Las cortinas bailaban al son de la brisa que entraba por la ventana como si quisieran interpretar un ballet. Los rayos de sol pasaban a través de ellas llenando toda la habitación de una frágil luz. Zoe se giró hacia su izquierda y vió el vacío que Athan había dejado en la cama, aunque su olor aún era perceptible; estiró las piernas pues las sentía entumecidas, se desperezó y salió en busca de su compañero.
- Sabía que estarías aquí - dijo ella acercándose a Athan.
- No puedo perderme ningún amanecer, me da la vida. No sé cómo aguantas estar tantas horas en la cama con la de cosas que se pueden hacer aquí a fuera. Te pierdes la vida, ¿sabes?
- Ya estás con tus tonterías, cariño.
- ¿Tonterías? No me parece que este paisaje sea una tontería, Zoe.
Se sentó a su lado y los dos se acurrucaron dejando los pies en la orilla para que las olas les acariciaran mientras observaban el imponente océano. El paisaje era digno de una postal paradisíaca.
- He vuelto a tener esa pesadilla. Cada vez se me hace más real - Athan miró a Zoe con cierto semblante de preocupación.
- ¿Otra vez en el hospital?
- Sí. No podía mover las piernas y ese incesante pitido se me ha metido en la cabeza - Zoe se acercó las manos, llenas de agua, a la cara, cual remedio casero contra la migraña.
- Bueno, solo es un sueño. No le des más importancia.
Ese día Athan logró convencer a Zoe para enfundarse los bañadores e ir a bucear. Siempre aprovechaba sus pesadillas para llevarla a hacer las cosas que a él le gustaban, era su forma de hacerla vivir. No podía ser un mejor día, el agua estaba clara y tranquila, el ambiente era caluroso pero apetecible y aunque el sol era abrasador, la brisa refrescaba agradablemente. Pudieron ver la colorida fauna del océano e incluso vieron algún tesoro hundido. Pasaron un día de playa inolvidable y sólo pisaron la cabaña para hacer el amor cuál pareja de recién casados. Zoe no podía entender que teniendo una vida tan idílica sus sueños fueran tan oscuros y dolorosos.
- ¿Hoy tampoco han llamado las niñas?
- Zoe, ellas ya tienen sus vidas y responsabilidades, no tienes de qué preocuparte. Ya llamarán cuando puedan. Tienes que comprender que ahora es el momento de que disfrutemos el uno del otro al máximo. Anda, ven aquí.
Los dos, desnudos, se fundieron en un abrazo. Zoe sentía el calor de su hombre y los latidos de su corazón. Él sí que le daba la vida.
Escuchaba el eco de un pitido intermitente. Unos pasos lejanos. Le despertó una respiración irregular, la suya. Zoe abrió los ojos y vio que estaba en esa lúgubre habitación del hospital. "Otra vez la pesadilla" pensó. Su hija mayor se abalanzó hacia ella con los ojos rojos y brillantes.
- Mamá... ¿te encuentras bien? Llevas muchas horas dormida y nos tenías preocupadas. Sofía ha tenido que irse pero enseguida volverá. ¿Tienes hambre?
- Oh, cariño. Tranquila, estoy bien, pero este lugar es tan frío...
- Pediré otra manta a las enfermeras, ahora vuelvo.
No importaba las mantas que le pusieran encima, ese frío no conseguiría quitárselo nunca encerrada en ese hospital. Estaba deseando despertar de esa pesadilla, así que dejó que todo fluyera sin más.
- Me han dado ésta, dicen no tener más, espero que sirva. Si no te vale llamo a Sofía ahora mismo para que traiga una de casa. No entiendo cómo con lo que pagamos cuiden tan mal a los enfermos. Mamá, ¿tienes hambre? Te han traído esto, ya sé que no es a lo que estás acostumbrada pero tienes que comer algo, mamá.
A pesar de todo, le gustaba poder ver a sus hijas, ni que fuera en esas pesadillas. Maia siempre se preocupaba por todos y no le disgustaba renunciar a lo que fuera para complacer a los demás. La pequeña, Sofía, era más independiente, siempre rodeada de libros y con la melena recogida en un moño con un lápiz. Zoe recordó la manera en que su pequeña se ponía las gafas a modo de diadema cuando compartían su merienda favorita: té con galletas. Cómo echaba eso de menos.
A la mañana siguiente fue Zoe la que decidió hacer una excursión. Necesitaba estirar las piernas y moverse, los años le hacían mella y sentía que no debía desperdiciar esas vacaciones con su marido. Él no dudó ni un segundo y se pusieron en marcha temprano.
- Más despacio, Zoe, o te va a dar algo.
- No. Quiero llegar hasta el lago y allí ya descansaremos. Venga, ¡vamos!
Empezaron a caminar en silencio con sólo la compañía de los sonidos que provenían del bosque. Las aves cantando, el aire rozando las hojas de los árboles, la tierra pisada... Zoe inspiró fuerte, como si quisiera quedarse con todo el oxígeno de ese lugar.
- Esta noche he soñado con las niñas... Parecía tan real, cariño. Estaba Maia, como siempre preocupada por todo, y Sofía ocupada con sus estudios. Qué rápido han crecido, ¿Verdad?
Athan se giró y la miró de esa manera que a ella tanto le gustaba. Su cara desprendía amor y cariño por cada poro de su piel. Estaba orgulloso de su familia y de lo que había conseguido crear junto al amor de su vida, su Zoe. Ella se quedó ensimismada hasta que un inesperado abrazo la volvió en sí.
- Vamos, cariño. Ya nos queda poco para llegar al lago.
Aceleraron el paso, Zoe se dio cuenta de que ya no estaba para tanto trote. Por fin llegaron, el lago era maravilloso, tal y como ella esperaba.
Ese viaje resultó ser mejor de lo que Zoe había imaginado. Los dos ya eran mayores y retirados pero los años no le impedirían poder pasar todo el tiempo posible con su marido. Aunque significara no ver a sus hijas durante unos días. Sin embargo, esa isla era un paraíso y merecía la pena cualquier esfuerzo.
Esta vez no se bañaron, el tiempo no era agradable, y les bastaba con observar los peces a través del agua cristalina del lago. Se acomodaron en una de las rocas, uno junto al otro, de tal modo que parecía que en cualquier momento fuera a aparecer un cura para casarles de nuevo.
- ¿Recuerdas el día en que nos conocimos? - dijo, por fin, Athan.
- Claro, ¿cómo iba a olvidarlo?
- Hacía un día como hoy, ni frío ni calor. Tu llevabas esos pantalones que te marcaban el trasero... me volvía loco al verte caminar. - Zoe se rió a carcajadas. Su marido había reducido el mejor día de su vida a unos pantalones ajustados.
- Tú llevabas el pelo más largo. La verdad es que al verte pensé que con lo guapo que eras, cómo podías llevar esa melena.- Entonces fue Athan quien se echó a reir.
- ¡Es verdad! Mi melenita... ¿Pero cómo pudiste enamorarte de mí con esas pintas?
Siguieron hablando un buen rato, camino de vuelta a la cabaña, de cómo vestían y de cómo fue su primera cita, cuando eran jóvenes e inexpertos. Sin haberse dado cuenta, se les había echado la hora encima y se apresuraron en llegar cuanto antes. El tiempo había empeorado y se avecinaba una horrible tormenta.