Capítulo 2: Nada en caja

Con cada caída

El cielo ya comenzaba a nublarse, pero él ya estaba sentado en una pequeña sala de espera con olor a cartón, tratando de alisar su playera arrugada con las manos. Frente a él, el entrevistador, un hombre calvo y robusto con un bigote intimidante, lo observaba desde el otro lado del escritorio.

Ese olor a cartón, mezclado con un toque de sudor y café rancio, le recordaba a las cajas de las mudanzas de su infancia.

El bigote del entrevistador, tupido y negro, parecía una oruga amenazante, moviéndose al ritmo de sus palabras.

Él, en cambio, pensaba en la melodía que había compuesto la noche anterior, una mezcla de sintetizadores y guitarra eléctrica. Se preguntaba si debía añadirle una letra, algo sobre el dolor y la esperanza.

La imagen de las cajas de cartón se mezclaba en su mente con la de unos lienzos cafés, esperando ser llenados de color.

—Entonces, dime, ¿Ya tienes experiencia en manejo de cajas?

—Eh… bueno, una vez ayudé a mi primo a mudarse. Cargué cajas todo un fin de semana. Muy pesado, pero, ya sabe, lo logré —sonrió, tratando de transmitir confianza, pero su voz tembló ligeramente.

El recuerdo de las cajas apiladas en el camión de mudanzas, tambaleándose rítmicamente, le vino a la mente.

Mientras hablaba, dibujaba mentalmente un boceto de la sala de espera, imaginando cómo quedaría con un estilo abstracto y geométrico, muy minimalista, lleno de contrastes. El bigote del entrevistador se transformaría en una mancha negra rectangular en su boca, como callándolo. Parecido a un símbolo de censura.

El hombre lo miró fijamente, ya claramente escéptico.

—Esto no es cargar cajas. Es hacerlas. ¿Sabes usar una engrapadora industrial?

—Claro —dijo él con mucha confianza—. “¿Qué tan diferente puede ser de una normal?”, pensó.

Se imaginó la engrapadora industrial como una versión gigante de la que tenía en su escritorio, fácil de manejar, un juego de niños.

Pensó en cómo podría usarla para crear una escultura metálica, algo abstracto y provocador.

El entrevistador le lanzó una mirada de sospecha, pero sacó una engrapadora industrial y un par de hojas de cartón.

—Bien, adelante. Hazlo.

 La vio y se sorprendió por la forma, pero tomó la engrapadora con una sonrisa forzada y la examinó como si fuera un arma alienígena. Apretó el gatillo con fuerza y disparó una grapa que voló hacia la pared, incrustándose peligrosamente cerca del hombre.

—¡Cuidado! —gritó el entrevistador.

—Eh… bueno, parece que necesita calibración, tiene la mira desviada, jaja —dijo, intentando bromear.

La grapa, incrustada en la pared, parecía un dardo lanzado por un principiante. Sintió un sudor frío recorrerle la espalda.

El hombre suspiró, frunciendo el ceño, pero decidió darle otra oportunidad.

—Bien, vamos a intentar algo más. Necesito que armes esta caja lo más rápido posible.

Sacó varias piezas de cartón y las dejó frente a él. Este se lanzó a la tarea con un entusiasmo casi desesperado, doblando y engrapando como pudo. Sin embargo, al final, la caja parecía una escultura abstracta, con lados que no se cerraban y una base inestable. El cartón, rebelde y escurridizo, se resistía a sus intentos de darle forma de prisma rectangular.

De pronto comenzó a ver la caja como una obra de arte conceptual, una crítica a la perfección impuesta por la sociedad. Pensó en cómo podría exponerla en una galería, con un título provocador.

El entrevistador observó el resultado con incredulidad.

—Eso… no es una caja. Es… no sé qué es eso.

—Es arte disfuncional —contestó él con una sonrisa nerviosa.

La sonrisa, tensa y forzada, no logró ocultar su nerviosismo.

—Esto no es un museo. Es una fábrica de cajas. Mira, vamos a intentar algo más sencillo —dijo el hombre, ya claramente perdiendo la paciencia—. Solo apila esas cajas vacías en esa esquina.

Él asintió, agradecido por una tarea simple. Empezó a mover las cajas, pero, mientras apilaba la última en la cima, perdió el equilibrio y toda la pila se derrumbó, golpeando una lámpara que cayó y rompió un vaso de agua en el escritorio, empapándolos a ambos.

—¡Por el amor de Dios! —gritó el entrevistador, levantándose de golpe.

El artista, empapado por el agua que salpicó, levantó las manos en señal de disculpa.

—Bueno… creo que hay margen de mejora.

El agua fría, le empapaba la playera, haciéndolo sentir como un pez recién sacado del agua.

El hombre lo miró fijamente, con una mezcla de ira y resignación.

—Gracias por venir. Nosotros… te llamaremos.

Él se levantó con una sonrisa nerviosa, sacudiéndose la ropa.

—¡Perfecto, esperaré su llamada!

Salió del edificio intentando recuperar algo de dignidad.

Mientras caminaba, revisó su billetera y vio los pocos billetes que le quedaban. Suspiró, pensando:

—“Bueno, al menos todavía puedo pagar una pizza.”

La pizza, un consuelo efímero.

Mientras caminaba a la pizzería se preguntaba si alguna vez encontraría un trabajo para él, si alguna vez lograría salir de ese ciclo de fracasos.

Pero, en el fondo, sabía que su verdadero trabajo era crear, y que tal vez algún día, de algún modo, el trabajo de sus sueños se haría realidad.