Se miraron como siempre, despacio. Sesenta y cinco años antes habían prometido sostenerse, y cumplieron. Él le acomodó la almohada y cogió su mano; la habitación olía a adiós. Recordaron sin palabras, lágrimas y risas guardadas, discusiones perdonadas. Ella sonrió, cansada, y dijo su nombre, como quien lanza un beso al aire. Él acarició su mano, agradeció cada arruga aprendida, cada silencio compartido. Cuando su corazón se rindió, él no dijo nada. Se quedó en silencio, mirándola, contando los latidos prestados, hasta entender que el amor también sabe irse, pero deja en casa un fuego encendido que nunca se apaga.