Chicos, dedicad un rato, si podéis, a leer estos textos del padre J.M. Olaizola, del libro La Pasión, contemplaciones de papel. Vale la pena parar un poquitín. Un abrazo a todos.
CAPÍTULO 14.
MAGDALENA no puede apartar la vista de Jesús. Clavado en la cruz. No quiere creer que esto sea verdad. Quiere que sea una pesadilla, un sueño irreal, un error. ¿Cómo puede estar ocurriendo esto? Delante de ella están María y Juan. También ellos tienen el horror pintado en sus rostros, y no hay palabras que sirvan de alivio para ninguno de ellos. Los minutos se hacen eternos. Negros nubarrones oscurecen el horizonte, y el clima está enrarecido. Hace un rato que nada se mueve. Los soldados, los condenados, la gente… Todo parece suspendido en el tiempo. Y durante esos instantes que se alargan, Magdalena repasa este día, esta jornada horrible que empezaba en Betania, en la casa de Lázaro… * * *
Unas voces entrecortadas la despiertan. Apenas ha dormido, presintiendo algo malo. Se levanta a toda prisa y sale al patio. Es Santiago, que entra sofocado. Con voz entrecortada por la fatiga y el esfuerzo, pues lleva varias horas corriendo, les cuenta que han detenido a Jesús. María, su madre, deja escapar un suspiro desolado. El discípulo no puede decirles mucho más. No sabe si han detenido a los otros o qué ha pasado. Sin necesidad de palabras, ellas se ponen en marcha. Lázaro hace ademán de detenerlas, aludiendo al peligro, pero la mirada de Magdalena le hace desistir. Que no le hablen a ella de miedo o de amenazas. ¿Acaso importa eso ahora? No pueden quedarse a esperar sin saber qué es de su amigo, de su hijo, de su maestro.
El camino hacia Jerusalén se hace duro, y, pese al frío de la madrugada, pronto van sofocadas. Son tres, Magdalena, María, la madre de Jesús, y una hermana de esta. No han comido nada desde la noche anterior, y a Magdalena le preocupa María, pero entiende que esta no pueda tomar ni un pedazo de torta. De hecho, ninguna de ellas se siente capaz de probar bocado.
Al llegar a la ciudad preguntan por Jesús. Dos vecinas ponen cara de no saber de quién están hablando, y un hombre al que inquieren después empieza a vociferar sin aclararles tampoco nada. Al fin, un muchacho les confirma que se lo han llevado al pretorio y les indica cómo llegar hasta allí. La noticia es un mazazo, pues solo puede significar que los sacerdotes buscan una condena a muerte. Al llegar a las puertas de la fortaleza romana, unos soldados impiden el acceso. Dicen que hay demasiada gente dentro, y ni las súplicas ni el argumento de que una de ellas es la madre del nazareno les conmueven. Esperan fuera. Hasta que un rumor empieza a propagarse: «Lo han condenado a muerte»; «crucifixión»; «ahora mismo»… María recibe el golpe con entereza, pero tiene que apoyarse en Magdalena, que no consigue encontrar sentido a nada de lo que está ocurriendo.
En ese momento aparece Juan. «Os estaba buscando», dice. «Juan, hijo, ¿qué ha pasado?», pregunta María. «Vinieron de noche, Judas lo vendió… y nosotros… huimos». Lo dice casi sin fuerzas, sin defensa ni justificación, bajando la voz al reconocer que le han abandonado. Sus ojos enrojecidos e hinchados hablan del infierno en que está sumido. Se mantiene a unos pasos, como avergonzado. María avanza hacia él y le acaricia el rostro en silencio con su mano arrugada. Magdalena, en cambio, desearía abofetearlo. Se siente incapaz de aceptar que los discípulos hayan dejado solo a Jesús. ¿Cómo han podido abandonarlo? Si se mantiene serena, es por respeto a María. «Tenemos que estar con él», es lo único que acierta a decir.
Así que esperan, entre la muchedumbre, hasta que le ven salir con un enorme madero sobre la espalda. Le siguen, le ven caer hasta tres veces, sin poder siquiera acercarse; tienen que escuchar las burlas de muchos y ver su agonía hasta llegar a la cruz a duras penas, ayudado por un campesino. Ven cómo lo desnudan y le tiran al suelo y le clavan en el madero. Le ven alzado… y no pueden hacer nada. Magdalena ve, desolada, cómo los mismos soldados que le ejecutan se rifan sus ropas. Uno de ellos le devuelve la mirada, y su frialdad es como una bofetada más.
* * *
Y aquí está ahora. Impotente. Incapaz de hacer nada. Mira hacia su amigo crucificado y no puede evitar estremecerse. «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Atenta hasta el último detalle a su maestro, las palabras que salen de sus labios se clavan en sus oídos. Jesús reza desde la desesperación, la angustia, la soledad. Él, que siempre les ha mostrado la cercanía y la confianza en Dios ¿y ahora ni siquiera Dios le consuela?… ¡Cuánto debe de estar sufriendo…! Magdalena eleva al cielo una mirada crispada, pero solo encuentra negrura, y se dice que hasta Dios calla hoy. Rompería a llorar, pero intenta evitarlo por todos los medios. Si María, la madre de Jesús, mantiene el tipo, no va a ser ella quien la cargue con más congoja de la que ya tienen. Llevan un rato largo esperando, retenidas por los soldados, que no permiten que nadie se acerque a la cruz. No puede apartar la mirada del rostro golpeado de Jesús, de esas facciones que le son tan familiares y ahora solo muestran agotamiento y dolor. Su cuerpo magullado está lleno de cortes y contusiones, y al ver así al amigo, al maestro, una sorda desesperación se apodera de ella.
