HNO. JAVIER VELAZQUEZ PADILLA
(Hno. Bautista Alfonso)
*13 Abril 1913 (Morelia, Mich.)
+ 13 Julio 1980 (México D.F.)
I.- Morelia ciudad de campanas y palomas:
Por la puerta de abril y, en la ciudad de Morelia, capital del Estado de Michoacán, hizo su entrada en este mundo el Hermano Javier.
Corría el año de 1913 y, precisamente, el día 10 de abril, nació Javier, esperado por toda la familia, con gran alegría. Sus padres fueron Don Celerino Velázquez y la Señora Luisa Padilla Figueroa, ambos de la mejor sociedad de Morelia.
Para la aparición en este mundo, el Señor le preparó un escenario singular: la señorial Morelia, la antigua Valladolid, ciudad de campanas y palomas.
Es su Catedral donde anidan centenares de palomas, que al toque del Ángelus se desprenden como nube blanca, llevando un mensaje de paz y amor a toda la ciudad. Y al toque de la campana mayor catedralicia, responde Villalongín y el templo de las Rosas, San Francisco y la Purísima. El ambiente cristiano se respira en su atmósfera. No es de extrañar que en la familia Velázquez Padilla reinara un ambiente de auténtico cristianismo.
Javier tuvo tres hermanos, el mayor, Adolfo, los otros, seguramente murieron a temprana edad.
Familias de rancio abolengo componían, en aquel entonces, la Ciudad de Morelia: Los Ibarrola, Los Torres, los Velázquez Padilla, los Anzorena...
El ambiente que campea en Morelia por el año 1913 es de incertidumbre y temor. Decir 1913 es recordar le época más cruenta de la Revolución Mexicana, en la capital de la República, la Decena trágica. En Michoacán, los saqueos y atropellos de las hordas revolucionarias que, bajo diferentes denominaciones tenían asolada la región.
Las familias buscaban refugio en las grandes ciudades. Fue el caso de la familia Velázquez Padilla, quien se trasladó a la Ciudad de México, por los años de 1918.
Nuestro biografiado tenía entonces alrededor de ocho años, cuando esto ocurría.
Al llegar a la ciudad de México, Javiercito se inicia en el aprendizaje de las primeras letras y, al mismo tiempo, al estudio del piano, estudio que le acompañará toda su vida. Después de su muerte, el piano ha enmudecido y cubierto de polvo está en alguna comunidad por la que pasó dejando una saludable influencia.
Al llegar a la capital su padre entró a trabajar en un almacén,, propiedad de unos franceses.
II.- Nuestro hijo será torero
Don Celerino era un taurófilo consumado. Su afición por la fiesta brava la llevaba en las venas. Cuando joven quiso ser torero y llegó a pertenecer a un grupo de novilleros. La ilusión de su vida fue la de llagar a ser matador de fama, vestir el traje de luces y jugarse la vida frente a la bestia. Pero el amor tiene sus caminos y, al mismo tiempo sus armas.
Don Celerino, al pretender a Doña Luisa, esta le dijo: que aceptaba su amor si dejaba de torear. Don Celerino le dio su palabra de caballero y quedó el trato hecho.
Sigamos el relato de este episodio, siguiendo la pluma de nuestro Hermano Fernando Anzolera, primo hermano de nuestro biografiado: “Don Celerino conoció a mi tía Luisa, hermana de mi mamá,i Julia, en la ciudad de Morelia. Para casarse mi tía exigió que dejara de torear. Cumplió como caballero, pero no faltaba a una corrida ni en Morelia, ni posteriormente, en México.
Con nosotros, sus sobrinos, era muy amable para darnos gustos de niños, pero de una manera muy original, siempre serio y pareciendo “seco”. Le encantaba reunirnos con sus hijos y hacernos bromas. En una ocasión me llevó a una corrida de toros con otros niños; tendría yo ocho o diez años. En el Instituto Científico del Sagrado Corazón, ya de los Hermanos, pertenecía a la congregación de la Santísima Virgen. Debíamos llevar una medalla con una cinta azul y prometíamos no ir a diversiones mundanas. Estando yo en la plaza de toros, vi mi medalla y me puse a llorar. ¿Qué tienes zopilote? Me preguntó mi tío Celerino. Le dije mi apuro. Me sacó de la plaza.
