<<vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver>>
A pesar de que esa misma cita está escrita en todos los rincones de su cuarto, nadie esperaba que el muchacho se la tomase de una manera tan literal, aunque nadie puede culparlo de que su cadáver yazca dentro de un ataúd, cerrado por petición de la madre.
La mujer se encuentra apartada, recibiendo el pésame de su familia, que lamenta lo ocurrido con falsas miradas de tristeza y preocupación vacía por la oveja negra del rebaño. Todos ellos van de tonos oscuramente claros, ninguna de las telas llega a ser realmente negra. Distingue los tonos tal y como le enseñó el propio muerto cuando empezó a estudiar teoría del color.
Por supuesto, él se mantiene en el centro de toda la sala, compartiendo el protagonismo con el féretro a su lado, el cual observa sin ser capaz de sentir nada. Quizás sea la pastilla que ha engullido antes de entrar, o el hecho de que su cerebro aún no asume que está junto al cadáver del chiquillo que se supone que debería ocupar su puesto algún día, vigilando su cadáver. En su imaginación, retorcida por el vago sentimiento de dolor que sigue acomodado en su esófago, la escena transcurre de otra manera.
El ataúd cerrado no es el de un muchacho, sino el de un anciano calvo y de piel manchada. “Spoiler: eres tú pa’” dice el chico, aún más alto de lo que el hombre fue, de ojos vivaces y de un tenue color océano, tan cálidos como un amanecer en pleno agosto. Se mofa de él durante un par de instantes antes de volver a convertirse en la imagen de un cincuentón reflejado en el cristal de una de las ventanas.
Apenas se da cuenta cuando su exmujer vuelve a su lado y apoya la mano en su hombro, ojos enrojecidos y acuosos, labios carmesí apagado. O de cuando un grupo de chavales se acerca a darles el pésame, todos con la mirada sombría.
“Lamentamos mucho su perdida, no podemos imaginar lo duro que debe estar siendo…”
Y deja de escuchar. Ya ha oído demasiadas veces esas palabras en un día, pero no puede culparlos, no son más que niños cumpliendo un rol que no les debería tocar.
Esa noche no duerme, ni la siguiente, ni la que le sigue a esa. Su cuerpo deja de funcionar al pasar delante de la puerta cerrada de la habitación. Tras unos minutos en los que nada ocurre extiende la mano y sujeta el pomo, con la mano temblorosa y un nudo amortiguado en la boca del estómago.
Solo le acompaña el silencio de la casa y las fotografías enmarcadas de la pared, eso y algún que otro cuadro carente de firma. Y en los últimos dos días ha descubierto que el silencio, definido en el diccionario como ausencia de sonido, resulta muy cacofónico cuando uno está solo con sus recuerdos.
El hombre que se había reflejado junto al ataúd tres días atrás susurra en su oído, con una sonrisa dibujada en los labios finos que no volverá a ver. “Abre, está vacía”.
Durante tres días ha ignorado ese pedazo de madera.
“Es hora de que entres, échale huevos”
La puerta rechina cuando la empuja. Dejando ver desorden, no un desorden caótico, sino uno normal en el muchacho: sobre la cama descansa una camiseta arrugada, la que usaba para entrenar, junto a ella duermen un par de calcetines, y junto a la cama relativamente hecha, el cargador del ordenador sigue enchufado y conectado al aparato, como si el muchacho esperase volver pronto y finalizar aquello en lo que estuviese trabajando. La mesa del escritorio es un desastre de tubos de pintura y papeles manchados con acrílicos, y al lado, un lienzo a medias.
El hombre aspira el aire concentrado del cuarto y se ahoga en él. Todo es demasiado, todo parece expectante al regreso de su dueño, las pinturas de la paleta ya están secas y el agua en la que se sumergen los pinceles tan oscura como el fondo del dibujo en el que trabajaba; las fotos y las citas que decoran el corcho de la pared cantan sin necesitar melodía, el calendario cuenta la historia de alguien que no esperaba cruzarse con la parca en un semáforo mal configurado.
Aferra la camiseta y se deja caer sobre el colchón. La pastilla dejó de hacer efecto horas atrás.
Decide ahogarse en la esencia del muchacho, observar el lienzo y dejar que todo salga de la jaula en la que estaba encerrado.