Parece mentira que hace tan solo unos días toda la ciudad le acogiese con cantos de júbilo. Ya decía él que venían tiempos duros. Pero ¿esto? Nadie podía imaginarlo. Como tampoco nadie podía imaginar que sus amigos lo abandonarían, que echarían a correr sin mirar atrás, que lo dejarían solo… abandonado, abandonado, la palabra martillea en su mente. Al pensar en eso, Magdalena se exaspera, y su mirada se clava con dureza en Juan. ¿Cómo han podido permitir que lo detuvieran? ¿Por qué no siguieron con él? ¿Por qué no lucharon? Sus ojos se encuentran con los del discípulo, y por la expresión herida del hombre Magdalena sabe que lee en su rostro el reproche. Y aunque también se da cuenta de que él está a punto de romperse, se siente incapaz de mostrarse cercana. Juan hace ademán de decir algo, pero ella aparta la mirada y le deja con la palabra en la boca.
Y así continúan, presenciando la lenta agonía a distancia, porque no les permiten acercarse más, tratando de contener el dolor, intentando que les vea para que no se sienta tan solo, que sepa que están aquí con él, que no muera pensando que todos lo han abandonado. Contemplan con impotencia las chanzas de los soldados que se han repartido sus ropas y ahora se mofan de los crucificados. Es en ese momento cuando Jesús habla de nuevo para decir, con dolor pero con serenidad: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Lo dice con voz clara, haciendo un esfuerzo para que lo oigan, pero los soldados ni siquiera le están prestando atención en ese momento. Ella sí, y esas palabras se le clavan en el corazón. ¿Perdón? ¿Aun en este momento habla de perdón? ¿Cómo es posible? Ella quiere castigarles, gritarles, pagarles con la misma moneda… pero una vez más la palabra de Jesús lo vuelve todo del revés. ¿Perdón? Como el que le ofreció a ella una vez. Cuando otros la insultaban y la habían condenado, cuando todos la trataban como a una maldita, él les desafió, comprendió su dolor, acogió sus lágrimas y la alzó del suelo. Vuelve su mirada hacia Juan. Él también ha oído las palabras del maestro y a duras penas contiene el llanto. Magdalena comprende en ese momento que si el odio se equivoca, el amor también lo hace. Se acerca a Juan y pone una mano en su hombro. El joven se gira y la mira. Sus ojeras, los ojos enrojecidos, su expresión desvalida…: parece haber envejecido diez años en una noche. Parece que va a decir algo, pero ella le pone un dedo sobre la boca y luego le acaricia con dulzura, como hiciera María hace un rato. No hace falta hablar ahora. Después mira a los legionarios, pero a ellos se siente incapaz de perdonarlos, y vuelve sus ojos a Jesús, resistiendo las ganas de llorar.
Los minutos transcurren con lentitud. El grupo mira, impotente, cómo los tres crucificados van perdiendo las fuerzas y cómo el peso de sus cuerpos tira de ellos hacia abajo, dificultando su respiración. Jesús parece hablar con uno de los otros condenados, pero Magdalena no llega a entender lo que dicen. Un soldado les acerca una esponja con agua. La expresión de disgusto y las risotadas de los legionarios le hacen percatarse de que el líquido seguramente es algún brebaje asqueroso. Mira a María esperando que no se haya dado cuenta. No sabría decirlo.
El cielo se ha cubierto de nubes, y hace frío. Mucha gente está volviendo sobre sus pasos y regresa a la ciudad, saciada su sed de espectáculo y de sangre. Al disiparse el gentío, uno de los soldados les hace un gesto para que se acerquen. Al fin, un destello de humanidad en medio de este suplicio. Al aproximarse a la cruz parece que necesitaran sentir la cercanía de los demás, y caminan pegados unos a otros. María se apoya en Juan. Magdalena y la otra mujer los flanquean. Cuando llegan al pie de la cruz, Jesús al fin les ve. Su rostro muestra al tiempo dolor, alivio, pena… Magdalena no consigue contenerse por más tiempo y llora en silencio, tratando de sonreírle a través de las lágrimas, de darle un poco de aliento, de coraje, de fuerza. Juan se contiene para no abalanzarse y abrazarle las piernas, sabiendo que los soldados no permitirían esa cercanía. María le mira, y cuando sus ojos y los de su hijo se encuentran, una muda palabra de amor parece unirlos por un instante. Madre e hijo unidos en el padecimiento, en la agonía… Magdalena nunca ha visto una expresión de ternura como la que asoma en el rostro de María, como si la madre quisiera envolver al hijo en un manto de protección. Al fin, Jesús habla y, señalando con la cabeza a Juan, dice en voz muy baja: «Mujer, he ahí a tu hijo». El joven aprieta con más fuerza el hombro de la anciana, como queriendo preservarla de esta agonía. «Hijo, he ahí a tu madre». Ahora las palabras dan la vuelta, y es el muchacho el que mira a la mujer, como buscando en ella refugio y seguridad. Magdalena, viéndolos así a los dos, unidos en la debilidad y el dolor, experimenta una sensación de ligereza, una paradójica esperanza, pues comprende que, pase lo que pase, Jesús no les deja solos. Y el alivio da paso a la gratitud, porque el amigo sigue siendo para ellos luz, incluso en esta hora sombría. Pero la gratitud, cuando vuelve a mirar hacia él, se transforma en desgarro, porque ve su rostro crispado por el sufrimiento. «No, no, no…», musita en voz baja, conteniendo las ganas de gritar. No podemos perderte, piensa, incapaz de imaginar la vida sin él y con un nudo en la garganta.
El soldado que les dejara acercarse les empuja ahora para que se aparten un poco. Se resisten. Quieren estar junto a Jesús hasta el final. A estas alturas, no tienen ningún miedo y poco les importan las bravatas del legionario. Cuando el soldado insiste y amenaza con usar la fuerza, es el centurión que parece estar al mando el que le dice con tono áspero que les deje en paz. El soldado se aleja, huraño y molesto por la reprimenda. Magdalena mira de reojo al centurión. Este tiene los ojos fijos en María y se muestra conmovido por esa mujer, cuya mirada sigue clavada en el rostro de su hijo, como si quisiera sostenerlo hasta el final. Magdalena se dice que al menos a un romano le queda un poco de decencia.
