Atardecía; era abril. Entregado a mi dolor, cruzaba el viejo puente, recordando otros tiempos; yo, que siempre había oído hablar tanto de Tí, de tu Palabra y de tus milagros; que habías hecho de tu Cuerpo sagrado una Fiesta permanente de Pan y Vino… Pero a mí me faltaban rosas blancas en el corazón, y me sobraban espinas. Entonces te grité: ¡Jesús! ¡Jesús, ven a buscarme!
Te vi en aquella cruz y, al contemplarte con mis espinas en tu frente y sin rosas en el costado, me preguntaste:
- ¿Qué más podría Yo hacer por ti?
Desarmado, conseguiste, al fin, enamorarme.