¿Presupuestos para una cultura dominante?
Por César Cortés Vega *
Julio, 2026
Una visión universalista de la cultura puede imaginar, de manera más bien superficial y campechana, que su resguardo y patrimonialización supone compendiar actividades o bienes nacionales destinados a ser defendidos. Y me parece que no hay nada más equivocado. Porque lo que ocurre con tales o cuales fenómenos a los que se les llama así: “culturales”, es que son el resultado de desarrollos y oposiciones llevados a cabo en las fricciones de lo social. Nada es importante o "trascendente" per se, si no es emanado del encuentro, confrontativo o no, pero como producto de la diferenciación. Y, entonces, en el desafío por la hegemonía de sus representaciones. En el Primer Congreso de Escritores y Artistas Negros, llevado a cabo en París en septiembre de 1956, Frantz Fanon leyó un interesante discurso llamado “Racismo y cultura” [1] donde habló de un proceso inverso, invasivo, como mecanismo de desculturación:
[…] si la cultura es el conjunto de comportamientos motores y mentales nacido del encuentro del hombre con la naturaleza y con sus semejantes, se debe decir que el racismo es verdaderamente un elemento cultural. Hay pues culturas con racismo y culturas sin racismo. [p. 88]
Lo anterior, que puede parecer evidente, pone en el centro la cuestión colonial cuando se intenta responder la pregunta de cuáles manifestaciones entran en ese universalismo pretendido y denunciado por el autor. Así, por ejemplo, la preservación de objetos de un grupo humano dado, no asegura que se trascienda el expolio y la segregación de quienes los han producido. El Museo Británico, sin ir más lejos, es un ejemplo exacto de ello: la admiración de expresiones que, sin embargo, fueron conseguidas mediante el saqueo. Y tales procedimientos comprometen la perpetuación de esas relaciones de dominio, sin cuestionarlas e incluirlas como parte de un proceso de revaloración. Partiendo de esto se puede comprender que la producción cultural dominante suela tener incorporadas ideas de trascendencia –lo que equivaldría a la noción de “blanquitud”, expresada por Fanon–, y aquello que, en todo caso, resulta fosilizado, colocado tras la vitrina, pero escamoteado cuando se trata del ejercicio vivo de su expresión –lo que Fanon ha llamado la zona del “no ser”–. Por eso su pensamiento alude a una cultura nacional como proceso liberador, en tanto se trata de la reconversión de algunos –o de todos– sus supuestos, en los términos de un conflicto de intereses. Cuando, por ejemplo, las expresiones culturales han surgido de técnicas de opresión, aquello que se colocaba antes en el centro, suele ser puesto luego en tela de juicio. Algo que, de una abstracción generalizada, puede ser revisado en sus particularidades ideológicas. Así, del mismo modo, si las lógicas económicas tienen una continuidad extractiva, cualquier presupuesto o apoyo a la cultura implicará condiciones semejantes.
Al respecto, el filósofo argentino Arturo Roig [2] habla de “emancipación mental”: no se trata de generar independencia material en la realización, subvencionada por un régimen político dado, sino de pugnar por discursos para la autonomía y la liberación que permitan que las condiciones para la creación expandan la subjetividad de los gobernados. Y agrega algo que me parece importante cuando se refiere a las políticas del lenguaje. Existen prácticas semióticas que generan procesos emancipatorios, y otras que legitiman la opresión. En ese sentido, la independencia de fenómenos de sometimiento supondría no solo autonomía económica, sino de conciencia, filosófica y política:
Es necesario y urgente promover una emancipación mental, no sólo ante los modos de pensar y obrar de las minorías comprometidas con el capital trasnacional y las políticas imperiales, enfrentados a los intereses de la nación, sino ante la contaminación ideológica generada por las prácticas de una cultura de mercado.
Imaginar que un presupuesto suficiente permitiría subsanar esta carencia, es francamente ingenuo o, en todo caso, taimado. La descolonización, en los términos de Fanon, implica una partición ontológica en la que al reactivarse, hace perder el estatus de no ser propio de la subalternidad. Es decir, una reconversión de quienes, habiendo sido empleados para la perpetuación de la industria y el mercado como trabajadores, les ha sido arrebatada la posibilidad de ejercer la libertad de su tiempo, vendido para preservar su vida –lo cual implica una cosificación–. Esto implica que sean reconsiderados como actores que accedan al privilegio que solo algunos han podido ejercer. En ese sentido, se trata de la recuperación de su agencia histórica. Luego, una pregunta puede tomar ese cauce: ¿quiénes están pidiendo presupuestos para eso?
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Notas
[1] Fanon, Frantz. "Racismo y Cultura." En Leer a Fanon, medio siglo después, selección de Felix Valdés García, 87–98. Buenos Aires: CLACSO, 2017.
[2] Arturo Andrés Roig, "Necesidad de una Segunda Independencia", Millcayac, Anuario de Ciencias Políticas y Sociales, año 1, número 1, (2002), Mendoza-Argentina, pp. 38-39.
* Escritor y artista multidisciplinario, maestro en Artes Visuales por la UNAM y miembro del Consejo de Fomento y Desarrollo Cultural de la CDMX. Entre varios de sus títulos publicados están las novelas Tanuki y las ranas y Abandona Silicia, los poemarios Arx poética y Reven (Premio Navachiste 2012), o los ensayos No tocar, Poetas esclavos, máquinas soberanas o Periferias y mentiras. + info en: http://cesarcortesvega.com