Jesús mantiene, durante un rato más, la mirada de su madre. Después, con dificultad, alza los ojos al cielo y parece quedarse esperando, en un silencio interrumpido por su respiración, cada vez más difícil. Dos veces hace ademán de hablar, pero nada más que una tos entrecortada sale de su garganta. Sin embargo, la tercera vez habla con voz fuerte, que se quiebra en un sollozo al final. «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!». No parecía que el cuerpo de Jesús tuviese fuerza suficiente para este grito postrero. Sin embargo, es un último lamento, una plegaria definitiva, una oración y un acto de confianza con el que parece haber agotado sus fuerzas. Lanza un suspiro profundo, y su cabeza cae inerte. En ese momento, María cae de rodillas y Magdalena, al fin, rompe a llorar desconsolada. Juan las acoge a ambas en un abrazo protector, aunque él mismo, doblado por la tristeza, a duras penas consigue mantenerse en pie. Y el cielo se une al llanto cuando, al fin, estalla la tormenta.
Interludio. Cántico del Siervo
No abrió la boca, como un cordero era llevado al matadero. No protestó, no se defendió… Lo que no he robado, ¿lo tengo que devolver? No. Ese día la voz que se oyó fue la del pecado. Vociferante, arrogante, gritón, tratando de acallar la otra voz: la del amor, la de la justicia, la del Reino, la de la liberación, la de la bienaventuranza. El pecado, que disimula su miedo con la fuerza, su lodo con sangre ajena, su vaciedad con ruido, y su abuso con indignación… ¿Habéis oído? ¿Qué necesidad tenemos de testigos? ¿Habéis oído? ¿Habéis oído de verdad? Por supuesto que no. Solo habéis oído lo que queríais oír, lo que estabais esperando, sin entender nada. Ya tenéis vuestra excusa, ¿qué necesidad tenéis de testigos? Ya podéis acusarlo y quedaros tranquilos. Ya podéis sentiros justos mientras herís al justo. Es tiempo para el ruido de las armas, cuando lo único que se oye del inocente es su grito, y hasta este se atenúa… Lo sacaron fuera de la ciudad. Son tantas las voces del pecado que se dan cita en estos juicios del siervo que pueden formar un coro, una gran coral que provoque la sonrisa complacida del mal, extasiado con esta armonía perversa. ¡Crucifícalo!, se grita desde la docilidad, desde la sumisión a otros que piensan por todos y desde la indiferencia que pide carnaza. ¡Queremos a Barrabás!, y al violento y al fuerte, al bello y al que triunfa, al rico y al brillante, al que siempre cae de pie. Queremos a Barrabás, no al justo. Las barrabasadas son simpáticas ahora. ¡Si le liberas no eres amigo del César…!; en cambio, si le condenas, a pesar de que sabes que es inocente, a ti te irá mejor. ¿Y no se trata de eso? Que te vaya muy bonito. Que te vaya muy, muy bonito. Porque lo que importa eres tú. Tú. Tú. Tú. Tú. Yo. Yo. Tu seguridad la estás pagando con sangre ajena, pero lávate las manos y la memoria. Grita también el miedo: ¡Yo no lo conozco, nunca he estado con él!, adiós, mi amigo, no soy valiente como tú, ahora estás solo. Tal vez algún día reuniré las fuerzas, el coraje, para que me salga una voz distinta, discordante en este coro fúnebre. Pero hoy me vence el temor que deja lágrimas y culpa. Habla la mentira, aunque se enreda en su propia malicia, y no se ponían de acuerdo en sus acusaciones. ¿Y qué más da? ¿No está ya todo claro? Ya se sabe qué verdad interesa. El resto es pantomima. Habla la crueldad, que es fuerte con el débil y aduladora con el poderoso. Adivina quién te ha pegado, ja, ja, qué divertido, qué grotesco, qué gracioso, qué burlón… ¿No debería poder librarse si es quien dice ser? Es un fraude, proclama, ufana, la necedad. ¡Crucifícalo, crucifícalo!, pero bien lejos. Sácalo de nuestra vista, que aquí es incómodo. ¡No tenemos más rey que el César! Entonces, que hablen los golpes y los clavos.
Este griterío, esta algarabía inhumana ¿acalla acaso la voz que tendría que oírse…? En silencio atraviesa el mundo el sollozo desgarrado de Dios y de tantos hijos suyos… un silencio más estruendoso que el vocerío del mal, aunque ahora no lo parezca. Porque la Vida no es esto de hoy. Calla el amor. Calla la misericordia. Callan el bien y la justicia. Callan el Reino y la paz. Calla el hermano. Callan la caricia y el milagro, la ternura y la confianza. Calla Dios, tras revelarse. Yo soy. Amén.
Cuando contemplamos el desenlace de la Pasión nos golpean dimensiones de la vida que tienen que ver con la exigencia, el dolor y la entrega. Ya en capítulos anteriores hemos ido desglosando algunas de dichas dimensiones, como son las intemperies, las jaulas de oro, el sufrimiento o la fragilidad y sus lecciones. Por eso quisiera, en este momento, volver el foco hacia una realidad muy honda y que es la que sostiene toda esta historia. Se trata de la manera de amar de Dios.
La Pasión no es el itinerario macabro ideado por un Dios vengativo para castigar, en su Hijo, a la humanidad. Es, y quizá del modo más definitivo, la hora de la verdad y el escenario donde se despliega una historia de amor. Un amor radical, incondicional, primero. Un amor infinito pero libre, entregado pero no impuesto, eterno pero encarnado. Un amor asimétrico, porque se da sin exigir nada a cambio.
Decimos que Dios es Amor. Y así lo creemos. Todos tenemos la experiencia de las declaraciones de amor, de las palabras cargadas de afecto con las que queremos establecer vínculos firmes, profundos, ojalá indestructibles, con aquellos a quienes queremos. Dios habló de amor al mundo. Y su Palabra fue Jesús. Esa voz se encontró con otras muchas voces, muchas palabras distintas, un recital de palabras que hablan con distintas lógicas, incluso algunas veces tratando de silenciarlo.
Es esta última la hora de los contrastes. Entre quien habla con palabras de verdad y quien miente. Entre quien insulta y quien perdona. Entre quien ama y quien odia. Entre quien se burla y quien calla. Es esta la hora en que con más hondura va a asomar la palabra última de Dios, Jesús, en medio de la algazara de los que nada entienden. Jesús, amando hasta el extremo, es la palabra definitiva de Dios, que resuena con dolorosa desnudez desde el silencio de la cruz.
