Miró sus ojos, los conocía bien porque llevaba años viéndolos a diario. Casi siempre le devolvían una mirada triste, fruto de los desengaños que habían visto pasar y clavarse en su corazón, en su alma, ella lo sabía bien. Ese día algo cambió, un sentimiento nuevo recorrió su cuerpo, como si hubiera sido alcanzada por un rayo. Vio brotar una chispa que no había observado antes y que la sacudió con una certeza: aquellos ojos pertenecían al amor de su vida, el más incondicional, el que nunca la abandonaría. Con una sonrisa, se apartó de su reflejo en el espejo.