Cuando en 1914,15,16... la Revolución Carrancista puso en peligro a varias familias, mi tío Celerino fue muy hospitalario para recibir en su casa a quienes necesitaban ayuda y protección” [1].
Don Celerino ayudaba a los novilleros en su carrera ascendente hacía la fama, tanto en el aspecto moral como económico. Y cuántas veces se lamentaba diciendo: “a este torero de fama mundial yo le ayudé para que tuviera que comer y, ahora, ni se acuerda de mi”.
Con una constancia digna de admiración, don Celerino formó un museo taurino de gran valor. Tenían cerca de 20 cabezas de toros famosos, una biblioteca de conocimientos taurinos nada común y una hemeroteca con el mismo tema. Todo este material se vendió a un precio inferior a su valor, a la muerte del Hermano Chetis.
La afición a los toros de nuestro Hermano Chetis era también muy singular. Algunas veces, cuando recordaba tiempos pasados y, cuando se encontraba entre sus íntimos, sacaba del viejo arcón de sus recuerdos un retrato donde estaba vestido de torero, con su pequeño traje de luces, su montera y su capa de paseo, cuando tenía ocho años.
Con gran entusiasmo contaba Chetis que, en cierta ocasión lo llevó su padre a una singular corrida en la plaza de toros en la ciudad de México. Toreaba en aquella circunstancia, quizá por los años veinte, el gran “Cagancho”. Javiercito iba vestido con su traje de luces y todos los atuendos de la torería. Fue al salón donde se preparaban los toreros para el paseíllo. Don Celerino suplicó a los de la cuadrilla que permitieran que su hijo hiciera esa presentación con ellos. Así fue. Desfiló con ellos ante el aplauso del público, sintiéndose quizá el más diestro de todos. Terminada la exhibición se le acerca su padre y le dice: “dile a Cagancho que te permita darle al toro unos pases de estudio”, ni tardo ni perezoso le expuso su deseo. Cagancho le contestó: ”deja tu atrevimiento, chaval” y, de un empujón, Javiercito fue a dar a la arena de la plaza, ante la mirada triste de don Celerino. Triste fracaso de nuestro incipiente toreador...
La Providencia tienes sus caminos, caminos de amor y de ternura, muchas veces incomprensibles para nosotros.
No fue el traje de luces, ni la montera que distinguió a nuestro Hermano: fue el hábito de los hijos de San Juan Bautista de La Salle. La voluntad del Señor sale al encuentro de nuestra existencia, cubierta con el velo de las circunstancias más humildes; su voz la escuchan las almas que la buscan y la aman.
III.- Un cambio de rumbo: de torero a lasallista
La familia de Javier conocía ampliamente a los Lasallistas desde Morelia; su primo hermano, Fernando Anzorena, pertenecía al Instituto Lasallista.
Javier entra de alumno al Colegio Francés de La Salle, que se encontraba en la calle de Belisario Domínguez 5, en el centro de la ciudad de México, donde su primo Fernando estaba como maestro.
Uno de sus compañeros de escuela lo describe así: “Estatura mediana, fuerte complexión, usaba pantalones bombachos, como era la moda, y medias de popotillo. Ocultaba sus pequeños ojos tras unos lentes de alta graduación. Sus movimientos eran lentos en los juegos, a los que no tenía gran afición. Eran notables sus disposiciones para la Gramática y la Música; así mismo, era tranquilo y servicial”[2].
Desde entonces era muy apreciado por su espíritu de servicio. A los 12 años tocaba el piano con singular acierto y sus servicios eran solicitados en el Colegio, por los Hermanos, ya para acompañar los coros escolares en las fiestas que se realizaban en los días conmemorativos o en alguna fiesta religiosa.
En primero de secundaria, sus maestros fueron el Hermano Fernando Anzorena, su primo, que le impartió Español y Geografía, el Hermano Antonio María, Botánica y Religión y el Hermano Ibarrola, Taquimecanografía y Dibujo.