En el evangelio de Juan, lo último que dice Jesús en la cruz es:
«Todo está cumplido». Podríamos formularlo también como «todo está completo», o «terminado». ¿Qué es lo que se ha cumplido? Jesús ha culminado un itinerario único, hasta el final. Ha mostrado una puerta nueva, un camino diferente, otra lógica, que es la que nos aproxima a Dios y su proyecto para nosotros. Al mundo no lo salva una ley imposible. Nuestra libertad tiene un reverso difícil, que es la posibilidad de utilizarla mal y de generar espacios de muerte. La historia es una sucesión de pequeñas historias entrelazadas, y aunque hay en ella mucha grandeza, bondad y belleza, demasiado a menudo vemos también ambiciones, heridas, traiciones y sepulcros innecesarios. Nosotros, las personas, estamos llamados a vivir en plenitud y, sin embargo, terminamos viviendo a medias. Las historias atravesadas por el pecado son historias truncadas, y en ellas el amor es insuficiente. Pudiendo volar, vivimos encadenados. Pudiendo encontrarnos, vivimos solos. Pudiendo tender puentes, levantamos muros. Pudiendo comprendernos, demasiadas veces nos tememos.
El mundo estaba atravesado por esas heridas. Los vendedores de respuestas fallaron una y otra vez, convirtiendo sus discursos, propuestas y leyes en losas que, en lugar de liberar, terminaban aplastando a las personas. Muchas personas quisieron ser dioses, y en esa aspiración olvidaron que somos hijos, hermanos, y que nuestra autonomía no es omnipotencia.
Pero Dios no desistió. No es un Dios arbitrario que anule nuestra libertad. Tampoco un Dios vengativo que responda a la limitación con castigo. Lo que Dios vino a mostrar en Jesús es que otra humanidad es posible. Que las personas podemos vivir con otra lógica, mirar el mundo y a las personas con otros ojos, y que, precisamente porque hemos sigo creados a su imagen, somos capaces de elevarnos sobre toda esa fragilidad y vivir abiertos a Dios, al prójimo y a una grandeza diferente en cada uno de nosotros.
Jesús es la respuesta. El que vive abierto de una manera radical, definitiva e incondicional a Dios. El que comprende, en su entraña, que la esencia de la vida es amar e ir construyendo un mundo donde la creación continúe su marcha. El camino para avanzar hacia una humanidad más madura, más consciente de la dignidad de sus gentes, reconciliada con la naturaleza y abierta al mismo Dios que alienta en su entraña. El que nos muestra que esa plenitud es la voluntad de Dios.
¿Cuál es el camino que nos abre Jesús? El amor radical, definitivo, incondicional. Un amor que pone su raíz en Dios. Un amor que late con especial urgencia ante los más rotos. Que celebra, que cree, que perdona y que proclama la bienaventuranza, la justicia y la paz. Que no se rinde ante el egoísmo, el odio o la violencia. Esto es lo que Jesús, de una manera única, comprende y expresa. Él nos muestra el rostro más humano de Dios y la esencia más divina del ser humano.
Su prueba, su encrucijada, su misión, es mostrar que esto es posible. No dar marcha atrás. Amar hasta el final y confiar en que la muerte no tenga la última palabra. Eso es lo que hace Jesús en su vida. Esa es la encrucijada que, en esta última hora, afronta.
Las palabras de Jesús en la cruz son, en el fondo, un último canto de amor. Somos testigos, en estos momentos finales, de gestos y palabras que expresan su verdad radical con la desnudez de quien no tiene nada que ganar ni perder, de quien sabe que llega su hora y puede prescindir de adornos. Y esa verdad es, en Jesús, el amor a amigos y enemigos. A quienes aún le acompañan al pie de la cruz y a quienes lo ejecutan sin clemencia. Un amor que le lleva a perdonar a los que ni tan siquiera son conscientes de lo que están haciéndole. El amor que le hace volverse al hombre que, a su lado, necesita una palabra de esperanza. El amor que, lejos de toda posesión o victimismo, sigue tendiendo lazos entre los que quedan detrás, madre y amigo, y en ellos tantos otros que buscamos aliviar la soledad. El amor que busca su fuente última en Dios, y por eso llama, pregunta, grita y expresa necesidad…, porque el amor no es todopoderoso, sino pobre. El amor que se da hasta el final, que se derrama hasta la última gota, hasta el último aliento, hasta que no queda nada más por dar, cuando ya todo se ha cumplido.
No son palabras vacías ni dichas por decir. Con las palabras podemos jugar, podemos engañar, entretener y construir mundos ficticios. Podemos mentir o crear cortinas de humo. Pero también podemos poner en ellas el corazón y la vida y convertirlas en puente hacia otros. Hay palabras que se clavan como puñales en la entraña, palabras que enmascaran la verdad; pero hay también otras palabras que desvelan, que revelan, que descubren y dan sentido. «¿Me das tu palabra?», preguntamos a alguien. Y el aludido sabe que empeñar la propia palabra es poner la propia verdad en juego. Quizás hoy seamos más escépticos, pero la expresión «empeñar la palabra» es muy expresiva y, tomada en serio, significa mucho. Cuando esas palabras son de amor, la diferencia entre que sean sinceras o falsas es abismal.
Pues bien, Jesús es la Palabra, el Verbo más explícito de Dios. Dios otorga su palabra a la humanidad, al mundo y a la historia. No está escrita en una piedra o en una ley, sino encarnada en Jesús, que refleja la verdad más honda de Dios y del ser humano a un tiempo. Y esa palabra encuentra su púlpito definitivo en este itinerario de la Pasión. En la cruz, Jesús no habla de venganza o de castigo, no hay reproche ni exigencia, no hay furia ni condena. Hay cansancio, el que queda tras darlo todo. Hay dolor, el de quien ha salido a la intemperie para acompañar y compartir la vida y el destino de los más heridos. Hay pasión, la pasión de quien sigue aspirando a lo mejor y deseando que lo que quede detrás esté lleno de posibilidades: la reconciliación, el cuidado recíproco, la esperanza. Hay promesa. La promesa de algo mejor, de una victoria última, de un mañana que se impondrá a la noche más oscura. Y hay, también, silencio.
