¿Cómo cambia este concepto nuestra idea de "cultura"?
Por César Cortés Vega *
Julio, 2026
Pese a todo, el intercambio parece fluir en sociedades como la nuestra, que suelen ser pensadas en el exterior como lugares que abren sus puertas a todo aquello que sea diferente. Sin embargo, tal diversidad parece ser un bien que raras veces se confronta con sus propios límites, determinados mayormente por la violencia. Si es que la construcción de identidades adaptadas a la función social ha sido posible, eso tiene adeudo con una ingeniería política llevada a cabo, en ciertas condiciones, desde la exclusión y el despojo. Basta mirarlo dos veces: según estudios, hasta el 70% de mujeres en México que superan los 15 años ha padecido alguna clase de violencia, o el 23.7% de la población mayor ha sido discriminada. Pero, al hablar de violencias más graves, la cosa es aún más encarnizada: existen más de 122,000 personas documentadas como víctimas de desaparición en el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), base de datos administrada por la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB).
Entonces, tal autoengaño sobre la apertura de brazos abiertos puede reconocerse, a primera vista, como un discurso para la normalización o el control de las subjetividades, que hace perder foco sobre algo más grave surgido de nuestras contradicciones internas como nación. Un límite tajante entre los deseos de unos y otros, que al final de cuentas parecerían muy similares solo si son observados de manera superficial. En otro ejemplo extraterritorial: ¿qué deseará un colono israelí que se diferencie en esencia de lo que un palestino también añora? Casa, comida, sustento. Pero tales necesidades, que parecen comunes, dejan de serlo cuando unas justifican la movilización ideológica de masas militarizadas para establecer control sobre los territorios y sus subjetividades. La búsqueda de valores que nos unen en una plétora de democracia ideal no solo no se cumple en ese plano, sino que resulta ser motivo de exclusión de otras colectividades que, hipotéticamente, desearían lo mismo. Y las razones para ello desfilan ante nuestros ojos. Luego, es ahí donde aparece el habitual –aunque quebradizo– tema de la cultura y sus supuestos, con el que hay que tener siempre cuidado. Y es que, muchas veces, cuando se le nombra, se suele rozar a la vez el llamado “universalismo abstracto” que a lo largo de la historia ha servido para deshumanizar a los sujetos imponiendo un supuesto bien general.
Aimé Césaire, el político y poeta martinicano, define tal universalismo como “descarnado”, pues en lugar de integrar particularidades culturales, las descarta al confrontarlas con raíces de otros espacios políticos. Y, lo que tal procedimiento comienza por ofertar como un bien, resulta ser una imposición suave, que puede confundirse con movimientos de apariencia igualitaria, para los que se emplean las lógicas “paternalistas” del colonialismo. Pero quien mejor ha expuesto el tema es Frantz Fanon, pensador también de Martinica —lugar donde el colonialismo francés fue uno de los más brutales y abiertamente racistas—. Una de sus ideas distintivas es la de “la zona del no ser”: una suerte de desierto conceptual en el que la población negra pierde su estatuto humano para ser cosificada y subyugada. Fanon con ello documenta una partición ontológica: mientras que la blanquitud tiene permiso para ser, el colonizado es arrojado a un territorio estéril donde su derecho a existir pasa solamente por la estabilización normativa del colonizador. Y, si bien detrás de mucho de ello se encuentra el peligro de la desaparición y la muerte, su cara suave es la de aquel universalismo que abstrae los valores como si se trataran de uno y el mismo, verificables debido a su generalidad: “amor”, “fraternidad”, “belleza”, e incluso “comunidad” tienen como contracara el dominio y el expolio. ¿Por qué meniono esto acá? Porque lo mismo puede ocurrir con el concepto de “cultura” o el de “arte”: otras de las abstracciones que arrastramos, y que en apariencia aceptan todo, pero que no incorporan aquello que les es incómodo o niegan su propio procedimiento colonizador. ¿Cultura? ¿Cuál, cuáles, para quién o quiénes? Ahí el punto, porque eso que Fanon señala acerca de la negritud y la blanquitud, se verifica en otras categorías.
Este, pues, es un tema del que seguiré hablando en entregas sucesivas, porque, a pesar de lo mencionado acá de manera breve, hay algo también muy sugerente en esa “zona del no ser”: una alternativa epistémico-política de la que pueden emerger, desde la desolación y aparente esterilidad excluyente, proyectos alternativos no derivados de definiciones generalistas. A la luz –a la sombra– de ello, cuando hablamos de mejorar las condiciones de quienes abogamos por la libre expresión de manifestaciones culturales o procesos artísticos, es posible preguntarnos: ¿a cuáles de ellos nos referimos? ¿A los de esa “zona del ser” colonial, o a los que se manifiestan desde la oscuridad del “no ser” mencionada por Fanon?
* Escritor y artista multidisciplinario, maestro en Artes Visuales por la UNAM y miembro del Consejo de Fomento y Desarrollo Cultural de la CDMX. Entre varios de sus títulos publicados están las novelas Tanuki y las ranas y Abandona Silicia, los poemarios Arx poética y Reven (Premio Navachiste 2012), o los ensayos No tocar, Poetas esclavos, máquinas soberanas o Periferias y mentiras. + info en: http://cesarcortesvega.com