Un escalofrío estremeció a Zoe al escuchar esas palabras de su hombre. Lo miró esperando que le aclarara lo que acababa de decir, y él no tardó mucho en dar sus explicaciones:
- Aunque desde el principio había sospechado que algo ocurría, no fue hasta la noche de la tormenta en la isla que todas mis dudas fueron resueltas. El primer día aquí no recordaba nada de cómo habíamos llegado, no recordaba haber estado en el aeropuerto, ni mucho menos haber subido al avión. Lo único que era capaz de recordar fue la despedida con las niñas. Luego me di cuenta de que tu podías dormir, y dormías mucho, o eso me lo parecía. Pues yo ni tenía sueño ni cansancio. Por eso aprovechaba para nadar y hacer otras cosas. Mientras que tú despertabas de tus pesadillas y te atormentabas, yo cada vez me sentía mejor aquí. Me sentía más vivo que nunca. ¿No te has fijado que nunca comemos? ¿Que nunca tenemos hambre?
Athan hizo una pausa esperando la reacción de su mujer. Ella simplemente le devolvió un gesto de insignificancia. Así que él siguió:
- Me sentía genial aquí. Sin embargo, el día que fuimos al lago, cuando nos acechó la tormenta, fue el día que entendí lo que ocurría. Fue la única vez que dormí. Cuando desperté estaba en el hospital rodeado de médicos que trataban de salvar mi vida. Vi a Maia y a Sofía, angustiadas y llorando. Eso me rompió el corazón y decidí que no podía hacerlas sufrir más. Decidí que ellas debían seguir adelante con su vida y que si yo salía de esa, probablemente solo sería un lastre para ellas. También entendí que tú estabas en otra habitación luchando por quedarte en ese mundo o en el nuestro. Cerré los ojos y volví aquí, a la isla. A nuestro paraíso.
El sol empezaba ya a esconderse tras el océano. Zoe lo observaba con la mente en blanco. Acababa de recibir mucha información que no sabía cómo interpretar. Athan también se quedó mirando al horizonte. Esperaba que su mujer lo entendiera, pero no sabía qué elección iba a tomar.
- Zoe, no sé si entiendes lo que te quiero decir. Desde que estoy aquí no siento ninguna necesidad de comer, ni de dormir. Puedo hacer lo que quiera en todo momento. Puedo estar horas nadando. Puedo ir por toda la isla descalzo sin sufrir ni una pizca de cansancio. Pero al otro lado, en el hospital, solo estuve unos minutos y fueron los peores de mi vida.
- Pero y las niñas... - dijo al fin Zoe – ¿ya no las volverás a ver?
Athan suspiró, esperaba que ella dijera algo sobre las niñas.
- Ellas sabrán salir adelante. Mira, cielo, sé que no es justo que nos tengamos que marchar ya, sé que podríamos haber vivido muchos años más. Conocer nuevos lugares, vivir nuevas experiencias e incluso podríamos haber sido abuelos. Pero el hecho es que sufrimos un accidente, injusto, pero fue así. Ahora sólo podemos elegir esa vida o esta que se nos ofrece. Tenemos la posibilidad de estar juntos, aquí, por siempre.
Ella sintió un gran dolor en el pecho. No podía creer que le estaba dando a elegir entre una vida con sus hijas- fruto del amor que sentía por Athan - o una vida paradisíaca con él. Todo lo que le acababa de explicar su marido la dejó en shock, empezó a sentirse mal y a no poder respirar. Se desmayó. O eso creía. ¿Podía una desmayarse en el paraíso?
Lo que realmente sucedió es que volvió al hospital con sus hijas. Quería verlas una vez más. Creer que lo que Athan le decía era verdad, que no eran alucinaciones provocadas por todos los medicamentos que debían estar poniéndole a través de esos tubos que la mantenían en la cama. Y una vez pudo ver lo que le rodeaba en esa habitación comprendió del todo a su marido. Comprendió que permanecer ahí solo era causar más dolor a sus hijas. No sabía como sería su vida si lograba salir de esa. No sabía si sus hijas se verían obligadas a tener que hacerse cargo de ella. No quería que se sintieran atadas toda su vida, impidiéndoles disfrutar de todas las oportunidades que les podrían brindar. Si ella se quedaba ahí, quizás Sofía dejaría los estudios para estar con ella. Se lo había dicho ya días atrás. Y ¿qué pasaría con Maia? Ya se había responsabilizado mucho de su hermana. ¿También tendría que cuidar de ella?
No. Era el momento de dejarlas ir.
Se recuperó del desmayo. En la playa. Notaba como Athan la sujetaba fuerte pero con el semblante preocupado.
- Tienes razón. No podemos ser una carga para nuestras hijas. - lo abrazó con todas sus fuerzas. No sabía muy bien lo que iba a ocurrirles a partir de ese momento, pero tenía claro que el hospital no era su lugar. Que ese mundo ya no era su lugar.
Athan le devolvió el abrazo y sintió un gran alivio en su interior. El atardecer era precioso. La isla era preciosa. Su hombre estaba impresionante. Ambos se levantaron, se miraron, se agarraron de la mano y mientras el sol acababa de esconderse, ellos entraron poco a poco al mar. Hasta que finalmente la noche envolvió toda la isla y, Athan y Zoe, se desvanecieron en el agua.
- Sofía, ya está. Se ha ido con papá.