Tarda unos cinco minutos enteros en percatarse de que la luna a medias que descansa en el lienzo no es una luna, sino una cabeza, o el comienzo de una cabeza. El hombre, cubierto de ojeras, con dos cascadas afligidas recorriendo sus mejillas enrojecidas, se levanta, como un autómata, roza con los dedos la pintura blanca que destaca sobre el fondo oscuro, y distingue lo que parecen ser raíces de una cabellera nívea que podría confundirse fácilmente como el pelaje de un armiño.
En ese curioso trance que es el de la comprensión, decide comprobar si las lunas con las que su hijo se obsesionaba son como la que tiene delante. Rebusca entre sus lienzos y sus cuadernos de dibujo. Tres días atrás el muchacho lo habría echado de la habitación, avergonzado. Pero el chico no está allí, ni volverá a estarlo, así que el único que le riñe es el silencio que reina en la casa.
Tres de seis cuadros. Treinta y tres dibujos. Cerca de cien bocetos, con estos perdió la cuenta en algún punto de la madrugada.
No solo son dibujos, sino notas, post-it al pie de las páginas de un libro, una conversación escrita al lado de un libro de texto. Parece que a cada nuevo descubrimiento su hijo está a su lado, contándole una historia que no necesita palabras para narrarse.
Todas las conversaciones tienen una leyenda de colores. Su hijo siempre es el negro, el azul está firmado por una tal “D”, asume que es “una” y no “uno” por la letra.
Se da cuenta de lo obvio. No tiene ni idea de quién es D y que era para su hijo. Y eso le asusta. Un padre nunca puede llegar a conocer al completo la vida de sus hijos si estos no quieren.
Durante media hora se queda parado frente al caótico montón de hojas esparcido a sus pies, lleva un rato con dolor de cabeza y la pastilla de la mañana ha envuelto sus sentidos en una nube de algodón otra vez, por lo que ni siquiera se ha dado cuenta de que son las diez de la mañana del primer sábado tras el accidente. Ha pasado otra noche en vela, ignorando las llamadas de su exmujer y de su hermano, ojeando los dibujos de nuevo.
Se encuentra trazando las líneas de un boceto de anatomía cuando el teléfono vuelve a vibrar, le dedica una mirada de reojo malhumorada, ¿Cómo se atreven a interrumpirle otra vez? La rabia y la impotencia, acrecentadas por el efecto de la pastilla, se imponen ante la calma y coge el teléfono bruscamente, escupiendo un “¿¡Qué coño quieres!?”.
—¿Señor? ¿Es usted el padre de Jason? —Preguntan desde el otro lado. Es extraño, no ha escuchado el nombre de su hijo en seis días, pero no ha parado de pensar en él. El hombre musita un sí acuoso y ausente, asintiendo al mismo tiempo que repite el monosílabo en su cabeza. —Soy Daniel, un amigo de su hijo. Sé que no es un buen momento, pero me gustaría hablar con usted.
Dos horas después el hombre se encuentra en el parque en el que Jason hizo su primer dibujo “en serio”, a la sombra de un roble viejo. Las familias pasean por el mismo, disfrutando de una magnifica mañana de septiembre. Evita mirarlas directamente si tiene la opción. A los diez minutos de espera, un balón choca contra su cuádriceps y rebota en el suelo. Para su propia sorpresa, lo patea suavemente para devolvérselo al chiquillo, sin hacer contacto visual, por supuesto.
Los pasos delatan la llegada de Daniel, aunque tarda bastante en comprender que la persona que camina en su dirección es el supuesto amigo de su hijo.
Ojos grandes, color miel, nariz respingona y labios algo voluminosos. Pelo blanco, obviamente teñido por la sombra oscura que adorna sus raíces; delgado y de pecho y caderas torpemente ocultos bajo ropa ancha.
“D” le tiende la mano torpemente, con una sonrisa triste. Él la acepta.
—Soy Daniel —comienza, pero se detiene al ver la expresión del hombre —O Danielle, sí le resulta más cómodo.
—Daniel está bien.
—Gracias. Siento… —vuelve a comenzar, mordiéndose el labio. Lleva las manos a la mochila que carga en su espalda —Creo que querrá tener esto.
El muchacho coloca en sus manos un lienzo, pequeño, casi tan pequeño como el primer cuadro de su hijo, que casi tira a la basura por calcular mal las dimensiones de la imagen. En él, una pareja sonríe junto a un niño pequeño de cabello alborotado y sin el colmillo izquierdo.
Y por primera vez en días, el hombre deja escapar una sonrisa que no termina de estar completa, pero que es suficiente para contentar al autor del cuadro.
<<Carpe diem, pater, carpe diem>>