El Hermano Antonio María vio en Javier a un elemento de valor, capaz de dar una respuesta positiva al llamado del Señor. Así que, un día lo llamó y le dijo: ¿Quieres seguir a Cristo más de cerca? ¿Te gustaría ser como tus maestros, Hermano Lasallista?... Siguieron entrevistas y pasó largo tiempo... pero la semilla cayó en buena tierra y poco a poco fue germinando y dio fruto.
En el mes de diciembre de 1927, cuando principiaban las vacaciones escolares, Javier se decidió y entró al Noviciado Menor que se encontraba en la calle de Observatorio número 80, en Tacubaya, D.F.
[2] Hermano José Manuel Ramírez Stone, Antonino
La persecución religiosa que azotaba parte del país, hacía que esa época fuera de catacumbas. Por ese motivo los Superiores decidieron enviar las casas de formación a Cuba, como refugio de los Hermanos mexicanos en épocas de tormentas. En Javier vieron los Superiores a un sujeto de valor y decidido a seguir su vocación de Hermano, por lo cual fue enviado a la Perla de las Antillas, siendo recibido en la finca de Guatao, donde inicia su Noviciado en compañía de otros jóvenes cubanos y mexicanos el 14 de mayo de 1929.
Su director del Noviciado fue el Hermano Benildo Justino, y entre sus formadores se encontraba el Hermano Bernardo, antiguo Inspector de Monterrey y el Hno Crisanto como subdirector.
Sus connovicios que tomaron el Hábito de Hermano de las Escuelas Cristinas fueron: Leopoldo Angulo, desde ese día Hermano Alfonso Víctor y Javier Velázquez, que recibió el nombre de Hermano Bautista Alfonso; era el 14 de mayo de 1929. Otros mexicanos tomaron el hábito meses antes, como Manuel González y José Efrén Sotelo y meses después José Manuel Ramírez. Terminado su tiempo de Noviciado hizo sus primeros votos el 16 de mayo de 1930, pasando de inmediato al Escolasticado de Guatao, en la misma casa; pero solo por corto tiempo, ya que en julio se trasladó el Escolasticado a la finca de Los Amores, en el Distrito Federal.
IV.- El Educador y sus peripecias.
1931. Apenas terminado el primer año de escolasticado, es enviado al Noviciado Menor de Tacubaya, con una corta preparación pedagogica, muy incipiente. En esta comunidad donde se inició como maestro permaneció siete años.
El Hermano Javier era un hombre ingenuo y algo crédulo, a la vez que sencillo, y en el trato con los alumnos rayaba en la ingenuidad, motivo por el cual fue un excelente animador de alumnos de Primaria.
Novicios Menores de Tacubaya, los Hermanos: X, F. Narro, José Jesús Muñoz, Narsée Etienne José Valenzuela, Dtr, Vache, Javier Velázquez y X detrás de Chetis, está el Hermano Casillas.
“En una evaluación que le hicieron al joven Hermano, los Superiores dicen de él que era un Hermano piadoso, regular, un poco lento en algunas cosas,,, buen Hermano, abnegado, servicial, un poco negligente en sus cosas ... rutinario y, se permite ciertas familiaridades con los novicios menores, poca autoridad en clase, a pesar del gran cuidado que tiene en sus preparaciones de clase”.
Entre los encargos, clases y vigilancias que tenía estaba la de la hora de la merienda, precedida siempre de una visita al Santísimo; él enseñó a los novicios menores la siguiente oración, para que la rezaran durante el tiempo de la visita, antes de la merienda de media tarde:
Amantísimo Jesús mío:
En este tabernáculo donde estás Señor, escondido
Mi corazón, te adora muy rendido
Y, mi rostro te contempla anonadado.
Esta oración recibe con agrado,
Como ofrenda de un pobre agradecido.
Remedia nuestros males y aflicciones
Da a tu Iglesia apoyo y bendiciones. Amén[1]
Al terminar su estancia en Tacubaya, en 1938, el Hermano Javier va a Saltillo, donde permaneció un año solamente y, después fue destinado al Colegio Cristóbal Colón, los años de 1940 – 42. Vuelve a Saltillo nuevamente los cursos 1942- 44 como, maestro de Primaria.
1944. Regresa nuestro biografiado al Noviciado Menor de Tacubaya. Había ahí un dinámico director, el Hermano Víctor Bertrán y, ante las circunstancias de necesidad de maestro lo pusieron a dar la clase de Zoología en segundo de Secundaria, le gustaba y sabía mucho de Biología.
