- Está bien, no le diremos nada a mamá hasta que se recupere - dijo finalmente Sofía.
- Mira, parece que se despierta. Acércate, ayer te echaba de menos. Se alegrará de que estés aquí.
Las dos hermanas se esforzaron en cambiar su semblante al acercarse a la cama de su madre.
A Zoe le costaba horrores abrir los ojos, sentía como si le pesaran una tonelada. Quería moverse pero le dolía todo el cuerpo. Empezaba ya a cansarse de tener esas pesadillas y quería despertarse cuanto antes. Esta vez no le importaba no ver a sus hijas, sólo pensaba en salir de allí.
El murmullo de las olas la hizo volver en sí, oyó ruidos en la estancia y saltó rápido de la cama. Athan llevaba el bañador puesto y el pelo mojado. Había estado nadando mientras el sol amanecía en esa espectacular isla. Zoe se quedó mirándolo, como si quisiera retener esa imagen para siempre en su memoria. Su hombre aún seguía teniendo el porte de cuando era más joven. Su vello en el pecho, aunque canoso, le seguía pareciendo lo más sexy que había visto nunca.
- ¿Y qué plan hay para hoy? - dijo acercándose a su hombre por la espalda. - Te has levantado animada, veo. ¿Qué te parece si nos hacemos unas fotos en la playa?
- ¡Genial! Voy a ponerme el vestido que me regalaste.
Ella no era muy coqueta, excepto cuando quería impresionar a Athan. Se puso el vestido que le había regalado pocos días antes de emprender el viaje. Era blanco, liviano, sedoso, con tirantes y le sentaba de maravilla. Se miró al espejo como pocas veces hacía y estuvo un buen rato observando cómo los años se marcaban en su rostro. Se echó un poco de colorete en las mejillas, cogió una de las flores de la habitación y se la enredó en el cabello. A pesar de su edad, se veía espléndida.
Zoe salió a la playa para empezar a hacer las fotos. Athan la miró desde la orilla y esbozó una sonrisa que no se borró hasta que ella llegó.
- Estás igual de guapa que cuando te conocí.
- No digas bobadas, no tenía estas arrugas...
- Amor mío, estas arrugas te hacen más sexy, ven aquí y dame un beso.
Se quedaron unos minutos mimándose uno al otro hasta que el graznido de una gaviota les interrumpió. Comenzaron a fotografiarse; primero posó Zoe jugando con el vuelo de su vestido, dando vueltas y bailando. Se sentía joven y ágil. Después fue Athan quien improvisó una postura, de brazos cruzados y con la mirada perdida en el horizonte. A él le encantaba hacerse el interesante en las fotografías. Pasaron el día retratándose, posando, jugando en la playa. Volvieron a ser esos adolescentes que tonteaban tiempo atrás.
- Sentía frío y había mucho silencio.- explicaba Zoe aún aturdida - Sólo se escuchaban pasos acelerados aquí y allá. Y de repente, se escuchó una puerta abriéndose y alguien murmurando. No sé muy bien qué estaba diciendo... y después me despertaste.
- Bueno, tampoco es una pesadilla, ¿no? No pasa nada malo.
- Pero... no es el qué pasó, si no cómo me hacía sentir. De verdad que era muy horrible. Hoy no me apetece demasiado salir, cariño. ¿Podemos quedarnos en la cabaña y descansar un poco?
- Está bien, amor.
Zoe se tumbó en el sofá y se quedó ensimismada mirando el ventilador del techo, de fondo oía a su hombre trasteando por la cabaña. Empezó a sentir que le pesaban los párpados hasta que finalmente se quedó dormida.
El frio volvió a envolverla y escuchaba a su hija mayor murmurando algo con otra mujer, le pareció que podía ser una doctora, por su vestimenta blanca.
- Verás Maia, tengo que ser sincera, el diagnóstico no es muy favorecedor. El accidente fue muy grave y las condiciones en las que está y su edad no ayudan...
- Ya lo sé doctora, pero es mi madre, tiene que entender que voy a hacer todo lo posible para que salga adelante. Con mi padre no se pudo hacer nada, así que no voy a perder también a mi madre.
Por un momento, Zoe se asustó y creyó que todo lo que estaba ocurriendo era verdad. Se le empezó a acelerar el corazón y los pitidos también comenzaron a ir más deprisa, se desmayó. Al rato, abrió los ojos y estaba rodeada de enfermeras. La doctora con la que había estado hablando Maia le estaba enfocando a los ojos con una linterna.
- Zoe, ¿me escucha? Si me escucha asienta con la cabeza.
Se sentía mareada y apenas podía controlar su cuerpo. Con un gran esfuerzo movió la cabeza arriba y abajo. Los medicamentos empezaron a hacer efecto. Mientras, la doctora le revisaba los ojos, la boca y los reflejos.
- Está bien, trate de relajarse y descansar. Los medicamentos le ayudarán a sentirse mejor.- Se dirigió a Maia con un tono más imperativo - Y por favor, evitad cualquier alteración.
Toda la gente de blanco se fue de la habitación y sólo quedó Maia a los pies de la cama, con lágrimas brotando de sus ojos. Se acercó a su madre, se sentó a su lado y se quedaron en silencio.
A pesar de los sedantes, Zoe no lograba sentirse mejor. Trató de dormirse para poder volver a la playa con su marido, pero el dolor era demasiado fuerte y no le dejaba descansar. Gimió un poco y esto despertó a Maia.
- Mamá,... me he quedado dormida. ¿Has podido descansar?
- No hija, siento mucho dolor.
- Está bien, avisaré a la enfermera para que suba la dosis.
Al salir Maia de la habitación, entró su otra hija, Sofía, que se abalanzó sobre los brazos de su madre reprimiendo el llanto.
- Sofía, no me aprietes tanto, que vas ahogarme - susurró Zoe con una sonrisa en sus labios.
- Mamá, esto es tan duro...
- ¿El qué hija? ¿Qué pasa? Estoy siempre aquí tumbada y nunca me decís por qué.
- Es que... - Sofía pensó un momento en lo que iba a decir y finalmente improvisó - quisiera estar más contigo, creo que dejaré los estudios y me quedaré aquí. Ya habrá tiempo para estudiar.
- Ni se te ocurra Sofía, no dejes de lado los estudios y menos para perder el tiempo sin hacer nada.
- Pero mamá...
- No Sofía, aquí no conseguirás nada.
Maia volvió con la enfermera, quien le subministró más sedante. Zoe empezó a sentir los efectos y el dolor fue desapareciendo. Sofía y Maia susurraban palabras que cada vez le parecían más lejanas: perder, papá, mamá, todavía no...