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Estaba leyendo a Noam Chomsky y a Ignacio Ramonet para apertrecharme de sus formidables conocimientos sobre los medios de comunicación antes de escribir estas páginas sobre la muestra Joyas robadas de José Toirac. En eso, quedo interrumpida este domingo por las emociones de la copa mundial de fútbol, por el triunfo de toda Latinoamérica con Argentina, y leo en la web un artículo del periodista Diego Latorre sobre la final de anoche en Qatar.
Déjenme ante todo explicar que no me es fácil seguir a Toirac. He escrito varios ensayos sobre su obra y su talento me sobrecoge. Pero además es maldito y sabichoso el guantanamero. Ya me está enviado recomendaciones de lecturas (bibliografía auxiliar) para que pueda cumplir mi intento de comentar su obra. Pero, por fortuna, leí ese curioso artículo sobre el juego entre Francia y Argentina y, al igual que el segundo tiempo del colosal partido, las cosas cambiaron para mí.
El periodismo deportivo en Cuba es muy bueno. Muchas veces salto del noticiero cultural al noticiero deportivo, pues se emiten a similares horas de la tarde, porque aprendo mucho con los colegas del deporte. Pero este autor que les digo, desconocido para mí, de otro país, hablando de un deporte que no sigo, ni al que soy si quiera fan, me dio lecciones extraordinarias.
Dijo algo así como que tenía que salir del marco de la emoción para escribir el artículo, pero que se resistía a hacerlo. Eso me pasa con Joyas robadas de Toirac. Estoy todavía en medio del juego, admirada, y necesito escapar a ese aturdimiento.
Luego dice el comentarista que hay juegos que se producen por goles y otros por su desarrollo interno. Aquí también le viene de perillas: Joyas robadas es un verdadero triunfo por goleada.
Y lo otro sabio del reportero es explicar que la personalidad (en el fútbol, claro) es un rasgo superador. Y la de Toirac se ajusta como guante de portero.
De modo que voy a dejar de lado todo lo que intentara estudiar sobre los medios de comunicación, voy a sacudirme la admiración que me provoca la obra del artista y voy a escribir a puro instinto, como en una final de fútbol, aunque me salga espuma, como escribió Vallejo que le pasaba.
José Toirac está viviendo un verdadero desborde creativo, una especie de apogeo artístico con muchísimo vigor y renovado impulso. No pasan aún dos años desde que trabajamos juntos en la muestra del Museo Nacional Ars Longa, donde exhibimos su serie Tiempos nuevos, y ya en ese momento obras suyas se exhibían paralelamente en tres ciudades diferentes. A escasos meses vuelve con estas Joyas robadas.
Y la primera impresión que se tiene entrando en la actual muestra de La Acacia es de satisfacción, de amplitud de miras, de gozo casi. Una sensación, si se quiere, poco común en artes visuales. Tal vez el artista haya dado salida a ideas y proyectos que estuvieran en su mente durante mucho tiempo, y ahora comenzara a fluir una ráfaga más vehemente y actualizada de su pensamiento, como una especie de liberación que permite atisbar nuevos escenarios.
No es en absoluto un desentendimiento de sus líneas temáticas cardinales, pero se le ve ahora tratarlas con una desenvoltura contagiosa. Empezando por la caricatura de Eduardo Abela, que tanta empatía le suscita, y que lo empuja a continuar robando autorías intelectuales de las que se siente deudor.
Por ahí comienza el sentimiento de gozo: por el homenaje, por la ofrenda al alter ego que encuentra en El Bobo, en sus textos de frases concisas e inigualable línea dibujística, que lo impulsan a transformarlo de técnica en técnica, de copia en copia, hasta hacerlo realmente suyo, adjudicándole su propia firma. Y ahí están los Abela-Toirac, los Toirac-Abela, hermanados en hablarle al presente desde el filo de la conciencia.
Luego le llega a Toirac el momento de aplicar la mirada de El Bobo a su presente personal: el universo de las redes sociales en la WWW. Entonces tiene que vérselas de frente con esa complejísima y perenne ambivalencia que cada nueva tecnología ha provocado históricamente en la conducta de los seres humanos. Lo cual es una mirada que extiende de alguna manera el indiscutible hilo conductor del artista, experto en seguir las pistas al enorme mercado de las imágenes y a su consumo, enfocándolo ahora sobre esa vida que se nos ha vuelto online sin previo aviso. Hacia ese presente híper veloz, disfrazado de libertades al por mayor, altamente promiscuo, súper fácil y seductor, enfila sus lanzas este renacido Bobo.
Y a pesar de que los temas siguen siendo harto peliagudos allá en los años treinta del siglo pasado como en los 2000 de hoy, hay sin embargo menos amargura en este Bobo. Toirac está mirando el mundo actual con todos sus enormes desatinos geopolíticos y ambientales, pero situado en una orilla algo más segura que aquella desde la que mirara Abela y puede, por tanto, darse más lujos que el gran Maestro moderno.
