La vida elegida

Apenas unas horas después, se encontraba dentro de un teléfono público, con la guitarra eléctrica colgada a la espalda, el auricular frío presionado contra su oído y una expresión de puro hastío en el rostro.

La voz de su madre sonaba fuerte y clara, desde el otro lado de la línea, como si estuviera en la cabina con él. El frío del auricular le calaba la piel, haciéndose insoportable por la frialdad de las palabras que escuchaba.

La cabina telefónica, tenía un olor a cigarrillo, y se sentía como una jaula, atrapándolo en un diálogo que se repetía una y otra vez.

—Hijo, ya te lo había dicho, ya no puedo seguir pagándote la renta. Tienes que hacer algo con tu vida. Tus pinturas y canciones están muy bien, pero no te van a dar de comer. Busca un trabajo de verdad.

Las palabras de su madre, aunque dichas con cariño, resonaban con la dureza de la realidad. Él por otro lado, sentía todo el peso de la responsabilidad, el miedo a decepcionarla, a decepcionarse a sí mismo.

—Mamá, estoy en eso, voy avanzando, te lo juro, es que… el arte toma tiempo para ser reconocido —respondió, mientras garabateaba figuras en el margen de un periódico.

En realidad, no estaba avanzando en absoluto, pero sabía que explicar de más o discutir con ella sería inútil.

El garabato que había dibujado, una figura abstracta, se convirtió en un laberinto de líneas, un claro reflejo de la confusión que sentía por dentro. ¿Cuánto tiempo más podría seguir mintiéndose, posponiendo el momento de enfrentar la realidad?

—¡¿Tiempo?! ¡Ya has desperdiciado demasiado! hijo, ya han sido años. Yo no quiero tener un hijo labregón. Escúchame, por última vez te lo digo, no te voy a mantener toda la vida, si quieres sobrevivir, consigue un trabajo. No lo hagas por mí, hazlo por ti, ¿ok?

La voz de su madre, aunque severa, transmitía preocupación sincera. Sabía que ella solo quería lo mejor para él, pero sentía que sus sueños se estaban desvaneciendo, que ya no había más tiempo, que su pasión se apagaría.

Suspiró, cediendo.

—Está bien, mamá. Haré lo que pueda.

La resignación pesaba en sus palabras, la frustración lo consumía. Se sentía atrapado entre sus sueños y la necesidad de sobrevivir, entre la pasión y la responsabilidad.

—Eso espero, porque no hay más dinero para la renta.

Cuídate, cariño.

Ella colgó, dejándolo con el auricular en la mano.

Él sintió una presión en el pecho.

El silencio que siguió a la llamada fue un recordatorio de que estaba solo y quedándose sin apoyo.

Una mujer entrada en años se acercó a la cabina telefónica. Él pensó en apresurarse a irse, ya se estaba colocando la guitarra en la espalda, pero cuando ella estaba lo suficientemente cerca, lo observó de arriba abajo como examinándolo, y decidió alejarse como si se hubiera indignado al verlo. Él solo alzó los hombros y observó el periódico, las noticias del día. El mundo seguía girando, indiferente a su lucha.

Mirando el periódico que había estado garabateando durante la llamada con su madre, llegó a los anuncios clasificados y ahí notó un anuncio de trabajo; una oferta de empleo en la fábrica de cajas, ubicada en una zona que conocía bien, adonde solía ir con frecuencia y que no estaba lejos. Garabateó unas alas de murciélago sobre el logo de la fábrica, una caja dibujada en isométrico, y tomó la decisión de ir a la dirección indicada.

El garabato quedó ahí como una pequeña rebelión contra la monotonía, un toque de fantasía en un mundo totalmente gris como lo eran las planas sin color del periódico.

La fábrica de cajas representaba la rutina, la vida que no quería vivir. Pero la necesidad lo impulsaba, la urgencia de encontrar una solución, de no decepcionar a su madre.

Se apresuró, sintiendo el peso de la decisión, y se dirigió hacia allá, con la esperanza de encontrar un trabajo, de encontrar una salida.