El accidente
Era de noche y Álex caminaba por las calles de su ciudad, todavía reflexionando sobre su arte y su aparente falta de dirección.
Entró a una estación de metro cercana, bajó rápidamente las escaleras y se detuvo frente a las vías, esperando la llegada del vagón que lo llevaría a su casa, estaba ensimismado observando las luces parpadeantes y el grafiti en las paredes.
Sacó una plumilla desgastada de su bolsillo, un objeto con un valor sentimental inmenso; había sido un regalo de su difunto padre, quien le había enseñado a tocar la guitarra.
Jugó con ella entre los dedos mientras esperaba el vagón.
Esa plumilla, era su único recuerdo tangible de su padre, era su conexión con su pasado, con su pasión por la música.
De repente, un golpe accidental de un transeúnte la hizo volar de sus manos.
La plumilla cayó, rebotó contra el concreto y desapareció entre las sombras de las vías.
Sintió que algo en su pecho se detenía.
Ese golpe, había sido un acto fortuito, pero desencadenaría una serie de eventos que cambiarían su destino para siempre.
—¡No! No puedo perderla —se dijo.
Miró rápidamente a su alrededor y desoyendo los gritos de advertencia de algunos pasajeros, cruzó la barrera y bajó a las vías.
La adrenalina lo consumía mientras buscaba frenéticamente entre los rieles, iluminados por el parpadeo intermitente de las luces del túnel.
No le importó nada. Su decisión, impulsiva y desesperada, lo impulsaba a desafiar el peligro, a arriesgarlo todo por un objeto único y preciado.
Mientras avanzaba, una sensación extraña lo invadió.
Un olor a ozono quemado se mezclaba con un sabor metálico, se sentía como si el aire mismo estuviera envenenado.
Sintió como los vellos de su piel se le erizaban.
Un poco más adelante, entre los rieles, un brillo extraño emergía de una grieta en el suelo y vio que la plumilla estaba ahí, justo al borde del resplandor.
Se acercó con cuidado, la tomó y, en ese instante, un rayo descendió como una serpiente furiosa, golpeando las vías y una luz cegadora llenó el espacio.
Parecía como si el metal estuviera vibrando, retorciéndose.
El resplandor de la grieta se intensificó, expandiéndose como una flor, abriendo un hueco luminoso.
Muchos en la estación gritaron.
Un vórtice de luz, como un gusano gigante, lo envolvió por completo antes de que pudiera reaccionar.
Instantes después, llegó el trueno y un rugido impresionante, sacudió el lugar.
El túnel desapareció.
Todo se convirtió en un caos de luz, ruido y vacío.
El tiempo se estiró.
Cada segundo se sintió como una eternidad, luego se comprimió, como si se doblara sobre sí mismo.
Las luces del metro parpadeaban en una secuencia extraña, cambiando de un verde enfermizo a un rojo intenso.
La realidad se desvaneció por completo.