Deseoso de hacer una hermosa selección de insectos, coleópteros y demás, pone en competencia a sus alumnos, todos Novicios Menores, a la tarea de cazar dichos animales. Los Novicios Menores principiaron a atrapar, cocuyos, libélulas, mariposas, escarabajos... como recompensa recibían del Hermano Javier un vale. Él cuidadosamente los preparaba y les deba su lugar en la exposición, una vez ya clasificados.
Es bien sabido que el Hermano Javier tenía cierta dificultad en su visión. Los Novicios Menores, que se la sabían de todas todas... ni tardos ni perezosos le plantearon el siguiente problema: “Atraparon un coleóptero y, con arte lo pintaron, dándole una apariencia desconocida hasta entonces en dicha clase de insectos. El equipo de entomólogos recibió una recompensa. El tiempo se encargó, de desenmascarar el engaño. La pintura se le fue cayendo y el coleóptero apareció como un animal común y corriente. Claro está que los engañadores recibieron también su castigo por el engaño.
En el año de 1947 el Hermano Javier participó, desde el Noviciado Menor, ya desde 1945 en la nueva casa de Formación de Tlalpan; en la Visita del Hermano Superior General, Athanase Emilie, que fue recibido en la casa de formación con todos los honores como Superior.
[1] Dictada por el Hermano Manuel Arroyave, que aún la reza.
V.- LA ESCUELA DE ANALFABETAS:
Nuestro Hermano Javier, o Chetís, como se le conocía cariñosamente, permaneció 17 años en el Instituto Francés de la Laguna de 1948 a 1965, “Mi querido Francés”, como decía, suspirando. Se identificó con esta institución donde realizó una obra muy importante y, muy querida por él y que ayudó a muchos niños sin posibilidad de ir a la escuela.
El Hermano Bautista o, Señor Velázquez, como muchos lo conocían fue una figura clásica de la región. Con su sombrero de fieltro negro, sombreado por el uso, su traje de casimir oscuro, aun en la época de los calores, su periódico o revista bajo el brazo, recorría los polvorientos caminos de la Región Lagunera, para visitar a algunas familias pobres, cuya madre había perdido al esposo y tenía muchos hijos que alimentar. Llevaba algunos alimentos y ropa, que recogía entre los alumnos del colegio. Visitaba a los hombres de negocios de Torreón para conseguirles trabajo a los hijos de las familias pobres que visitaba. Era la sombra de la Providencia entre los pobres de la Región Lagunera.
Cuando esta gente pobre supo de su muerte, sin que la comunidad del Francés lo supiera, publicaron en el diario local su fotografía, el aviso de su muerte y la invitación a una misa por el eterno descanso de su alma. Así agradecieron los favores que nuestro buen Hermano les prodigó.
En su época de oro de su estancia, el Instituto Francés de la Laguna fue, sin duda, cuando desempeñó el cargo de Director de la Escuelita gratuita o “Escuela de Analfabetos”.
“El Histórico de la Comunidad y del Colegio reseñan muchas acciones a favor de esta obra:
El Hermano Bautista Alfonso, Sr. Velázquez, da catequesis a los niños pobres, ayudado por muchachos de la Acción Católica, durante dos horas, después de clase...
Un poco de historia: “En noviembre de 1948, nosotros, los Hermanos, hemos inaugurado el Centro de Catecismo para los niños pobres, nos ayudan los alumnos de la acción Católica, después de las clases, el Sr. Velázquez es el responsable...Más tarde, en el curso escolar 50-51, este trabajo se convierte en alfabetización, se enseña a leer y escribir a los más de 150 niños que acuden al Colegio, por la tarde y, poco a poco se organiza la primaria gratuita, abriendo sus puertas en 1953, con más de cien niños
“Durante el mes de diciembre de cada año, los alumnos de la Acción Católica hacen una colecta para obsequiar a los alumnos pobres alguna prenda de ropa, juguetes y dulces... este año, 1955, han recolectado más de 1000 en efectivo y, atienden a
COMUNIDAD DEL INSTITUTO FRANCÉS EN 1947. primera fila: BERNARDO GROUSSET, ANTONIO MARÍA, EMILIO REVERSAT. Segunda fila: ANDRÉS CAREAGA, JAVIER VELÁZQUEZ, CANTÚ, ANICETO VILLALBA. Tercera fila: X, LUCIANO RÍOS, JOSÉ SÁNCHEZ ESPINOSA, BAUTISTA ROBERTO CAMACHO, NAVARRO. Cuarta fila: ALFREDO SÁNCHEZ NAVARRETE, IGANCIO NAVARRO, JOSÉ CERVANTES, Y CHAURAND.
más de 700 niños pobres”[1].
