Desde la intencionalidad, en los últimos coletazos sociales, numerosas protestas han dado el pistón de salida. Los chalecos amarillos, junto con las más de diez huelgas generales en los dos últimos años en nuestro país colindante, componen un aura de protesta alrededor de España que invita a la prosperidad de participación ciudadana. Lejos de igualarlo, van a hacer doce años de la última huelga general convocada en el país, que con expectativas de seguir en la misma línea, y sin resultar una huelga general, la capital del país se tiñó de los colores de la manifestación.
Cerca de 670.000 personas se movilizaron el pasado 13 de noviembre en la Comunidad de Madrid. El pueblo madrileño estallaba contra Isabel Díaz Ayuso después de un carrusel de medidas que, en vista del reclamo popular, no parecían fortalecer la sanidad pública y que dejaban al descubierto los centros de atención primaria. Vacíos sanitarios y falta de financiación, son algunas de las claves que dejan a parte de la población madrileña desencantada con la administración de la presidenta.
La ciudadanía madrileña hace olvidar el cobijo donde se encuentra el actual modelo de sociedad, aquella inmersa en un período de desconexión entre los integrantes de la misma, se muestra lejana a la conectividad entre iguales. Resultaría insensato responder ante esto sin, inevitablemente, dar unos pasos atrás en la historia y comprobar que el sentimiento de grupo sí que estaba presente en el siglo pasado.
Como punto de partida para lanzar el análisis de la ruptura de la movilización recurrente, cabe situarnos en el famoso paso “del cuello azul al cuello blanco” británico de la mano de Margaret Thatcher. A finales del siglo limítrofe, se lanzaba esta dinámica con el objetivo de pasar a un sector servicios con pequeñas agrupaciones de trabajadores, dejar atrás las fábricas de grandes cantidades de jornaleros conectadas y disgregar a las masas de obreros para evitar posibles revueltas.
Así, en tiempos del “hoy” nos plantamos en un panorama social en declive. El capital social cae en picado junto con un notable descenso de la conectividad entre los miembros de la comunidad, además de la creación persistente de un individualismo antagonista de asociacionismo o colectivismo. Sin embargo, la preocupación no debe residir en esta primera idea, sino en las consecuencias de la misma.
La emergencia de nuevos valores políticos como la desconfianza son paralelos a la desaparición de la sociedad de masas, donde cabía un respaldo detrás de cada individualidad. La ruptura del día a día en comunidad crea la desconfianza que emerge. Aparece el enfrentamiento del ciudadano frente al sistema político, en lugar de la anterior disputa del grupo frente al poder. El individualismo, que impera en la actualidad, crea que no exista fortaleza social alguna para entrar en debate con el sistema.
A pesar de esta lona que hace callar a la sociedad, este último agrupamiento multitudinario de Madrid suponía el retorno a la acción colectiva en forma de protesta y ello, hacía aparecer de nuevo el debate (social e institucional) en órbitas de la manifestación, siendo en muchas ocasiones de rotundo éxito, pero en otras, en boca de muchos, peligrosas para la democracia.
Si bien es cierto que en una democracia sana y en perfecto funcionamiento, bastaría con llevar a cabo una protesta pacífica para que se entrara en proceso de solución, sin embargo, con el paso del tiempo, al ver que el accountability no ha resultado provechoso para el ciudadano y el éxito indudable de muchas movilizaciones violentas, la sociedad posee una falsa creencia, que al ver que no existe ningún punto de conversación entre el propio sistema y el pueblo, asimilan que el funcionamiento del sistema político es así y que para que les puedan escuchar tendrán que protestar violentamente.
Por tanto, la vuelta al modelo de sociedad anterior pasa únicamente por un consenso, no diremos equilibrado, ya que el gobernante debe extender más el brazo, pero sí medido y de entendimiento. La cara de la moneda de la escucha pertenecerá al dirigente y la otra, la de la protesta pacífica, se le atribuirá al pueblo, que sabrá que tomarán acción en sus demandas.
Es de rechazo la idea que mantiene la gran parte de la población sobre el funcionamiento del sistema, donde el pueblo debe tragar y cuando no puede más, estalla. La aparición de una conversación permanente gobernante-ciudadano será el mecanismo para evitar situaciones límites que perjudiquen siempre a los mismos, y será la masa que unirá la infinidad de individualidades del hoy. La manifestación en Madrid fue el primer paso para volver a demostrar que la piedra angular de la misma democracia debe ser la protesta, una pacífica y de diálogo directo con el gobernante.
Escribe: Diario Común
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Fotos: Madrid Norte, El Confidencial, El Huffpost, RTVE, El Mundo, Público.