Hay un momento para contemplar. Para tratar de entender lo que vemos, porque de alguna manera nos desborda. Este Jesús crucificado muestra un extraño abrazo final. A veces decimos que Jesús abraza la cruz…, pero creo que es una imagen mucho mejor la de que en la cruz de Jesús está Dios abrazando a cada ser humano en sus heridas, en su fatiga, en su dolor, en sus anhelos y miedos, en sus fracasos, en sus caídas. Dios está abrazando, y ese abrazo es incluso el perdón a sus propios verdugos, la palabra de ternura al que agoniza a su lado, y el
mensaje de encuentro a María y a Juan, presentes al pie de la cruz…
En ese abrazo confluyen tantos otros gestos… Del buen samaritano que recoge al hombre herido en el camino; del padre del hijo pródigo, recibiéndolo en casa con alegría y dispuesto a darle las oportunidades que hagan falta; de cada caricia y cada gesto con los que Jesús ha ido sanando a leprosos, ciegos y paralíticos; de la viuda pobre dando lo poco que tiene, pensando en otros más pobres aún que ella; de la mujer que con sus cabellos enjuaga los pies de Jesús; del propio Jesús lavando con sus manos los pies de sus discípulos. Gestos, roces, abrazos… Un único abrazo para levantarnos cada vez que caigamos. Un único abrazo, hasta que los brazos duelan de tanto darse. Un único abrazo que también nosotros podemos dar una y otra vez para transformar el mundo, hasta que un día, con la confianza última de quien no tiene nada que perder, podamos exclamar, a su manera: «Todo está cumplido».
Crucificadas las esperanzas de quien se atrevió a adentrarse en la entraña de la vida. Los sueños de paz.
La verdad, crucificada en nombre de lo conveniente.
Crucificado el amor que no supimos entender. Cruces, cruces en las veredas de la historia, en los pozos del desconsuelo. Cruces, y gritos que rasgan el cielo sin encontrar más eco que el silencio.
No desesperemos, pese a todo,
contra viento y marea, contra pecado y orgullo, contra egoísmo y cerrazón.
Dios abraza la cruz para derribarla,
la callada no es su respuesta;
y la vida espera, pujante,
para vaciar
los sepulcros de una vez por todas.
CAPÍTULO 1.
TRES hombres caminan con paso ligero por las angostas callejas de Jerusalén. Se detienen para preguntar por una dirección. Una mujer les indica hacia dónde deben seguir para llegar a la casa que buscan. La ciudad está abarrotada de gente que ha venido para celebrar la Pascua, y todo el mundo parece tener prisa por acabar la jornada. El día ha sido caluroso, y en las calles se cruzan, en abigarrada mezcla, personas y animales que levantan nubes de polvo que hace que les arda la garganta.
Pedro está de buen humor. Tanto que, aunque no se llevan especialmente bien y en ocasiones se miran con recelo, hoy bromea con Santiago mientras se dirigen al punto de encuentro. Le satisface ver que también el otro parece disfrutar de las chanzas. No está mal, para variar. Las últimas semanas están siendo difíciles, y parece haberse instalado entre todos un clima sombrío que demasiado a menudo sume al grupo en algo parecido a la congoja. En ocasiones se descubre pensando con nostalgia en los primeros días de camino con Jesús, cuando lo habitual era recibir parabienes de aquellos a los que el Galileo curaba o ayudaba. Luego todo se empezó a torcer. Llegaban rumores de una conspiración para acabar con Jesús. Día sí y día también, se repetían las noticias inquietantes; los roces entre ellos se convirtieron en motivo de conflicto; y desde hace meses, las susceptibilidades están a flor de piel. Mira de refilón a Judas, que camina sumido en sus propios pensamientos, un poco ajeno a ellos dos.
«¡Basta de tristezas! Hoy no va a ser así», se dice Pedro, mientras sacude la cabeza, determinado a no permitir que nada ni nadie le quite el entusiasmo con que se prepara para celebrar la Pascua.
Después de jornadas de andar de un lado para otro, de dormir a la intemperie, de comer en el camino o en las casas de anfitriones desconocidos, donde siempre parece que todo es solemne o especial, no está mal, para variar, celebrar juntos una comida bajo techo. Cuando Jesús dio instrucciones para preparar la cena en un local de Jerusalén, el júbilo fue general. Todos parecen contentos de poder compartir esa noche. Por hoy no hay que pensar en las autoridades judías, en los conflictos en que se ven envueltos ni en las disputas de los últimos tiempos entre ellos.
Reconocen la casa por las indicaciones recibidas. En la entrada hay una mujer robusta, probablemente la dueña, que nada más verles apunta a la escalera exterior por la que se sube a la segunda planta. Siguen su indicación, para descubrir, al entrar en la habitación, que los demás han llegado. El ambiente general es de excitación y júbilo. Hay risas, movimiento y conversaciones entrecruzadas. La primera mirada de Pedro busca a Jesús, con una mezcla de instinto posesivo y necesidad. Espera que sus ojos se crucen con los del maestro; y cuando lo hacen y Jesús levanta las cejas y le sonríe en un gesto de bienvenida, se queda tranquilo. A veces se siente como si fuera un niño que necesitara la aprobación del otro; y aunque no le gusta, no puede evitarlo. Siente verdadera devoción por Jesús. Le admira desde que le llamó, hace ya tres años, y está seguro de que daría la vida por él.
Se suma a la conversación de Felipe y Natanael, que le reciben con júbilo. De la planta baja suben aromas que le hacen salivar, anticipando el banquete. Huele bien. A carne, pan y especias. La vista se le va hacia los muchachos que preparan las mesas, y advierte que todo está dispuesto para la cena. Al olor del cordero su estómago hambriento protesta, y bajando la voz se lleva una mano a la panza diciéndoles a los otros que hoy no va a dejar restos. De vez en cuando, ve que algún otro, además de él, lanza miradas inquisitivas a Jesús, como esperando que tome la iniciativa de acercarse a la mesa para dar comienzo a la cena. El maestro parece tranquilo, pero Pedro, que le conoce bien, cree adivinar en su semblante indicios de tensión. Sin embargo, por una vez prefiere ser prudente y no preguntar si ocurre algo. Después de todo, ¿para qué estropear el momento?