[1] Histórico del Instituto Francés y de la Comunidad extracto de varios años
RETIRO DE HERMANOS CON LAS COMUNIDADES DE MONTERREY, SALTILLO Y GÓMEZ PALACIO, EL HERMANO JAVIER, tercera fila, de pie, el segundo de izquierda a derecha.
La escuelita estaba situada en un extremo de la propiedad. Una construcción sencilla. Sencillos muebles, sencillas personas que la habitaban. Sus maestros, dos Hermanos sencillos y humildes, una maestra y, la ayuda de alumnos del colegio, llenos de buena voluntad, que catequizaban a los alumnos, todos ellos pobres y, además, les enseñaban las primeras letras.
El Hermano Bautista Alfonso, Sr. Velázquez, cultivó entre estos noveles maestros muy buenas vocaciones y, otros que sobresalieron en el mundo de los profesionistas.
Estos Hermanos y otros, quizá deben su vocación a la influencia silenciosa del humilde “Chetis”. Predicación silenciosa de las almas humildes. Vidas que hablan a gritos, con su sencillo trabajo, hecho con amor. ¡Cuántas veces deja más impresión lo que se calla que lo que se dice...!
VI.- La música y una canción inolvidable
El Hermano Javier cultivó la música toda su vida; tocaba el piano en las fiestas y era su instrumento de trabajo, dando el canto a los alumnos y, tocaba el armonio o el órgano en las celebraciones religiosas.
Su presencia lo hacía agradable en todas las reuniones sociales. ¡Chetis, tóquenos algo! Le decían frecuentemente los Hermanos. Se sentaba en el piano y tocaba Vals Azul, La Varsoviana, Club Verde, Sobre las Olas, o la partitura que le pusieran...
En la capilla tocaba durante las Eucaristías y los Hermanos gozaban cuando, después de la comunión tocaba Traumeri, de Schuman, porque a esa pieza le llamaban la “Fuga de López”, pues este buen Hermano no aguantaba esa música.
Durante muchos años de su actividad docente, supo poner en el corazón de los niños una canción, una melodía inolvidable. Aunque su voz no le ayudaba, enseñó a cantar a varias generaciones. Dio lo que tenía y, lo dio con alegría.
Acompañó las fiestas y zarzuelas, tanto de Santa Cecilia, que se hacían en el Instituto Francés, “cuando la institución ofrecía verdaderos regalos artísticos, gracias a la pericia de los Hermanos responsables”[1], así como las fiestas de Navidad y de fin de cursos. Además, tocó con la Sinfónica del Instituto Francés de la Laguna, en sus giras artísticas por gran parte de la República, tocando ante personajes famosos del mundo religioso y político.
Su espíritu de servicio fue notable en su vida, tanto en la animación musical como en los trabajos de mecanografía, que con frecuencia le pedían. Una vez exclamó: “Ya me salieron callos en los dedos, de tantos trabajos a máquina que he tenido que hacer”, pues los Hermanos que estudiaban en Saltillo, a menudo le pedían su ayuda para pasar, a máquina, sus trabajos de la Universidad.
VII.- Por los caminos de la amistad
El Hermano Javier era un sembrador de amistad.
En todas las comunidades en las que estuvo, dejó un amplio círculo de amistades, que cultivaba más tarde con asidua correspondencia o con visitas periódicas, durante las vacaciones grandes, ya se tratara de las familias de los antiguos alumnos o de los pobres, a quienes ayudaba, moral o materialmente.
