En la sala no había nadie lo cuál hacía más evidente la sensación de frío. Miró a su alrededor y vio todas aquellas máquinas con números y rayas que de vez en cuando dejaban ir un pitido. Tenía diferentes tubos acabando en sus brazos y otro que salía por debajo de las sábanas a la altura de su cadera. No quiso ni mirar para qué era.
Las persianas estaban bajadas aunque se podía percibir que afuera hacía un día espléndido. Hizo un repaso a la habitación, era blanca sin nada más que un televisor.
- Vaya, buen día. ¿Qué tal se encuentra? - una enfermera entró con energía y gracia, se acercó a Zoe y le puso un termómetro. Con un claro acento sevillano siguió - ¿Quiere que le suba la persiana pa’ que le entre un poco el so’? Sus hijas vendrán un poco má’ tarde, si quiere le puedo encender la tele. Aunque a estas horas no echan ná de bueno…
Zoe ni se molestó en responder. Estaba aturdida o desubicada. Aún no tenía muy claro cómo se sentía, pero lo que sí sabía es que algo pasaba con sus piernas. Con un murmullo dejó ir: “Dichosa pesadilla”.
- Disculpa, ¿me decía algo?
- No, señorita. - Zoe giró la cara hacia la ventana y cerró los ojos, para que la enfermera dejara de molestarla.
- Bueno, la dejo descansar. Si necesita algo, aquí tiene un botón pa’ llamarnos.
La enfermera grácil cogió sus cosas y se fue tarareando una canción. Eso le molestó a Zoe, quería que eso acabara ya.
Maldita pesadilla.
El tiempo parecía no pasar, no tenía reloj ni dónde poder mirar la hora. Aunque siendo todo una pesadilla, qué más daba, ya llegaría el momento en el que se despertaría en la cabaña junto a Athan.
Puede que pasaran horas o sólo unos minutos cuando sus hijas se asomaron por la puerta. En ese preciso instante fue cuando Zoe se percató de que algo no iba bien, de que todo iba a cambiar en cuanto sus hijas llegaran a la cama. Esos pocos segundos que tardaron en acercarse a ella, fueron suficientes para que se diera cuenta de que su estancia en el hospital, esa pesadilla, era todo real.
Maia, que siempre le había parecido la hija débil, tenía un semblante diferente, como enfurecido, como si acabara de batallar en la guerra de su vida. Sofía, en cambio, parecía no haber comido en días, estaba triste, apagada.
Sus hijas se abrazaron a ella y no pudieron evitar sollozar. Zoe ya no pudo aguantar más y les pidió que por favor le dijeran que estaba pasando.
- ¿No recuerdas nada, mamá?
- Si recordara algo, no preguntaría. Debería estar feliz con papá disfrutando de nuestras vacaciones y no hago más que tener esta pesadilla en el hospital.
- ¿Pesadilla? - dijo Sofía mientras se secaba las lágrimas. - Mamá, llevas tres días en el hospital muy grave, luchando contra…
- ¡Sofía! - Maia la interrumpió antes de que dijera nada que pudiera afectar a su madre.
Pero su madre ya tuvo suficiente, vivía entre un sueño y una pesadilla. Ya no sabía qué vida era la real: la idílica isla con su amor de toda la vida o la horrible habitación de hospital con sus hijas.
- Maia, haz el favor de explicarme qué está pasando.
Maia se vio entre la espada y la pared, su hermana y su madre la miraban expectantes; pero ella recordaba las palabras de la doctora “Evita cualquier alteración”. Sofía cortó el silencio finalmente:
- Maia, si no se lo dices tú, lo haré yo.
- Mamá… ¡lo hago por ti!
- Cariño, sé que me quieres proteger pero merezco saber la verdad, ¿no crees?
- Mamá… - Maia seguía debatiéndose pero su madre tenía razón, merecía saber lo sucedido - ¿Recuerdas el día que íbais a viajar a la isla? ¿Recuerdas que empezó a llover mucho?
De pronto a Zoe le vinieron imágenes a la mente de ese día. No recordaba haber subido a un avión, no recordaba cómo había llegado al hospital, no recordaba nada, excepto un taxi. Y Athan. Y gritos.