunca llegó a completar.

El aire espeso olía a trementina, aguarrás y polvo, una mezcla que siempre había estado presente en su soledad.

Los lienzos se amontonaban en las esquinas, esperando en vano el toque final. Los tubos de pintura, con sus tapas pegajosas y sus colores apagados, reflejaban su creatividad estancada.

Él mismo, estaba sentado en el suelo cerca de un muro, con la guitarra apoyada en sus piernas, mirando al techo, como si buscara respuestas en las manchas de humedad, que se extendían, formando figuras extrañas sin forma definida.

¿Acaso eran un reflejo de su futuro incierto?

—Quizá esto no sea para mí —murmuró, dejando caer la cabeza contra la pared. El golpe contra el yeso frío le recordó la dureza de la realidad, la falta de calidez en su vida.

Se sentía solo, sin rumbo.

Fuera de su departamento, el ruido de la ciudad latía con la fuerza de la vida; cláxones, gritos y el sonido constante del metro.

El estruendo de la ciudad se mezclaba con la radio que anunciaba los grandes estrenos del otoño del 88. Pero para él, todo eso parecía un mundo aparte.

Sentía que su vida pasaba de largo. No tenía novia, ni amigos cercanos, y la única compañía constante era su arte, aunque éste no le diera la validación que quería.

La soledad lo acompañaba con cada nota, con cada pincelada. Anhelaba reconocimiento, pero solo escuchaba su propia voz en el vacío.

Así pasaron largas horas hasta que, más tarde, decidió salir a dar una vuelta.

 Caminaba por una calle concurrida, cargando un viejo maletín manchado de pintura por todos lados, donde guardaba algunos bocetos y partituras.

Al llegar a una esquina, se detuvo frente a una tienda de tecnología.

En el aparador, una de las primeras computadoras personales brillaba bajo los focos. Una máquina robusta con teclas enormes y un monitor negro con un pequeño rectángulo que parpadeaba en color verde luz. Aquella escena le parecía demasiado fría. La máquina, con su diseño plástico, le resultaba extraña.

—“¿Qué demonios se supone que es eso?” —pensó, frunciendo el ceño.

Leyó con atención las características y especificaciones en un papel aledaño, pero no entendió mucho. Luego su atención brincó a la etiqueta del precio. Escrita a mano estaba una suma absurda.

—“¿Quién pagaría tanto por algo que ni siquiera pinta ni hace música?” —Pensó, e inmediatamente después se rio con sarcasmo y siguió caminando.

Pero la risa se le apagó rápidamente, dejándole un sabor amargo. Nuevamente el miedo a su propio futuro lo invadió. ¿Sería capaz de encontrar su lugar en el mundo? ¿O estaría condenado a vagar sin rumbo, sin un destino propio?

Ese día, volvió a su pequeño departamento. Estaba más lleno de preguntas que de respuestas. Abrumado y angustiado, se tiró en la cama, cerró los ojos, y se olvidó de todo por un momento.