Cada año, durante las vacaciones de julio y agosto, visitaba sus amistades. Principiaba en la Ciudad de México, con el círculo de amigos de la familia, parientes y amigos de infancia... Seguía la ruta del norte y se detenía en Zacatecas, donde dio clase por varios años, en el desaparecido Colegio Margil. En esta escuela trabajó en una escuela Comercial para mayores, donde enseñó Mecanografía y Redacción.
Después, seguía a San Luis Potosí, donde visitaba algunas familias de antiguos internos del Francés de la Laguna, que él había conocido.
Seguía a Gómez Palacio, donde permanecía varias semanas pues, en este lugar, el círculo de amistades era más amplio, por el tiempo que había permanecido ahí.
Terminaba su recorrido de la amistad en Durango, su última comunidad.
La amistad fue para él su riqueza, su refugio y su fuerza postrera. El Hermano Javier no dejaba que la hierba creciera sobre los caminos de sus amistades.
Bendito sea Dios, que en la senda de nuestra vida, el Señor nos da los amigos y las flores y, que hizo la amistad más hermosa que las flores, sin los cambios y las estaciones. Lo importante es cultivarlas y no abandonarlas en los momentos de desgracia, como nos abandonan las golondrinas en los inviernos.
VIII.- Peor que un trueno
Largos eran los momentos que nuestro Hermano pasaba ante la televisión, en los últimos años de su vida.
Pero terminado su último programa, somnoliento y cansado, se retiraba a su cuarto a tratar de conciliar el sueño. Mientras tanto, los profanadores del silencio nocturno, visitantes inoportunos de la noche, fantasmas con cuerpo de animal, afinaban sus ensordecedores instrumentos.
¡Esos grillos! ¡Esos grillos! Que nuestro Hermano no podía ver ni en pintura, eran para él una verdadera pesadilla.
Cuando escuchaba sus cantos letales, todo su ser se estremecía. En la penumbra de su cuarto localizaba una lámpara y, con la chancleta en ristre, cautelosamente salía de su cuarto a localizar el odioso animalejo. Tomaba fuerzas de debilidad y movía refrigeradores, consolas, muebles, por muy pesados que estuvieran; nada se resistía a su cauteloso examen, hasta que, por fin, encontraba al bicho infernal; lo aplastaba, apachurraba, destripaba, apabullaba, pulverizaba, abatía y molía. Regresaba después de su victoria quizá, para que después de algunos minutos, llegara el segundo grillo de la noche...
Les había declarado la guerra a los grillos y, premiaba, cuando estuvo en el Noviciado Menor, al quien le llevara alguno. Lo que pasaba es que, algunos Novicios Menores se pasaban el mismo grillo, para recibir cada uno la recompensa...
Nuestro Hermano era sencillo, miraba al mundo con ojos de un niño, no suponía malicia en nadie.
IX.- Tarde de toros
El Hermano Javier llevaba el gusto de la fiesta brava en la sangre. Toda su vida conservó esta afición.
Estando en Durango, invitó a uno de los Hermanos a la fiesta brava, donde el Hermano Javier era amigo del empresario de la plaza de toros “Alejandra”, y no se perdía una corrida.
Durante la semana que precedía al domingo, ya saboreaba las emociones y vivía anticipadamente el momento taurino.
El domingo, después de la misa a la parroquia de Analco, armonizar la misa en el Convento de las Madres y, dar el catecismo a los niños de Primera Comunión, regresaba a la comunidad para la hora de la comida. Después se preparaba para irse a los toros.
En una bolsita de plástico llevaba sus cacahuates garampiñados, algunos trozos de alfajor de coco y dulces de toda clase. Nuestro buen Hermano Chetis, tuvo siempre un gran apetito para todo lo que eran antojitos, o tenía algún parecido a ellos.
Cuando llegamos a la plaza, su rostro se iluminó y se volvió elocuente, todo le parecía maravilloso, afirma el Hermano que lo acompañó[2].
Teníamos boletos de sol, ¡cómo sufrimos empujones, cascarazos y cosas que no se pueden contar...!
Salió el primero de la tarde. Platicaba de las características del toro, no perdía movimiento, gritaba cuando había un buen lance taurino; era un perfecto conocedor, por lo que a los toros se refería. Para nada era un “villamelón”...
Terminada la corrida, salimos aporreados por la no grata compañía de aficionados de sol pero, el Hermano Javier, encantado por haber presenciado su espectáculo preferido.
