¿Qué otra idea de "cultura" defender, más allá de la colonizada?
Por César Cortés Vega *
Julio, 2026
Hoy aquellas operaciones a través de las cuales unas naciones mantenían el control absoluto sobre otros territorios que no les pertenecían han disminuido, aunque no desaparecido. El conflicto palestino es, indiscutiblemente, un intento de su perpetuación. Sin embargo, surgidos de un periodo colonial, tales procedimientos han devenido en lo que hoy se concibe como colonialidad: la permanencia de lógicas de subordinación, tanto epistemológicas como culturales, económicas o raciales. Es decir, por mucho que las colonias subyugadas bajo el dominio de otras potencias ya no sean absolutamente dependientes como en el periodo entre los siglos XVI y XIX, existen aparatos tanto internos como externos que reproducen estructuras para la manipulación heredadas del sistema colonial. Y esto está soportado por el dominio social de las subjetividades mediante construcciones culturales que, dependiendo de un tejido de conceptos que aparentan neutralidad, excluyen muchas otras formas que han sido deliberadamente omitidas. Abstracciones que pretenden eliminar toda discusión para que el dominio sea aceptado de manera “universal”. Es quizá gracias a ello que hoy, de un capitalismo neoliberal que parecía adoptarlo todo si contribuía a la libre circulación del capital, se está regresando en el mundo a posturas neofascistas que se imaginaban superadas. Tal conversión era evidente, si consideramos que la situación no dependía meramente de lo político, sino que se había desarrollado según mecanismos poscoloniales: el mismo tipo de dominio con el cual el colonialismo sometía todo tejido social era presentado con la careta de incluyente. Es decir, una violencia epistémica disfrazada, operando en la exclusión de aquello desemejante a un proyecto centralizado en las concepciones de un orden ajustado al capital y sus concepciones sobre el valor.
Así pues, ante ello, ¿es posible pensar en un universalismo intercultural que se contraponga a tales procedimientos? De principio, me parece que emplear el término “universal” ya implica una dificultad. Pensemos en la retórica de los derechos humanos, por ejemplo, y su pretendido universalismo. En el artículo “Hermenéutica intercultural: de la crítica clásica al vínculo colonialidad”, Lucía A. Aguerre [1] de la Universidad de Buenos Aires dice, parafraseando al escritor franco-tunecino Albert Memmi:
[…] el colonialismo constituye un sistema que niega los derechos inalienables de aquellos seres humanos a los que mantiene en un “estado de subhumanidad” tras haberlos sometido a su imperio mediante el uso de la fuerza y de la violencia. Así, los Derechos Humanos declarados “universales” son retaceados a los sujetos deshumanizados por la colonización, lo cual pone de manifiesto la contradicción interna de un orden pretendidamente universalista y colonialista […]
Algo muy similar ocurre con el concepto de “cultura” cuando surge de tal configuración de supuestos, como si todos los grupos humanos pertenecientes a cualquier sociedad emplearan de manera similar constantes ideológicas predeterminadas por el aparato capitalista derivado del colonial. Es evidente que aquello se apoya, de nuevo, en un humanismo excluyente y, por tanto, estratificado según sus valores.
¿Es esto, pues, una deshumanización con la máscara de su contrario? Si pensamos en cómo han sido impuestas ciertas nociones sobre el mundo mediante la violencia, no deberíamos tener muchas dudas. Y aquella “zona oscura” de la que Fanon habla, referida ya en la primera parte de esta serie, puede ser el territorio de indagación para constatarlo. En el libro "Piel negra, máscaras blancas" [2], Fanon menciona:
El negro no es un hombre. Hay una zona de no-ser, una región extraordinariamente estéril y árida, una rampa esencialmente despojada, de la que puede nacer un auténtico surgimiento.
Tal zona, desde mi perspectiva, no implicaría únicamente la recuperación de la subjetividad de oprimidos subalternizados, como si se tratara de agentes ajenos a una categorización de la que muchos hacemos parte –nuestra educación, nuestras creencias y valores–, ante aquella exterioridad de la que seríamos meros espectadores. Porque, si es que logramos discernir la cuestión de cómo hemos adquirido nuestros créditos en un sistema de valores dentro del cual hemos sido formados para operar, podremos atender aquello que se nos ha negado constantemente en semejante adaptación. Para que el sistema-mundo capitalista del que habla Wallerstein funcione –una estructura coordinada que operaría a nivel planetario desde el siglo XVI–, ha sido necesaria una compleja ingeniería cultural. Por ello, en esa zona del “no ser” puede encontrarse aquello para lo que no hemos sido formados: lo aparentemente imposible o inexistente. ¿Se requiere una "función" del arte, más allá de aquel sistema-mundo colonizado? Aquí una: operar en ese territorio, para hallar esos sentidos negados y vaciados de significado. Aquellos que pondrían en cuestión, por cierto, la colonización de nuestra percepción y entendimiento de lo vivo.
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Notas
[1] Lucía Aguerre, "Hermenéutica intercultural de la crítica clásica al vínculo colonialidad/universalidad," Hermenéutica intercultural: revista de filosofía, no. 34 (2020): 17–40.
[2] Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas. Madrid: Akal, 2009.
* Escritor y artista multidisciplinario, maestro en Artes Visuales por la UNAM y miembro del Consejo de Fomento y Desarrollo Cultural de la CDMX. Entre varios de sus títulos publicados están las novelas Tanuki y las ranas y Abandona Silicia, los poemarios Arx poética y Reven (Premio Navachiste 2012), o los ensayos No tocar, Poetas esclavos, máquinas soberanas o Periferias y mentiras. + info en: http://cesarcortesvega.com