Jesús, al fin, se mueve. Le siguen y se disponen todos alrededor de la mesa; pero en lugar de comenzar con las bendiciones rituales, el maestro se levanta de nuevo y se dirige a una esquina, ante la mirada intrigada del resto. En el suelo hay un lebrillo de barro y una jarra con agua, preparada para las purificaciones rituales. Los ojos de Pedro se cruzan con los de Juan, que hace una mueca de perplejidad y tampoco parece saber qué quiere hacer el maestro. Cuando se quita la túnica, agarra la jarra y una toalla y se vuelve a ellos, se quedan todos inmóviles, sin saber qué se espera de ellos. ¿Qué hace el maestro como si fuera un criado? ¿Piensa lavarles las manos? Andrés, que es el que está más cerca, le pregunta con un hilillo de voz, como si le asustase hablar de más. Aunque da igual el volumen, pues la conversación entre ambos es perfectamente audible en medio del silencio. Quiere lavarles los pies. Empiezan a objetar todos al tiempo, pero el maestro acalla su protesta con una mirada cortante. Andrés, vacilante, abandona su sitio en la mesa, se sienta en un banquillo y deja que Jesús vierta agua sobre sus pies polvorientos, con expresión de embarazo y evitando mirar a los otros.
Pedro, descolocado, intenta entender de qué va todo aquello. Nervioso, espera que algún otro intervenga. No le gusta ver así al maestro, actuando como un sirviente. Jesús lava los pies del discípulo con mimo. En la sala solo se oye el hilillo de agua que sale de la jarra y cae en el lebrillo, y a lo lejos los ruidos de Jerusalén, que se prepara para la noche. El maestro seca los pies de Andrés con delicadeza, y este se levanta y vuelve a su puesto, reclinándose en uno de los bancos dispuestos alrededor de la mesa. Tras un momento de vacilación, es Leví quien ocupa el lugar del otro. Su rostro brilla con una mezcla de timidez y emoción. Él, el recaudador, el que un día se levantó de su puesto de cobrador de impuestos para seguir a Jesús, se muestra entre abrumado y conmovido por este gesto que conjuga la ternura y la humildad.
El improvisado ritual prosigue, en medio del silencio del grupo: Santiago, Felipe, Bartolomé… Cuando le llega el turno a Judas, es evidente para todos la incomodidad del Iscariote. Aún está reciente el último enfrentamiento en Betania, cuando Judas prorrumpió en gritos indignado por el despilfarro de María al lavar los pies al maestro con un frasco de perfume. ¿Será este gesto de Jesús una forma extraña de responder al más díscolo de sus discípulos?
Pedro no termina de entenderlo y, a medida que se acerca su turno, se va sintiendo entre nervioso y enfadado. ¿Es que con Jesús nada puede ser normal?, refunfuña para sí. De golpe se le ha pasado el hambre y el buen humor. Así que cuando Jesús le mira, esperando que se siente en el banquillo, se dice que tiene que hacer algo. Por la cabeza se le pasa también la idea de que esta es para él la oportunidad de marcar diferencias con los otros, que han reaccionado con docilidad dejando que Jesús se comporte como una criada, y eso le lleva a reafirmarse en su objeción.
Permanece de pie. «Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?» La pregunta es retadora, y todos, que le conocen bien, saben que es su manera de negarse. «Lo que yo hago no lo entiendes ahora, lo entenderás más tarde», responde Jesús mirándolo con calma. Pedro no consigue controlar su irritación. Se enfurece por ese lenguaje que no comprende, y replica con terquedad: «No me lavarás los pies jamás». Los otros les miran con estupor. Pedro, grande y erguido, plantándole cara a Jesús, que, aún inclinado en el suelo, le mira con seriedad. Entonces el maestro deja la jarra, se alza despacio y queda frente al discípulo. «Si no te lavo, no tienes que ver conmigo». Lo dice con una mezcla de pesadumbre y firmeza.
Pedro palidece. Una vez más, siente que se ha equivocado. ¿Nada que ver con él? ¡Si no entiende su vida de otro modo, si es su amigo, su maestro, su guía…! En un instante se le quiebra la voz y aflora en su rostro una angustia que contrasta con el desafío del momento anterior. No le importa rectificar, reconocer que se equivoca –aunque sigue sin entender nada–: «Señor, no solo los pies, sino las manos y la cabeza», balbucea, al tiempo que extiende hacia el otro las manos y empieza a agacharse. Jesús le detiene poniendo la mano en su hombro. «No es cuestión de bañarte, ¿no ves que ya estáis limpios?» Pedro no sabe qué pensar. Pero Jesús concluye su frase con una afirmación brutal «…aunque no todos». Pedro se muerde un labio. ¿Quién no está limpio? ¿Qué está diciendo Jesús? Los discípulos se miran, confusos.
Pedro, abrumado, se sienta en el taburete y deja que Jesús le lave los pies. Con delicadeza, con mimo, con ternura. Sentir la mano del amigo limpiándole el polvo le reconforta, pese a lo extraño de la escena. Aún se siente mal y aún resuenan en su cabeza las palabras de Jesús –«… no tienes parte conmigo»–, y tiembla. Sin embargo, al ver al maestro reclinado a sus pies, un destello de comprensión quiere abrirse paso. Otras memorias, palabras sobre el servicio pronunciadas en otros momentos, quieren emerger. Pero las ideas se van, y cuando Jesús termina de secarle los pies, Pedro se apresura a volver a su sitio. Los otros evitan mirarlo.