X.- Un verdadero heroe de la formación permanente
“Chetis” tuvo un anhelo constante de superación, en el plano religioso, profesional y artístico.
En los primeros años de su vida religiosa presentaba los exámenes de catecismo del Instituto, que se controlaban desde Roma.
Más tarde, al final de su vida, siguió los cursos de Educadores en la Fe” y, después, la Licenciatura en Teología, en la Universidad La Salle, de la Ciudad de México, en cuyos cursos murió, faltándole poco para terminarlos.
En el aspecto profesional, estudio su bachillerato antes de entrar y, durante muchos años, en sus vacaciones, estudió Inglés. Acompañado por su gran amigo y compañero de estudios, el Hermano José Rafael Fernando Servín Diaz Barriga, recorrieron gran número de Academias de Inglés, en Guadalajara y Monterrey.
En el plano artístico, toda su vida estudió el piano y el órgano. Como se dijo antes, animaba todas las fiestas religiosas como sociales.
XI.- Del mar del mundo al puerto de la eternidad
Sintiéndose mal, durante el último año de su vida, estuvo bajo observación médica en Durango.
Al llegar las vacaciones de fin de curso, dudó mucho si debería seguir estudiando o no, pues ya tenía 67 años, ya se fatigaba un poco... Por fin, decidió asistir a la Universidad.
Durante los cursos se agravó el mal y se le llevó al hospital. Después de un minucioso examen, el Doctor indicó que debía someterse a una operación de próstata, operación relativamente sencilla.
Pero, vinieron las complicaciones, la débil salud del Hermano, en el tiempo de recuperación, no fue lo suficiente para el pleno restablecimiento y, el domingo 13 de julio de 1980, a las 4 de la mañana partió a la Casa del Padre.
La capilla de los Hermanos del Colegio Simón Bolívar, Secundaria, se convirtió en capilla ardiente.
Incontables fueron las personas que desfilaron ante su féretro: alumnos, padres de familia, Hermanos, jóvenes en formación, simpatizadores de la obra lasallista, se dieron cita en la capilla ardiente.
Durante la noche del domingo no se interrumpieron las visitas, ni se dejó de oír el murmullo de las oraciones por el alma de nuestro Hermano. Fueron incontables las muestras de solidaridad que recibieron los Hermanos, por la muerte del Hermano Javier.
Llegó el 14 de julio. A medio día fue el momento de partida para el cementerio.
El sol mandaba sus rayos verticales sobre la inmensa ciudad de México. El conrtejo, formado por Hermanos, Padres de familia y simpatizantes de la obra lasallista, abandonaron la capilla ardiente, destino: el Panteón Francés.
Ruido ensordecedor en las calles de la inmensa urbe, vehículos en vertiginosa carrera. Semáforos que encienden y apagan. La muerte pasa por un mundo indiferente al dolor humano. Piensa tan poco en su fin, en lo trascendente de la vida.
Por fin llegamos al arco que da paso al santo recinto. Unas sabias palabras escritas:
BIENHEUREUX LES MORTS QUE MUERENT DANS LE SEIGNER
“Bienaventurados los que mueren en el Señor... la muerte es para ellos la puerta del goce sin fin... El Hermano Javier goza del Señor, por toda la eternidad...
Avenidas en la ciudad de los muertos. Filas interminables de tumbas. Silenciosos y meditabundos cipreses. El cortejo avanza. Se detiene ante una gran tumba señalada con la inscripción: “FRERES DES ECOLES CHRETIENNES”.
La comunidad del cielo, de aquellos que murieron con la mano en el arado y su vista en la estrella de la fe. Comunidad de fe y de amor, de inquebrantable fidelidad. Dulce fraternidad del más allá. Hermanos en la vida y en la muerte. Recinto de fidelidad, cenáculo de oración, mundo del silencio: “la tumba de nuestros Hermanos”. Ahora llega un nuevo miembro a la comunidad: el Hermano Javier Velázquez, lo recibieron con alegría y espíritu fraternal.
El Hermano Javier, fiel hasta la muerte, rubricó con su entrega total el SÍ que dio el día de su Profesión Perpetua.
La carroza fúnebre llega frente a la tumba. Bajan el féretro y, ante él brota la elocuencia y el dolor se vuelve canto.