Así que se ríe de lo lindo salpicando por igual análisis y misterios. Y aquí vuelvo a mencionar al articulista del fútbol, cuando escribe que ante cosas así, no dan deseos de teorizar. ¡Y es verdad! Entonces nos reímos nosotros también, entendamos más o entendamos menos; incluso si no entendemos nada, como el artista sanamente nos alertó desde el subtítulo de la exhibición.
Yo veo obras-cebollas, con muchas capas. La primera capa que veo y estructura el segmento mayor de la exposición, es la de textos de post y mensajes variopintos tomados de las redes o copiados de sitios diversos, con la enorme responsabilidad de presentar argumento y plantar batalla. Banales, irrisorios, certeros o ficticios, los nuevos mini textos funcionan como exergos moralizantes, aleccionadores, burlescos o seudo filosóficos, opinando impúdicamente sobre cualquier asunto. Son los titulares de una literatura que se nos desvanece teléfono en mano, en los breves segundos de vida que le hemos asignado, gracias al avance tecnológico del presente. Son la cultura del cintillo y del banner. Y claro, como siempre sucede, hay de todo, como en botica.
La capa siguiente se refiere a la traslación del campo virtual de la red al de la logística de la galería de arte. En radical operación de travestismo, el creador intenta convertir la brevísima vida del micro texto, que hasta ahora se deslizaba ágil sobre una pequeña y luminosa pantalla, en una bidimensionalidad física propia de la pintura tradicional, ceñido con rudeza a un soporte de tela o de papel, a un bastidor de madera y a un marco que enclaustra su nueva vida. ¡Y sí que es una gran mudada! Ahora los micro mensajes parecen mucho menos chispeantes y atractivos de lo que eran, al verlos así eternizados y fijos, sin que podamos moverlos rápido con el dedo para pasar corriendo al siguiente post… Todos se ven en atención, de pie, firmes en la galería, a ver si aguantan. De micro han pasado de pronto a nano textos. Y este nuevo Bobo lo sabe y se ríe poniéndolos de castigo.
Pero como es buen chico y está en buena racha, el artista los va perdonando a su manera. Al cabo, se nota que le interesan, que los quiere para experimento, de conejillo de Indias, que le llaman la atención. Sabe muy bien el valor de un slogan, que, como dice Chomsky, es una frase que se crea para que todo el mundo pueda estar de acuerdo, a partir de cosas inútiles o tontas, con el fin de desviar la atención sobre las que realmente importan. (Si, bueno, acabé leyendo a Chomsky, claro).
Y en ese análisis del micro texto, que ha sacado de su vida ordinaria, que ha forzado a la inmovilidad, y ha empaquetado como artefacto galerístico, es que Toirac nos tiende su escaramuza. Porque le intriga sobremanera saber cuánto de valor puede portar ese ambiguo ente que señorea en las redes de la WWW.
Aún antes de traslucir conclusión alguna, Toirac introduce otra capa de interés. Una fina y misteriosa: la capa donde se alude al arte mismo. ¿Qué hace si no el post donde aparece la imagen de Leonardo di Caprio, desdibujada a la manera de Gerard Richter? La similitud con las pinceladas del gran pintor alemán no pueden mentirnos, y remiten a la propia admiración de Toirac por el artista. ¿Y por qué estaría entonces el caballito más célebre de Cuba, el Palmiche mambí de Elpidio Valdés, con su planimetría de dibujo animado y la estampa ingenua? ¿O es que nadie advirtió, en una de las piezas, la iconografía y tipografía típicas de la inmensa Barbara Kruger? ¿Y la ubicación privilegiada en la galería de esa obra que recrea la archiconocida escultura Love de Robert Indiana?
Todavía no descifro todas esas alusiones, pero las sí que entiendo, porque algo he entendido, me hablan de grandes íconos visuales dentro del circuito del arte, convocados a relacionarse, a contrastar, a mezclarse con la vida online de las redes. Como si quisiéramos hablar de lo alto y lo bajo, y tratáramos de sopesar los pro y los contra, las confluencias y desencuentros, los vasos comunicantes que los conectan en una cultura determinada.
Esta capa de sentido ha ido sin duda más allá. Ha producido un completo deslizamiento de autorías, rebasando la compenetración inicial con Eduardo Abela en la muestra. Se trata aquí de enmascaradas traslaciones autorales de obras y autores significativos para la cultura contemporánea y personal de Toirac, que son elegidos como paradigmas del otro extremo de la cuerda, como un opuesto, como un antiguo y colosal metaverso, conocido desde mucho tiempo atrás y entronizado en el campo del arte. Sí que son joyas robadas, prendas de las artes que se agitan como fichas para que veamos cómo construimos la cultura.
Y la construimos con el palimpsesto de la historia, con las caravanas de migrantes, con las guerras, con el nivel del mar en ascenso, con el nuevo telescopio espacial, con pandemias al acecho, con los mundiales de futbol, y también con los post, los emoji y la vida online.
Corina Matamoros
Sevillano, 19 de diciembre 2022
Artista / Curaduría: José Ángel Toirac
Fechas: 14 de diciembre - 12 de mayo 2023
Ubicación: San José 114 / Industria y Consulado. Centro Habana, La Habana, Cuba