El sorprendente ritual continúa hasta que el último de los doce está sentado de nuevo. Al fin, Jesús se levanta, se pone el manto, vuelve a la mesa y se reclina en su puesto. Pedro mira hacia abajo, apesadumbrado. Se le han quitado las ganas de cena, de fiesta y de ruido; y los otros, aunque no parecen tan incómodos como él, aún guardan silencio. Es Jesús el que habla primero. «¿Entendéis lo que os he hecho?» Sus ojos se clavan en Pedro. Este alza la vista y le sostiene la mirada, y al no ver en los ojos del amigo reproche ni enfado, se tranquiliza. Jesús continúa entonces: «Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo hago».
Pedro entiende. De golpe. Como le ocurre siempre. Pasa de la cerrazón a la apertura en un instante. Ahora sí se acuerda de las palabras pronunciadas en otra ocasión: «Los jefes deben servir». O de las diatribas contra los que buscan los puestos de honor en los banquetes. El enfado se disipa, y como le ocurre en los instantes en que se asoma al mundo de su maestro, el júbilo le invade al imaginar lo que sería vivir a su manera: un mundo donde los poderosos no hiciesen de su fortaleza un arma para someter a los débiles o un pedestal desde el que mirar por encima del hombro a los pequeños. Con la misma convicción con que hace unos minutos rehusaba ser servido por el maestro, ahora se imagina a sí mismo inclinado a los pies de otros, de otros más sencillos, más pequeños, más pobres, más enfermos…, y le entusiasma la idea. Esto es lo que le ocurre con Jesús una y otra vez: que le descoloca, le da la vuelta a sus percepciones, le zarandea y, sin saber muy bien cómo, al final termina abriéndole los ojos y llenándole el corazón.
Vuelve a sonreír, mientras Jesús continúa hablando, y Pedro cree advertir un guiño imperceptible en los ojos del maestro dirigido solo a él. «¡Qué granuja…!», piensa con cariño. Y se repantiga en su asiento, sintiendo de nuevo el corazón ligero. Cuando, al fin comienza, a llegar la comida y a servirse el vino, se siente exultante.
La escena del lavatorio es un profundo pórtico para la Pasión. Jesús, con la toalla ceñida a la cintura, postrado para lavar los pies a sus discípulos. Y Pedro, incapaz de comprenderlo, plantando cara. Creo que es fácil ponerse en el lugar de Pedro e intuir que muchos de nosotros, enfrentados a la misma tesitura, nos encontraríamos igualmente incómodos. Es difícil la lógica del servicio –en sus dos vertientes: servir, y dejarse servir. Pero lo más radical del lavatorio es la manera en que una vez más, y ya son varias a lo largo de los evangelios, Jesús vincula servicio y poder. Se trata de una asociación sorprendente.
¿Nos parece que hay contraste entre el Dios
Todopoderoso y el Hijo postrado a los pies de sus discípulos?
Probablemente, sí. Y quizá sea porque, cuando pensamos en el Todopoderoso nos imaginamos a un Dios enorme, tremendo, en algún cielo desde el que determina todo lo que ocurre. Lo interesante es que no hay tal contraste, sino una concreción: el poder se ejerce en el amor que sirve. El Todopoderoso se muestra en todo su esplendor postrado, con la toalla en las manos, secando con delicadeza los pies de los suyos y diciendo: «Haced vosotros lo mismo».
Estaría bien una sociedad en la que el poder fuera, de verdad, utilizado para el bien de los otros. Especialmente de los otros más frágiles, más vulnerables y heridos. Al hacer esta afirmación, inmediatamente podemos pensar en los poderosos, hombres y mujeres que ocupan puestos de responsabilidad, que tienen en las puertas de sus despachos placas con su nombre grabado y que son atendidos con deferencia allá donde se encuentran. Podemos pensar en listados como los que saca la revista «Forbes», año tras año, mostrando quién es más influyente, más rico o más popular. Pero también es importante reconocer que el poder es más accesible, más sutil y más presente. Que todos y cada uno de nosotros somos poderosos y a menudo tenemos muchos más recursos y capacidades de los que pensamos.
Hay muchas fuentes de poder en la sociedad contemporánea que se combinan de diversas formas: el dinero, la educación, la fuerza, las posiciones de autoridad, la salud, la información, la belleza, el talento, la fama, el afecto… Lo interesante es que estas fuentes de poder están al alcance de muchos de nosotros. Evidentemente, no es lo mismo la fortuna de Bill Gates que los recursos de un ciudadano de clase media; pero en ambos casos, sobre todo cuando lo ponemos en perspectiva (por ejemplo, comparándolo con la situación de quien nada tiene), hay más capacidades de las que a veces imaginamos.
El poder del dinero es abrir puertas. Es garantizar comodidad, estabilidad, bienestar y la seguridad de todo aquello que se puede pagar. Cuanto más solvente eres, más privilegios se te ofrecen. Hay tarjetas de crédito que te hacen automáticamente merecedor de privilegios y ventajas.
También la educación da poder. A veces, en ciertos contextos olvidamos que algo tan básico como saber leer o escribir marca una diferencia radical en nuestro mundo. Más allá de la educación primaria, el tener acceso a la cultura, el tener determinada formación profesional o estudios universitarios… capacita a las personas, y decir que las hace capaces es decir que las hace poderosas.
Hay quien pone el poder en la fuerza física. Como hoy en día hay formas de resolución de conflictos que evitan que las polémicas se zanjen a golpes, ese tipo de fortaleza no tiene tanto peso como en otras épocas. Pero sigue siendo, en según qué contextos, instrumento de dominio y sumisión.
Las posiciones de autoridad dan poder. Esto es algo muy vinculado a las profesiones o a determinados roles públicos. Cualquiera que tiene un puesto que implica la capacidad de responder –o no responder– a otros de una u otra forma, se descubre «dueño de su parcela». A veces son parcelas raquíticas, pero permiten a las personas pequeños actos de reafirmación de su autoridad. Esto sirve tanto para el bedel de un instituto como para el director de un banco, para la jefa de ventas de una empresa o para el sacristán de una Iglesia. A veces, el que tiene la única llave que abre una puerta se convierte en celoso defensor de su puesto.
La salud es algo que no siempre se aprecia en todo su esplendor. Quizás cuando falta –a uno mismo o a los tuyos– entiendes la libertad que da, la capacidad de movimiento que permite y, por contraste, encuentras que carecer de ella limita tu autonomía, tus posibilidades, tu iniciativa. Estar sano es una forma muy real y concreta de ser poderoso.