El Hermano Salvador Pérez, con su elocuencia acostumbrada y su profundo espíritu religiosos, exalta la humildad y sencillez de nuestro Hermano. Hace apología de su fidelidad, de su entrega a los niños en las labores más humildes.
Toma la palabra también el Hermano Enrique Vargas y, con palabras muy sentidas, exalta también las virtudes del Hermano Javier.
En forma espontánea brota de la concurrencia el canto que tanto agradaba al Hermano Javier: El Pescador.
Tú has venido a la orilla,
No has buscado ni a sabios ni a ricos,
Tan sólo quieres que yo te siga.
El Señor se acerca a nuestra pobre humanidad para llamarnos a su servicio. Él sabe que no tenemos nada que ofrecerle.
Bien sabíamos que nuestro Hermano Javier no tenía mucho que ofrecerle, no abundó en títulos universitarios, ni destacó como gran intelectual, pero ofreció al Señor todo lo que tenía: su sencillez y su trabajo, día a día, entre los niños.
La multitud cantaba y, su canción llenaba el recinto de los muertos.
Señor, me has mirado a los ojos,
Sonriendo has dicho mi nombre,
En la arena he dejado mi barca,
Junto a Ti, buscaré otro mar .
Lo miró el Señor aquel año de 1927, hoy ya muy lejano, y le dijo: Javier, deja la montera, la capa, y el traje de luces, ven y sígueme. Y quedó la montera, el traje de luces, en el viejo armario y, siguió a Cristo. Hoy llega a feliz puerto.
Siguió el canto, el féretro descendía y era colocado en un lugar definitivo. El sepulturero cumplía con su labor rutinaria, pensando, quizá, en su interior: “también el dolor se canta”.
Siguió el canto:
Tú sabes bien lo que tengo.
En mi barca no hay oro ni espada,
Tan sólo redes y mi trabajo.
Pobre, entre los analfabetas. En su persona no había elocuencia, dio su humilde trabajo con generosidad y amor.
Siguió la multitud cantanto:
Tú necesitas mis manos,
Mi cansancio que a otros descanse,
Amor que quiera seguir amando.
Cristo amó a los niños a través del trabajo del Hermano Javier.
La actividad del Hermano ente sus alumnos es una prolongación del amor que Dios tiene a las creaturas.
Necesita de nuestras manos para construir su reino, nuestro corazón para seguir amando, nuestra voz para seguir orientando y, nuestra presencia, para seguir manifestándose entre los niños y jóvenes.
El trabajo del sepulturero llega a su fin. Los amigos y Hermanos que acompaña al Hermano Javier, entonan la última estrofa:
Tú, pescador de otros lagos,
Ansia eterna de almas que esperan,
Amigo bueno, que así me llamas.
Cristo, pescador de almas, comunícanos esa ansia eterna de ir a Ti, aunque sea por la vía del dolor y la muerte.
En esos momentos, la mayoría de la concurrencia inclinó la cabeza para orar... considerar a la muerte como la puerta amiga que se abre sobre tu inmensidad,
Si el grano de trigo no muere... Toda belleza y toda la vida nace de la podredumbre y del sufrimiento. Es necesario el dolor del alumbramiento para poder contemplar lo maravilloso que es el brillo de los ojos de un niño.
Al salir del recinto, la mirada se fija en aquellas palabras: “BIENHEUREUX LES MORTS QUE MUERENT DANS LE SEIGNEUR.” Morir en el Señor... morir en la fidelidad a su palabra.
Una voz se ha apagado, una voz que habló para los pobres, para los sencillos.
[1] La Salle en México II Bernardo Grousset.
[2] El acompañante fue el Hermano Maurilio Barriga Gaona compañeros en Durango.
NB. La mayoría de la redacción de esta biografía es del Hermano Maurilio Barriga, únicamente el Hno. Juan Ignacio Alba Ornelas agregó fotos y la parte de la formación de la Escuela Gratuita del Instituto Francés, que se sacó del histórico de esa comunidad, así como la parte de su formación y primeros años de comunidad; de igual manera, la oración que hacía rezar a los Novicios Menores y, que el Hno. Manuel Arroyave sigue rezando.