La información es poder. Si hoy es un lugar común el hablar de la prensa como el cuarto poder, también en los ámbitos más cotidianos el control de información es una herramienta útil. Porque ayuda a tomar decisiones con mayor o menor riesgo. Permite actuar con conocimiento de causa. Cuantos más datos tenemos, tanto más posible es acertar a la hora de interpretar mil situaciones cotidianas en las que nos vemos envueltos. Pensemos en la importancia de la información en ámbitos que van desde lo laboral hasta lo relacional.
En la cultura de la imagen es un lugar común insistir en el valor de la belleza. No es nuevo. Ya Dorian Grey, el personaje de Oscar Wilde, hacía de su belleza un arma de seducción que le permitía manejar a los otros a su antojo. Se insiste en la situación privilegiada de las personas atractivas en multitud de circunstancias, y es cierto que la persona atractiva, si sabe jugar sus cartas, puede manejar el juego de la seducción, que permite muchas ventajas hoy en día. Muy unido a esto está el poder de la juventud, tan mitificada, envidiada y deseada.
También el talento es fuente de poder. Quizás hoy parece que no triunfan los más capaces, sino los más procaces, los más mediáticos o los que participan en reality shows. Pero en realidad, en lo cotidiano, la habilidad es una herramienta en manos de quien la tiene. Hay quien sabe hablar en público, quien sabe escribir, el intuitivo, el «manitas», el inteligente… Y todo esto da fuerza.
La fama da poder. Independientemente de cómo se haya llegado a ella. Es curioso el tirón de los personajes famosos para movilizar al personal. Por eso recurre a ellos la publicidad. Por eso se les ficha para campañas de todo tipo. La fama da visibilidad, y eso también te hace poderoso.
Y dejo para el final de esta enumeración el afecto, porque es una de las fuentes más profundas de poder, aunque lo sea en las distancias cortas. Los sentimientos son poderosos en la vida. Y el afecto o, por decirlo con más contundencia, el amor da poder porque da motivos. Hay que ver las cosas que la gente puede estar dispuesta a hacer, a arriesgar y a poner en juego por aquellos a quienes ama. El amor es aliciente, es estímulo, es impulso. A esto hay que añadir que las relaciones no siempre son simétricas, sino más bien al contrario: casi siempre son asimétricas. Da igual si hablamos de relaciones de pareja, de amistad, de vínculos familiares…: hay quien pone más, da más, se implica más, y quien, en el otro extremo, pone menos, quiere menos… Pues bien, normalmente, y aunque suene terrible, el que es querido tiene mucho poder. Porque el afecto, a menudo, te implica de tal manera que te hace vulnerable, te hace necesitar al otro, y esto supone darle poder en tu vida. Eso no es bueno ni malo; es humano. La alternativa –no necesitar a nadie para que nadie tenga poder sobre uno– quizá sea cómoda, pero es también fría. Ahora bien, esa asimetría da mucho poder a quien es querido. El reto es emplear este poder que nace del amor con especial delicadeza, pues normalmente toca a la gente en su entraña.
Es fascinante lo que puede conseguir una persona, un grupo, un pueblo. Hay figuras que son paradigmáticas, que con su determinación y su coraje son capaces de transformar el mundo. Pensemos por un momento en una monja albanesa que, sin recurso alguno, se adentra en los slums de Calcuta dejando atrás las seguridades del convento en que había vivido hasta entonces. Su determinación para ponerse al servicio de los más pobres de aquella sociedad hizo que muchos otros abrieran los ojos, las manos y el corazón, y hoy la obra de la madre Teresa se extiende por todo el mundo como un verdadero canto a la compasión humana.
Pensemos en Aung San Suu Kyi, convertida en símbolo de la resistencia frente a una dictadura militar atroz en Birmania. Aprovechó su poder, su educación en Inglaterra, sus lazos familiares y el seguimiento de los medios para plantar cara a quienes ejercían el poder de la violencia y las armas.
Recordemos a aquel muchacho que hizo que un tanque se detuviera en Tiananmen, hace veinte años, plantándose enfrente. Y pensemos también en el soldado que, dentro del tanque, se negó a pasarle por encima, aunque probablemente sus superiores le instarían a que lo hiciera. Sospecho que ambos acabarían en alguna prisión china, vapuleados por su ejercicio de la libertad.
Ahí está el reto que se nos plantea hoy a cada uno de nosotros: poner nuestras capacidades, nuestra valía, nuestros recursos en juego, al servicio de algo. ¿De qué? Si hacemos caso al evangelio, de los bienaventurados, de los sencillos, de los pobres, de los hombres y mujeres que encontramos en la vida y que pueden necesitarnos. Al servicio del prójimo, tratando de que su vida sea más plena. En lo concreto de cada día. Imagina un mundo en el que todos viviéramos así. En el que, de verdad, los educadores quisieran lo mejor para los estudiantes, los médicos para los pacientes. Un mundo en el que las gentes de Iglesia pensásemos, en todo momento, en el bien de aquellos con quienes se cruza nuestra vida. Un mundo en el que todos los políticos pensasen de veras en el bien de los ciudadanos y no en sus pequeñas o grandes ambiciones. En el que las relaciones familiares se construyeran sobre el amor generoso, antes que sobre el egoísmo. Probablemente sería un mundo mejor. Seguiría siendo un mundo imperfecto, frágil y complicado como es el nuestro, porque así somos las personas; pero, con todo, sería un mundo mejor.
Me descolocaba tu justicia extraña, esa forma de medir que olvidaba las horas trabajadas. Me enfadaba con los que hicieron menos, creyeron menos, sacrificaron menos, y me indignaba contigo, que parecías no ver nada.
Intentaba negociar mejor paga, algún reconocimiento,
una que otra medalla. Me dolía lo injusto de tu salario.
Me extrañaba lo ilógico de tus premios Me mordía –reivindicación y envidia– la suerte de los jornaleros de la última hora. Hasta el día en que yo fui el último,
el más zoquete,
el más frágil, el más malo, el más amado
… y empecé a entender.